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sábado, 7 de marzo de 2026

Los hermanos Bravo

 


Pues qué quieren ustedes que les diga: que cada libro suyo que leo me lo deja más claro. Tengo que leer todo lo que haya publicado Ignacio Martínez de Pisón. Me gusta y me convence. En esta ocasión me he acercado hasta las páginas de su obra juvenil Los hermanos Bravo, narrada por Eduardo, uno de los protagonistas. La acción se sitúa en un pequeño hostal de carretera al que la construcción de una moderna autovía ha dejado aislado y sin apenas clientes. Por fortuna, un hombre que viaja en un despampanante Alfa Romeo ha decidido instalarse allí durante unos días y altera la existencia de Juan, Rafa y Eduardo, los tres hermanos. De un modo tangencial, también altera la de Socorro, hija del encargado de la gasolinera cercana, que está convencida de que la presencia del hombre (y sus raras visitas a la abandonada Casa del Muerto) obedecen a la búsqueda de un tesoro. Huelga indicar que las conexiones con la novela de Robert Louis Stevenson son tan evidentes como deliberadas por parte de Martínez de Pisón, quien combina de un modo admirable el humor, la ternura, el despertar de la adolescencia, el misterio y la creación literaria para entregarnos un relato que conquista al lector.

Cruzándose con esa línea vertebral aparecen otras ramas no menos importantes en el desarrollo de la familia: las aficiones musicales de Rafa (que imita de forma habilidosa a Julio Iglesias y que participa en un concurso de televisión), el amor al ciclismo de Juan (quien se ha empeñado en proclamarse vencedor de una carrera local, cuyo premio es una preciosa bicicleta profesional), las mentiras postales de Socorro (que elude el fracaso de su padre creándole un presente más luminoso) o la entereza de los padres (que ven cómo su negocio les es arrebatado por unos indeseables, sin que tal infamia les haga derrumbarse). Un libro muy hermoso, que pueden leer los más jóvenes y que también suscita el aplauso de quienes lo fuimos. Búsquenlo.

domingo, 12 de octubre de 2025

El viaje americano

 


Termino la novela El viaje americano, de Ignacio Martínez de Pisón, que también podría haberse titulado (sospecho que el autor barajó esa posibilidad) El sueño americano. Y esa hipótesis no se basa en un capricho mío, sino en el espíritu mismo de la historia que nos cuenta: la de unos españoles que, seducidos por la embriaguez de Hollywood, se instalaron en los años 30 del siglo XX en Los Ángeles, para participar en las películas que entonces se rodaban para el público hispano. Todos viven su particular sueño de triunfo, que pasa por los flashes de los fotógrafos, el glamur de los vestidos lujosos, las fiestas exquisitas (y también desenfrenadas), las revistas de cotilleo y las bodegas clandestinas (es la época de la prohibición alcohólica).

José Carril, que es camarero en un transatlántico de la compañía Cunard, acabará dejándose arrebatar por esa embriaguez, tras enamorarse de la actriz Margarita Castellanos. E iniciará una aventura, con el nombre artístico de “José del Carril”, que lo llevará a conocer la cárcel, el éxito, la hipocresía, las mentiras del papel couché, el poder embriagador del dinero, las traiciones, la emulación, los anónimos y el aplauso.

Un relato de gran sencillez, pero también de gran hondura, que nos anima a reflexionar sobre los meandros, a veces demasiado oscuros, del alma humana.

viernes, 8 de agosto de 2025

Ropa de casa

 


El autor de Ropa de casa, en un instante de duda o de reflexión, inicia así el capítulo 7 del volumen: “Me pregunto ahora a quién, aparte de mí y de mis allegados, pueden interesar estas páginas, que cuentan una vida en la que no han pasado demasiadas cosas”. Y luego, para redondear esa vacilación, añade: “Un posible resumen del libro sería: niño en el Logroño de los años sesenta, muchacho en la Zaragoza de los setenta, aprendiz de novelista en la Barcelona de los ochenta. Un resumen aún más escueto diría que este es el retrato de la formación de un escritor”. Quien con tanta modestia se expresa es Ignacio Martínez de Pisón, uno de los narradores más sólidos y poliédricos de los últimos cuarenta años. Y conviene añadir de inmediato que Ropa de casa, a pesar de esa presentación humilde, es un texto que se lee con sonriente agrado. No porque los detalles que nos va suministrando resulten cruciales, dramáticos o espectaculares en sí mismos, sino porque nos facilitan una comprensión más amplia de la voz y la personalidad del novelista.

Nacido y criado en Logroño, en la época en que aún mandaba en España un fofo general “de voz atiplada y barriga de quinielista” (cap.4); desarrollado luego en Zaragoza, donde su prematuro amor por el surrealismo lo hizo devoto de Luis Buñuel; oyente involuntario que escuchó a Carlos Barral y sus compañeros de borrachera discutir a qué distancia podía mear un tigre (Barral se decantaba por los doce metros); alumno de José-Carlos Mainer en la universidad; aceptado por Jorge Herralde desde el inicio de su aventura literaria, Ignacio Martínez de Pisón nos va desgranando en estas páginas deliciosas (y en ciertos instantes también melancólicas) sus anécdotas con Álvaro Pombo, Enrique Vila-Matas o Monserrat Roig (“La simpatía en estado puro”); su amistad (y final distanciamiento) con Javier Marías; su afición por el billar o los palíndromos; su relación con Javier Tomeo, escritor que leía muy poco y que dio a la imprenta bastantes libros (“Algunos se los podría haber ahorrado”), que era más bien tacaño y poco dado a las conversaciones intelectuales… pero que le inspiraba cariño (“Bajo varias capas de insensibilidad y rudeza se escondía un hombre melancólico y sencillo, un niño grande necesitado de afecto”); su vínculo con Bernardo Atxaga (“Entre las personas que conozco, puede que sea la que tiene el carácter más afable”); la primera vez que hizo una quiniela en su vida… y acertó trece; o su entrañable vínculo con el malogrado Félix Romeo.

Pero quizá lo más sustancioso del tomo (al menos, para mí) son los retratos de índole familiar que el autor incorpora, y que nos permiten conocer, a través de las anécdotas que tienen como protagonistas a sus padres, su esposa, sus tíos o las viviendas donde residió, los perfiles de su alma. Ignacio Martínez de Pisón se dibuja de la forma más íntima y expresiva: retratando su entorno, regresando a la semilla, dibujando su nido. Y las dos páginas finales, por favor, no se las pierdan por nada del mundo.

Para mí, uno de los más grandes del panorama literario español.

domingo, 6 de octubre de 2024

El fin de los buenos tiempos

 


He tardado tres años en abordar mi novena lectura de Ignacio Martínez de Pisón, un autor que se encuentra sin discusión en la primera línea de mis admiraciones; pero no transcurrirán otros tres hasta la siguiente. Es una de esas voces narrativas ante las que, cuando termino un libro, me pregunto de inmediato por qué no me sumerjo en todos los suyos, por orden y sin detenerme ni siquiera para respirar. Me pasa con Antonio Muñoz Molina, me pasa con Francisco Umbral, me pasa con William Shakespeare, me pasa con Miguel Delibes, me pasa con Andrés Trapiello. Supongo que lo hago porque la prudencia es mi mejor y más sincero argumento: quiero dosificarme sus páginas para que me duren más (leo a más velocidad de la que ellos escriben). Pero esta semana no he podido aguantar más y he dejado que mis ojos recorran las líneas espléndidas de El fin de los buenos tiempos, un tomo en el que se reúnen tres narraciones: “Siempre hay un perro al acecho” (donde se nos obliga a implicarnos en una historia de dolor familiar, con unos padres que asisten impotentes a la consunción de su hija), “El fin de los buenos tiempos” (de temática aparentemente futbolística, pero que explora pasillos más bien oscuros del alma humana, sus traiciones, sus mezquindades y sus venganzas diferidas) y “La ley de la gravedad” (en la cual un profesor de latín tiene que enfrentarse, sin desearlo, a una prueba durísima: reflexionar sobre las relaciones con su padre, ahora que la enfermedad lo está conduciendo inexorable y rápida a la muerte).

No voy a realizar (perdónenme, se lo ruego) ningún tipo de análisis filológico, no voy a extenderme en desgranar detalles sobre la brillantez narrativa del autor zaragozano, no voy a enumerar sus premios. Los laberintos de Internet les brindarán información más detallada de la que yo pueda suministrarles. Lo que quiero es algo mucho más simple, pero creo que quizá más hondo y más auténtico: les voy a sugerir que lo lean. Sin más: que acudan a una biblioteca o librería y cojan en las manos un libro suyo. Y si ya lo han hecho, repitan con otro título. Si les ocurre como me ocurre a mí (que sus historias los atrapan desde el primer párrafo) dispondrán de una maravillosa fuente de agua fresca en la que beber. ¿Y no es eso, en el fondo, lo que andamos buscando (o lo que deberíamos buscar) cuando abrimos cualquier libro?

sábado, 20 de noviembre de 2021

Derecho natural

 


“Éramos, en fin, una familia desastrosa. Nadie había estado a la altura”, murmura Ángel en la página 402 de la novela Derecho natural, de Ignacio Martínez de Pisón. Y ese delta psicológico (con el que cualquier lector de la obra se mostrará de acuerdo sin vacilaciones) está alimentado por múltiples afluentes: un padre que, actor de poca monta y por fin imitador de Demis Roussos en espectáculos musicales, abandonó a su esposa e hijos en varias ocasiones y que incluso tuvo una hija con otra mujer; una madre que se debatió entre la abnegación y la rabia, evolucionando desde su papel de ama de casa hasta el de empresaria de éxito; un hermano que canalizó su rebeldía infantil convirtiéndose en ladrón y que, tras su reclusión en un centro de menores, optó por marcharse voluntario al servicio militar para alejarse de su madre; una hermana silenciosa y conformista, que encontró en su hermanastra al alma gemela que necesitaba para crecer aferrada a algo; y un narrador, Ángel, que tampoco ha tenido una trayectoria tranquila ni sosegada: se enamoró de una muchacha mayor que él (que terminó involucrada en el mundo de las drogas), se doctoró en Derecho y ha optado por el camino de la docencia universitaria para que su mente quede encauzada en parámetros serenos, sin que lo haya logrado del todo.

No, desde luego que no conforman una familia típica, pero la mirada que el autor despliega sobre ellos nos permite conocerlos de un modo muy profundo, y también relacionar sus peripecias con los sucesos acaecidos en la España que salía de la dictadura hacia la democracia. Con la maestría y la sólida fluidez que tan habituales resultan en el narrador zaragozano, Martínez de Pisón nos habla de sentimientos y nos habla de ideologías, de rabias y de ternuras, de mezquindades y de heroísmos, de gritos y de silencios: es decir, de la vida. Y cuando se cierra la última página, el lector no tiene claro (o no totalmente claro) a quién absuelve y a quién condena, a quién compadece y a quién desprecia. A esa ambigüedad (que es la ambigüedad palpitante de la vida) sólo nos puede llevar la mano de un maestro, como sin duda lo es Ignacio Martínez de Pisón.

jueves, 24 de junio de 2021

Las palabras justas

 


Los años 30 y 40 del siglo XX español (la segunda república, la guerra civil, la postguerra) ofrecen tal cantidad de historias reales que, lejos de quedar agotadas todas sus líneas por su continuo manejo en novelas, películas y ensayos, nos ofrecen constantemente sorpresas y motivos de admiración, lágrimas o repulsa. Es un océano de emociones y personajes, del que siempre podemos aprender: para aplaudir o para rechazar.

El admirable Ignacio Martínez de Pisón publicó en la editorial Xordica (2007) un volumen delgado y delicado bajo el título de Las palabras justas, donde nos recordaba algunos episodios acaecidos durante ese tiempo y que, contemplados desde la actualidad, adquieren diamantina condición de símbolos: la triste forma en que se frustraron las ilusiones reformadoras de la Institución Libre de Enseñanza con la llegada de la guerra civil de 1936 (“Historia de dos maestras”); las inauditas historias verídicas que atesora una pequeña población fronteriza de España (“Canfranc, estación internacional”); las vicisitudes y zarandeos que tuvo que sufrir en su vida una traductora rusa durante la guerra civil española. (“El periplo de Lydia Kúper”); la visita de un conocido escritor italiano a las ruinas de Belchite, donde pudo contemplar los horrores derivados del 36 (“La guerra de Sciascia”); los sangrientos sucesos que tuvieron lugar en una aldea gaditana durante la Segunda República, y que hicieron tambalearse su credibilidad (“Sender en Casas Viejas”); la inestimable ayuda que prestó John Dos Passos para que un grupo de refugiados españoles terminara instalándose en América (“Caravana de anarquistas”): o la sorprendente confusión que convirtió a un intelectual en “agente franquista” durante una hermosa expedición de poetas a Collioure en 1959 (“El policía de la foto”).

De algunos de estos personajes y episodios se puede obtener información más abultada en otros libros del escritor zaragozano, pero la belleza miniaturista de estas páginas es absoluta; y leer la obra se convierte en un placer (amargo).

domingo, 4 de abril de 2021

La ternura del dragón

 


Creo que una de las grandes demostraciones de habilidad y solidez por parte de un escritor es la creación de atmósferas: la manera en que consigue instalarnos en un escenario especial, distinto, que fija sus propias reglas. En La ternura del dragón, el zaragozano Ignacio Martínez de Pisón consigue ese objetivo arduo y majestuoso desde las primeras páginas: vemos entrar a Miguel, un niño que se encuentra enfermo y que, tras abandonar las dependencias del internado donde estudia, se instala en la casa de sus abuelos paternos para curarse. Allí descubre un universo anómalo, fabricado de silencios, habitaciones clausuradas, misterios del ayer que no terminan de iluminarse, personajes curiosos que entran y salen (las tertulias que organiza el abuelo, con su aire decimonónico, lo sorprenden de forma especial), doblones de oro que su abuela le entrega a cambio de que rece sus oraciones y un asombroso pájaro al que alimenta en la Zona Deshabitada (un salón en penumbra, lleno de cachivaches y sorpresas).

Miguel descubre pronto que su padre fue un muchacho exaltado y justiciero, que se enfrentó a la dictadura y pagó con su vida tal demostración de arrojo; que su madre es una periodista que siempre se encuentra de viaje en algún lugar alejado del planeta; que su abuelo fue amigo personal de Federico, un poeta al que asesinaron al comienzo de la guerra civil; que el médico que lo atiende parece empeñado en amargarlo, con sus continuas prescripciones de reposo; que su primo Agus, que lo visita casi a diario, padece un leve retraso mental, que en ocasiones lo torna desvalido y en ocasiones insufrible; y que su abuela, además de una mujer extraordinariamente religiosa, es una amante de las flores.

Lentamente, mientras lee tebeos de Tintín, explora la casa y espía los manejos de la sirvienta, Miguel irá descubriendo oscuros episodios que le irán revelando que la verdad no siempre es transparente y que todos escondemos pliegues oscuros, cuyo descubrimiento puede resultar traumático.

En una casa que es caldo amniótico y también selva, rodeado por personajes que le ofrecen múltiples perfiles del inabordable ser humano, Miguel terminará por abrir los ojos a un mundo que no era tan hermoso ni tan idílico como él anhelaba.

Con esta espléndida obra juvenil (la escribió con 23 años), Ignacio Martínez de Pisón obtuvo el premio Casino de Mieres del año 1984.

jueves, 18 de marzo de 2021

Enterrar a los muertos

 


Proceder al entierro de una persona implica sumarse a una ceremonia respetuosa, grave y trascendente, en virtud de la cual le tributamos al ser fallecido un último gesto de cariño y de compañía. Da igual que los adornos que rodean la ceremonia se tiñan de religiosidad o no: todos forman parte de una escenografía amorosa. Quizá por eso resulta tan fácil de entender que los descendientes de quienes yacen en las cunetas o en las bochornosas fosas comunes que nos infligen las guerras se obstinen en rescatar sus restos y volver a inhumarlos, con el protocolo cordial que merecieron.

Ignacio Martínez de Pisón nos ofrece, en su espléndido volumen Enterrar a los muertos, una historia real que podemos incluir en este grupo: la del profesor y escritor gallego José Robles Pazos, que impartió clases en la universidad Johns Hopkins (Estados Unidos), fue pionero en las traducciones españolas de John Dos Passos y fue asesinado durante la guerra civil en el año 1937. El matiz que diferencia su caso de otros (y que lo iguala a otros muchos) es que quienes procedieron a su ejecución no fueron sus adversarios políticos y bélicos, sino las personas de su entorno ideológico. Tras conocerse su desaparición, Dos Passos comenzó a mover los hilos necesarios para aclarar su paradero y, si fuera posible, liberarlo. Fue en 1937 cuando supo por fin que Robles “había sido asesinado por agentes de la policía secreta soviética, es decir, por unos comunistas extranjeros que trabajaban en estrecha colaboración con los comunistas del gobierno republicano y que, al menos en teoría, estaban sometidos a la autoridad de éstos” (p.166). Ese asesinato no fue, desde luego, un episodio aislado, sino una muestra de la “política de aplastamiento de la disidencia” que caracterizó al régimen soviético (p.216). El intenso maniqueísmo promovido desde el Kremlin divulgaba la idea incontestable de que si se criticaban las decisiones de la URSS (es decir, de Stalin) se estaba a favor del fascismo. Fue una tenebrosa y hábil jugada que se saldó con miles de asesinatos en España.

Escritores como Rafael Alberti o Ernest Hemingway vieron con malos ojos que John Dos Passos se esforzase en aclarar ese crimen, porque entendían que le estaba dando “armas” a los adversarios; y que convenía rodear de silencio esa ignominia. Así de nauseabundas pueden llegar a ser las anteojeras ideológicas, que luego siempre resulta fácil justificar o maquillar, con gesto beatífico.

Para esta reconstrucción de los hechos, Martínez de Pisón acude a libros de todo tipo, archivos desclasificados, entrevistas a protagonistas de la época y fotografías antiguas, logrando un documento literario e investigador de primera magnitud. Los crímenes del fascismo, por supuesto, tienen que ser expuestos a la luz; los del comunismo, también. Por eso este libro es tan digno de aplauso.

domingo, 31 de enero de 2021

Fin de temporada

 


Los mejillones, los gusanos de seda y los ornitorrincos viven. O quizá sería mejor decir que existencian. Nosotros, como seres humanos, se supone que deberíamos aspirar a algo mucho más profundo: entendernos y aceptarnos, saber qué lugar ocupamos en la vida y qué conclusiones podemos extraer de ese conocimiento. En su magnífica novela Fin de temporada, Ignacio Martínez de Pisón despliega para nosotros las peripecias a las que se ven sometidos varios personajes de inolvidable factura, que no dejan de interrogarse sobre su sentido vital, sobre la esencia de su respiración. Y digo bien: peripecias. Porque Rosa, Iván o Mabel viven curvas que, de súbito, cambian de trayectoria y los obligan a reinventarse, pero encuentran espacios de reposo para preguntarse por qué, y cómo, y hasta cuándo.

Rosa se quedó embarazada cuando era una jovencita inexperta y se subió en su coche con su novio para poner fin a la gestación en Portugal, lejos de las miradas y los reproches de su entorno. Iván, muchos años después, descubre que el triste accidente automovilístico que sufrieron sus padres impidió que se consumara el aborto e hizo posible que él naciera. Mabel, tras una amarga experiencia conyugal, termina encontrándose con ellos dos y decide continuar a su lado. Pero en ocasiones (lo decía al principio) no basta con existir, ni con querer existir: hay que disponerse a lanzar preguntas… y también estar preparado para recibir las respuestas. ¿Qué ciénagas quedan aún vivas del pasado? ¿Qué odios, qué llantos y qué recriminaciones quedan por llover sobre los protagonistas? Pese a la razonable estabilidad de su presente, Iván querrá descubrir quién pudo ser, y para saberlo no tendrá más remedio que acudir hacia el pueblo de sus padres, donde quedan personas de la familia que pueden aclarárselo. Pero todo tiene un precio. Y en ocasiones, éste es altísimo. “Saber nos hace diferentes, nos convierte en otras personas”, leemos en la página 228. Y quizá en esa frase se encuentre uno de los pilares de esta espléndida narración.

Magistral en la creación de atmósferas y caracteres, Ignacio Martínez de Pisón vuelve a convencer con una novela inteligente, amarga y dura, que podría estar protagonizada por cualquiera de nosotros.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Filek




Hay millones de personas que atraviesan la existencia sin dejar más huella  en el mundo que alguna foto borrosa o una anécdota que sus sucesores recordarán durante dos o tres generaciones, para luego dejar que sea engullida por el sumidero de la nada. Personas sin significado colectivo y sin trascendencia social, cuya única virtud (o cuyo imperdonable error) ha sido la transmisión de su material genético a las generaciones posteriores. Pero que tal destino aguarde a algunos seres especiales, únicos, llamativos, se antoja tan sorprendente como digno de análisis.
Albert von Filek Wittinghausen fue una de esas singularidades. Y, como tal, provocó la curiosidad investigadora de Ignacio Martínez de Pisón, uno de los mejores novelistas de España. ¿Cómo era posible que una persona que había engañado al general Franco, haciéndole creer que estaba en condiciones de fabricar una gasolina nueva, a base de agua y destilados frutales, se mantuviese en la grisura del anonimato? ¿Cómo era posible que apenas hubiera merecido diez líneas en un libro de Paul Preston, sin que otros intelectuales se interesasen por sus peripecias?
Recorriendo archivos, solicitando documentos, devorando la prensa de la época, analizando expedientes y frecuentando dependencias oficiales, el escritor de Zaragoza fue reuniendo con larga paciencia todos los hilos que le permitieran reconstruir las andanzas de aquel estafador que buscó la financiación de la República y del franquismo, que se codeó con Ramón Serrano Suñer (el Cuñadísimo), que fingió ser militar y periodista, que se hospedó en mil sitios (abandonándolos sin pagar o tras ultimar alguna de sus tropelías), que pasó de la celebridad periodística a la mugre de las prisiones y que acabaría muriendo en Hamburgo, tras haberse casado con una misteriosa mujer granadina.
Reconstrucción e investigación que conforman, junto a algunas conjeturas del novelista, un relato magnético, lleno de intriga y claroscuros, que la mano poderosa de Martínez de Pisón sostiene sin altibajos. Deslumbrante.

viernes, 19 de julio de 2013

Aeropuerto de Funchal



Yo tenía 20 años y estaba convencido de que quería escribir y publicar libros. En aquel momento (1986) el formato editorial que más me gustaba era Anagrama, porque no sólo editaban de forma muy hermosa sino que leían a los autores emergentes. Y aunque jamás les envié ninguna novela (supongo que porque me mostraba inseguro de que valieran la pena) sí que leí bastantes números de su catálogo. Uno de los primeros fue Alguien te observa en secreto, de Ignacio Martínez de Pisón. Y ahora, un cuarto de siglo después, descubro una antología del escritor zaragozano en la que incluyen uno de aquellos cuentos memorables. Se trata del tomo Aeropuerto de Funchal, que sale con el sello Seix Barral y que he leído con auténtico placer.
“Los nocturnos” nos traslada, de la mano de la Gran Orquesta Acapulco, hasta el itinerante universo de esos músicos que amenizan verbenas y que se pasan la mitad del tiempo en la carretera o soportando groserías de los parroquianos. Un viaje nocturno en la furgoneta servirá al narrador para contarle a uno de los nuevos cómo se enamoró de Elisa, mala vocalista a la que quiso encumbrar por todos los medios y de la que terminó distanciándose. “La hora de la muerte de los pájaros” es la historia de un amor adolescente, de gran belleza, entre primos. Nos habla de veranos de acercamiento y de septiembres de separación. Y todo ello rubricado con un colofón de languidez. “Boda en el hotel Colón” presenta a un personaje entrañable, patético, humorístico y melancólico (todo mezclado): Anselmo Soler, animador de bodas. “Siempre hay un perro al acecho” nos coloca ante un tema horrible, que produce escalofríos sólo mencionar: la muerte de los hijos. “El ramo más grande de Valladolid” tiene como protagonista a un director de cine porno blando, que se encuentra en un casting a una persona importante de su pasado...

En suma, un conjunto de historias decantadas, elegidas por el propio Ignacio Martínez de Pisón como las más logradas o significativas de su producción, que facilitan unas horas de lectura sumamente agradables. No se equivocan quienes apostaron por él desde el principio. No nos equivocamos tampoco quienes lo leemos con fidelidad desde hace casi tres décadas.

miércoles, 13 de marzo de 2013

María bonita




Cuando la editorial Anagrama publicó el libro Alguien te observa en secreto, allá por el año 1985, adjuntó una foto de su autor (que por aquel entonces contaba apenas 25 años) donde éste mostraba cierto pasmo retraído en los ojos (era su primera salida importante al mundo editorial), una camisa a cuadros y un flequillo juvenil que se derrotaba sobre su ojo derecho. Tres lustros después, el nombre de Ignacio Martínez de Pisón se había consolidado como uno de los valores más sólidos de la literatura española (fue una apuesta que funcionó, frente a tantas otras como entonces se pusieron en marcha, y que se tragó la inmisericordia justa del olvido), con títulos como La ternura del dragón, Nuevo plano de la ciudad secreta, Foto de familia o Carreteras secundarias. Su mirada había ganado en madurez; y aunque siguiera pareciendo que posaba con la misma camisa de antaño (curioso detalle), estaba claro que su narrativa había subido muchos enteros en cuanto a densidad, hallazgos expresivos y enfoque literario.
María bonita, la novela que hoy comento, es una meditación sobre la infancia, la felicidad y la memoria, que se vertebra sobre las experiencias de una niña que vive en un hogar difícil, lleno de complicaciones. Su padre es un obrero bastante pusilánime, sometido a la voluntad férrea de su esposa y a las presiones de sus compañeros, que lo involucran en política sin que él demuestre demasiado interés por el tema; su madre es un ser casi mostrenco, que jamás se permite ternura alguna hacia la niña, y que pretende educarla con un sistema que hubiera hecho las delicias de los espartanos; su hermano Josemi tiene que casarse deprisa y corriendo, porque su novia está embarazada; etc... En suma, un ambiente enrarecido para el que la niña sólo vislumbra una escapatoria: su tía Amalia (rica, dulce, simpática, llena de detalles), a la que juzga como el ideal de madre al que ella cree que tiene derecho a aspirar. María, la pobre niña del extrarradio madrileño, al escuchar la canción María bonita, que Agustín Lara le dedicó a María Félix, se deja embargar por la felicidad y accede a un peligroso territorio: aquel en el que se siente querida, dichosa y respetada. María se elige feliz, rodeada por esa música; pero ignora (es una niña y aún no ha vivido lo suficiente) que nadie elige su destino, sino que éste nos va modulando a nosotros, con el capricho tortuoso de sus senderos. Nadie elige a sus padres, como nadie elige el momento de nacer. Y esa sabiduría amarga la acabará asimilando esta criatura de un modo traumático, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón malherido de claudicaciones y renuncias. Es muy difícil salir desilusionado (literariamente) de este volumen.