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sábado, 14 de mayo de 2022

Plantar un árbol

 


Laura, la hija del maestro republicano don Marcial, vive su infancia en Galicia, en cuyos paisajes se desenvuelve felizmente. Y durante ese tiempo construye una bonita amistad (que pronto se convierte en algo más profundo) con Paco, que soñaba con ser arquitecto y se ha quedado en maestro de obras. Pero, de pronto, aparece en su vida Fernando, un pianista en el que hay depositadas grandes esperanzas de futuro; y ella, soñando ser “como Zenobia”, se casó con él e hizo todo lo posible por ser dichosa a su lado. No tardó mucho en percatarse de que su marido “no era un genio, ni siquiera un gran artista”; y llegó la desilusión. Pero ha permanecido treinta años junto a él.

Ahora, justo el día en que cumple medio siglo, Laura está de nuevo en el territorio de su infancia, disponiéndose a plantar un magnolio. Sabe que no llegará a verlo crecer, y que cuando ese árbol dé sombra y florezca habrá pasado el suficiente tiempo como para que ella no pueda gozarlo. No importa. Sus hijos, que ya son mayores, han hecho su vida muy lejos; a sus nietos, si es que llega a tenerlos alguna vez, los verá en fotografía; su marido, neurasténico y fracasado, sigue en Madrid… Pero el magnolio, cuyo cuidado encomienda a Paco (quien ha tenido una nieta a la que han puesto el nombre de Laura), será su huella. Su recuerdo. Una vez que esté plantado, ella partirá.

Novela corta, delicada y melancólica, con la que Marina Mayoral obtuvo el premio Gabriel Sijé y que nos habla de ilusiones, de errores, de sueños y de esperanzas, que son el sustrato sobre el cual se construye siempre nuestra vida.

lunes, 25 de noviembre de 2019

Los restos del naufragio




La yeclana Pura Azorín, tras haber cursado estudios de Filología Románica y haber obtenido algunos galardones de importancia por sus cuentos (el Gabriel Miró en 1991, el Diario de León en 1993, etc), se reveló también como cultivadora de la novela corta tras obtener el XIX premio Gabriel Sijé (certamen en el que se impuso a José Carlos Somoza) con su pieza Los restos del naufragio.
Es un relato conmovedor y muy bien estructurado donde se nos cuenta la historia de Óscar, el profesor de griego de un instituto “perdido entre La Mancha y Levante” (p.29), que acaba de morir. Gracias a unas notas que dejó redactadas (y que ahora lee conmovido su amigo Tomás), tenemos acceso a los pormenores melancólicos de su estancia en ese pueblo, de la astenia que lo acongojaba, de su amistad profundísima con Celia, de su amor por Lluís (un joven modelo del que se terminó separando) y de su imparable y doloroso declive físico causado por la enfermedad.
Esos papeles, esos restos del naufragio vital de Óscar, constituyen la médula de un relato sólido, que no se pierde en sensiblerías ni presenta altibajos narrativos dignos de reseñarse.
La localización geográfica que Pura Azorín elige para ambientar su historia es inequívocamente yeclana: nos habla de los libricos (conocido postre local) en la página 40; de la Sierra del Cuchillo en la 48; o de la iglesia de san Francisco en la 89. Igualmente, podría detectarse un guiño al novelista José Luis Castillo-Puche en la página 74, cuando uno de los personajes dice: “Yo, como todos, también llevo la muerte al hombro”.
Interesante narración.