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sábado, 16 de mayo de 2026

El aprendiz

 


De las manos delicadas de Ana María Matute brotó, en 1972, la obra El aprendiz, que leo ahora en la edición de 2013. En ella nos pide que imaginemos un pequeño pueblecito cuyos habitantes viven dominados por la avaricia implacable del viejo Ezequiel, un usurero cuyos préstamos abusivos lo han convertido en el personaje más temido de la localidad. Todos sus congéneres (el panadero, el carnicero, el lechero, el carbonero, el huevero) lo miran con auténtico terror, hasta el día en que aparece en la aldea un niño, que logra convencer al prestamista para que lo contrate como sirviente: apenas le pide un lugar para dormir y poco más. Astuto y taimado, este accede, sin saber que la presencia del muchacho (y sobre todo de su escoba) van a poner patas arriba su mundo y el de quienes lo rodean.

Con un aroma dickensiano y con pinceladas fabulísticas, la escritora barcelonesa nos entrega una historia conmovedora y educativa sobre el valor de la bondad y sobre la redención del espíritu humano, que cautivará a los más pequeños y que tocará también el corazón a los mayores. Hermosa.

martes, 29 de septiembre de 2015

Primera memoria



Dicen que una buena parte de lo que somos, pensamos y sentimos procede del mundo de nuestra infancia, ese territorio donde acuñamos mitos, atesoramos recuerdos y fraguamos ideales. En el caso de Matia, la protagonista de Primera memoria, de la barcelonesa Ana María Matute, sin duda es así. La época en que le ha tocado vivir el tránsito de la infancia a la pubertad es especialmente dura (el verano angustioso de 1936) y sus condiciones familiares tampoco son las más indicadas para cruzar esa frontera vital con calma: huérfana de madre, con un padre que se encuentra en el frente y teniendo que vivir en Son Lluch con su autoritaria abuela, su lánguida y amargada tía Emilia y su astuto y manipulador primo Borja. Este último personaje, dibujado con tintas muy cargadas desde el principio de la narración, actúa siempre como un bellaco: roba dinero a sus mayores, controla despóticamente a su preceptor (Lauro, un joven seminarista que tiene unas debilidades carnales que lo han convertido en el perrito faldero de Borja), trata con desdén ambiguo a Matia y, en fin, se convierte en el ángel negro de la novela, por su turbiedad, sus mentiras, su soberbia (es hijo de un coronel que está combatiendo del lado franquista en la península) y su clasismo (cuando se refiere a los pobres de la isla lo hace con altanería inusual para sus pocos años, que le lleva a considerar que esas gentes a las que califica de chusma “tendrán envidia, porque nosotros vivimos decentemente. Están podridos de rencor y de envidia. Nos colgarían a todos, si pudieran”)... Su antagonista moral y casi físico en la novela es Manuel, un muchacho que vive en “el declive” (la zona pobre) pero que muestra siempre en sus palabras y actos una majestad, un autocontrol y una actitud que subyugan a Matia. Más adelante, cuando queda al descubierto quién es en realidad su padre, todo parece que cobra sentido... Con esta novela iniciática, llena de espléndidas descripciones paisajísticas y pinturas psicológicas de alto nivel, la catalana Ana María Matute consiguió el premio Nadal de 1959 y una de sus obras más compactas y perfectas. Con sus adjetivos deliciosamente gráficos (nos habla del “frío verdoso” con el que se anuncia siempre el invierno), con sus adverbios de poderosa textura (de un loro que hay en la casa de Son Lluch se nos dice que era “desesperadamente azul”), con su sólida construcción novelesca (que se dibuja con movimientos hacia adelante y hacia atrás en el tiempo) y con sus frases de rotunda belleza lapidaria (“Casi nunca es azul el cielo”, piensa Matia en un momento de la obra), Ana María Matute demuestra que, como afirmó Francisco Umbral en su Diccionario de Literatura, ella era “la escritora de más calidad narrativa y singularidad” de su generación.

jueves, 13 de agosto de 2015

El verdadero final de la Bella Durmiente



Todos conocemos la historia de la Bella Durmiente, aquella doncella que cayó víctima del sortilegio de una malvada bruja y que se mantuvo presa del sueño durante un siglo, hasta que un príncipe azul vino a rescatarla. Pero, como en la mayor parte de los cuentos que nos narraron o leímos en la niñez, su aventura concluía de un modo convencional y abrupto: el liberador se la llevaba y, aparentemente, se unían en matrimonio.
Ana María Matute, habituada a no conformarse con las explicaciones simples, juguetona y díscola, se plantea en esta novela cómo pudo terminar realmente la aventura de sus protagonistas. Primero, los hace regresar hacia las tierras del Príncipe Azul (tan lejanas que, por el camino, la Bella Durmiente se queda embarazada y cumple buena parte de la gestación); luego, los coloca ante la madre del joven heredero, una mujer vegetariana y de gesto hosco llamada Selva, que los aloja mientras el padre, que se encuentra batallando contra su enemigo Zozobrino, retorna al reino; y finalmente se quedará con su nuera y sus dos nietos (Aurora y Día) mientras el Príncipe Azul se marcha al combate para continuar la aventura guerrera de su progenitor, que quedó inconclusa a la muerte de éste... Lo que nadie sospecha es que la reina Selva es, en realidad, una ogresa que siente inclinación por la carne humana y que, tras muchos años de abstinencia, decide resarcirse comiéndose a Aurora, Día y la Bella Durmiente, desamparados por la ausencia del Príncipe Azul.

Estamos, pues, ante una obra confeccionada con mimbres muy poco originales, tomados en su integridad de la tradición fabulística europea (la suegra perversa, los protagonistas candorosos, el castillo opresor, el príncipe alejado, el ayudante arrepentido), pero escrita con la brillantez que siempre exhibió Ana María Matute. Lectura refrescante para el verano.

miércoles, 29 de enero de 2014

Los niños tontos



He aquí un catálogo de viñetas dulces, amargas, terribles o ingenuas, en las que Ana María Matute dibuja un universo de niños distintos, de niños que habitan en los márgenes y que merecen, por eso mismo, la atención de sus ojos de escritora. Con la palabra (con sus palabras), la narradora barcelonesa nos acerca hasta  la chiquilla inaceptada a la que sí recibe con cariño la tierra de la muerte (“La niña fea”); el chaval inocente y astuto que se hace amigo del demonio para no ser perturbado por sus tentaciones (“El niño que era amigo del demonio”); la pobre niña de la carbonería que, triste de verse siempre sucia, se lava en la tina donde se refleja la bellísima y blanca luna, hasta que la encuentran ahogada (“Polvo de carbón”); el niño al que un gato le arrebata los ojos y que, abandonado por los hombres y sólo despertando la compasión de ciertos animales (un oso, un perro), acaba por morir y sobre sus restos crecen dos miosotis (“El negrito de los ojos azules”); el pobre niño pobre al que apedrean otros más ricos (“El hijo de la lavandera”); un niño iluso que confunden el reflejo de un árbol en una ventana con uno real y cree que los dueños de la casa lo tienen en el salón (“El árbol”); el niño que nunca habla, desatendido y solo en medio de su familia, que encuentra su destino triste al son de las notas de un instrumento musical (“El niño que encontró un violín en el granero”); un niño Jesús que, aburrido, decide acudir a la escuela de la señorita Leocadia (“El otro niño”); la tristeza desolada del niño que, marginado por todos, comprueba con horror que su padre ha matado al único ser que lo miraba con ternura y afecto (“El corderito Pascual”)...
Pero también nos coloca ante los ojos a chicos inquietantes, que dedican su ocio mudo a decapitar insectos y otros animalillos que conservan en una caja (“El niño que no sabía jugar”) o que asesinan desde la ingenuidad a su hermanito recién nacido (“El niño de los hornos”).
Por nostalgia personal le tengo un especial cariño al apunte “Mar”, que leí conmovido en mi infancia: el niño que se va adentrando en el agua para ver hasta dónde le llega. No me resisto a copiarlo: “—¡Voy a ver hasta dónde me llega el mar! —Y anduvo, anduvo, anduvo. El mar, ¡cosa rara!, crecía, se volvía azul, violeta. Le llegó a las rodillas. Luego, a la cintura, al pecho, a los labios, a los ojos. Entonces, le entró en las orejas el eco largo, las voces que llaman lejos. Y en los ojos, todo el color. ¡Ah, sí, por fin, el mar era verdad! Era una grande, inmensa caracola. El mar, verdaderamente, era alto y verde”.
Inolvidable Reina Matute.

domingo, 21 de julio de 2013

Olvidado rey Gudú



En el añ0 1971, Ana María Matute, tal vez la mejor escritora española del siglo XX, dio a luz su texto La torre vigía, ambientado en la Alta Edad Media y rebosante de imaginación creativa. Y la editorial Lumen, cuando nos entregó dicha obra en 1973, apuntaba en su contraportada: “En la actualidad, Ana María Matute está terminando una nueva novela: Olvidado rey Gudú”. Mucho ha llovido desde entonces, y sólo un cuarto de siglo después pudimos gozar con el magno universo literario que allí se nos prometía.
Todo en esta ciclópea producción desborda los límites previstos. En primer lugar, su desaforado tamaño (casi novecientas páginas). En segundo lugar, la fantasía inusual de su lenguaje, armado sobre un poderoso dominio de la sintaxis, que mece al lector con músicas estudiadísimas y eficaces. Y en tercer lugar (y por resumir de alguna manera), la increíble capacidad que Ana María Matute seguía poseyendo para esculpir tipos humanos, de majestuosa densidad y de un captador brío. Nada queda en Olvidado rey Gudú al azar; nada sirve como relleno. La novelista catalana, sin permitirse un segundo de respiro en su labor creadora, almacena datos, perfiles, colores, viajes, combates y fiestas; y construye de ese modo, levantándolo con la sola fuerza de su imaginación, un reino vasto, un territorio mítico donde fulgen las espadas e imperan las pasiones. Al final, los lectores, inmersos en este mundo desde las primeras páginas, se sienten cautivados para siempre, aunque el libro concluya.
Y es que Ana María Matute, seducida por las fábulas de su niñez, ha querido rendir tributo a Andersen, Grimm y Perrault, auténticos Reyes Magos de su infancia (de tantas infancias). Y para labrar ese hermoso homenaje no ha acudido a la construcción de un ensayo, ni al urdimiento de una novela farragosa, sino a la embriagada recreación de aquellas locas fantasías que la conmovieron con atinadas imágenes de amor, honor y magia. Por tanto, y guiada por estas luces, ha ido dibujando durante décadas el espacio genuino de Olar, donde brillan la odiosa conducta de Volodioso, la dulzura sin límites de Almíbar, la regencia inteligentísima de la reina Ardid, la burda soberbia del rey Gudú o los infantiles caprichos de Tontina. Todo está ahí, todo encaja como en un perfecto engranaje, y el lector lo agradece recorriendo sus páginas sin percibir fisuras en el conjunto, y deleitándose en cada párrafo.
Se ha dicho que el libro contiene equivocaciones. ¿Cómo no habría de ser así, con su ciclópea extensión? Es cierta que en la página 152 se habla de que están infringiendo bajas y que algunas veces se producen errores cronológicos, pero, ¿acaso menudencias así empañan el trabajo novelístico de Matute? No creo que pueda sostenerse en pie una teoría tan injusta y tan mezquina.

Se ha dicho también que el libro contiene un exceso de imaginación y de libertad fantasiosa. Un tonto reproche, sin duda. Es cierto que en la novela que Ana María Matute nos propone abundan las hechiceras, los trasgos y hasta las ondinas, pero no es menos verdad que de estas magias surge un universo en el que nos transforma en niños que gozan con las páginas y que se extasían con su relato. Sólo quien se haga niño y se desprenda de prejuicios culturalistas llegará a entender esta obra. Sólo quien se haga niño entrará en el reino de Gudú.