Mostrando entradas con la etiqueta Navona. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Navona. Mostrar todas las entradas

lunes, 26 de febrero de 2024

Malentendido en Moscú

 


Todas las relaciones de amor, sean del signo que sean, se erosionan. No se trata de que tarde o temprano mueran (esa evidencia resulta incontestable), sino que sufren con el paso del tiempo un número variable de desgastes, mutaciones o necrosis. André y Nicole, un matrimonio de profesores jubilados, que pertenecen a la intelectualidad francesa y que han dedicado buena parte de sus vidas a luchar por la mejora del mundo, van a descubrir, ahora que han ingresado “en la flor de la edad postrera” (p.73), esa corrosión. Su propósito en el viaje que acaban de comenzar es muy sencillo: encontrarse con Masha (fruto del primer matrimonio de André) y contemplar el estado en que se encuentra Rusia tras “los negros años del estalinismo” (p.29). Durante mucho tiempo, ellos han anhelado que el socialismo triunfe y que elimine las desigualdades entre los seres humanos, pero ahora comienza a ganar sus espíritus el escepticismo, porque han constatado que todas las luchas, todas las manifestaciones, todas las protestas, todas las reflexiones “no habían hecho retroceder ni un palmo el capitalismo” (p.66). A ese decaimiento ideológico se une otro mucho más íntimo: Nicole se siente cada vez más vieja y comprende que su marido ya no siente atracción sexual por ella. Los buenos tiempos ya no existen y resulta doloroso, pero necesario, aceptarlo (“Al galope escapan mis días, y en cada uno de ellos languidezco”, p.112). El fervor que sentían el uno por el otro se ha convertido en rutina; el éxtasis, en grisura; la luz, en niebla. Aunque se nieguen a poner nombre a su declinación, es posible que ya sean “una pareja que continúa porque ha comenzado” (p.155). Es decir, una pura inercia lastimosa. En medio de ese panorama, un detonante bastante nimio (que André ha decidido prorrogar su estancia en Moscú y que Nicole insiste en no haber sido consultada) provocará una grieta bastante profunda entre ellos; y ninguno de los dos parece, en principio, dispuesto a ignorarla.

Simone de Beauvoir nos propone en estas páginas, que incorporan muchos tintes en apariencia autobiográficos, una serie de reflexiones francamente lúcidas (y no exentas de decepción y amargura) sobre las relaciones humanas y, de paso, sobre los acontecimientos políticos y sociales que sacudieron el mundo durante las décadas de la Guerra Fría.

Un buen libro.

sábado, 19 de marzo de 2022

La promesa

 


Me sumerjo en otra novela del suizo Friedrich Dürrenmatt, que traduce Xandru Fernández y que publica el sello Navona: La promesa. En ella, un conferenciante mantiene una larga conversación con el doctor H., quien le cuenta una vieja historia para que luego él decida lo que desea hacer con ella. En esa historia se nos habla de la terquedad de un miembro de la policía, llamado Matthäi, encargado de investigar el caso de la niña Gritli Moser, que ha sido brutalmente degollada con una navaja. El único sospechoso del crimen es el buhonero Von Gunten, al que los policías presionan y presionan hasta que, después de horas de interrogatorio, se declara culpable y, acto seguido, se suicida en su celda. El caso, aparentemente, está cerrado. Pero Matthäi decide no darse por vencido con tanta rapidez, así que continúa investigando y descubre que Gritli tuvo un encuentro con un “gigante” que le regalaba erizos en el bosque. Su conclusión es clara: esas imágenes que la niña comunicó a su mejor amiga del colegio escondían una interpretación simbólica que es necesario esclarecer.

Al no sentirse respaldado por su comisaría, Matthäi abandona el Cuerpo e inicia un nuevo trabajo como empleado de una gasolinera, al mismo tiempo que acoge a su lado a una mujer que tiene una hija de edad y físico parecidos a los de la pobre Gritli Moser: es su cebo (se comprende enseguida) para atraer de nuevo al despiadado depredador… Pero no todo va a ser tan fácil como él piensa.

Con una prosa muy eficaz, Dürrenmatt consigue que los lectores caminemos por los senderos argumentales que él quiere; y nos lleva, inflexible, hasta la cruda solución de esta curiosa novela policíaca y psicológica.

Muy recomendable.

lunes, 23 de mayo de 2016

Relatos negros, cerveza rubia



Carlos Salem, autor de Buenos Aires, pañuelo oscuro en la cabeza, gafas irónicas, versos con bloody mary, perilla espesa, moto imaginaria, barras nocturnas de bar y perennes náufragos a su alrededor. Estar acodado frente a una cerveza fría y quedarse pensativo; y mirar a los parroquianos; y fijarse en el cuerpo de Lola; y buscar preguntas o respuestas o nada en el azogue de los espejos; y aguantar las sandeces del Perro y el Gato; y acompañar al Loco sobre el asfalto, a ver si hay suerte y el auto no los atropella; y ser un Isidro Parodi que entiende de palomas mensajeras, ángeles follables, camareros que distribuyen anónimos venenos, mimos retirados y chicas tristes. Y, sobre todo, dejarnos el testimonio escrito de esas aventuras en una colección de cuentos realmente notable que publica el sello Navona con el título de Relatos negros, cerveza rubia.
El gran eje vertebrador de estos relatos es Poe, antiguo poeta (o medio poeta, de ahí el sobrenombre), antiguo periodista, que ahora sobrevive aferrado a un escepticismo de lúpulo y conversaciones a media voz, que actúa como uno de los pilares básicos de estos cuentos, donde hay asesinos profesionales que nos resumen algunas de sus aventuras (“Japoneses a la brasa”); ladrones que no soportan a las viejas clasistas (“Yo lloré con Terminator 2”); mujeres a las que la naturaleza no ha galardonado con la belleza descomunal de su hermana, pero que terminan encontrando el modo de convertirse en las dueñas de su destino (“Uno de hadas”); dictadores sanguinarios que se encuentran, al otro lado de la muerte, con sorpresas tan merecidas como estrepitosas (“La preguntita”); maltratadores que se van jactando de la brutalidad que desarrollan contra sus esposas, hasta que un hombre con dignidad y con rechinar de dientes lo pone en su sitio (“Cada verano la llevo a ver el mar”); divertidos anecdotarios sobre los aseos de ciertos locales nocturnos (“Los “tigres” de Malasaña”); o cabezas locas que se han empeñado en asaltar el Valle de los Caídos para profanar la tumba del dictador Francisco Franco y hacerse con lo que quede del cadáver (“Por un puñado de huesos”).
Desde el principio, la persona que se adentra en las páginas de este volumen lo tendrá clarísimo: Carlos Salem sabe contar historias. Se pone tierno cuando pretende emocionarnos; y duro cuando la ocasión lo requiere; y lírico cuando el relato lo reclama; y bruto cuando lo exige el guión. Jamás se equivoca en el rumbo ni en las proporciones. Es muy hábil. Jodidamente hábil. Así, cuando quiere hacernos sonreír nos entrega “Mi musa de cuatro patas”, y lo logra sin esfuerzo aparente; cuando pretende excitarnos nos describe polvos monumentales en “Déjate las gafas” o “Quinientos años de soledad”; y cuando pretende utilizar a sus amigos como protagonistas redacta “¿Quién mató al lobo feroz?” y pone como actores a Pedro de Paz, Juan Ramón Biedma y a un seductor profesor de instituto apellidado Tristante.

Al final, nos encontramos con 270 páginas de puro disfrute de alguien que tiene “un máster en tratar con majaras” (p.212) y que se convierte en uno de esos escritores cuya prosa te hace disfrutar, cuyos argumentos te seducen y cuyas producciones futuras estás deseando ver en los escaparates de las mejores librerías para hacerte con ellas, porque nunca te ha defraudado.

viernes, 1 de enero de 2016

Una cama sumamente extraña



Gracias a la traducción de Joachin De Nys para la editorial Navona podemos leer aquí estos cinco relatos maravillosos de Wilkie Collins, donde una vez más demuestra de manera excelente su musculación narrativa, que le permite guiar a los lectores para que avancen al ritmo que él desea, provocándoles conmoción, risa, sorpresa, inquietud o calma, en las dosis que cada secuencia requiere. Maestro entre los maestros, este soberbio fabulador nos propone un repóker de relatos ante los que será difícil que no aplauda hasta el lector más exquisito y exigente. En “Una cama sumamente extraña”, que da título al volumen, nos daremos un paseo por un garito infame, donde quiere el azar que un señorito rico y aburrido gane una fastuosa cantidad de dinero, hasta el punto de hacer saltar la banca. El problema vendrá cuando, aturdido por el alcohol y temeroso de que puedan robarle sus ganancias, decida pasar la noche en el garito, en una habitación de lo más inquietante y perturbadora. En “El caldero de aceite” nos desplazamos hasta una historia donde se nos plantea un caso peliagudo: ¿debe un sacerdote mantener a toda costa su secreto de confesión, cuando conoce la identidad de un asesino? Y, por otro lado, ¿vale cualquier método para lograr que un representante de Dios colabore con la Justicia? Tres hermanos que han visto cómo su padre era asesinado forzarán los límites de esta complicada situación. En “La cuna fatídica” asistiremos al desarrollo de una trama muy sencilla, pero con implicaciones turbulentas: dos niños que nacen durante un viaje por mar, de familias muy distintas (una rica y otra pobre), terminarán en las manos de la matrona... sin que ésta sea capaz de recordar a cuál de las familias pertenece cada uno. “El capitán y la ninfa” vuelve a situarnos en el mundo marítimo, con un capitán de barco que, como consecuencia de un duro trauma amoroso, terminará por odiar el mar. Y “¡Vuela con el bergantín!” es un relato canónico sobre la forma de manejar los tiempos y el lenguaje para que los lectores, gradualmente angustiados por la trama, acaben con el ritmo cardíaco acelerado. Alfred Hitchcok hubiera realizado una adaptación televisiva o cinematográfica de primera magnitud con esta historia. Salvando alguna pedrada a la gramática (ese “encima mío” que chisporrotea con olor a azufre en la página 145), la traducción es elegante y cadenciosa, y nos permite disfrutar de los relatos del maestro inglés con una fruición similar a la que debieron sentir sus primeros lectores. Gloria por siempre a Wilkie Collins.

domingo, 17 de abril de 2011

El sacrilegio de Alan Kent



Olvídese de la lógica y de un posible resumen argumental coherente quien se adentre en esta novela. Fracasará en su empeño. El sacrilegio de Alan Kent es una pieza narrativa tan seductora como enigmática, que hay que aceptar como nos viene: huérfana de taxonomías y desnuda de etiquetas. Se puede recordar, en todo caso, aquella declaración que el gallego Camilo José Cela situó al inicio de su Oficio de tinieblas 5: «Esto no es una novela, sino la purga de mi corazón». Es posible que el norteamericano Erskine Caldwell (1903-1987) pensase en algo parecido cuando hilvanó las palabras de esta historia.
Imaginemos un dormitorio cuyo suelo está formado por delgados tablones de pino. La humedad de la lluvia (está muy avanzado el mes de diciembre) es tan grande que recala en la habitación y provoca el hundimiento de esas tablas. La cama que se encuentra encima se hunde también, y esto acelera el parto de la mujer que reposa entre sus sábanas. De esa forma risible o apocalíptica viene al mundo Alan Kent, de quien se nos van desgranando detalles a lo largo de muchos capítulos, brevísimos todos, de esta obra: aquella vez en que se quemó mientras ayudaba a su madre a poner la mesa para la comida; la costumbre que tenía su padre (de oficio, predicador) de azotarlo con la correa del baúl; la amarga soledad que empañó su infancia («No tenía ningún compañero de juegos», nos confiesa en la página 27); el febril vagabundeo de la familia durante años (que quizá explique la condición de diapositivas de estas hojas, alejadas de la sintaxis proustiana pero igual de reveladoras); aquel pobre perro que murió calcinado en el incendio de una casa y al que Alan Kent escuchó gañir durante días... La memoria, sin duda, elige sus propias confidencias y, como los ordenadores, trabaja con un código binario: recordar y olvidar. De ahí que podamos aventurar la hipótesis de que los elementos recurrentes de este relato (las chicas, el alcohol, el sol ardiente, los negros) constituyen núcleos muy importantes de significado.
Hay en este volumen algunas secuencias terriblemente descarnadas; otras, de un asombroso lirismo; y otras, en fin, donde lo onírico y lo surrealista caminan de la mano («Había un zopilote que llevaba un cencerro de oveja atado al cuello. Cuando el zopilote se acercaba a una casa, la gente que vivía en ella estrangulaba al niño más pequeño y lo enterraba un viernes, para que los otros niños no conspiraran contra sus padres y abuelos y los asesinaran mientras dormían», página 67). En esta pieza se pueden encontrar además las peripecias de muchos personajes cuyas lógicas no alcanzamos a discernir, quizá por la voluntad fragmentaria de Erskine Caldwell, quizá porque lo que pretenda comunicarnos sea, precisamente, eso: los hilos de un tapiz, los hilvanes irregulares de unas existencias anómalas (mujeres que engañan a sus maridos por las noches, fugándose por las ventanas; negros debilitados a quienes se extermina de un disparo y a quienes se entierra sin solemnidad en una montaña de estiércol; prostitutas a quienes se machaca el cráneo con un martillo pilón para arrebatarles impunemente sus ganancias; u hombres que prenden fuego a cestas donde antes han introducido serpientes). Por momentos, se siente uno tentado de ver en El sacrilegio de Alan Kent una especie de negativo fotográfico de las Hojas de hierba de Walt Whitman: en prosa (y no en verso); solazándose en la desesperanza (y no en el gozo de vivir); buscando las porciones de sombra (y no las aristas alegres de la luz)... Si Valle-Inclán nos paseó por el Callejón del Gato para mostrarnos (deformada y, por tanto, mágicamente fidedigna) la realidad española, Caldwell nos propone un paseo parecido por el sur rural de los Estados Unidos, un territorio ambiguo, caótico y desconcertante que consigue dejarnos anonadados.
Gracias a la activa editorial Navona, que ofrece desde hace unas semanas este texto al mercado español (la traducción y el prólogo corresponden a José Luis Piquero), hemos podido reencontrarnos con la prosa sugerente, hipnótica y peculiarísima de Erskine Caldwell, un auténtico escritor superventas en su país (docenas de millones de ejemplares vendidos de El camino del tabaco o La parcela de Dios así lo demuestran).

domingo, 20 de febrero de 2011

El predicador



Hasta ahora no había leído ninguna novela del escritor norteamericano Erskine Caldwell (nacido en Georgia en 1903 y fallecido en Arizona en 1987). Así que cuando llegó a mis manos este ejemplar de El predicador, que ha traducido la catalana Rebeca Bouvier y que, con prólogo de Jorge Ordaz, ha editado el sello Narvona, me encontraba en las condiciones que juzgo más adecuadas para efectuar una lectura: sin tener ideas preconcebidas sobre el autor. Y el experimento me ha dejado más que satisfecho.
Se nos cuenta en sus páginas cómo llega hasta Rocky Comfort un extraño personaje llamado Semon Dye, que dice ser predicador y que tiene como objetivo lograr que los habitantes de la zona abandonen el mundo del pecado, vean la luz y se aparten de las enseñanzas del Maligno. Pero, lejos de amoldarse a la imagen que usualmente atribuimos a los dignatarios del Señor, Semon Dye está adornado con una serie de elementos de lo más peculiares: mide casi dos metros, porta un arma de gran potencia («un revólver de seis cámaras y gatillo con resorte», según se nos explica en la página 38), bebe whisky con auténtica ansiedad, juega a los dados y realiza apuestas de lo más iracundas, mira con deseo a las mujeres (tanto blancas como negras), se preocupa muchísimo de que tras sus sermones los feligreses se rasquen los bolsillos y le entreguen buenas monedas como agradecimiento... Todo el mundo sospecha de él y de sus auténticas intenciones; pero ningún habitante de Rocky Comfort parece dispuesto a desenmascararlo, porque Semon Dye desprende un aura de energía que los tiene paralizados.
Para conformar en nuestra mente una imagen bastante plástica de este dudoso predicador bastará con acudir a cuatro secuencias del libro: en la primera podremos ver cómo Semon Dye se acuesta con la esclava negra Sugar y, ante el deseo de su novio Hardy de llevársela de vuelta a casa, le descerraja un tiro sin más contemplaciones porque a él no le va a estropear la diversión un simple mulato; en la segunda, el predicador le propone a Lorene, actual prostituta en Jacksonville y antigua esposa del granjero Clay Horey, que vuelva a acostarse con su exmarido a cambio de dinero... y que comparta las ganancias (ella, estupefacta, le pregunta en la página 82: «¿Eres un predicador o un chulo?»; y él, fingidamente indignado, le responde que es un hombre de Dios y que no le conviene ponerlo en duda); en la tercera, Semon tentará a Clay con una partida de dados, ostensiblemente fraudulenta, que le servirá para dejarlo sin reloj, sin coche... y sin esposa (pues le obliga a jugársela); en la cuarta, en fin, el predicador escuchará las confesiones de Dene, una quinceañera, y para exonerarla del pecado la incitará a acostarse con él, ángel salvífico. La argumentación que esgrime Semon Dye ante todos aquellos que puedan dudar de sus palabras es tan perversa como incontestable, y revela el modo secreto de su manipulación ideológica: «Si la gente no me cree, entonces sé que el demonio está dentro de ellos» (p.133).
El lector, a través de estos episodios, desarrolla una visceral repulsión ante el personaje y una crispación que va en aumento conforme avanza por sus páginas. Pero los vecinos de Rocky Comfort parecen hechizados por él y toleran sus desmanes, bajezas y venalidades con una especie de fatalismo tibio: Clay (símbolo perfecto de esta comunidad agrícola de Georgia) dejará que le toque el culo a su esposa, que se lleve su coche y que se burle de su hospitalidad, e incluso terminará diciendo que añora al predicador, una vez que éste emprende la huida.Si aceptamos la premisa —y yo siempre la he aceptado— de que una buena narración es aquella que además de estar escrita con elegancia cumple con holgura sus objetivos (provocar amor si es de amor; aterrorizar, si es de miedo; sorprender, si es policíaca; etc.), no cabe vacilación a la hora de conceder a este libro el rango de buena novela. Erskine Caldwell, capítulo a capítulo, con sus descripciones secas, sus escenas simbólicas (la grieta del capítulo 14 o la catarsis final en la iglesia) y sus diálogos enervantes, se gana nuestra admiración y nuestro respeto.