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martes, 14 de julio de 2026

El viaje a ninguna parte

 


Ha habido, por fortuna, muchos libros con cuyo final me he emocionado, pero poquísimos con los que haya llorado (literalmente) mientras recorría sus últimas páginas, teniendo que pararme porque las lágrimas me empañaban los párrafos. Ahora me ha vuelto a ocurrir con El viaje a ninguna parte, de Fernando Fernán-Gómez. No soy palabrotero, como bien saben quienes me conocen, pero qué puta maravilla. Qué jodida genialidad. Qué impagable e irrepetible retrato sobre una profesión arrastrada y ambulante como fue la de los cómicos, aplaudidos durante el ratito de la representación y despreciados como perros durante las veintitrés horas restantes del día. Viviendo de mendrugos, soportando pedradas y expulsiones, mirados con suspicacia en tabernas y fondas, extranjeros en todos los pueblos de España e incluso enterrados fuera del espacio sagrado.

En esta obra escuchamos la voz de Carlos Galván, un viejo actor que está ingresado en la Residencia de Ancianos San Carlos Borromeo y que resume para el doctor Arencibia muchos detalles de su trayectoria. Le habla de sus difíciles inicios, cuando la compañía actuaba en bares, plazas y cuchitriles inmundos, sin más pago que algunas monedas lanzadas casi con desdén; de la  competencia que mantenían (tan desigual) con el cine (ah, el personaje de Solís), los seriales de la radio y el fútbol; de la desoladora tristeza de no comer todos los días, porque la recaudación no daba para esos dispendios (su hijo Carlitos juega partidos de fútbol porque le dan la merienda; y alguna chica de la compañía abandona para trabajar en un bar “de camareras” o se muestra dispuesta “a todo” a cambio del sustento); de la búsqueda constante de pueblecillos donde se les acepten dos o tres días de función, para saber que se comerá caliente esas jornadas. Uno de los personajes de la obra, mirando a la vez con desdén y con pena a los actores, les dicen que ellos son ya fantasmas, personajes anacrónicos a los que barrerá muy pronto el viento de la historia; y, aunque son conscientes de esa amarga verdad (“Yo sé que el teatro no morirá nunca. También es teatro lo que hacen por la radio. Y lo que echa el jodío Solís en su cine. Pero este nuestro de los caminos se ha acabado, está dando las boqueadas”), siguen dibujándose bigotes y declamando con sus voces gangosas, para provocar los aplausos y las carcajadas del público.

Al final, justo al final, descubrimos la última fantasía consoladora de Galván, que tiene un brillo inigualable y que les ruego que visiten, antes de ver la película. Les aseguro que aplaudirán, puestos en pie, al viejo cómico Fernando Fernán-Gómez.

domingo, 9 de febrero de 2020

La coartada




En la Florencia de los siglos XIV y XV hubo una familia cuyo poder resultaba casi omnímodo: los Médicis. Controlaban la banca con mano de hierro; cuatro de sus miembros se alzaron hasta el papado; dos de sus mujeres llegaron a ocupar el trono de Francia; fueron los responsables de reunir las obras de arte que ahora se pueden contemplar en la Galería Uffici; protegieron a Miguel Ángel, a Galileo Galilei… Sin duda, unos de los clanes más poderosos de todos los tiempos. Y, por lo mismo, uno de los más suculentos para extraer obras literarias, por lo variado y asombroso de sus componentes.
Fernando Fernán Gómez es el autor de la pieza dramática La coartada, donde se reconstruye el intento de asesinato de dos integrantes de esta familia (Lorenzo y Julián) durante la celebración de una ceremonia religiosa. En esa trama negra se encuentran involucradas la Iglesia (personificada en el tenebroso cardenal Riario) y la familia Pazzi (rivales de los Médicis). En un principio, se encomienda la misión homicida al despiadado Montesecco, famoso por su audacia, su sangre fría y su absoluta carencia de escrúpulos; pero una inoportuna vacilación de éste (quien se resiste a matar dentro de un templo religioso) hará que se elija a otra persona para ejecutar el crimen: el clérigo dominico Esteban Maffei, pusilánime pero dispuesto a mostrar su fidelidad a la Iglesia al precio que sea necesario.
Mediante una hábil ingeniería escénica, Fernán Gómez consiguió una obra de sólida textura, inquietante desarrollo y brillante resolución literaria (obtuvo el segundo puesto en el premio Lope de Vega) que nos acerca a los pantanosos terrenos de la abyección (y la debilidad) humana.

lunes, 26 de marzo de 2018

Las bicicletas son para el verano




Después de haber visto no pocas de sus películas y de haber devorado con gran admiración sus memorias, me acerco hasta el teatro escrito por el actor Fernando Fernán-Gómez, y doy con Las bicicletas son para el verano, una pieza que me ha resultado tan hermosa como espeluznante. No sé por qué (ignoro si se tratará de conmiseración o de morbo malsano), pero me gusta leer ficciones ambientadas en la guerra civil española de 1936; o en la inmediata y dura postguerra. Todas las imágenes que me contaba mi abuela se unen a los vagos recuerdos de mis padres, a la lectura de San Camilo, 1936, a la de La larga marcha, y a tantos otros artículos y relatos que, a lo largo del tiempo, me han ido informando sobre aquel tiempo amargo, lleno de claudicaciones, bajezas y renuncias.
Fernán-Gómez ha sabido comunicar muy bien todo este cúmulo de insanias, y con ello ha producido una hermosa pieza literaria. Dos momentos destacaré de la obra. El primero, cuando una mujer niega a su hija la posibilidad de salir a la calle para recoger pan, pues piensa que puede peligrar su existencia, añadiendo luego a la criada: “Asómate tú, Josefa”. A ella da igual que la frían a balazos, o que la masacren con una bomba: crueldad de madre, tal vez impensada. El segundo momento, es cuando don Luis pronuncia una frase tan repetida después (yo la leí varias veces en libros de Francisco Umbral) como perturbadora: “No ha llegado la paz, Luisito: ha llegado la victoria”. Gran y monstruosa verdad.

sábado, 1 de agosto de 2015

El tiempo amarillo



Tal vez no exista ningún actor en la historia de España que haya sido catalogado con tanta rotundidad de “intelectual” como Fernando Fernán Gómez (Lima, 1921 – Madrid, 2007). Actor de teatro, de cine y de televisión; guionista; dramaturgo de éxito (obtuvo el premio Lope de Vega en 1977); conferenciante; lector voraz (durante su juventud, su íntimo amigo Manuel Alexandre, también estupendo actor, lo introdujo en la obra de Friedrich Nietzsche)... Fueron sin duda muchas las facetas creativas en las que se ejercitó, y en todas lo hizo con admirable brillantez. En estas memorias (que tuvieron hace años una primera versión más reducida, y que ahora amplía la editorial Capitán Swing), Fernán Gómez nos va contando innumerables detalles de su vida personal, laboral y hasta sentimental (aunque en este último apartado admite que el pudor le ha impedido explayarse): que a los tres años ya manifestó su deseo de ser “galán joven” en el teatro; que el bachillerato fue la etapa de su vida que recuerda con más desagrado (p.43); que se libró del servicio militar amparándose en su pasaporte argentino; que la persona que más hizo por él en sus comienzos fue el humorista Enrique Jardiel Poncela (p.246); que fue patrocinador económico, en sus comienzos, del premio Café Gijón de novela; que Analía Gadé le prestó el dinero necesario para pagar la clínica donde agonizó y murió su madre (p.479); que el único contacto que tuvo con su padre (que jamás lo reconoció) fue cuando lo hizo llamar para entregarle, por medio de un intermediario, un corte de tela blanca para que se hiciera una chaqueta; que María Luisa Ponte fue una de las actrices con las que más empatizó durante su trayectoria escénica (el retrato funeral que le dedica entre las páginas 516 y 518 es sencillamente estremecedor); o que Emma Cohen fue la compañera de su vida (en la página 405 del tomo le dedica uno de los retratos más serenos, dulces y rendidos que se le puede dedicar a una pareja). No obstante, si tuviera que quedarme con una sola secuencia del volumen tendría que hablar de la página 572, donde firma una de las mejores defensas que se han hecho sobre la necesidad de apoyo institucional al cine español. Explica Fernando Fernán Gómez, entre la seriedad y la ternura, que hay que protegerlo “no porque es español, sino porque es débil, pequeño, feo; a ver si con cuidados, con mimos, con buenos tratos, disimulando sus defectos, exagerando sus escasas virtudes, aumentando la ración de alimentos, se consigue que crezca, que se haga un hombre, que se haga un cine, un hombre o un cine fuerte, culto, independiente, divertido y poético, que sepa contar chistes y cantar canciones sin tener que copiar unos y otras a los vaqueros y a los gánsteres”.

Pero si reducir cualquier libro a siete u ocho menciones, a siete u ocho anécdotas, a siete u ocho nombres propios es, aunque necesario para elaborar la reseña, engañoso, en este caso es además profundamente injusto. Todo el volumen burbujea de interés y está repleto de páginas memorables, porque a la exquisita elegancia formal hay que unirle un retrato maravilloso de la profesión de actor, de sus inestabilidades, de sus zozobras, de sus grandezas y miserias, de sus mil matices cambiantes. Dice Luis Alegre en el prólogo de estas memorias que Fernando Fernán Gómez “era un gigante de la cultura que había vivido en un país culturalmente enano” (p.19). Quizá tenga razón. Una lectura, a mi juicio, imprescindible para entender lo que ha ocurrido en el teatro y el cine de este país en los últimos cincuenta años.