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miércoles, 19 de agosto de 2026

Lorca y el mundo gay

 


Federico García Lorca vivió en el inicio de la adolescencia lo que Ian Gibson ha llamado con tristeza “el calvario del instituto”, no solamente porque un grupo de compañeros lo motejaba de Federica, sino porque incluso uno de sus profesores, “muy poseído de macho” (p.54), lo relegó al último banco de la clase, como humillación complementaria. Ese calvario se repitió en su último día de vida, cuando un salvaje llamado Juan Luis Trescastro Medina le disparó en el culo “por maricón” y luego fue presumiendo de esa inmundicia por los bares de Granada. De ahí que libros como Lorca y el mundo gay no constituyan un proceso de búsqueda morboso, anecdótico o innecesario, sino un trabajo tan admirable como imprescindible. Federico fue homosexual. Y la tortura perenne de tener que vivir su condición de forma camuflada (comenzaba a liberarse cuando la brutalidad de la guerra civil abortó el proceso, con la vileza de su asesinato), escondiendo las alusiones, ideando metáforas ambiguas o utilizando símbolos o palabras que no fueran delatoras, condicionó su obra. ¿Cómo no va a ser fundamental conocer los detalles de su sexualidad para mejor entender su poesía y su teatro?

Explorando epistolarios, manteniendo entrevistas personales, concertando citas telefónicas, desempolvando periódicos y revistas con décadas de olvido encima, leyendo memorias y dietarios y, a veces, accediendo a interesantes hallazgos gracias a la generosidad espontánea de algunos herederos, Ian Gibson construye una obra monumental, en la que conocemos, por ejemplo, a María Luisa Natera, el adolescente amor perdido de Federico (la cual murió en Madrid en 1983). ¿Fue ella la niña rubia de ojos azules que aparece en los poemas juveniles del autor granadino? Es muy probable. “Pude haberla conocido, haber escuchado de sus propios labios cómo fue. Pero entonces no sabía nada de ella. Qué rabia me da” (anota Gibson en la página 68); también se nos recuerdan sus relaciones (en los primeros años amistosas, pero después enrarecidas) con el homófobo Luis Buñuel, al que conoció en la Residencia de Estudiantes; o su complicado vínculo admirativo y erótico con Salvador Dalí (no se pierdan la historia de Margarita Manso, tal vez ocurrida en la primavera de 1926); o su encandilada fascinación por Emilio Aladrén, Eduardo Blanco-Amor, Luis Cernuda y Rafael Rodríguez Rapún, de quienes se nos reúnen aquí interesantes anécdotas.

Después de su ciclópeo esfuerzo de investigación, al irlandés le siguen causando dolor e impotencia los centenares de cartas que, relacionadas con el mundo de Federico García Lorca, se han perdido o permanecen ocultas, por asco, pudor o vergüenza de los herederos (“¿Dónde están ahora, si es que están? No lo sé. Esperemos que no hayan sido destruidas, por demasiado personales, y que algún día afloren y se publiquen. Uno se cansa de tanta desaparición, tanto silencio, tanta tergiversación, tanto no querer decirnos cómo fue”, p.321). Y lamenta que otras (como las que tuvo en su poder Rafael Martínez Nadal) solamente fueran reveladas en una pequeña parte (Luis Antonio de Villena aseguraba haber visto una en la que Federico reconocía con gozo su participación en una orgía con negros). Repitámoslo: Federico García Lorca fue homosexual. No se trata de ninguna mancha vergonzosa que deba ser ocultada, sino de un hecho personal que dejó huellas en su literatura, que tanto amamos. Para quienes lo asesinaron, su condición sí que constituía estigma (“Tal vez si se encuentran los restos sabremos qué hicieron con su víctima, antes de acabar con él, aquellos miserables energúmenos fascistas. Algunos dicen que no importa. No puedo estar de acuerdo. Creo que tenemos derecho a conocer todo lo que se pueda sobre aquel acto criminal”, p.379); pero no debería constituirlo para quienes seguimos leyendo y admirando al granadino. Ian Gibson se erige, otra vez (tantas veces), en héroe, luz y referencia. Gracias eternas.

lunes, 10 de agosto de 2026

Un carmen en Granada

 


Hace muchos años que siento una admiración profunda por los trabajos del hispanista Ian Gibson, sobre todo los relacionados con Federico García Lorca y Antonio Machado. Como filólogo, me parecen referencias inexcusables para mi formación; como enamorado de la lectura, monumentos. Así que cuando llegó hasta mis ojos el volumen Un carmen en Granada (XXXV Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias en el año 2023), tuve claro que terminaría por leerlo sin demasiada tardanza. En este agosto de 2026 cumplo la ceremonia y subrayo bastantes líneas del mismo.

Nacido en una familia protestante de la rama metodista (muy rígidos en su forma de interpretar la religión), en el Dublín de 1939, Gibson reconoce que creció rodeado por múltiples traumas, relacionados con la sexualidad (la lactancia, los órganos genitales o la menstruación no podían ni siquiera ser mencionados); que durante décadas estuvo obsesionado con su tendencia a ruborizarse; que su padre mantenía una actitud inflexible frente al alcohol y las apuestas; que uno de los docentes que lo martirizó durante su infancia fue el deleznable profesor de matemáticas William Boggs (“Me complace poder señalar que el apellido Boggs significa, en jerigonza inglesa, ‘sentina’. Boggs me parecía una mierda de ser humano y su nombre lo decía todo”); que la relación con su madre nunca fue especialmente amable (“Es terrible tener que decirlo, pero casi la odiaba y era ya plenamente consciente de que mi única posibilidad de ser algo en la vida consistía en escaparme cuanto antes de casa”), aunque en la vejez ha aprendido a juzgarla con más distancia (“No tuvo la culpa de ser como era: resentida, amargada, frustrada, sin horizontes, siempre soñando con el hombre alto y apuesto con quien creía que habría sido feliz. No me dio la ternura que tanto necesitaba cuando era niño”); que fue desde pequeño, y lo sigue siendo en la vejez, un apasionado ornitólogo; que su primera experiencia sexual, incompleta, la tuvo a los quince años con una chica llamada Jean; o que no le duele reconocer que siempre sintió una profunda envidia por el exitoso jugador de rugby Tony O’Reilly, dos años mayor que Ian (“Sospecho, y sería el colmo, que me sobrevivirá”).

Y por supuesto, una fecha para enmarcar y subrayar en rojo: el 11 de marzo de 1957 (pronto se cumplirán cincuenta años), en la librería Eason’s, descubrió sus primeros poemas de Antonio Machado y Federico García Lorca, que después se convertirían en objeto de amplias y fecundas investigaciones. A esa etapa dedica unas páginas preciosas, hablándonos de quienes lo ayudaron a esclarecer la verdad sobre el asesinato de Federico García Lorca y de quienes lo insultaron y trataron de silenciarlo. El resultado es un libro espléndido, que he leído mientras tragaba saliva (Ian Gibson llega a unos extremos de sinceridad que asombran) y que merece todos los aplausos.

domingo, 23 de marzo de 2025

El niño con el pijama de rayas

 


No sabría calcular cuántas horas de mi vida le he dedicado a la lectura de libros o a la visualización de documentales sobre el mundo nazi: al principio, lo hice para conocer la realidad de aquel horror inhumano, inconcebible, paralizante, que supuso la irrupción de aquella nauseabunda ideología en la desprevenida Europa; después, para elaborar una novela que publiqué allá por 2011; siempre, para evitar el olvido (que, en el mejor de los casos, resulta una torpeza; y, en el peor, un rasgo de idiotez o de complicidad). Ahora, con la distancia adecuada (la obra supuso un bombazo editorial y prefiero leer ese tipo de libros años después), me acerco hasta las páginas de El niño con el pijama de rayas, de John Boyne, traducido por Gemma Rovira Ortega. Allí me encuentro con Bruno, hijo de un militar de alta graduación del ejército alemán, que conoce levemente al “Furias” (ha cenado una noche en su casa, con su acompañante Eva) y que termina yéndose a vivir con su familia a “Auchviz”, donde el padre ha sido destinado forzosamente en su nuevo puesto como comandante. El chiquillo tiene nueve años y encaja mal ese traslado, que lo separa de sus abuelos y de sus tres mejores amigos. Durante semanas, su estancia allí se le vuelve irritante y claustrofóbica, porque no entiende qué ocurre al otro lado de las alambradas, donde todo el mundo parece pasarse el día en pijama. Pero un día conoce a un niño, llamado Shmuel, con el que empieza a charlar y con el que inicia una amistad (secreta) cada vez más luminosa.

Una narración muy eficaz, donde la inocencia y la crudeza se unen para formar un tejido agridulce, cuyo final (por Dios santo, qué final) conmueve e inquieta. Allí donde las palabras se detienen se inicia el pensamiento, firme e inmaculado: nunca más.

domingo, 21 de julio de 2024

Yo, Rubén Darío

 


Dentro de las prerrogativas del creador literario se encuentra, obviamente (y en primer término), la libertad. Es decir, la potestad que lo autoriza para crear mundos, esculpir personajes y diseñar la acción de la obra, sin más limitaciones que las que sugiera su sentido común o tolere su albedrío. Pero cuando aborda un relato que quiere ser una biografía la situación admite menos maniobras: por ejemplo, es dudoso que ese mismo creador esté autorizado para poner en boca del protagonista lo que él cree o intuye que pudo ser su pensamiento. Resulta admisible, claro está, la suposición, pero no la afirmación tajante y espuria, que no se antoja pertinente. Aportaré un ejemplo. Es bien conocida la tendencia a los desafueros verbales y físicos que Rubén Darío desplegaba sobre su pareja y la hija común (Francisca y María). De hecho, Gibson lo corrobora en primera persona en la página 220 de este libro: “Tenían que escuchar los peores insultos, e incluso, a veces, padecer mis agresiones”. ¿En qué medida es entonces lícito que, a título “deductivo” o higiénico, Darío reconozca que se equivocó, y declare que las mujeres son iguales a los hombres, y que deben ser siempre respetadas? ¿No implica ese ejercicio de ventriloquía un exceso difícilmente asumible? Si estuviera modulado por la duda (“quizá no supe ver… tal vez erré… es posible que no me diera cuenta de…”), el procedimiento resultaría menos artificial y hasta más verosímil. Pero la línea que sigue Gibson consiste en un blanqueamiento de todas las zonas oscuras del vate (traiciones a amigos, violencia misógina, alcoholismo, infidelidad, escritura de versos de exaltación para el dictador Estrada Cabrera) mediante un “arrepentimiento” del nicaragüense, quien habla con la voz de Ian Gibson. Supongo que me estoy explicando.

Al margen de esa crítica (que no me privo de manifestar, pese a mi admiración absoluta por ambos, Darío y Gibson), el libro es magnífico y nos permite conocer detalles muy interesantes sobre la vida de uno de los reyes de la poesía: que su primera maestra se llamaba Jacoba Tellería; que Juan Ramón Jiménez siempre insistió para que Rubén abandonase la bebida; que durante su vida mantuvo contactos con Marcelino Menéndez y Pelayo (“Fue para mí un enorme estímulo”), con Emilio Castelar (“Conocerle fue uno de los grandes privilegios de mi vida”), con José Zorrilla (“Estaba en presencia de un mito”), con Verlaine (“Pocas veces había nacido de vientre de mujer un ser que llevara sobre sus hombros igual peso de dolor. Pocas veces había mordido cerebro humano con más furia y ponzoña la serpiente del Sexo. El deseo le tenía aprisionado, encarcelado, esclavizado. ¿Hijo de Pan? ¡Era Pan mismo!”), con Valle-Inclán (“Sus libros solían tener una sólida base en la realidad, realidad transformada por el poder de la imaginación. Sólo quien tiene el deus puede hacer eso. Y, más que tenerlo, Valle-Inclán vivía poseído por él”), con Emilia Pardo Bazán (“Sin duda alguna la mujer más culta de España”), con Alejandro Sawa, con los hermanos Machado y con otros importantes escritores y políticos; o que experimentó en los años últimos de su vida un gran interés por el espiritismo y los fenómenos extrasensoriales. Este último detalle sirve a Ian Gibson para desplegar un simpático recurso. En cierta ocasión, el célebre ocultista Papus predijo a Rubén Darío que ambos iban a morir el mismo año y que, desde el Más Allá, el nicaragüense dictaría sus memorias a un discípulo. Por supuesto (la sonrisa pícara de Gibson es evidente), se trata de este libro.

A pesar del error de enfoque que me parece advertir en ese “blanqueamiento” que he explicado al empezar la reseña, me ha gustado muchísimo leer esta obra: he aprendido, he recordado poemas de Darío y me he podido reencontrar con uno de los hispanistas más reputados del mundo. Chapeau.

jueves, 18 de julio de 2024

La condesa Catalina

 


El matrimonio formado por Shemus y María (que comparten choza con su hijo Teigue) no puede vivir momentos peores, sujetos a una atroz hambruna que está devastando a todos los habitantes de la zona, quienes se debaten entre la consunción y la mendicidad. Su único recurso para aliviar, aunque sea modestamente, el rugir de tripas pasaría por sacrificar la única gallina que les queda (cómo no recordar aquí el gallo del coronel de García Márquez). El Destino, no obstante, les tiene reservada una sorpresa, que cobra cuerpo cuando dos enigmáticos mercaderes llegan a su vivienda y les ofrecen un buen dinero por cenar. A Shemus se le ocurre que es la ocasión propicia para dar muerte a la gallina, pero cambiará de idea cuando los visitantes expliquen quiénes son, en realidad: dos enviados del Demonio que están dispuestos a pagar una buena bolsa por sus almas.

María, escandalizada, se niega a aceptar esa transacción; pero el marido y el hijo, hartos de pasar hambre ("Qué sacó Dios de su bolsa sino hambre. Satanás da dinero"), acceden a convertirse no solamente en vendedores, sino también en propagandistas de la oferta entre sus convecinos. Estos, erosionados por la necesidad, van sucumbiendo a la tentadora proposición.

La única fuerza que puede oponerse a este triunfo del Mal es la condesa Catalina, quien vende todas sus propiedades para repartir el beneficio entre los necesitados y que no se vean abocados a la condenación eterna.

Con este texto teatral, William Butler Yeats nos plantea una reflexión muy honda y muy desgarradora, no solamente sobre las nociones del Bien y del Mal, sino también sobre el sacrificio generoso de un alma noble y sobre las limitaciones que, a la hora de elegir, tienen habitualmente los más desfavorecidos.

Interesante.

viernes, 22 de marzo de 2024

Cuatro poetas en guerra

 


Leo, de forma pausada y conmovida, el volumen ensayístico Cuatro poetas en guerra, donde Ian Gibson se aproxima a escritores emblemáticos como Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca y Miguel Hernández, en el contexto de la guerra civil española de 1936. ¿Qué ocurrió con ellos, antes y después? ¿Qué anécdotas tenemos perfectamente documentadas y cuáles pertenecen más bien al ámbito de la suposición? El trabajo de Gibson, ocioso me parece adjetivarlo, es admirable, ecuánime, convincente.

Este viaje por la memoria y la tristeza se inicia con Antonio Machado, el poeta que terminaría muriendo en Colliure, derrotado, abatido y dejando a su espalda un país en el que continuaban la muerte, la destrucción y la saña. E ignorando las circunstancias en que se encontraba su último amor, Pilar de Valderrama, una mujer casada, “muy católica y de derechas” (p.47), de la que había tenido que separarse por la guerra, la cual seguía “embistiendo testaruda y bestial, una guerra sin sombra de espiritualidad, hecha de maldad y rencor, con sus ciegas máquinas destructoras vomitando la muerte de un modo frío y sistemático” (p.57). Ni siquiera le quedaba el tibio consuelo de conservar las cartas de su amada Guiomar, porque seguramente las perdió durante el agónico traslado (“Sobre su paradero nunca se ha averiguado nada”, p.64).

Después se adentra en la figura de JRJ, de quien se suele hablar menos en este tipo de libros, porque se le contempla como un ser “apolítico” y alejado de los estruendos de la contienda. Nada menos exacto: Juan Ramón firmó numerosos manifiestos, se adhirió a actos republicanos y redactó páginas cristalinas sobre su compromiso democrático, que no siempre han merecido la difusión de la que otros gozaron. Recomiendo de forma especial acercarse a este capítulo 2, por su interés a la hora de completar la figura de uno de los intelectuales más densos y elevados de nuestra literatura.

En el siguiente peldaño, Federico García Lorca. Todas las noticias que aporta y ordena Gibson en este capítulo estaban, prácticamente iguales, en sus libros anteriores; pero sigue siendo sobrecogedor volver a pasear los ojos por ellas, para despejar dudas, aclarar responsabilidades, arrebatar máscaras y señalar sin miedo ni medias tintas a víctimas y verdugos. Si existe una vida después de la muerte, me gustaría asistir (humildemente, desde el patio de butacas) al abrazo entre Gibson y García Lorca, conmovidos los dos.

Y, por fin, Miguel Hernández, el veinteañero que venía de Orihuela y para el que unos meses de estancia en Madrid resultaron suficientes de cara a que “se inflara como un aerostato su ambición de ser poeta de alto renombre” (p.229). Allí se unió sentimentalmente a la pintora Maruja Mallo y se alejó de Josefina Manresa, su novia del pueblo. Sufrió la muerte de su primer hijo (diez meses) en plena guerra civil. Padeció la indignidad de que su antiguo amigo el canónigo Luis Almarcha (futuro obispo de León) no moviese un dedo para salvarlo de la muerte. Y la escena de su boda, mientras agoniza arrojando pus, es espeluznante.

Con Ian Gibson, volveré a insistir, España tiene una deuda impagable, porque nos ha iluminado y enriquecido con sus investigaciones. ¿Leer estas páginas que hoy comento hace daño? Claro que sí. Mucho daño. Pero el motivo para hacerlo, ahora y siempre, es clarísimo: el olvido supondría demasiada consideración (cuando no una abierta complicidad) con la más fuerte e injusta de las partes. Y por ahí no podemos pasar. El olvido, en estos casos, no es una opción.

jueves, 1 de febrero de 2024

Las hermanas Jacobs

 


Recordemos lo que pasó hace seis meses. El doctor Quirke se encontraba en España disfrutando de unos días de descanso con su esposa Evelyn; y, de pronto, se vieron envueltos en un inexplicable tiroteo en el que ella resultó alcanzada y encontró la muerte. Muy cerca se encontraba el inspector Strafford, irlandés como ellos, quien logró desenfundar y abatir al criminal, antes de que continuara su masacre.

Volvamos ahora al tiempo presente. Strafford, que se encuentra solo desde que su esposa lo ha abandonado, comienza a investigar el caso de Rosa Jacobs, una chica judía a la que han encontrado muerta dentro de su coche, asfixiada por el gas del tubo de escape. Todo indica que la muchacha se ha tomado muchas molestias para sellar las ventanillas escrupulosamente y suicidarse mediante la inhalación de monóxido de carbono… Pero la intervención pericial del patólogo (que no es otro que el doctor Quirke) determina que existen indicios de asesinato, porque la víctima presenta huellas de haber sido amordazada. Se impone, por tanto, iniciar una investigación en toda regla, en la que Strafford y Quirke tendrán que unir sus fuerzas. Por desgracia, la relación entre ambos dista de ser amable, pues Quirke, en su fuero interno, recrimina a Strafford que por culpa de su lentitud él ya no pueda tener a su esposa.

Añadamos un poco de sal a este cuadro: al parecer, la chica (que era judía, recordemos) estaba vinculada con un joven alemán llamado Franz Kessler, hijo de un misterioso millonario. Añadamos un poco de pimienta: la hermana de Rosa (Molly) se incorpora a la narración y termina enredándose con Quirke, cuya hija Phoebe se enreda a su vez con Strafford. Añadamos, en fin, un poco de guindilla: una periodista israelí, que investigaba el programa nuclear de su país y su relación con los Kessler, es atropellada. ¿Cómo se relacionan todos estos hechos entre sí? ¿Qué telar inquietante se construye con los hilos que vamos descubriendo?

Benjamin Black (es decir, el irlandés John Banville) nos entrega en Las hermanas Jacobs una novela sólidamente construida y admirablemente narrada, en la que los pormenores argumentales no constituyen, en mi opinión, lo mejor de la obra. Lo serían si hablásemos de un autor policíaco convencional, pero es que estamos hablando de un estilista finísimo y de un psicólogo de primera magnitud, que nos muestra a sus personajes por dentro con tanta minucia que provoca hechizo. Párrafo a párrafo, de forma lenta pero firme, John Banville dibuja sobre el lienzo una pincelada tras otra; y en cada una de esas pinceladas se consigna un detalle sobre el alma, o sobre el pasado, o sobre las ilusiones, o sobre los fracasos de sus criaturas, quienes a la postre quedan convertidas (magia del genio novelesco), no en personajes, sino en auténticas personas. La fatiga, el abandono, el alcoholismo, la rabia, los remordimientos, el llanto o el pudor llenan de matices el suelo narrativo (digámoslo de esa manera), permitiendo que las flores y los árboles que crecen en él alcancen magnitudes espectaculares. “Calidad de página”, lo llaman. “Calidad de pintor (íntimo)”, lo podríamos denominar también. Banville, en ese ámbito, es demoledoramente brillante. Y Las hermanas Jacobs un ejemplo palmario.

lunes, 15 de mayo de 2023

César y Cleopatra

 


La historia de César y de Cleopatra, bien a través de William Shakespeare o bien a través del cine, es sobradamente conocida: la intensa relación entre el hombre que dominaba el mundo y la jovencísima y ya atractiva hermana de Tolomeo, con el cual se disputaba el trono de su país. En esta obra, firmada por George Bernard Shaw (y que leo en la traducción de Julio Broutá), se nos invita a revisar aquellos días reales y legendarios a la vez, en los que una muchacha plenamente segura de su estirpe sagrada (“Mi sangre está hecha de aguas del Nilo”, I) se aproxima hasta el emperador romano, que la puede ayudar en sus aspiraciones en el caso de que la juzgue merecedora de tal destino (“Si te cree digna de gobernar, te sentará en el trono a su lado y te hará la verdadera soberana de Egipto”, I). Pero la elevada inteligencia literaria de Shaw le veda la posibilidad de convertir esta historia en un entramado de amores, deseos y deslumbramientos. Por el contrario, jugará con las flaquezas y dudas de Cleopatra, que necesita apoyarse de continuo en su servidora Ftatatita; nos mostrará a un Julio César maduro, sabio y escéptico, reacio a comportarse como un adolescente con las hormonas en ebullición (ante una coquetería de la muchacha, no tendrá reparos en decirle, mirándola a los ojos: “Entre mis soldados, que confían en mí, no hay uno cuya mano no me sea más sagrada que tu cabeza”, III); nos dejará escuchar sentencias que oscilan entre la seriedad y el humor (“Cuando un hombre en este mundo tiene algo que decir, la dificultad no consiste en hacérselo decir, sino en impedirle que lo diga demasiadas veces”, IV); y, en fin, nos mostrará el lado más reposado y reflexivo de un César que, hastiado de brutalidades, no dudará en lamentarse con palabras dignas de ser grabadas en mármol: “La matanza engendrará la matanza, siempre en nombre del derecho, del honor y de la paz, hasta que los dioses estén hartos de sangre y creen una raza que tenga juicio” (IV).

Una pieza dramática notable, donde se nos trasladan interesantes observaciones sobre el espíritu humano y donde descubrimos que la debilidad y el poder pueden burbujear al mismo tiempo en el corazón de cada persona.

martes, 31 de agosto de 2021

Cela, el hombre que quiso ganar


Un personaje tan poliédrico y controvertido como Camilo José Cela no puede ser analizado en un libro sin que sus páginas provoquen urticaria en cierto número de lectores. Es inevitable que así ocurra, porque frente a personalidades tan vigorosas, tan estruendosas, tan expansivas, parece que todo deba ser hagiografía o denuesto. Si lo elogias, exasperas a sus detractores; si lo enfangas, enervas a sus idólatras. El equilibrio, dificilísimo, sólo se logra cuando el analista es un maestro de la exactitud y de la honestidad.

Ian Gibson, en su aproximación titulada Cela, el hombre que quiso ganar, logra en mi opinión ese equilibrio, porque se preocupa con escrúpulo admirable de los dos platillos de la balanza. No para generar ambigüedad calculada o astuta, sino porque es consciente (como historiador experimentado) de que todo tiene haz y envés, luz y sombra, verdad y mentira, cielo y cieno. Así, reconoce que “como ser humano, Cela no me resulta muy simpático” (p.332); que advierte en él “una personalidad marcadamente anal” (p.102); y que, sin asomo de duda, era “un machista redomado y un bocazas irredento” (p.217). Una y otra vez descubre en sus declaraciones y actitudes los trazos de un “perdonavidas”, de un “soberbio”, de alguien dominado por la “grandilocuencia”, de un ser “vengativo” (pidió varias veces que despidieran a periodistas y críticos que se habían atrevido a criticarlo) y de un “provocador” que con casi total seguridad escondía traumas personales o sexuales, que camuflaba con su imponente presencia física y verbal. Escrupuloso y documentado, el historiador irlandés (ahora español) nos facilita centenares de informaciones sobre su homofobia, el impago de la pensión a su exesposa, sus exabruptos aparatosos o sus obsesiones políticas, sin olvidar el escabroso tema del presunto plagio de La cruz de San Andrés, novela con la que consiguió el siempre polémico premio Planeta. Pero, a la vez, Ian Gibson analiza y define con brillantez algunas de las producciones de Cela, como Oficio de tinieblas 5 (“El más frenético carpe diem jamás escrito en lengua española”, p.194) o San Camilo, 1936 (“Leer San Camilo, 1936 es como estar sentado en un teatro con las luces apagadas, oyendo los siseos que llegan de distintos rincones del auditorio y del escenario”, p.180).

A la postre, y pasando por encima de circunstancias coyunturales, que irán siendo olvidadas con el paso de los años (la ambición de Cela, sus manejos a veces turbios para alcanzar sus objetivos, el desprecio que muchas veces manifestó por la literatura del exilio, su vergonzoso y recalcitrante machismo), Ian Gibson opina que del escritor gallego sobrevivirán algún libro de viajes y tres de sus novelas (La familia de Pascual Duarte, La colmena y San Camilo, 1936). Yo estoy totalmente de acuerdo con este juicio. El Cela escatológico, reiterativo, zumbón y desdeñoso serán pasto del olvido en pocas décadas.

Un libro enjundioso, de amena lectura y magnífica documentación, con el que crece mi admiración (desde siempre alta) por Ian Gibson.

miércoles, 27 de mayo de 2020

El abanico de lady Windermere




Cada escritor, por regla general, se siente cómodo en un determinado terreno. A Oscar Wilde le complacen los ambientes y personajes frívolos: nobles ociosos, que sonríen irónicos mientras profieren aforismos presuntamente escandalosos; salones elegantes, de los que entran y salen sirvientes circunspectos; charlas sobre moda, moral o residencias vacacionales; licores vertidos en copas de cristal tallado… Ese mundo falso y etilista, en el que todos esconden sus verdaderas personalidades para disfrazarse de diletantes o cínicos, es el ámbito en el que el escritor dublinés se muestra más desenvuelto.
Ocurre así también en El abanico de lady Windermere, una obra teatral que leo en la traducción de Ricardo Baeza y en la que una enigmática mujer, llamada lady Erlynne, se convertirá en el eje de todo. Al parecer, lord Windermere la visita con sospechosa frecuencia; al parecer, le está haciendo cuantiosos pagos mediante cheques; al parecer, el mayor de los secretos rodea el pasado (y el presente) de esta mujer de moral criticable; al parecer, todo Londres está informado de esta situación, menos Margarita, la esposa de lord Windermere, cuyo cumpleaños se celebra hoy… Así que cuando, en el mismo día, una amiga le habla de la existencia de lady Erlynne y, al tiempo, su marido le pide que la invite a la fiesta de cumpleaños, el pecho de lady Windermere entrará en combustión. ¿Cómo es posible que su esposo se atreva a sugerirle esta ignominia? ¿Cómo pretende que reciba a su amante en su propia casa? Varias informaciones sobre el pasado (que los lectores recibiremos de forma escalonada) nos permiten comprender las razones que mueven a lord Windermere. Y el misterio de sus pagos a lady Erlynne.
La trama es levemente artificiosa, y está adobada con detalles inverosímiles, pero a Wilde se le pueden perdonar esos defectos a cambio del chisporroteo de frases que nos deja, para paladear y conservar en la memoria. Anotaré algunas, para que la amnesia no las erosione y para que resulte más irrenunciable la lectura de la pieza: “Hay tanta gente que va por ahí echándoselas de buena, que casi me parece una prueba de modestia echárselas de malo”. “Yo puedo resistir a todo, menos a la tentación”. “La vida es una cosa demasiado importante para hablar de ella en serio”. “Hoy día, ser comprensible es una falta de habilidad”. “Soy la única persona en el mundo que me gustaría conocer a fondo”. “En cuanto alguien está de acuerdo conmigo, se me antoja que debo estar equivocado”. “Un cínico es un hombre que conoce el precio de todo y el valor de nada”. “Experiencia llama todo el mundo a sus errores”.

lunes, 18 de noviembre de 2019

El príncipe Caspian




Presentar a C. S. Lewis y sus historias de Narnia al público español es tan innecesario como absurdo: los miles de lectores que han devorado sus libros y los millones que han abarrotado las salas cinematográficas para ver las películas que se han adaptado desde ellos conocen las excelencias de su fantasía demasiado bien como para que se les importune con detalles accesorios o repetitivos. Todos hemos disfrutado alguna vez con las aventuras que Edmund, Peter, Susan y Lucy protagonizan en el mundo mágico de Narnia. Y en esta nueva entrega volvemos a encontrarnos con ellos.
Los cuatro hermanos están ahora en una estación de ferrocarril, cargados de baúles y cajas de juegos, cuando de pronto, sin previo aviso, una fuerza mágica tira de ellos y los devuelve al reino prodigioso del que una vez fueron reyes.
Pero las cosas han cambiado bastante. Miles de años han transcurrido, y el recuerdo de sus nombres y proezas se ha convertido en leyenda popular en la remota isla, dominada por un conflicto bélico de enormes proporciones: el príncipe Caspian, legítimo heredero del trono, es apartado del mismo por un usurpador llamado Miraz, que se ha rodeado de un ejército para consolidar su posición. Los seres de la naturaleza (árboles, faunos, animales parlantes) se alían con Caspian, pero otras fuerzas no menos poderosas eligen apoyar a Miraz, e incluso invocar a la Bruja Blanca (a quien los cuatro chicos protagonistas derrotaron en un episodio anterior).
¿Qué ocurrirá cuando se enfrenten las dos facciones? ¿Qué misterioso juego de fuerzas emergerá a la luz? ¿Quiénes saldrán al fin victoriosos de tan fabuloso choque?
De la traducción de este libro de Lewis (publicado originalmente en 1951) se ocupa Gemma Gallart y de las ilustraciones del volumen Pauline Baynes.

lunes, 21 de mayo de 2018

Una pena en observación




Me detengo hoy en la obra Una pena en observación, de C.S. Lewis, traducida por Carmen Martín Gaite (Anagrama, Barcelona, 1997). Son las anotaciones que este escritor realizó tras la muerte de su esposa, víctima de un cáncer. Son meditaciones donde se nos obliga a pensar sobre el sentido de la vida, la fuerza o las resquebrajaduras de la fe, el poder del recuerdo y el vacío que nos queda cuando perdemos a una persona fundamental en nuestra existencia. Un libro bello y terrible, en el que he encontrado una consideración interesante: Dios no nos envía pruebas para medir las dimensiones de nuestra fe (que él conoce de antemano), sino para que nosotros seamos conscientes de ellas.
“Hay una especie de manta invisible entre el mundo y yo” (p.9). “Me pregunto si los afligidos no tendrían que ser confinados, como los leprosos, a reductos especiales” (p.19). “Es muy fácil decir que confías en la solidez y fuerza de una cuerda cuando la estás usando simplemente para atar una caja. Pero imagínate que te ves obligado a agarrarte a esa cuerda suspendido sobre un precipicio” (p.36). “Si los muertos no están en el tiempo, o por lo menos en nuestra clase de tiempo, ¿hay alguna diferencia notoria, cuando hablamos de ellos, entre era, es y será?” (p.37). “El tiempo en sí mismo no es ya más que otro nombre de la muerte” (p.39). “Creía que podría describir una comarca, elaborar un mapa de la tristeza” (p.83). “Los muertos puede que sean eso: puro intelecto” (pp.100-101).

sábado, 12 de mayo de 2018

La decadencia de la mentira




Abro el sábado subiendo la reseña de La decadencia de la mentira, de Oscar Wilde, en la traducción de Mª Luisa Balseiro (Siruela, Madrid, 2000), un centón de aforismos disfrazado de discurso estético. Me ha parecido hermoso, chocante y atrabiliario. O sea, Wilde. Si existen el aforismo beato (Blaise Pascal), el aforismo angustiado (E. Cioran) o el aforismo intelectual (Elias Canetti), también está el aforismo estético. Y Oscar Wilde es uno de sus monarcas indiscutibles.
“Pensar es la cosa más insana del mundo, y hay gente que se muere de eso”. “Los periódicos han degenerado. Ahora son absolutamente de fiar”. “Habla tan alto que no se oye lo que dice”. “Las únicas personas de verdad son las que nunca existieron”. “El objeto del Arte no es la verdad sencilla sino la belleza compleja”. “Cuando el Arte abdica de su medio imaginativo abdica de todo”. “La Verdad es entera y absolutamente cuestión de estilo”. “El Arte obra milagros a su antojo”. “Ningún gran artista ve jamás las cosas como son. Si lo hiciera dejaría de ser artista”. “Es una gran suerte que el arte no nos haya dicho la verdad ni una sola vez”.

lunes, 16 de abril de 2018

Eclipse




Alexander Cleave era un joven que soñaba fervorosamente con ser actor y que se casó con Leah, hija del dueño de un hotel. Al cabo de los años, las circunstancias de su vivir se han alterado mucho: la relación con su esposa se ha deteriorado; la hija que han tenido en común (Cass) muestra una personalidad compleja, con algunos desequilibrios psíquicos (le provocan miedo todas las cosas del mundo, salvo “la pasta de dientes, las escaleras y los pájaros”); y su carrera teatral, que se ha desarrollado con éxito durante mucho tiempo, se encuentra ahora en franco declive, después de que incluso tuviese crisis de llanto y lagunas de memoria en escena.
Para poner orden en su cabeza y tratar de retomar el control de sus últimos años, Cleave vuelve a la vieja casa de su madre, donde busca el silencio, la soledad, los paisajes de su infancia y el bastón reconfortante del whisky.
Pero no le resultará tan sencillo: las visitas y llamadas de su esposa, la presencia en la casa del administrador Quirke y de su hija Lily y la sensación de que los fantasmas de aquel viejo caserón intentan decirle algo cercarán el ánimo y los días del desmoronado actor. Él, que pretendía recomponerse a solas, se siente agredido por tantas presencias y tantas interrupciones (“Encuentras un rincón tranquilo donde aposentarte en paz, y al momento ya los tienes ahí, apelotonados a tu alrededor con sus gorros de cotillón, soplándote sus matasuegras a la cara e insistiendo en que te levantes y te unas a la farra. Estoy harto de todos”).
Lírica, inquietante, neblinosa, con rememoraciones minuciosas y un toque final desgarrador en el que se produce la muerte de uno de los personajes principales, la novela de John Banville (que traduce Damià Alou para el sello Alfaguara) nos presenta aquí los mejores ingredientes de la prosa del celebrado autor irlandés, uno de los más exitosos del panorama internacional.

sábado, 20 de agosto de 2016

Pigmalión



Resulta muy difícil (punto menos que imposible) olvidarse de las imágenes de Rex Harrison o Audrey Hepburn cuando se aborda la lectura de Pigmalión, de George Bernard Shaw, pero lo cierto es que la obra literaria no incorpora los matices excesivamente ternuristas o falsarios que sí adicionaba la película del año 1964, dirigida por George Cukor.
En las páginas de Shaw nos encontramos al profesor Henry Higgins, autor de El alfabeto universal Higgins, un purista insufrible que, escuchando en la calle a la florista Liza Doolittle y horrorizado por su infame modo de hablar, le espeta estas frases, absolutamente demoledoras: “Una mujer que emite sonidos tan deprimentes y repugnantes no tiene derecho a estar en parte alguna... no tiene derecho a vivir. Recuerda que eres un ser humano que tiene un alma y el don divino del idioma arti­cularlo; tu idioma nativo es el de Shakespeare, el de Milton y de la Biblia”. A partir de ese momento, y en colaboración con el coronel Pickering (experto en dialectos hindúes), se pondrá en marcha un experimento tan interesante como sofisticado: convertir a la arrabalera y sucia Liza en una especie de duquesa, de elegantes modales y refinada pronunciación. ¿El plazo para conseguirlo? Apenas seis meses. Durante ese tiempo, se someterá a clases de fonética y recibirá nociones de conversación social.
El auténtico problema surgirá cuando, transcurrido el plazo de reeducación y comprobado si el éxito lo corona, la muchacha tenga que volver al arroyo del que ha surgido. ¿Cómo se sentirá, ahora que ni sus modales ni su pronunciación son los de antaño? ¿Encajará? ¿Se sentirá aliviada o humillada?
El experimento de George Bernard Shaw tiene mucho de sociológico y también de psicológico, aunque desde el punto de vista literario o teatral convendremos en que descuida un aspecto que al lector le hubiera gustado conocer con más detalle: cómo es el proceso de desbastado de la muchacha (el autor lo omite casi íntegramente, saltando desde el estado salvaje al estado ducal).

Una pieza simpática, mitificada por el mundo del cine.

jueves, 28 de abril de 2016

Matrimonio desigual



Se engañará quien comience la lectura de esta obra de George Bernard Shaw pensando que va a encontrarse con un texto sencillo, ingenioso y de fácil digestión. El fino humor británico del autor dublinés, desde luego, produce en ocasiones esa sensación. Y más cuando, como ocurre en Matrimonio desigual, parece que nos enfrentemos simplemente a un juego escénico entre una familia noble y una familia plebeya pero rica que quizá se unan a través del matrimonio de sus hijos.
En un lado del ring tenemos a Lord Summerhays, acompañado por su débil, maleducado y caprichoso hijo Bentley; en el otro, al empresario Tarleton y su rebelde, moderna y feminista hija Hypatia. Pero resulta que cuando Bentley e Hypatia se encuentran en el centro del cuadrilátero no surge la chispa del amor, ni tampoco del deseo, ni siquiera de la conveniencia. Hay frialdad, ironía y aun desdén (sobre todo por parte de la muchacha).
La situación adquiere nuevas dimensiones cuando se produce un asombroso accidente aéreo en la propiedad del viejo Tarleton y del aeroplano salen el atractivo Percival (amigo de Bentley) y la joven polaca Lina. Ambos removerán las aguas suscitando deseos amorosos en diferentes miembros de las familias. Comienzan entonces a aparecer antiguas historias, antiguas infidelidades, antiguas relaciones, que irán destapando el verdadero rostro de todos los protagonistas.

Una profunda reflexión sobre la hipocresía social, sobre los convencionalismos de los roles masculino y femenino, sobre el matrimonio… y hasta sobre la cultura. Como muestra de esto último anotaré un simple detalle. En un cierto instante de la obra Johnny Tarleton manifiesta su desdén por los escritores que, cómodamente instalados en su autoproclamado Olimpo espiritual, tildan de materialistas a quienes, como ellos, han construido el tejido industrial y comercial del país, que permite comer a todos. Y pronuncia esta frase para su padre: Me gusta un libro con argumento. A ti, te gusta uno que sólo contenga una idea que obsesiona sin cesar a su autor, como a un gato que persigue a su propia cola. Yo puedo soportar un poco eso, así como puedo soportar el espectáculo de ese gato durante dos minutos, digamos, cuando no tengo nada que hacer. Pero un hombre se harta pronto de esas cosas. El caso es que, para ti, el escritor es una especie de dios. Yo lo considero un hombre a quien pago por hacer algo para mí. Le pago para que me divierta y me aleje de mí mismo y me haga olvidar”. No serían pocas las personas que hoy en día firmaran esa misma declaración.

martes, 23 de febrero de 2016

Cartas de amor a Nora Barnacle



No puedo definir estas Cartas de amor a Nora Barnacle sino como alucinantes. Y no tengo problema en reconocer que me da un poco de vergüenza ajena el hecho de que los herederos o editores las hayan publicado, porque son tan íntimas, tan crudamente personales, que resulta evidente que James Joyce jamás hubiera autorizado su difusión pública. Pero si el célebre alpinista subió al Everest porque estaba ahí, yo las leo porque están ahí. Mi única culpa es la curiosidad.
Las cartas comienzan en junio de 1904 y son muchos los elementos que en ellas nos suministran información sobre el novelista irlandés. Interesantes resultan, por lo contundentes, las opiniones religiosas que desliza en una de las primeras (“Hace seis años dejé, con un odio ferviente, la Iglesia Católica. Me fue imposible permanecer en ella contrariando los impulsos de mi naturaleza. Cuando era estudiante hice contra ella una guerra secreta y decliné aceptar las posiciones que se me ofrecían. Al hacerlo me convertí en un mendigo, pero conservé mi orgullo”, agosto de 1904); y algunas ideas que el autor del Ulises tiene sobre la amistad, que centra en una experiencia negativa (“Cuando era más joven tuve un amigo a quien me di por completo, en cierto sentido más de lo que me entrego a ti, y en otro sentido menos. Era irlandés, es decir, me traicionó”, septiembre de 1904).
También descubrimos flaquezas muy personales, como la dolorosa pregunta que dirige a Nora en agosto de 1909: “¿Es Giorgio hijo mío? La primera noche que dormí contigo en Zurich fue el 11 de octubre y él nació el 27 de julio. Esto hace nueve meses y diecisiete días. Recuerdo que aquella noche hubo muy poca sangre... ¿Te habías acostado con alguien antes de hacerlo conmigo? Me habías contado que un cierto Hallohan (un buen católico, claro, cumpliendo siempre sus deberes de Semana Santa) quería tenerte, cuando estabas en el hotel, usando lo que llaman un “condón”. ¿Llegó a hacerlo? ¿O le permitiste sólo que te acariciara y te tocara con sus manos?”. Pero después lo convencen de que no ha sido así y le pide perdón por su desconfianza y por las duras recriminaciones que le ha dirigido por carta. Además aprovecha para deslizar su abatida opinión sobre la ciudad en que vive: “Amor mío, ¡no puedes sospechar el hastío que siento en Dublín! Es la ciudad del fracaso, del rencor y la desdicha. Anhelo marcharme de aquí”. Juicio que ratifica en septiembre del mismo año: “Dublín es una ciudad detestable, y la mayor parte de la gente me repele”. Y en octubre insiste: “Me parece que pierdo todo el día entre la gente vulgar de Dublín, a la que odio y desprecio”.
Pero sin duda el tema estrella, por su morbo y detallismo, es la cuestión sexual, tan presente en este epistolario. James Joyce le envía a Nora desde el principio mensajes llenos de sensualidad (“Un beso de veinticinco minutos en tu cuello”), que pronto giran hacia lo sexual explícito. En agosto de 1909 le escribe: “Hay un lugar en el que me gustaría besarte, un extraño lugar, Nora. No en los labios. ¿Sabes dónde?”. Y en septiembre se aventura a codificar sus deseos con palabras que ya no ofrezcan tapujos: “Esta noche tengo una idea más loca que lo habitual. Me gustaría que me azotases. Me gustaría ver tus ojos encendidos de ira”. Y aún más: “Desearía que estudiaras cómo complacerme, cómo provocar mi deseo”. En noviembre de 1909 abunda en otros detalles, que afectan a lo indumentario: “Quiero que tengas un gran surtido de toda clase de ropa interior, de todos los tonos delicados, guardado en un gran armario perfumado”. Y en diciembre llega a un extremo difícil de leer sin sonrojo, cuando le indica que le gustaría “tomarte por atrás, como un cerdo que monta a una puerca, glorificado en la sincera peste que asciende de tu trasero, glorificado en la descubierta vergüenza de tu vestido vuelto hacia arriba y en tus bragas blancas de muchacha y en la confusión de tus mejillas sonrosadas y tu cabello revuelto”. Imagen que perfecciona con otra, más escatológica aún, cuando le dice que la recuerda “haciendo delante de mí el más sucio y vergonzoso acto del cuerpo. ¿Te acuerdas del día en que te alzaste la ropa y me dejaste acostarme debajo de ti para ver cómo lo hacías?”. Como culminación, le dedica un fragmento donde procacidad y poesía se dan la mano: “Nora, mi fiel querida, mi pícara colegiala de ojos dulces, sé mi puta, mi amante, todo lo que quieras (¡mi pequeña pajera amante! ¡mi putita folladora!). Eres siempre mi hermosa flor silvestre de los setos, mi flor azul oscuro empapada por la lluvia”. La carta del 8 de diciembre de 1909, donde habla de los pedos que ella fue soltando mientras la penetraba y del líquido que comenzó a salir de su trasero, es tan ordinaria que ni siquiera me atrevo a reproducirla en esta reseña. Pero es que las posteriores prolongan y recrudecen ese camino fecal, llegando a imágenes que, salvo para los adictos a la coprofilia (imagino), se antojan insufribles.

En suma, un volumen que nunca debió salir de lo estrictamente privado, si las ansias del mundo lector fueran respetuosas. Que no lo son.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Esperando a Godot



Ha vuelto a ocurrirme. Me pasó cuando leí esta obra en mi juventud y ahora que la releo me encuentro con la misma incertidumbre. ¿Esperando a Godot es una obra genial, metafísica, profunda, de la que extraer mil y una lecciones sobre el sentido de la vida humana; o, por el contrario, es una tontuna coyuntural que, dentro de un siglo, será juzgada como fruslería o blablableo? Me siento incapaz de pronunciarme con firmeza. Hay secuencias y frases de la obra que te dejan anonadado y reflexivo. Y otras en las que percibes un cierto aroma de tomadura de pelo literaria. No sé. Es complicado.
Vladimir y Estragón se encuentran en escena solos, junto a un árbol, esperando la llegada de un misterioso Godot que, un día tras otro (y al parecer sucede así desde tiempo inmemorial), excusa su presencia y los emplaza mediante un chico para la jornada siguiente. Ellos, ansiosos y aburridos a partes iguales, juegan a hablar, a distraerse con lo que pueden, piensan en ahorcarse, piensan en irse, piensan en diálogos absurdos y, cuando las fuerzas flaquean y están a punto de darse por vencidos, pronuncian el diálogo-mantra que los mantiene pegados a la escena: no pueden irse porque están esperando a Godot. Cuando aparecen por allí el despótico Pozzo y el lacayuno Lucky (irónico nombre), algo diferente se ofrece ante sus ojos, pero es un espectáculo bochornoso: contemplar cómo el primero humilla al segundo, al que lleva atado con una cuerda y a quien insulta y maltrata de un modo continuo y lamentable. Apenas más. El resto son frases de gran brevedad que se van alternando con un ritmo hipnótico, en trayectorias circulares que los dejan (y nos dejan) siempre en el mismo punto: vacíos, huérfanos de toda explicación, pobres, hambrientos… y esperando a Godot.
Apuntaré algunas de las sentencias del libro: “Las lágrimas del mundo son inmutables. Por cada uno que empieza a llorar, en otra parte hay otro que cesa de hacerlo. Lo mismo pasa con la risa” / “No hablemos mal de nuestros tiempos; no son peores que los pasados. Claro que tampoco debemos hablar bien. No hablemos” / “Todos nacemos locos. Algunos siguen siéndolo”.

Y después sólo me queda quedarme callado. Quizá vuelve a la obra en mi vejez, para completar el ciclo y descubrir si he logrado extraerle su enigma.

viernes, 13 de julio de 2012

Fin de partida



¿De qué pueden hablar unos seres cuando todo ha terminado; cuando el mundo ya no existe o hemos calcinado la posibilidad de que siga existiendo? Ese problema se encuentran los personajes de Samuel Beckett en esta pieza no demasiado extensa, pero de una intensidad torturadora. Hamm, ciego y paralítico; Clov, su criado; Nell y Nagg, los padres de Hamm (que no tienen piernas y viven en cubos de basura). El universo es tan reducido como atroz. El arma es un lenguaje con el que herirse para no morir de golpe. Todo es aturdimiento, soledad, desgarro, quizá porque no hay “nada tan divertido como la desgracia” (Nell) o porque la rutina es también un modo de supervivencia (“Las preguntas de siempre, las respuestas de siempre, son las mejores”, dice Hamm). Escuchando a estos seres que agonizan o languidecen, el lector siente que los oídos y la boca se le llenan de tierra. Beckett, como siempre, se sale con la suya: es el mejor retratista de un mundo que se descubre sin sentido y que camina hacia la consunción.

domingo, 29 de enero de 2012

Federico García Lorca



Pocas veces un escritor y un estudioso habrán estado, en la Historia, tan unidos como el granadino Federico García Lorca y el dublinés Ian Gibson. Y es de justicia que así sea porque, desde principios de los años 70, una gran porción de la labor investigadora de este hispanista se ha centrado en los avatares biográficos y literarios del más famoso de los poetas españoles del siglo XX. Ahora, la editorial Crítica nos ofrece, revisada y actualizada, la monumental propuesta en un volumen enorme de casi 1400 páginas donde podremos encontrar todos los datos que Gibson consiguió recabar a base de lecturas de libros, consulta de diarios personales, análisis de cartas, vaciado de periódicos de toda España, entrevistas a las personas relacionadas con su vida y con su muerte (en ocasiones, utilizando una grabadora oculta para que la fluidez de las revelaciones no se viera mediatizada por la cortapisa del pudor o el miedo), etc.

Algunos lectores que encuentren esta obra en las librerías pensarán que se trata de un volumen accesorio, porque todo lo esencial acerca de Federico García Lorca ya está dicho, publicado y repetido infinidad de veces. Pero les aseguro que no es así. En este millar largo de páginas pueden encontrarse, en la amena prosa de Ian Gibson, multitud de detalles acerca del poeta granadino que seguirán llamando la atención de quienes se decidan a visitar sus líneas. Que parte de su familia materna procedía de Totana (p.29); que Federico jamás pudo correr, porque tenía los pies planos y una pierna algo más larga que la otra (p.35); que sus compañeros de bachillerato lo ridiculizaban llamándole Federica (p.87); que fue amigo íntimo de Manuel de Falla, con quien llegó a acariciar la idea de escribir una ópera cómica conjunta (p.350); que el futuro cineasta Luis Buñuel se quedó noqueado cuando le llegaron rumores de la homosexualidad de Federico, que él quiso aclarar de una forma más bien abrupta (p.374); que hubo un joven escultor llamado Emilio Aladrén que, en 1928, provocó una desilusión amorosa de tal envergadura en el poeta granadino que lo impulsó a marcharse a América (p.564); que Federico llegó a salir como penitente enmascarado en la procesión que organizaba, en 1929, la cofradía de Santa María de la Alhambra (p.618); que entregó 50 folios manuscritos a Philip Cummings dónde explicaba lo que pensaba de las traiciones de algunos de sus antiguos amigos, como Salvador Dalí, indicándole que diez años después los destruyera si no se los había pedido antes (p.674); que colaboró con el murciano Ramón Gaya durante los años de la compañía teatral La Barraca (p.805); que aún no se ha estudiado del todo la relación que mantuvo con Rafael Rodríguez Rapún, «quizá el más hondo amor de Lorca» (p.884); que Federico cantó para Carlos Gardel, unos meses antes de la muerte del inmortal tanguista (p.919); que llegó a mantener una cierta relación con José Antonio Primo de Rivera, quien admiraba su labor como poeta, y que éste último llegó a coincidir con él en un restaurante, enviándole una notita escrita en una servilleta (p.971); o que, cuando el poeta ya había sido ejecutado, un fascista se presentó en la casa familiar granadina con una nota escrita por Federico donde se indicaba: “Te ruego, papá, que a este señor le entregues 1.000 pesetas como donativo para las fuerzas armadas”, chantaje indigno que revela muy bien el talante de cierta gentuza (p.1144). Que un escritor, fundamentalmente, ha de ser recordado por sus obras no es algo que deba ser repetido, por evidente; ni constituye sorpresa para nadie. Pero tampoco debería constituirla el hecho incontestable de que la biografía de algunos escritores de rango universal (Pablo Neruda, Ezra Pound, Antonio Machado) merece también un estudio detenido, porque los descubrimientos que se llevan a cabo en ella sirven (o pueden servir) para iluminar aspectos cruciales de la obra que el creador nos entregó a los lectores. Esta obra descomunal, minuciosa y diría que insuperable (en matices, quizá; en hondura, imposible) es un texto que no debemos dejar de leer. Aunque nunca se aclare dónde está el cuerpo de García Lorca, volúmenes como éste de Ian Gibson nos permiten conocer mucho mejor el alma del poeta.