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sábado, 10 de septiembre de 2016

El código del demonio



Jesús de Nazaret selló con Judas Iscariote una extraña alianza en virtud de la cual, y como bien resume Heather Kennedy, una de las protagonistas de este libro, “Judas ayudó a morir a Jesús. A cambio, Dios les dio la Tierra a Judas y a su familia. Pero tendrían que esperar tres mil años para heredar. Treinta monedas de plata... por treinta siglos” (p.351). Desde entonces, los miembros de ese pueblo viven escondidos en galerías subterráneas, ajenos a la historia de los “hijos de Adán”. Su reino se llama Ginat’Dania y una de sus consignas más férreas consiste en mantener el secreto más absoluto sobre su emplazamiento, hasta que llegue el momento de recibir la herencia prometida.
La agente Heather Kennedy, que trabajaba en la Policía Metropolitana de Londres y que ahora se encuentra en excedencia, es contratada por el Museo Británico para que esclarezca qué ha ocurrido en su interior en las últimas horas. Aparentemente, alguien ha entrado y después ha desaparecido, sin que se aprecie robo o destrucción de ningún tipo en sus dependencias. A partir de ese instante comienza una investigación que la llevará hasta un enigmático libro escrito por Johann Toller en el siglo XVII, en el que se declaran cuáles serán los signos que anunciarán la segunda venida de Jesús y, por tanto, la clausura de la Historia y el comienzo del Reino de Dios. Y este descubrimiento se verá pronto ampliado con nuevos datos y personajes: una muchacha llamada Diema, que se muestra letal en el combate cuerpo a cuerpo; unos integrantes del Pueblo de Judas que, encabezados por el iluminado Ber Lusim, han decidido segregarse de la colectividad y adentrarse en el mundo de los hijos de Adán; un viejo y eficaz mercenario, Leo Tillman, que parece movido en esta aventura por unos resortes demasiado sentimentales, que lo terminarán por llevar hasta las puertas de la muerte... Y, de fondo, la amenaza que planean los disidentes liderados por Ber Lusim y el ideólogo Shekolni: provocar la muerte de un millón de personas para dar cumplimiento a las profecías de Toller y allanar la venida del Nuevo Orden.
Como se puede observar, esta nueva obra de Adam Blake (de quien se pregona misteriosamente en la solapa que “es el seudónimo de un aclamado novelista de éxito que escribe obras encuadradas en otro género literario”) contiene los ingredientes necesarios para suscitar el interés de numerosos lectores que, más interesados en el desarrollo de una trama magnética que en los primores literarios del texto, disfrutarán con este seductor conglomerado de combates cuerpo a cuerpo, profecías antiguas, misterios ancestrales, armas modernas y sus leves toques de sexo (hetero y homo). Y si se sale feliz de la experiencia, siempre se puede recurrir a la anterior novela del mismo autor: Los hijos de Judas, donde se explican los orígenes de toda esta trama y se la relaciona con los Rollos del Mar Muerto.

En suma, una propuesta muy acertada de la editorial Bóveda en la que se invierten bastantes días o incluso semanas de lectura (el volumen supera las seiscientas páginas), que encantará a los aficionados a los bestsellers de acción y y de misterios esotéricos y que, por su amenidad y su buena factura narrativa, no defraudará al resto de lectores.

sábado, 19 de marzo de 2016

El manuscrito de Leonardo



A finales de 1994 se celebró en la sala de subastas Christie’s una reñida puja que terminó cuando Bill Gates dio la orden de poner sobre el tapete casi 31 millones de dólares y se hizo con un códice antiguo, propiedad de Armand Hammer. Este empresario lo había adquirido, a su vez, en otra subasta que tuvo lugar en 1980. El propietario original del códice fue Thomas Coke, conde de Leicester, que se hizo con él en 1717. Su contenido, desde luego, justificaba el interés y las fuertes sumas económicas que se invirtieron en su adquisición, porque la obra contenía manuscritos inéditos de Leonardo Da Vinci relacionados con el mundo de la astronomía, la hidráulica o la paleontología y acompañados por exquisitos y minuciosos dibujos realizados por él mismo.
Todo esto, que sucedió tal y como lo cuento, forma parte de la historia auténtica del Códice Leicester, consultable en Internet. Pero lo que estábamos ya necesitando era una novela que, rigurosa y bien escrita, nos adentrase en la prehistoria de esta aventura. ¿Cómo fueron los primeros años ingleses de este rarísimo documento? ¿Qué controversias generó? ¿A qué polémicas dio lugar? La escritora Susanne Goga, traducida por Patricia Llosa, nos entrega en estos días su seductora novela El manuscrito de Leonardo (Bóveda), que tiene como protagonista a la hermosa e inteligente Georgina Fielding, una muchacha cuyos orígenes están aturdidos por la niebla (jamás conoció la identidad de su padre) y que, a la vez que recibe de sus familiares una estricta educación victoriana, aprende de su tía abuela Agatha a ser una mujer independiente y alejada de los ñoños convencionalismos que la sociedad se empeña en verter sobre ella. Su amistad infantil con Mary Anning (una de las pioneras de la paleontología), su constante desafío a las normas machistas (se llega a disfrazar de varón para asistir a una clase universitaria donde no admiten a mujeres), su relación con el periodista alemán Justus von Arnau, su rechazo a verse comprometida matrimonialmente con el estirado médico St. John Martinaw y, sobre todo, el descubrimiento de que su difunto padre le dejó en herencia una hoja escrita por Leonardo da Vinci, irán enriqueciendo la novela con enigmáticas revelaciones que sólo al final de la misma se unirán para formar una explicación coherente de su pasado.

Pero, por encima de todos los enredos sentimentales, trucos narrativos y elementos deliberadamente manipulados que figuran en todo bestseller, El manuscrito de Leonardo brilla porque la autora ha dibujado con primor en sus páginas el ambiente religioso y científico que rodeó a los primeros años de la paleontología, con sus rocambolescas explicaciones sobre los fósiles, su estupor a la hora de armonizar el texto bíblico con las evidencias que la ciencia iba suministrando y con las torturas morales (a veces terribles) que acometieron a aquellos pioneros. Introduciendo en la obra a personas reales (como la ya mencionada Mary Anning o el sorprendente William Buckland, un clérigo que compaginó sus tareas religiosas con las científicas, que nos legó la primera descripción completa de un dinosaurio y que encontró restos de los primeros homínidos que habitaron en el Reino Unido) y mezclándolas con personajes ficticios, Susanne Goga consigue un meritorio fresco de la Inglaterra del siglo XIX, con sus intransigencias, sus modales almidonados y su apertura a la ciencia moderna.

viernes, 25 de junio de 2010

Reliquias




Conozco a muchos lectores que se animan a coger un volumen de la mesa de novedades de su librería por el título que éste tiene o por la imagen que ostenta en su portada. Pero también sé de la existencia de defensores del grupo contrario: de personas que sienten repulsión por determinados rótulos y por determinadas propuestas visuales. Así, el hecho de que aparezcan en el título palabras como misterio, enigma, clave, templario, secta y similares actúa como imán en ciertos casos y como eficaz rechazo en otros. Lo digo porque el libro que hoy protagoniza esta columna lleva un nombre de esa estirpe (Reliquias), y estimo que puede llevar a confusión a más de una persona.
Que nadie espere en sus páginas extraños sucesos de índole esotérica, en los cuales se nos hable de organizaciones que custodian secretos. Que tampoco esperen los lectores un argumento en el que la trama central esté vertebrada alrededor de una reliquia que puede cambiar la historia del cristianismo, y cuya posesión se disputan el Vaticano, la CIA y una organización mafiosa rusa. Y que, mucho menos, esperen armas sofisticadas, pasadizos ocultos, identidades secretas, anagnórisis espeluznantes, crímenes misteriosos o tatuajes cargados de simbología. Quien busque ese tipo de emociones (lo cual es perfectamente legítimo, a pesar de lo que pregonen media docena de críticos de esos que desayunan con aforismos de Cioran, comen con Canetti y cenan con Bernhard), que se busque otra novela. Se lo digo con sinceridad. Pero también diré lo contrario, porque es justo que así lo haga: quienes busquen una obra de buena construcción, sólida en su desarrollo y bien ambientada en cuanto a paisajes y tipos humanos, que no tenga miedo en hacerse con este tomo. Su título y su llamativa portada no deben cohibirles: no es una engañifa comercial al uso. El producto literario que recubren es bueno.
Nada más empezar la novela nos encontraremos con un joven religioso llamado Petroc de Auneford, hijo de un templario, a quien se aproxima sir Hugh de Kervezey, también templario y auténtica mano derecha del obispo Ranulph, con unos propósitos que al chico se le escapan. ¿Qué puede querer de él alguien tan poderoso como sir Hugh? Por más vueltas que le da a la cuestión, ni él ni su amigo Will encuentran una respuesta satisfactoria. Hasta ahí, podemos pensar que nos encontramos ante la típica historia que promete un buen caudal de misterios, en la que no tardarán en aparecer objetos mágicos y mensajes misteriosos. Pero se trata de una pista falsa: lo descubre el lector cuando sir Hugh comete un crimen y trata de involucrar en el mismo a Petroc, haciendo que sea él quien parezca el culpable de la acción. Ahí sí que se rompen los esquemas, porque se inicia una persecución implacable que tiene como víctima al joven religioso, que deberá poner tierra de por medio para salvar la piel. Viajará entonces a través de diferentes regiones y de paisajes, que le sirven a Pip Vaughan-Hughes para trasladarnos excelentes páginas ambientales (acantilados mordidos por la niebla, zonas espectrales de Groenlandia, campos yermos salpicados por copos de nieve, etc), que se irán combinando con las dedicadas a una tierna historia de amor, de la que no conviene adelantar muchos detalles, para que el lector los descubra por sí mismo.
Un solo pero le pondré a la novela: el personaje Petroc dice, en la página 271 de la novela, que se han alejado un kilómetro del sitio donde se encuentran los cadáveres que dejan a sus espaldas, tras una pelea callejera. Y se vuelve a hablar de kilómetros en la página 298, en la 386, en la 402 o en la 406. Y no conviene olvidar que la acción está protagonizada por ingleses. ¿Acaso en la Inglaterra del siglo XIII se medía la distancia en kilómetros? ¿No se hacía en yardas, millas y leguas, como en la actualidad? Y aunque fuera así no procede que la traducción nos hable de «kilómetro tras kilómetro» (p.356) recorridos en el mar. Eso sí que es un error evidente. Las distancias náuticas jamás se miden con ese patrón. Por lo demás la novela resulta muy cinematográfica, absorbe... y sorprende al final. Yo le echaría un ojo.