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domingo, 1 de enero de 2023

El teniente Sturm

 


“Si salgo con vida, puede que intente algún día escribir el Decamerón del abrigo: diez antiguos guerreros que, como nosotros ahora, están sentados en torno a un fuego y cuentan sus aventuras” (p.86). Así se lo dice el protagonista de esta breve historia a sus compañeros de armas (el abogado Döhring y el pintor Hugershoff), que comparten con él la afición por la lectura y que escuchan embelesados los escritos que el teniente ha redactado en las horas de descanso de los combates.

El teniente Sturm, según se nos indica en las primeras páginas, estudió Zoología en Heidelberg; pero de pronto decidió que los vientos de la guerra lo llamaban con una fuerza irresistible y se alistó en el ejército alemán, donde ahora se encuentra combatiendo, mientras escribe casi a diario sobre el mundo bélico y psicológico que lo rodea. Un joven estudiante de Zoología nacido en Heidelberg en 1895 decidió alistarse como voluntario en la Primera Guerra Mundial: se llamaba Ernst Jünger; y es el autor de El teniente Sturm, que publica el sello Tusquets con la traducción de Carmen Gauger. Eso explica que la contraportada aluda sin ambages al protagonista de la historia como álter ego del narrador. No olvidemos, en esta línea, que la palabra alemana Sturm significa, en español, Tormenta. Sturm sería, así, la persona que pudo ser (y en parte fue) el Jünger que vivió en las trincheras, sufrió la tormenta de las balas y consiguió resistir, pese a las heridas que desgarraron su cuerpo. Cómo no sentir atracción por un libro que sabemos confesional.

El viejo Ernst Jünger (es decir, el joven teniente Sturm) nos cuenta, con una prosa reflexiva y culta, la repugnancia que siente por la “tecnificación” de las guerras, que permiten rápidos exterminios anónimos; la desconfianza que experimenta ante las arengas altisonantes de los mandos, que emplean palabras como patria o sacrificio, absolutamente ineficaces como consigna (en la página 42 anota que los soldados de infantería se sienten galvanizados por arengas más humanas, como la que pronuncia uno de los sargentos: “¡Muchachos, ahora adelante y a comernos las raciones de los ingleses!”); o el sinsentido de tener que matar a quienes ni siquiera llegas a ver, ante el aplauso paradójico, cruel y mostrenco de los tuyos.

Una obra que no constituye unas memorias y que tampoco podría ser etiquetada de novela, pero que tiene una extraña fuerza amarga a la que resulta muy difícil resistirse.

lunes, 19 de junio de 2017

Eumeswil



He aquí un libro complejo, lleno de simbolismos y de juegos conceptuales y filosóficos: Eumeswil, de Ernst Jünger, que traduce al castellano Marciano Villanueva (Seix Barral, Barcelona, 1993). Entiendo que la obra es magna, y como tal la aprecio, imposible decir otra cosa sin pecar de injusticia. Pero hay en ella (ante mis ojos) una cierta resistencia a dejarse penetrar. Es como cuando contemplas un diamante: sabes que es hermoso, sí, pero te da siempre la sensación de ser irreal, de estar más allá de los sentidos físicos normales. No se deja ver, no se deja capturar, no tiene calor. Todo en sus páginas es formalmente perfecto, pero quizá ahí esté el problema: en la pura palabra “perfecto”, tan paralizadora. Me hubiera gustado que me emocionara más, pero no ha sido así.
Virando a otro terreno, no hay más remedio que criticar al traductor que haya caído en galicismos flagrantes (“a tener en cuenta”, en la pág. 169; “normas a seguir”, en la pág. 190; etc). Espero que si la editorial ha reeditado la obra haya tenido el buen gusto de limar esas escorias gramaticales.

“No le falta conciencia de su propio valer, pero no sabe cambiarlo en monedas pequeñas”. “El amor es anárquico, el matrimonio no. El guerrero es anárquico, el soldado no. El homicida es anárquico, el asesino no. Cristo es anárquico, Pablo no”. “Quien nos enseña a pensar, nos hace dueños de los hombres y de los acontecimientos”. “Cuando prestamos vida al pasado, logramos realizar un acto que vence al tiempo y triunfa sobre la muerte. Si esto es posible, también cabe imaginar que un dios nos devolverá el aliento”. “El hombre es un ser razonable que sólo a regañadientes sacrifica su seguridad a las teorías”. “Apenas uno ha destacado en algo, se le pone en una lista”. “Cuando se trata de convertir en realidad un sueño, ninguna fatiga nos detiene”. “Hay motivos para sospechar que nuestra inteligencia no es sino un instinto atrofiado, una ramificación lateral del árbol de la vida, a través de una selección acentuada durante milenios”. “La escolaridad obligatoria es, en esencia, un medio de castración de la fuerza natural”. “Da que pensar el inmenso despilfarro que se registra en el universo”. “El pueblo se compone de individuos concretos y libres, mientras que el Estado los reduce a números”. “Si uno está dispuesto a poner en juego su cabeza, no hay que estropearle el juego, hay que tomarlo en serio”. “La fotografía falsea el problema, porque lo reduce a un instante efímero”. “Las palabras reforzadas con el sufijo ismo (...) son palabras con destino a sectarios”. “Los chiflados son indispensables”. “Distinguir lo esencial de lo que se le parece y hasta se presenta como idéntico es una tarea particularmente ardua”. “Cuando el Estado toma a su cargo a los artistas, triunfa por doquier el mal gusto”.

jueves, 29 de agosto de 2013

Venganza tardía



El espacio de vida que se desarrolla en la escuela y el instituto no siempre deja recuerdos agradables en las personas. Hay, desde luego, momento inolvidables de camaradería, amistad, diversión y sonrisas; pero también episodios agraces, frustraciones, traumas y quistes que se insertan en el alma y te acompañan hasta el final de tus días. Ernst Jünger, el longevo escritor de Heidelberg (murió rozando los 103 años), fue un estudiante mediocre, revoltoso, inestable y que mereció la expulsión de varios colegios durante su infancia. Jamás mostró gran entusiasmo por el estudio. Pero en este libro, que titula significativamente Venganza tardía y que traduce Enrique Ocaña para Tusquets, comprendemos con más detalle los motivos que lo llevaron a comportarse como lo hizo.
El protagonista de esta biografía emocional es Wolfram, un niño que se siente incómodo en la escuela, porque no le gusta que todo esté basado en la memoria y la repetición. Él es un gran lector (en especial, le entusiasman Daniel Defoe y Karl May, aunque siendo un poco mayor se adentra en la poesía de Schiller, cuyos versos llega a copiar a mano con gran fervor) y su mundo de fantasía se ve cercenado, cohibido, por la reglamentación excesiva de los profesores, que no atinan con la forma de hacerle feliz ni de suministrarle los elementos que necesita para aprender con gusto. Tampoco en casa, dicho sea en honor a la verdad, alcanza niveles de comprensión óptimos: un día, después de dibujar unos patos más grandes que las ovejas que tienen al lado, recibe una observación crítica de su madre, que le pregunta la razón de ese desequilibrio. El chico replica que los pinta más grandes “porque son mis preferidos” (p.19).
Hasta tal punto llega su desconexión con el medio estudiantil que Wolfram empieza a tener “desconexiones”. Es decir, episodios en los cuales se abstrae de la realidad hasta tal punto que comienza a ponerse en peligro (está incluso a punto de ser atropellado por un cochero). Burbujas que le permiten instalarse en su propio yo, ajeno a las invasiones no deseadas del entorno.
En ese entorno destaca por su acrimonia el profesor Hilpert, un energúmeno de mirada paralizante que le imparte matemáticas y que lo tiene intimidado hasta llegar a provocarle tartamudeo; y cuando es sustituido (por su alcoholismo), la persona que viene a desempeñar la tarea de maestro no es mejor, ni mucho menos: el profesor Corax, un filólogo detestable.
¿Wolfram y Ernst son la misma persona? Según las detalladas observaciones que se pueden leer al final del tomo, en la sección “Notas”, parece indudable que así es. Ambos escuchan voces imaginarias, sufren en la escuela, coinciden en sus gustos literarios, tienen parientes idénticos... Para que la identificación fuera del todo exacta, tendríamos que saber si Ernst consideraba que su plato favorito era la sopa de guisantes con salchicha (como afirma Wolfram en la página 60) y si Wolfram, con el paso de los años, se convertiría a la juvenil e irresponsable edad de 46 años en capitán del ejército nazi ocupando París (como hizo Jünger).

El final de este breve volumen es apoteósico, pero les dejaré que lo descubran por sí mismos.