jueves, 22 de octubre de 2026

Invasión

 


Cuando abrimos las páginas de un libro de relatos de David Roas (Barcelona, 1965), sabemos muy bien lo que vamos a encontrar en su interior: argumentos que asombran, personajes que inquietan y finales que sobrecogen. Es un muy habilidoso jugador de cartas, que apenas sonríe cuando deposita los cuatro ases sobre el tapete y te deja con la boca abierta. Vuelve a hacerlo, obviamente, en su libro Invasión: esa casa vacía que encuentra en Providence (patria chica de Lovecraft) y que se rodea de un misterio impenetrable, con su trineo oxidado, su flamenco rosa incongruente y su enigmático propietario; ese niño que confecciona con un primor sin igual ataúdes para enterrar las muñecas de sus hermanas; esa viuda que cepilla con arrobo la dentadura postiza de su marido, que deposita todas las noches en un vaso comprado en Benidorm, durante un viaje familiar; esa chica de cuerpo increíble que invita a Pablo a acostarse con ella y que le muestra su paralizante colección de figuras, que rodean la cama; la mancha que la pobre Nuria no consigue quitar de su alfombra nueva y que, observada de cerca y con una lupa, la paraliza de horror; el editor que queda atrapado en su despacho por un derrumbamiento y que tiene que sobrevivir durante días alimentándose de la forma más inverosímil; esa madre que sostiene el amor y el aislamiento de su hijo con regalos estremecedores; el hermano que adopta como animales de compañía a los más sorprendentes; o el superviviente de una epidemia zombi, que resiste en un edificio, rodeado por algunos viejos mientras observa por la ventana a un niño, que permanece inmóvil en un tobogán del parque.

David Roas conoce los miedos y explora los límites de la normalidad, dejando que sus palabras nos tracen un panorama turbador de forma silenciosa, como ese asesino implacable de las películas que incrementa su poder hablando en susurros, con calma apolínea. Un dormitorio, un jardín, una alfombra, un espejo, un lago o un libro pueden convertirse en detonantes del horror: abran este volumen para comprobarlo.

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