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jueves, 13 de agosto de 2026

Mensajes de un mundo olvidado

 


Leo el volumen Mensajes de un mundo olvidado, donde se recopilan algunos de los artículos y conferencias de Stefan Zweig, traducidos por Esther Cruz y que ven la luz en el sello Catedral. Y he quedado tan deslumbrado y he subrayado tantos fragmentos en el volumen que voy a limitarme a cederle la palabra.

En “El mundo en vela” (1914), el austríaco nos traslada sus reflexiones sobre el sueño intranquilo que en aquel año sofocaba a los habitantes del mundo, perplejos ante “la terrible realidad de la humanidad: la guerra de todos contra todos”, ante la cual no cabe sino sentirse desolado (“De qué manera tan terrible parece extenderse la aniquilación absoluta sobre este mundo perturbado”). En “La torre de Babel” (1916), Stefan Zweig indica que, viendo la tenacidad con la que los hombres se aprestaron a construir la famosa torre de Babel, “por primera vez Dios tuvo miedo de los seres humanos, pues eran fuertes cuando se asemejaban a él, cuando eran una única entidad”. Y descubrió que “solo sería más fuerte que ellos si los seres humanos dejaban de ser pacíficos y sembraba la discordia”. Con el paso del tiempo, los humanos fueron olvidándose de ese individualismo insensato e infértil y volvieron a compartir sus saberes, sus vidas y su comercio. Dios, nuevamente preocupado por esa reunificación, volvió a mostrarse cruel y permitió la actual guerra (“Este es el terrible momento actual. La nueva torre de Babel, el gran monumento de la unidad espiritual de Europa, ha caído, y quienes la construyeron se han disuelto”). En “La historia como poeta” (1931) acepta que la historia no siempre es brillante: más bien es anodina y tediosa, pero tiene momentos especiales en los que actúa como poeta, generando episodios mágicos e inolvidables (“La historia pasa años fluyendo con normalidad a un ritmo casi monótono, pero en algunos instantes extraordinarios, de pronto, las orillas se juntan, brotan los rápidos, surge una corriente frenética, una tensión excitante, y de golpe la escena histórica se llena y rebosa con una horda de figuras”. De los pueblos que han sido grandes narradores (como Grecia o Roma) conservamos, nos dice, muchísima más información que de los demás. No se trata de que fueran los únicos, sino que “se contaron” mejor (“De esto eran también conscientes todos los príncipes y califas de la antigüedad y de la Edad Media: no basta con el acto, debe haber algo que lo reseñe, algo que lo conserve vivo, y por eso mantenían a sus trovadores, músicos y cronistas”). En “La idea europea en su evolución histórica” (1932) se muestra como un fervoroso creyente en el concepto de Europa (y en su necesario liderazgo mundial) y alude a “esa generación nuestra que creía en la unidad de Europa como en un evangelio”. Aquel factor de cohesión que fue el latín, y que más tarde asumió la música, ahora lo protagoniza la tecnología. Él cree que prevalecerá la unión frente a las disputas, “pero no me atrevo a prometer tal cosa. Pido disculpas por ser un pusilánime”. Por desgracia, vemos “cómo las decisiones más importantes se retrasan siempre, cómo las resoluciones más cruciales no se preparan en el último momento, sino en el siguiente”. En “La unificación de Europa. Un discurso” (1934) afirma que    la idea de Europa no es algo instintivo y natural, sino “el fruto lentamente madurado de un pensamiento superior”. En “1914 y hoy” (1936) vaticina la inminente preparación de otra guerra, y declara con dolor: “Quienes hoy desean la guerra operan con un riesgo cien veces menor que sus predecesores de 1914, porque pueden desarrollar sus actividades abiertamente y sin impedimentos, porque ya no han de buscar medias tintas morales que disfracen sus planes y, sobre todo, porque están seguros de la absoluta indefensión y la obediencia incondicional de sus conciudadanos”. En “El sentido de la creación artística” (1938) vemos un importante intento de explicar cómo se gesta y se desarrolla una obra de creación: desde los ejemplos de artistas que crean casi sin correcciones (Mozart o Van Gogh) hasta los que requieren mil ensayos y mil enmiendas (Beethoven). Lo usual suele ser una mezcla de inspiración y de trabajo (soplo divino y esfuerzo humano). En “La historiografía de mañana” (1939) asevera que  el odio no es un impulso que brote de un modo espontáneo, sino que se cultiva, se mima, se riega con la propaganda adecuada. De ahí que resulte tan fácil manipular a las masas con la apelación a los instintos más virulentos. ¿El remedio? Una pedagogía del respeto y la unión (“Para que la nueva generación sea mejor, más humana y sobre todo más feliz que la nuestra, que ha estado guiada por la guerra en mitad de su existencia y ha quedado por tanto con el corazón machacado, habrá que educarla mejor y de manera más humana”). Todas las engañifas que nos han inculcado sobre lo especial, único y maravilloso que era nuestro país tenían un solo objetivo: “Convertirnos en ciudadanos patrióticos, en futuros soldados, en súbditos sin voluntad”. Por eso, los libros escolares nos hablan, en un 90% de los casos, de héroes y de fechas de batallas: para afianzar en nuestra mente la idea de que la guerra es aquello que hace avanzar al mundo (“Se cuenta la historia como exclusivamente bélica”). Habría que realizar un esfuerzo para contar la historia sin convertirla en un glorificado rosario de charcos de sangre. Hay que “liberar el mundo de dicha hipnosis”, antes de que sea demasiado tarde. Y por eso conviene insistir en que “los tres mil años de nuestra humanidad consciente no han sido solo un juego sangriento de gladiadores que un dios ebrio mandaba representar absurdamente, sino que en esta grandiosa obra de teatro somos nosotros mismos los héroes, los narradores, los poetas, los creadores”. En “La Viena de ayer” (1940) eleva un encendido canto elogioso a su ciudad natal, donde “uno siempre tenía la sensación de respirar aire internacional y no estar confinado a una lengua, una raza, una nación, una idea”. Y en el escrito “En esta hora oscura” (1941), que cierra el volumen, Zweig reflexiona sobre la hora siniestra que está viviendo el mundo por culpa del nazismo (“Quizá la más oscura de toda la historia”).

Hay que leer a Stefan Zweig, porque con él se disfruta y se aprende. Hay que leerlo siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

domingo, 12 de julio de 2026

Clarissa


 

Sigo con los libros de Stefan Zweig, de quien ahora recorro su novela inconclusa Clarissa, en la traducción de Marina Bornas Montaña para el sello Acantilado. Su protagonista es la hija de un militar austríaco que, huérfana de madre y criada en el colegio de un convento en Viena desde los ocho hasta los dieciocho años, tiene que enfrentarse sola al mundo cuando su progenitor, apartado del servicio, decide irse de la ciudad. Tanto su hermano como ella tendrán que abrirse camino en la vida de un modo autónomo: él, como militar; ella, como ayudante del psiquiatra Silberstein, quien no comparte con su colega Sigmund Freud la idea de que conocer el origen de las neurosis sea positivo para sanarlas: él prefiere aportar al paciente otra obsesión distinta, que le resulte inofensiva… y útil (“Más bien creo que se sienten mucho mejor los que no conocen sus puntos débiles. Es mejor no conocer jamás tus propias flaquezas”). Durante un congreso en Lucerna, al que asiste por indicación de Silberstein, conoce a Léonard, un profesor de instituto de Dijon, que cree en el poder de la educación, en el socialismo y en la importancia de la gente anónima (“¡Ah! Amo a la gente pequeña, a los no ambiciosos, a los que no hacen ruido, a los comedidos; son los fuertes y justos sobre los cuales, según la Biblia, se erige el mundo”), además de odiar la guerra y considerar las ideas nacionalistas como altamente peligrosas (“El nacionalismo lo corrompe todo. Es el mal que coloca una única patria por encima de todas las demás. Nos involucramos de lleno en las necedades que cometen nuestras naciones. En el patriotismo. ¿De qué nos sirve ser honrados y bienintencionados si encima de nosotros hay un puñado de personas que no quieren serlo? Ellos miran las banderas extranjeras con la hostilidad del toro que se abalanza sobre la tela roja. Tenemos que romper con el patriotismo. ¡Al diablo con las naciones!”). Fruto de esa relación, que se inicia como amistad y que culmina como amor, es el embarazo de Clarissa, que no descubrirá hasta que, unas semanas más tarde, se encuentren en plena Guerra Mundial, con él en Francia (su país de origen) y ella en Austria: el azar caprichoso de la geopolítica los ha convertido en enemigos.

Una novela excelente, como no podía ser de otro modo, llena de inteligentes reflexiones sobre el honor, la honradez, el amor, la fidelidad y la entereza; pero que deja un poso agridulce en los ojos cuando, al llegar a las páginas finales, comprendemos que la historia no terminaba ahí. Qué pena.

martes, 25 de marzo de 2025

Los milagros de la vida

 


Todo en la vida, si lo miramos con una cierta capacidad de asombro, bordea los límites del milagro o se adentra decididamente en él: la respiración, el amor, la amistad, la luz, la música, el sonido del mar, abrir los ojos por la mañana y seguir viviendo. Casi ninguno de esos asombros tiene una conexión directa con la religión, a pesar de que tradicionalmente se haya querido vincular el sustantivo “milagro” con ese ámbito del pensamiento.

Un viejo pintor que vive a mitad del siglo XVI en la actual zona de Amberes (“un hombre al que la vida había enseñado que en el estrato más profundo no hay más que transparencia y tranquilidad, un hombre con experiencia, al que los muchos días y años habían vuelto sencillo”) recibe el encargo de pintar un cuadro de la Virgen María para ornar una iglesia; y en su búsqueda de la mejor modelo para el rostro de la madre de Dios descubre a la joven Esther, una judía a la que su abuelo salvó de un pogromo entregándola a un tabernero flamenco para que la criase. Extasiado por las líneas de su rostro, el anciano artista se propone convertir a la muchacha al cristianismo, mostrándole imágenes religiosas y narrándole algunas historias bíblicas; pero pronto se da cuenta de la renuencia de Esther, y se concentra en la tarea de pintarla. Lo hace mientras ella sostiene un bebé en sus brazos, al modo de una Madonna.

Unas semanas más tarde, los acontecimientos se precipitan: el clima político de la ciudad se enrarece e impregna de violencia, Esther tiene su menarquía y el pintor, concluida la obra, la entrega al comerciante que se la encargó, para que sea expuesta en la iglesia. El problema vendrá cuando la turba, enardecida contra España, comience con su labor devastadora e iconoclasta. ¿De qué forma podrá salvarse el cuadro recién pintado, por el que Esther siente embeleso?

Una pequeña obra maestra de Stefan Zweig, que leo en la traducción de Berta Vias Mahou (publicada por el sello Acantilado), donde se nos invita a reflexionar sobre todos esos milagros cercanos y a veces invisibles que, como indicaba al comienzo, constituyen la médula de la existencia y nos obligan a meditar en silencio sobre el sentido de cuanto nos rodea.

viernes, 13 de enero de 2023

Los ojos del hermano eterno

 


Es difícil acertar con el auténtico camino de la sabiduría, porque su secreto es oscuro y sus cauces desconocidos. Quienes leímos durante la juventud el libro Siddhartha, de Hermann Hesse, lo recordamos perfectamente. Y ahora, cuando me adentro en la novela Los ojos del hermano eterno, de Stefan Zweig (que traducen del alemán J. Fontcuberta y A. Orzeszek para el sello Acantilado), puedo refrescar esa sensación con la historia de Virata. Este personaje glorioso y de rica textura es un noble que adquiere fama cuando se pone al frente de las tropas leales al rey, quien ha sufrido una rebelión que amenaza con derrocarlo. Heroico hasta lo inverosímil, Virata se alza con la victoria, pero mata involuntariamente a su hermano mayor. Esa desgracia lo impele a alejarse para siempre de las armas y aceptar el cargo de juez real. A partir de ese momento, Virata irá descubriendo que las decisiones de su cargo afectan a la vida de otras personas, y también opta por retirarse de esa función. Lenta, pero inexorablemente, pasa de ser “El Rayo de la Espada” (guerrero) a ser “La Fuente de la Justicia” (juez); y de ahí evoluciona hasta convertirse en “El Campo del Buen Consejo” y después en “La Estrella de la Soledad”. Cada escalón supone una bajada social y una subida espiritual, que le sirve para purificar su espíritu e ir acercándose a la divinidad. No siempre quienes lo rodean entenderán sus decisiones (ni siquiera sus hijos), pero Virata acaba por convertirse en un anciano feliz, que ocupa un puesto misérrimo en su sociedad y que, tras su muerte, es olvidado de forma unánime.

La fábula de Zweig (claramente ligada a la de Hesse y a ciertas páginas de Tagore) requiere que los lectores escuchen en silencio las enseñanzas espirituales que su protagonista obtiene y que han de ser meditadas de forma serena y respetuosa.

Absténgase los lectores demasiado materialistas o superficiales.

viernes, 6 de enero de 2023

Miedo

 


“El miedo es peor que el castigo, porque éste es algo determinado y, duro o blando, no se puede comparar con el temor que despierta en nosotros lo incierto, una tensión espantosa que no conoce límite”. Quien habla es un famoso abogado, que acaba de reprender a sus hijos de una forma severa, pero ecuánime. Quien escucha, aterrada y culpable, es su esposa Irene, que le está siendo infiel con un pianista y que ahora, víctima de un chantaje por parte de la novia del músico, no sabe cómo salir del enredo en que se encuentra metida. Querría confesárselo todo a su marido, por el que siente un gran amor y respeto… pero no se atreve. ¿Cómo reaccionará él? ¿Se mostrará indulgente o inflexible? Todo el mundo familiar que Irene disfruta (y que ahora valora mucho más, cuando está a punto de perderlo) se puede venir abajo si confiesa su adulterio. Al principio, la extorsionadora se ha conformado con un par de billetes; luego, ha exigido cien coronas; después, doscientas; y, finalmente, se ha atrevido a presentarse en casa del matrimonio, con la exigencia de cuatrocientas. Como no dispone de esa cantidad, Irene se ve forzada a entregarle su anillo de compromiso, para que lo empeñe y obtenga la cantidad requerida. El sendero es cada vez más angustioso; y la infeliz esposa sólo acierta con una solución: envenenarse con morfina.

Con una prosa enérgicamente eficaz (los diálogos entre Irene y la chantajista llegan a provocar taquicardia en el lector: doy fe), Stefan Zweig urde una novela no muy extensa, que recorro en la traducción de Roberto Bravo de la Varga para el sello Acantilado y que me permite redescubrir la excelente capacidad que el escritor desplegaba siempre para ahondar en el corazón de sus criaturas, que son retratadas a través de sus miedos, esperanzas, temblores, ilusiones y alegrías.

Un absoluto maestro.

miércoles, 23 de noviembre de 2022

Nuevos momentos estelares de la Humanidad

 


En el mundo de la literatura, si no dispones del don no es previsible que dejes huella. Puedes rimar con tino o ser un excelente medidor de sílabas, pero no eres poeta. Puedes disponer de un ingente vocabulario o ser un soberbio escultor de caracteres, pero no eres narrador. Hablamos de otra cosa: del duende, de la magia, del esplendor, del (vuelvo a escribirlo) don. Stefan Zweig disponía, creo, de ese atributo inasible, especial, único. Y lo demuestra en todos sus libros, haciendo que las palabras, la sintaxis y la estructura del texto se alíen para conformar volúmenes que, pareciendo paralelepípedos, son en realidad esferas: puras superficies inmaculadas, que brillan como gotas de rocío y se deslizan como seda por nuestros ojos, hasta invadirnos y empaparnos.

En Nuevos momentos estelares de la Humanidad (que traduce Alfredo Cahn para la colección Austral de Espasa-Calpe) nos encontramos otra vez con ese fulgor indesmayable, que irradia desde las cinco historias del tomo: vemos a Händel, atosigado por las deudas y malherido por las secuelas de una apoplejía, quien durante tres semanas prodigiosas compone El Mesías; vemos a Rouget de Lisle, el oscuro militar francés al que, por una noche (la que emplea en concebir La marsellesa), le es concedido “ser hermano de la inmortalidad”; vemos a Núñez de Balboa, quien se embarca en expediciones legendarias y casi suicidas, tras las cuales descubre para Europa el océano Pacífico; vemos a Mahomet II, disfrazado de cordero (“Cuando los déspotas preparan una guerra, hablan abundantemente de paz mientras no se han armado del todo”) y preparando la brutal toma y saqueo de Bizancio; vemos a Cyrus W. Field, el intrépido visionario que tuvo la idea de cablear el fondo del Atlántico para comunicar telegráficamente América con el Viejo Continente.

Y esas cinco narraciones, que en otras manos hubieran ofrecido un aspecto simplemente informativo, en Zweig se transforman en canto europeo, en himno sobre las proezas humanas, en Belleza. Sin duda, uno de los narradores más brillantes que ha dado la literatura en el siglo XX.

domingo, 28 de agosto de 2022

Mendel el de los libros


Para refugiarse de la lluvia que ha comenzado a caer sobre Viena, el narrador se refugia en el café Gluck; y sólo cuando está dentro recuerda que allí conoció al viejo Mendel, un librero que “leía como otros rezan, como juegan los jugadores, tal y como los borrachos, aturdidos, se quedan con la mirada perdida en el vacío. Leía con un ensimismamiento tan impresionante que desde entonces cualquier otra persona a la que yo haya visto leyendo me ha parecido siempre un profano”. A él recurrió cuando, años atrás, necesitó libros para su investigación sobre Mesmer. Descubrió a un sacerdote de los libros, un anacoreta que no vivía más que para la letra impresa, al que incluso la universidad de Princeton había intentado en vano contratar como consejero para la adquisición de obras. Aquel hombre le hizo comprender que “todo lo que de extraordinario y más poderoso se produce en nuestra existencia se logra sólo a través de la concentración interior, a través de una monomanía sublime, sagradamente emparentada con la locura”. Por sorpresa, Mendel ya no está (como estuvo durante décadas) en su mesa, leyendo con sus gafas pobres. ¿Qué ha ocurrido con él? ¿Dónde se encuentra? ¿Continúa vivo? El narrador de la historia experimenta una sensación desagradable con esa ignorancia (“Sentí un regusto amargo en los labios. El regusto de la fugacidad. ¿Para qué vivimos, si el viento tras nuestros zapatos ya se está llevando nuestras últimas huellas?”), pero pronto encontrará a la única persona que tiene contestación para esos interrogantes: la vieja señora Sporschil, que se ocupaba de la limpieza de los aseos del café.

Bellísima narración triste (traducida por Berta Vias Mahou para Acantilado) donde Stefan Zweig reflexiona sobre la pureza de las almas, sobre la dedicación absoluta a una vocación, sobre la ingratitud y, también, sobre la crueldad que los seres humanos somos capaces de desarrollar en circunstancias aciagas.

Delicatessen.

sábado, 11 de junio de 2022

El candelabro enterrado

 


Es solamente un niño judío de 7 años, que se llama Benjamín y está durmiendo. Pero su vida se verá alterada cuando las manos de su abuelo lo despierten y le indiquen que se levante sin hacer ruido: el anciano rabino Eleazar, que acaba de organizar una comitiva de ancianos, necesita que los siga en plena madrugada camino del puerto, donde los vándalos están a punto de partir con todos aquellos tesoros que han saqueado en Roma. Incluido el candelabro sagrado de Moisés, el único símbolo que a los hebreos les queda: la menorá. Corre el año 455.

Así empieza esta novela, magnífica, redonda, emocionante, de Stefan Zweig, que traduce Joan Fontcuberta para el sello Acantilado. En ella nos encontramos con un relato subyugador, lleno de fe y ternura, de esperanza y sorpresas, que se inicia cuando el niño Benjamín, intentando que no embarquen la menorá, sufre una brutal fractura de brazo, que lo acompañará el resto de su vida. Por ello, todos los conocen desde ese momento como Benjamín Marnefesh, el sometido a amarga prueba.

Saltemos ahora hasta la ancianidad del protagonista, porque cuando bordea los 87 años le llega la noticia de que la menorá ha sido trasladada a Bizancio. Es la oportunidad de presentarse ante el basileo Justiniano y solicitar que devuelva al pueblo judío su símbolo sagrado, gracia a la que el emperador se niega, con tanta crueldad como regodeo. La desazón y la tristeza invaden a Benjamín, que pide a Dios la muerte, ya que no le quiere conceder la felicidad de recuperar el milenario candelabro de Moisés. No obstante, su petición no es atendida, porque el Señor tiene otros planes para el venerable anciano; y los descubrirá cuando aparezca ante sus ojos el orfebre Zacarías.

Dueño de una capacidad narrativa envidiable, Stefan Zweig deja en esta novela varios momentos de altísima calidad: la descripción del saqueo de Roma por los invasores vándalos; el discurso que Eleazar pronuncia ante el niño Benjamín, que lo guarda en su memoria, aunque no lo entiende bien; o el instante en que el anciano emisario judío se presenta ante el emperador de Bizancio, que se dibuja con elementos casi hollywoodienses. Y, por supuesto, el final de la novela, con el que reconozco haber llorado: tanta es su belleza.

Adoro a Stefan Zweig.

martes, 11 de agosto de 2020

Encuentros con libros




Siento una fuerte inclinación por este tipo de libros, y reconozco que resulta muy peculiar. ¿Qué me lleva a leer una serie de textos donde se habla de Paul Claudel, Richard Friedenthal, Albert Ehrenstein, Friedrich Gundolf o Rudolf Kassner (autores a quienes no he leído y a quienes, presumiblemente, tampoco leeré en el futuro)? Y la respuesta es cristalina: el hecho de que sean páginas compuestas por Stefan Zweig. Más claro, el agua. Siempre me han gustado los libros de este genio vienés, que procuro frecuentar periódicamente para no alejarme demasiado tiempo del aroma de su prosa.
Así que cuando mi suegro, a principios del mes de julio, me regaló Encuentros con libros (traducido por Roberto Bravo de la Varga) y me puse con él, resulta fácil comprender que de inmediato quedé seducido por sus análisis. Entendí y valoré mucho más, obviamente, aquellos que dedicaba a Rainer Maria Rilke, Walt Whitman, Thomas Mann, Flaubert o Balzac; pero en cada una de sus doscientas cincuenta páginas disfruté de algún giro, de alguna metáfora, de algún aforismo, de alguna adjetivación. Acercarse a Zweig es acercarse a una sensibilidad con la que, en ocasiones, entras en desacuerdo, pero frente a la que siempre mantienes una posición de respeto y de admiración, pues la intuyes sincera. Igual que aplaudes frases como la que desliza en la página 8: “Desde que existe el libro nadie está ya completamente solo”.
En su abordaje a la obra de Goethe o de Rilke, el vienés insiste en que convendría leer la obra completa de ambos, para hacerse una idea orgánica de su aportación al mundo de la literatura. No sería disparatado afirmar lo mismo del propio Zweig, cuyos trabajos dibujan un firmamento de atractivos cuerpos celestes.
Admirable.

lunes, 24 de febrero de 2020

Novela de ajedrez




En el barco que viaja hacia Buenos Aires, el narrador de la historia coincide con Mirko Czentovic, brillante campeón mundial de ajedrez. Deseoso de acercarse a él, aunque no sea un gran aficionado (nos dice de sí mismo: “Juego al ajedrez en el sentido más acabado de la palabra, mientras los demás, los auténticos jugadores, serian al ajedrez, para introducir una nueva palabra atrevida en el idioma alemán que Hitler me ha vedado”), se pone a jugar con otras personas, intentando atraer la atención de Czentovic. Lo logra haciendo que un orgulloso rico contrate los servicios del campeón para que celebre con él una partida. El campeón, huraño y desdeñoso, vence; y el millonario, herido en su orgullo, le pide una revancha. Viendo la oportunidad de conseguir más dinero con aquel botarate, Czentovic se la concede. No obstante, la intervención de un anónimo viajero les hace conseguir tablas con el campeón, quien queda desconcertado y sugiere una tercera partida.
A partir de ese momento, Zweig consigue que los lectores nos centremos mental y argumentalmente en el anciano caballero, que ha conseguido plantar cara al campeón del mundo; y comenzará a contarnos su historia: la de un hombre que, retenido por los nazis, convirtió este juego en un arma contra la rendición anímica.
Novela sobre la fortaleza de la mente, sobre las obsesiones y sobre la complejidad íntima del ser humano, esta pequeña obra maestra fue publicada por el escritor vienés en el año 1941 y se ha convertido en una de sus narraciones más famosas.

martes, 3 de diciembre de 2019

Correspondencia (1912-1942)




He leído bastantes colecciones de cartas durante las últimas tres décadas, pero no me cabe la menor duda de que esta edición que han preparado Jeffrey B. Berlin y Gert Kerschbaumer, que traduce Joan Fontcuberta y que publica Acantilado (2018) es una de las más completas, fascinantes y seductoras que me ha sido dado encontrar, sobre todo por las explicaciones que entre carta y carta van uniendo e hilvanando éstas, para que entendamos bien los detalles biográficos que alientan en sus líneas. No se trata solamente de que conozcamos qué pensaba Stefan Zweig de este o aquel escritor, o del nazismo, o de determinados editores, sino que nos sumerge bajo su piel y bajo la piel de su esposa Friderike para que sintamos con ellos.
Por supuesto, abundan los detalles pintorescos e íntimos en estas cartas: los largos trámites que debieron cumplir para obtener la dispensa que permitiera a la divorciada Friderike casarse con Stefan; los continuos viajes que emprende el escritor para dar conferencias por varios países (de las cuales informa con orgullo a su esposa, a la vez que lamenta con cierta hipocresía su vida ambulante); todos los detalles de cómo instalaron gas en su casa o las reformas que en ella se iban proyectando (y que el escritor encarga indefectiblemente a Friderike, que se ocupa de supervisar y ejecutar, mientras él permanece fuera); los suicidios de algunos de sus amigos durante la Segunda Guerra Mundial (preludio de su propio suicidio en febrero de 1942, junto a su nueva esposa Lotte); etc.
En particular, me han llamado mucho la atención las continuas referencias del escritor a sus devaneos eróticos con otras mujeres… y la aceptación sumisa por parte de Friderike. Por ejemplo, cuando ella descubre que él le está siendo infiel con la joven Marcelle y le escribe: “Mientras sientas que puedes compensarme (como siempre has hecho hasta ahora) tus enredos con otras mujeres, no hay necesidad de que te escondas” (p.63). Por ejemplo, cuando Zweig está dispuesto a cancelar una conferencia sobre Dostoievski y se encuentra con un problema: “He tropezado con la secretaria, una muchacha de belleza escultural, y toda mi fuerza de voluntad se ha ido al traste” (p.146). Por ejemplo, cuando le comunica a su esposa que está hospedado en un hotel “con una cama peligrosamente grande” (p.153). Por ejemplo, cuando su esposa le indica en junio de 1923: “Tráeme una foto de ella para que yo vea hacia dónde se encaminan tus gustos” (p.170). Por ejemplo, cuando Stefan le habla de unas muchachas danesas “con quienes me he estado reuniendo inocentemente (bueno, sólo a medias)” (p.172). Por ejemplo, cuando le habla de dos jóvenes alemanas “que están dispuestas a compartir la ancha cama conmigo” (p.192).
También descubrimos los momentos más decaídos de Zweig (“No me engaño con sueños de inmortalidad y conozco el valor relativo que tiene toda la literatura que yo puedo hacer. No creo en la humanidad y muy pocas cosas me alegran”, p.203); sus relaciones con Freud, Einstein, Thomas Mann o Schrödinger; las quejas dolidas de Friderike cuando se siente minusvalorada (“Desde que estás conmigo, querido, tu trabajo ha ido progresando siguiendo una cadena ininterrumpida, y yo, aunque no sea taquimecanógrafa, te he dado cuanto necesita un artista para trabajar en un ambiente de tranquilidad. Eso es cosa que no viene sola. No la subestimes por el hecho de que preferirías hacer de mí una taquimecanógrafa precisamente ahora que me empiezan a blanquear los cabellos”, pp.300-301); sus petulancias jactanciosas, disfrazadas de sencillez (se queja de una gira de charlas con esta frase: “Por desgracia tengo que firmar a diario quinientos libros y casi tengo calambres”, p.366); o de cómo conoció al catalán Salvador Dalí (“personaje singular”, lo define en la p.296).
Un epistolario abrumadoramente revelador sobre el escritor vienés.

lunes, 29 de octubre de 2018

Ocaso de un corazón




¿Qué siente un padre cuando descubre que su hija está comenzando a tener relaciones sexuales con un joven a escondidas y que, por tanto, se quiebra la condición pura y virginal que él le atribuía confiadamente hasta entonces? El acaudalado empresario Salomonsohn lo descubrirá cuando disfrute de unos días de descanso en un hotel, con su esposa y su hija Erna, de 19 años. Y el maravilloso narrador austríaco Stefan Zweig será el encargado de resumirnos los detalles de esa historia.
En ella descubriremos a un hombre que ha empleado buena parte de su vida (se encuentra ahora en los 65 años) en ganar dinero para satisfacer todos los caprichos de las dos mujeres que constituyen su universo. Y ahora, de una forma abrupta, acaba de descubrir que ambas viven en un universo paralelo al suyo: su esposa, pendiente de las fiestas, del lujo, del buen vestir, de las relaciones sociales llenas de glamour; su hija, dejándose llevar por la pasión y entregándose de noche a un muchacho cuya identidad Salomonsohn desconoce, pero al que odia de un modo profundo. Su tristeza crece conforme reflexiona sobre el asunto (“Ahora tendré que estar pensándolo siempre, en casa, en mi despacho, y a la noche en la cama. ¿Dónde está ahora? ¿Dónde ha estado? ¿Qué ha hecho?... Jamás podré volver a casa tranquilo, y hallarla sentada, y ver que salta a mi encuentro, y sentir que mi corazón se ensancha viéndola joven y bella. Ahora, cuando me bese, me preguntaré quién poseyó ayer aquellos labios… Tendré que vivir atemorizado cuando esté lejos de mí, y avergonzarme cuando vea sus ojos. No, así no se puede vivir”, páginas 168-169).
El empresario se siente abrumado por estas revelaciones e inquietudes, que lo abaten y que desmenuzan su sosiego: ni gusta de participar en la atrafagada vida social de su mujer, ni (sobre todo) puede digerir sin acidez el despertar sexual de su hija. El único recurso que contempla para aliviar sus dolores es recluirse dentro de sí mismo, tornarse silencioso y huraño, refugiarse en los cuarteles de invierno de la soledad.
Ocaso de un corazón es otra pieza magistral de Stefan Zweig, que ni siquiera los brutales errores ortográficos de la edición (“despaviló”, en la p.178; “absorver”, en la p.198; etc) pueden mancillar.

miércoles, 17 de octubre de 2018

Historia en el crepúsculo




Sensualidad. No se me ocurre mejor palabra para condensar las mil emociones que asaltan durante la lectura de Historia en el crepúsculo, de Stefan Zweig, que traduce J. Ferrán y Mayoral para Ediciones Ulises. Y digo bien: sensualidad. Que no es erotismo, ni sexualidad, ni ñoñería. Sólo un talento como el del escritor austríaco podía alcanzar y mantener durante toda la narración un equilibrio tan delicado, tan exquisito, tan tenue, tan seductor.
El argumento es fácil de resumir: Bob, un chico de 15 años que está invitado en el castillo de su hermana, es asaltado en la oscuridad de las noches por una dama cuya identidad no acierta a descubrir, que lo abraza y lo cubre de ardientes besos. ¿Quién es la misteriosa mujer? Tras observar detenidamente a las tres candidatas más cercanas, las hermanas Margot, Kitty e Isabel, llega a la conclusión de que se trata de la primera; y busca la forma de encontrarse con ella a solas, para lograr que lo ame también a la luz del día. Pero Margot no abandona ni un solo instante su frialdad y su actitud desdeñosa, ni siquiera cuando el muchacho, presa de un ardiente frenesí, suba hasta la rama de un árbol para aproximarse a su ventana y caiga de la misma, fracturándose un hueso. La convalecencia le servirá para descubrir cuán equivocado estaba en sus suposiciones.
Pero Stefan Zweig, lejos de limitarse a la composición de una historia romántica, costumbrista o jocosa, adorna los senderos novelísticos con un exuberante abanico de matices, donde tienen cabida el pudor, el sufrimiento, la soberbia, la ingenuidad, el desengaño, las lágrimas o la melancolía, hasta conformar una propuesta de elevado interés literario. Lástima que la editorial no haya cuidado un poquito más, tipográficamente, el volumen.

martes, 24 de febrero de 2015

Veinticuatro horas en la vida de una mujer



Los seres humanos, pese a los esfuerzos que hizo el filósofo prusiano Immanuel Kant para mostrar lo contrario, no somos máquinas: en ocasiones, ascendemos a instantes de gloria; otras veces, nos sumimos en abismos de ignominia; hay días en que nos dejamos vencer por flaquezas y otros en que nos aferramos a la rectitud con ademanes de héroe o de santo; por momentos, parecemos puros o viles, sin que la transición de un estado al siguiente admita una explicación razonable. No sólo la donna è mobile: también los hombres lo somos.
En la novela Veinticuatro horas en la vida de una mujer, de Stefan Zweig, que traduce María Daniela Landa para el sello Acantilado, nos encontraremos con la figura de madame Henriette, una mujer casada que, para sorpresa y escándalo de todo el mundo, abandona a su marido de la noche a la mañana y se fuga con un joven de nacionalidad francesa. En el lujoso lugar donde se hospeda este rico matrimonio burgués, el incidente se convertirá inevitablemente en tema de conversación. Todos consideran que la actitud de madame Henriette ha resultado inexplicable y sin lugar a dudas bochornosa, pero el narrador la defenderá con vehemencia: piensa que un amor puede irrumpir en nuestra vida de una manera tan fuerte, tan arrebatadora, tan huracanada, que nos perturbe y nos arrastre sin que podamos oponernos. Como es lógico, en la sociedad bienpensante que lo circunda todos cargan contra ese argumento sentimental y le oponen algunas consideraciones con tintes morales o sociales... excepto la anciana inglesa Mrs. C., que después de escucharlo con interés y formularle algunas preguntas cita al muchacho en su habitación y le cuenta una larga y antigua historia en la que ella fue protagonista y que viene a darle la razón en el caso de madame Henriette.

Con la habitual elegancia de su prosa, Stefan Zweig nos hace reflexionar sobre la delgada línea que separa la fidelidad de la ruptura, y cómo, en ocasiones, resulta inútil luchar contra el Destino, el Azar o el Amor. Una novela tan inquietante como bella, que se puede leer en una tarde de domingo.

jueves, 26 de junio de 2014

Leporella



Leamos el inicio de esta novela, porque me parece que el dibujo que nos traza de su protagonista femenina es insuperable y magnético: “Su nombre civil era Crescentia Anna Aloisia Finkerhuber, tenía treinta y nueve años, era hija ilegítima y procedía de un pueblo montañés del Zillertal. En la columna “Rasgos distintivos” de su documentación constaba un trazo oblicuo para indicar que ninguno; pero si los funcionarios estuvieran obligados a incluir la descripción caracterológica, una simple y rápida mirada les hubiera bastado para anotar en aquel punto: Parecida a un jamelgo montés reventado, hueso y flaco”. En efecto, la sirvienta que sirve de base a esta historia era una mujer fea y que no comprendía las cosas con demasiada rapidez. Carecía además de vínculos con el sexo opuesto (“Los hombres la dejaban en paz, ya fuera porque un cuarto de siglo de trabajar como una mula la había despojado de toda feminidad, ya fuera porque ella, huraña y callada, repelía cualquier aproximación”). Trabaja como criada para el joven barón de F., un casado indolente que no ama a su esposa y que, aprovechando un par de meses de estancia curativa de ésta en un sanatorio, comienza a llevar una vida disoluta, donde son varias las mujeres que van pasando por su dormitorio.
La estulta sirvienta, que ha comenzado a sentir una admiración fanática por su señor (y que con una mente menos obtusa podría incluso haber confundido con los rayos del amor), se convierte en la alcahueta del barón, llegando incluso a suministrarle alguna doncella para su solaz y esparcimiento... Pero la esposa, como es lógico, acaba volviendo a casa. Y tanto el marido (que ve cortadas las alas de su libertad) como la sirvienta (que odia a la mujer que le secuestra de un modo oficial las horas de su admirado ídolo) se ven incomodados en su rutina.
Hastiado, el barón decide alejarse durante unos días de la casa y dedicarse al ejercicio de la caza. Y entonces se produce un hecho inesperado: su mujer es encontrada muerta, por un escape de gas. ¿Ha sido un suicidio? ¿Ha sido quizá un asesinato, perpetrado por la sirvienta? El barón comienza a plantearse esas mismas preguntas y se siente cada vez más desasosegado en presencia de la criada tirolesa.

Elegante, ameno y con una prosa finísima, Stefan Zweig nos entrega aquí una historia donde los lectores somos invitados a presenciar una relación bastante desequilibrada (en el sentido social, pero también en el intelectual y el estético) entre una mujer zafia, casi en el borde de la anormalidad, y un noble tarambana y juguetón, que le prodigará atenciones que ella malinterpretará de un modo lamentable. Nuevamente airoso, el narrador vienés vuelve a convencerme. Me da la impresión de que terminaré leyéndome todas sus obras.

jueves, 22 de mayo de 2014

Carta de una desconocida



Hay una magia y un fulgor especiales en los amores secretos. Una persona que adora en silencio a otra, y cuyos labios están sellados, queda envuelta de manera inevitable por una luz trágica, casi sobrenatural; y, a veces, por un dolor también sobrenatural. Todo queda en su interior, hirviendo, dando vueltas, girando sobre sí mismo, tiñéndose de matices y sin poder verterse al exterior.
El vienés Stefan Zweig es el autor de esta Carta de una desconocida, que traduce Berta Conill para el sello Acantilado; y la esencia de la obra se sustenta sobre dicha idea. El protagonista masculino es un escritor famoso, joven y con fama de seductor, que recibe una carta sorprendente en la que una mujer (la otra protagonista de la novela) que acaba de perder a su hijo le explica que siempre ha estado enamorada de él. Desde que era una niña. Poco a poco, ella le irá haciendo revelaciones sobre los vínculos que los han unido durante años (“Lo único que te pido es eso, que creas todo lo que te cuento: una no miente en la hora de la muerte de su único hijo”) y acaba por detallarle un buen número de encuentros sentimentales y hasta sexuales que mantuvieron... sin que él logre recordarlos.
En esa línea de confesiones y sorpresas, la mujer reconocerá ante su ídolo amoroso, sin orgullo y sin vergüenza, que llegó a pagar la educación de su hijo entregándose a amantes ricos (“Me ganaba el cariño de todos aquellos a los que me ofrecía, todos me han estado agradecidos, me han dado afecto, todos me han querido... ¡Tú no, tú eres el único que no me ha querido!”), y que la mera limosna de haber compartido algunas horas de su vida con él ha sido suficiente para que no se considere una amargada.

¿Amor, obsesión? Difícil resulta etiquetar los sentimientos de esta mujer tierna, entregada y sumisa, que no duda a la hora de idealizar  —casi deificar— al hombre del que se enamoró siendo una cría. Aparcados los prejuicios machistas y feministas, la lectura se torna deliciosa. Melancólica también, pero sobre todo deliciosa. Prueben.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Montaigne




Decía Francisco Umbral que uno no puede combatir contra su propio ser; y es una gran verdad. De la lucha contra sí mismo surgen las dietas, las vocaciones frustradas y otras inmundicias en las que conviene no escarbar demasiado. Yo creo que tampoco se puede luchar (ni se debe) contra tu propio ser como lector. De ahí que, pese a la buena voluntad que siempre le he puesto por conocer de primera mano la obra de tantos autores del mes de la FNAC, de tantos genios indiscutibles de su barrio y de tantos poetas laureadísimos por sus amigos del certamen, al final siempre termino volviendo a Michel de Montaigne. O a gentes de la cuerda de Michel de Montaigne: lúcidos, solitarios, descreídos, bahístas (por usar la palabra maravillosa que se inventó Pepe Perona: los que dicen “Bah” ante las novedades). Releo a Montaigne, releo a Pessoa, releo a Cioran, releo a Kavafis.
O a gentes que han pensado sobre ellos, como hizo Stefan Zweig en este breve librito sin duda hermoso, cuya lectura recomiendo para quitarse de encima las tontunas de la modernidad.