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viernes, 8 de mayo de 2026

Tuerto, maldito y enamorado


 

Deliciosa. Una novela deliciosa. Una novela magnífica. Vaya esta conclusión por delante para quienes tengan prisa o prefieran la rotundidad. Tuerto, maldito y enamorado, de Rosa Huertas, es un libro para enamorarse de la literatura (la de Lope de Vega y la de la autora). Y lo es por muchas razones: por la forma en que la escritora nos pasea por el Madrid del siglo XVII; por su fascinante modo de hacernos entrar en la vida (literaria y doméstica) del Fénix de los Ingenios; por el desarrollo de una trama magnética, que incluye fantasmas, anécdotas curiosas, sustos, amor, magia y amistad; por el retrato estupendo de sus protagonistas, que adquieren vida (incluidos los fantasmas) ante nuestros ojos.

Conoceremos en sus páginas a Elisa Velasco, adolescente más bien tímida y con tendencia a asustarse por todo; y a su hermana pequeña Carmen, que abomina de la literatura y que tiene (simpáticamente) más cara que espalda; y a Ricardo, el novio de Elisa (en sus días buenos, Rico; en los demás, Cardo); y a Lina, una pobre loca que desvaría a gritos por las noches en el edificio de enfrente; y al padre de Elisa, que sobrelleva como puede la separación de su esposa; y al anónimo fantasma que se encuentra enclaustrado en una biblioteca, víctima de una terrible maldición, y que solamente recuperará su nombre al final de la obra. A partir de ahí, ocúpense ustedes de seguir indagando: estoy seguro de que no me perdonarían más indiscreciones. Encontrarán ternura, encontrarán lágrimas, encontrarán rituales de invocación, encontrarán amores eternos, encontrarán sorpresas continuas, encontrarán memorables descargas de adrenalina. Y, sobre todo, encontrarán (o volverán a encontrar, como en mi caso) a una escritora auténticamente lujosa para nuestro país. No se priven de ese placer.

domingo, 19 de abril de 2026

La bomba

 


Tres niños de unos diez años que juegan en las afueras de su pueblo encuentran, semienterrado, un enigmático objeto de metal. Y, siendo tres las miradas que recaen sobre el misterioso artefacto, tres son también las interpretaciones que este suscita: Ying Tao cree que es un resto arqueológico; Juan Pablo opina que se trata de un tesoro; Hamid lo sospecha una nave de origen extraterrestre. Pero el juego que Jordi Sierra i Fabra diseña para este libro se enriquece cuando descubrimos que Ying Tao, que vive en Asia y cuya familia trabaja en los arrozales, explica que sus mejores amigos se llaman Hu San y Koiko; y cuando descubrimos que Hamid, que vive en un territorio de Oriente Medio que ha sufrido muchas guerras y muchos cambios fronterizos, indica que los suyos se llaman Akim y Yaiza; y cuando descubrimos que Juan Pablo, habitante de una zona de América Latina donde los paramilitares y la guerrilla se matan entre sí, tiene como amigos a Edelmiro y Melinda. Es entonces cuando advertimos con admiración el alto valor simbólico del relato. Estos niños son todos los niños. Su aldea es cualquier aldea. La inocencia es cualquier inocencia. Y su amistad se llama concordia.

El autor, con modestia encomiable, subtitula la obra con el rótulo de “Una fábula en tres dimensiones”; pero tampoco resultaría disparatado ampliar ese marbete para calificarla de “Una alegoría en cuatro dimensiones”, porque su lección fue verdad, es verdad y lo seguirá siendo en el futuro. Es decir, que su espíritu incorpora el tiempo. Da igual hacia dónde se dirija la mirada, da igual el rincón del mundo en el que fijemos los ojos: la barbarie, el horror, el sinsentido jamás tendrán justificación cuando sieguen vidas humanas. Así que esta narración de amistad, candor, ilusiones y sosiego adquiere un alto brillo mientras la leemos. Ahora bien, al lector le espera una gran pregunta, que recorre e ilumina toda la parte final de la novela: ¿cómo se convierte una bomba, terrible y destructora, en objeto de inspiración (Ying Tao), súplica (Hamid) o esperanza (Juan Pablo)? Esa parte, y discúlpenme si les dejo con la intriga, me gustaría que la descubriesen por sí mismos.

viernes, 9 de enero de 2026

El profesor de música


 

Es curioso cómo funciona el azar: ahora que estoy en las últimas semanas de mi carrera como profesor (no de música, pero sí de literatura), tropiezo con esta novela de la parisina Yaël Hassan, que leo gracias a la traducción de Ana María Navarrete, y me encuentro con la historia de un docente que se encuentra, él también, en su último curso. Durante años, ha sentido que su trabajo no era valorado por sus alumnos (demasiado ruidosos, demasiado maleducados) y que lo mejor era retirarse cuanto antes, para sentarse en su sillón y agotar sus últimos años escuchando a sus compositores favoritos con la ayuda de unos auriculares. Pero ahora, cuando la puerta de salida está abriéndose frente a sus ojos, descubre a Malik, un alumno árabe que siente devoción por el violín y que quisiera ser capaz de aprender a tocarlo. Amable, el viejo profesor judío (su nombre es Simón Klein) insiste en que debe decantarse por el piano, sin que sirva de nada la educada insistencia del chiquillo. ¿Por qué se resiste el anciano a introducirlo en el aprendizaje del violín? Para saberlo, tendremos que avanzar por la historia y descubrir un doloroso trauma que se desarrolló entre los muros inhóspitos del campo de concentración de Auschwitz, donde Simón y toda su familia sufrieron las agresiones y torturas de los nazis. Su esposa, Bella, trata de convencerlo para que se sobreponga a la amargura (“¡No rompas su sueño solo porque rompieron el tuyo! ¡No sería justo!”, p.50), pero el esfuerzo para sobreponerse no es tan fácil de acometer. Salir del pozo (de todos los pozos) lleva su tiempo.

Una novela breve, emotiva y muy dulce, que puede ser leída tanto por jóvenes como por adultos: cada lector(a) encontrará en ella unas lecciones tan diferentes como igual de valiosas.

sábado, 15 de junio de 2024

El último enigma

 


Estamos en Flandes, en el año 1564. En medio de la noche, la puerta del doctor Jacob Palmaert es golpeada nerviosamente por el abogado Bartolomé Loos, quien insiste en que lo acompañe a su casa, porque necesita de sus servicios como galeno especializado en enfermedades mentales. El doctor, mientras lo acompaña, se entera de que el abogado Loos es uno de los miembros de la Hermandad del Enigma de Salomón, y que el motivo de su angustioso requerimiento se basa en que los demás componentes de dicha sociedad, tras recibir un mensaje esotérico y leer su contenido, han ingresado de forma unánime en una extraña locura.

Pronto se incorpora a la trama, en una trayectoria anexa, el joven Ismael, sobrino del canónigo Sebastián Leiden. El muchacho trabaja en una posada, pero en realidad lo que está haciendo es controlar a los viajeros que transitan por la misma. Al fin llega alguien que atrae su atención, y el chico le comunica a su tío que, en su opinión, el recién llegado es un Maestro de Enigmas de la Hermandad. De hecho, y viendo que el desconocido se va de la posada antes de lo esperado, se apresta a perseguirlo a una distancia prudente. Se trata (lo descubrirá pronto) de Juan de Utrecht, un hombre sigiloso, precavido e inteligente, que se mueve con la habilidad de un felino y al que no resulta fácil espiar o controlar. Pero es que a la suma de inconvenientes que debe superar Ismael se suma el nombre de Lucas Lauchen, un inquisidor que, obsesionado con la figura de Juan de Utrecht, ha contratado a dos asesinos profesionales para que lo maten… y para que maten de igual modo al chico que lo acompaña.

Entretanto, los enfermos mentales retenidos en la mansión del abogado Loos no dejan de empeorar, ante el desconcierto del doctor Palmaert, quien no se muestra capaz de sanarlos. Uno de ellos, incluso, se suicida.

En ese punto entra en juego la prodigiosa habilidad novelística de Joan Manuel Gisbert, quien comienza a dar giros a la acción hasta conseguir que los lectores vayan de asombro en asombro, vertiginosamente embriagados. Una anagnórisis muy bien trenzada en los capítulos finales cambiará con inteligencia el rumbo de la obra. Una brillante narración, marca de la casa.

jueves, 8 de junio de 2023

Futuros peligrosos

 


Mal cuerpo. Creo que son las dos palabras que mejor definen el estado en que me encuentro tras terminar la lectura de Futuros peligrosos, de Elia Barceló. Y no se trata de una crítica negativa, ni de un reproche a la autora: es evidente que ese propósito se encontraba entre las prioridades de su trabajo. Habitualmente, cuando alguien me pregunta qué entiendo por un buen libro, suelo responder que en mi opinión se trata de aquella obra que consigue el objetivo perseguido por quien lo ha escrito: si intentaba darnos miedo y nos lo da, si trata de llevarnos a las lágrimas y lo consigue, si se marcaba como meta hacernos sufrir y lo hace. En Futuros peligrosos, la escritora alicantina (lo juzgo evidente) trataba de remover nuestro interior, inquietarnos con las posibilidades más oscuras del porvenir y la asechanza de sus peores pesadillas. El objetivo, desde luego, se cumple con gran eficacia, porque Elia Barceló es una narradora de solidísimo pulso: sabe activar siempre los mejores recursos para conseguir sus propósitos.

Imaginemos por un momento que fuera posible disponer de unos seres que, en apariencia todopoderosos, fueran capaces de satisfacer todos nuestros caprichos, del tipo que sean; imaginemos que la empresa que estudia nuestra contratación estuviera facultada para recabar datos de cámaras urbanas, redes sociales y correos electrónicos no encriptados, con el fin de conocernos más; imaginemos que la vigilancia de nuestra salud llegara a los extremos de prohibir el tabaco, el alcohol, los azúcares, las grasas y otros peligros, convirtiéndonos en grises seres longevos, macerados por la languidez; imaginemos que la ingeniería genética nos permitiera disponer de un cuerpo más joven y sano que el nuestro, usurpándolo a su legítimo propietario; imaginemos que la clonación activase un protocolo, en virtud del cual dispusiéramos de “recambios” para no morir del todo; o, en fin, imaginemos (y con ese relato vomitivo y perturbador se cierra el volumen) que se crease un programa televisivo donde los inmigrantes que llegan en pateras se convirtiesen en protagonistas de una cacería humana, cuyo premio consiste en la obtención de un contrato de trabajo para el superviviente.

Para estómagos fuertes y para mentes dispuestas a llegar al límite.

jueves, 16 de febrero de 2023

La traición

 


Finn, Sara, Anne y Miguel son unos jóvenes que viven en la isla Alegría, en pleno Trópico, desde que esta propiedad fue puesta en sus manos por el capitán Mandayville. Y la gran alteración de sus vidas se produce cuando a la costa llega un náufrago moribundo, cuyas últimas palabras aluden a un halcón de oro y piedras preciosas que perteneció al emperador Carlos V, que permanece desde hace décadas en paradero desconocido y que ahora puede ser recuperado. Como se puede observar, un planteamiento muy sugerente que sirve como arranque para esta novela juvenil que, con el título de La traición, firma Paul Thiès, traduce Ana Mª Navarrete Curberlo y publica Edelvives. Y ahí, me temo, se acaban los primores de la obra, porque el resto está desdibujado, resulta confuso, incurre en lo inverosímil o provoca el enarcado de cejas de los lectores. ¿Un muchachito que fue rescatado de su condición de esclavo y que ahora recita largos fragmentos poéticos de John Donne (p.22), prepara banquetes “dignos de Lúculo” (p.41) y cuando ve a la chica amada siente que “Shakespeare, Ronsard o Petrarca hablan en mi lugar” (p.83)? ¿Un muchachito que se fuga de un campamento de esclavos porque consiguió ocultar belladona en polvo entre su pelo, preparó un veneno para distraer a sus captores y luego encontró un oportuno objeto metálico en pleno manglar, con el que fabricó una sierra para separarse de sus cadenas? Se podrían aducir más ejemplos, pero estimo que incurriría en la saña.

Creo que la existencia de ese halcón legendario, ahora escondido en un lugar que dos manuscritos protegen, daba para más (para mucho más) de lo que Thiès logra en sus páginas, en las que se frena y se acelera sin medida, en las que todos sus personajes varían de textura emocional como dando brincos y en la que incluso el descubrimiento de la joya provoca bostezos en el lector, por la forma grisácea y desmañada con la que describe su recuperación. Es como si las películas de Indiana Jones las hubiera rodado Ed Wood.

No la olvidaré pronto: ya lo he hecho.

martes, 14 de febrero de 2023

Huye de mí, rubio

 


Sus padres (un ingeniero teutón que trabaja para una multinacional y una mujer snob que vive pendiente del lujo) están separados, pero los vínculos que Ismael mantiene con ellos no son, en ninguno de los dos casos, afectuosos. El padre es un hombre rígido que no le prodiga más que órdenes; la madre, distraída por la gastronomía y los amantes, lo hace sentirse un estorbo. A sus quince años, Ismael es un chico desnortado y huérfano de calor, que se refugia en el único sitio donde se siente libre y a salvo: su libreta, donde va dibujando y componiendo poemas. Pero una estancia con su padre, que está trabajando en la construcción de una presa en la República de Sierramagna (Centroamérica), dará un vuelco a su vida: tras algunas experiencias desagradables en forma de robos y agresiones, el chico será secuestrado por la guerrilla y se verá, tras un viaje infernal a través de la selva (a pie, maniatado, comido por los insectos y torturado por el hambre y la sed), en el interior de un campamento lleno de personas furibundas, que lo odian por la blancura de su piel y su condición de hijo de capitalista. Mantenerse vivo y que su familia acceda a pagar el rescate son las únicas fuerzas que le permiten seguir en pie, aunque las atrocidades que irá viendo a su alrededor vayan minando su alma.

Con esta novela dura y firme, Óscar Esquivias aborda temas aparentemente poco adecuados para un público juvenil (la obra se dirige a lectores a partir de catorce años), pero lo hace con tanta inteligencia y con tan buen tino que sin duda logra su objetivo: la brutalidad de ciertas ideas revolucionarias, la violencia de quienes en apariencia nada tienen que perder, la degradación y la venalidad de algunos periodistas, la crudeza de las políticas represivas… Conseguir que una novela en la que se producen fusilamientos, cortes con machetes, manos amputadas o ingesta de drogas resulte educativa y catártica es toda una proeza, así que les recomiendo que no se pierdan esta obra. Y no se pierdan tampoco, por favor, el giro inesperado que se produce en el párrafo final, que cambia un buen número de ideas preconcebidas que pudiéramos tener sobre las emociones que asaltan al protagonista.

Óscar Esquivias es un auténtico maestro. Escribiendo para adultos y escribiendo para jóvenes. Punto.

jueves, 22 de diciembre de 2022

El almacén de las palabras terribles

 


Todos pronunciamos alguna vez palabras atroces, palabras que hieren o que destruyen, palabras que querríamos habernos ahorrado, pero que una vez lanzadas ya no admiten enmienda y difícilmente pueden ser olvidadas. ¿Existirá algún modo de enmendar el yerro de nuestra impertinencia, de nuestra crueldad, de nuestros exabruptos? Elia Barceló nos invita a la reflexión en El almacén de las palabras terribles, una novela juvenil de construcción deliciosa, en la que desde el principio vamos a conocer a dos chicos muy jóvenes, que han incurrido en la torpeza de agredir a personas importantes para ellos: Natalia le ha espetado a su madre que la odia, y que no quiere seguir viviendo con ella; Pablo, después de un desengaño, ha expulsado de su vida a su mejor amigo, Jaime. Ambos (Natalia y Pablo) acaban confluyendo en un misterioso lugar, al que los ha conducido un anciano de cabellos blancos y ojos de color avellana: una vasta nave en la que descubren, escondidas en frascos, burbujas y otros recipientes, aquellas palabras que, luminosas o turbias, han ido pronunciando durante el transcurso de sus vidas. Como es lógico, los lectores quedamos bastante confusos (aunque embriagados) con el desarrollo de estos acontecimientos. ¿Se trata de un sueño, de una impostura, de una fantasía… o de una realidad? ¿Hasta qué punto llega la tensión simbólica del relato o su condición de verdad “paralela”?

Si desvelase ese punto estaría haciéndole un flaco favor a este libro, que aumenta de belleza, de emoción y de intensidad conforme van sucediéndose las páginas; así que me abstendré de cometer esa inmerecida vileza.

Quédense, eso sí, con un detalle crucial: Elia Barceló es una escritora como la copa de un pino, que sabe componer música con las palabras y tocar con ellas el corazón de quienes se aproximan a ellas. Me entusiasmó en Cordeluna y ha vuelto a hacerlo (en un registro narrativo muy distinto) en El almacén de las palabras terribles. No será mi última aproximación a sus trabajos.

sábado, 26 de noviembre de 2022

Dulcinea y el Caballero Dormido

 


Una mujer manchega, llegada a los arrabales de la senectud, recuerda cómo el azar la convirtió años atrás en un nombre imborrable de nuestra cultura gracias a que un conocidísimo hidalgo, Alonso Quijano, la transformase en dama de sus pensamientos (“Pienso en lo afortunada que fui, pues entre todas las mujeres del mundo me eligió a mí”). En su juventud, recuerda ahora, fue amiga de Antonia, la sobrina del hidalgo; y por ella conoció los desvaríos del enjuto anciano. Y por ella visitó la casa, donde el más célebre de los caballeros del mundo la vio por primera vez y quedó encandilado con sus rasgos.

Ahora, recuerda de vez en cuando ante unos niños del pueblo las escenas más curiosas de aquella novela “extraña, cruel y llena de pesadumbre”, que la hizo famosa. Y nos explica a los lectores que, de un modo que nosotros ignoramos, alcanzó a ver en una segunda ocasión a don Quijote, aunque el escritor arábigo que puso en letras de molde las aventuras del caballero prefirió omitir por razones desconocidas el episodio. ¿Cuándo se produjo aquel segundo e invisible encuentro entre ambos? ¿Cuáles fueron las circunstancias en que aconteció? La anciana Aldonza Lorenzo, la sin par Dulcinea del Toboso, nos lo explica con detalle en las páginas finales de este libro. Pero yo, como es natural, no cometeré la indiscreción de revelarlo.

Permítanme, eso sí, que les copie un párrafo inigualable de esta novela, que revela la exquisitez de su autor. Refiriéndose al hidalgo, Dulcinea asegura: “Nadie continuó mejor que él la obra de Dios. Pues lo que quiere Dios es que juguemos con las cosas, como hacen los niños. Y eso era lo que hacía el caballero; como le pasó al buen Jesús cuando transformó el agua en vino, o se puso a andar sobre las aguas, que no se puede decir que estas acciones sirvieran para mucho, y que más parecían surgir del gusto de hacerlas que por querer demostrar al mundo que tenía una misión que cumplir. ¿Y saben por qué jugamos? Jugamos por miedo. Miedo a la soledad, a los pasillos interminables, a la muerte que antes o después vendrá a llevarnos a su reino de oscuridad. Pero también porque sí, sin ninguna razón, porque existe la gracia en el mundo”.

Se llama Gustavo Martín Garzo y es un narrador absolutamente maravilloso, que aquí nos entrega una delicada novelita, que emociona por igual a jóvenes y no tan jóvenes, haciendo que la anciana Dulcinea se convierta no solamente en testigo privilegiado de las aventuras de don Quijote, sino en cronista emocionada y tierna de la melancólica languidez que asaltó en sus últimos días al héroe derrotado e incomprendido.

viernes, 20 de noviembre de 2020

La Troupe

 


Resulta curioso que, siendo el circo uno de los espectáculos más relacionados con el mundo de la niñez, puedan enumerarse tan pocas buenas novelas juveniles que lo tengan como elemento central de la trama. Por fortuna, la editorial Edelvives ha tenido el acierto de conceder el XX premio Alandar a La Troupe, de Antonio J. Ruiz Munuera, que es un espléndido relato en el que el circo desempeña un papel muy notable.

Al principio, los vericuetos narrativos nos llevan a conocer a Elisabeth Copeland, una jovencita inglesa que ha tenido que instalarse en Quebec, junto a un padre autoritario, virulento e intransigente (es gobernador colonial), que ha contraído segundas nupcias con una mujer estirada y desagradable. Harta de la opresión a la que se ve sometida en casa, la chica decide fugarse utilizando un habilidoso truco y siendo acompañada por Thierry, un pilluelo que trabaja en la caballeriza y que ha recibido una bochornosa paliza por acercarse a la hija del gobernador. A partir de ese momento, su alejamiento se confunde con la trayectoria del circo La Troupe, cuyo deambular por las costas canadienses les sirve como refugio y como sucedáneo de familia. Lo que todos ignoran es que el vengativo lord Gilmour (el padre de Elisabeth) ha puesto a dos mercenarios en marcha para que localicen a su díscola hija. Y la cacería no terminará tan fácilmente.

Mostrando una admiración y un respeto enormes por el mundo del circo (“Ellos representaban esa parte marginal de la sociedad que todos admiramos, pero que a la vez tememos: son nómadas, trotamundos, insumisos a las normas sociales e inadaptados por decisión propia. Algo en su manera de comportarse te dice que son personas diferentes, y no solo por sus extraordinarias habilidades”, páginas 140-141), Antonio J. Ruiz Munuera nos entrega un fervoroso canto a los paisajes naturales, los árboles, las flores, las hojas, los rompientes, las nevadas y los bosques; pero también un canto a la libertad y la vida plena, sin ataduras.

Una magnífica novela juvenil que enseña a abrir los ojos, disfrutar de nuestro entorno y convertir la existencia en un canto de alegría, como hubiera explicado (y por momentos, así lo siente el lector adulto, al leer estas páginas) el poeta Walt Whitman.

viernes, 15 de noviembre de 2019

La isla de Nim




Un niño es siempre una isla, un espacio virgen que se defiende del mundo rodeándose de un agua especial, aislante. De ahí que los niños sean los grandes imaginativos, los grandes constructores de mundos paralelos; y de ahí también que los autores que se han ocupado de escribir para ese público (Tolkien, Lewis, Rowling) hayan intentado convertir en protagonistas de sus historias a niños que, con la fuerza de su mente, con el músculo de su fantasía, han edificado grandes aventuras. Narnia o la escuela mágica de Harry Potter pueden ser dos ejemplos bien conocidos.
En La isla de Nim, de Wendy Orr, que publica Edelvives en la traducción de Herminia Bevia y con ilustraciones de Kerry Millard, se repite el procedimiento. Su protagonista es una niña que vive en una isla (no metafórica, sino real) con su padre, un investigador que, a causa de una tormenta, acaba perdido en el mar. Entonces la muchacha, auxiliada por tres amigos muy especiales (un león marino, una iguana y una tortuga), decide que no va a rendirse, y que pondrá todo de su parte para rescatar a su padre. ¿El modo de lograrlo? Pues su única idea pasa por el correo electrónico, mediante el cual se comunica con Alex Rover, un intrépido protagonista de novelas de aventuras… que en realidad es una escritora de éxito, huraña e introvertida.
Cuando Nim consigue que Alex Rover se interese por su situación y se implique en ella comienzan a suceder las auténticas aventuras de este libro, que se puede completar con la versión cinematográfica protagonizada por Jodie Foster.

sábado, 12 de octubre de 2019

A lo lejos, Menkaura




Gamal no es un chico como cualquier otro. Vive en un lugar pobrísimo de El Cairo, rodeado de policías corruptos, camelleros que apenas ganan para vivir, turistas que pasean sus cámaras fotográficas con displicencia y otros miles de niños que, como él, sufren hambre y penalidades, y ni siquiera pueden ir a la escuela.
La familia de Gamal está compuesta por Alí, el padre (hosco, aunque de buen corazón), su hermano mayor Ibrahim (bromista y noble), su laboriosa hermana pequeña Zainab, su abuelo… y su peluche Gacela. Falta, como es fácil observar, la madre, que murió a causa de una infección que nadie quiso tratarle en el hospital a causa de su pobreza.
Los dos ejes, pues, de la vida de Gamal son la miseria y la ausencia de la madre. Pero él desea para su futuro algo más esperanzador y firme: ser arqueólogo.
La contemplación de la pirámide de Menkaura (a la que ha convertido en su única amiga, y con la que dialoga en secreto) le hace soñar con mundos perdidos, tesoros ocultos y esplendores que su hambre actual ve como horizonte idílico.
Elena O’Callaghan obtuvo el VIII premio Alandar con esta novela, titulada A lo lejos, Menkaura y publicada por el sello Edelvives, en la cual hay páginas imborrables sobre la ternura (esa argucia que pone en práctica la madre de Gamal diciéndole que ir a la escuela no es un castigo, sino un modo de labrarse un futuro para cuidar a los padres ancianos), sobre la inocencia (cuando el abuelo le hace creer que su reloj de bolsillo se abre soplándole) y sobre la esperanza (la doctora Laila Rachid, que se dispone a enseñarle el arte de la escritura, se convierte en su “segunda madre”).
Una lectura idónea para abrir los ojos a mundos diferentes.

domingo, 22 de septiembre de 2019

Codex Nigrum




Una vieja iglesia de Roma está experimentando una situación angustiosa, desde que algunos de los cuadros que cuelgan en sus paredes comienzan a sufrir serias alteraciones macabras que varias fuentes (incluido el párroco, el padre Bernardi) atribuyen a causas satánicas. A la vez, se celebra en la localidad un congreso de demonología en el que confluyen Hans Richter (quien no cree en la existencia del diablo) y el tétrico Heinrich Schumann (furibundo defensor de sus poderes).
Con esos ingredientes narrativos, José María Latorre comienza a dibujar el trazo de su novela juvenil Codex Nigrum, en la que todo el peso de la intriga se articula sobre dos enigmas básicos: el primero es la presunta existencia de un libro mítico sobre el Mundo Oscuro, que los satanistas han buscado infructuosamente desde hace siglos, y que podría estar a punto de aparecer en la citada iglesia de San Luigi in Manera; el segundo, la reflexión misma sobre la posibilidad del Mal. ¿Puede creerse hoy en día, en plena modernidad, en la existencia de una figura diabólica que pueda materializarse y actuar en el mundo?
Jugando con esos elementos, Latorre nos introduce en la novela un asesinato sacrílego, varios ahorcados en rituales escabrosos, invocaciones espeluznantes, criptas subterráneas llenas de sarcófagos y sombras misteriosas, un intento de enterramiento en vida, unos arqueólogos que sufren un final terrible, nubes maléficas que persiguen (e incluso engullen) a las personas, casas alejadas de la ciudad en las que se celebran ceremonias inquietantes… Nada falta en esta novela dinámica y eficaz, que puede funcionar muy bien entre el público joven.

martes, 12 de febrero de 2019

El juramento de los Centenera




Que una novela juvenil esté basada en hechos reales le añade, reconozcámoslo, un añadido de intriga y de curiosidad muy elevado. Así ocurre con El juramento de los Centenera, la espléndida narración con la que Lydia Carreras de Sosa obtuvo hace unos años el premio Alandar, de la editorial Edelvives.
La novela nos habla de un grupo de hermanos que, tras haber perdido a sus padres, deciden poner rumbo al continente americano para construir allí sus nuevas vidas, llenos de ilusión y de proyectos. Una de las hermanas se queda en España, casada con un usurero que le garantiza la supervivencia; y los demás parten llevándose a María, la pequeña, a la que le falta un dedo y que adolece de un notorio retraso mental. Los mimos que le prodigan y las atenciones que a su alrededor se tejen los mantienen unidos como bloque familiar. Hasta aquí, la acción es cautivadora. Pero lo más inquietante llega después: cuando el barco se encuentra a punto de tocar puerto, tras una travesía muy prolongada y llena de zozobras emocionales, descubren algo que los destroza y que los conduce al reino del horror: la pequeña María no aparece por sitio alguno. ¿Se ha caído al mar? ¿Alguien la ha secuestrado? ¿Se ha perdido en algún sótano?
Los hermanos, después de una búsqueda inútil que se prolonga durante dos días, bajan a tierra y se comprometen bajo juramento a no volver a mencionar el tema de la hermana, pase lo que pase. Obviamente, no va a resultar tan sencillo: Josep (que es el narrador de esta obra) experimenta una profunda desazón por haber actuado así, y cuando ya han pasado muchos meses termina contándole los detalles de la pérdida a una criada con la que traba cierta amistad. Ésta se lo dice a su vez a su señor (amigo del juez Valero)… y comienza la investigación.
Decir cómo se desarrolla la misma es bastante fácil: a base de entrevistas con antiguos viajeros, que van revelando pequeños trocitos de la verdad. Pero decir cómo termina, y qué encuentran al final de la trama, sería una grosería lamentable, que no pienso cometer. Lydia Contreras de Sosa consigue una pieza espléndida, en la que el lenguaje, la fluidez de la narración, la finura de sus aproximaciones al mundo interno de los protagonistas y una acertada dosis de intriga se amalgaman para conformar una novela seductora.

domingo, 5 de julio de 2015

El cartero de Bagdad



Para muchas personas, la simple mención de la palabra Bagdad comporta una serie de elementos emocionales a los que resulta difícil resistirse: exotismo, luz oriental, personajes subyugadores, magia. La ciudad de Bagdad aparece asociada en el imaginario colectivo a las Mil y una noches, a la lámpara de Aladino, al intrépido Simbad, a alfombras voladoras, a huríes que preconizaban sin saberlo a la colombiana Shakira, a cuevas repletas de tesoros, donde fulgen los diamantes y donde las montañas de oro ciegan la vista. Lamentablemente, la Historia (que es un río de sangre) se ha encargado de que Bagdad signifique, hoy en día, cosas más aciagas: disparos en las calles, terroristas que se inmolan por su fe, inestabilidad, pobres niños que deben jugar entre cañones y fusiles, familias enfrentadas y un odio estúpido que obliga a la población a situarse en uno de los bandos, sin que exista posibilidad de diálogo.
Marcos S. Calveiro, sirviéndose de esa nueva y triste situación, escribió una novela espléndida titulada El cartero de Bagdad, cuyo protagonista es Abdulwahid, un niño de 11 años que pertenece a una familia sunita, y al que las circunstancias han separado de Ahmed, su mejor amigo, que procede de un entorno chiita. El padre de Abdulwahid es cartero y realiza su labor sobre una bicicleta, sorteando baches provocados por las bombas, protegiéndose como puede de los disparos que cruzan las calles y confiando en Alá, porque entiende que repartir cartas en medio de la guerra es “una manera de aportar un poco de normalidad entre tanto desastre” (p.36). Es un hombre, además, interesado por el mundo de la cultura, que le habla a su hijo de letras y de bibliotecas, y que despierta en él la afición por las buenas historias, narradas con elegancia. Pero un día ese hombre valioso queda herido mientras reparte la correspondencia y le hace entrega a su hijo de una carta. Una carta especial que debe ser entregada sin tardanza al viejo Faysal Al-Rashid. Para que su padre se sienta orgulloso de él, Abdulwahid decide enfrentarse a todos los peligros de las calles y, con la ayuda de su amigo Ahmed (ambos aparcarán sus diferencias), consigue encontrar al noble anciano, que tiene una gran sorpresa reservada para ellos cuando abre la carta en su presencia.

Esta novela, merecedora del premio Ala Delta del año 2007, fue traducida por Ignacio Chao.

jueves, 11 de junio de 2015

Barro de Medellín



Alfredo Gómez Cerdá es uno de los escritores juveniles más premiados y más reconocidos (más justamente reconocidos, añadiré) de España: raro es el libro que, saliendo de sus manos, no consigue situarse entre los más leídos por nuestros niños o adolescentes. En el año 2008, por ejemplo, constituyó un auténtico éxito su composición Barro de Medellín, que mereció el premio Ala Delta y que ilustró deliciosamente Xan López Domínguez. En 2009 le habrían de conceder, además, el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil.
Nos cuenta la historia de Camilo y Andrés, dos amigos inseparables que logran sobrevivir en un barrio pobre y marginal de Medellín (Colombia), y que deben luchar contra dos imágenes que les torturan: a Camilo lo persigue como un atroz estigma la embriaguez creciente de su padre, que se vuelve cada día más violento y que lo obliga a traerle alcohol, utilizando para ello los gritos y hasta la intimidación física; a Andrés lo persigue el hecho vergonzante de que tanto su padre como su abuelo se ganen la vida robando. Pero un singular edificio instalado cerca de sus casas variará el rumbo de sus vidas: la enorme y bien surtida biblioteca, a cuya inauguración acudieron los reyes de España unos meses antes. Allí se encuentran a Mar, simpática y comprensiva bibliotecaria, y un océano de libros que, al principio, sólo servirán para ser robados (de hecho, Camilo logra cambiar uno de ellos por una botella de licor para su padre).
Finalmente descubrirán que dentro de aquellos volúmenes se esconden la dignidad, el cambio y la posibilidad de ingresar en el futuro por una puerta menos mugrienta que la que ellos han conocido hasta ahora.

Sin ñoñerías, Alfredo Gómez Cerdá nos demuestra que, en ciento cuarenta páginas, se pueden concentrar muchos instantes de buena literatura, y que los mensajes educativos no tienen por qué ser plúmbeos.

domingo, 4 de noviembre de 2012

El año de la venganza



Es probable que algunas de las personas que tienen la amabilidad de seguir esta página se hayan percatado de que no suelo dedicarme con demasiada frecuencia en ella a los libros juveniles. Y si algunas de esas personas saben que mi profesión es la de profesor de literatura en un instituto quizá les choque un poco ese vacío. Empezaré, pues, aclarando ese extremo. Soy lector ocasional, pero constante, de literatura juvenil. Entre otras cosas, para saber cuáles son las tendencias, estilos, técnicas y temáticas que interesan a mis alumnos. No creo que se pueda enseñar literatura de forma razonable a los adolescentes sin preocuparse de qué cosas les llaman a ellos la atención. De ahí que Care Santos, Jordi Sierra i Fabra, Joan Manuel Gisbert, Laura Gallego o Stephenie Meyer formen parte de mis estanterías. Pero es verdad: no suelo traerlos a esta página.
Hoy rompo la tendencia por una razón simplicísima: he leído un libro que me ha parecido formidable. Se titula El año de la venganza, lo ha publicado el sello Edelvives (uno de los grandes) y su autora es murciana. Se llama Antonia Meroño y el libro que nos ocupa es su primera novela. De ahí que la sorpresa sea aún mayor, porque no se aprecian en sus páginas vacilaciones de bisoña, ni trucos manidos de manual, ni altibajos estilísticos o argumentales. La obra es sólida de principio a fin. Y se construye con una técnica tan sencilla como irreprochable: la analepsis. Así, desde la página inicial nos encontramos con Valentina, hija de padres divorciados, que comienza a recordar la historia que nutrirá este libro... Su madre era jefa de estudios de un instituto y ella, repetidora de 4º de ESO, se vio obligada a estudiar allí, aunque no lo deseaba en absoluto. Sus condiciones objetivas (digámoslo de esa forma) no eran desde luego las más adecuadas para integrarse en un nuevo centro: exceso de peso, piercings más bien aparatosos, escaso interés por las relaciones sociales... Todo se confabulaba para que no terminara de encajar. Pero como el Destino a veces se complace en jugar con nosotros como lo haría un gato con un ovillo de lana, he aquí que aparece en su misma aula una chica llamada Albertina, que no puede ser más estrafalaria: acude a clase con una maleta, se viste con ropas llamativas de estilo hippie... y es capaz de adivinar las preguntas que terminarán saliendo en los exámenes.
A partir de ese momento, el curso se va desarrollando por cauces más bien extraños y con ingredientes no siempre fáciles de digerir: un conserje que tiene una actitud variable frente a Valentina y el resto de alumnos (oscila entre la simpatía y los ademanes violentos); un profesor de matemáticas de lo más maniático (y eso que es la asignatura favorita de la narradora); una profesora de física que es incapaz de mantener el mínimo de disciplina en clase y que es sistemáticamente saboteada por los típicos graciosos de turno; y por fin, para quebrantar del todo la atmósfera que rodea a profesores y alumnos, la misteriosa desaparición de dos chicos, que pone patas arriba a la comunidad. Valentina, metida casi por sorpresa a detective improvisada, supone que la responsable de estos secuestros tiene que ser la doctora Aguirre, la quebradiza profesora de física (a la que los dos chicos en cuestión ocasionaron en el pasado un grave daño emocional relacionado con su gato). Pero no tiene pruebas determinantes...
En esta novela de Antonia Meroño todos los elementos funcionan, porque sobre todos ellos se ha operado con mesura y con inteligencia una sabia alquimia: los personajes, que responden a seres auténticos (basta con acercarse a cualquier instituto y podrán ustedes verlos); las acciones, que jamás ingresan en la extravagancia; y el lenguaje, que se adapta maravillosamente al público al que está enfocada la obra, sin que chirríe por su altura ni abochorne por su ramplonería. No estamos, pues, ante una autora casual, sino ante alguien que maneja los hilos narrativos y psicológicos con perspicacia y con solvencia. Realizar apuestas siempre es complejo en el ámbito de la literatura; pero yo, viendo las condiciones de El año de la venganza, apostaría por esta autora sin dudarlo.

lunes, 28 de marzo de 2011

Esto y ESO



Consciente de que solamente los poetas y los niños están facultados para descubrir el alma lírica de las cosas, Raúl Vacas (narrador y poeta criado en Matilla de los Caños del Río y cuyo simpático currículum adorna la solapa del volumen con su mezcla de seriedad y sonrisas) construye en este libro un curioso artefacto orgánico donde, agrupados por materias escolares, los diferentes textos que irán desfilando ante nuestros ojos despliegan su oropel de magias.

Tecnología incluye una quiniela donde el escritor nos plantea un curioso juego, para que decidamos entre parejas de nombres del mundo de la literatura con los conocidos signos futbolísticos 1-X-2. Solamente cuando los lectores nos enfrentamos a esas opciones percibimos que la sonrisa nos desaparece del rostro y se nos transforma en un signo de interrogación. ¿Qué signo marcaríamos en el partido disputado entre Vicente Aleixandre y José Hierro? ¿Y si los contrincantes fueran Pablo Neruda y Antonio Machado? Lengua castellana y literatura nos ofrece aproximaciones distintas a las historias de madame Bovary o don Quijote, amén de una graciosa versión de las coplas manriqueñas que incluye versos como éstos: “Nuestras vidas son los bares / que no venden garrafón, / que es el morir; / allí van los escolares / derechos al botellón / a consumir”. Educación plástica y visual pone en nuestras manos varias filigranas formales de llamativa textura, como un poema donde no existen espacios blancos entre las palabras y otro que ha de ser leído con el auxilio de un espejo. La sección de Idiomas nos desliza tres sonetos de difícil composición (pero que Raúl Vacas resuelve con tanta elegancia como sentido del humor) y un hilarante juego de S+7, al estilo de Raymond Queneau. En el arduo y normalmente aborrecido capítulo de las Matemáticas, el escritor nos explica con una sonrisa poética lo que es un cálculo de riñón o elabora un texto cabalístico donde las palabras claves son sustituidas por números, para sorpresa de los lectores, que descubrirán insospechadas posibilidades en esa conmutación. Durante la parte dedicada a las Ciencias sociales descubrimos con perplejidad que las estaciones de metro pueden reunirse en un soneto juguetón y sonoro; o nos estremecemos con la brevedad brutal de un haiku que podría ser aplicado a las fosas comunes de cualquier guerra (véase al respecto la página 93). En Biología y Geología nos deja, entre otros poemas, un espléndido soneto donde el amor y los huesos forman una amalgama tan divertida como eficaz desde el punto de vista poético... Y así sucesivamente.

¿Experimentos? Sí. ¿Sonrisas? También. ¿Juegos? Indudablemente. Pero, por encima de todo, cubriéndolo con su amplitud de tinta, se detectan en todas las páginas de este libro las excelencias de un poeta que sabe lo que está haciendo y que reúne cualidades sin duda memorables. Algunos de los institutos de la Región de Murcia están poniendo desde hace varios años como lectura a Raúl Vacas y no yerran, por lo que parece. He tenido la oportunidad de cambiar impresiones con docentes que lo han llevado a sus clases y bibliotecas (Aurora Gil Bohórquez, Marta Zafrilla, Cristina Sánchez), y todas coinciden en la misma apreciación: no sólo su poesía es amena y accesible para el público más juvenil, no sólo su dominio escénico lo asemeja a los juglares de antaño, sino que su potencia lírica traspasa esas fronteras, sustentándose en un evidente dominio técnico de la estrofa, el verso y la rima, que Raúl disfraza de sencillez. A sus producciones anteriores (como la titulada Consumir preferentemente, que salió a las librerías en 2006) se une ahora esta propuesta que la editorial Edelvives ofrece con una estupenda cubierta.Si están aburridos de poetas pedantes, de mamarrachos egocéntricos y de letraheridos megalómanos que confunden la escritura de un cuento o la creación de un soneto o de un romance con el descubrimiento de la penicilina, les aconsejo muy vivamente que se den un paseo por las páginas deliciosas de Raúl Vacas. A mí me ha impresionado y me ha ganado como lector. No será nada raro que vuelva a aparecer muy pronto en este mismo recuadrito que ustedes tan amablemente leen: no andamos tan sobrados de buenos escritores como para contentarnos con una única visita.