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viernes, 18 de noviembre de 2022

La tumba del guerrero

 


Gandalf es un viking (utilizo esa forma, en lugar de vikingo, por fervor borgiano) que ha viajado con sus hombres hacia el sur para vengar la muerte de su padre, que combatió en la zona y partió desde allí hacia el Valhala. En la desierta costa a la que llega tiene lugar su encuentro con Blanca, una muchacha que le explica que su fe la impele a orar todos los días, por consejo de su padre, junto al túmulo bajo el que reposa uno de los enemigos que, años atrás, llegaron desde el Norte para asolar la zona. ¿Se tratará de la tumba donde descansan los restos del progenitor de Gandalf?

Partiendo de esa situación, donde misterio, fe religiosa y casualidad se unen con lazos férreos, Henrik Ibsen nos entrega un breve drama poético, muy poco valioso en mi opinión, donde todo parece lírica y argumentalmente forzado, y donde la tesis de fondo (exaltación del cristianismo) queda dibujada con unos trazos más bien burdos. No resultan creíbles los exaltados diálogos de los protagonistas, con más adjetivos de la cuenta; no resulta creíble la situación teatral, que apenas logra sostener la verosimilitud; no resultan creíbles las reacciones de los protagonistas, más de cartón piedra que de auténtica carne.

Obra falsa en todos los sentidos: lenguaje, psicología, argumento y conclusión.

Perfectamente olvidable.

jueves, 10 de noviembre de 2022

Fiesta en Solhaug

 


La joven y hermosa Margit tiene todo cuanto, desde el punto de vista material, sería concebible: una hermosa mansión, sirvientes, ropas de lujo, un marido con poder… Pero la realidad es que su alma permanece infeliz, porque consiguió estas posesiones materiales después de que su gran amor, Gundmund Alfsön, se fuese de Noruega. Ahora, con ocasión de una gran fiesta, Gundmund vuelve al seno de la familia (es primo de Margit) y se le recibe con honores, pese a que su condición de proscrito es notoria (las fuerzas del rey lo persiguen).

Y estallan, con su retorno, violentas pasiones de todo signo: Margit arde de rabia por su presencia, que le recuerda la amargura de su actual matrimonio; Signa, la hermana, descubre que está enamorada (quizá siempre lo ha estado) del joven y bravo Gundmund; Knut, que pretende la mano de Signa, convierte a Gundmund en objeto de su ira; Bengt continúa presumiendo del poder que tiene sobre su bella y encantadora mujercita… Y aparece en escena un diminuto frasco, que contiene un poderoso veneno. Pronto, ese veneno estará en un vaso. Pronto, se producirá una muerte. Y alguien decidirá recluirse para siempre en el convento de santa Sunniva.

Mezclando tradiciones y canciones nórdicas con posibles influjos de William Shakespeare, el espléndido dramaturgo Henrik Ibsen nos entrega una pieza muy emotiva sobre los amores invisibles que se guardan en el corazón, sobre la ira como desencadenante de tragedias y sobre el carácter cambiante de todas las situaciones humanas. He tenido acceso a esta Fiesta en Solhaug gracias a la traducción de Else Wasteson para la editorial Aguilar.

domingo, 30 de octubre de 2022

La Casa Rosmer

 


Beate, la desequilibrada esposa del reverendo Rosmer, se suicidó ante un tiempo; y desde entonces todo parece haberse enrarecido a su alrededor: la asistenta Rebekka no termina de encontrar su nuevo papel en la casa, ahora que la señora no está; el rector Kroll (amigo íntimo de Rosmer) se muestra inquieto por los rumores que circulan alrededor de la nueva situación doméstica del reverendo; y por el pueblo cunden las ideas progresistas (encabezadas por Mortensgård), que tienen a los poderosos “de toda la vida” sumamente alterados. Con esos mimbres iniciales, el noruego Henrik Ibsen hace que comience a funcionar su drama La Casa Rosmer, que leo en la traducción de Cristina Gómez-Baggethun para el sello Nórdica. Y si el punto de arranque es delicado, mucho más delicados y cenagosos se volverán los hechos a las pocas páginas, porque los lectores nos convertimos en dianas sobre las que el autor dispara sus certeras flechas: ¿qué motivó realmente el suicidio de Beate? ¿Qué extraños episodios de su pasado oculta Rebekka desde que llegó a la casa? ¿Qué siente en verdad el reverendo Rosmer por esa mujer, justo cuando se plantea apostatar de su fe religiosa? ¿Qué papel jugarán Kroll y el resto de sus amigos en el futuro de Johannes Rosmer, cuando manifieste su deseo de sumarse a las huestes progresistas que desean cambiar la mentalidad del pueblo? Y, de fondo, unos misteriosos y fantasmales caballos blancos que anuncian la muerte.

Siempre eficacísimo a la hora de provocar la inquietud en el lector, Henrik Ibsen despliega una trama en la que los remordimientos de conciencia, las medias verdades, las ideologías rancias y la tortura de los espíritus van conformando una historia llena de meandros y tinieblas, que se resuelve de un modo inesperado.

Qué delicia de autor. Qué dominio de los resortes dramáticos y psicológicos. Qué brillantez en los diálogos. Espléndido.

lunes, 17 de octubre de 2022

Espectros

 


Todos los seres humanos recordamos, de un modo casi continuo, a quienes murieron; llevamos dentro opiniones viejas o heredadas, que no han sido creadas por nosotros; repetimos actuaciones que ya fueron ejecutadas por otros, en distintos momentos de la Historia; nos dejamos influenciar por noticias que, apareciendo en los periódicos, hace mucho que están caducadas o se repiten de forma tediosa bajo distintos ropajes. Somos, en fin, espectros, porque estamos influidos por espectros, habitados por espectros, dominados por espectros. Eso es lo que siente la viuda del capitán Alving, y así se lo explica con amargura al reverendo Manders en el segundo acto de este drama. Durante años, ha tenido que fingir que el suyo fue un matrimonio feliz, con un marido respetuoso y fiel; pero la realidad es que su relación fue ingrata, y que él llegó incluso a tener una hija (Regine) con una sirvienta. La muchacha trabaja ahora como doncella para la viuda (es su modo de cuidarla, protegerla y ampararla)… pero pronto deberá enfrentarse a otra serie de problemas, entre los cuales no ocupa pequeño lugar el devaneo que su hijo pródigo Osvald mantiene con Regine, ignorando el estrecho parentesco que los une.

Henrik Ibsen nos entrega en este drama una profunda reflexión sobre las ridículas convenciones sociales; sobre la hipocresía que nos viene impuesta por el entorno; y, también, sobre la eutanasia: cuando Osvald le confiesa a su madre que padece una enfermedad cerebral incurable exige de ella que, llegado el momento, lo libere de la vida. Se niega a convertirse en un vegetal o una carga. Lo crudo es que coloque esa tarea, inconsciente o sádicamente, en las manos de la mujer que lo trajo al mundo, quien se siente desgarrada cuando llega el momento decisivo.

Al acabar la pieza, como siempre ocurre con el autor noruego, notas el estómago encogido y el cerebro en estado de ebullición: es un logro que sólo alcanzan los mejores dramaturgos.

martes, 11 de octubre de 2022

Catilina

 


Catilina se encuentra desencantado con el actual estado de Roma, a la que juzga una república podrida, donde todo se compra y se vende, sin atisbo de justicia o de integridad. Y eso le hace sufrir (“Soy aquel cuyo corazón no alienta sino por la libertad, el enemigo declarado de toda injusticia, el amigo de los débiles y los oprimidos; soy, en fin, el hombre que se agota en ansias de derribar a los poderosos de hoy”, acto I). El descontento, según se advierte de inmediato, no es privativo suyo: son varios los ancianos y poderosos que buscan, para remediar ese dislate “un jefe voluntarioso, inteligente y astuto”, que se convierta en el cabecilla de la necesaria rebelión. Podría ser Catilina.

Este, casado felizmente con Aurelia, se ha enamorado también de la vestal Furia, quien le propone que huyan juntos de Roma (“¡Quien sea libre, tendrá su patria en todas partes!”, acto I), aunque termina arrepintiéndose al descubrir que fue Catilina quien deshonró a su hermana y la empujó hacia el suicidio. A partir de ese instante, le declara odio eterno.

También su esposa Aurelia le pide que se vayan de Roma, pero Catilina confiesa que ha vendido las propiedades familiares para comprar votos y entrar en el Senado. Lo único que pueden hacer es desterrarse a la Galia y vivir allí como unos simples labradores, sin más esplendor que el derivado de los recuerdos. No obstante, las voces que claman para que Catilina se convierta en su dirigente son cada vez más acusadas y su voluntad flaquea.

Repárese de forma especial en los diálogos que mantienen el protagonista y su esposa, así como en la secuencia del tercer acto en la que, en paralelo, Furia y Aurelia nos narran el feroz combate que Catilina entabla contra las tropas del emperador: auténticos prodigios de penetración psicológica y de tensión escénica.

Catilina (que vio la luz por primera vez, autoeditada, en 1850, con el seudónimo de Brynjolf Bjarme; y que yo leo en la traducción de Else Wasteson para Aguilar) es una interesante e inteligente reflexión sobre los meandros de la ambición humana, sobre el sentido del deber y sobre el poder del amor, que Henrik Ibsen convierte en una pieza teatral de indiscutible grandeza.

viernes, 16 de septiembre de 2022

Los pilares de la sociedad

 


¿Quiénes son los auténticos pilares de la sociedad? ¿Los ricos y poderosos, que dominan el dinero, las propiedades y los medios de producción? ¿Los religiosos, que controlan los cauces morales que en teoría mantienen vertebrada y firme esa sociedad? ¿Los trabajadores, que con su aportación multitudinaria y humilde crean las bases de la riqueza? En este drama en cuatro actos que Henrik Ibsen escribió en 1877 se plantean, de fondo, esos interrogantes. De un lado, tenemos al cónsul Bernick (prohombre que goza del respeto unánime de la población costera noruega donde vive y que controla, entre otros negocios, el astillero) y a sus aliados el mayorista Rummel, el comerciante Vigeland y el comerciante Sandstad: entre los cuatro han orquestado la llegada al pueblo del ferrocarril… pero siguiendo una ruta que no fue la inicialmente fijada por los expertos, puesto que prefieren que pase por los terrenos que ha comprado Bernick, maniobra que los volverá a todos millonarios. Del otro lado, tenemos a Johan, el cuñado de Bernick, que tuvo que exiliarse a los Estados Unidos acusado de un delito que no había cometido, pero cuya ignominia asumió con gallardía para liberar al auténtico culpable, que no fue otro que Bernick. Como es natural, cuando Johan vuelve al cabo de quince años al pueblecito noruego y amenaza con contar todo lo que ocurrió (desea que su nombre quede limpio de sospechas, para casarse con Dina), la tensión llega a un grado casi insoportable.

En este drama denso, complejo, lleno de meandros psicológicos y de críticas de índole social, política y moral, observamos cómo el capataz Aune se adelanta a la modernidad, criticando el empleo de máquinas en detrimento del ser humano (“No soporto ver cómo se queda en la calle un buen trabajador tras otro; esas máquinas los están dejando sin modo de ganarse el pan”, acto II); observamos también cómo el cinismo económico no se detiene ante nada (“Lo individual tendrá que sacrificarse por lo colectivo […]. Así es como funciona el mundo”, acto II); y, sobre todo, observamos la forma en que Ibsen reivindica el papel de las mujeres, que no deben ser tratadas como ciudadanos de segunda. Así, ante las frases reaccionarias de alguno de los protagonistas (“En nuestro pequeño círculo, donde gracias a Dios no ha conseguido colarse la depravación, al menos por ahora, las mujeres se conforman con tener una posición decente, aunque sea humilde”, acto II), surge la firmeza de Dina, quien declara abiertamente que odia ese mundo hipócrita y esas ideas anticuadas (“¡Qué miedo me da tanta decencia!”, acto IV) y que prefiere realizarse por sí misma, sin apoyarse en ningún varón, para poder convertirse en un ser libre y soberano (“No quiero ser una cosa que se toma”, acto IV).

Embriagado con esta actitud y aplaudiéndola con entusiasmo, el lector no tiene problemas en aceptar la innegable (y algo melosa) moralina del final como parte del drama.

Magnífica obra teatral, sin duda.

sábado, 16 de mayo de 2020

Juan Gabriel Borkman




Ha pasado varios años en la cárcel, purgando un delito económico que cometió mientras trabajaba en el banco, llevado por sus desmedidos sueños de poder. Y cuando ha salido, su esposa les ha sumado a esos años atroces la penalización de su desdén, marginándolo en el seno de su propia casa, incapaz de resistir la humillación de haberlo perdido por culpa del marido. El hijo común, Erhart, ha sido criado por la cuñada, que fue la única que se libró de la debacle financiera. Y el antiguo millonario (al que su mujer llama de una forma gélida “el director Borkman”) pasea, abrumado y solitario por la parte de arriba de la vivienda, aislado de los demás miembros de la familia.
Ahora, cuando han transcurrido varios años más, la figura de Erhart se reviste de un especial significado para quienes le rodean: su madre desea que se convierta en un fabuloso hombre de negocios, que limpie el nombre de la familia; su tía Ela se obsesiona con la idea de recuperar el control sobre el muchacho, porque quiere que pase los próximos meses a su lado (se encuentra enferma terminal); su padre proyecta también convertirlo en el instrumento de su venganza… Pero nadie se preocupa por saber lo que piensa el joven Erhart sobre su futuro. ¿Qué quiere él hacer con su vida? ¿Aceptará amoldarse a uno de esos tres caminos o buscará otro diferente?
Siempre agudo en sus análisis psicológicos, Henrik Ibsen nos muestra en este drama los vericuetos de varias almas atormentadas, que quedaron salpicadas por el cieno del pasado y que no encuentran la manera de encontrar la dicha. Si es verdad que todos somos animales dañados, quizá el gran desafío consista en ser capaces de descubrir cómo sanar nuestras heridas y meter los brazos en el río de la felicidad. Erhart, a despecho de los rencores enquistados y la bilis que todos sus familiares encierran en sus corazones, cree haber descubierto la manera de hacerlo.

sábado, 21 de mayo de 2016

Un enemigo del pueblo



Me da igual (siempre me ha dado igual) la “Historia” oficial de la literatura. A mí los escritores me gustan o no me gustan por sus obras, y no por las etiquetas que les ponen los críticos, los profesores o las enciclopedias. Y el noruego Henrik Ibsen es, desde que lo leí por vez primera, uno de mis dramaturgos favoritos. Hoy vuelvo a una obra excepcional que leí hace treinta años y que me sigue cortando la respiración: Un enemigo del pueblo.
En ella nos encontramos con un médico, el doctor Stockmann, que ha llevado a cabo un descubrimiento terrible: que las aguas del balneario del pueblo están contaminadas. Él opina que bastará con hacer público ese hecho (refrendado por un laboratorio que ha efectuado pruebas) para que se le ponga solución por parte de los dueños. Pero se encontrará con la oposición frontal de toda la clase pudiente, incluido su hermano Pedro, que es el alcalde: no asumirán de buen grado la altísima inversión que supone remodelar las instalaciones. Y como el buen doctor es un hombre íntegro, que se niega a ocultar lo que sabe y que no se aviene a una solución mentirosa, todos cargarán contra él: la prensa, los plutócratas, el pueblo (al que han convencido de que el médico persigue la ruina de su ciudad natal).
Golpeado por el estupor, el doctor comprende la podredumbre moral de la sociedad en la que vive: “Me asusta la inmensa villanía de que han sido culpables las personas que ostentan el poder. Las detesto; no puedo con ellas. Son como cabras a las que se dejara invadir un jardín recién plantado. No hacen más que estropearlo todo. Un hombre libre no puede adelantar nada sin chocar con ellas a cada paso”. El convencimiento de que el pueblo está manipulado con habilidad le lleva a escupir frases como ésta: “El enemigo más peligroso de la razón y de la libertad de nuestra sociedad es el sufragio universal. El mal está en la maldita mayoría liberal del sufragio, en esa masa amorfa”.
Stockmann se ha quedado solo, pero no le importa. Obtendrá fuerzas de ese aislamiento. Al fin y al cabo, acaba de descubrir que “el hombre más poderoso del mundo es el que está más solo”.

Una obra para leer y para pensar, donde los fundamentos mismos de la sociedad y del espíritu humano son sometidos a un análisis implacable.

viernes, 1 de mayo de 2015

El pato salvaje



Si escarbamos demasiado en la piel de nuestra felicidad podemos encontrarnos con detalles que no nos gusten o que, directamente, nos la amarguen. De ahí que quizá sea mejor acomodarse en la ignorancia o, como dice el personaje de Relling en esta obra de Henrik Ibsen, conformarnos con “la mentira vital”. No es una afirmación caprichosa o cínica, ni mucho menos. Su tesis es que desconocer las capas más profundas de las cosas “da energías para vivir” (p.200), mientras que enterarse de la verdad a ultranza es más dañino que beneficio. Tal vez porque, como decía aquel antipático militar al que puso voz Jack Nicholson en la película Algunos hombres buenos, “tú no puedes encajar la verdad”.
Hialmar Ekdal es un pobre fotógrafo que vive en su casa con su mujer (Gina), su hija (Eduvigis) y su padre (un viejo fracasado). Vive una existencia donde falta a veces el dinero, pero en el que domina una cierta sensación de dicha: Ekdal y Gina realizan algunos retratos, el viejo recibe del millonario señor Werle una pequeña paga por hacerle copias de escritos y todos se amoldan a esa situación. Pero un amigo de Hialmar (Gregorio Werle, hijo del millonario) comienza a atar cabos que andaban sueltos, y que no duda en poner ante los ojos del fotógrafo: ¿es casualidad que Gina trabajase durante años al servicio de su padre, el señor Werle? ¿Es casualidad que hace quince años dejase su trabajo con él y se casara con Hialmar? ¿Es casualidad que el señor Werle mantenga como empleado (a todas luces innecesario) al viejo Ekdal o que pagase los estudios de fotografía de su hijo Hialmar? ¿Es casualidad que Eduvigis tenga quince años?
Cuando todos esos interrogantes se unen en la mente de Hialmar, su cerebro se convierte en una olla a presión; y el calmado lago familiar se convertirá en un auténtico infierno, donde se producirán reproches, lágrimas, suspicacias y hasta una espantosa muerte.

La lección que podemos extraer de esta magnífica (magnífica en verdad) pieza del gran maestro noruego es demoledora: nos ahorramos sufrimiento cuando no sabemos. Sus personajes, enterándose de toda la verdad (de la desnuda, hiriente, ácida verdad), no consiguen más que sufrir. No se elevan, no mejoran, no se purifican, no cambian su modo de ver las cosas, no se despojan de adherencias espurias: sufren. Tan triste como incontestable. ¿Es, pues, deseable conocer siempre y a todo precio lo que se oculta a nuestros ojos?

viernes, 10 de abril de 2015

Casa de muñecas



No es la primera vez que leo Casa de muñecas, de Henrik Ibsen. Posiblemente tampoco será la última. Me parece una pieza teatral (y psicológica y sociológica) fascinante, llena de aciertos, intuiciones geniales y poder escénico. Elijo para visitarla de nuevo la edición de Mario Parajón que edita el sello Cátedra, con muy poquitas notas a pie de página (la obra es tan nítida que no las requiere); y me vuelven a conmocionar la historia, el argumento, la tensión, el drama, los detalles.
Nora es una mujer alegre, burguesa, madre de tres niños, a la que su marido, el abogado Torvald Helmer, se dirige siempre con los apelativos de “alondra” o “ardillita”. La situación económica de la familia parece haber llegado a un punto feliz desde el momento en el que Helmer es nombrado director de un banco. Lo que ocurre es que tal circunstancia viene acompañada de una decisión grave: despedir al empleado Krogstad, acusado en varias ocasiones de falsificación de firmas. Helmer no confía en él. Y para este hombre la confianza y la moralidad son bastiones innegociables. Para su desgracia, Krogstad fue la persona que le prestó dinero cuando tuvo que llevarse a su marido a un clima cálido para sanar una dolencia grave. Como el padre de Nora murió antes de estampar su firma en el documento, ella falsificó su rúbrica. Y ahora Krogstad se sirve de ese detalle para chantajearla: o su marido lo readmite en el banco o pondrá el pagaré en sus manos.
La angustiosa tensión se resolverá en unas páginas finales de enorme interés, en las que Nora comprenderá su condición de mujer manipulada por su padre y por su esposo. Jamás la han dejado pensar, actuar y desenvolverse como un ser humano racional y maduro. La han hecho sentirse inferior, niña protegida, triste muñeca sin voluntad. Y comprende que ha llegado la hora de plantar cara a esa situación y rebelarse.

Ibsen demuestra en esta obra que no sólo es moderno, sino muy moderno; que no sólo es sensible a los problemas de la mujer, sino muy sensible; y que no sólo propone una solución dramática revolucionaria, sino muy revolucionaria. Quien quiera comprenderlo tendrá que leer la obra; y, desde luego, ninguna persona que se considere feminista (hombre o mujer) debe dejar de hacerlo. Seguro que me agradece después el consejo, porque es una de las piezas más singulares, impactantes y robustas de la dramaturgia del siglo XIX.