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sábado, 22 de agosto de 2026

Medio siglo con Borges

 


Mario Vargas Llosa era un joven que, entusiasmado con las ideas de Jean-Paul Sartre sobre el compromiso del escritor, abominaba en público de las obras del “esteta” Jorge Luis Borges; pero que, a solas, como quien comete adulterio (son palabras suyas), las leía con fervor y quedaba prendado con su universo estilístico. Esa fascinación íntima, ese deslumbramiento, resulta evidente en el volumen Medio siglo con Borges, un homenaje al escritor que (habla don Mario) “nunca me decepcionó”, aunque no compartiesen ideología o mostrasen lealtades divergentes: a Borges le gustaba la literatura fantástica, que Vargas Llosa reconoce mirar con distancia; al peruano le fascinaban la política y el sexo, que el argentino soslayaba o incluso desdeñaba. Lo crucial es que (cito textualmente las palabras del premio Nobel) “la belleza e inteligencia del mundo que creó me ayudaron a descubrir las limitaciones del mío, y la perfección de su prosa me hizo tomar conciencia de las imperfecciones de la mía”.

Uno de los textos más conocidos de cuantos se incluyen en este volumen es la famosa entrevista que Vargas Llosa le hizo para la radiotelevisión francesa en la que, anotando lo pobre y precario de su vivienda, le dio a Borges la sensación de haber conocido a un agente inmobiliario (“Los muebles son pocos, están raídos y la humedad ha impreso ojeras oscuras en las paredes. Hay una gotera sobre la mesa del comedor […]. Su dormitorio parece una celda: angosto, estrecho, con un catre tan frágil que se diría de niño”). También nos da una fascinante nota sobre el carácter del argentino: “Igual que su modestia, sus buenas maneras son más un recurso literario que una virtud. En el fondo, sabe muy bien que es un genio, aunque, para un escéptico como él, esas cosas no tienen importancia”.

Rendido a su brillantez, Vargas Llosa enuncia que “no es arriesgado afirmar que Borges ha sido lo más importante que le ocurrió a la literatura en lengua española moderna”. Pero que conviene tener mucho cuidado con su estilo, porque intentar imitarlo es tan evidente como inútil (“La revolución de Borges es unipersonal; lo representa a él solo”). Su literatura, despojada de las retóricas ampulosas del español tradicional (“El estilo borgiano [escribió Vargas Llosa en 1999] es uno de los milagros estéticos del siglo que termina, un estilo que desinfló la lengua española de la elefantiasis retórica, del énfasis y la reiteración que la asfixiaban, que la depuró hasta casi la anorexia y obligó a ser luminosamente inteligente”), se lee “con interés hipnótico”, porque sin duda es “prosa hechicera”. Y está llena, como todo el mundo sabe, de erudiciones culturales, aunque no conviene perder de vista un elemento crucial: “Lo que da grandeza y originalidad a esos cuentos no son los materiales que él usó sino aquello en que los transformó”. Vargas Llosa, con su prosa también hechicera, nos regala un libro magnífico para los amantes del universo borgiano.

lunes, 1 de junio de 2026

Lituma en los Andes

 


Mario Vargas Llosa es un maestro de la novela. Y la rabia que me acongoja es haber tardado tanto en acercarme a sus obras: ocupado con Borges, con García Márquez, con Rulfo y con Cortázar (que tantísimas alegrías me dieron), dejé que pasaran los años sin sentir que los libros del peruano me llamaban. Ahora, para remediar esa torpeza, estoy acelerando mi proceso de absorción de todos sus volúmenes. Y eso me ha colocado ante Lituma en los Andes, un relato poderoso y magnético protagonizado por el cabo Lituma y el guardia Tomás Carreño, que trabajan en el puesto de la guardia civil en Naccos (una localidad inventada que se sitúa en la sierra central andina de Junín). Tres son ya las personas que han desaparecido misteriosamente, sin que nadie haya podido aportar detalles que esclarezcan su evaporación. ¿Los habrá secuestrado Sendero Luminoso? ¿O la explicación hay que buscarla en otro sitio? Lituma y Carreño, pese a lo magro de su salario y lo escaso del reconocimiento social que el pueblo les tributa (“Hay que tener poco cacumen para hacerse guardia civil. Ganas miserias, nadie te traga y estás en primera fila para que te vuelen a dinamitazos”, se nos dice en el capítulo III), se empeñan en descubrir qué ha pasado. La atmósfera en la que viven es sofocante: obreros taciturnos que pasan sus horas libres emborrachándose y que los miran con suspicacia; acciones violentas de los senderistas, que matan con brutalidad incluso a extranjeros, como la pareja francesa formada por Albert y Michèle, y que tampoco respetan a los ecologistas que han acudido a Perú por amor a sus paisajes, como la señora D’Harcourt; supersticiones sangrientas, relacionadas con los apus (dioses de las montañas); derrumbamientos geológicos tremebundos, como el que está a punto de costarle la vida a Lituma en las páginas finales… Pero también podemos hallar en estas páginas algunas secuencias de humor (les aconsejo que no se pierdan la hilarante forma en que Timoteo Fajardo, después de matar a un sangriento pishtaco, logró salir de la enrevesada galería de grutas donde moraba el engendro gracias a un recurso inspirado en Teseo, pero mucho más escatológico) y, sobre todo, la intensa, atormentada y preciosa historia de amor que une al guardia Tomás Carreño con la prostituta Mercedes, que nos lleva en volandas durante más de doscientas páginas.

Y un detalle que no quiero dejar de apuntar: me ha encantado la forma en que Vargas Llosa trabaja los diálogos, sobre todo en aquellas secuencias en las que se mezclan, sin marcas textuales convencionales (uso de cursivas, por ejemplo), ámbitos temporales distintos (uno que ocurre en el presente y el otro en el pasado): es endiabladamente atrayente y sitúa la mente del lector en dos épocas distintas, como si sus ojos contemplaran dos escenas simultáneas. Lo dicho: un auténtico maestro.

miércoles, 29 de abril de 2026

El sueño del celta

 


Qué fácil, qué terrible e inquietantemente fácil se pasa de ser héroe a ser villano. Y al revés. Impulsados por arrebatos subjetivos (a veces viscerales), los seres humanos tendemos a etiquetar a nuestros semejantes con una liviandad que no suele resistir con galanura el paso del tiempo o la reflexión pausada. Podríamos aducir (y no será necesario) innúmeros ejemplos a lo largo de la historia. Mario Vargas Llosa se detiene en su obra El sueño del celta en uno que oscila entre los dos polos de manera constante: el irlandés Roger Casement. Fue un héroe para quienes descubrieron gracias a él las atrocidades que el gobierno belga perpetraba en el Congo: abusos de poder por parte de las fuerzas coloniales, esclavitud de los indígenas, torturas, amputaciones, miles de asesinatos, vejaciones. Fue un traidor para quienes, creyendo la versión del rey Leopoldo II y su corte de mercaderes avariciosos, juzgaban que se ponía de parte de unos salvajes mentirosos. Volvió a ser un héroe para todos aquellos indígenas del Putumayo ecuatoriano que, sometidos al despotismo brutal de la Peruvian Amazon Company, fueron escuchados y defendidos por Roger Casement (sir Roger), quien, con un informe valiente que elevó al Foreign Office, destapó el mundo abominable de crímenes y corrupción que Julio César Arana había instaurado en aquella zona del mundo. Volvió a convertirse en un traidor, nuevamente, para todos aquellos europeos que vieron en sus denuncias un golpe inesperado al espíritu empresarial capitalista. Por fin, volvió al estatus de héroe cuando decidió convertirse en adalid de la lucha por la independencia de Irlanda, aplastada por la bota inglesa y necesitada de un retorno a sus orígenes (la lengua gaélica, sus viejas canciones, su gobierno propio, su religión católica). Y se cerró el círculo de los vaivenes cuando, fracasada la sublevación armada en 1916, Inglaterra decidió recluirlo en la cárcel y, después, ahorcarlo. El descubrimiento de sus presuntos diarios, donde confesaba algunas escabrosas aventuras homosexuales, no ayudó demasiado a su defensa.

Aproximándose a su figura con una abundante documentación y con una prosa fascinante que recurre con brillantez a la analepsis, Vargas Llosa reconstruye la vida de Roger Casement desde el final de la misma (sus últimas semanas, que transcurrieron en Pentonville Prison) y nos va desgranando sus grandezas y sus flaquezas, sus perplejidades y sus convicciones: desde descubrir en África que no todos los seres humanos son admirables, porque se dejan arrastrar por la avaricia (“¿Cómo era posible que la colonización se hubiera convertido en esta horrible rapiña, en esta crueldad vertiginosa en que gentes que se decían cristianas torturaran, mutilaran, mataran a seres indefensos y los sometieran a crueldades tan atroces, incluidos niños, ancianos? ¿No habíamos venido aquí los europeos a acabar con la trata y a traer la religión de la caridad y la justicia?”, pp.106-107) hasta aplicar su análisis humanitario a su propio país (“¿No era también Irlanda una colonia, como el Congo? […] ¿No habían invadido los ingleses a Eire? ¿No la habían incorporado al Imperio mediante la fuerza, sin consultar a los invadidos y ocupados, tal como los belgas a los congoleses?”, p.110), en una deriva política que no siempre fue entendida o compartida por sus amigos.

En un momento de esta caudalosa y perturbadora narración, el protagonista se formula un interrogante crucial: “¿Estaban justificados los sacrificios de esos veinte años africanos, los siete años en América del Sur, el año y pico en el corazón de las selvas amazónicas, el año y medio de soledad, enfermedad y frustraciones en Alemania?”. La respuesta es fácil y doble: la dignidad del ser humano (por un lado) y esta novela de Mario Vargas Llosa (por el otro) nos impulsan a responder que sí. Plenamente justificados.

domingo, 28 de diciembre de 2025

¿Quién mató a Palomino Molero?

 


Ya sé que va a sonar a estupidez, pero me siento en deuda con Mario Vargas Llosa. A él, que nunca llegó a conocerme y que, de haberlo hecho, ni siquiera me recordaría, quizá la frase le provocaría una sonrisa. Pero puedo asegurar que no es petulancia, ni pose, ni aserto paradójico para llamar la atención: es puramente que me siento en deuda con él. ¿Por qué? Resulta fácil de aclarar: porque durante años (muchos años, demasiados años) he ido aplazando su lectura, diciéndome que alguna vez la emprendería, y no animándome nunca con demasiado vigor a cumplirla. Ahora bien, si se me preguntase por qué he actuado así, juro que no sabría contestar. No le “tengo manía” al peruano; no he quedado decepcionado con su lectura; no lo creo inferior a García Márquez o Cortázar. Es solamente que, por lo que sea, estoy a punto de cumplir sesenta años y apenas hay dos reseñas suyas en mi blog. Me comprometo a enmendar ese yerro durante 2026.

Para activar ese protocolo dedico un par de días a leer ¿Quién mató a Palomino Molero? Y salgo con un estupendo sabor de boca. Quizá no se trate de su obra maestra (es evidente), pero qué bien hecha está, qué sinuosidad de diálogos más bien llevados, qué construcción novelesca más sólida y convincente, qué espléndida combinación de tragedia y humor, de sencillez y de profundidad. Recordemos su arranque: Lituma, un guardia que está destinado en el puesto de Talara, es avisado por un pastor sobre el descubrimiento de un cadáver. Pero no se trata de un crimen sin más: alguien se ha ensañado brutalmente con el pobre chico, no solamente ahorcándolo, sino también quemándolo con cigarrillos, ensartándole un palo por el recto y tratando de seccionar sus genitales. La escena es tan agria que resulta imposible asistir a la misma sin sentir el vómito acercándose a los labios. ¿Quién se ha mostrado tan sañudo con el pobre Palomino Molero, un chico de la zona que, además de cantar boleros y ser querido por todo el mundo, estaba destinado en la base aérea? Ese será el interrogante al que Lituma y su superior, el teniente Silva, deberán encontrar respuesta durante las próximas semanas.

Para esclarecer los hechos, tendrán que interrogar a algunas personas de la citada base militar (el coronel Mindreau y su hija Alicia, el teniente Dufó) y enfrentarse a las habladurías de todo el pueblo, que oscilan entre la indignación y los rumores. Qué asombroso el personaje del teniente Silva (perspicaz y meticuloso en las investigaciones, pero ridículo en su cortejo sexual desaforado alrededor de doña Adriana); qué densos los perfiles psicológicos de los Mindreau (cada lector tendrá que decidir a cuál de los dos, padre o hija, cree); y, sobre todo, qué sensación de relato, clásico, solvente y cautivador. Como mandan los cánones. Como a mí me gusta. Me quito el cráneo.

domingo, 4 de mayo de 2025

Los cachorros

 


Todos los amigos de la vieja pandilla (Mañuco, Choto, Chingolo, Lalo) son ahora hombres casados, con hijos. Empiezan a aceptar la curva de sus barrigas y el asalto inmisericorde de las canas, junto a ciertos alifafes propios de la edad. Pero uno de ellos ha seguido una trayectoria diferente. Se apellida Cuéllar y, cuando los conoció en el colegio Champagnat, era un chico educado, que siempre sacaba buenas notas y que estableció con ellos desde el principio una camaradería muy hermosa, fraternal. Los cinco formaban parte del equipo de fútbol, hasta que un desgraciado accidente en el que interviene un perro danés llamado Judas provocó un vuelco en su relación: Cuéllar comenzó a flojear en los estudios, se concentró más en las exhibiciones espectaculares (era el que más se arriesgaba en la playa, jugando con olas altísimas) y se volvió evasivo. Incluso cuando llegó la época de ennoviarse se mantuvo al margen de la tendencia general: él prefería los billares, la cerveza y la velocidad de los coches. ¿Acaso es que no siente la necesidad de disfrutar del amor, como todos sus amigos? Su férrea negativa se mantuvo hasta que apareció en el horizonte Teresita Arrarte.

Con una habilidad endiablada para mezclar diálogos y fundir planos narrativos, Mario Vargas Llosa consigue en Los cachorros (que yo he contado desde el final para no estropear el disfrute del misterio a los lectores) un relato espléndido, en el cual los miedos y las barrabasadas, las borracheras y los flirteos, el compañerismo y las peleas, conforman un emotivo dibujo sobre la infancia, la adolescencia y el inicio de la madurez de un grupo de chicos de la calle. Muy aconsejable para quienes deseen sumergirse en los libros del Nobel peruano y no sepan por dónde empezar.

sábado, 7 de septiembre de 2019

Cartas a un joven novelista




Leer a Mario Vargas Llosa es placentero, esto no habré de negarlo (aunque no figure entre mis narradores predilectos). Pero no conviene incurrir en mitomanías divinizadoras, ni en éxtasis que traten de hacernos ver oro en todo lo que sale de la pluma (o del ordenador) de algunos escritores.
El librito Cartas a un joven novelista (1997) es una solemnísima tontuna. Para qué vamos a engañarnos con fórmulas de disculpa, elogios mendaces o genuflexiones hacia quien es (no cabe negarlo) uno de los grandes de la narrativa hispana del siglo XX. Ciento cincuenta paginitas, ampliamente engordadas con los trucos de la tipografía para decirnos que existe una forma de escribir novelas, y es fijándose mucho en cómo las han hecho otros, y tratando uno mismo de escribirlas. Para ese viaje no hacían falta alforjas de ningún tipo, ni peruanas ni españolas.
El volumen se lee, eso sí, con interés; y explica con gracia algunos pormenores técnicos de la novela. Pero poco más. Es como si un carpintero tratase de enseñar a un aprendiz el oficio explicándole lo que son un martillo, una gubia y un destornillador.
Un libro perfectamente bello y perfectamente inútil.