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lunes, 31 de octubre de 2022

Cuarteto

 


Son cuatro personas de alto nivel económico y social, que viven en Cataluña durante los primeros años de la democracia: Carlota es dueña de una importante tienda de antigüedades y está casada con Luis; Esteban (a quien todos conocen más bien por su apellido, Modolell) es arquitecto y está casado con Pepa. Un tiempo atrás, en 1977, conocieron durante un viaje a Luksor a Ventós, diez años mayor que ellos, quien desde entonces se convirtió en su amigo. Ahora, como un mazazo, la desgracia se abate sobre el grupo: Carlota ha aparecido ahogada, con un disfraz similar al de la Ofelia shakespeareana, y todos los indicios apuntan a un asesinato (en sus pulmones se ha encontrado agua jabonosa de bañera). Para redondear el estupor, las investigaciones revelan que estaba embarazada.

A partir del descubrimiento del cadáver, se activa un proceso de investigación del que se ocupa el inspector Dávila, quien comienza la ronda de interrogatorios: el marido es el principal sospechoso, pero cuando este manifiesta su ignorancia sobre el embarazo de su esposa, Dávila valora más bien la posibilidad de que el crimen lo haya cometido el presunto amante. Y todo se va enrareciendo de forma paulatina: un personaje que manifiesta su odio por Carlota, un personaje que se suicida, un personaje que esconde un secreto… Todos participan de un cuadro en el que nada es lo que parece, y en el que verdades y mentiras se van entrelazando constantemente. Sólo al final de la narración terminaremos de unir todos los hilos y alcanzaremos la solución del enigma.

Con eficacia sintética (y con la habitual brillantez de su prosa), Manuel Vázquez Montalbán coloca sus fichas de ajedrez sobre el tablero y nos propone una partida inteligente y sutil. Aceptemos el reto.

jueves, 16 de julio de 2020

Praga




Ciudad emblemática, en la que burbujean los recuerdos de Franz Kafka, Giacomo Casanova o Wolfgang Amadeus Mozart; pero donde también se escuchan en el aire los lamentos de los judíos masacrados, y los aullidos de los invasores soviéticos, y la amargura de los destinos torcidos.
Manuel Vázquez Montalbán detiene su mirada lírica, herida y triste en la ciudad por la que pasaron Milan Kundera, Rainer Maria Rilke, Bohumil Hrabal o Jaroslav Seifert; pero donde también vivieron anónimos camaradas que fueron asesinados de la manera más vil (“aprendisteis a avanzar de espaldas / para oír cara a cara el tiro de gracia”), y donde tuvo que soportarse “la obscenidad del tanque enhebrando ventanas”, y donde resultaba transparente “la división entre el que muere y el que mata”.
Puentes hermosos e ideales pisoteados. Kafka sufriendo línea a línea sus obras. Laberintos y metáforas. Encrucijadas y calles sepultadas por la niebla. Y un escritor que abandona la puntuación y que retuerce la sintaxis para dejar que los pensamientos y las emociones fluyan sin torrenteras convencionales.
“Todo lenguaje es un tam tam / que pide socorro en una lengua / inaceptable”, se lee hacia la mitad del libro. Este volumen de poesía tiene mucho también de tam tam, y de lamento lánguido, y de fracaso convertido en versos.

martes, 4 de abril de 2017

El pianista



Decía Pascual Duarte que hay personas a quienes el Destino ha ordenado marchar por senderos suaves y otras que, por desgracia, son impulsadas hacia trochas abruptas, acribilladas por el sol o maltratadas por la gelidez del aire. Albert Rosell pertenece a quienes nutren el segundo bloque. Fue un joven y prometedor pianista que, animado por el deseo de vivir de y para la música, encaminó sus pasos hacia París en los meses previos a la guerra española de 1936.
Allí se encontró con un hervidero de ideas políticas y artísticas que estaban llamadas a revolucionar el panorama europeo, y en el cual se sumergió con tanta curiosidad como desconcierto. Para su desgracia, antes de poder afianzarse en ese mundo tuvo lugar la sublevación castrense en España; y Rosell decidió que la postura ética más razonable consistía en volver y ponerse del lado de la legalidad republicana. Tras eso llegaron la derrota, la cárcel (seis años), la entereza hidalga de quien pasa hambre y sigue pensando en su piano; y, por fin, una vejez zarandeada por la ignominia, en la que trabaja amenizando espectáculos de travestismo en una sala barcelonesa, durante los primeros años de la democracia.
Ahora se encuentra en el poder la generación que tiene entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años, “los que supieron dejar de ser franquistas a tiempo y los que supieron ser antifranquistas en su justa medida o a su justo tiempo” (p.162). Y los viejos supervivientes de aquellas luchas oxidadas observan su entorno y notan el acíbar lento de la impotencia. Ventura e Irene, en la página 207, verbalizan en un breve diálogo esa situación: “—¿Era esto lo que esperábamos? / —No. Pero no está tan mal. / —Una mierda”.
Asistimos, por tanto, a una narración melancólica, reflexiva y amarga, en la cual quedan registrados los pliegues del fracaso, la languidez de las derrotas y los estragos vitales y espirituales de aquella generación malherida por la ignominia. Manuel Vázquez Montalbán, brillante siempre en sus formulaciones novelísticas, construye en El pianista una pieza narrativa magistral en la que el orden de las secuencias adquiere una significación poderosa: los hechos están contados al revés. Primero vemos al pianista, anciano y desmadejado sobre las teclas, entre el humo de la sala Capablanca (antes conocida como Casbah), interpretando a Mompou entre la indiferencia del público; luego lo vemos, jovencísimo, en el París de los años 30, realizando los planes luminosos que ya sabemos que jamás se cumplirán; y, por fin, viajamos con él en un vehículo para cruzar la frontera y sumarse a las fuerzas leales a la República, que lograrán derrotar —ay— al fascismo...

Conocer el final de un chiste emborrona buena parte de su comicidad, pero disponer de los detalles postreros de un fracaso lo transforma, retrospectivamente, en una llorosa tragedia, a la que asistimos paralizados y tristes. Excelente Manuel Vázquez Montalbán y oportuna recuperación editorial del sello Cátedra, que a través de José Colmeiro nos permite volver a disfrutar y sufrir con esta novela.