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martes, 24 de noviembre de 2020

El divino fracaso

 


Encabezado por un prólogo magnífico de Juan Manuel de Prada (pórtico de la gloria para un libro glorioso), este volumen del injustamente olvidado Rafael Cansinos Assens es el libro que todo escritor auténtico debería leer y meditar en profundidad, porque en él se habla del sacrificio creativo, de la fama, de los premios literarios, del envanecimiento, de la soberbia, del futuro y del fracaso.

Si se consulta la solapa descubriremos que el tomo fue redactado cuando Cansinos apenas rozaba los 36 años, y es asombroso que llegase a escribir un volumen tan maduro, tan sensato, tan lleno de conformidad y sabiduría, a edad tan temprana. O quizá no lo sea tanto, porque basta mirar cualquier fotografía de este autor (no importa la edad en que se tomase) para descubrir en ella mucho cansancio de ojos, mucha fatiga y mucha amargura de derrota.

Este libro parece un testamento biográfico, una tierna poética de la nostalgia y de la languidez, un volumen apacible en esencia, pero destructor e inquietante por su contenido, como la verde simetría de un áspid. Este es un libro que ennoblecerá a quien tenga el buen gusto y la inteligencia de leerlo, puesto que es, como decía Baudelaire que debía ser el arte, sublime sin interrupción. Es un libro bello, tremendamente bello; y doloroso, tremendamente doloroso, porque en él se maceran la esperanza y la fe con el siniestro aceite de la desilusión.

Anoto algunas de las frases que he subrayado en el volumen: “La fama póstuma, ornamento de los sepulcros”, “El descubrimiento de un enemigo es un descubrimiento doloroso”, “Nada serio puede hacerse sin dolor”, “Sólo nuestra alma habrá de juzgarnos”.

viernes, 30 de octubre de 2020

Coños

 


En la página 84 de esta edición anota Juan Manuel de Prada: “Escribo este libro a vuelapluma, por supuesto, con esa facilidad de los que somos ricos en metáforas”. Y ante una afirmación de ese calibre sólo caben dos posturas: admitir que dice la verdad (y calificarlo de estilista prodigioso) o suponer que exagera (y calificarlo de estilista prodigioso). Porque nadie que lea estas páginas podrá incurrir en la torpeza de obviar su brillantez (ni siquiera Paco Umbral, el Gran Exigente, lo hizo). Para determinados lectores, la abrupta textura temática de algunos capítulos, o la esencia misma del libro, se antojará insufrible; pero resulta imposible negarle su explosiva fascinación literaria: metáforas, adjetivos, música de las frases, comparaciones, hipérboles… Juan Manuel de Prada construye un homenaje (situado palmo y medio al sur) a Senos, de Ramón Gómez de la Serna. Y lo hace liberando una volcánica lubricidad verbal y humorística.

Paseándonos por sus líneas nos encontramos con egiptólogos que se encoñan con momias, sonámbulas que van ofreciendo sus sexos tras gasas nocturnas, sirenas de morfología inquietante o perturbadora, tenistas que cuando corren permiten la visión inesperada, mujeres que cosen a máquina sin bragas, lesbianas que se unen en conciertos fricativos, gitanillas que ofrecen su sexo en lugares escondidos (para que el payo que lo disfruta no sea convertido en un colador por las navajas raciales de sus protectores), faquiresas que ofrecen espectáculos anonadantes al público, viudas que conservan todo el furor en sus coños dormidos o expectantes, filipinas que esconden una sabia gruta y que la usan con fruición hasta que se van con “un cantante de baladas cursis” o incluso coños silenciados en la morgue, que aún perturban a ciertas personas.

No hay límites para la imaginación y para la joyería estilística de Juan Manuel de Prada. Así que aproximarse a este libro supone recibir un huracán de literatura, difícilmente olvidable. Absténgase, eso sí, las personas mojigatas en exceso: si se lo toman demasiado en serio se indignarán casi en cada página. Pero qué coño…

sábado, 4 de noviembre de 2017

Viajeros y estables



Me aproximo a otra obra de Andrés Trapiello, titulada Viajeros y estables (Valdemar, Madrid, 1998). Y me ocurre con ella lo que con otras piezas ensayísticas misceláneas suyas: que no he leído nada de la mayoría de los autores tratados, pero que me subyuga su estilo. Siempre hay un enfoque, una idea, un aforismo que encierran altas porciones de belleza o de sagacidad, por las que se disfruta enormemente. No sé cómo escribirán Francis Jammes o Ponge, pero tras escuchar a Trapiello dan ganas de buscar sus libros y leerlos. Eso es, desde luego, un logro. Son estos escritos un catálogo de espléndidas puertas para habitaciones que me son desconocidas.

“Escribir sólo es posible hacerlo con escepticismo; en cambio leer, si no es con entusiasmo, es mejor dejarlo”. “Los hermanos Marx, Karl y Engels”. “El hombre puede escoger el bien, pero el mal lo elige a él y lo persigue”. “Los mayores blasfemos se cuentan entre los grandes creyentes”. “Tanto como la luz pintan las sombras”. “Quien ha conocido una vez la soledad jamás podrá vivir lejos de ella, tanto para aborrecerla como para desearla”. “Los académicos sólo cuentan mientras están vivos. A los artistas sólo empieza a entendérseles cuando ya han muerto”. “Lo que primero caduca en un escritor son los noes. Los síes permanecen más, duran más”. “Puede considerarse maduro tanto a un hombre como a un escritor cuando ambos han aprendido a no tomar demasiado en serio aquello que los rodea”. “Ser viejo no es otra cosa que recordar la infancia. Ser sabio es aceptarla”. “Un hombre arrogante consigue menos que uno astuto”. “Hay que ponerse a salvo de la gente que está dispuesta a entregar su vida por una causa”.

sábado, 19 de agosto de 2017

Las máscaras del héroe



Novela larga, juvenil y perfecta, que leí y reseñé en la prensa murciana allá por septiembre de 1996: Las máscaras del héroe, de Juan Manuel de Prada (Valdemar, Madrid, 1996). La releo ahora con más reposo, pero con el mismo deslumbramiento estilístico que entonces. En ella, Fernando Navales nos cuenta las peripecias reales o inventadas de Pedro Luis de Gálvez, poeta olvidado del primer tercio de nuestro siglo, que recayó desde la niñez difícil y la juventud bohemia hasta la infamia y el crimen. Con un estilo brillante, sinuoso de metáforas, imaginativo y fértil, Juan Manuel de Prada se adentraba por los vericuetos de la novela con un increíble primer paso, de extraña e incontestable perfección. Además, y por si todo lo ya expuesto no se antojara suficiente, la amenidad preside sus líneas cuando nos habla de las correrías nocturnas de aquellos vividores que poblaron el Madrid de los años veinte y treinta; del asesinato de Canalejas (en el que Gálvez actuó como cómplice, según Prada, y teniendo a Ramón Gómez de la Serna como encubridor ignorante del asesino); del intento de desvirgar a Jorge Luis Borges en un prostíbulo (Navales es quien, según propia confesión, llega a abrirle la bragueta); de un concurso de pedos en la célebre Residencia de Estudiantes; del saqueo nocturno de un camposanto; del nacimiento de la Falange; de un atentado frustrado contra José Antonio Primo de Rivera; etc.
Otro detalle que llama la atención es la advertencia final de Prada, en el sentido de que los personajes del volumen, aun los históricos, han sido tratados con perfecta creatividad literaria. Me gusta que estas frases figuren al final del tomo, y no al principio: le añade verosimilitud, porque nos “desengaña” cuando ya hemos salido de la historia, y no a priori.

“Con demasiada frecuencia, la verdad sólo encubre la falta de imaginación”. “Mejorar la vida de la Humanidad no es obra de una generación, sino de muchas y de muchos esfuerzos”. “El escritor de raza se distingue del diletante por su instinto asesino, lo cual no quiere decir que escriba mejor o peor”. “La pornografía es otra forma de la taxidermia”. “Los espejos no reflejan la realidad, sino que la anticipan”. “Para ser un humorista cabal, hay que padecer algún desarreglo gástrico”. “Un escritor se fortalece perseverando en sus errores”. “Nada tan socorrido como atribuir las calamidades de la patria a un gobernante extinto”. “El remordimiento es una especie de cobardía retrospectiva”