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miércoles, 15 de diciembre de 2021

La muchacha de los ojos de oro

 


Termino la obra La muchacha de los ojos de oro, de Honoré de Balzac, una novelita que atesora excelentes cualidades y muy meritorias páginas, a pesar de que el argumento resulta (reconozcámoslo) bastante previsible. Me encandila la estupenda pintura sociológica que el escritor francés despliega en sus primeras hojas; pero, en cambio, abomino de su final, que me parece denigrante e indigno. Es como si Balzac hubiera decidido, de golpe, abandonar los pinceles y rematar la pieza utilizando una brocha gorda. Ignoro la razón de este cambio (tan súbito como bochornoso), que estropea la novela en su tramo último.

Otras bondades de la pieza son su fino sentido del humor (“¿No caería el gobierno todos los martes de no ser por las tabernas?”), la facilidad que Balzac muestra para acuñar definiciones certeras (“El periodista es un pensamiento en marcha”, “El hombre es un payaso que baila sobre un precipicio”), su hedonismo reflexivo (“Buscar el placer, ¿no es acaso encontrar el tedio?”) y su tono, a veces, delicadamente filosófico (“Uno se vuelve avaro de tiempo, a fuerza de perderlo”).

Un clásico al que vuelvo, quizá, con menos frecuencia de la debida.

miércoles, 3 de enero de 2018

Memorias de dos jóvenes esposas



Dos voces se van alternando para construir la deliciosa historia que preside esta novela del francés Honoré de Balzac, que traduce Joaquín García Bravo para el sello Funambulista: de un lado tenemos a Armande-Louise-Marie de Chaulieu, que a los 18 años ha abandonado las dependencias un convento de carmelitas, tras permanecer en él la mitad de su existencia, y se ha instalado de nuevo en casa, en el aposento de su difunta abuela; del otro, a Renée de Maucombe, su íntima amiga, con quien se cartea y a quien revela hasta los pormenores más inauditos de su corazón y su cerebro. Louise explica que su reincorporación al mundo le está resultando muy agradable y que se nota perfectamente acomodada en él (“Soy un hermoso fruto verde y tengo una gracia primaveral”), mientras que Renée, mucho menos interesada en la mundanidad, prefiere acogerse a la idea de un matrimonio con Louis de la Estorade, con quien espera vivir tranquilamente en su retiro campestre. 
Estos dos modos de entender el mundo se van mostrando en las diferentes misivas que las jóvenes se intercambian y que sirven al novelista de Tours para trazar unos exquisitos retratos sobre ambas. Podría, desde luego, haberlo hecho por la vía narrativa convencional, con un narrador omnisciente y un elevado despliegue de detalles paisajísticos e históricos: a Balzac le sobraban recursos para acometer esa empresa y salir victorioso. Pero optó por otra ruta, que los lectores agradecemos mucho, porque nos parece más interesante: la de dejar que la historia se alce, se sostenga y se desarrolle sobre las voces sensibles, inteligentes, intrépidas y, sobre todo, profundamente analíticas de estas dos muchachas. Ellas se comunicarán reflexiones sobre el sentido del matrimonio, sobre la crianza de los hijos, sobre la libertad y autonomía de la mujer, sobre el poder del dinero, sobre las convenciones sociales y sobre mil temas más que, trenzándose, generan un fresco impagable sobre la Francia de su tiempo. Y todo ello, huelga decirlo, con una prosa de extrema elegancia, que convierte estas Memorias de dos jóvenes esposas en un relato de lectura tan placentera como educativa, tan fluida como inolvidable… 
Afirmaba Virginia Woolf que una buena novela es cualquier texto que le haga a uno pensar o sentir. Admitiendo que la afirmación sea válida (y no parece que existan demasiados impedimentos para aceptarlo), estas páginas de Honoré de Balzac cumplen a la perfección ambos requisitos y se elevan, por tanto, hasta la condición de clásicas. Una memorable propuesta, bellamente editada por el sello Funambulista.

domingo, 31 de enero de 2016

El cura de Tours



Cuando el novelista es un microscopio, y un psicólogo, y un sociólogo, su mirada adquiere unas dimensiones que la vuelven sumamente interesante no sólo para su tiempo sino también para la posteridad, que la acoge como documento y como placa fotográfica. Es lo que ocurre con Honoré de Balzac, que en El cura de Tours nos entrega una narración prodigiosa.
Los personajes que palpitan en ella son pocos y claros: el abate Birotteau (un pobre infeliz que aspira a la plaza de canónigo en Saint-Gatien y que encuentra una felicidad suficiente cuando hereda la habitación y los muebles del abate Chapeloud), el abate Troubert (un intrigante que, de forma sibilina, extiende los tentáculos de su poder hacia las altas esferas) y la señorita Gamard (que actúa como hospedera de todos y que terminará tomando partido por Troubert, en perjuicio del ingenuo Birotteau). Y la trama es tan sencilla como diabólicamente envolvente: el modo en que Troubert irá ganándose la voluntad de la señorita Gamard para arrinconar y preterir a Birotteau, al que termina abocando hacia un pleito que no quiere y en el que terminará perdiendo las ilusiones, el cargo y hasta la salud.
Las dos reflexiones generales que el autor introduce en esta deliciosa novela atañen al mundo de la soltería y al mundo de la religión. Sobre las solteronas elabora Honoré de Balzac un cruel retrato, que no tiene desperdicio: “Se hacen ásperas y malhumoradas, porque un ser que ha errado su vocación es infeliz; sufre, y el sufrimiento engendra la malignidad. En efecto, antes de culparse a sí misma de su aislamiento, la solterona acusa durante mucho tiempo al mundo. De la acusación al deseo de venganza no hay más que un paso. Hasta su fealdad es un resultado necesario de su vida. Como nunca han sentido la necesidad de agradar, desconocen la elegancia y el buen gusto. No ven nada que no sean ellas mismas. Este sentimiento las lleva insensiblemente a escoger las cosas que les son cómodas, con detrimento de las que pueden ser agradables para los demás. Sin darse exacta cuenta de su desemejanza con las otras mujeres, por fin la notan y las hace sufrir. Los celos son un sentimiento indeleble en el corazón femenino. Las solteronas son, pues, celosas sin objeto, y no conocen sino las desventuras de la única pasión que los hombres perdonan al bello sexo, porque les halaga”.
Y sobre el influjo de la religión en este rancio mundo provinciano dan buena cuenta las claudicaciones y mezquindades que tienen que acometer los partidarios del abate Birotteau quienes, sabedores de que ha caído en desgracia ante el todopoderoso Troubert, se verán obligados a traicionarlo. En ese sentido (y al margen de la carga anticlerical que podría detectarse en algunos segmentos de la pieza) resulta impresionante la escena donde se entrevistan la baronesa de Listomère y el religioso Troubert, porque Balzac indica cada intervención de uno y otra… pero añade entre paréntesis y en cursiva lo que realmente están pensando. Una obra maestra de la modernidad narrativa.
En suma, una detallada y exacta investigación sobre el mundo de los pequeños pueblos de provincias, con sus ruindades, cicaterías, lugareños desoficiados que hacen de la murmuración el mantillo de sus existencias y un generalizado olor a hipocresía y naftalina.

Memorable.