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sábado, 19 de marzo de 2022

La promesa

 


Me sumerjo en otra novela del suizo Friedrich Dürrenmatt, que traduce Xandru Fernández y que publica el sello Navona: La promesa. En ella, un conferenciante mantiene una larga conversación con el doctor H., quien le cuenta una vieja historia para que luego él decida lo que desea hacer con ella. En esa historia se nos habla de la terquedad de un miembro de la policía, llamado Matthäi, encargado de investigar el caso de la niña Gritli Moser, que ha sido brutalmente degollada con una navaja. El único sospechoso del crimen es el buhonero Von Gunten, al que los policías presionan y presionan hasta que, después de horas de interrogatorio, se declara culpable y, acto seguido, se suicida en su celda. El caso, aparentemente, está cerrado. Pero Matthäi decide no darse por vencido con tanta rapidez, así que continúa investigando y descubre que Gritli tuvo un encuentro con un “gigante” que le regalaba erizos en el bosque. Su conclusión es clara: esas imágenes que la niña comunicó a su mejor amiga del colegio escondían una interpretación simbólica que es necesario esclarecer.

Al no sentirse respaldado por su comisaría, Matthäi abandona el Cuerpo e inicia un nuevo trabajo como empleado de una gasolinera, al mismo tiempo que acoge a su lado a una mujer que tiene una hija de edad y físico parecidos a los de la pobre Gritli Moser: es su cebo (se comprende enseguida) para atraer de nuevo al despiadado depredador… Pero no todo va a ser tan fácil como él piensa.

Con una prosa muy eficaz, Dürrenmatt consigue que los lectores caminemos por los senderos argumentales que él quiere; y nos lleva, inflexible, hasta la cruda solución de esta curiosa novela policíaca y psicológica.

Muy recomendable.

viernes, 11 de marzo de 2022

La sospecha


El comisario Hans Bärlach es un hombre que debe enfrentarse de súbito a dos cambios igualmente abruptos: el final de su carrera profesional en la ciudad de Berna y el final de su vida (un cáncer lo está destruyendo a gran velocidad y lo conducirá a la muerte en menos de un año). Pero esa doble amargura dejará de ser el centro de sus reflexiones cuando lo asalte un nuevo “caso”, que se obstinará en resolver: descubrir si el máximo responsable médico de una clínica privada muy exclusiva de Suiza es, en realidad, el execrable doctor Nehle, un médico nazi que cometió todo tipo de horrores en el campo de concentración de Stutthof. Para ello, conseguirá que un periodista amigo publique un libelo donde ponga sobre aviso al macabro doctor (que ahora se llama oficialmente Emmenberger) y, más tarde, se hará ingresar en su clínica bajo nombre supuesto, para desenmascarar desde dentro al inmundo criminal.

Con esos ingredientes, el espléndido escritor suizo Friedrich Dürrenmatt esculpe su novela La sospecha, que Juan José del Solar traduce para el sello Tusquets y que incorpora a personajes tan singulares como el escritor fracasado Fortschig, la nauseabunda doctora Marlok (antigua prisionera de un campo de concentración que consiguió salvarse del exterminio convirtiéndose en la amante de su propio torturador, al que continúa unida), el gigantesco Gulliver (un judío que siempre aparece de forma casi onírica y que se disuelve con no menor sigilo) o el enano al que Emmenberger utiliza para misiones especiales. Pero, salvados los primores de su lenguaje y el acierto en la composición de sus criaturas, lo más trascendente de este libro es la manera en que reflexiona sobre el Mal, sobre sus motivaciones e impulsos, sobre sus fundamentos filosóficos y aun teológicos, sobre las miserias íntimas que se esconden a veces en el fondo de algunos corazones.

Incómoda y magnética, esta novela parece difícil de olvidar, una vez que la has leído. Es un atributo que Friedrich Dürrenmatt cultiva con esmero y que la vuelve tan seductora como escalofriante.

sábado, 8 de julio de 2017

Adolfo



El amor, como todas las pulsiones vigorosas y trascendentes de la vida, provoca en los seres humanos reacciones muy peculiares. En ocasiones, nos galvaniza y nos llena de luz, extrayendo lo mejor de nosotros mismos en forma de entrega, generosidad o sacrificio; en otras, nos convierte en severos dictadores o en neuróticos vigilantes. En suma, unas veces hace de nosotros unos dulcísimos ángeles y otras nos convierte en retorcidos demonios.
Adolfo es un joven de buena familia, con un espléndido futuro y todas las condiciones necesarias para triunfar en el campo que elija (política, sociedad, arte). Pero el amor —o la obsesión— llegará a su vida en forma de mujer: la bella cortesana polaca Ellénore, que es amante de otro hombre. Al principio, ella se muestra renuente ante su cortejo amoroso, pero Adolfo incurre en estrategias tan poco caballerosas como la insistencia diaria o la amenaza de suicidio y la mujer termina por concederle, al menos, la cercanía de su amistad. De ahí al amor, un paso, que ambos transitan con rapidez, pese a que los amigos y el propio padre del protagonista tratan de disuadirle acerca de la conveniencia de esa acción. Adolfo, heroicamente empecinado, se obstinará en permanecer junto a Ellénore hasta el final de sus días (“¡Desgraciado del hombre que al iniciar una relación amorosa no cree que será eterna!”, p.45), pero pronto empieza a flaquear cuando ella se vuelva posesiva, neurótica, controladora. ¿Acaso se ha precipitado en su decisión? ¿Acaso debería terminar con ella y volver a su vida anterior, mucho más juiciosa y prometedora desde el punto de vista social? Adolfo siente que lo asaltan sudores fríos (“Hay cosas que tardamos mucho en decirnos, pero, una vez dichas, no cesamos ya nunca de repetirlas”, p.54), mas cuando se presenta la oportunidad de poner fin a su relación él mismo da marcha atrás y renueve ante Ellénore sus votos de fidelidad y entrega. Tiene bastante claro que “ya no estaba enamorado” (p.93), pero algo en su corazón se rebela contra la idea de abandonarla.

Benjamin Constant nos propone, en esta novela que traduce Gabriel Oliver para el sello Planeta, una reflexión muy interesante sobre el espíritu humano y sobre los meandros misteriosos de nuestro espíritu, que a veces ni siquiera nosotros mismos somos capaces de entender.

viernes, 26 de mayo de 2017

Siete papas



Del teólogo Hans Küng, una de las mentes religiosas más notables del siglo XX, se acaba de publicar en la editorial Trotta el libro Siete papas, donde el célebre pensador suizo nos traslada sus impresiones y reflexiones sobre aquellos pontífices que han regido el Vaticano desde que él entró en el mundo de la religión. Haciendo alarde de una sinceridad que le honra, Küng admite que, además de introducir análisis objetivos acerca de estos dirigentes, también se ha dejado influir por sus emociones (“El hecho de que determinados papas salgan mejor parados que otros tiene que ver, por supuesto, con el hecho de que me resulten simpáticos o antipáticos. ¿Cómo podría ser de otro modo?”, p.12).
Así, nos dirá que Pío XII usó la devoción mariana “con sentido estratégico”, que fulminó el movimiento de los curas obreros franceses, que fue capaz de excomulgar en masa a todos los comunistas del mundo en 1949 mientras no movía un dedo para denunciar el nazismo (“Esto fue bastante más que un error político; fue todo un fracaso moral”, p.39)  y que, por todo eso, “este pontificado fue una verdadera tragedia cristiana, a pesar de todo su esplendor externo” (p.40). De Juan XXIII aseverará que fue “el papa más grande del siglo” (p.49), aunque le faltasen dotes de mando para eliminar a los sectores más retrógrados de la curia. Eso no obsta para que lo defina como “un papa que irradia amor cristiano en lugar de poder eclesiástico”. Por Pablo VI manifiesta sentir “simpatía personal”, pero no se le oculta que su papado tuvo “un comienzo esperanzador, un final más bien triste” (p.132). Sobre la inopinada muerte de Juan Pablo I (solamente se mantuvo en el cargo durante treinta y tres días) afirma: “A los curiales, a los que en parte conozco personalmente, los creo capaces de mucho, pero no de asesinar a un papa” (p.145). Cuando llega a la semblanza de su sucesor, Juan Pablo II, no duda en indicar que ha dejado “una nefasta herencia” (p.179) y que fue desde el principio un papa del Opus Dei, al que define como “Organización secreta católico-fascista con rasgos sectarios” (p.155). Algo después (p.199) nos dirá Hans Küng que el manipulador Joseph Ratzinger “hizo todo lo posible para encauzar la elección papal”, y el resultado fue evidente: salió elegido y optó por el nombre de Benedicto XVI. Era el triunfo de “el gran inquisidor y adversario de toda reforma de la Iglesia” (p.208) y de un hombre que habría de verse salpicado por “los escándalos de abusos sexuales a menores, que se extienden de continuo y a cuyo encubrimiento él mismo había contribuido” (p.247). Con las páginas que dedica a la “primavera vaticana” que supone la elección del actual papa, Francisco, quien representa “un signo de esperanza” (p.264), el teólogo Kans Küng cierra esta obra seria, profunda y controvertida, donde va mezclando consideraciones puramente teológicas con análisis humanos, meditaciones orgánicas y apuntes para la renovación del aparato de la Iglesia y su necesario saneamiento.
Nos encontramos, por tanto, con un volumen que resultará muy útil tanto a los especialistas como a los simples interesados en el devenir de los asuntos vaticanos en las últimas décadas, y que está escrito con tanto rigor en los términos como transparencia en la exposición. Nuevo acierto editorial del sello Trotta.

miércoles, 26 de octubre de 2016

La visita de la vieja dama



Cuando la riquísima anciana Clara Zacanasian vuelve a su pueblo natal, Gullen, se encuentra con un panorama agónico: el villorrio se encuentra en la más completa ruina y necesita desesperadamente una inyección económica de varios millones. Todos le hacen ver que su ayuda es tan urgente como indispensable. Y la vieja dama, que se ha bajado del tren acompañada de su séptimo marido, se muestra decidida a satisfacerles. La euforia alcanza límites inauditos cuando la anciana les revela la cantidad que piensa donar al pueblo: mil millones... Pero esa misma euforia se convertirá en estupor cuando les revele la única condición que impone para entregar el cheque: que alguien mate antes a Till, que fue su novio durante la juventud y que, tras dejarla embarazada, la abandonó a su suerte, obligándola a marcharse del pueblo y dedicarse a la prostitución para sobrevivir. Ahora, Till es un comerciante de la localidad y todos se abastecen en su tienda. ¿Cómo van a sucumbir a la abominación de matarlo? “Puedo esperar”, dictamina la paciente dama como conclusión del primer acto.

A partir de entonces, la diabólica construcción escénica de Friedrich Dürrenmatt nos atenaza, nos acelera el pulso, nos indigna, nos obliga a tragar saliva, nos estremece, nos perturba. Vamos comprobando la manera en que los vecinos (e incluso la familia de Till) comienzan su lenta deriva, se van ajustando a la indignidad, calculan lo que podrían hacer con tantísimo dinero y comienzan a alinearse con la postura de la anciana. Nadie se muestra partidario de alzar un arma contra él, lógicamente, porque son ciudadanos honorables, pero la verdad es que Till se comportó como una alimaña con la pobre Clarita y tampoco sería extraño (ni injusto) que alguien... La saliva se vuelve cianuro, los dedos buscan gatillos en los que apoyarse y Till, asfixiado por la estrechez del cerco, se siente cada vez más solo. Incluso, en un alarde de cinismo hipócrita, le tienden una escopeta para que él mismo ahorre suplicios emocionales a sus conciudadanos y abrevie el proceso. Pero el comerciante ha decidido mantenerse firme: que los demás hagan lo que crean que deben hacer. Tal vez se compadezcan, al final. Tal vez lo haga Clarita. Tal vez triunfe el sentido común. Tal vez...

lunes, 12 de septiembre de 2016

Los físicos



Nos encontramos en un sanatorio mental fundado por Mathilde von Zahnd, en uno de cuyos pabellones se encuentran recluidos tres físicos, “tres locos inofensivos y entrañables, dóciles, fáciles de tratar y nada exigentes” (p.19). El primero de ellos cree ser Isaac Newton y, a despecho de lo manifestado por la directora del centro acerca de su condición sumisa, asesinó a una enfermera tres meses atrás; el segundo, creyéndose Albert Einstein, acaba de matar a otra; el tercero, mucho menos infuloso y mucho menos iracundo, se conforma con ser Möbius, un prometedor científico que ingresó en este centro asistencial cuando comenzó a decir que era visitado todos los días por el rey Salomón. No obstante, el clima enrarecido de la institución se volverá aún más irrespirable cuando el cándido Möbius acometa también un crimen idéntico a sus compañeros.
Pero la intriga no se detendrá ahí, porque el lector descubre muy pronto que las identidades y la condición mental de los tres inquilinos no son las que inicialmente pensaba, y la obra ramificaba sus sorpresas hasta un punto que anonada.
Las grandes preguntas que quedan implícitas tras cerrar el volumen son claras: ¿dónde están las fronteras entre la genialidad y la locura? ¿Es posible fijar unos límites al avance tecnológico? ¿Se puede esperar que éste avance por unos senderos que no dañen irreversiblemente a la especie humana?

Friedrich Dürrenmatt, traducido por Juan José del Solar para el sello Tusquets, ratifica en estas páginas su condición de dramaturgo intenso, sólido y lleno de inteligencia, capaz de conducir a sus personajes y a sus lectores por los caminos más insospechados. Un auténtico maestro.

martes, 28 de junio de 2016

Jakob von Gunten



Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada; es decir, que el día de mañana seremos todos gente muy modesta y subordinada”. Así arranca esta novela donde el narrador, Jakob, uno de los alumnos del centro, vive una existencia feble y pregonando sin rubor que “de algo estoy seguro: el día de mañana seré un encantador cero a la izquierda, redondo como una bola”.
El Instituto Benjamenta es un sitio triste, donde los maestros no enseñan nada y donde los alumnos tienen aspiraciones modestas: Heinrich quiere ser paje; Schacht sueña con ser músico… y el propio Jakob von Gunten no tiene más honda aspiración que convertirse en el fiel servidor de alguien en el futuro, a quien obedecerá como un perro y en quien verá a un ser superior. Él, que no cree en Dios, convertirá en dios a su amo.
A partir de ese instante, el narrador nos va comunicando detalles diminutos de la vida en el instituto: cómo escribe en su diario, cómo de vez en cuando sale de noche, las pequeñas conversaciones estudiantiles, el problema que tuvo con su condiscípulo Tremala (que le tocó los genitales y recibió, a cambio, un puñetazo por parte de Jakob), la fascinación que le produce la hermana del señor director (una muchacha espiritual y que tiene hechizados a todos los chicos de la extraña institución), etc.
El texto se extiende en consideraciones psicológicas o sociológicas de Jakob, que va analizando a sus compañeros y profesores, dando minuciosos informes de sus actos y temperamentos.
El volumen resulta muy agradable de leer, pero en realidad desde el punto de vista argumental lo más llamativo es que no cuenta ninguna “historia”. No se detecta un “argumento” novelístico que vertebre la narración. Aun así, el tono verbal de la pieza es tan sugerente, está tan lleno de ricos matices, que resulta complicado apartarse de sus hojas.

Tan peculiar como magnético.

miércoles, 30 de octubre de 2013

En jardines ajenos



Hay libros que te llegan a las manos sin estridencias, sin el apoyo de grandes campañas publicitarias que los catapulten, sin grandes nombres del mundo de la cultura que apuesten por ellos; pero que terminan calando en tu ánimo y en tu inteligencia por una u otra razón, de forma indeleble. Me ha ocurrido algunas veces durante los últimos treinta años como lector y ha vuelto a suceder. Hablo de En jardines ajenos, del suizo Peter Stamm, un volumen de cuentos que traduce al español María Esperanza Romero y que publica la exquisita editorial Acantilado. Once historias impregnadas por una serena belleza y por elevados toques de elegancia que terminan por envolverte. No se busque en ellas ninguna sorpresa final (no son cuentos cortazarianos), sino más bien un fluir donde se capturan segmentos de vida, fotografías lánguidas, recuadros en los que la niebla se erige en protagonista.
Tenemos a esa anciana viuda que, con sus hijos desperdigados y la casa solitaria, recibe la visita de su nieta Martina, con su novio (La visita); tenemos a Henry, un tipo del este de Europa que trabaja como especialista en un espectáculo de coches y que, después de llevar una vida bastante solitaria, conoce a una camarera con la que quizá podría construir una vida en común (La pared en llamas); tenemos a una pobre mujer que está ingresada en una clínica y que resulta dibujada desde la óptica de una de sus vecinas, que le riega las plantas y mantiene en orden su hogar vacío (En jardines ajenos); tenemos la larga espera de un hombre, cuya pareja vuelve de un viaje y a la que quiere comunicarle una decisión trascendente (Toda la noche); tenemos una historia portuguesa, donde unas mujeres canadienses algo más bebidas de lo razonable se encuentran con el protagonista de la narración y viven con él unas horas irrepetibles (Fado); tenemos a una sorprendente pareja, que convierte el sexo en un mecanismo tan extraño como perturbador, a mitad de camino entre la perversión y la sociología (El experimento). Por no hablar de la inquietante metáfora que se cobija en el interior del relato La parada, en el que tres jóvenes observan cómo de un tren de enfermos que viajan hacia Lourdes es bajado un cadáver, mientras que el resto (la vida misma) permanece inalterado.
Si tuviera que precisar por qué me gusta la forma de estas historias tendría (lo confesaré) graves problemas; pero quede al menos constancia de mi admiración y de mi sorpresa por haber encontrado a un escritor como Peter Stamm, cuyo arte me gusta. No dudaré en leer otro libro suyo, si se coloca ante mis ojos.