Rodrigo
Díaz de Vivar, como figura histórica, ha servido de fuente de inspiración para
múltiples creadores, tanto dentro como fuera de España. Y uno de los que
tributaron homenaje a su figura fue Pierre Corneille, excelso dramaturgo
francés que le dedicó su obra El Cid (inspirada
en la producción anterior de Guillén de Castro), que leo en la bella traducción
en verso de Carlos R. de Dampierre.
Asistimos
durante su magnético desarrollo a un drama complejo desde el punto de vista
psicológico: Rodrigo es obligado por su padre a vengar una afrenta que ha
sufrido por parte del padre de Jimena. Si ejecuta la venganza, conservará su
honra… pero perderá el amor de la dama; si se niega, perderá el respeto de su
padre, el honor familiar y, posiblemente, también el amor de Jimena, quien no querrá
unir su vida a la de alguien deshonrado. Haga lo que haga, el Cid pierde. Pero
es que, una vez cumplida la acción, será Jimena quien quede desmembrada por los
caballos de la duda: si perdona a Rodrigo, entrega su corazón al asesino de su
padre, lo cual se le antoja monstruosidad inadmisible; y si no lo perdona,
pierde al amor de su vida, desmoronándose el sentido de su respiración.
Los demás
personajes de este drama íntimo (la Infanta enamorada del Cid, pero dispuesta a
renunciar a él; don Sancho, que ama a Jimena pero se resigna a que el pecho de
la dama sólo palpite por su rival; don Diego, iracundo y chapado a la antigua;
el rey, que vacila sobre la decisión que debe tomar cuando se le pide que
imparta justicia) actúan como decorado perfecto para que compartamos, también
nosotros, la duda. ¿Qué haríamos, si fuéramos uno de los torturados
protagonistas?
Bellísima
en su formulación y traducida con una elegancia soberana, esta pieza se lee
para no olvidarla. Tal es su fuerza expresiva.
