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lunes, 29 de junio de 2026

Todos hacen daño

 


Decía Nietzsche (un tipo que, mientras le crecía el bigote, pensaba) que el hombre superior es un niño y un bailarín. Un niño, porque juega con la existencia; un bailarín, porque convierte cada salto, cada pirueta, cada giro, en una apuesta y un riesgo. Creo que al filósofo de Röcken no le molestaría que yo incluyese a José Antonio Jiménez-Barbero en ese ámbito, porque sus libros incorporan siempre, a partes iguales, brillantez y riesgo, inocencia y arrojo. Como afirmaba Camilo José Cela, mantenerse dentro de una línea sabiendo que es exitosa resulta sin duda legítimo (la mayor parte de los escritores lo hacen), pero más admirable se antoja acometer peligros, proponer rutas poco transitadas y pensar que el creador tiene que mostrar, a veces, alma de funambulista.

En Todos hacen daño (que obtuvo el I Premio Maluma de novela), el amante del género va a encontrar todos los ingredientes que lo hacen feliz: crímenes tan brutales como inesperados, identidades encubiertas, policías que se han dejado seducir por las mieles infames del dinero, investigadores privados que recorren calles y locales de alterne, traiciones, odios, fidelidades peligrosas, piratas informáticos, mercenarios venidos de Europa del Este, chicas vírgenes que son secuestradas y violadas para convertirlas en prostitutas… Nada echará en falta, se lo puedo asegurar. Tampoco podrá quejarse del ritmo de la obra, tramado con un primor casi cinematográfico y con altas dosis de adrenalina (no se pierdan las secuencias en las que las balas silban, auténticamente taquicárdicas). Ni del modo en que el autor trenza, y luego destrenza, las hebras de su relato, dejando solamente una (la más inquietante) en suspenso. Pero me parece incluso más importante señalar lo que va a descubrir en estas páginas el lector que no sea demasiado entusiasta del género: una excelente demostración de cómo contar maravillosamente una historia, dando profundidad a los personajes, diseñando un ritmo endiablado y logrando que, al final, el corazón palpite de rabia y de zozobra (también de ternura y de alivio), porque el autor ha conseguido que su relato fluya por las venas de quien ha decidido sumergirse en él.

Discrepo, eso también lo debo decir, con el título de la obra. No todos hacen daño. Es una generalización con la que no puedo estar de acuerdo. Algunos no hacen daño, sino que “hacen alegría”. Por ejemplo, José Antonio Jiménez-Barbero, cada vez que tiene la buena idea (y se toma el arduo trabajo) de escribir una novela. Ojalá ese gozo se repita muchas veces más.

lunes, 9 de junio de 2025

El hombre gris

 


Si les digo que El hombre gris es una novela que tiene 345 páginas y, justo después, aseguro que es corta, ustedes pensarán que mis nociones sobre el mundo de la literatura son algo precarias o que, directamente, les tomo el pelo. Pero les puedo asegurar que las dos afirmaciones son compatibles, porque lo que un texto literario “es” proviene en realidad de la forma en que incide sobre el ánimo de quienes leen la obra. Y, en ese sentido, las 345 páginas de este volumen se hacen cortas: tanta es la fascinación, la seducción, el gancho que despliegan sobre los ojos de quien se acerca y abre el tomo. En realidad (y lo saben quienes tienen la amabilidad de leer mis reseñas), esto no constituye una sorpresa de ningún tipo: pertenezco al grupo de lectores que considera a José Antonio Jiménez-Barbero un narrador de primer orden, un narrador excepcional. De lo mejor. Tiene el don de construir ficciones y de contarlas magistralmente. Un fuera de serie.

Esta vez, nos llevará hasta el mundo de Galicia, donde un juez que se encuentra al borde de la muerte por un cáncer pulmonar (Samuel Ermida) recibe paquetes que contienen dedos amputados a niñas cuyos cadáveres aparecen poco después. En la investigación de tan macabro caso conoceremos a la capitana Teresa Rull (una mujer de gran envergadura física y de férreo carácter), al teniente Orestes Padilla (cuya homosexualidad es mal vista en ciertos sectores de la guardia civil, donde sirve), al capitán Goyo Fábregas (que mantiene una actitud hostil hacia Teresa Rull por sucesos del pasado), al profesor Gualberto Casal (que ayuda a la policía en la resolución de casos complejos), a un periodista llamado Roque (al que le aguarda un destino terrible) e incluso a un perro, al que Samuel Ermida bautiza como Ulises, pese a que su nombre original es otro. Todos ellos (y algunos protagonistas más) irán enredándose en una malla diabólica, con personalidades nauseabundas escondidas, asesinatos inmisericordes, incendios sospechosos, disparos a quemarropa, secuestros, asaltos bajo la lluvia y venganzas dilatadas durante décadas.

¿Y cómo se sostiene una trama tan enrevesada? Pues gracias a la pluma del autor, tan dotada para la acción como para la introspección, tan convincente en los momentos truculentos como en las escenas amorosas. El nombre de José Antonio Jiménez-Barbero tiene que ser apuntado y subrayado en la agenda lectora de cualquiera que quiera conocer lo mejor que se está haciendo en la literatura actual. En mi blog, ya lo saben, figura en primerísimo plano.

sábado, 10 de mayo de 2025

Desventuras de un padre novato

 


Da igual que nos prevengan sobre determinadas situaciones porque, sonrientes u obcecados, nos empeñamos en incurrir en ellas. Lo que a “ti” te pasó (incluso lo que les pasó a millones de tis) nos parece fruto de la mala suerte, pero no algo que vaya a ocurrirme a “mí”, evidentemente. Esta fórmula puede aplicarse a la velocidad automovilística, al alpinismo, a los juegos de azar… o a la paternidad. El ojeroso amigo que nos explica los meses (o años) terribles que nos esperan si nos aventuramos a la reproducción y la crianza no se erige ante nuestros ojos en autoridad: lo más que le dispensamos es una sonrisa irónica. Gracias a esa inconsciencia sigue existiendo, menos mal, la raza humana.

José Antonio Jiménez-Barbero pone por escrito sus experiencias en el volumen Desventuras de un padre novato, donde desgrana todo el proceso que vivió desde que su esposa le anunció su más que probable embarazo. Y quienes hemos vivido ese proceso más de una vez podemos corroborar que no exagera ni un ápice (o, si lo hace, se lo disculpa porque lo hace con un envidiable sentido del humor): las náuseas femeninas; la sensación de habernos convertido como hombres en una especie de “mezcla de mayordomo inglés y enfermero particular” (p.15); la amazónica aventura pantanosa de cambiar pañales; el odio que se desarrolla por los malditos corchetes, que no hay forma de manipular con calma si la criatura se encuentra en “intensa agitación paroxística” (p.53); el abandono de toda actividad que no guarde relación directa o indirecta con tu nuevo cachorro, tan exigente como inflexible (con un terrorista se puede negociar, pero con una prima donna o con un bebé no)… Parafraseando a Lope de Vega, podríamos decir que esto es criar, y que quien lo probó lo sabe.

Con una prosa fluida y simpática, en la que a veces se dirige a nosotros en plural (“Si me permitís”) y a veces en singular (te interpela con fórmulas irónicas, del tipo “Compañero de armas”), José Antonio Jiménez-Barbero nos entrega unas páginas llenas de humor, cotidianidad y sabios consejos, coloreadas también con inevitables referencias coyunturales: los gallifantes (p.53), las canciones de Parchís (p.55), Frozen y sus posibilidades etílicas (p.68), Peppa Pig (p.93), los bollycaos (p.137)…

Léanlo si se disponen a ser padres o regálenlo a quien planee serlo. Triunfarán.

miércoles, 25 de septiembre de 2024

A propósito de tu hijo

 


Están ahí, a nuestro lado. Viven en nuestro edificio, estudian en nuestro colegio, pasean por nuestra calle, compran con sus familias en nuestro supermercado. Y, sin embargo, realizamos en ocasiones un deliberado esfuerzo para no verlos, y atenuar así la sensación de incomodidad que frente a ellos nos aflige. Son los discapacitados intelectuales, cuyas etiquetas identificativas (Asperger, autismo, inteligencia límite, etc) nos hacen tragar saliva y nos ponen, por qué mentir, en tensión. En algunos casos (espero que en muy pocos, y que cada vez sean menos), porque se les desprecia o se les juzga prescindibles; en la mayor parte de las ocasiones, porque su rareza (y quiero que el sustantivo suene tan respetuoso como suena en mi cerebro) nos inquieta, nos perturba, nos descoloca: sus ojos huidizos o penetrantes, sus silencios o sus gestos, su forma de actuar, sus palabras se salen de lo canónico y nos obligan a medir cuanto hacemos o decimos, porque no queremos alterarlos con nuestra ignorancia.

José Antonio Jiménez-Barbero, en las páginas de A propósito de tu hijo, que es una novela respaldada por el Ilustre Colegio Oficial de Enfermería de la Región de Murcia, se atreve a poner ante nosotros un relato muy directo, muy firme y muy respetuoso sobre esas personas distintas, sobre las emociones que laten en su interior, sobre sus necesidades y derechos, sobre el modo en que los demás debemos relacionarnos con su diferencia. Y el resultado, créanme, es tan bello como educativo. De un lado, tenemos a Santiago, un adolescente que “no es autista. Tiene autismo”, como explica su padre en la página 27. Del otro, tenemos a Alicia, con un leve retraso cognitivo. Ambos cursan estudios en el colegio público Campo Verde y, refugiándose entre sí, hacen frente a la incomprensión o la agresividad de sus compañeros, que los ven como una “pareja de atontaos” (p.34), un “par de gilipollas” (p.84) o unos “puñeteros retrasados” (p.197). Y esa amistad, que se establece sobre todo gracias a la ternura candorosa de Alicia, se convertirá en la gran energía que sirva para que los demás, poco a poco, lleguen a comprender su singularidad y los acepten como son.

Navegando con sabiduría por el mundo de las emociones, José Antonio Jiménez-Barbero construye una novela noble y bien organizada, que esquiva todo tipo de clichés almibarados y que nos invita a pensar cómo reaccionaríamos nosotros si tuviéramos al lado un Santiago o una Alicia. Sin duda, una obra necesaria.

domingo, 12 de mayo de 2024

Éter

 


Siempre me ha parecido una infundada osadía afirmar que existe (o que no existe) algo trascendente más allá de la muerte. No se trata de que no sepamos lo que acontece después, sino que no podemos estar seguros. El creyente se aferra a su fe positiva y el ateo se aferra a su fe negativa, pero ninguno de los dos puede saber si está en lo cierto: se limita a postular una hipótesis y recubrirla de mármol, para darle apariencia de solidez incontestable. Cada uno de ellos atesorará, como Fafner, cuantos “argumentos” le den la razón, cuantas paradojas lo auxilien o reconforten, cuantos interrogantes sean imposibles de contestar por “los otros” y que parezcan apoyar su tesis. Pero ninguno sabe.

En su reciente volumen Éter (publicado por la editorial Malas Artes después de haber resultado finalista en el VIII Certamen Malas Artes de Terror, Fantasía y Ciencia Ficción), el versátil y siempre convincente José Antonio Jiménez-Barbero aborda este tema “fronterizo” y el resultado es una novela de sólida textura y de magnífico desarrollo narrativo, donde descubriremos la existencia de una serie de personas que, dotadas con unos poderes psíquicos extraordinarios, sufren la presión de enfrentarse a unas misteriosas fuerzas oscuras que vienen desde el Otro Lado y que no dudan a la hora de emplear cualquier arma para conseguir sus propósitos: secuestros, torturas, experiencias científicas pavorosas, suplantación de cuerpos, manipulaciones mentales y otra porción de artimañas nauseabundas, que cada persona que lea la novela irá descubriendo con fascinación y horror, porque el autor de la obra es un maestro a la hora de crear atmósferas.

¿Que quedarán ustedes seducidos por la figura de Konstantin? Se lo garantizo. ¿Que se compadecerán por el destino que aguarda a Victoria? Ni lo duden. ¿Que sentirán la piel erizada en varios momentos de la narración? Por supuesto. ¿Que llorarán en las páginas finales? Probablemente.

Maestro del discurso y de los resortes narrativos, José Antonio Jiménez-Barbero vuelve a demostrar que no es un gran novelista de género, sino un gran novelista. Sin etiquetas restrictivas. Un gran novelista. Súmense al círculo de sus adeptos.

viernes, 2 de junio de 2023

Cuerda de presos



El novelista barcelonés José Antonio Jiménez-Barbero no deja (y eso está bien) de sorprender a sus lectores. Y lo hace porque, contra todo encasillamiento, se desenvuelve con la misma solvencia en ambientes y temáticas muy distintas. Ya lo conocíamos buceando por la mente humana (su notable “Trilogía del psicópata adolescente”), investigando crímenes acaecidos en el ámbito académico (La Facultad), ejecutando sangrientas venganzas familiares (Diario de un maldito), abordando casos durísimos de acoso (El niño que no quiso llorar) o llevándonos de la mano hasta territorios diabólicos (El demonio escondido). Ahora, en su reciente Cuerda de presos, ha decidido que vayamos con él hasta la cárcel Puerto II, de Cádiz, donde confluyen varias personas muy distintas: un antiguo profesor de literatura que cometió un crimen espantoso para proteger a su hija; un chaval jovencísimo que sobrevivió al exterminio de una colla del mundo de la droga en La Línea de la Concepción; un peligroso criminal hispanoamericano llamado Hipólito; el astuto e inmisericorde Abdul, que ejerce un control despiadado sobre buena parte de los reclusos; el patriarca gitano Heredia, que lo mira todo y luego toma decisiones; el cada vez más alcoholizado Alonso Montalbán, director del centro penitenciario… Con todos esos personajes, José Antonio Jiménez-Barbero construye una trama perfectamente medida, en la que los vectores positivos (la cultura de César, la nobleza escondida de Raúl) y los negativos (una sodomización, varias violaciones, las amenazas proferidas entre dientes, las navajas apoyándose en carótidas) mantienen un equilibrio narrativo que en otras manos menos habilidosas se habría decantado hacia territorios más bien increíbles, pero que en las suyas provoca un continuo atasco de saliva en la garganta. Y qué final, oigan. Qué final.

Si deciden ustedes sumergirse en esta obra (les recomiendo que lo hagan, aunque la temática negra o carcelaria no les atraiga especialmente), descubrirán el modo brillante en que se dibuja una caída (Alonso), en que se esboza una redención (Dolores) y en que se analiza, en fin, el comportamiento humano, casi siempre ambiguo, casi siempre poliédrico. En estas páginas excelentes no hay blancos ni negros: aquí disponemos de un arco iris variadísimo, donde todos los personajes se desplazan de color a color, en función de las presiones externas o de la reflexión íntima. Quien comenzó como ángel deviene demonio, y viceversa. O quizá se trate de que, en el fondo, todos cobijamos luces y sombras, todos escondemos ciénagas y esplendores; y llega un momento crítico, un punto de inflexión, en el que nos decantamos por instalarnos en un territorio y atrincherarnos en él.

Lean a José Antonio Jiménez-Barbero. No se priven de ese placer narrativo.

domingo, 15 de enero de 2023

No mires atrás

 


El final. Lo estaba deseando y, a la vez, lo estaba retrasando. Después de leerme las dos primeras entregas de la vida de Ángel Salazar, el magnético personaje creado por José Antonio Jiménez-Barbero, estaba aguardando este instante. Y la novela que redondea la trilogía ha sido como debía ser: el cierre perfecto para una historia endiablada. Tenía, después de las Confesiones de un psicópata adolescente y de El rostro de la locura, un retrato completísimo del protagonista, de su altanería, de su inteligencia, de su desprecio por los demás, de su ausencia de sentimientos, de su nauseabunda actitud ante la madre, de su frialdad, de los negocios sucios que ha ido urdiendo durante años y que le han permitido amasar una buena cantidad de dinero, de su continuo deseo de venganza (la famosa libreta negra donde va apuntando los nombres de aquellas personas a quienes no parará hasta ver muertas)…

Ahora, el escritor barcelonés nos presenta a un Ángel Salazar que, después de ingresar en la Facultad de Derecho (intuye que siendo abogado alcanzará un puesto honorable en el engranaje hipócrita de la sociedad), comienza a verse involucrado en una serie de muertes… de las que él no es el autor. Tras años como marionetista, ahora le toca oficiar como marioneta. Alguien asesina, una y otra vez; y lo hace para llamar la atención (y para aterrorizar) a Ángel, objetivo último de sus salvajes crímenes. ¿Quién es el misterioso personaje que, desde la sombra, ejecuta a sus víctimas sin piedad, para que el protagonista sienta su aliento en la nuca? Fría, calculadora y analítica, la mente de Salazar funciona a toda velocidad con el único objetivo de identificar y neutralizar al siniestro asesino, antes de que sea demasiado tarde. Al mismo tiempo (ya sabemos que Ángel ni olvida ni perdona), irán siendo ejecutadas las personas que figuran en su lista de ofensores.

¿Se imaginan ustedes el final? No se esfuercen: no van a lograrlo. José Antonio Jiménez-Barbero es también un hábil marionetista, y nosotros (los lectores) nos encontramos en sus manos, dicho sea con toda la admiración y con todo el agrado del mundo.

Irrenunciable.

sábado, 31 de diciembre de 2022

El rostro de la locura

 


Se puede ser un excelente conocedor de la mente humana y utilizar esos conocimientos para construir personajes como Ángel Salazar, un psicópata que aún no ha llegado a la mayoría de edad y que, amparado por esa condición, dispone de un alto margen de maniobra para cometer todo tipo de atrocidades. Se puede, también, ser un excelente narrador y trabar con pericia los materiales novelescos para urdir una historia magnética, llena de analepsis y prolepsis (para los que saben inglés, una estructura con flashback y flashforward: moverse hacia adelante y hacia atrás en el tiempo narrativo, anticipando hechos que luego cobrarán sentido o explicando los que ocurrieron antes). Se puede, en fin, controlar un registro léxico tan rico como accesible, con el que todos los lectores (desde el más exigente hasta el más convencional) disfruten. Pero poseer todas esas habilidades al mismo tiempo es, aparte de una rareza, un auténtico abuso. En este caso, el abusón se llama José Antonio Jiménez-Barbero; y ha vuelto a tenerme pegado a su libro durante dos días, para descubrir cuanto antes la solución a la enigmática sucesión de muertes que se producen en la obra El rostro de la locura, segundo tomo de su Trilogía del Psicópata.

He disfrutado (y he padecido) con la portentosa disección de su protagonista, al que ya conocí en las páginas de Confesiones de un psicópata adolescente. Me ha llevado de la mano por los pasillos del hospital Florence Nightingale. Me ha puesto frente a drogadictos en rehabilitación, chicas con anorexia, maníacos y otros personajes con patologías severas. Me ha intrigado (policialmente) con las suposiciones sobre la identidad del culpable de las muertes. Y me ha maravillado, de principio a fin, por el espléndido uso de las narraciones complementarias que despliega en esta novela: es decir, que un mismo episodio (la llegada de Ángel al centro asistencial, la partida de ajedrez que lo enfrenta con Marta Savater, etc) sea desmenuzado desde la mente de dos protagonistas distintos, lo que nos suministra a los lectores una mirada más rica, casi panóptica, sobre los hechos.

José Antonio Jiménez-Barbero es un narrador musculoso, que maneja con gran habilidad los procedimientos narrativos y que muestra una contundente eficacia a la hora de sumergirse bajo la piel de personajes tan distintos como irresistibles. No tardaré en sumergirme en las páginas del volumen que cierra la trilogía.

sábado, 15 de octubre de 2022

Diario de un maldito

 


Ojalá nunca lleguemos a descubrir cómo actuaríamos si la vida nos pusiese en una situación límite. ¿Incurriríamos en el bochorno, en la crueldad, en la infamia, en el ridículo? Creemos tener la respuesta porque, ingenuamente, creemos saber quiénes somos. No es así. Quizá seríamos el cátaro insobornable que se deja morir de inanición o de fatiga en Auschwitz; pero es más probable que fuésemos el ruin bípedo que se pliega al escarnio de la denuncia o del colaboracionismo, para merecer un mendrugo de pan o un poco de caldo o un lecho no devorado por las chinches.

Raúl Salom imparte clases de Química en la Universidad Complutense, está felizmente casado y tiene una hija pequeña. No es un personaje famoso, ni ostenta grandes éxitos en su currículum, ni acaricia aspiraciones demasiado elevadas. Un día, desde la ventana de su despacho, contempla cómo un tipo de aspecto brutal está amedrentando y golpeando a un muchacho indefenso, en medio de la extraña inacción de quienes asisten al espectáculo; y su sentido del deber lo impulsa a bajar rápidamente y tratar de interrumpir aquel atropello. Grave error. A partir de ese instante, su vida va a dar un vuelco dolorosísimo, porque los integrantes de la pandilla a la que pertenece al agresor violan y matan tanto a su esposa como a su hija. ¿Qué le queda, entonces, cuando el viento del horror barre por entero su existencia? Le quedan el alcohol y la autodestrucción (la idea del suicidio cruza su cabeza más de una vez)… pero también otras pulsiones no menos inquietantes, que incluyen una pistola. Y explosivos. Y sus tratos con un patriarca gitano al que llaman Cuervo, que se va a convertir en cómplice indirecto de muchas de sus atrocidades. Y una espiral de muertes que afecta tanto a delincuentes comunes como a personas de su entorno.

No, realmente no podemos saber con seguridad cómo actuaríamos si la locura derivada del dolor nos asaltase, si alguien nos arrebatara todo lo que tenemos y amamos, si la angustia nos golpease hasta el punto de conducirnos al callejón amargo del nihilismo… José Antonio Jiménez-Barbero obtuvo con esta narración (creo que la mejor de las suyas hasta la fecha, teniéndolas magníficas) el premio de Novela Breve de la editorial MurciaLibro, que ahora la edita. Una obra para reflexionar, para temblar y para interrogarse.

Ni se les ocurra perdérsela: cometerían un grave error.

viernes, 30 de abril de 2021

La Facultad

 


Que un novelista sea habilidoso y muestre un gran sentido del ritmo y de la arquitectura narrativa merece, sin duda, un aplauso. Que su lenguaje resulte en todo momento acertado (o decoroso, para decirlo con Aristóteles), merece que ese aplauso se tribute puesto en pie. Pero que, además, respete tanto a sus lectores que se esfuerce para entregarles personajes vivos y creíbles ingresa ya de modo irrefutable en el ámbito del prodigio. José Antonio Jiménez-Barbero, sin lugar a dudas, pertenece a esa estirpe última.

Y lo digo porque, después de haberse sacado de la chistera esas dos criaturas admirables llamadas Augusto Salas y Carmen Reverte, el escritor no parece obstinado en la idea de convertirlos en rentables figuras de cartón piedra, capaces de protagonizar diez, veinte, treinta libros, de manera monótona. Consciente de que su trabajo como investigadores privados tenía que pasarles continuas facturas, y que resultaría ingenuo omitir o disimular esas erosiones y heridas, Jiménez-Barbero somete a sus protagonistas a una tensión altamente realista: los hace llorar, enamorarse, sufrir desengaños, padecer muertes, asistir a atrocidades, advertir traiciones, cometer descuidos y encajar disparos en su más delicada línea de flotación. Son, a la postre, un policía retirado (con dolencias y achaques, que se van incrementan conforme pasa el tiempo) y una joven madre (que necesita ayuda para criar a su hijo). No son dos superhéroes. No están fabricados de mármol de Carrara. No son invulnerables. Y el autor jamás se permite el grosero descuido de idealizarlos o de mantenerlos inmunes a las asechanzas del mundo en que viven, rodeados de policías corruptos, matones a sueldo, enemigos inesperados y leyes que parecen en ocasiones diseñadas más para favorecer al infractor que para evitar sus tropelías. “Horror a manos llenas”, como escribió Blas de Otero.

En La Facultad, la novela que acaba de publicar el sello Dokusou, José Antonio Jiménez-Barbero nos sitúa ante los cenagosos detalles que rodean el asesinato de un catedrático de Psicología, odiado en apariencia por todo el mundo, altanero, manipulador… y quizá malversador de fondos. En la investigación que nuestros protagonistas emprenden en torno a él se encontrarán con sucesos tan terribles y tan espeluznantes como… No, mejor no les adelanto nada. Es mejor, créanme. Imaginen asesinatos meticulosos, imaginen suicidios atroces, imaginen tumbas que esconden secretos, imaginen personajes honorables que luego resultan no serlo tanto, imaginen víctimas que no esperaban. Y les aseguro que estas páginas les van a dar mucho más de lo que son capaces de imaginarse. Elegir La Facultad como su próxima lectura sería todo un acierto. Yo no me lo pensaría.

domingo, 10 de enero de 2021

El demonio escondido

 


El infierno (lo aseguraba Jean-Paul Sartre) son los demás. Y algún hilo de esa idea debe de moverse por la cabeza de Alejandro, un chico que, a sus catorce años, ha sentido muy cerca al Demonio y, devorado por la angustia y el temor, se obstina en acabar con él. Porque, además, sabe perfectamente dónde se refugia ese representante del Mal: en las dependencias del instituto Francisco de Asís, de Murcia. Él ha oído sus pasos, olido su fetidez, sentido su tacto infame y notado la cercanía purulenta del Señor de las Tinieblas. Debe eliminarlo. Debe acabar con esa pesadilla, que quizá amenace pronto al resto de estudiantes del centro… Pero lo que realmente ocurre es muy distinto: el cadáver de Alejandro aparece en el patio del centro escolar. En apariencia, se ha lanzado desde la azotea para buscar la muerte. ¿Suicidio? ¿Asesinato?

El inspector Augusto Salas (que goza de un prestigio profesional muy sólido) y la policía Carmen Reverte (llegada desde Madrid para apoyar en la investigación) tomarán las riendas de la extraña muerte, que pronto se complica con otra y con una serie de oportunos accidentes que parecen destinados a intimidarlos y que abandonen sus pesquisas.

Religiosos ambiguos, interminables obstáculos administrativos, descubrimientos sorprendentes y, sobre todo, una atmósfera cenagosa, propiciada por la excelente mano narrativa de José Antonio Jiménez-Barbero, van envolviendo al lector, que nota cómo su sistema respiratorio se ve en ciertos tramos de la obra alterado por el ritmo de la novela. Y que, desde luego, termina aplaudiendo el desarrollo de la acción y su final luminoso.

No es nada extraño que la obra recibiera el premio Palin del año 2018: es una magnífica propuesta negra, que se lee con inquietud creciente y que resulta imposible de abandonar hasta su última página.

sábado, 12 de diciembre de 2020

Los viajes de Ariadna

 


Leer Los viajes de Ariadna ha sido una de las experiencias “orgánicas” más duras que he experimentado durante los últimos meses. Y lo digo, para que no queden dudas, con tono admirativo. José Antonio Jiménez-Barbero ha sabido combinar sus mecanismos textuales, emotivos y léxicos de tal forma que el resultado es una narración que te introduce eficazmente en un clima de desasosiego, de zozobra, de asfixia. La almendra narrativa gira en torno a Ariadna, una chica andaluza que se une en matrimonio con el militar Armando Comesaña, hombre en apariencia encantador pero que esconde en los pliegues de su alma a un ser violento, celoso e inmisericorde que comienza pronto a maltratarla. A veces, se tratará de un gesto de desdén; a veces, de una actitud amenazante. Y pronto las coacciones físicas, las bofetadas y las palizas, que Ariadna soporta para que su hija Lucía no se vea afectada.

Pero hay un detalle que convierte esta situación (tan tristemente frecuente) en algo especial: Ariadna ha heredado de su abuela el don de visualizar el futuro a través de “viajes”, en los que siente que su espíritu se traslada en el espacio y el tiempo. Así, puede anticiparse a algunos movimientos de su irascible esposo; y logra escapar de él… Pero sólo durante un tiempo. Porque él, tenaz, vengativo y psicópata, no se muestra dispuesto a aceptar el abandono de la mujer a la que considera suya; e inicia una persecución inquietante y criminal por toda España. No va a rendirse tan fácilmente.

Mezclando con magnífico pulso narrativo la intriga, lo sobrenatural, lo mostrenco y lo amoroso, José Antonio Jiménez-Barbero nos entrega una novela que atasca la saliva en la garganta y que pone la carne de gallina en muchas de sus páginas, consiguiendo un documento literario, psicológico y sociológico de primer orden.

jueves, 20 de febrero de 2020

El niño que no quiso llorar




Es verdad que el odio no requiere para desplegarse y ejercerse ninguna condición especial en la víctima salvo, quizá, su espíritu vulnerable: el saber que las gafas, el color de su piel, los kilos de más, el acento extranjero o la deformidad física que lo acompañan facilitan el desarrollo de la crueldad insensata. También es verdad que la inhibición o el silencio de quienes conocen o presencian el salvajismo del maltratador ayudan a fortalecer en él la sensación de impunidad.
En el mundo de la enseñanza (colegios e institutos), este fenómeno lamentable que siempre ha existido, aunque no con la virulencia sádica que ahora permiten las redes sociales y los teléfonos móviles, recibe el nombre de acoso (me resisto a la palabra inglesa, innecesaria en nuestro idioma). Y Santiago es en esta novela de José Antonio Jiménez-Barbero la víctima elegida por Sergio, Susana, José Andrés y otros descerebrados, capitaneados por Nacho, como blanco de sus insultos, agresiones e intimidaciones. El chico, que vive en un entorno familiar muy delicado (un padre con problemas de alcoholismo y paro; una madre que tuvo que aceptar un trabajo precario para conseguir algo de dinero) y que carece de amigos que lo apoyen, tendrá que vérselas con esta desagradable situación sin más ayuda que la que le ofrece algún profesor bienintencionado y, sobre todo, su nueva amiga Lucía, recién llegada al colegio.
Pero la espiral de violencia que cerca al chico no hará sino crecer: desde las burlas hasta la agresión física, desde la difusión de imágenes suyas en Internet hasta las chanzas telefónicas. Y los acosadores pronto se darán cuenta de que Santiago (tan firme en su resistencia) tiene un punto vulnerable: por ahí comenzarán ahora a atacarlo.
Novela dura, incómoda, realista y virulenta, El niño que no quiso llorar nos lleva de la mano por terrenos pantanosos hacia los que habitualmente no dirigimos la mirada, porque su crudeza nos resulta desasosegante y nos muestra la zona en sombra de algunos de nuestros niños y adolescentes.

lunes, 7 de enero de 2019

Confesiones de un psicópata adolescente




Ángel Salazar Ugarte nació en la localidad murciana de Alcantarilla, hijo de un humilde albañil y una mujer que se ocupaba, como tantas otras en su tiempo, de la intendencia de la casa. Unos años después, nació su hermano pequeño. Hasta aquí, el dibujo doméstico que José Antonio Jiménez-Barbero nos plantea en su novela no resulta demasiado llamativo. Pero las cosas cambiarán cuando su protagonista, que narra los hechos en primera persona, nos explique que no soportaba los continuos lloriqueos del bebé y que por eso tomó la decisión de ahogarlo con la almohada. Descubrimos en ese instante el desequilibrio mental grave que padece Ángel, y que no irá sino ampliándose, enturbiándose y adoptando ramificaciones a lo largo de la obra: compañeros de clase a los que humilla, golpea o extorsiona; niñas de las que abusa de una forma inicua; animales a los que tortura salvajemente; vecinas a las que somete a actos vandálicos; trapicheos con la droga… Apenas es concebible un modo de la barbarie en el que este angelito (valga el juego de palabras) no incurra con entusiasmo.
Pero sus tormentosas andanzas sufrirán un grave revés cuando un suicidio y un homicidio pongan a las autoridades sobre alerta y Ángel sea condenado a cumplir dos años de internamiento en un centro de menores donde recibirá medicación antipsicótica y donde tendrá que enfrentarse a varias personas que, quizá tan virulentas y tan despiadadas como él, pretenderán anularlo.
Con esta obra audaz, bien documentada, carente de melindres y que se enfrenta sin tapujos con los meandros cenagosos de una mente enferma, José Antonio Jiménez-Barbero logra el propósito más difícil: que su ficción suene a verdad, que nos creamos a su protagonista y, sobre todo, que nos preguntemos cómo es posible que una novela nos perturbe tanto, nos desazone tanto, nos revuelva tanto las tripas. Todo un logro por parte del autor. El esfuerzo, espectacular y complejo, produce unos resultados inigualables.