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miércoles, 8 de enero de 2025

En las nubes del alba

 


Ángel Paniagua (Plasencia, 1965) comenzó su andadura por el mundo editorial con su trabajo En las nubes del alba, un poemario lleno de intuiciones juveniles donde nos mostraba como un escritor que “devuelve mundo al mundo” (p.15) y que ha descubierto, temprana pero luminosamente, que “ser poeta / es buscarse, no buscar una poesía” (p.33). No hay en estas líneas (o yo, al menos, no soy capaz de detectarlas) vacilaciones, sino espléndidas muestras de equilibrio léxico y conceptual. El catálogo de homenajes que tributa (Juan Ramón Jiménez, Pedro García Montalvo, Luis Cernuda, Claudio Rodríguez) nos ofrece también la imagen de un poeta que se ha nutrido en múltiples veneros, y que ha sabido extraer de sus aguas la frescura más útil. A pesar de su juventud, ya mostraba la suficiente madurez como para interrogarse, no por la atinada elección de sus vocablos o por la música de sus estrofas, sino por su capacidad para ver de forma lírica (“¿He aprendido a mirar?”, p.23). Por detalles así se conoce a un poeta auténtico.

jueves, 4 de junio de 2020

El legado de Hamlet




En el año 2003, la editorial sevillana Renacimiento publicó El legado de Hamlet, que firmaba Ángel Paniagua y que constituía un libro de imágenes crepusculares, de noches que se apagan y que resulta inútil prolongar hasta las luces balbucientes del amanecer. Es un tomo donde se nos habla de madrugadas febriles, que se niegan a la conformidad de la clausura y que buscan prolongarse espuriamente, insensatamente. Pasó la alegría del alcohol y nos quedan sus cenizas calcinadas (“Cuanto ardió y fue ventura hoy parece / no estar aquí”, p.17). La vida, que tantas promesas susurró en nuestros oídos, se ha encogido en una indolencia derrotada, abúlica, muelle (“Suena el timbre dos veces, y la vida, / tumbada en el sofá, se niega a abrir”, p.19). Eso es todo. Nos ha abandonado el entusiasmo; hemos descubierto que, aunque queríamos agotar las mieles del presente, éstas se nos han vuelto arena entre los dedos. Lo decía Julio Cortázar: “Es la conclusión inevitable, haber querido tanto de la vida, buscarle todo su sentido, y descubrir que vamos derecho a un montón de fósforos quemados”.
Hamlet, príncipe de la duda, es de igual modo el príncipe de la decepción. Por eso, el poeta constata con amargura que estamos “aquí, a sólo un paso / de nada diferente” (p.23); y que los demás son, en buena medida, unos personajes extraños que nos rodean y no pueden darnos las respuestas que necesitamos (“No es difícil saberse humano. […] Lo difícil es hablar con los otros, preguntarles por qué no hablan”, p.79).

domingo, 26 de abril de 2020

Bienvenida la noche




En el año 1991, Ángel Paniagua publicó en la Editora Regional de Murcia un libro de poemas con el título de Si la ilusión persiste; pero todo parecía indicar (y las declaraciones posteriores del autor así lo confirmaron de forma explícita) que no se hallaba muy feliz con la publicación del tomo, por antojársele que su ciclo creativo no estaba terminado. Doce años tardaría en pulir y clausurar esa etapa poética. Y lo hizo con el volumen Bienvenida la noche.
Se ha hablado en muchas ocasiones de la majestad con que Eloy Sánchez Rosillo encabalga sus versos y de la sonoridad manifiesta que con este procedimiento les extrae: pues no es menor la belleza que obtiene de este mismo recurso Ángel Paniagua. “El tema de la vida” (poema que se encuentra entre las páginas 27 y 28) puede servir como ejemplo. Nos encontramos indudablemente ante un libro de amor y desamor, de intensas pasiones melancólicas, de cataclismos de piel y ausencias, en el que nuestro poeta accede a una madurez desencantada, de emociones provisionales, porque está claro para él “que aquellas luces álgidas / que pusieron su brillo en nuestros ojos / se han perdido de modo irremediable: / no somos tan mayores, / pero estamos cansados de esta danza” (p.37).
Tras muchos versos escritos y un buen ramo de palabras publicadas, Ángel había conseguido comprender que un poema no es más (ni menos) que “un fragmento de vida en que el poeta, / hablando de sí mismo, habla de todos” (p.16); y que un libro es “el resultado final de tanto esfuerzo / por hablarle a la vida con coraje” (p.107).
Voz imprescindible de la lírica contemporánea, Ángel Paniagua nos regala aquí unas páginas delicadas, lánguidas y sabias, que conviene releer de vez en cuando.

sábado, 8 de diciembre de 2018

Debajo de los días




Lo he intentado varias veces y reconozco, con humildad y también con forzosa resignación, que me ha resultado imposible. Quería redactar una reseña donde quedasen reflejadas las líneas maestras de este asombroso, lúcido, memorable poemario que Ángel Paniagua acaba de ver publicado en la editorial Raspabook; y fui observando las palabras y frases que anoté con lápiz en los márgenes del volumen, al hilo entusiasmado de la lectura. Allí encontré “balance”, “cómputo de decepciones”, “contaduría de fracasos”, “melancolía”, “amores perdidos” o “mirada lánguida”; allí encontré paisajes al otro lado de la ventana, música de Bruckner o Scarlatti, rayas en el cuarto de baño, cicatrices que se acarician con tristeza, barro acercándose a la boca, vanas esperanzas erosionadas por el viento; encontré un torrente ígneo de citas en francés, en inglés, en alemán, en latín, en italiano, que no eran en realidad una exhibición culturalista del autor, sino astillas clavadas durante años en su corazón; y también encontré amor, esperanza, sonrisas, ilusiones.
Todos esos ingredientes estaban ahí, burbujeando, mezclándose, diciéndome en clave su verdad profunda. Eran como piezas de un puzle emocional que no podía quedar convertido (que no puede quedar convertido, ahora lo sé) en una reseña al uso, llena de palabras, lugares comunes y elogios banales. Eran como teselas de un mosaico majestuoso y lleno de luces, capaz de embriagar pero también de intimidar a algunos lectores, incapaces de enfrentarse a pecho descubierto al espectáculo de la franqueza.
Al fin, este volumen lleno de sinceridades, este libro de aliento crepuscular, este catálogo de amores febriles o dulces, prolongados o súbitos, termina imponiendo sus leyes y te obliga como crítico a rendirte: no puedes “decir” en una reseña de trescientas cincuenta palabras lo que el poeta ya dice con más plenitud, con más desgarro, con ritmo más trabajado a lo largo de sus generosas páginas. Sólo te queda permanecer en silencio, conmovido, convulso, sabiendo que volverás a sus versos varias veces en los próximos años, porque este paño de la Verónica que ha sido bautizado como Debajo de los días cumple y supera con amplitud todas las expectativas líricas que había generado. Y porque, quizá, sea un libro destinado más a la relectura (sosegada, intensa, proteica) que a la lectura misma.
El Ángel ha vuelto.