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sábado, 1 de mayo de 2021

El hotelito

 


Cuando se entra en las páginas de esta obra de teatro de Antonio Gala (que se estrenó en 1985 en el teatro Carlos III de Albacete, y que leo en la edición que tres años más tarde preparó Ediciones Antonio Machado) no hay más remedio que esbozar una sonrisa, porque contemplamos las agrias, y risibles, y verduleras, y constantes disputas entre cinco mujeres, que representan a otras tantas partes de España: Carmiña (Galicia), Rocío (Andalucía), Monserrat (Cataluña), Begoña (País Vasco) y Paloma (Madrid). Pero conforme se avanza por el texto se va ensombreciendo el ánimo, pues las pendencieras muchachas están discutiendo entre sí porque se han propuesto vender el hotelito donde viven (y que tiene diecisiete dormitorios) a una extranjera que ha decidido invertir su capital en esta compra. Descubres entonces que son nietas de "Isabel y Fernando" (p.21) y que las últimas reformas del edificio las hizo "el tío Paco" (p.30). Y adviertes la dimensión seria que la obra tiene: estamos hablando de España, de sus agravios históricos, de sus cuentas pendientes, de sus desigualdades, de sus atrocidades y hermosuras, de sus odios larvados, de sus robos y esplendores y mezquindades.

Escuchando las cinco voces escuchamos la variopinta y estruendosa voz de la Historia, la voz de las Españas, las voces de España, el catálogo de traiciones y esperanzas frustradas que el paso de los siglos incrementó hasta límites inauditos. Las chicas se miran con sorna, se insultan con acrimonia o con gracejo, se alían y se enfadan; y al final se tiene la sensación agridulce de que no pueden vivir juntas, pero que, a la vez, consideran inviable vivir separadas, porque lo que en realidad desean con más fervor es seguirse agrediendo las unas a las otras ("Si nos separamos, ¿cómo vamos a odiarnos?", suspira Begoña en la página 46).

Una obra ligera, pero quizá más solemne o profunda de lo que podría pensarse en un primer acercamiento a la misma, que Antonio Gala resuelve con donaire, chispa... y buena documentación histórica.

martes, 25 de noviembre de 2014

Anillos para una dama



Se pueden tener reservas (y yo reconozco que siempre las he tenido) acerca del personaje Antonio Gala. Se pueden tener también reservas acerca de la valía de sus novelas y de buena parte de su poesía (también he comentado sin tapujos la condición invertebrada, fofa y ñoña de varios de sus libros narrativos y líricos). Pero cuando se lee Anillos para una dama hay que tener la misma gallardía y aplaudir con honestidad su espléndido vigor literario. Hoy lo hago, sin que me duelan prendas.
Estamos en el año 1101, en Valencia, donde la viuda del Cid, doña Jimena, vive con amargura su condición de mujer amargada, que jamás fue feliz con su esposo (“Me han prestado esta vida que no me gusta. Se han llevado la mía”) y que intenta que su hija María no repita su tristeza de mujer inmolada en nombre de la Historia (“Agarra con los dientes tu vida, la que creas que es tu vida, y que te maten antes de soltarla... ¡Vive, María, vive!”). Además, tiene por fin el valor de enfrentarse a Minaya y pedirle que reconozca por fin que siempre ha estado enamorado de ella. El guerrero, cabizbajo, musita que no podía actuar de un modo distinto al que actuó (“Cualquier destino, por extraño que sea, se define en un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”)... Ahora, con la ciudad de Valencia cercada por las tropas de Mazdalí, ni siquiera los rezos parece que vayan a servir de mucho (“Dios ya sabe, sobre poco más o menos, lo que tiene que hacer. Y no creo que mude de opinión porque tú se lo pidas”): es hora de abandonar la plaza y volver a Castilla. El rey Alfonso, que juzga la figura del Cid de un modo muy objetivo (“Ni siquiera fue una persona: fue un acontecimiento”), trata de impedir que Jimena y Minaya contraigan matrimonio, porque ese enlace destruiría la imagen inmaculada de la viuda y del guerrero castellano, al que necesita idealizado, porque le resulta útil para sus manejos políticos. Jimena, en medio de esa lucha de intereses, planta cara al rey (“Tú a ti te llamas patria; a tu voluntad, patria; a tu avaricia de poder, patria...”) y al obispo Jerónimo (“Cuando decís Dios o cuando decís patria es que vais a pedir algo terrible. Vais a pedir la vida”).

En suma, la aproximación teatral a una vida hueca o huera, calcinada por meros intereses estratégicos, que Antonio Gala acomete con excelentes movimientos escénicos, parlamentos llenos de inteligencia e incluso anacronismos llenos de humor y premeditación (Constanza sirve café en la página 43, habla de los que se queman a lo bonzo en la página 46 o alude a los petardos de Valencia en la página 77), que convierten la obra en una pieza fantástica. Muy recomendable.

sábado, 16 de agosto de 2014

Las afueras de Dios



“Cualquier paso que yo he dado en mi vida, entiendo que ha sido por amor”, dice Clara Ribalta, la monja protagonista de este libro, en su página 261. “Hay pocos gestos que yo haya hecho que no hayan sido gestos de amor”, le confesaba Antonio Gala a Joaquín Soler Serrano, en una entrevista televisada hace años. Demasiado parecido para que se trate de una simple casualidad. Y si a tal similitud de posturas vitales añadimos que Clara Ribalta (la hermana Nazaret) abandona su convento por una crisis íntima, y que al escritor de Ciudad Real le ocurrió lo mismo en la Cartuja, convendremos en que esta obra tiene mucho de aparentemente autobiográfica.
Una autobiografía, todo hay que decirlo, redactada con una prosa sugerente, algodonosa, llena de efluvios musicales, de ternura sin fin y de orquestación de violines: nadie va a negarle a estas alturas (¿harturas?) al escritor de Brazatortas su facilidad de palabra. Y yo le concedo también ese título. Pero lo que me niego a admitir es que este soporífero tocho de casi cuatrocientas páginas sea una novela, ni tenga pulso ni atractivo de tal. No basta con “escribir bien” para “escribir novelas”: hace falta construir una trama, moldear unos personajes sólidos y creíbles, y engarzar todo eso con tino y sensatez. ¿Y qué es lo que hace Gala en este libro? Pues, en síntesis, dividir su obra en dos partes, y elaborar en ella dos plastas de difícil digestión: la primera (“La hermana Nazaret”) no pasa de ser un catálogo gerontológico de escaso interés novelesco; y la segunda (“Clara Ribalta”) es una colección de diapositivas donde Gala nos endilga su particular catecismo, sus preguntas y respuestas sobre Dios, el alma, la fe y la muerte. En suma, un plomazo de proporciones más que considerables, donde nuestro bastonero más mercantil y melifluo vuelve a demostrar que es el fray Gerundio de Campazas de la cursilería, el Paravicino de la ñoñez verbosa, el Ramonet de las perogrulladas.
El maestro Fernando Lázaro Carreter escribió, en 1980, un juicio que podría aplicarse perfectamente a este libro de Gala: “Es natural que la cólera se desate contra el escribidor por habernos arrebatado un trocito de vida tan tontamente”. Eso es lo que ocurre. Que mientras que podríamos haber empleado nuestras horas (que, como se sabe, están contadas) leyendo un volumen meritorio, honesto, profundo y enriquecedor, las hemos malgastado acercándonos a esta monja (que como personaje es bien poco sostenible) y a este argumento (que está confeccionado con hilvanes tan frágiles que se encuentran al borde del descosido). Es una exhibición lamentable de morro que un autor tan admirado como Antonio Gala acepte pergeñar ladrillos tan infumables como Las afueras de Dios, sobre el que sus estudiosos futuros pasarán necesariamente de puntillas.

Una vez escribió el corrosivo Voltaire: “La Fama dispone siempre de dos trompetas. Una de ellas, aplicada a su boca, celebra las hazañas de los héroes; la otra trompeta se la aplica al ano, y se sirve de ella para enterarnos del fárrago de volúmenes recién publicados, que se escriben en un mes y mueren en un día”. Yo tengo muy claro con cuál de las dos trompetas celebrará la Fama este libro de Antonio Gala. Si ustedes desconfían de mi palabra o entienden que exagero (lo cual es legítimo), léansela. Y luego hablamos.