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miércoles, 17 de junio de 2026

El jardín de Venus


 

En el año 2013 leí una antología de poemas y fábulas que, altamente eróticos, firmaba el ilustrado Félix María de Samaniego; y se me quedó el gusanillo de acudir al tomo completo de sus picardías y obscenidades, empeño que ahora cumplo. Es el célebre volumen El jardín de Venus, cuya recatada cubierta no nos ofrece (ni muchísimo menos) una pista sobre las barbaridades sexuales que la obra contiene. Cómo eran estos intelectuales de apariencia apolínea cuando se abandonaban a la veta dionisíaca, madre mía. Tremendos. Pero tremendos de verdad. Alejado de cualquier melindre, el escritor alavés nos habla de una moza que, para medir con el máximo rigor la competencia priápica de un muchacho, se sube a su cama y “con diez desagües consiguió aflojarlo”; de una dama que, por recatado consejo de su asesor espiritual, yace con un hombre y, para rebajar en lo posible la voluptuosidad del trance, lo invita a que adentre sus atributos viriles “por cierta industriosísima abertura” que ella ha practicado en su camisón; de un marido que, consciente de que su mujer está a punto de morir y que nadie podrá volver a probar “el ojal del encanto, / en que pecara un santo”, se sube a ella y le suministra “cinco entradas”, que reactivan en la agonizante dama las ganas de vivir; de un atractivo muchacho que, introducido en un convento cordobés, provoca las delicias de todas las monjas, “de modo que era el gallo / de aquel santo y purísimo serrallo”, porque dispone de “un dánosle hoy de buen tamaño”; de un diablo que abandona el cuerpo de una mujer cuando uno de los exorcistas que la trata, alterado por la lujuria, “por tres veces la introdujo / de sus riñones el ardiente flujo”; o de un marido anciano que, en trance fornicador con su joven esposa, deja escapar ciertos vientos inoportunos por vía trasera, “porque la edad en tales ocasiones / afloja del violín los diapasones”.

Juguetón, procaz y siempre sonriente (resulta imposible indignarse con ninguno de los poemas, por más que algunos rozan lo sacrílego), oscilando entre la lubricidad y la irreverencia, Samaniego saca a bailar a un buen número de frailes, ancianas que acuden a misa, estudiantes desocupados, loros indiscretos, lavanderas voluntariosas, preceptores rijosos, esposos distraídos, mercaderes insaciables y monjas casquivanas, que participan en una danza festiva que ni ha perdido gracia ni capacidad excitante a pesar del paso de los años.

domingo, 13 de enero de 2013

Veintidós cuentos picantes



Llega un momento (al menos a mí me ocurre) en que de ciertos escritores nos interesan, aparte del núcleo, las periferias. Así, después de haber devorado los cuentos y las novelas de Julio Cortázar, nos abalanzamos sobre su poesía y sus misceláneas; después de conocer la prosa de Camilo José Cela nos acercamos con curiosidad a su poesía; después de paladear los versos del insigne oriolano Miguel Hernández abrimos con estupor sus autos sacramentales; etcétera. Yo recuerdo que, en mi infancia, disponía de un tomo de fábulas donde se incluían La zorra y las uvas o La cigarra y la hormiga (esta última utilizada también con tintes humorísticos y sociales en la película Los lunes al sol). De tal forma que el nombre de Félix María de Samaniego me acompaña desde hace cuatro décadas. Ahora, con gran regocijo, he podido leer sus composiciones eróticas (que las hizo, y muy salaces) de la mano de la editorial Pepitas de calabaza. El responsable de la edición es Alfonso Martínez Galilea y se incluyen ilustraciones magníficas de Javier Jubera García. Y así, el fino moralista Félix María Serafín Sánchez de Samaniego Zabala, noble por cuna, adquiere a mis ojos una nueva dimensión, mucho más graciosa, desenfadada, procaz y libertina que aquellas rancias enseñanzas moralizantes que tanto gustaron a la sociedad de cuando entonces (permítaseme adoptar la fórmula del uruguayo Juan Carlos Onetti).
Sorprende, además, que muchas de las historias estén protagonizadas por integrantes del mundo de la religión (monjas, frailes). Así, en “El reconocimiento” descubriremos la hilarante exploración que acomete una abadesa entre las féminas de su convento al saber que todas están preñadas y que, por tanto, un varón se encuentre disfrazado entre ellas; o veremos en “El voto de los Benitos” cómo una amplia comunidad benedictina alivia sus pruritos genitales gracias a la labores higiénicas de una lavandera; o nos reiremos a carcajadas imaginando al pueblerino que hace el papel de Jesús crucificado en una representación teatral bíblica y que, para su desgracia, vislumbra desde lo alto las turgencias exuberantes de María Magdalena y alza indebidamente el taparrabos que lo cubre...
Pero que nadie piense que nos hallamos ante un volumen anticlerical, pues no es así. Otras historias se mueven por derroteros absolutamente laicos (y no menos rijosos): estoy pensando en esa fábula número 6 donde una joven que está manteniendo relaciones sexuales con un apuesto amante recibe de su tía (cegata y creyendo que los enérgicos suspiros que emite su sobrina son de enfermedad) una lavativa. Esta doble penetración depara a la muchacha desiguales niveles de gozo interno. Y pienso también en la fábula número 11, donde se nos muestra la disputa judicial entablada entre una mujer y un hombre por el pago incompleto de unos servicios sexuales. El varón alega que no pudo meter todos sus trastos en el cuarto que ella le alquiló; la dama le replica, desafiante, que tenía otro cuarto, más estrecho y oscuro, también disponible para él.
En estas fábulas llenas de aciertos expresivos y situaciones desternillantes, el alavés Félix María de Samaniego nos muestra cómo el erotismo se presta también a la composición de poemas pizpiretos e incluso sonrojantes que, leídos con el ánimo liberado de prejuicios, nos hacen sonreír, reír o incluso excitarnos. Un libro fantástico que ningún lector inteligente se debería perder.