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sábado, 8 de agosto de 2026

Historias mínimas

 


En el primer texto de este libro (todos breves, todos disparatados, todos llenos de sorpresas) nos encontramos con un filósofo que, tras tocarse la sien con un dedo, asevera: “Aquí dentro reúno toda la fuerza del absurdo”. Inequívocamente, Javier Tomeo nos está facilitando la clave para enfrentarnos a esta obra: aceptar que la gobiernan el delirio, el humor, la retranca, el surrealismo. Que nadie se esfuerce (y, si lo hace, está perdiendo el tiempo) en buscar significados lógicos o deducir mensajes metafóricos del oscense. Lo que hay es juego. Lo que hay es fantasía chisporroteante. Lo que hay es desenfado. Nos irán saliendo en el camino unos guerreros muertos en cierta batalla, que continúan charlando tranquilamente de sus cosas; una artista de circo que resulta ser un varón travestido; un hombre que le pide a un campesino que lo plante en su bancal, para ver si fructifica (conviene recordar que la película “Amanece que no es poco”, donde se recurre a una escena parecida, se rodó un año después del libro); un rústico que, a base de soplidos, es capaz de apagar estrellas en el firmamento; un barbero inhábil que, después de provocarle sangre dos veces a la persona que está afeitando, decide terminar con la carnicería matándolo de un tajo firme; dos viajeros de tren que se pelean estúpidamente por la corbata que lleva uno de ellos; un par de esqueletos del cementerio que tratan de animarse entre sí, augurando que vendrán sin duda tiempos mejores; o esa broma cervantina del padre que, constatando que su hijo no cree que el molino que está viendo sea un gigante, afirma con gesto grave: “Me preocupas”.

Algunas de las historias te dejan frío, otras te provocan una sonrisa, otras incluso te invitan a meditar. Es un poliedro simpático e intrascendente, que se lee en tres horas y que se olvida en tres minutos.

domingo, 7 de septiembre de 2025

La agonía de Proserpina

 


“No soy de los que se enrollan con cualquier cosa y no me gusta hablar de lo que suele hablar la gente. No soy como esos tipos que son capaces de pasarse todo el día pegando la hebra sin comprometerse, es decir, sin descubrirnos qué es lo que realmente piensan”. Así se expresa Juan en la página 73 de la novela La agonía de Proserpina, de Javier Tomeo. Y extraigo esa cita porque, en realidad, lo que el personaje parece estar haciendo durante toda la obra es hablar, hablar y hablar, saltando de tema en tema, por más absurdos que parezcan: el número de ventanas del edificio de enfrente, la hidrocefalia de los niños pobres, los números que se resfrían, la forma en que se deshuesa un cordero, la relación entre calvicie y potencia sexual, las cestas de mimbre, el simbolismo cromático de las flores, los sueños, los teléfonos que suenan de madrugada, los francotiradores… Anita, que lo escucha con desconcierto (mientras bebe ron, le hace insinuaciones sexuales o se lía un porro), no sabe muy bien por dónde van los tiros, pero esta novela de madrugada (se desarrolla desde la hora de cenar hasta el amanecer) va poco a poco entregándonos su secreto: Juan está convencido de que ella le ha sido infiel y ha decidido castigarla. Quiere, no obstante, que la mujer lo admita. Quiere oírlo de sus labios. Y todo el juego de las conversaciones absurdas va conduciendo con lentitud hasta ese delta confesional.

¿Forma parte de las novelas espléndidas de Javier Tomeo o, por el contrario, se encuentra entre esos libros que, para decirlo con las palabras de su amigo Ignacio Martínez de Pisón, “se podía haber ahorrado”? Como es lógico, ese detalle tendrá que decidirlo cada persona que lea la obra. Tomeo produce irritaciones y aplausos a partes iguales. Hay que leer la novela para decidir en qué platillo de la balanza nos situamos esta vez.

jueves, 3 de febrero de 2022

El cazador de leones

 


Ha sido él quien ha llamado por teléfono a una mujer a quien no conoce; pero con labia incombustible está consiguiendo que los minutos pasen sin que ella llegue a colgar el aparato, aturdida o embaucada por su verborrea. Dice llamarse Armando Duvalier (imposible no pensar en el Armando Duval de La dama de las camelias), cazador de leones; y afirma que, recién regresado de su última cacería en África, se encuentra por unas horas en la ciudad y no ha querido desaprovechar la ocasión de llamarla, como hizo tres meses antes, para contarle cómo le ha ido. En su increíble y poliédrico monólogo (al que la mujer asiste poco menos que muda), se las ingenia para terminar conduciendo siempre el parlamento hacia temas directa o indirectamente sexuales (el tamaño del clítoris de las hienas, el león al que abatió mientras cubría a una hembra, sus “largas caricias solitarias” mientras es observado por los monos), que trata de barnizar siempre del más tronado de los romanticismos (considera que ella es una princesa que tal vez se encuentra anhelante ante la inminente aparición de un príncipe azul).

En un momento de debilidad, sinceridad o descuido, el cazador de leones alude a esos hombres gordos y con varices que viven en silla de ruedas y que alimentan su fantasía a base de libros, pero de inmediato se rehace diciéndole que él no es así, porque es rubio y le faltan unos milímetros para llegar a los dos metros, amén de ser un hombre que practica la equitación, a la que se aficionó de niño en el castillo de sus padres. No hay límites para su fantasía (pues dice haber renunciado “a ese veneno que se llama sentido común”), hasta que él reconoce sin pudor que, si ella quisiera, podría convertirse en la “única leona” a la que querría abatir. Y que si viviera con él comprendería la grandeza y la belleza de la imaginación… Llegados a ese punto del delirio, ella le pregunta si se droga y comienza a señalar algunas contradicciones en las que “Armando Duvalier” ha incurrido. Entonces, comienza a crecer la agresividad del hombre, quien le responde que “si usted cree que le estoy mintiendo y, a pesar de eso, continúa pegada al teléfono, no tendré más remedio que suponer que es usted una pobre mujer vencida por la soledad que no quiere dejar pasar la menor posibilidad para entablar relación con el primer hombre que le dirige la palabra… Supondré, incluso, que es una muchacha bastante entrada en años (al borde tal vez de la menopausia), que no ha tenido nunca la dicha de verse reflejada en los ojos de un hombre”. Y cuando comienza a revelarle detalles de sí mismo (como que fue un niño hiperprotegido o que tiene seis dedos en cada mano), el lector habitual de Javier Tomeo ya sabe con qué otra novela suya relacionar al protagonista.

Libro ameno, de intensas curvas de subida y bajada, donde descubrimos hasta qué punto la soledad y la incomunicación pueden conformar criaturas peculiares. Y, como siempre, la envolvente prosa del escritor aragonés. Para qué más.

domingo, 17 de octubre de 2021

El fin de los dinosaurios

 


Me adentro en El fin de los dinosaurios, un volumen de microrrelatos de Javier Tomeo que publica el sello Páginas de espuma. Y durante unas horas recupero las claves, señales, personajes, tics, humoradas y obsesiones del gran narrador de Quicena: un lobo que languidece sin “el olor de las hembras que en otro tiempo incendiaron mi vida”; la inquietante casa de una viuda, llena de muñecas ahorcadas; trenes que se pierden en el horizonte y explotan; una mermelada que hace llorar a una mujer, porque le recuerda la historia desgraciada de Píramo y Tisbe; la calma de un niño altiricón al que sus compañeros comparan con una jirafa; un gigante que tiene como oficio fabricar nubes soplando una caña de bambú; los cambios cromáticos que experimentan los vestidos de cuatro mujeres que discuten sobre el aborto; muñecas hinchables que, ingratas, abandonan a sus propietarios por no poder soportar sus silencios; plantas tristes que no aceptan en su interior la presencia de la clorofila; el saturado espectador que comete el primer televicidio de la Historia… E incluso frases que se quedan vibrando en la memoria, una vez leídas (“El tiempo es un tigre que se desliza en silencio, sin que nos demos cuenta, y nos sorprende por la espalda antes de que hayamos terminado de construir nuestra cabaña”, p.140).

Al final, cuando las sorpresas y las sonrisas ya han surtido su efecto en nuestro ánimo, cerramos el tomo y comprendemos que ha sido la última aventura; que Javier Tomeo murió y este volumen es el inédito que clausura su producción. Y adviene la melancolía. Me maravilló con su Amado monstruo en la universidad y desde entonces no he dejado de interesarme por sus libros, siempre originales, siempre mágicos y distintos. Tengo tanto que agradecerle…

miércoles, 20 de enero de 2021

Los reyes del huerto

 


Suelo ser ecuánime (o, al menos, intento serlo) cuando me sitúo ante un autor o ante un libro. Me importa bien poco que se trate de una obra maestra si a mí me parece un truño; o viceversa. Lo digo y ya está. Al fin y al cabo, este espacio que llevo más de una década construyendo es mío y ante nadie tengo que responder, salvo ante mi conciencia. Y hoy toca volver a Javier Tomeo.

¿He disfrutado con sus libros? Sí. Claramente. ¿He buceado en una docena larga de ellos? También. A mucha honra. Y de vez en cuando me gusta releerlos, porque la primera vez que me adentré en sus páginas no tenía este blog, y ahora quiero dejar constancia de mis impresiones. Dicho eso, pasemos a la segunda parte de la cuestión: la honestidad.

He dedicado unas horas a Los reyes del huerto y, simplemente, se me ocurre decir que es una nadería hortofrutícola con la que pasar el rato. Algunos capítulos (los correspondientes al ajo o las espinacas, por ejemplo) se me antojan más originales o simpáticos, porque el autor parece haberles prestado más atención o haber afilado más su ingenio durante su escritura. Lo demás, una fruslería. Amena, quién lo dudará, pero fruslería al fin y al cabo.

Seguro que mi siguiente relectura de Tomeo me depara más felicidades.

viernes, 28 de agosto de 2020

Problemas oculares




Pocos autores pueden encontrarse en la reciente literatura española tan brillantemente capacitados como Javier Tomeo para extraer jugo narrativo de situaciones o detalles que, por su insignificancia, pasarían inadvertidos para el resto de creadores. En Problemas oculares se centra, como el título bien sugiere, en todos los asuntos relacionados con el mundo de la vista. Y ese ámbito (que podría antojarse tan limitado o poco sugerente) le facilita innumerables armas para disparar textos sorprendentes hacia los ojos del lector.
Nos encontramos así con el aleccionador diálogo entre un bizco y un miope; con los recelos dobles que desarrollan unos cegatos que han decidido jugar al ajedrez sin apenas fiarse el uno del otro; con un miope peleándose en la calle con un belicoso enano; con el protosuicida que acude, desesperado, a un barbero que ve poquísimo para que lo afeite a navaja; con el miope que se enamora entusiasta de una mujer horrible; con un capitán de barco que es abandonado en una isla por su tripulación, harta de sus deficientes ojos; por un mayordomo que es despedido en Navidad a causa de su incompetencia visual; y, sobre todo, con el relato que lleva por título “La incertidumbre”, donde se nos habla (la lectura política es casi inevitable) de un autobús que es conducido por un miope que, pese a la votación democrática que se celebra entre los pasajeros con el objetivo de relevarlo de sus funciones, continúa guiando el vehículo hacia el borde vertiginoso de un acantilado.
Para divertirse durante una tarde con propuestas disparatadas, en las que se nos habla de soledad, tristeza, conformismo, rencor o estupefacciones, con ácidas gotitas de humor.

domingo, 19 de julio de 2020

Amado monstruo




Sólo dos personajes presenciales (un jefe de personal de un banco y un aspirante al puesto de guarda) y dos personajes mencionados (las madres de ambos) sirven al aragonés Javier Tomeo para construir una de las novelas cortas españolas más notables y curiosas de finales del siglo XX. El jefe de personal se llama H. J. Krugger; el aspirante, Juan (aunque en la contraportada lo llamen “Antonio”, vaya usted a saber por qué). Y todo el desarrollo de la obra (que ocupa poco más de cien páginas) consiste en asistir a la entrevista que ambos mantienen, con el objeto de determinar si el segundo merece el puesto de trabajo.
Hasta aquí, todo bien. Pero en seguida descubrimos que Juan no es un tipo al que pudiéramos definir como normal: jamás ha trabajado, a pesar de sus treinta años; vive con una madre muy posesiva (con neurosis y traumas muy evidentes); ha dedicado toda su vida al ejercicio de la lectura (para rellenar el tiempo); y presenta una rareza física que, hasta el final de la charla, no sale a relucir, pero que determina su circunstancia. Krugger, por su lado, también exhibe un comportamiento anómalo: fuma de una manera compulsiva; adora a su propia madre (que murió cuando él era un niño y que le legó un manuscrito con recetas de cocina); y pretende extraer de las personas a las que interroga informaciones que, en realidad, nada tienen que ver con el cargo al que aspiran.
Asistimos a una novela de minería y exploración psicológica y que, a la vez, se construye con unos materiales muy sencillos (diálogos naturales, vocabulario medio, giros coloquiales, refranes, sentido del humor). El gran prodigio es Javier Tomeo (Huesca, 1932 – Barcelona, 2013) es haber conseguido, con esos hilos tan aparentemente fáciles de convocar, un tapiz de prodigiosa complejidad íntima y de lectura fluida, que fascina la primera vez y que no defrauda en las siguientes (es la tercera ocasión en que leo la novela).
Creo que voy a ir recuperando para mi blog, gradualmente, muchos de los libros de este aragonés, que tanto me fascinaron entre mis veinte y mis cuarenta años.

domingo, 23 de marzo de 2014

El hombre bicolor



Ocurre con Javier Tomeo una cosa que tiene difícil explicación técnica (y perdón por el adjetivo): que te puede maravillar o te puede horripilar, sin que existan demasiadas justificaciones para respaldar esa filia o esa fobia. Te encanta o te deja frío. Te seduce o te resbala. Te entusiasma o te irrita. Conozco a buenos lectores que lo consideran un blue y a otros que, igual de cultos y refinados, lo juzgan un Kafka hispano. Imposible conciliar ambas posturas. Imposible decidir quién tiene razón y quién yerra.
Fallecido en el año 2013, la atenta editorial Anagrama –que fue su casa durante mucho tiempo– le rinde ahora un hermoso homenaje publicando su texto El hombre bicolor, que participa de las atmósferas habituales del escritor oscense. En él conoceremos a Hermógenes W., un recaudador de impuestos de segunda fila que llega a la localidad de Boronburg “decidido a no dejar títere con cabeza” (p.10). Su objetivo máximo es el astuto conde de Breeworst, que parece haberse evaporado después de estafar una importante cantidad de dinero a las arcas públicas (júzguese la carga explosiva de esta frase: “En este país hay ya demasiados ciudadanos, incluso plebeyos, que no cumplen con sus obligaciones tributarias”, p.32); pero igualmente desea apretar las tuercas al pueblo llano, por considerar que esa actitud estricta y despiadada le puede valer por fin el ascenso que tanto anhela y merece.
Su voluntad es, por tanto, firme (“Soy un hombre que cuando muerde no suelta fácilmente su presa”, p.48). No obstante, le aguarda en Boronburg una desagradable sorpresa: nadie ha acudido a la estación de tren para recibirlo; nadie se deja ver por las calles de la localidad; nadie tampoco lo atiende en el hotel donde habrá de hospedarse. ¿Qué es lo que está pasando realmente? ¿Dónde se ha metido todo el mundo? ¿Huyen de él; se burlan; lo ningunean? Hermógenes está desconcertado, pero se hace el firme propósito de no evidenciar su estupor ni su rabia. Si lo espían o esto se trata de algún tipo de prueba para medir su temple, él afrontará la situación con la mayor de las sangres frías.
Así que, durante varias jornadas, el mediocre funcionario se instala en el hotel, silba con aparente despreocupación, llama por teléfono al ayuntamiento para ver si alguien le informa sobre lo que está pasando, registra la cocina en busca de alimentos, recuerda a su singular tía Rosamunda (refranera, protectora, enigmática y dueña de un caniche que tal vez se comió), nos comunica algunas peculiaridades suyas (como que tiene un ojo de cada color o que se desdobla en dos personalidades que discuten entre sí), etc. En suma, va dejando que el tiempo fluya mientras ejecuta acciones cotidianas y se entretiene con pensamientos banales o paradójicos.

¿Qué lugar ocupará este libro en la producción completa de Javier Tomeo? Es difícil decirlo, con tan escasa distancia crítica. Parece, eso sí, alejado de una primera línea de excelencia en la que figurarían Amado monstruo, El cazador de leones o La ciudad de las palomas. Pero no me atrevería a ir más allá a la hora de juzgarla. Tomeo es tan peculiar, tan sorprendente, tan anómalo, que para adjudicarle una etiqueta hay que andar siempre con pies de plomo, pues se corre el riesgo de pecar por exceso y por defecto. Esperaremos.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Los amantes de silicona



Ramón M es un hombre que, contra viento y marea, se ha propuesto la trabajosa obligación de escribir una novela. Pero no una novela cualquiera, sino una de tema erótico. Y como no está muy convencido de la calidad del argumento, ni de su precisión a la hora de redactarla, ha optado por irle pasando los capítulos que compone a su amigo, el narrador de esta historia, que es distribuidor de frutos tropicales. Y éste, aparte de irnos transcribiendo las páginas de Ramón, las va adornando con comentarios jocosos sobre sus errores, su capacidad para emocionar o seducir al lector o la torpeza de su pluma literaria.
El argumento de la novela, desde luego, no puede ser más risiblemente estrambótico. Sus protagonistas son Basilio y Lupercia, un matrimonio que regenta una mercería de barrio y que han llegado a un punto tal de hastío en sus relaciones matrimoniales que duermen en habitaciones separadas, no practican sexo entre ellos y se dispersan en un agrio desamor. Pero como los cuerpos también tienen sus necesidades, he aquí que ambos han adquirido (de forma independiente) muñecos hinchables para vaciar su pasión genital. Basilio dispone de Marilyn, una muñeca voluptuosa y parlanchina, que tiene grabada una memoria electrónica con accesorios tan curiosos como frases en latín; y Lupercia se ha hecho con los servicios de Big John, un fogoso amante de silicona cuyo sexo desconoce la flojera y las vacaciones. Hasta ahí, todo bien. No obstante, los problemas comienzan de verdad cuando Marilyn, harta de las ridículas dimensiones del pene de Basilio, decide que Big John se convierta en su nuevo compañero de coitos. Enterados Basilio y Lupercia de la doble traición de sus amantes (pues los pillan in fraganti cuando vuelven de pasear), se decantan por una salida medianamente airosa: comprar nuevos compañeros de silicona. Lo que no calibran es lo que van a hacer, a continuación, Big John y su compañera Marilyn...
Javier Tomeo, tan eficaz y tan zumbón como siempre, consigue en este libro editado por Anagrama, una novela de vuelo irónico, con posible lectura en clave y hasta con reflexiones hondas sobre la textura del tiempo que vivimos; pero donde prima sobre todo la voluntad de trasladar a los lectores, con una prosa ágil, llena de refranes, modismos coloquiales y apelaciones al mundo cultural (cine, libros, música), un argumento sorprendente, que arranca sonrisas y elimina el aburrimiento.