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viernes, 2 de enero de 2026

Tsugumi

 


Leo mi tercer libro de la japonesa Banana Yoshimoto, que se titula Tsugumi y que traducen Albert Nolla y Bibiana Morante. Y, como en mis dos aproximaciones anteriores, vuelvo a sentir la fascinación de una atmósfera: la que crea la autora con sus personajes, con sus diálogos, con sus paisajes. Desde el principio puede escucharse la voz (tan cristalina, tan delicada) de Maria Shirakawa, quien conoce desde niña a Tsugumi, hija de los dueños del hostal Yamamoto. Sabe muy bien que su amiga es “mala, deslenguada, egoísta, consentida y retorcida” (p.11), pero también es consciente de que “fuera de casa, era otra persona” (p.14). Quizá la razón de ese temperamento agresivo, burlón, descarado y hasta insolente haya que buscarla en la quebradiza salud de la muchacha, que siempre parece estar al borde de la muerte, con fiebres, temblores y achaques. Es como si, sabiéndose tan débil en lo físico, Tsugumi buscara acorazarse, protegerse, impedir que nadie se le acerque demasiado.

Pero cuando, un tiempo después, Maria vuelve a pasar el verano junto a su amiga (la familia va a desprenderse de su hostal en unas semanas), un tercer personaje irrumpirá con fuerza entre ellos: el joven, educado y simpático Ryoichi, del que Tsugumi cree enamorarse.

Elegante en el trazado de sus escenas, Yoshimoto consigue una historia hermosa (y, por instantes, terrible), que me sirve para inaugurar el año literario 2026.

sábado, 1 de marzo de 2025

Tokio blues (Norwegian Wood)


 

He escuchado mucho sobre Haruki Murakami (declaraciones, opiniones sobre la idoneidad o inconveniencia de concederle el premio Nobel de Literatura, etc), pero reconozco haber leído muy poco de su obra. La razón no hay que buscarla en otro sitio que en el azar y en el misterio: hay autores que me provocan enorme interés y autores que, por la misma inexistente razón objetiva, no me atraen (o no lo hacen de forma inmediata). Haruki Murakami siempre se ha encontrado en la segunda zona. Por lo que sea (insisto: soy incapaz de explicar objetivamente la causa), he ido demorando y demorando cualquier aproximación a sus libros, salvo un leve conato en el año 2013, que no me animó a seguir explorando (tengo que ser sincero) más obras suyas inmediatamente (https://rubencastillo.blogspot.com/2013/04/despues-del-terremoto.html).

Y ahora, por un impulso igual de inexplicable, he dedicado unos días a leerme las páginas de su novela Tokio blues (Norwegian Wood), que me ha parecido fascinante. Me han impresionado todos sus personajes (Toru Watanabe, Naoko, Midori, Reiko, incluso los laterales Nagasawa o Kizuki); me ha dejado absorto con el lirismo tenue de sus diálogos; me ha convencido con la forma en que ha ido desarrollando la historia (analepsis y prolepsis muy bien conducidas); y tanto sus secuencias reflexivas como las sexuales son, en mi opinión, para quitarse el sombrero. Es decir, que la considero una espléndida novela. (Además, como admirador absoluto de los Beatles, qué voy a decir de un libro que los incluye).

Una curiosidad: si se acercan hasta la página 328 verán que allí la vida es comparada con una caja de galletas, en la que nunca sabes lo que te va a tocar (quizá recuerden esa frase de la película “Forrest Gump”, que se estrenó siete años después de la publicación de la novela).

El modo en que Murakami nos conduce por los pasillos mentales de algunos de sus protagonistas es prodigioso y, aunque no compartas sus formas de pensar o de afrontar los problemas, porque se apartan de tus propias concepciones sobre la vida, los entiendes: eres capaz de comprender los dolores, las lágrimas, las traiciones, las peleas, las borracheras, los suicidios. Solamente un excelente pintor y un excelente director de orquesta puede conseguir que florezcan esos colores, esos sonidos, en el corazón de los lectores. Murakami, ahora comienzo a darme cuenta, es ambas cosas: un gran pintor y un gran director de orquesta. Quizá me aproxime pronto a otra de sus obras: no me extrañaría.

sábado, 11 de enero de 2025

La llave


 

Ya desde las primeras páginas se descubre que La llave (novela de Junichiro Tanizaki que traducen Keiko Takahashi y Jordi Fibla para el sello Siruela) plantea una situación tan curiosa como perturbadora: un marido de edad avanzada y salud quebradiza lleva un diario donde va anotando las zozobras sexuales con su esposa Ikuko, a la que desea ver completamente desnuda y de quien espera una conducta erótica algo más (mucho más) excitante. Para eso, no duda en ponerla a prueba dejando que el joven Kimura, candidato oficial a la mano de Toshiko, la hija de Ikuko, cene en su casa, mientras deja que la esposa tome más alcohol del habitual. Lo que no estaba previsto, en principio, es que Ikuko también estuviera escribiendo su propio diario, donde registra su paulatina claudicación ante el fogoso y atractivo Kimura. De tal modo que los lectores tenemos acceso a esa situación ambigua, sensual y atípica, contemplándola desde dos puntos de vista. Ese juego, tan indecoroso, alcanza extremos inesperados cuando descubrimos que tanto Ikuko como su marido están leyendo a escondidas el diario ajeno.

Juguetón en el planteamiento, Tanizaki va poco a poco desvelándonos sus cartas para conducirnos por un sendero ciertamente incómodo: el que nos lleva a convertirnos en cómplices indirectos de una trama en la que sentimos la fiebre del adulterio en nuestras propias mejillas. Tan sofocante como habilidoso.

jueves, 1 de agosto de 2024

Luz brillante

 


Todos escondemos secretos que, por vergüenza, decepción u otras emociones marmóreas, mantenemos a salvo de las miradas ajenas. Y Shoko, traductora de italiano en Japón, también lo hace. Su inestabilidad psíquica podría constituir su gran secreto, pero no lo es. Su desmedida dependencia del alcohol igualmente podría serlo, pero tampoco lo es. Su auténtico secreto es que Mutsuki, el médico encantador con el que acaba de contraer matrimonio y con el que comparte una relación de apariencia idílica, es en realidad homosexual; y ella conoce, tolera y aun fomenta su vínculo erótico y sexual con Kon. El equilibrio (tan sutil como complejo) sufre los embates de sus suegros y de sus padres, que parecen haberse aliado en el afán de pedirles un nieto. No será preciso detallar la marejada de dolor que golpea a diario a la joven Shoko. Y ese dolor y esa perplejidad crecerán cuando conozca personalmente a Kon y cuando su esposo, usando a una amiga común como intermediaria, intente que su mujer mantenga citas con su antiguo novio, puesto que él “no estaba a la altura de un marido para satisfacer las necesidades de una esposa” (p.129).

Asistimos en Luz brillante, de la japonesa Kaori Ekuni (que leo en la traducción de Juan Francisco González Sánchez para el sello Funambulista), a un elegante y hondo despliegue de análisis psicológicos, perfectamente engastados en una bella narración, donde escuchamos diversas voces (diversas perspectivas), que nos van ayudando a penetrar en los matices anímicos de los protagonistas: sus miedos, sus esperanzas, sus lágrimas, sus ilusiones, sus zozobras, sus culpas. Con tres figuras poderosas (la esposa depresiva, el esposo gay, el amante jovial), Ekuni es capaz de vertebrar una acción de gran fuerza lírica y de tremendo vigor narrativo, que se resuelve en un final apoteósico, del que no les desvelaré ni el menor de los detalles.

Busquen el libro, prepárense un té y, rodeados del mayor silencio que les sea posible conseguir, lean la obra. Es oro puro.

miércoles, 24 de julio de 2024

El cielo es azul, la tierra blanca

 


Tendríamos que situarnos en la página 77 de esta novela para descubrir qué nos dice exactamente la canción de invierno de la que se extrae el título de la obra; pero, en realidad, qué importa. Baste con la delicada eufonía de sus siete palabras. Por otra parte, como información anexa sobre el tema, añadiré que en los créditos del libro se nos indica que el título original es “Sensei no Kaban”, que según los traductores de Internet equivale a “El maletín del profesor”. Tampoco hubiera sido mal título, teniendo en cuenta el papel de dicho objeto en el desarrollo de la trama y, sobre todo, en su final. Sea como fuere, y gracias a la labor traductora de Marina Bornas Montaña y a la labor editorial del sello Alfaguara, El cielo es azul, la tierra blanca se ha convertido en una de las historias de amor más dulces, tiernas y bellamente literarias que he leído en mucho tiempo, lo cual tampoco me ha producido extrañeza, porque Hiromi Kawakami siempre me ha fascinado, desde que comencé a leerla en 2015.

Centremos la mirada en Tsukiko Omachi, una mujer que aún no ha cumplido los cuarenta años. Permanece soltera. No ha tenido una vida sentimental demasiado boyante. Su familia apenas importa y sus amigos son escasos. Suele dejarse caer por una taberna que hay frente a la estación, donde bebe con languidez, pero también con fruición. Vive sola. Se siente sola. Centremos ahora la mirada en la otra figura que está sentada muy cerca: es el anciano Harutsuna Matsumoto, que fue profesor suyo en el instituto. Les separan treinta años. Vive solo, desde que su esposa falleció (más tarde descubriremos tristes matices sobre el asunto). Se observan, se reconocen, hablan, beben juntos. Los diálogos son tenues como la brisa y breves como los haikus. Se encuentran (como La Maga y Horacio) sin un plan previo: simplemente confluyen, se tropiezan por las calles, se miran. Y de forma silenciosa o susurrante aparece esa electricidad a la que podríamos llamar “amor”, aunque al maestro (ella siempre lo llama Maestro) la aceptación de ese vínculo le parezca imposible: él es un anciano, ella es joven.

Permítanme que no siga, porque me emocionaré. Pero, por favor, lean este libro. Es de una belleza dulce y melancólica, arrebatadora y elusiva, inolvidable. Se les quedará dentro.

viernes, 10 de mayo de 2024

Retrato de Shunkin

 


Ignoraba, hasta hace unas semanas, no solamente la obra, sino el nombre mismo del escritor japonés Junichiro Tanizaki, pero ha querido la suerte que acabe de resolver ese desconocimiento con la lectura de su delicada novela Retrato de Shunkin, que traduce del idioma inglés María Luisa Balseiro y que publica el sello Siruela. En ella se nos cuenta la asombrosa historia de una fascinación, de un deslumbramiento, de un éxtasis religioso. Y uso esos términos porque hablar de “amor” para referirse a lo que siente Nukui Sasuke por la ciega Mozuya Koto resulta, sin duda, inexacto, por insuficiente. El muchacho, que se convirtió desde su niñez en guía de la joven, rica y caprichosa Mozuya, le ha tributado todas sus energías a ese oficio, todo su corazón a esa tarea, todas sus horas a ese fervor. Nada le ha importado que ella se muestre altanera con él y que lo llame “aprendiz” o “siervo”. Nada le afecta su trato desdeñoso. Ella, a su entender, es una diosa. Y las diosas no están obligadas a mostrarse agradecidas a sus adoradores: juzgan que su veneración es tan lógica como natural. Durante años, ha cuidado de ella con la alegría íntima de un perro fiel. Y seguirá haciéndolo cuando un salvaje sin escrúpulos entre en la casa y vierta un líquido ardiendo sobre el rostro de la joven, dejándola desfigurada. Pero el modo increíble en que lo hace… Ah, eso lo tiene que descubrir cada persona que se acerque hasta el libro.

Elegante en su forma de contar, con esa condición sigilosa, sosegada, leve, casi gatuna, que tienen muchos narradores nipones, Tanizaki nos brinda una historia realmente magnífica, que consigue seducir y emocionar desde la primera hasta la última de sus páginas. Y no es una frase hecha.

PRECIOSA.

sábado, 16 de marzo de 2024

Sueño profundo

 


Una sensación incómoda me ha acechado mientras avanzaba por las páginas de Sueño profundo, de Banana Yoshimoto (que traduce Lourdes Porta para el sello Tusquets): la de considerar, casi en cada párrafo, que ninguno de sus personajes actuaba de forma “comprensible”. Cuando yo esperaba una explosión de ira, ellos se hundían en un silencio profundo; cuando me parecía perfectamente lógico que experimentasen celos o que fueran asaltados por las lágrimas, perdían la mirada en un ventanal, casi hieráticos; cuando se imponía (o eso pensaba yo) abrazar la almohada, salían a pasear en medio de la madrugada. Esos detalles comenzaron a agruparse en órbitas giratorias y, de súbito, notaba que me alejaban del núcleo de la lectura, que no me dejaban disfrutarla en plenitud. Hasta que comprendí dónde residía la causa de mi error: en no advertir su condición nipona. Es decir, en empeñarme en mirar las tramas, las reacciones, los sentimientos, incluso los diálogos como si se tratara de personajes españoles. Y no lo son. De hecho, hacia la página 50 me detuve y comencé de nuevo. Entonces, sí, pude disfrutar de estos tres magníficos relatos.

En “Sueño profundo” acompañé a Terako, amante de un hombre cuya esposa se encuentra en estado vegetativo; en “La noche y los viajeros de la noche” descubrí el modo en que una chica encaja la muerte de su hermano Yoshihiro y cómo esta defunción impregna también sus relaciones con Sarah y Marie, las dos mujeres que lo amaron; y en “Una experiencia” me asombró la manera en que una chica que ha comenzado a beber demasiado es visitada (o eso cree) por el fantasma de Haru, una muchacha con la que mantuvo una relación difícil en el pasado.

Qué elegante es Banana Yoshimoto y qué deliciosa puede ser su narrativa, cuando uno no comete el error (mea culpa) de juzgarla con ojos eurocéntricos. Volveré a sus libros, estoy seguro.

jueves, 15 de febrero de 2024

Lagartija

 


Realizo, con auténtico placer, mi primera aproximación a la narrativa de la autora japonesa Banana Yoshimoto, cuyo libro Lagartija traduce Gabriel Álvarez para el sello Tusquets. Son seis historias en las cuales, con un lirismo fascinante, nos coloca ante personas jóvenes que buscan su sitio en el mundo y que jamás están muy seguros de haberlo encontrado o de que vaya a durarles: un muchacho que ha contraído matrimonio hace un mes con Atsuko y que, mientras regresa de noche en el tren hacia casa, bastante borracho, tiene un encuentro extrañísimo con un viejo más bien andrajoso (“Recién casados”); un terapeuta que atiende a niños autistas mantiene un vínculo sentimental con una chica silenciosa, que arrastra un misterio infantil (“Lagartija”); una joven, cuyos padres han decidido instalarse en el seno de una secta religiosa, se traslada a Tokio y convive con el artesano Akira (“Sangre y agua”); una fervorosa adicta al sexo abandona su vida de orgías y opta por casarse con el hijo de un empresario (“Una curiosa historia a orillas de un gran río”)…

En realidad, los argumentos de estas fabulaciones son débiles y prescindibles, en el sentido de que Yoshimoto carga todo el peso literario (que es mucho y muy brillante) en el buceo por las almas de sus protagonistas, que pasean en silencio por las calles japonesas, se ensimisman mientras se acodan en ventanas o que deambulan buscando (y buscándose) de una forma tan evidente como tenue. No hay modo de evadirse de sus atmósferas, que te empapan desde el momento en que recorres dos o tres párrafos.

“No hay nadie que crezca y salga indemne de ello”, afirma la escritora en la página 146. Y quizá resulte un interesante resumen sobre la evolución anímica de sus criaturas, que buscan paraísos y, al fin, no saben si existen o si los han encontrado.

Un espléndido libro.

jueves, 25 de mayo de 2023

Los amores de Nishino

 


Recuerdo haber asistido en la universidad de Murcia a una espléndida charla de Juan Espinosa acerca de su padre, de la que se me grabaron en la memoria varios momentos sin duda memorables. Uno de ellos se produjo cuando Juan recordó la pregunta que, según dijo, se quedó con las ganas de formular a su progenitor, antes de que la muerte los separase: ¿Tú quién eres?”. Esa interrogación perpleja es la que parece burbujear en la mente de todas las mujeres que, una vez fallecido Yukihiko Nishino, se acuerdan de él. ¿Quién fue aquel niño, aquel adolescente, aquel joven, aquel hombre, que resultaba tan fascinante, tan brujo, tan indefinible? Gracias a las diferentes narraciones (sucesivas y complementarias) de todas ellas, los lectores podemos ir reconstruyendo, con paciencia, la efigie de aquel ser acuoso, lleno de encanto y silencios, huidas guadiánicas, fragilidades y fortalezas: la forma en que bebía leche de los pechos de su hermana (que acababa de perder un bebé y que los sentía doloridos), su afición por meterse dentro de cilindros de cemento para estar aislado, sus preguntas de niño grande (o de adulto desvalido), su confesada incapacidad para enamorarse, el triste suicidio de su hermana, la torpeza o gravedad de sus frases, su languidez y sus inexplicadas ausencias, la manera en que sonaban sus palabras, los lugares tan variopintos en que lo conocieron o trataron (parques, restaurantes, cursos de cocina, pisos estudiantiles)… Nishino fue un misterio, porque todos lo somos. Pero, en su caso, la envoltura de neblina fue mucho más notoria y más intensa, como si su vida adquiriese perfiles de acuarela en la memoria de cuantas mujeres lo trataron.

Con delicadeza inaudita, las páginas de Hiromi Kawakami nos involucran en un origami de evanescencias, lágrimas, sobrentendidos y sedas, que embriaga de un modo absoluto. En mi caso, me descubrí leyendo lento (no es mi costumbre): era como si las páginas de la novelista tokiota hubieran logrado reducir el número de mis pulsaciones cardíacas. No sé si me estoy explicando demasiado bien. En lugar de esforzarme en convertir en palabras esta emoción, los invito a que la prueben por sí mismos y que luego me digan.

Deliciosa obra, que traduce del japonés Gabriel Álvarez Martínez.

sábado, 1 de abril de 2023

La presa

 


Las experiencias que dejan su impronta en nuestra vida pueden surgir en los momentos y lugares más insospechados. Al niño que protagoniza esta novela de Kenzaburo Oé le sorprende cuando, mientras está durmiendo en su pequeñísima aldea, un avión enemigo (el país está en guerra) se estrella en medio del bosque. Todos los varones adultos se dirigen entonces hacia el lugar del siniestro y logran capturar al único superviviente: un soldado negro de gran altura, al que conducen hasta un pequeño calabozo improvisado en una bodega. Desde ese instante, la figura del prisionero se convierte en un imán hacia el que todos se sienten impelidos, sobre todo los más pequeños: primero, como anomalía (“¡Es un negro, un negro! ¡No un enemigo!”, grita Morro de Liebre en la página 40); después, como perplejidad (“Parece un ser humano”, murmura el mismo niño en la página 78); finalmente, como entidad que se integra en la aldea (le quitan las cadenas que lo mantienen inmovilizado, lo sacan a que tome el sol y se bañe, incluso le ofrecen una cabra para que tenga un desahogo sexual). La “presa”, advertida como cosa, evoluciona hasta la condición de ser humano.

Pero en ese punto, justo cuando un narrador más torpe o maniqueo incurriría en la sandez de dibujar para esta novela un final rosa, con música de violines y sonrisas unánimes, llega la orden desde la ciudad más cercana: el prisionero debe ser entregado a las autoridades capitalinas. Los niños quedan abrumados por la inminente separación; y el soldado, consciente de que sus privilegios han tocado a su fin, enloquece, toma como rehén al niño que nos está contando la historia y atranca la puerta de la bodega para que no puedan sacarlo de allí.

El giro es tan agrio que los lectores tendrán que disponerse a contemplar a partir de ese punto varias escenas desagradables (muy desagradables, de hecho), que incluyen una violencia espantosa y un par de muertes.

Sutil, brillante y sigiloso, Kenzaburo Oé nos conduce por varios pasillos terribles de la condición humana, en una novela memorable, que traducen Yoonah Kim y Joaquín Jordá y que prologa Justo Navarro.

miércoles, 31 de octubre de 2018

Amores imperfectos




He vuelto (sabía que era cuestión de tiempo) a los relatos de Hiromi Kawakami, de quien ya leí y reseñé en este espacio su delicado volumen Abandonarse a la pasión, publicado por Acantilado. El mismo sello se encarga, gracias a la labor traductora de Marina Bornas Montaña, se poner en nuestras manos Amores imperfectos, donde volvemos a encontrarnos con escenas cotidianas, líricas y dulces; con eficaces segmentos que Kawakami recorta en las existencias de sus protagonistas y que nos permiten aproximarnos a su interior.
Chicas que coleccionan botones de los exnovios que las abandonan. Muchachas que se muestran refractarias a confiar en las bondades de los hombres. Empleadas de supermercado que se enamoran de una compañera y que, sin osar decírselo, se despiden preparándole un sandwich de rodajas de melocotón. Seres que preparan el té con lentitud y silencio. Ventanas que muestran paisajes tan serenos como inalcanzables. Una cesta de la que emerge la voz de una anciana, que ayuda a soportar mejor la soledad a su joven propietaria.
Todo es tan aparentemente fácil que se experimenta durante la lectura la fluidez de los hechos, la tibieza triste de las emociones, las amarguras irrestañables. Y se siente que uno mismo podría convertirse en el redactor de esas líneas, porque la narradora tokiota (como muchas veces Neruda, como muchas veces Benedetti) consigue un estilo tan aparentemente natural que nos impregna con su magia.
Puedo afirmarlo ahora con rotundidad: volveré a Kawakami. Lo tengo clarísimo.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Una cuestión personal



Recibir la llegada de un hijo siempre es una ocasión para que exploten y convivan estrechamente la alegría y la responsabilidad. De un lado, experimentas el milagro de saberte prolongado en otra vida, en otra respiración; del otro, te ahoga la zozobra de pensar en las dificultades que el nuevo ser podrá encontrarse en la vida. Ambas pulsiones se mantienen en equilibrio de un modo tenso a lo largo de los años.
Bird, el joven protagonista de esta novela de Kenzaburo Oé (traducida por Yoonah Kim, con la colaboración de Roberto Fernández Sastre, para el sello Anagrama), tiene dos sueños que conviven en su espíritu: el hijo que está a punto de nacer y su viejo sueño de viajar a África. Pero todo se vendrá abajo cuando se produzca el nacimiento y los doctores descubran que el recién llegado padece una hernia cerebral muy grave. El médico que atiende al niño actúa con una frialdad perturbadora y cruel (“Soy obstetra, pero me considero afortunado de haber encontrado un caso así... Espero poder presenciar la autopsia”) y Bird comenzará a sentirse asfixiado por la situación. Su esposa, muy débil, no puede enterarse de lo que está ocurriendo; y él no sabe si está preparado para dedicar el resto de su vida a la crianza de ese ser. Además, sus proyectos amenazan con resquebrajarse de forma definitiva (“¿Qué significaría para nosotros, mi esposa y yo, pasar el resto de nuestras vidas prisioneros de un ser casi vegetal, de un bebé monstruoso? Tengo que... librarme de él. Además, ¿qué ocurriría con mi viaje a África?”).
En medio de las incertidumbres, Bird comenzará a verse bombardeado desde mil sitios distintos (su suegra, que le exige actuar; su antigua amante, Himiko, que aparece en el horizonte con su oferta de sexo fácil y salvaje; el whisky, vieja adicción que ahora vuelve a tentarlo; su penosa situación laboral, en una gris academia donde es un don nadie), y acabará por sentir tentaciones de lo más indigno, que lo llevarán hasta la clínica de un médico clandestino, donde tendrá que tomar una decisión a vida o muerte.

Una novela dura, muy dura, sobre los reveses de la vida, que nos lleva a plantearnos inevitablemente una pregunta atroz: ¿Qué haría yo si…?

martes, 11 de agosto de 2015

Poeta de la pasión



La japonesa Akiko Yosano (1878-1942) es, sin lugar a dudas, una de las escritoras que más ha luchado por la dignidad de la mujer en toda la historia de la literatura, y quizá la que más se ha empeñado en encontrar un lenguaje nuevo, ágil, sensual, sonoro, dulce, que tradujese las inquietudes femeninas y las llevase al mundo de la poesía.
La editorial Hiperión publica ahora, gracias a las traducciones de Teresa Herrero y José María Bermejo, una extensa colección de poemas de la autora, con un formato estupendo. Cada página está dividida en tres porciones. En la parte superior izquierda aparece el poema en lengua japonesa; a la derecha, su versión fonética, para que sepamos cómo se pronunciaba originalmente; y abajo, ocupando el centro de la página, se nos brinda la traducción al español. Unos preciosos y bien escogidos grabados de Takeji Fujishima completan la propuesta.
En estos deliciosos textos de Akiko Yosano se celebra la gloria del propio cuerpo, se cantan las mieles de la primavera y el verano, se elogia el color (y la simbología) de los melocotoneros, se ironiza sobre las personas que abandonan el disfrute del mundo (como los monjes) y se invita, en suma, a gozar de la vida, del éxtasis pleno de la respiración, del amor, de la sexualidad. Ésta última, lejos de ser presentada con tintes timoratos o bañados por la mojigatería, es siempre contemplada de un modo feliz y desinhibido (“Después del baño /me visto ante el espejo,/ y, al observar mi cuerpo,/ siento que aún queda algo/ de ayer: una cierta sonrisa”, p.52). Ante nuestros ojos se va desplegando la poesía de una mujer que se adelantó a su tiempo e incluso a su propia edad, porque con tan sólo veintidós años publicó su impactante libro Midaregami (“Pelo revuelto”), donde revolucionó la literatura japonesa con 399 tankas simples, rotundos, magnéticos, que han sido después fuente de inspiración para generaciones enteras de vates nipones.

En esta antología que edita Hiperión vamos comprobando que la autora fue de una precocidad asombrosa, pues desde su juventud vislumbraba el mundo con ojos de anciana (“Aquí estoy,/ con diecinueve años,/ y ya blanquean las violetas / y se ha agotado el agua... / Todo parece efímero”, p.70), y nos damos cuenta también de que supo convertir su propia vida, que no siempre fue fácil (tuvo problemas amorosos, fue criticada por amplios sectores de la crítica más conservadora de su país, padeció un incendió que calcinó diez mil páginas de un proyecto narrativo que la ocupó por espacio de varios años), en un espectáculo armonioso y dulce, que nutrió el caudal fresco de su poesía.

domingo, 12 de abril de 2015

Abandonarse a la pasión



La vida te da sorpresas; sorpresas te da la vida. Son palabras de Pedro Navaja que ilustran perfectamente lo que acaba de ocurrirme con Hiromi Kawakami, una escritora japonesa cuyo libro Abandonarse a la pasión cogí en la biblioteca por pura casualidad. La traducción es de Marina Bornas Montaña y la edición, preciosa, de Acantilado. Y si digo que ha constituido una sorpresa es porque me ha encantado. Mis lecturas de autores orientales no han sido demasiadas, pero sí que han resultado siempre insatisfactorias. Kenzaburo Oé, Yukio Mishima, Yasunari Kawabata y otros grandes y pequeños autores me han dejado frío con sus páginas. He sido incapaz de emocionarme o deleitarme con sus narraciones, sus hallazgos estilísticos, la psicología de sus personajes, sus pinturas, sus guiños, su sintaxis. Pero de repente aparece Kawakami y no tengo más remedio que ponerme en pie y aplaudir.
Sus “Ocho relatos de amor y desamor” (así se subtitula el volumen) han logrado embriagarme. Y no porque respondan al modelo que más admiro en los relatos (los finales sorprendentes cortazarianos), sino porque su suavidad, la languidez de sus diálogos y ambientaciones, su ritmo cadencioso, las brumas tenues en el argumento y sus deliciosas pinceladas descriptivas me han ganado como lector. La lluvia fina que empapa a Mezaki y Sakura en la primera de las historias; el amor loco, abrupto y ambulatorio que empapa a Mori y Komaki en el segundo; el agónico canto de la tortuga que queda en los oídos de una mujer cuando su pareja (Yukio) decide abandonarla; la relación casi sadomasoquista que vemos entre Nakazama y su pobrecita novia; la simbología freudiana del pavo real en el cuento de Hashiba y Tokiko; la preciosa historia de amor y muerte, con un final triste, que enlaza a una pareja de amantes clandestinos que deciden suicidarse (“Cien años”); las complejidades eróticas y sentimentales que se advierten en las páginas de “El insecto dios”, donde se nos habla del amor, sus aperturas y esa extraña incapacidad que algunas personas tienen para verbalizar eficazmente sus sentimientos; o, en fin, la sorprendente aventura vital de dos amantes que, tras sufrir una maldición terrible de sus parejas “oficiales”, alcanzan un estatus inesperado e indeseado de inmortalidad.

Todo, todo es bellísimo en este volumen de Hiromi Kawakami. Y me siento tan feliz de haberlo descubierto que quería compartirlo en esta página.

domingo, 21 de abril de 2013

Después del terremoto



Entiendo que una de las virtudes del artista (el pintor, el novelista, el poeta) es ser capaz de convertir la realidad que lo rodea en otra cosa, más densa, más perdurable, plenamente despojada de las anécdotas y del polvo de la momentaneidad. En el año 1995, la ciudad japonesa de Kobe fue sacudida por un terrible terremoto que alcanzó los 7’3 grados en la escala de Richter y que causó la muerte de más de seis mil personas. El suceso marcó a todo el país; y lo hizo también de una manera especial con un escritor nacido en Kioto en 1949, pero que vivió muchos años de su juventud en Kobe: Haruki Murakami.
Invocar ese nombre en la literatura de los últimos años es referirnos al más exitoso y occidental de todos los narradores nipones vivos, así que el libro donde abordó el tema del terremoto (publicado originalmente en el año 2000) alcanzó una difusión muy notable. Ahora, traducido del japonés por Lourdes Porta y editado por el sello Tusquets, tenemos la suerte de poderlo gozar en nuestro país. Se trata de una colección de seis historias donde Murakami traza una sinuosa línea de argumentos que, siendo profundamente dispares, tienen como hilván común el hecho de que alguno de los personajes se haya visto de una manera o de otra afectado por la experiencia del terremoto. Así, Komura es abandonado por su esposa, que ha permanecido cinco días completamente muda como consecuencia de las imágenes que del seísmo se han divulgado por televisión (Un ovni aterriza en Kushiro); el señor Miyake es un pintor entrado en los cuarenta, que gusta de encender hogueras en la playa y que encuentra en la joven Junko a una especie de alma gemela, nació en la localidad costera de Kobe (Paisaje con plancha); la doctora Satsuki, divorciada de un hombre que ahora vive en esa ciudad, disfruta de unas vacaciones en Bangkok y piensa con ira que ojalá que el temblor de tierra lo haya fulminado (Tailandia); etc.
Pero esta pirueta de conexión no es más que una anécdota en el tomo. En realidad, a poco que se reflexione sobre los relatos, se comprende en seguida que Haruki Murakami nos está proponiendo unas intensas reflexiones sobre la condición humana, sobre los miedos, las soledades, las flaquezas psicológicas y el dolor que siempre nos acecha en los diferentes meandros del camino de la vida. Komura se encuentra tan perdido por el abandono de su esposa que habrá de buscar en un viaje a Hokkaido el oxígeno que lo libere de la asfixia de su hogar; Yoshiya, empleado en una editorial que aún vive con su jovencísima madre, descubre un día por la calle de forma azarosa a un hombre al que le falta el lóbulo de una oreja... como a su padre biológico, que lo abandonó de niño (Todos los hijos de Dios bailan); la doctora Satsuki tiene el alma tumefacta por ese viejo rencor que late contra su exmarido, y necesitará que una sanadora de espíritus le ayude a encontrar la paz; el talentoso escritor Junpei tendrá que preguntarse si está dispuesto a contraer matrimonio con Sayoko, una antigua amada que acaba de divorciarse (La torta de miel)... Zozobras, debilidades y un buen manojo de tristezas, que Haruki Murakami nos sirve con prosa excelente.

domingo, 28 de octubre de 2012

Ocho escenas de Tokio



Debería formularse (si es que no se ha hecho aún) el elogio del lector excéntrico. Es decir, aquella mujer o aquel hombre que, a pesar de haber nacido en Roda de Isábena o en Valdemorillo (por citar dos nombres eufónicos donde los haya), expande su curiosidad mucho más allá de las fronteras locales, provinciales e incluso nacionales, y degusta novelas finlandesas, poemarios marroquíes, ensayos canadienses y dramas hindúes. La noción de cultura no se lleva bien con el aldeanismo o la jaula lingüística, así que todos los esfuerzos que se ejecuten para derribar las fronteras (de idioma, de credo, de estética) se me antojan loables ejercicios enriquecedores. Quizá por eso he sido siempre un lector ecléctico y voraz; y procuro que esta sección donde ustedes tan amablemente me visitan se nutra del mismo espíritu, que se me antoja idóneo para ampliar el horizonte mental.
Un buen inicio puede ser, para aquellas personas que quieran probar este sistema de lecturas variopintas, acercarse hasta las Ocho escenas de Tokio, del japonés Osamu Dazai, que ha publicado el sello Sajalín gracias a la traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés. Se trata de una recopilación de relatos del escritor nipón Tsushima Shuji (1909-1948), hombre atormentado, alcohólico, morfinómano, hipersensible y que coqueteó varias veces con el suicidio hasta que logró perfeccionarlo y adentrarse en él con paso firme. Las nueve historias que se nos ofrecen en este tomo (seleccionadas por Daniel Osca) incorporan un ingente aluvión de referencias autobiográficas, que nos permiten fundir en nuestra mente la vida y la obra del infortunado Osamu Dazai (seudónimo con el que publicaba sus obras Tsushima Shuji): en varios cuentos el protagonista es un escritor; en otros (al menos en cuatro de ellos) se nos habla menciona explícitamente el suicidio; y en el que da título al volumen nos habla en primera persona un joven estudiante que descubre la ideología comunista, desatiende sin bochorno su obligación de asistir a clases, se aleja de su adinerada familia y bucea en mares de alcohol barato y drogas adictivas. O sea, las circunstancias que adornaron la vida del propio Osamu Dazai. De aquel muchacho consciente de su aspereza (“Nunca fui un chico demasiado agradable”, nos pregona en la página 55, sin que le tiemble un ápice el pulso a la hora de la autoflagelación) surgieron estos escritos duros, confesionales, directos, donde tendremos la ocasión de conocer a escritores malditos que provocan el infortunio a sus esposas (La mujer de Villon); chavales desconsiderados, que practican la humillación y la violencia sobre sus sirvientas de un modo lamentable (Paisaje dorado); voyeurs que se prendan de jovencitas una vez que las contemplan desnudas en el agua termal de una piscina, aunque jamás intenten acercarse a ellas (Delicada belleza); extorsiones provocadas por el nihilismo y la desazón de una vida carente de metas, que provocan en el lector tanta repulsa como perplejidad (Sin bromas); cómicas situaciones acaecidas en una oficina de correos (Dos pequeñas palabras); o las inicuas servidumbres a las que debe someterse un narrador dipsómano, utilizado por sus compañeros periodistas para un infame reportaje fotográfico, al que se prestará con tanta solicitud como inercia (Demonios apuestos y cigarrillos).
Si consultan ustedes la Wikipedia después de leer este libro (este tipo de cosas hay que hacerlas siempre a posteriori) descubrirán múltiples detalles sobre la existencia más bien amarga de un hombre triste, que fue encarcelado y torturado por el régimen militar de su país y que, al fin, eligió una muerte de lo más extraña: se ató a su amante con una cuerda roja y ambos se arrojaron a las turbulentas aguas del río Tama, donde murieron ahogados. Los cadáveres fueron encontrados seis días después. Y se cierra la información explicándonos que sus lectores llevan cada año cigarrillos y sake a su tumba, en lo que se me antoja un precioso y justo homenaje.
Dueño de una prosa afilada, cortante, precisa y horra de ornamentos, el japonés Osamu Dazai dibuja imágenes de gran poder de sugestión, que no dejan indiferente nunca a la persona que lee. Adentrarse en sus páginas es descubrir un alma hecha tinta, cruda, feroz y auténtica. Compadecerla o despreciarla ya son opciones que pertenecen, como es lógico, al orbe extraliterario.