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sábado, 15 de noviembre de 2025

Alves & Cía

 


Godofredo de la Concepción Alves (un próspero empresario de 37 años) sabe que su socio Machado (que tiene 26) anda sumido en un misterioso jaleo de faldas, pero no entiende que los devaneos eróticos del joven sean de su incumbencia. Lamentablemente, cuando se dirige por sorpresa hacia su casa para celebrar con su esposa Ludovina el aniversario de bodas, descubre a esta en los brazos del desahogado galán. Y todo su mundo se viene abajo (“Deseó verdaderamente morir”, anota Eça de Queirós en el capítulo III). Un dolor infinito lo desgarra y, tras descubrir los mensajes apasionados que ella ha escrito para su amante, Alves siente que llega al borde del acantilado (“Si una palabra bastase, una orden dada bajito a su corazón para que se detuviese, diría esa palabra tranquilamente”, III).

A partir de ese instante, oscilando entre la ira y el absurdo, Alves concebirá mil propósitos sin pies ni cabeza, que se contradicen unos a otros: matar al ofensor, quitarse la vida, plantear un duelo, expulsar a la mujer de su casa (circunstancia que su suegro aprovecha de forma mezquina para arrancarle una sustanciosa pensión mensual), requerir el consejo de sus amigos más cercanos, mantener el secreto del agravio… De tal forma que, en realidad, estamos siendo invitados para que contemplemos, en respetuoso silencio, la desolación de un hombre que, siendo feliz, es expulsado del paraíso, y que tiene que reconstruir su vida, advirtiendo desde el principio “de un modo agudo y doloroso la evidencia de su soledad” (cap.VIII).

Bondadosa y con un final feliz (o, al menos, resignado), esta novela de José María Eça de Queirós me ha deparado dos intensas tardes de lecturas. La recomiendo.

miércoles, 30 de abril de 2025

La ilustre casa de Ramires

 


En la última página de esta excepcional novela de Eça de Queirós, el personaje de Juan Gouveia reflexiona en voz alta sobre las virtudes y defectos del protagonista, don Gonzalo Mendes Ramires, el más antiguo hidalgo de su país, “afable joven, esbelto y rubio, de blancura de porcelana, con ojos alegres que fácilmente se enternecían, distinguido, elegante”. Sabe de su noble abolengo, sabe de sus miserias, sabe de su ira y de su bondad; y por eso se permite preguntar a quienes lo rodean: “¿Saben ustedes a quién me recuerda?”. La respuesta a ese interrogante retórico constituye la médula misma de La ilustre casa de Ramires, un maravilloso retrato sobre el último representante de una familia que, desde hace muchas décadas (mil años, exagera él), ha sido lo más elevado y respetable de la sociedad portuguesa. Ese hombre, don Gonzalo, vive ahora chapoteando en una situación que juzga innoble: se alejó de Cavalleiro, un petimetre que cortejaba (y luego abandonó) a su hermana Gracia, pero las caprichosas circunstancias de la política han querido que ahora Cavalleiro sea un hombre influyente que, tras la muerte del diputado Sanches Lucena, ha de proponer a su sucesor, quien quedará encumbrado en Lisboa. En el capítulo IV se resume el espíritu de su pensamiento: “Los portugueses nos dividimos en dos clases: cinco o seis millones que trabajan la hacienda y viven de ella, como Barrolo, y que pagan; y unos treinta individuos que forman en Lisboa la parcería gobernante. Ahora bien, yo por gusto, por necesidad, por tradición familiar, deseo mandar en la hacienda. Pero para ingresar en la parcería política, el ciudadano portugués necesita ser diputado, así como para entrar en la magistratura hay que ser licenciado. Por eso quiero comenzar como diputado, para acabar como gobernante”.

En ese camino también interviene de forma involuntaria su amigo José Lucio Castañeiro, quien está interesado en publicar la pequeña novelita sobre sus antepasados que anda escribiendo el protagonista y que sin duda servirá para despertar las conciencias en un país que ha olvidado ya el esplendor de su pasado (“Portugal está muriendo por falta de sentimiento nacional. Morimos suciamente del mal de no ser portugueses”).

Don Gonzalo no dudará en agachar las orejas y buscar de nuevo la amistad de Cavalleiro, consciente de que lo necesita para medrar en el mundo político. Y se verá obligado a tragar mucha saliva cuando compruebe que su antiguo camarada vuelve a cercar eróticamente a su hermana, pese a saberla ya casada con Barrolo. ¿Consentirá con esa humillación adúltera o se rebelará?

La ilustre casa de Ramires se yergue como un relato poderoso, inteligente y muy agudo, que investiga en los entresijos del alma y que nos conduce por laberintos de dignidad y bajeza, de temblores y gallardía, a la vez que nos permite conocer mejor a nuestros vecinos del oeste, siempre tan cercanos y tan lejanos. Me parece una novela imprescindible.

miércoles, 18 de septiembre de 2024

Las pequeñas memorias


No me adentré en las páginas de Las pequeñas memorias, de José Saramago (que traduce Pilar del Río al castellano), para descubrir prodigios increíbles de su infancia. Imaginé que, como todas las infancias, la suya estuvo poblada por una serie de personajes, una serie de anécdotas y una serie de lugares que, alejados de cualquier importancia general, quedarían revestidos con los ropajes melancólicos de la añoranza. Y así sucede, en efecto, en estas breves ciento cincuenta páginas. Vemos al niño pobre que nació en Azinhaga, muy cerca del río Almonda, en una zona de olivos centenarios que ahora han sido arrancados para que pueda plantarse maíz híbrido. Vemos cómo se subía a las higueras para comer sus frutos; conducía cerdos a la feria; atravesaba largas extensiones de tierra requemada por el sol para ver a una chica que le gustaba; sentía un profundo temor por los perros (y una elevada fascinación por los caballos); observaba a su tío Francisco Dinís, que estuvo a punto de disparar por celos a su mujer; se cruzaba con una vecina con los pies muy grandes a la que apodaban “La Pezuda”; tuvo pequeños escarceos amorosos con niñas del barrio; sentía preferencia por los abuelos maternos sobre los paternos; dormía en el suelo de la vivienda que tuvieron en la calle Heróis de Quionga y sentía cómo las cucarachas corrían por encima de su cuerpo; se hizo un corte en un dedo con la navaja mientras tallaba un corcho; era aficionado a la pesca (“No creo que exista en el mundo un silencio más profundo que el silencio del agua”, nos dice)… Nada extraordinario, desde luego, pero “para aquel chico melancólico, para el adolescente contemplativo y tan frecuentemente triste”, aquel mundo era el único posible. Y nosotros, leyendo las hojas donde consigna su memoria infantil, vamos moviéndonos entre la sonrisa, la tristeza, el asombro y la compasión. Sobre todo, cuando nos explica que en el Día del Juicio Final su condenación puede hacerse efectiva por culpa de una mazorca de maíz.

Un libro delicado, sencillo y de agradable lectura, que se completa con casi una veintena de fotografías antiguas. 

viernes, 19 de enero de 2024

Ensayo sobre la ceguera

 


Durante mi infancia, jugaba en ocasiones a fingirme ciego y comprobar hasta qué punto sabía adaptarme a ese modo de vida. Cerraba los ojos y me movía por mi casa, intentando no tropezar con los muebles, beber agua del frigo o sentarme en la mecedora después de localizarla al tacto. Pero un día, después de sonreír por mis logros, constaté con perplejidad que, al margen de esas “victorias” diminutas, no podía leer, no podía escribir y, mucho peor, no hubiera sido capaz de salir de mi vivienda y moverme por la calle. Siendo ya profesor de bachillerato, he insistido algunas veces a mis alumnos para que intenten el experimento y extraigan consecuencias.

Ahora me sumerjo en una novela asfixiante, en la que el portugués José Saramago lleva esa propuesta hasta su límite: ¿qué pasaría si, por una inexplicable epidemia súbita, todos los habitantes del mundo se quedaran ciegos? ¿En qué quedarían convertidas las ciudades? ¿Cómo se podría sobrevivir, sin coches, sin libros, sin supermercados, sin colores, sin saber dónde estás, sin saber cómo volver a casa o dónde encontrar un retrete? Ocioso sería anotar en esta página un resumen del argumento de la narración, porque su fama literaria, el mundo del cine e incluso la propia imaginación de los lectores suplirá aproximadamente esas líneas; pero les aseguro que Saramago consigue un nivel de sofoco, de exactitud, de crueldad necesaria (los seres humanos, sometidos a esa limitación, incurrirían en la feroz impiedad de los animales salvajes), que la lectura del libro corta la respiración más de una vez. Por ejemplo, cuando los protagonistas se encuentran por la calle y no son capaces de saber hacia dónde dirigirse, en medio de un laberinto de coches estacionados, perros que aúllan buscando comida y cadáveres esparcidos por las aceras. Por ejemplo, cuando un grupo de ciegos que han conseguido un arma y controlan la comida exigen que las mujeres del otro grupo se conviertan en objetos sexuales a cambio de comida (preparen el estómago para esta indigna secuencia terrible, que los hará oscilar entre las lágrimas y el vómito).

Copio una frase de la novela: “Si antes de cada acción pudiésemos prever todas sus consecuencias, nos pusiésemos a pensar en ellas seriamente, primero en las consecuencias inmediatas, después, las probables, más tarde las posibles, luego las imaginables, no llegaríamos siquiera a movernos de donde el primer pensamiento nos hubiera hecho detenernos”. Copio otra frase: “Dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre, esa cosa es lo que somos”.

Hace un par de años anoté en este Librario que no me terminaban de convencer las obras de José Saramago, pero decidí intentarlo de nuevo. Ahora me alegro de haberlo hecho: Ensayo sobre la ceguera es una auténtica maravilla novelística.

jueves, 23 de noviembre de 2023

El cuento de la isla desconocida

 


Un súbdito insolente (la “insolencia” consiste en pedir a los poderosos algo que ellos no hayan contemplado con anterioridad como limosna) se acerca hasta la puerta donde vive el rey y, sin mediar súplicas o genuflexiones, le solicita un barco. Interrogado por sus motivos, alega necesitarlo “para buscar la isla desconocida”. El soberano, conteniendo la risa, le dice que no tiene noticia de que aún existan ese tipo de islas, pero el peticionario se enroca en la terquedad (“Es imposible que no exista una isla desconocida”), consiguiendo que el monarca deponga su soberbia y le conceda su deseo. La mujer de la limpieza de palacio decide irse con el aventurero, para compartir su destino. De tal forma que, mientras él recluta a los futuros componentes de la tripulación, ella adecenta el barco y se preocupa por la alimentación de todos. Por desgracia, nadie se suma al proyecto, aduciendo razones prácticas (“Me dijeron que ya no hay islas desconocidas, y que, incluso habiéndolas, no iban a dejar el sosiego de sus lares y la buena vida de los barcos de línea para meterse en aventuras oceánicas, a la búsqueda de un imposible”). La mujer, abatida, sugiere la posibilidad de quedarse en tierra, pero el soñador lo tiene claro: una vez que ha concebido la idea, no está dispuesto a renunciar a su isla (“Quiero saber quién soy yo cuando esté en ella”).

No desvelaré los pormenores y meandros que la narración (que, como es bastante evidente, puede ser leída en clave política) dibuja a partir de ahí, pero sí consignaré que enriquecen el carácter simbólico de la misma, tan hermoso como poliédrico.

Pese a que José Saramago no pertenece al grupo de mis autores favoritos, he querido insistir con él y he tenido la buena fortuna de toparme con este título, que me ha gustado mucho. Quizá deba concederle más oportunidades lectoras al premio Nobel portugués.

miércoles, 24 de febrero de 2021

Cartas de amor a Ofelia

 


Me leo las Cartas de amor a Ofelia, de Fernando Pessoa, que traduce Ángel Crespo (Ediciones B). Y la verdad es que, más que cartas, me han parecido un horario de autobuses: constantemente está el escritor diciéndole a la chica que pasará por su calle a tal hora o a tal otra (con una exactitud maniática); y que se asome a la ventana para verlo. Es un detalle anecdótico, se me dirá, pero lo cierto es que cuando se repite docenas de veces fatiga al más pintado.

He sabido en estas páginas de algunos dolores de cabeza del portugués; he conocido su esperanza (trivial, pero sin duda humana) de ganar un concurso de charadas (con el seudónimo de Mr. Crosse); me ha horripilado la ridiculez balbuciente de la carta 24 (sí que es verdad que, repitiendo al propio Pessoa, todas las cartas de amor son ridículas, pero es que algunas ingresan de forma holgada en el esperpento); y también he alcanzado a vislumbrar la poesía de la misiva 45… Pero en conjunto ha sido un libro más bien decepcionante.

Subrayo en el tomo una frase: “Me gustaría darte un beso en la boca, con exactitud y golosina”.

domingo, 14 de febrero de 2021

Piedras labradas

 


Están a nuestro alrededor y, la mayor parte de las veces, ni nos fijamos en ellos. Son los personajes grises que nos circundan: el médico que no puede evitar fijarse en los encantos dulcísimos de una joven paciente; el chico que acaba de aprobar las oposiciones de juez y ya empieza a dudar de las atribuciones de su cargo; el hombre que se muere de ganas de fumarse un cigarrillo y sale a buscarlo donde sea y como sea; el niño que se ilusiona con salir de san José en una procesión con el objetivo de estar cerca de la niña que hace de Virgen María; una esposa infeliz que reúne los restos de su coraje para abandonar a su marido y emprender una nueva vida; dos hermanos enamorados de la misma mujer, que intentan hallar una solución sin que el odio los desmorone; un hombre rico que, sin embargo, sigue añorando ciertos momentos de su pasado menesteroso; el joven que es confundido con un delincuente, y detenido durante unas horas por la policía; el chiquillo que busca desesperadamente la manera de recuperar el prestigio perdido ante sus compañeros de pandilla…

Para estos personajes humildes, para estos peatones insignificantes, el portugués Miguel Torga tiene un gesto afectuoso, acogedor, envolvente, que los recorta en su paisaje y nos permite fijarnos con ellos, al rodearlos de la luz magnánima de la literatura. Y el resultado es Piedras labradas, un volumen delgado, delicado, de tenue belleza serena, que consigue conmover con la sencillez de su prosa y la imborrable humanidad de su mirada.

viernes, 8 de enero de 2021

Las maletas del viajero

 


Existe una magia inexplicable que te une de manera invisible con los escritores. Y es una magia que se advierte por regla general desde las primeras páginas suyas que lees (o que, en casos excepcionales, se conquista con tenacidad y paciencia). Si esa magia no brilla, es inútil que te empecines en avanzar por libros y libros del escritor: jamás lograrás entusiasmarte con él. E incluso llegarás a alejarte de su obra para siempre. No se trata (es necesario aclararlo) de desprecio o animadversión, sino de algo más sencillo: que has comprendido de una forma diáfana que no eres compatible con él. Con el paso de los años y de las décadas, yo he llegado el convencimiento de que soy incompatible con Milan Kundera, con Ernest Hemingway, con Gloria Fuertes, con Saúl Yurkievich y con algunos más. Insisto en que no se trata de desdén, sino de haber llegado a la conclusión de que nada me dicen sus obras y, por tanto, lo más razonable es que no vuelva a aproximarme a ellas.

Acabo de descubrir que también me sucede con José Saramago. Hay algo casi de orden químico que nos separa. Cuando leí El evangelio según Jesucristo advertí que, salvo algunas escenas muy intensas, el resto me parecía bostezante. Cuando me sumergí en Todos los nombres no logré sentir emoción alguna. Cuando he tratado de bucear por su Cuaderno de Lanzarote (hace apenas una semana) me ha repelido su continuo exhibicionismo petulante, disfrazado de modestia (quebradiza e impostada). Y al entrar en Las maletas del viajero (que, por ser artículos de prensa, juzgué que podrían resultar diferentes) me he encontrado con el mismo vacío.

De ese viaje apenas rescataría dos breves citas (“La verdad es sólo medio camino, la otra mitad se llama credibilidad”, “Soy un buen hombre, con una sola y confesada flaqueza de mala vecindad: la ironía”); el resto sé que lo olvidaré muy pronto.

No me seduce Saramago. No me embriaga Saramago. En esas condiciones, se me antoja muy improbable que repita la operación de abrir de nuevo alguno de sus libros. Lo he intentado y no ha podido ser. Quizá la culpa sea mía, por qué no: lo admito, sonrío y cierro esta carpeta, quizá para siempre.

martes, 20 de octubre de 2020

Clepsydra

 


Mi amiga Teresa, exquisita y siempre atinada, me trae de Portugal un libro que llena de poesía mi tarde del domingo: Clepsydra, de Camilo Pessanha, en una hermosa edición bilingüe con traducciones de Jerónimo Pizarro y María Matta, ilustraciones de André Carrilho e introducción de Helena Carvalhão Buescu.

Son textos llenos de silencio, y también de visiones deliciosas: corazones perdidos o tristes que se arrastran por el suelo, asimilados a gusanos; soledades inefables después de la batalla; inviernos que colonizan el paisaje y el alma; poemas de una textura delicadísima, que se construyen para homenajear a la madre; pasos en la arena húmeda de una playa; revelaciones religiosas; reflexiones sobre el poder curativo o lenitivo de la amistad; canciones imborrables sobre la separación entre personas que se quieren; estupendos (algo melancólicos) versos sobre cómo los años se abalanzan sobre los bohemios, intentando derruirlos o amilanarlos; la calma de la muerte, frente a las aceleradas abominaciones del mundo.

Pero, entrelazado con todas esas bellezas temáticas y estilísticas, hay un elemento que me perturba: la traducción. No me atreveré a señalar (por desgracia, ignoro la lengua portuguesa) que resulte despreciable; nada más lejos de mi ánimo. Llevo toda mi vida dando las gracias a los traductores, porque me han permitido conocer a centenares de autores que me hubieran estado vedados sin su ayuda; así que figúrense si voy a menospreciar a Pizarro y Matta. En absoluto. Se trata, tan sólo, de una inquietud personal: si cambiamos las palabras del poeta por otras menos exactas, con el único fin de mantener la rima, ¿estamos siendo justos con el “espíritu” del compositor? En este volumen se puede comprobar en infinidad de casos que se ha preferido la rima a la semántica, y tal decisión a mí no me convence. Miguel de Unamuno afirmaba que la poesía es demasiado importante para ser transformada en música. Elegir la música de la rima frente a la música del sentido me parece discutible. Y aporto dos ejemplos de la página 81, como mera ilustración: si Camilo Pessanha habla de una frialdad que “não entristeça ninguém”, sus traductores optan por decir que “a nadie haga rehén” (para que luego rime con “desdén”). Un volatín muy forzado. Y, poco después, el verso “Que frio, que desconsolo!” se transmuta en “¡Qué frío, qué contienda!” (para que rime con “prenda”). Otra cabriola imperdonable.

Salvados esos arrecifes (cada verso que me gustaba lo miraba a continuación en su versión original, a la izquierda), el tomo es magnífico, enriquecedor. Y me permite seguir aumentando mis lecturas portuguesas, de las que nunca me sacio.

domingo, 2 de agosto de 2020

El mandarín




Teodoro es un oscuro funcionario que trabaja en el Ministerio de la Gobernación en Portugal. Lleva una vida rutinaria, de hombre soltero que vive en una pensión y que no tiene más horizonte que colocarse todos los días los manguitos que le permitan realizar sus tareas como amanuense. Come de manera frugal, no se le conocen amores, ni tampoco amistades notables. Pero un día, leyendo un libro, descubre una extraña frase que le llama la atención: se sugiere que si es atrevido y toca una campanilla, inmediatamente morirá en la lejana China un viejo mandarín, cuya ingente fortuna irá a parar a sus manos. Teodoro carece de todo tipo de fe (considera que la religión es un “ficticio consuelo controlado por los poderosos para aplacar a quienes nada poseen”), pero se deja seducir por las tentaciones de un personaje (¿satánico?) que le impele a tañer la campanita, cosa que finalmente hace.
No tarda muchos días en descubrir que, en efecto, ha muerto súbitamente en China el venerable Ti Chin-Fu; y que él acaba de heredar ciento seis mil millones. A partir de ese momento, “embrutecido en un deleite de Nabab”, se introduce en una espiral de gastos suntuosos: comidas estrafalarias, bebidas exclusivas, puros de primera calidad, prostitutas inabordables para los bolsillos medios… Durante un tiempo vive esa “existencia animal, grandiosa e impúdica”, hasta que calibra la conveniencia de viajar a China y conocer a la familia del mandarín fallecido.
Magnífica novela corta impregnada de amor al mundo oriental (sedas, abanicos, vestimentas bordadas con primor, pagodas, braseros aromáticos), pero donde no se esconden tampoco los ángulos menos admirables de ese mismo mundo: la mugre de sus calles, los perros hambrientos, el fatalismo de sus habitantes, la asfixiante burocracia… Y donde advertimos, sobre todo, la espléndida elegancia literaria de José María Eça de Queirós, quizá el más grande de los realistas portugueses, que nos termina sorprendiendo al final de la obra con una decisión chocantísima de su protagonista.

martes, 22 de enero de 2019

Oficio de paciencia




Me acerco hasta los versos de Oficio de paciencia, de Eugénio de Andrade (que vierte al castellano José Luis Puerto para el sello Hiperión). Al principio cuesta un poco penetrar (a mí me ha costado penetrar) en la belleza austera de sus composiciones, precisamente por su desnudez; pero cuando se logra superar ese estadio de desconcierto se perciben los delicados aromas de una lírica flexible, cimbreante, alígera, que parece mecida por el viento para susurrarnos al oído. Y escuchamos con asombro cómo el poeta portugués declara nada más empezar el libro que “en el plato de la balanza un verso basta para pesar en el otro mi vida”.
A partir de entonces, nos abandonamos al hechizo de su voz y dejamos que nos diga sus palabras más profundas (“Ningún pájaro / permite a la muerte dominar / el azul de su canto”), que nos defina prodigiosamente la música (“primera respiración del mundo”) o que nos transmita ese poema antológico que se titula “Los trabajos de la mano”, donde nos explica que su mano trabajadora y escritora envejece, porque ha tenido que desempeñar durante la existencia las actividades más duras (fregar, sembrar), pero también las más delicadas (acariciar).
Un poemario para la relectura, para el silencio y para la reflexión.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Rúa




Vuelvo hoy a las páginas del lusitano Miguel Torga. En concreto, al volumen que lleva por título Rúa, que traduce Eloísa Álvarez para el sello Alfaguara. Es una hermosa (pero quizá algo desigual) colección de relatos de melancólico atractivo, como diapositivas tristes que se fuesen desarrollando ante nuestros ojos.
Textos como “Una lucha”, “Vuélvase ya” o “El señor Estrela y su mujer” se me antojan cuentos malogrados, donde Torga no ha sabido perfilar sus historias de un modo completamente atractivo. Les falta algo, un brillo, un enfoque, unas pinceladas más. En cambio, me han dejado mucho más feliz “La carta” (donde un cartero compasivo se apiada de una chica moribunda que padece mal de amores), “Dolor” (el delincuente que expía junto a su esposa las culpas del pasado, sin confesarle que tuvo una hija –a la que añora hasta la muerte– en el extranjero) y algunos más, de parecida brillantez.
Una frase para enmarcar, contenida en el tomo: “La vida es así, va mintiendo, mintiendo, y cuando ya no podemos más, pone sus cartas boca arriba”.

domingo, 16 de septiembre de 2018

Portugal



El otorrinolaringólogo Adolfo Correia da Rocha (o, para entendernos mejor, el extraordinario escritor Miguel Torga) no fue un hombre excesivamente dedicado a la sonrisa, el optimismo o la jovialidad. Él mismo se define en la página 139 de este volumen afirmando: “Yo, que soy la tristeza en persona”. Y tampoco fue una persona que tuviese en alto concepto al conjunto de sus semejantes (en la página 143 nos asegura que “donde habitan los hombres habita la inquietud”). Pero su mirada alcanza unos niveles tales de hondura, y su pluma unos niveles tales de brillantez, que adentrarse en sus libros constituye un gozo para la sensibilidad y una expansión para el espíritu.
En Portugal (que traduce Eloísa Álvarez) nos ofrece sus impresiones de viaje por el Miño, el Algarve, el Alentejo, Coimbra, las Berlengas y otras zonas del país, que resultan retratadas de un modo singular, profundo, distinto. Así, nos dice que los habitantes de Trás-os-Montes “cavan durante toda su vida. Y, cuando se cansan, se echan en el ataúd con la serenidad de quien llega honradamente al final de un largo y trabajoso día. Y ahí se quedan, en cementerios de lívida desilusión, esperando a que la ley de la tierra los convierta en cipreses y granito”; que el ciudadano de Oporto es “el hombre portugués más libre, más progresista, más responsable y más capacitado que ha dado nuestra patria”; o que Lisboa, capital del país, muestra “la hermosura de un panorama que la naturaleza no puede jactarse de haber repetido”.
Y, salpicando el texto aquí y allá, reflexiones sobre la autenticidad (“Cuando se quiere imitar y suplantar lo ajeno, lo que se consigue es reducir lo propio”), ideas sobre el sentido de la existencia (“La vida es un desempate permanente, y lo que hace falta es apostar limpiamente, bellamente, a cada número de la caprichosa ruleta”) o imágenes tan sublimes y tan sorprendentes como la que esmalta cuando nos habla de la serenidad plácida de un paisaje y nos dice a continuación que el río que lo atraviesa “se mueve por estricta obligación profesional”.
No pueden decirse en ciento cincuenta páginas cosas más hermosas sobre esa “multicolor colcha” que tenemos al lado de España y a la que prestamos (ay) mucha menos atención de la que merece, humana y literariamente.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Poetas de Lisboa




No soy muy amigo de antologías, francamente, porque considero que la mejor antología es la que cada cual se hace en su mente con los textos que va leyendo, sin depender del criterio ajeno, siempre tan discutible. Pero estos Poetas de Lisboa me llegan de la mano de mi mejor amiga, que me trajo el libro desde Portugal; y ahí no existe discusión: se lee y se disfruta con el embeleso que le dedico a las cosas que mis amigos me regalan.
Aquí, ordenados cronológicamente y traducidos por María Matta, encuentro los versos deliciosos, magníficos, de Luís de Camões, Cesário Verde, Mário de Sá-Carneiro, Florbela Espanca y Fernando Pessoa.
De Camões pueden leerse varios sonetos y algún fragmento de su colosal producción Los Lusíadas, gloria de las letras portuguesas y universales.
De Verde disfrutamos en sus versos de amor, tan apasionados como refractarios al matrimonio (“¡Imposible!”); en sus hermosos retratos urbanos (“En un barrio moderno”); o en sus líneas de elegante sentimentalidad (“Flores viejas”).
Sá-Carneiro nos aporta algunas reflexiones políticamente incorrectas (o cuando menos peculiares) sobre la condición de las mujeres (“Femenina”); indagaciones donde buceo por su propio espíritu (“Dispersión”); o indicaciones para el modo en que debe realizarse su funeral (“Fin”).
Florbela Espanca es todo delicadeza, suspiros de palabras, palabras suspiradas, aroma de adjetivos y flores, explicándonos que las mujeres siempre encierran algún secreto inconfesable, más puro cuanto más oculto (“Que la boca de mujer siempre es mejor / si dentro guarda un verso que no dice”).
Y Fernando Pessoa (¿será necesario recordarlo una vez más?) vuelve a seducirme con su esplendor inigualado, con sus dolores íntimos, con su soledad sonora, con su tristeza, con su fracaso asumido. Para mí no hay poeta más grande que él. A su altura quizá; más arriba no.
La gran pregunta que siempre me hago. ¿Por qué no leemos, conocemos, frecuentamos, amamos más la literatura portuguesa, la pintura portuguesa, la música portuguesa, con lo cerquita que estamos? Yo adoro ese país y su arte.

viernes, 28 de julio de 2017

Sobre literatura y arte



Me acerco otra vez hasta el genial Fernando Pessoa, que me ha sorprendido con su tomo Sobre literatura y arte, traducido por Nicolás Extremera Tapia, Enrique Nogueras Valdivieso y Llüisa Trias i Folch (Alianza Editorial, Madrid, 1985). Buscaba encontrar alguna perla intelectual y me he topado con un aluvión de ellas, porque Pessoa irradiaba talento, brillantez, fulgor, energía. Adentrarse en su mente (bucear en las páginas de un autor es siempre viajar por su mente) equivale a emprender una aventura rica y fascinante, de la que saldremos otros.
Para resumir (si la crueldad de ese verbo es tolerable en una reseña) todas las ideas maravillosas que el escritor portugués desliza en el tomo aportaré varias de las frases que he subrayado con rotulador rojo en él. Creo que pueden servir como entremés para que los lectores, excitados, acudan luego a devorar todos los demás platos del menú.

“Lo que hace al público público, que es el ser colectivo, por esto mismo lo priva de la inteligencia, que es sólo individual”. “Tal vez contribuya a engrandecer el universo, porque quien al morir deja escrito un verso bello, deja más ricos los cielos y la tierra y más emotivamente misteriosa la razón de que haya estrellas y gentes”. “Debe haber, en el poema más pequeño de un poeta, algo en que se note que existió Homero”. “Dios es un concepto económico. Los curas de todas las religiones hacen a su sombra su burocracia metafísica”. “El elector no elige lo que quiere; elige entre esto y aquello que le dan, lo cual es distinto”. “El artista debe escribir, pintar, esculpir sin mirar otra cosa que lo que escribe, pinta o esculpe”. “Todo artista que da a su arte un fin extraartístico es un infame”. “La indiferencia ante la Patria, la Religión, las llamadas virtudes cívicas y los instrumentos mentales del instinto gregario no son útiles, sino absolutamente obligatorias para el Artista. Si esto es amoral, la culpa es de la Naturaleza que le ordenó crear belleza, y no predicar a nadie”. “Hay sólo tres artes: la metafísica (que es un arte), la literatura y la música”. “Intento con todas mis fuerzas no ser la misma cosa durante tres minutos seguidos, porque es mala higiene estética”. “Sustitúyete siempre a ti mismo. Tú no eres bastante para ti. Cógete siempre de improviso. Acontécete ante ti mismo”. “Pueblo conservador, pueblo muerto”. “¿Pues qué es el propio hombre sino un insecto necio y ciego zumbando contra una ventana cerrada?”. “El genio, el crimen y la locura provienen por igual de una anormalidad: representan, de maneras distintas, una inadaptación al medio”. “Todas las artes son una futilidad frente a la literatura”. “El hombre de genio es un intuitivo que se sirve de la inteligencia para expresar sus intuiciones”. “Sólo vence quien nunca alcanza”. “Todo arte que permanece está hecho para las aristocracias, para los escogidos, que es lo que permanece en la historia de las sociedades, porque el pueblo pasa y pasar es su oficio”. “Un dionisíaco, si lo es de verdad, quiere vivir o soñar, y no hacer arte (...) Todo artista es, pues, como tal, un exponente involuntario del ideal apolíneo”. “Todo hombre tiene muy poco que expresar y la suma de toda una vida de sentimiento y pensamiento puede encerrarse a veces por completo en un poema de ocho líneas”. “La variedad es la única excusa para la abundancia. Ningún hombre debería dejar veinte libros diferentes a menos que sepa escribir como veinte hombres diferentes”. “Es el hombre un animal incoherente”.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Odas de Ricardo Reis



Para mí, leer o releer a Fernando Pessoa siempre es una aventura, un reto y un bálsamo. Si los textos son nuevos, porque me provocan con su inteligencia y me seducen con el primor de su estilo; si ya los conocía, porque renuevan en mi ánimo la maravilla de visitar de nuevo a un genio. Me he terminado ahora, en diez noches intensas de café y flexo, las Odas de Ricardo Reis, que traduce Manuel Moya para el sello Visor.
Y la verdad es que no quiero decir nada más.
No me hace falta.
Solamente, que he disfrutado de Pessoa.
Que me ha hecho pensar y sentir.
Que ha vuelto a conquistarme (una vez más, y van...).

Y que copio algunos de los versos del volumen, para mi disfrute y el vuestro: “Que noche hay antes y después / de lo poco que duramos” (Que há noite antes e após / o pouco que duramos); “En cualquier hora puede sucedernos / que nos cambie todo” (Em qualquer hora pode suceder-nos / o que nos tudo mude); “Sólo en la ilusión de la libertad / la libertad existe” (Só na ilusão da liberdade / a liberdade existe); “No en el objeto, sino en el modo está el amor” (Não no objecto, no modo está o amor); “De los dioses quiero tan sólo que no se acuerden de mí” (Quero dos deuses só que me não lembrem); “A quien nada conceden los dioses, tiene libertad” (A quem deuses concedem nada, tem liberdade); “Todo contiene mucho si los ojos saben ver” (Tudo contém muito se os olhos ben olharem); “Vive la imperfecta hora / perfectísimamente / y sin nada esperar / de los hombres, ni de los dioses” (Vive a imperfeita hora / perfeitissimamente / e sem nada esperares / dos homens, nem dos deuses).

martes, 25 de febrero de 2014

Libro del desasosiego



Recuerdo que, hacia 1986, cayó en mis manos un ejemplar del Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, traducido por Ángel Crespo para la editorial Seix Barral y que comencé a leerlo con la curiosidad que se siente por todo a los 19 años. Pero aquella curiosidad se transformó inmediatamente en admiración, en deslumbramiento. Yo no había leído jamás algo así, tan denso, tan profundo, tan visceral, tan desgarrado, tan iluminador. Desde aquel instante lo consideré (y lo sigo considerando, casi tres décadas después) uno de los libros de mi vida. Ahora, la editorial Baile del Sol publica una nueva versión del tomo, ordenada y traducida por Manuel Moya, y no pienso evitar la tentación de comentarla aquí.
¿Acaso no conoce usted el Libro del desasosiego? Pues le recomiendo que se haga con este tomo y se sumerja en él. Jamás habrá viajado por un alma tan interesante, tan rica en matices, tan expuesta como la que aquí nos ofrece el escritor portugués, un hombre que no confiaba demasiado en las bondades de la existencia («Considero la vida un apeadero donde tengo que esperar hasta que llegue la diligencia del abismo»); que tampoco confía demasiado en las virtudes estilísticas de la escritura, aunque se aferre a ella por su valor terapéutico («Esto de nada me sirve, pues nada me sirve de nada. Pero despequeñezco al escribir, como quien respira mejor sin que el dolor haya pasado»); que se observa a sí mismo con desdén estético («Pretendo ser una obra de arte del alma por lo menos, ya que por el cuerpo no lo puedo ser»); que se siente un inadaptado en todo lugar («Tengo frío de la vida»); que desconoce escrupulosamente cuáles son los misterios de su propio interior («Mi alma es una orquesta oculta; no sé qué instrumentos tañen y chirrían, cuerdas y arpas, timbales y tambores, dentro de mí»); que se sorprende de la ligereza con que los demás deambulan por la vida, sin darse cuenta de sus mezquindades, angustias y ciénagas («Me irrita la felicidad de todos esos hombres que no saben que son infelices»); que trata de agazaparse en una soledad huérfana de conexiones con sus semejantes («La más vil de todas las necesidades es la de la confidencia y la de la confesión. Es una necesidad de exteriorización del alma. [...] Explicarse es equivocarse»); y que descree de ciertos mecanismos de comunicación modernos, como la prensa («Leer periódicos, cosa penosa desde el punto de vista estético, también lo es frecuentemente desde el punto de vista moral»). Al final, este alma turbulenta y tímida, herida y maltrecha por las asechanzas reales o imaginadas del entorno, se atreve a concluir: «He pedido muy poco a la vida, pero lo poco que he pedido me lo ha negado». Y en virtud de ese fracaso esencial apunta, en uno de los fragmentos finales del libro: «Escribo con tristeza en mi cuarto apacible, solo como siempre estuve, solo como siempre estaré».

Leer los poemas de Fernando Pessoa es una de las aventuras estéticas más hermosas del mundo. Pero leer las páginas del Libro del desasosiego es aún más conmovedor: supone descubrir los vericuetos espirituales de este escritor lisboeta. Se dijo en su día que Ramón Gómez de la Serna constituía, en sí mismo, toda una literatura. Con Pessoa ocurre exactamente igual.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Diarios



Hombre culto, hipersensible, espíritu atormentado, desmenuzador implacable de su entorno, cirujano de su alma, observador solitario... Fernando Pessoa (que nació en 1888 y murió en 1935) es uno de los escritores por los que más respeto, admiración y constancia demuestro en los últimos veinte años, volviendo a sus libros de manera periódica y comprando los que aparecen como novedad. El sello Gadir nos presenta aquí, en la traducción de Juan José Álvarez Galán, los raros Diarios del escritor portugués, donde Pessoa anota todo tipo de detalles sobre su salud, sus composiciones literarias, sus lecturas, sus amigos, sus viajes o sus charlas de café. ¿Irregular? Sin duda alguna. ¿Irrelevante? En muchas de sus páginas, claro que sí. Pero se trata de un volumen que se publica para el deleite de quienes nos declaramos pessoanos de pura cepa: gentes que sentimos interés hasta por lo que Fernando comió aquella vez que estuvo celebrando el cumpleaños de una tía suya. Pura mitomanía, que reconozco sin pudor.
Me entero de que en marzo de 1906 estaba pensando en operarse de fimosis (p.20); que en mayo de ese mismo año estaba leyendo a Ramón de Campoamor, el olvidadísimo vate asturiano (p.24); que durante el verano de 1907 lamentó en páginas tristísimas su condición de persona sin auténticos amigos (“Soy tímido, no me gusta dar a conocer mis preocupaciones. Un amigo íntimo es uno de mis ideales, algo con lo que sueño despierto, y sin embargo, algo que nunca tendré”, p.34); que era capaz de colocarse en el lado de los sufridores, por más que el raciocinio le pidiese que fuese duro con ellos (“Nunca olvidarás, cuando ataques la religión en nombre de la verdad, que la religión difícilmente puede ser sustituida, y que los desgraciados hombres sollozan en la oscuridad”, p.36); que pedía a gritos que fuese respetada su condición de isla (“Déjenme llorar”, p.47); que incluso los libros le parecían en ocasiones un modo de sometimiento y de vulneración de la libertad personal (“He descubierto que la lectura es una forma de soñar esclavizada. Si he de soñar, ¿por qué no soñar mis propios sueños?”, p.88); que se siente cercado por un aura de incomprensión que jamás logrará disipar (“Me asedia un vacío absoluto de fraternidad y de afecto. Incluso los que están cerca de mí no lo están, estoy rodeado de amigos que no son mis amigos y de conocidos que no me conocen”, p.91); que le satisface más mantenerse a una cierta distancia de la auténtica existencia (“Siempre procuré ser un espectador de la vida sin involucrarme en ella”, p.95); que en ocasiones le acecha la más dura de las miserias (“En casa, sin cenar porque no tengo dinero”, p.109); que desconfía de la sinceridad de sus semejantes (“El público no quiere la verdad, sino la mentira que más le guste”, p.127); que los políticos le provocan una sana desconfianza (“Las sociedades están dirigidas por agitadores de sentimientos, no por agitadores de ideas”, p.130); o que, en fin, es consciente de que entre los demás y él media un abismo de proporciones insalvables (“No hablamos, yo y los que son mis compatriotas, un lenguaje común. Callo. Hablar sería no ser comprendido. Prefiero la incomprensión por el silencio”, p.141).

Leer a Fernando Pessoa es, al menos para mí, una sana forma de mantener la inteligencia despierta, el lenguaje aquilatado y la sensibilidad afilada.

jueves, 17 de noviembre de 2011

De profundis



Acudamos a una fórmula célebre, emitida por el genial adolescente Arthur Rimbaud: Yo es otro. Tan perspicaz como enigmática sentencia puede definir (y de hecho define) al poeta, al ser que habla en ocasiones con una voz tan sublime que ni él mismo la reconoce como suya. Pero también puede designar a la persona que, zarandeada por un contratiempo neuronal o genético (derrame, alzheimer), se convierte en alguien distinto, enajenado. El gran escritor portugués José Cardoso Pires padeció uno de esos atroces reveses (una isquemia cerebral) en 1995 y, tras recuperarse, compuso la obra De profundis para intentar explicarnos cómo se siente uno cuando, golpeado por la amnesia, percibe su propio ser como un territorio extranjero, y a sus amigos y familiares como actores anónimos en una obra teatral cuyo argumento no comprende.
Se nos cuenta en estas líneas cómo el escritor quedó tan profundamente alterado por la enfermedad que olvidó las coordenadas más elementales de la vida, llegando a olvidarse de que tenía hijas (página 22) o considerando que los cepillos de dientes sirve, en realidad, para peinarse (página 9).
Este libro, duro, dulce e insólito, que lleva un prólogo espléndido de Lobo Antunes, ha sido publicado en España por Libros del Asteroide, gracias a la traducción de Carlos Manzano. Y nos ofrece el testimonio sereno de alguien que estuvo "paseando con el alma ausente por el anochecer de la memoria" (página 17) y descubrió que "había quedado analfabeto de mí y de la vida" (página 45).