domingo, 14 de julio de 2024

Trece minutos después de medianoche

 


El comisario Luc Lucas, que se repone de las secuelas que le ha dejado una herida de bala, se desplaza junto a su esposa Doris y sus dos hijos, Nati y Martin, hasta una granja de caballos que acaban de heredar. Pero si cobijaban la esperanza de que los próximos días fueran a ser de descanso se equivocan gravemente. Nada más instalarse allí comienzan a observar el extraño comportamiento de la anciana señora Zetschke, que se muestra atemorizada, oculta cosas en su jardín y miente de modo descarado.

Al principio, Lucas no desea involucrarse en ningún asunto que lo desvíe de su principal tarea (que es la de recuperar la salud), pero una llamada lo hace cambiar inmediatamente de opinión: la atribulada anciana le explica que recibe amenazas por teléfono, y que no sabe qué hacer frente a ellas. Lucas, a partir de ese instante, toma partido por la lugareña y comienza a descubrir oscuros manejos tenebrosos, que incluyen la extorsión, el secuestro y la especulación inmobiliaria, hasta llegar a un final más que sorprendente.

Una lectura interesante, que sin duda funcionará con tus hijos pequeños.

viernes, 12 de julio de 2024

La pieza invisible

 


A veces, la crónica de una lectura es tan sorprendente que puede rozar las fronteras de lo increíble. Me arriesgaré a contar la de esta novela, asegurando su condición fidedigna… La compré en 2020, el año del coronavirus, y la leí con absoluta avidez, porque la anterior obra del autor, Donde lloran los demonios (https://rubencastillo.blogspot.com/2019/01/donde-lloran-los-demonios.html), me había gustado muchísimo. Como siempre, subrayé frases en el tomo, tomé notas en unas hojitas y las metí en su interior. Acabada la locura de las mascarillas, las distancias de seguridad, las vacunas, las hipótesis y los miedos, seguí leyendo otros libros, otras novelas, otros volúmenes de relatos, otros poemarios, otras piezas teatrales. Y el año pasado, mientras actualizaba el blog con una nueva pestaña de búsqueda (los países de procedencia de los autores), caí en la cuenta de que no había elaborado la reseña de La pieza invisible. Me quedé con la boca abierta, porque no entendía la razón: el libro me había gustado mucho, disponía de tiempo en abundancia cuando la leí (lo que más teníamos en la pandemia eran horas libres) y suelo ser bastante meticuloso con estos temas. Me desconcertó, pero tenía fácil remedio: coger el libro, extraer las hojas con anotaciones y poner por escrito mi comentario… Pero el libro no estaba en la estantería de la M (“Martí”). Pensé entonces que quizá me había despistado y la había puesto en la P (“Parker”); y no, tampoco. Por fin, la semana pasada se aclaró el misterio cuando pasamos unos días de descanso en la casa playera de mis suegros: ¡allí estaba el libro! Total, y para no hacerme pesado: que lo he vuelto a leer (para refrescarlo) y que, ahora sí, lo reseño.

JODIDA MARAVILLA. Empecemos con esas dos palabras, para ahorrar tiempo a quienes deseen saber si el libro merece la pena. La merece. Es un auténtico monumento del género negro, una novela impecable en su construcción, excelente en su desarrollo y magistral en sus páginas últimas. Pedro Martí mima cada secuencia y mima la conexión entre ellas, de tal modo que con unas figuras densas y bien perfiladas (el atormentado César Giralt, su superior Enric Dávila, su compañera Dalia Torres, su joven sobrina Silvia), nos va engolosinando y nos va conduciendo por un laberinto que se vuelve tenebroso conforme nuestros pasos avanzan por él: policías corruptos, jefes irritables, peluqueras que en realidad esconden una identidad miedosa, rusos de mirada glacial, ancianas que esperan la muerte con nombre fingido, carpetas azules que no aparecen por ningún sitio, direcciones tachadas, un local de alterne… Permítanme que no sea más explícito, porque le quitaría una parte de su atracción a un libro que tiene muchísimas y no se merecen la frialdad del resumen o la avilantez del espóiler. Me limitaré a dar un punto de arranque: el ruso Venelin se ha suicidado y el policía Marcos Vidal desconfía de esa muerte. Poco después, él mismo aparece muerto por un aparente suicidio; y su esposa Celia, que ha pedido ayuda a César Giralt, termina también suicidándose. Partan de ese arranque misterioso y, se lo aseguro, se adentrarán en una novela espectacular, redonda, llena de giros y ciénagas, que cumplirá todas sus expectativas y que incluye, por ejemplo, la muerte más impresionante de una anciana que yo recuerdo haber leído en mi vida. No les digo más. Ahora es su turno de acercarse a la obra.

miércoles, 10 de julio de 2024

Los mellizos y el misterio del tesoro escondido

 


Llevo más de veinte años leyendo a mis hijos por las noches. Comencé con María (nacida en 1998), seguí con Rubén (2001), continué con Álvaro (2011) y ahora lo hago con Jorge (2014). Por la forma en que me piden que lea “un poco más” o por sus “Noooo” decepcionados cuando les digo que es hora de dormir sé si la obra les está gustando y en qué medida lo hace. Por mis labios (y por sus oídos) han pasado piratas Garrapata, hormigas Miga, Arcanus, Futbolísimos y un sinfín de Matildas, Rodaris, Kikas Superbrujas, Babares, Calzaslargas, Narnias, Principitos y Stiltons. En ese largo y bellísimo viaje en tren, que está a punto de terminar (porque mi pequeño ha cumplido ya los diez años, y pronto renegará de mi voz nocturna, para sumergirse por sí mismo en puertas de tres cerrojos, aventuras de Los Cinco y quién sabe qué otros volúmenes), ayer terminamos un fiasco que se titula Los mellizos y el misterio del tesoro escondido, de Concha López Narváez, y que se nos ha hecho pesado hasta lo indecible: una aventurilla estirada y muy rimbombante de vocabulario, que Jorge ha acogido con gesto de indiferencia y que yo (para qué voy a decir otra cosa) estaba deseando terminar. Una pena, porque la autora, que siempre me ha parecido estupenda, no ha andado fina en estas páginas.

En todo caso, seguiremos probando libros, mientras mi hijo no me diga que esa parte de su infancia (y de mi madurez) se ha terminado. Crucemos los dedos.

sábado, 29 de junio de 2024

La silla blanca

 


En el corazón de cada madre o padre palpita durante años la ilusión de ver cómo su hija o hijo crece: es la secuencia lógica. En el corazón de cada hijo o hija llora la languidez desolada de ver cómo su madre o padre se reduce, se erosiona, se acerca a la extinción: también es la secuencia lógica. Estas dos pulsiones polares (el anhelo y el desánimo) se hallan presentes en el delicado poemario La silla blanca, del que es autora Teresa Vicente y que publica con exquisitez el sello Balduque, en su colección Sudeste.

Nos encontramos en sus páginas la crónica minuciosa de una declinación: la que protagoniza la madre de la escritora (94 años), en su camino descendente por la escalera de la vida. En unos poemas hondísimos, de brevedad acongojada, la poeta nos habla de órganos que se van estropeando, piernas que se niegan a todo movimiento, soledades ubicuas, necesidad de ser cuidada por personas ajenas a la familia y toda la penosa caravana de dolamas y alifafes (como diría Azorín) que asaltan a quien se aproxima a la última vuelta del camino. A veces, la madre mira con ansiedad todos los árboles de su entorno, con gesto inusual. Y cuando su hija le pregunta qué hace ella responde: “Quiero guardarlo todo en la memoria, / ya no volveré a verlo” (poema V). A veces, la hija resumirá su indesmayable vigilancia amorosa (comida, aseo, medicación) en una frase llena de aflicción: “Al final solo miro si respiras” (poema VIII). A veces, se nos explicará cómo la anciana decidió amoldarse a la postura yacente, huérfana de fuerzas (“acostumbrándote a la postura de la eternidad”, poema XVIII). Y todas las lágrimas, todos los desvelos, todas las rememoraciones, todas las rendiciones, llegan a su delta en el poema final del volumen, que no puede leerse sin escalofrío: “Me rompes el corazón / cuando dices: / -¿Ya te vas, nena? / -Me voy, mamá; / me voy, me llama la vida”.

La silla blanca es un poemario conmovedor, universal y humanísimo, lleno de burbujas de tristeza, que entra por los ojos y se instala directamente en el corazón.

jueves, 27 de junio de 2024

Sbataisso

 


Acudamos a una cita de la página 261, casi acabando el libro, para situarnos en el escenario emocional del mismo. Habla el poeta José María Álvarez: “Soy dichoso en muchos lugares, el Mar Menor, Alejandría, Budapest, San Petersburgo, Kyoto, New York, Berlín acaso, Roma, Sicilia…, pero hay dos sin los cuales no concibo mi vida: París y Venezia. Venezia es mi amante”. De hecho, ya había manifestado en una página anterior su voluntad de que, tras la muerte, “me quemen, como a los antiguos, y que hagan tres partes con las cenizas: una para aventarla sobre el Mar Menor, otra sobre Roma desde el Pincio, y otra para Venezia” (p.81). Ese espacio de luz, color, carnalidad y Arte se convierte en la sustancia esencial de este volumen primoroso, que, en edición de Alfredo Rodríguez, publica con exquisitez el sello MurciaLibro. En él descubrimos los mil pormenores de la fascinación del poeta por la ciudad de los canales, por sus palacios, sus tonos de color, el cabello y la nuca de las venecianas, los artesanos de fórcolas, sus puentes y la “última boqueada del esplendor” (p.34) de un mundo que ahora se encuentra erosionado por la torpeza de algunas decisiones políticas de su ayuntamiento y, sobre todo, por la invasión del turismo de masas. Ese turismo es el perfecto ejemplo de la “mediocridad actual” (p.42), que trae “devastación” (p.155), pues son “manadas desarrapadas intelectualmente” (p.217) que se esclafan con sus latas de refrescos en cualquier sitio y ensucian la Belleza del entorno. La indignación del poeta (que no se circunscribe a Venecia, sino que extiende al resto del mundo) se sublima entre las páginas 60 y 61, con un contundente análisis: “Qué despreciable el fomento del moderno turismo. Puede que remedie las arcas, la bancarrota de nuestras sociedades, pero qué martingala tan devastadora. Qué se les había perdido allí, y sobre todo a esas hordas de niños con un profesor zopenco al frente, hollando como tártaros, sin escuchar (al menos de eso se libran) la perorata inicua del pedagogo de turno”.

Venezia (con z) es otra cosa. Es una burbuja de pasado y majestad, de arte y de grandeza antigua, en la que cada iglesia esconde belleza, cada arco requiere horas de contemplación, cada copa que se toma con un amigo, cada pequeño local de comidas que se descubre o se recupera, se aroman con los recuerdos de Jorge Luis Borges, María Kodama, Paco Rabal, Gianfranco Ivancic o Bobo Ferruzzi, por citar solamente algunos de sus más cercanos espíritus. “Enfermo de Venecia” (como enfermos fueron también Lord Byron, Chateaubriand, Gautier y otros célebres artistas), José María Álvarez nos extasía con una torrencial cascada de cuadros y pintores, que llenan de fulgor cada una de las páginas de este libro y que invitan a conocerlos en una próxima visita.

Pocas veces encontrarán ustedes un volumen tan rebosante de belleza como este, donde se nos suministran las notas finales de una ópera prodigiosa, que se acerca a su término con estoica majestad.

miércoles, 26 de junio de 2024

El humo dormido

 


Creo haber descubierto el motivo por el que mis lecturas anteriores de Gabriel Miró (La novela de mi amigo, en época universitaria; Figuras de Bethlem, el año pasado) me habían parecido, si no insatisfactorias, al menos tibias: el hecho de haber recorrido sus páginas “con demasiada rapidez”. Como lector habitual de novelas, soy consciente de que tiendo a desarrollar una excesiva velocidad en mi recorrido por los libros. Y sospecho que en el caso del alicantino Miró ese vértigo resulta perjudicial para el adecuado disfrute literario, porque sus líneas postulan un espacio silencioso y lleno de matices sensoriales, que precisan de lentitud, de atención extrema. Ahora, obligándome a la calma, he paseado durante un par de días por El humo dormido y mi aplauso ha surgido espontáneo.

Si es verdad que somos hogueras y que, con el paso inexorable del tiempo, nos transformamos en ceniza y en humo, revisar ese “humo dormido” que constituye nuestro ayer implica revisitarnos, redescubrirnos, contarnos. Así lo hace Gabriel Miró en las viñetas con aroma autobiográfico que va alineando en este libro, donde el sintagma “humo dormido” se repite dieciséis veces, de forma letánica, como un estribillo del alma. Me ha gustado el deleite sensual de su prosa lenta. Me ha gustado la añoranza apolínea de su memoria. Y me ha gustado tener que acudir al diccionario una d0cena de veces para entender vocablos que, arcaicos o terruñeros, desconocía.

Salvo el tramo final, demasiado impregnado de religiosidad para mi gusto, todo en el libro me ha resultado placentero. Tenían razón quienes me animaban a insistir con el prosista de los ojos claros. Les agradezco el consejo.

lunes, 24 de junio de 2024

La noche de arena

 


Dos son las características en las que suelo detener mi atención cuando recorro las páginas de una novela: la primera, la brillantez de su estilo (esta condición la persigo y observo en todos los tomos que abro, cualquiera que sea su género); la segunda, que me cuente una historia. Esto último, para lectores más modernos, que quizá valoran más la focalización, la estructura, la voz narrativa y otras peculiaridades formales, podrá parecer una antigualla. Lo respeto, pero no lo comparto. Lo que más viejo se suele volver en un libro son sus mecanismos “modernos”, su ingeniería técnica. Que está bien, no lo niego, pero que a mí me dice más bien poco: soy decididamente arcaico. A mucha honra y sin rubor.

En La noche de arena, la última entrega de Trifón Abad (Grijalbo, 2024), encuentro abundantes atractivos en los dos ámbitos: su brillantez formal y su solidez narrativa. Circunstancia que, por cierto, no me extraña, porque los dos libros que ya conocía del autor, y que reseñé en este mismo blog en 2018 (https://rubencastillo.blogspot.com/2018/07/que-la-ciudad-se-acabe-de-pronto.html) y en 2021 (https://rubencastillo.blogspot.com/2021/11/quitamiedos.html), me parecieron magníficos. Ahora, alejado del relato corto, el escritor murciano se sumerge en el universo de la novela, invitándonos a que lo acompañemos por una historia de género negro donde no falta detalle: unos mafiosos que no dudan a la hora de emplear métodos de persuasión expeditivos; unos empresarios poco escrupulosos con las normas de seguridad de sus instalaciones; jóvenes que se abocan (o se ven abocados) a los mundos inquietantes del alcohol, la cocaína y la música tecno; y, sobre todo, un antiguo investigador privado (Juan Carlos Robles) cuya vida quedó destrozada con la desaparición de su hija Berta tras la celebración de una rave ilegal y que ahora, de forma casi inesperada, descubre un hilo del que tirar para aclarar aquellos dolorosos sucesos que erosionaron su alma, laceraron su vida profesional y dinamitaron su matrimonio.

Una historia que utiliza con inteligencia los saltos en el tiempo y que dedica una atención exquisita al dibujo íntimo de los personajes (seres, todos ellos, a los que diferentes desgracias han dejado maltrechos: no se pierdan a Charo, no se pierdan a Wolfe, no se pierdan los laberintos interiores de Robles), con unos diálogos bien pautados y con un final que les dejará con la boca abierta. Quien desee disfrutar de (y sufrir con) una novela gloriosa, ya saben su nombre: La noche de arena.

domingo, 23 de junio de 2024

El año de Gracia

 


Pudiera ser que mi admiración estruendosa por los cuentos de Cristina Fernández Cubas me haya impedido gozar con justicia (o con edénica felicidad) de su novela El año de Gracia, que me ha interesado (para qué negarlo) bastante menos que sus propuestas breves. No, desde luego, por la brillantez de su escritura, que es para mí indiscutible; pero sí por la inverosimilitud que adorna la historia y por la precipitación con que queda rematada.

Admití en las primeras páginas que el seminarista Daniel, experto en traducir de las lenguas latina y griega, abandonase tras la muerte de su padre (junio de 1980) el ámbito religioso en el que profesaba y que, de pronto, se convirtiese en un hombre entregado a la mundanidad, el alcohol y el amor de una mujer (la fotógrafa Yasmine). Aceptado. Me costó más trabajo entender que, de súbito, se interesase por el mundo de la navegación y se enrolara en un decrépito barco, a las órdenes del inquietante capitán Jean, de quien nada sabe. Pero cuando la embarcación naufraga y él llega a una isla neblinosa, donde descubre al primitivo, brutal y semiafásico Grock, quien domina un rebaño de ovejas sanguinarias que se destripan entre sí, mi credulidad llegó a su límite. ¿A dónde demonios se dirigía la historia? ¿Qué se suponía que me estaba contando? Concentré al máximo mi atención, para comprobar si era capaz de entender la ruta narrativa que me estaba proponiendo mi admiradísima escritora catalana… pero no. Y el final, cogido con alfileres y sometido a un cúmulo de “explicaciones” forzadas, me dejó totalmente fuera de juego.

En resumen: ni me he creído la historia, ni me he creído el final, ni me he creído a los personajes. Lo siento, pero esta vez no. Y mira que me da rabia. Decepción.

sábado, 22 de junio de 2024

Peluquería y letras

 


Resulta un poco complicado resumir el argumento de esta novela de Juan Pablo Villalobos (la primera que leo suya) porque, en puridad, pocas cosas ocurren en ella. Quiero decir (no se me malinterprete) que lo esencial del libro no es, en mi opinión, el argumento, sino más bien la sabia combinación entre cotidianidad, descripción urbana, humor, guiños literarios y autoficción irónica. Y, desde luego, las cien páginas del tomo se llevan con toda justicia mi aplauso.

Descubrimos desde el inicio a un escritor mexicano llamado Juan Pablo, casado con una brasileña y padre de un hijo adolescente y de una hija de menor edad. Viven en Barcelona, donde a él acaban de hacerle una colonoscopia: un arranque tan prosaico que no puede ser observado sino con simpatía. Sobre todo porque, de inmediato, el narrador nos explica que le urge someterse a un corte de pelo (“Lo que me avergonzaba no era tanto el volumen desproporcionado que adquiría mi cabello al esponjarse por la humedad del verano que se acercaba, sino la longitud y deformidad de las patillas, que al verme en el espejo me hacían pensar en futbolistas de los años ochenta, estrellas de rock de los años ochenta, políticos populistas de los años ochenta, personajes de series de televisión de los años ochenta y, lo que es peor, mi propio yo, preadolescente y adolescente, de los años ochenta”, p.28). Y esa operación cisoria constituirá el punto de inicio del breve asunto de la obra, que reunirá a una peluquera bretona, un dedo amputado, un ecuatoriano que quiere escribir un libro, una editora ansiosa porque Juan Pablo no le entrega suficiente texto de su nueva novela y dos secretarias que, tercas, se niegan a expedir un certificado de lo más banal.

Y, aliñándolo todo, un espléndido conjunto de detalles literarios, que harán las delicias de cualquier lector atento: reminiscencias del cuento “En la barbería”, de Chéjov (léanse las páginas 40-41), homenajes a Laurence Sterne (el más evidente, en la página 76) y otra porción de sonrisas, que convierten esta experiencia en un continuo disfrute, altamente recomendable.

No tardaré mucho en volver a Juan Pablo Villalobos.

(Postdata: Para entender mejor el juego de palabras del título, que enraíza con la fórmula Filosofía y letras, búsquese en Internet cualquier foto del autor)

viernes, 21 de junio de 2024

La última primavera

 


Muchos conocemos el dolor ancestral de perder a una madre, el desgarro inaudito de saber y asumir que quien te dio la vida ya no la posee, como si te hubiera entregado la antorcha, antes de cerrar los ojos y despedirse para siempre. Por eso, resulta conmovedor leer el modo en que la escritora Rosario Guarino rinde un homenaje poético a su propia madre, con tinta de lágrimas, en su obra La última primavera, que le publica el sello MurciaLibro.

Dueña de un sólido bagaje clásico (es continuo el fluir de nombres y citas, que añaden un delicioso aroma grecolatino al texto: Virgilio, Catulo, Homero), la mirada lírica de la autora repasa todos los pormenores del amor filial, de la erosión, de la languidez, de la belleza, del valor impagable de la amistad, de la tristeza, de la esperanza. Nos recuerda cómo se siente el corazón desde la ausencia de la madre (“Y soy como una casa abandonada / a la que devora la maleza / hasta quedar expuesta a la intemperie”); y lo importante que resulta comunicar el afecto, mientras aún es posible, a las personas vivas a quienes amamos (“Que si bello es vivir siempre / en el recuerdo de otros / aún más bello es que te abracen / y te digan que te quieren / cuando es posible sentirlo / y entender las diferencias, / y tomar unas cervezas / sin viajar al Paraíso. / Por si acaso el Paraíso / no supiera de cervezas”); y la tristeza insondable de no completar debidamente el ritual de la despedida (“¿Dónde irá sin adioses quien se marcha? / ¿Qué hacer con el adiós que se nos queda?”); o el necesario cumplimiento de la última voluntad, tan delicada, de la autora (“Plantad junto a mi tumba / un jazminero / y no olvidéis regarlo / con poesía”); o la forma en que se roza, en el último instante, el misterio más hondo y puro del vivir (“Ahora, tal vez, conozcas el secreto”).

Pero la grandeza de este libro no se detiene ahí, porque la editorial ha tenido la feliz idea de componer un volumen de doble lectura, en español y en griego (no olvidemos que la autora es profesora en la universidad de Murcia y doctora en Filología Clásica). Y además presenta el tomo con una bellísima ilustración de cubierta firmada por la pintora Carmen Molina Cantabella.

Ni estética ni literariamente se puede pedir más.

IMPRESIONANTE.

miércoles, 19 de junio de 2024

El linaje de Alou

 


Nora es una mujer a la que se detiene, acusada de brujería, durante los fieros años de la Inquisición. Pero consigue que su hija Liliana se oculte providencialmente en el bosque y quede a salvo de las garras de sus captores, instigados por el malvado don Teobaldo, señor del castillo de Alou. La niña, con la inestimable ayuda de un hombre de buena voluntad, consigue sobrevivir y llegar a la juventud. Y entonces la historia da un giro inesperado. El señor de Alou, casado con la hermosa doña Enara y padre del aguerrido Gossel (14 años) y de la pizpireta Griselda (6 años), ha tomado una decisión aparentemente inocua: quiere que todos los miembros de su familia queden inmortalizados en lienzos, que luego colgará en las dependencias del castillo. Para eso, y asesorado por su inseparable ayudante Hazdel, un soldado de enorme fidelidad, hace traer ante sí a Zacarías Mahaguz, un pintor ambulante de pericia legendaria y salud algo achacosa, quien acepta el encargo que el señor de Alou le propone. Con pinceladas sabias, Mahaguz consigue una imagen de Griselda que impresiona a todos por la exactitud de sus líneas; pero dura poco esta alegría, porque la pobre niña cae enferma y muere en un plazo brevísimo de horas. Pero es que cuando los pinceles de Mahaguz retratan a doña Enara, esta sufre un proceso de envejecimiento muy veloz; y cuando es su marido don Teobaldo el que posa para el retratista la debilidad lo erosiona hasta el punto de postrarlo en una cama… ¿Qué está ocurriendo? Gossel, con la ayuda de Hazdel, tendrá que descubrir qué diabólico mecanismo está erosionando a su familia, hasta el punto de colocarla al borde de la destrucción.

Nada más procede decir, salvo que el tinerfeño Daniel Hernández Chambers atrapa la atención hasta la última página y sale airoso del reto novelístico. Como está mandado.

martes, 18 de junio de 2024

Dentro de un siglo

 


Escrito y estrenado en 1921, el juguete cómico Dentro de un siglo, de Pedro Muñoz Seca, se construye sobre una idea tan simple como eficaz: la de imaginarse cómo será la ciudad de Madrid un siglo más tarde, cuando hayan triunfado las ideas de izquierda y se haya producido un cambio en las clases sociales. Así, nos encontramos en “Eureka”, una zapatería comunista en la cual trabaja como operario un antiguo duque, que debe mostrar sumisión ante un patrono más basto que unos calzoncillos de esparto. En el mundo laboral, las cosas han dado un giro brusquísimo, instaurándose la jornada de dos horas y cuarto y con un ritmo de trabajo que no estrese (“Los carteros no reparten al día más que once cartas cada uno”). Y en el mundo elegante de la nueva alta sociedad, los banquetes han experimentado una sensible alteración (“¡Vaya sopa de ajos, y vaya merluza a la vinagreta, y vaya morapio para rociarlo to!”). Un carbonero de Gibraltar ha sido nombrado embajador; los abogados se colocan en las esquinas ofreciéndose como repartidores; y un guarda de la Cibeles es el nuevo ministro de Marina. El gozo máximo consiste en no trabajar, porque lo importante es la felicidad y la holganza (“Aquí somos comunistas, y las alegrías de unos deben ser de todos”).

En suma, una pieza cómica, coyuntural y distraída, que no ha de tomarse más allá de lo que es: un divertimento.

lunes, 17 de junio de 2024

Tres maestros ante el público

 


Tres ensayos, deliciosamente escritos y hondamente atinados, componen este volumen que, con la firma de Antonio Buero Vallejo, lleva por título Tres maestros ante el público. Lo conozco desde hace años por sus piezas dramáticas (es uno de los grandes del teatro español del siglo XX) y también por sus apuestas artísticas (quién no recuerda su retrato de Miguel Hernández), pero su faceta de ensayista aún no la había explorado. Y qué delicia, oigan. Admirable.

En el primero de los trabajos reflexiona sobre los modos que tiene Valle-Inclán para retratar a sus personajes: bien observándolos desde abajo (“De rodillas”), bien situándose a su altura (“En pie”), bien juzgándolos desde la altura (“En el aire”). Y, sobre todo, aborda la manera en que esa óptica influye en la percepción que los lectores tenemos de ellos, en función del retrato de don Ramón.

En el segundo, analiza (con una minuciosidad impresionante y con detalles técnicos que anonadan) el manejo de las perspectivas y las líneas de fuga en el cuadro Las Meninas, para demostrar (me parece muy evidente que lo demuestra) que el espejo del fondo no reproduce la imagen de unos reyes que miran a Velázquez mientras trabaja, sino que refleja lo que el sevillano está pintando en el lienzo.

En el tercero (su discurso de ingreso en la Real Academia Española), se centra en los dramas de Federico García Lorca, que siempre supo colocarse del lado de quienes sufren y, por eso, su teatro “se incendia de sinceridad” (p.108). Con un buen aparato de conexiones y discrepancias, Buero va perfilando la posición de Lorca con respecto al teatro esperpéntico del noventayochista Valle-Inclán (que juzga de “maravilloso y genial”, pese a que lo catalogara de “detestable como poeta y como prosista”), hasta que el granadino alcanzó la plenitud trágica y social con sus propias piezas.

Al final, se cierra el tomo (el delicioso tomo) con la sensación de que han sido cuatro, y no tres, los maestros que han desfilado por delante de mis ojos.

Qué grande era Buero Vallejo.

sábado, 15 de junio de 2024

El último enigma

 


Estamos en Flandes, en el año 1564. En medio de la noche, la puerta del doctor Jacob Palmaert es golpeada nerviosamente por el abogado Bartolomé Loos, quien insiste en que lo acompañe a su casa, porque necesita de sus servicios como galeno especializado en enfermedades mentales. El doctor, mientras lo acompaña, se entera de que el abogado Loos es uno de los miembros de la Hermandad del Enigma de Salomón, y que el motivo de su angustioso requerimiento se basa en que los demás componentes de dicha sociedad, tras recibir un mensaje esotérico y leer su contenido, han ingresado de forma unánime en una extraña locura.

Pronto se incorpora a la trama, en una trayectoria anexa, el joven Ismael, sobrino del canónigo Sebastián Leiden. El muchacho trabaja en una posada, pero en realidad lo que está haciendo es controlar a los viajeros que transitan por la misma. Al fin llega alguien que atrae su atención, y el chico le comunica a su tío que, en su opinión, el recién llegado es un Maestro de Enigmas de la Hermandad. De hecho, y viendo que el desconocido se va de la posada antes de lo esperado, se apresta a perseguirlo a una distancia prudente. Se trata (lo descubrirá pronto) de Juan de Utrecht, un hombre sigiloso, precavido e inteligente, que se mueve con la habilidad de un felino y al que no resulta fácil espiar o controlar. Pero es que a la suma de inconvenientes que debe superar Ismael se suma el nombre de Lucas Lauchen, un inquisidor que, obsesionado con la figura de Juan de Utrecht, ha contratado a dos asesinos profesionales para que lo maten… y para que maten de igual modo al chico que lo acompaña.

Entretanto, los enfermos mentales retenidos en la mansión del abogado Loos no dejan de empeorar, ante el desconcierto del doctor Palmaert, quien no se muestra capaz de sanarlos. Uno de ellos, incluso, se suicida.

En ese punto entra en juego la prodigiosa habilidad novelística de Joan Manuel Gisbert, quien comienza a dar giros a la acción hasta conseguir que los lectores vayan de asombro en asombro, vertiginosamente embriagados. Una anagnórisis muy bien trenzada en los capítulos finales cambiará con inteligencia el rumbo de la obra. Una brillante narración, marca de la casa.

jueves, 13 de junio de 2024

La noche mágica

 


Estamos en el Territorio de los Roijales. El “infame Umayya, cuya soberbia le llevaba a denominarse Rey sin serlo” es un poderoso musulmán de Aspe que ha incurrido en la tiranía de rapiñar cuanto se encuentra a su alrededor, causando pobreza, miedo y estropicio a los lugareños. El rey legítimo es Kharuyn, famoso por sus artes mágicas y prendado de la infanta Rosvinda, quien no puede serle entregada en matrimonio porque ya se encuentra comprometida por su padre con el infante Fernando de Aragón. Celoso por ese presunto desdén que se le inflige, la rapta y reduce al papel de cautiva, concibiendo con ella a una niña (Zulaida). Luego mata al padre de Rosvinda y al infante Fernando.

Con ese sangriento punto de arranque se inicia la historia legendaria de “La Encantá”, una muchacha que se encuentra entre dos mundos (el cristianismo y el Islam) y que, escindida por lealtades contrapuestas, se ve sometida a una mágica venganza que la sumerge en las profundidades de la Tierra hasta que, en la noche de San Juan, alguien pueda acudir en su auxilio. En este relato, que Salvador García Aguilar acomete con una prosa bruñida y de aroma arcaizante, asistimos a batallas, emboscadas, hechizos, traiciones, envidias, mezquindades, amores y tristezas, que nos recuerdan a las viejas historias del mundo medieval y del folclore, que seguramente producirían escalofríos al escucharlas de noche, al amor de la lumbre.

Tampoco habría sido una mala idea leerla con esa ambientación, que me atrevo a sugerirles.

miércoles, 12 de junio de 2024

El legado de Hipatia

 


Sabemos que ciertos personajes de novela están más vivos que muchas de las personas con las que nos tropezamos por la calle. Igualmente sabemos que los libros pueden ser misteriosos, y sorprendentes, y mágicos. Que pueden intrigarnos, hacernos viajar, proponernos enigmas y perturbar nuestras seguridades, lanzando nuestra fantasía hacia fronteras insospechadas. Vicente Muñoz Puelles, en su relato El legado de Hipatia, nos ofrece una historia que participa de todas esas brujerías deliciosas: un escritor insomne está redactando una novela sobre Hipatia, mujer erudita de Alejandría que no goza del respeto del patriarca Cirilo, ni tampoco de los cristianos eminentes de la ciudad, porque esa mujer “enseñaba a razonar, a cuestionar las verdades establecidas. Ellos preferían un pueblo sumiso, crédulo, ignorante” (pp.15-16). Pero la confección de esta obra narrativa obliga a Muñoz Puelles a consultar un viejo ejemplar de la Alejandría de E. M. Forster, heredado de su abuelo. Y ahí comienza la auténtica aventura, porque el escritor advierte que los libros de su biblioteca parecen tener vida propia: vuelven solos a su sitio de la estantería (ansiosos por compartir la balda con sus iguales), se dejan caer al suelo cuando quieren llamar la atención, etc. Los libros se revelan entonces como seres vivos, dotados de sentimientos y voliciones, ahí donde las fronteras entre la realidad y la ficción ya no existen, o están desdibujadas por la niebla del fervor. Su abuelo, lector quijotesco, entusiasta y voraz, le transmitió la pasión por los libros (“Leía desde que se despertaba por la mañana, mientras desayunaba en el comedor y luego en la biblioteca. Leía en el lavabo y hasta en la bañera, donde había instalado una especie de atril. En plena gula literaria leía durante el almuerzo y durante la cena. Leía hasta que le vencía el sueño y entonces seguía soñando con libros, con historias y con caudalosos ríos de palabras”, p.31). Un día, se declara un incendio en la biblioteca del escritor protagonista, y la situación no acaba en desgracia merced a una intervención fantasmagórica, que da color y fantasía a las últimas líneas del texto.

Muy agradable lectura.

lunes, 10 de junio de 2024

Heroidas

 


Que los clásicos grecolatinos conforman la base del pensamiento y el arte europeos no constituye una afirmación que necesite explicaciones (y mucho menos pruebas): bastaría con anotar los nombres egregios de Homero, Platón, Virgilio, Safo, Sófocles, Séneca o Eurípides para que hasta la persona más escéptica lo admita sin discusión. Dentro de ese listado de primera magnitud ocupa un lugar muy destacado Publio Ovidio Nasón, autor del Arte de amar o las Metamorfosis. Y también autor de Heroidas, una hermosa colección de cartas donde dieciocho mujeres y tres hombres (casi todos pertenecientes al mundo de la mitología) dibujan con tinta sus zozobras de amor.

Se trata de páginas exquisitas (desde el punto de vista literario) y muy profundas (desde el punto de vista psicológico), en las que Medea, Fedra, Dido o Paris nos abren sus corazones para que leamos, escrita con la roja tinta de la sangre, su particular glosa sobre las tribulaciones que los malhirieron. Penélope se queja por carta a Ulises con motivo de su tardanza, que no acierta a entender (“Hay mieses ya donde se alzaba Troya, y la tierra que la hoz ha de rasurar brota exuberante, fertilizada con la sangre frigia. Los curvos arados rompen los huesos semisepultos de los guerreros; la maleza esconde las casas en ruinas”). Filis decide ahorcarse tras ver cómo el ingrato Demofoonte no parece dispuesto a volver a su lado, como le prometió (“¡Ojalá fracase todo aquel que crea que las acciones deben juzgarse por sus resultados!”). Enone se queja ante Paris de lo pronto que la ha olvidado, para solazarse ahora con su reina veleidosa (“Contigo pasé mis años juveniles y pido seguir siendo tuya durante el resto del tiempo”). Hipsípila recrimina a Jasón que la abandonase sin remordimiento, para irse con otra (“A los débiles el dolor mismo les ofrece cualquier clase de armas”). Ariadna, abandonada por Teseo en la isla de Naxos cuando huían juntos, llora por la ingratitud de su enamorado y le pide que regrese (“Estas manos cansadas de golpear mi triste pecho las tiendo, desdichada, a ti a través de los anchos mares. Angustiada, te muestro estos cabellos que me quedan. Te ruego por mis lágrimas, que en tu conducta tienen su origen: ¡haz virar tu nave, Teseo, y deslízate en dirección contraria con viento cambiado! Si muero antes, tú al menos te llevarás mis huesos”). Cánae, la hermana enamorada de su hermano y fertilizada por él, da a luz un hijo. El padre lo hace descuartizar y le envía a su hija una espada para que se arrebate la vida. Cánae escribe a Macareo pidiéndole que, después de su muerte, coloque los restos del bebé junto a los suyos en el sepulcro. Laodamía le pide a su esposo Protesilao (que sabemos que fue el primero en morir durante el cerco de Troya) que se proteja y vuelva vivo: que no se exceda en el arrojo, que salga el último de la nave, etc. Safo recuerda a su enamorado Faón, con quien en todo momento se mostró sumamente fogosa (“Mi incontinencia te hacía gozar más de lo ordinario, y mi continua movilidad, y mis palabras adecuadas al juego”) y al que, pese a la distancia, aún recuerda en la soledad de su lecho (“Lo que viene después me avergüenzo de contarlo: pero todo llega a su culminación y hay placer y no me es posible permanecer seca”).

Podría completar varias páginas de explicaciones y ni siquiera me acercaría a trasladar en la reseña un pálido reflejo de las infinitas bellezas de esta obra.

Es Ovidio, por Dios santo y bendito. Hay que leerlo.

domingo, 9 de junio de 2024

El secreto de Lena

 


Lo conocemos, sobre todo, por Momo y por aquel prodigio titulado La historia interminable (no dejen de poner la novela, mejor que la película, en manos de sus hijos), pero Michael Ende también escribió historias más breves, como El secreto de Lena, que ahora termino en la traducción de Marinella Terzi e ilustrada por Jindra Capek. Se trata de una fábula moral sobre una niña díscola e irascible, que disfruta llevando la contraria a sus padres y que no consiente en modo alguno que ellos procedan de la misma forma. Para lograr que siempre acaten sus decisiones acude hasta el consultorio de un hada que tiene seis dedos en cada mano, la cual le entrega unos terrones de azúcar que facilitan un hechizo escalofriante: una vez que sus padres se los coman, disueltos en el té, verán cómo su estatura se reduce a la mitad en cada ocasión en que le lleven la contraria. Resulta fácil imaginar el alborozo de la niña, que aplica de inmediato la receta.

Desde ese instante, sus progenitores se van encogiendo hasta alcanzar unas dimensiones liliputienses, y esto termina por agobiar a la desaprensiva chiquilla, que vuelve hasta el local del hada en busca de una solución. Entonces descubrirá el altísimo precio que deberá abonarle para revertir el angustioso proceso.

Escrita con gracia y fluidez, esta educativa narración resulta idónea para leerla por las noches a nuestros hijos más pequeños. Les gustará tanto como a nosotros.

viernes, 7 de junio de 2024

La molinera de Arcos



Se defiende el dramaturgo asturiano Alejandro Casona, en la contracubierta de este libro, contra las críticas que le pudieran venir por la escasa originalidad del tema de la obra La molinera de Arcos, incidiendo en la importancia de otros ingredientes, como la “expresión artística” de la misma. No hizo mal en precaverse, porque resulta obvio que el asunto central (el acoso que sufre una moza rústica por parte de un poderoso, que ignora sus vínculos matrimoniales y pretende solazarse de modo horizontal con ella) ha aparecido docenas de veces en la historia de la literatura, desde la Biblia hasta ciertos dramas de Lope de Vega. Nihil novum sub sole. Y tampoco supone novedad alguna el perfil íntimo de los personajes que en ella concurren (la muchacha virtuosa, el celestino servil, el ricachón prepotente, el marido confiado y después vengativo). Pero sí que es cierto que Casona agrega algunas especias que vuelven agradable el drama, y lo envuelven en un halo elegante, en el que la firmeza, la honestidad, el donaire de la protagonista, la gracia burlona y hasta algunos ramalazos de humor, se unen para provocar constantes sonrisas en los lectores (préstese audiencia sobre todo a los numerosos juegos de palabras y a las frases de intención equívoca o malévola que cruzan la atmósfera escénica). También es original que el asedio que sufre la joven molinera esté protagonizado por tres gerifaltes (un Fiscal, un Comandante y un Corregidor), e incluso por un cuarto, si añadimos al sinuoso Deán (casi más pendiente de las lindezas gastronómicas y el buen vino que de los esplendores femeninos de la muchacha); o que las esposas de estos babosos, conscientes de las flaquezas de sus maridos, decidan estar pendientes de cada paso que dan en torno a la chica.

Adéntrese el lector en la obra sabiendo lo que encontrará (asechanzas nocturnas, galanteos improcedentes, comicidad sencilla y final moralizante) y tiene aseguradas un par de horas de entretenimiento.

jueves, 6 de junio de 2024

Los bosques perdidos

 


Once cuentos conforman este volumen que el coruñés Miguel Ángel Villar Pinto (nacido en 1977) publicó con el sello Edimáter, de Sevilla. Y en cada uno de ellos se esconde una enseñanza y un motivo para la reflexión de sus jóvenes lectores.

En “El rey leñador” descubriremos que el precio que se paga por la prosperidad es, en ocasiones, excesivo; “La estatua y su pedestal” es una bella y contundente fábula ecológica, ambientada en una isla que sufre las amenazas de un volcán iracundo; “Tonelcillo” fabula sobre cómo pudo ser la infancia del primer gran comerciante de la Historia; “Dindán” supone una aproximación al mundo de los duendes, que existen cuando soñamos y que se extinguen cuando perdemos las fantasías e ilusiones (“Aunque los hombres lo ignoren, basta con que a los sueños se les desprecie una sola noche para que el mundo se vuelva totalmente gris”, p.48); “El problema de Gengar” es quizá el más endeble de todos los relatos del volumen, y es presentado como un cuento de aprendizaje, donde se nos pregonan las bondades de la moderación y la mesura; “Búho grande” es la historia peculiar de un ser que, en medio de la incomprensión de quienes lo rodean, deberá indagar y descubrir su propia identidad; “La pregunta del emperador” se articula en torno a un monarca al que aturde la inacción de un periodo de paz, que él mismo ha propiciado; “Iberto y la mala suerte” nos resume la patética historia de un botarate irreflexivo, que construye su desgracia a golpe de desidia, pero que culpa al mundo (es siempre la postura más fácil) de su estado; “El pequeño Tinsú” se centra en la insensata excavación que un visionario emprende, entre la rechifla de sus coetáneos, pero que terminará siendo aceptada como genialidad laboriosa; “La princesa infeliz” es el relato de alguien que no supo abalanzarse hacia el amor y que perdió por ello toda esperanza de alcanzar la dicha y la plenitud; y “Elisa y los animales del bosque” es la divertida narración (con moraleja) de una niña más bien desaprensiva, que siembra el caos creyendo hacer el bien.

Lectura distraída para los 10-12 años.

martes, 4 de junio de 2024

El testamento de Cervantes

 


Comenzaré declarando que, como lector, suelo sentir escaso afecto por los prólogos, que me aburren cuando son encomiásticos (esos escritores que actúan como padrinos de la criatura recién nacida), me irritan cuando son paternalistas (esos autores pretenciosos que nos dibujan los carriles por los que debemos conducir, para un mejor provecho, la inminente lectura de su obra) y me paralizan cuando son torpes (rasgo estilístico que he descubierto más veces de las que quisiera recordar). Como es lógico, existen también piezas que, por su brillantez, escapan a esta taxonomía: aduciré como único ejemplo paradigmático el de Jorge Luis Borges. Pues bien, el volumen de relatos El testamento de Cervantes, de la madrileña Elena Prado-Mas, se abre con uno de los prólogos más hermosos y más brillantes que he leído en mi vida. Lo voy a repetir, para que no se despiste nadie: uno de los prólogos más hermosos y más brillantes que he leído en mi vida. Y las nueve historias que se alinean después, para alegría de lectores, continúan con ese mismo tono de elegancia literaria, que se mantiene hasta la última página.

Pueden comprobarlo en “El lego”, donde un conocido juego infantil se convierte en la columna vertebral de un relato inquietante, que en sus líneas finales alcanza su apoteosis triste. Pueden comprobarlo en “La capilla de San Isidro”, donde un profesor que está corrigiendo exámenes se adentrará por un sendero imposible, tan turbador como terrorífico. Pueden comprobarlo en “El interfono”, donde un artefacto pediátrico parece conducirnos hacia un territorio paranormal. Pueden comprobarlo, en fin, en historias que nos hablan de miedos atávicos (“La piscina”), de fascinaciones reanudadas (“Arcoíris circular”), de pájaros justicieros (“La cuesta de Moyano”) y hasta de reuniones dominadas por el sentido del humor (“Junta de evaluación”). Y, por favor, por favor, compruébenlo en esa maravilla que cierra el tomo y que pone ante nuestros ojos un episodio centrado en la figura de don Miguel de Cervantes, donde se nos habla de amistad, amor y defensa de la cultura.

Un libro magnífico. Magnífico de verdad. Lleno de literatura auténtica, de la que no envejece, de la que nos hace sonreír y cabecear, de la que permite que la luz entre por la ventana. Memorable.

lunes, 3 de junio de 2024

Muerte en la ría

 


A veces me ocurre. El nombre de un autor (o los elogios sobre su obra) me rondan, dan vueltas a mi alrededor, me reclaman. Y de pronto, sin que sepa explicarme muy bien por qué ahora y no hace seis meses o dentro de un lustro, el azar coloca uno de sus libros entre mis manos y decido poner fin a mi ignorancia. Me acaba de suceder, gozosamente, con Javier Sagastiberri y su novela Muerte en la ría (Erein, 2024), que he leído en dos tardes y que me ha parecido magnífica. Con asombro y con admiración he ido viendo cómo el autor iba disponiendo las piezas narrativas sobre el tablero, para ir construyendo con eficacia e inteligencia su partida de ajedrez: un pistolero a sueldo, perfectamente aclimatado en España y que respeta unos códigos rigurosos de conducta; unos agentes de la ley muy bien definidos e individualizados, que no siempre pertenecen al lado de la luz; una abogada feminista que lucha por los derechos de mujeres maltratadas y que paga con la vida el despliegue de su coraje… Casi podemos apreciar los dedos de Javier Sagastiberri mientras sitúa con astucia los alfiles, los peones, la reina, las torres. Y la respiración del lector se acelera cuando ve que comienzan a moverse por los escaques.

Con capítulos cortos (donde los acontecimientos “marchan al galope”, como le gustaba decir a Pío Baroja), la trama se va abriendo desde un punto inicial que actúa como detonante: aparece en la ría, cerca del museo Guggenheim, el cadáver de una mujer de unos treinta años, que según deducciones forenses lleva varias jornadas sumergido en el agua. Pronto, las investigaciones de las ertzainas encargadas del caso, permiten descubrir su identidad: Sofía Alabaster, una abogada especializada en casos de violencia de género. Su joven compañera, Eva Arrozpide, se derrumba al enterarse del crimen. A partir de ahí, las sospechas se van ramificando y aparecen varios sospechosos: algunos pertenecen a la clase alta de Neguri; otros, a los brutales entornos de las mafias centroeuropeas. Cada pocas páginas nos saldrán al paso asesinos implacables que utilizan munición Parabellum, millonarios sin escrúpulos, personalidades sádicas, impagables descripciones psicológicas y espléndidos diálogos. Idoia Sagarduy y Ana Larburu tendrán que ir avanzando, entre nieblas, verdades y mentiras, para descubrir la solución del caso. Y tendremos que acompañarlas en ese viaje. Créanme si les digo que merece la pena.

sábado, 1 de junio de 2024

Setenta y dos vírgenes

 


Sara es una chica que, pese a estar graduada en Filología Hispánica, no tiene demasiada fe en sí misma. En su adolescencia soñó con ser escritora, pero pronto descubrió que la timidez coartaba sus posibilidades, porque tendía a dejarla muda en los momentos cruciales de exposición al público. Quienes la rodean (su amiga Alba, lectora de español en Reikiavic; su hermano Manuel, firme en su tarea de arroparla) sí que parecen dotados de una entereza anímica de la que ella adolece. Pero un día, mientras está tomando café en un local de nombre emblemático, dos extremistas armados con cuchillos inician una masacre al grito de Allahu àkbar. Paralizada por el horror, Sara solamente acierta a pronunciar una frase, ante el rostro iracundo del yihadista que pretende degollarla. Y esa frase (que no revelaré aquí) salva su vida, aunque la embarca en una experiencia delirante, en la que pronto comienzan a mezclarse una presentadora de televisión y varios agentes de policía, que la rodearán hasta el final (celérico y angustioso final) de la narración, donde se exploran las fronteras de la fe y del desconcierto, así como los mecanismos que construyen (o erosionan) el mundo en que vivimos.

Con esta obra, titulada Setenta y dos vírgenes y merecedora del XXIV premio de novela corta Salvador García Aguilar, la madrileña Chelo Sierra vuelve a mostrar la elegancia y la contundencia de su prosa, que combina de manera inmejorable la belleza estilística, la profundidad psicológica, la eficacia discursiva y el humor, para que los lectores queden al instante atrapados por su historia. Descúbranla.

jueves, 30 de mayo de 2024

Pastillas debajo de la lengua

 


Hay libros que, bajo su engañosa apariencia, no son realmente libros, sino otra cosa. Lo constaté al terminar Los lagos de Norteamérica (https://rubencastillo.blogspot.com/2019/12/los-lagos-de-norteamerica.html) y vuelvo a experimentar la misma sensación con la última entrega poética de Luis Sánchez Martín, en el sello Liliputienses, que se titula Pastillas debajo de la lengua y que nos invita a un viaje turbador y desgarrado por la mente, el corazón y la memoria de un ser herido por las tribulaciones, que navega por el alcohol, el llanto, la farmacopea, la soledad y las ideas suicidas en un mundo en el que Dios ha muerto y se lo ha llevado todo. Cursó estudios de Ingeniería y de Empresariales (abandonó cuando no le permitieron aprobar una asignatura con un 4’8), e incluso se defiende con el idioma inglés, pero trabaja como camarero y escucha de continuo la letanía de que no debe quejarse, porque otros están peor. No puede esperar nada de su familia. No puede esperar nada del amor. No puede esperar nada. Punto.

Hay tragos que adormecen, pastillas que anulan artificialmente la angustia o que disimulan el naufragio, pero los gritos no se solucionan simplemente mordiendo un pañuelo. La voz poética intenta “acariciar las bombillas / que iluminan esta habitación / llena de ciegos” y se siente como el cigarrillo que, abandonado en el borde de un cenicero, se ha convertido en una fría columna gris, que una simple brisa puede desbaratar. Ni siquiera cobija la ilusión de que las cosas viren hacia un territorio menos hostil, porque “la esperanza es una enfermedad / que mata mientras esperas”. Y, sobre todo, ha aprendido que lo terrible de la depresión y de la tristeza profunda es que, en ese lodazal, siempre se está solo, por más manos que se tiendan o finjan tenderse. Eres un Minotauro, auxiliado o aturdido por esas pastillas que, situadas bajo la lengua, te regalan su oasis engañoso pero imprescindible.

Insisto: un volumen durísimo, que hay que leer y que duele leer. Un testimonio lleno de crudeza y con gotas de sangre y de alcohol empapando cada página. Una crónica del extrarradio. Un bisturí sin misericordia.

IMPRESCINDIBLE.


martes, 28 de mayo de 2024

Reyes de la montaña

 


Quizá recuerden ustedes, aunque sea a grandes rasgos, el argumento de la novela El señor de las moscas, de William Golding, aquella poderosa narración en la que un grupo de niños, supervivientes de un terrible accidente aéreo y que terminan recalando en una isla desierta, deben organizarse como grupo, como sociedad, para sobrevivir. Al principio, imperan entre ellos la moderación y el sentido común, pero el transcurso de las semanas los va asilvestrando y sacando de ellos la parte más oscura, más tenebrosa, más inquietante. Ahora, desde el mes de marzo de 2024, tenemos en las librerías la novela Reyes de la montaña, con la que el talentoso y multipremiado Daniel Hernández Chambers revisita la idea en un formato distópico y juvenil: diez adolescentes, que proceden de un Centro de Menores, son reclutados para participar en una excursión de dos semanas que se desarrollará en un entorno agreste de montaña, donde deberán aprender a cazar, pescar, encender fuego y otras actividades de supervivencia y compañerismo. Lo que no podía imaginarse, ni en sus peores pesadillas, es que mientras ellos se dedicaban a vivir esa experiencia, el mundo sería arrasado por un virus que exterminaría toda forma de vida humana… salvo a ellos. Al principio, como es evidente, los zarandea la incredulidad; luego los asalta el desconcierto; y, por fin, los anega el pánico. Pero hay que sobreponerse, porque la vida siempre aúlla para continuar: deben repartirse los trabajos de caza y pesca, deben proveerse de un refugio que los proteja de la lluvia y el viento, deben mantener siempre viva una hoguera… En suma, deben refundar la civilización, como aquellos Rhodo y Rosía que ideó el chileno Pablo Neruda.

Fricciones, pactos, peleas, concesiones, amores, odios, envidias, amistad y racismo se irán mezclando en sus magníficos diálogos, hasta llevarnos por un sendero narrativo que se va haciendo cada vez más áspero, más escarpado, más desasosegante, hasta conducirnos a un final que (sin revelarles ningún pormenor) les formará un nudo en la garganta.

El premio Edebé de Literatura Juvenil vuelve a acertar en la designación de su ganador: Reyes de la montaña es una novela adictiva, briosa y robusta, que te mantiene el corazón acelerado hasta la última página.

lunes, 27 de mayo de 2024

El silencio del asesino

 


Ernest Morrison, viudo de Mary Adams, vive en su solitaria propiedad de Twin Willows Manor, en Wiggfield, con la única compañía de su ama de llaves, y sin necesidad de ejercer oficio alguno (las rentas que su mujer le dejó resultan suficientes para vivir con holgura). Un día, en plena partida de cartas, la policía le pide que los acompañe, causando sorpresa entre sus compañeros de juego. Al parecer, se han hallado en su jardín los restos de una mujer asesinada. Y el comisario Todd se muestra convencido de que se trata de la pobre Mary Adams. Morrison trata de defenderse explicando que su mujer murió hace diez años en Brasil. ¡Es imposible que se trate de ella! Pero un elemento parece indicar que sí: el cadáver muestra un aparato ortopédico como el que Mary llevaba desde la infancia por culpa de la poliomielitis. Ernest Morrison, insistiendo de forma constante en que él no mató a su esposa, no ayuda precisamente a resolver el enigma.

Durante el juicio, que ocupa la mayor parte de la novela, escucharemos los testimonios de Ann Mac Nigan (ama de llaves que deja salir su resentimiento hacia Morrison, a quien siempre ha considerado un cazafortunas), el director del banco (que da cuenta de ciertas irregularidades en las transacciones dinerarias de Mary Adams), Claire Stanford (una excelente amiga de la difunta) y otros personajes, que irán formando en la mente de los lectores una imagen cada vez más nítida de lo que ocurrió con el matrimonio formado por Ernest Morrison y Mary Adams. El detallado resumen que realiza el fiscal sobre el presunto crimen en el capítulo 13 es demoledor.

Pero cuando está a punto de pronunciarse la sentencia, Morrison pide la autorización del tribunal para dirigirse a Twin Willows Manor y demostrar así de un modo tajante y definitivo su inocencia: afirma saber quién es el asesino real de la pobre Mary. Y no fue él. Una serie de sorpresas encadenadas provocarán el asombro creciente del lector, quien terminará descubriendo una realidad muy distinta de la que ha ido sospechando durante el transcurso de la novela.

Buena novela judicial juvenil, que cautivará a los lectores adolescentes.

domingo, 26 de mayo de 2024

Amor en juego

 


Cinco son los grupos que, según el grado de intensidad, pueden trazarse según Elena Ferrándiz para practicar los juegos asociados al sentimiento amoroso: enamoramiento, conquista, emparejados, desiguales y, por fin, solitarios. Y para cada uno de esos niveles la autora propone una serie de actividades lúdicas, tan divertidas como metafóricas, que pueden verse en este libro publicado por el sello barcelonés Thule.

En el enamoramiento, dominan juegos como la ruleta o la gallinita ciega, y en ellos interviene una buena porción de azar, que acelera el corazón y lo impulsa hacia el cielo (es decir, hacia otro corazón), anhelando un vínculo que esté aromado por el perfume de la eternidad.

En la conquista (vocablo que ya Jorge Manrique, guerrero y poeta, usaba en sus poemas menores), conviene que los jugadores se tornen expertos en disfraces, en el póquer y en el pilla-pilla. Huelga añadir comentarios.

En la etapa de emparejados, cuando las partidas son más largas, las opciones se deslizan hacia el ajedrez y los juegos de rol, donde las estrategias y la adopción de una personalidad inteligente resultan claves.

En el tramo de bajada, cuando las partes de la experiencia amorosa ya no actúan al unísono (“Mientras que para uno es solo un pasatiempo, al otro le va la vida en la partida, y termina perdiéndola irremediablemente”), los juegos dominantes serán la peonza y el yo-yó.

Y, al fin, “cuando el corazón no tiene compañero de juego con quien compartir movimientos y latidos”, es la hora de concentrar los ojos y la mente en los naipes del solitario.

Un libro simpático, muy bien ilustrado por la propia Elena Ferrándiz, que puede amenizar una tarde de lectura.

jueves, 23 de mayo de 2024

El Nudo

 


Resulta admirable que la escritora Monserrat del Amo sintiese la necesidad de estar innovando en el mundo de la narrativa juvenil incluso en sus años de senectud, cuando tantos otros autores ya se han rendido, mucho más jóvenes, a la molicie de la repetición de fórmulas. Sirva como ejemplo su obra El nudo, con la que obtuvo en 1978 el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, y que presenta una ficción con tres partes bien diferenciadas. En la primera nos habla de las peripecias de Manu, Kimu, Gud y otra porción de personajes que viven en lo alto de una montaña escarpada. Forman una tribu de cazadores, tecnológicamente retrasada, pero que viven en perfecta armonía interior, en una especie de Sangri-La con tintes edénicos… hasta que se enteran de que los habitantes del llano, armados y belicosos, pretenden invadir su mundo y convertirlos en esclavos. Transmutados entonces en defensores de su modo de vida, los niños de la tribu comenzarán a comunicarse mediante el sonido de sus arcos, y crearán de ese modo mítico la música. En la tercera parte del volumen nos dedicaremos a hacer alpinismo con Agustín, Gonzalo y María, que escalan una alta montaña y que, una vez en la cumbre, descubren un detalle que los desconcierta: una figura con una escafandra, que resulta ser un extraterrestre y que reacciona de un modo muy peculiar al contacto con los seres humanos.

Pero lo más importante es el segmento central (la parte segunda del libro), sin duda su zona más chocante: una serie de páginas que están en blanco. Es el lector quien tendrá que dar su versión de los hechos y establecer la conexión que, a su juicio, vincula las dos historias. Tendrá que unir los hechos y dar su interpretación. La montaña es la misma en las dos narraciones, pero el resto está sujeto a opiniones: los aborígenes inventan la música y eso los “eleva”; el ser extraterrestre decide conocernos y “baja”. Juego de contrastes, sin duda lleno de significados y sugerencias. Pero lo más importante es que, dominándolo todo, está la pluma de Monserrat del Amo, reina sutil, diosa sabia y sonriente, que maneja hilos invisibles para llevar a sus jóvenes lectores por el sendero de los libros de la mejor manera posible: proponiéndoles historias vibrantes, muy bien contadas y con una enseñanza final que les llegue con nitidez y los deje pensativos.