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martes, 14 de febrero de 2023

Huye de mí, rubio

 


Sus padres (un ingeniero teutón que trabaja para una multinacional y una mujer snob que vive pendiente del lujo) están separados, pero los vínculos que Ismael mantiene con ellos no son, en ninguno de los dos casos, afectuosos. El padre es un hombre rígido que no le prodiga más que órdenes; la madre, distraída por la gastronomía y los amantes, lo hace sentirse un estorbo. A sus quince años, Ismael es un chico desnortado y huérfano de calor, que se refugia en el único sitio donde se siente libre y a salvo: su libreta, donde va dibujando y componiendo poemas. Pero una estancia con su padre, que está trabajando en la construcción de una presa en la República de Sierramagna (Centroamérica), dará un vuelco a su vida: tras algunas experiencias desagradables en forma de robos y agresiones, el chico será secuestrado por la guerrilla y se verá, tras un viaje infernal a través de la selva (a pie, maniatado, comido por los insectos y torturado por el hambre y la sed), en el interior de un campamento lleno de personas furibundas, que lo odian por la blancura de su piel y su condición de hijo de capitalista. Mantenerse vivo y que su familia acceda a pagar el rescate son las únicas fuerzas que le permiten seguir en pie, aunque las atrocidades que irá viendo a su alrededor vayan minando su alma.

Con esta novela dura y firme, Óscar Esquivias aborda temas aparentemente poco adecuados para un público juvenil (la obra se dirige a lectores a partir de catorce años), pero lo hace con tanta inteligencia y con tan buen tino que sin duda logra su objetivo: la brutalidad de ciertas ideas revolucionarias, la violencia de quienes en apariencia nada tienen que perder, la degradación y la venalidad de algunos periodistas, la crudeza de las políticas represivas… Conseguir que una novela en la que se producen fusilamientos, cortes con machetes, manos amputadas o ingesta de drogas resulte educativa y catártica es toda una proeza, así que les recomiendo que no se pierdan esta obra. Y no se pierdan tampoco, por favor, el giro inesperado que se produce en el párrafo final, que cambia un buen número de ideas preconcebidas que pudiéramos tener sobre las emociones que asaltan al protagonista.

Óscar Esquivias es un auténtico maestro. Escribiendo para adultos y escribiendo para jóvenes. Punto.

lunes, 27 de enero de 2020

Pampanitos verdes




Un buen narrador tiene que ser, ante todo, un mago. Es decir, una persona capaz de contarnos una historia lejana a nosotros (o cercana, pero contemplada desde un ángulo imprevisto) y conseguir que nos embelesemos con ella, que parpadeemos lo menos posible mientras transitamos por sus líneas, porque nos embarga la emoción y queremos contemplar el prodigio de su fluir y el milagro de su delta. Con Óscar Esquivias esas sensaciones están garantizadas.
Me sumerjo en las páginas de Pampanitos verdes (Ediciones del Viento, 2010) y recupero el deslumbramiento infinito que ya me habían deparado otras obras suyas, como Andarás perdido por el mundo, La marca de Creta o Inquietud en el paraíso. Intuyo, además, que la sensación se extenderá a cuantos volúmenes firmados por él me lleve la vida, porque la textura de su narrativa me resulta muy seductora. Pocos autores me han convencido siempre, de principio a fin: él es uno de ellos.
En este tomo me lleva de la mano para que conozca a Miguel, un joven estudiante de Filología y repartidor ocasional de flores que disfrutará una inesperada sesión de sexo; a un estudiante salmantino que tendrá que convertirse en cómplice involuntario de las aventuras extramatrimoniales de su progenitor; al pintor en trámites de divorcio que vivirá una experiencia erótica menos idílica de lo que en principio sospechaba; a un virginal estudiante de medicina que notará la explosión de las lágrimas cuando, tras la muerte de su hermano, escuche los conocidos versos de un villancico; al cartero que tendrá que representar a España en una competición deportiva en Chicago, y que allí se encontrará con varias sorpresas; al niño que vive una bochornosa profanación pedófila por parte del practicante que le administra su medicación; al padre que acompaña a su hijo pequeño a buscar huellas de dinosaurio en un día de lluvia…
Magias absolutas que Óscar Esquivias regala, espléndido, a sus lectores y que nos provocan aplausos de gratitud. Bendito sea.

lunes, 18 de abril de 2016

Andarás perdido por el mundo



Una sugestión poderosa me ha abordado a la conclusión de casi todas las historias de este libro: he sentido al autor, Óscar Esquivias, sentado frente a mí contándomelas, mientras a su espalda ardían los troncos en una chimenea. No lo sabría explicar con mejores palabras. Era eso. Simplemente eso. Un silencio de casa de campo y un fabulador creando su discurso con lentitud y eficacia, rodeado por el crepitar de las llamas. No es la primera vez que me ocurre con sus libros. En ocasiones aparecen en sus relatos una actriz famosa a la que se retrata durante sus primeros tiempos en Hollywood (como Greta Garbo en “La casa de las mimosas”) o un músico célebre que ultima un experimento macabro (Hector Berlioz en “El arpa eólica”), pero en la inmensa mayoría de las ocasiones el protagonismo recae sobre seres discretos, de los que se nos brinda un segmento vital. Y digo bien: un segmento, una porción acotada cuyo principio y cuyo final no se rigen por el capricho o la convención de la sorpresa. Chéjov, indiscutiblemente, le gana a Cortázar.
En estos catorce universos se nos propone conocer a un buen caudal de náufragos, que se mantienen asidos a su tabla mientras los bambolean las olas de la fe, el alcohol, la desesperanza, el odio, la zozobra o la tristeza, y que no tienen más ansia que encontrar una respuesta, una luz o una certidumbre.
Pero volvamos si quieren al inicio y formulemos esta recensión de una manera convencional, más fama que cronopia: el escritor Óscar Esquivias (Burgos, 1972) acaba de publicar en Ediciones del Viento una colección muy notable de relatos con el título de Andarás perdido por el mundo, donde consolida su fulgurante trayectoria con catorce narraciones donde reflexiona sobre la identidad sexual, la aceptación del yo, la condición extranjera que todos enarbolamos o sufrimos en algún momento de nuestras vidas, el candor a veces doloroso de la infancia, la enajenación mental o la supervivencia azarosa de los desarraigados. En algunas de estas propuestas se ampara en las dimensiones logarítmicas del microrrelato (“Curso de natación”) y en otras, por el contrario, se intuye que podría haber elongado el discurso hasta una edificación cercana a lo novelístico (“La última víctima de Trafalgar”). Pero en todas se aprecia la misma exquisitez verbal, la misma elegancia prosística, que los vuelve textos magnéticos, imposibles de abandonar o de definir con adjetivos que no se adentren en lo hiperbólico.

O mejor no. Mejor elegimos la vía emocional, huérfana de corsés y de miriñaques, y lo decimos como nos pide el cuerpo: qué pedazo de libros se acaba de marcar el cabrón de Óscar Esquivias. Qué bueno es, el jodío. La madre que lo parió.

jueves, 23 de julio de 2015

La marca de Creta



Cada lector se pasa la vida descubriendo autores que le atraen y otros que le repelen, casi desde el punto de vista químico. Y por regla general no tiene que ver con la “calidad objetiva” del escritor, sino con los niveles de conexión que se establecen entre él y tú de forma secreta, magnética, poderosa. Con Cortázar sentí esa química desde el primer minuto. Con Borges, también. Y con Antonio Muñoz Molina. Y con Shakespeare. Jamás, en cambio, la he sentido con Faulkner, ni con Onetti, ni con Hemingway, ni con Tolstoi (cito cuatro ejemplos de cada tendencia, por parecerme suficientes). Óscar Esquivias está para mí de forma clara en el primer grupo. Desde que abrí las páginas de uno de sus libros, sentí que algo mágico emergía de ellas y se instalaba en mi interior.
Me detengo hoy en La marca de Creta, que leí con felicidad cuando le dieron el premio Setenil y que ahora devoro por segunda vez para consignarlo en este Librario íntimo, subrayando imágenes literarias que me llamaron la atención desde el primer minuto (esa “sombra dentuda de las tejas” que se menciona en el relato “Hijos de Dios”) y adentrándome más en sus personajes: ese Marco que trabaja en Banca di Roma y que, chapoteando en el pantano de una vida conyugal tediosa, comienza a sentir dolores en el pecho; ese Gerardo que estudia en una pensión y que descubrirá en la discoteca a Lali, su patrona; esas dos lesbianas que descubren en las hormigas una metáfora espléndida de su propia erosión como pareja; esa mujer que publica en un diario de Burgos unas asombrosas predicciones sobre los recién nacidos de la localidad; esas personas que pasean por la playa, angustiadas y amargadas por la consunción; ese hijo que vuelve, después de haber permanecido treinta años en Alemania, lejos de su familia; esa Mar que, en la fiesta de sus veinticinco años, toma una decisión erótica que afectará a uno de sus amigos; ese viejo escritor que arroja piedras claras u oscuras a un montón, dependiendo del día, y que acabará cercado por la horrenda sensación del ridículo...

La marca de Creta es un excelente volumen de cuentos, donde nadie debe esperar sorpresas finales (no responden a ese formato), pero donde brilla uno de los estilistas más asombrosos que tiene la literatura española.

jueves, 27 de febrero de 2014

Jerjes conquista el mar



Una de las cosas más difíciles en literatura, a mi juicio, consiste en presentar de forma creíble a los seres anómalos: a los locos, a los discapacitados, a los enfermos terminales, a los retrasados mentales, a todos aquellos a quienes la mala fortuna o el azar ha convertido en personas distintas. La mayor parte de los escritores que han tenido la osadía de asomarse a ese abismo han incurrido en el esquematismo, el brochazo, la mojigatería o el error, tanto por exceso como por defecto. Pero cuando la tarea y el reto son asumidos por un grande, la cosa cambia. Y Óscar Esquivias es un grande, sin duda alguna.
En la novela Jerjes conquista el mar (Ediciones del Viento, 2009) descubrimos a uno de esos personajes singulares: un chico con un cierto retraso, que trabaja en Telefónica junto a Duque, otro joven discapacitado. Ambos han obtenido el trabajo gracias a un Plan de Integración. Su ambiente familiar es sosegado y dulce, aunque no abunden los recursos económicos: su madre cuida de él con gran cariño; y el novio de ésta, Javier, trata a Jerjes con afecto. El muchacho se siente feliz con su empleo y con la amistad de Duque, con quien comienza a vivir una aventura tan ingenua como fértil: la fotografía. Con la cámara que le regala Javier por su cumpleaños, Jerjes y Duque se dedican a tomar instantáneas de las personas que hay en el hotel frontero al edificio de Telefónica, sobre todo de mujeres. No hay en Jerjes obscenidad ni lascivia: sólo candor. Pero todo va a cambiar pronto en su vida con dos detalles que la volverán del revés: primero, la adquisición de un álbum de fotografías en la Cuesta de Moyano (y la posterior aparición de una persona interesada en esas imágenes); y segundo, que una de las mujeres captadas por su cámara en actitudes sexuales comprometidas es una persona muy famosa del mundo del espectáculo.
Con un lenguaje delicioso, unos personajes de auténtica antología (no sólo Jerjes, sino también Calabria Lisardo, la irascible viuda de Infantes, una librera atrabiliaria y de inestable humor), una estructura tan sencilla como eficaz y un sólido ritmo narrativo, Óscar Esquivias convierte esta novela (que fue la primera que escribió) en una delicia. Quienes ya lo admirábamos por Inquietud en el Paraíso (2005), La ciudad del Gran Rey (2006) o La marca de Creta (2008) tenemos una nueva ocasión para sentirnos felices de frecuentar las páginas de un auténtico crack de la literatura.

No se la pierdan.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Inquietud en el paraíso




Don Cosme Herrera, penitenciario de la catedral de Burgos, no es un clérigo cualquiera. De hecho, después de haber meditado durante años sobre la más inmortal creación de Dante Alighieri (La divina comedia), ha llegado a una conclusión asombrosa, que supera todos los límites del sentido común, y que no tiene pudor en esclafar durante el transcurso de una charla erudita: "Dante estuvo en el Purgatorio, sí, en pura carne mortal, y nos lo contó con apariencia literaria, que era lo que exigían la discreción con las cosas divinas y su genio para con las letras. Pero proclamo que ese viaje a la región oscura se puede (es más, se debe) repetir. Estimados señores, distinguidas señoras y señoritas: estoy en condiciones de guiar la expedición que lleve a cabo tal empresa, me pongo a su disposición y espero su patrocinio" (p.12). La propuesta, como no podía ser de otro modo, es recibida por los oyentes con jolgorio y burla irónica; pero tales chanzas no detienen al visionario, que urdirá una compleja trama de maquinaciones para llevar a cabo su propósito, del que no admite ser apartado ni siquieras con las admoniciones del iracundo arzobispo don Manuel de Castro.
Pero, por si la locura de este proyecto se antojara pequeña, otra locura de mayor calado sacudirá a las gentes de Burgos (y de toda España) ese mes: el estallido de la guerra civil. Óscar Esquivias, con sorprendente pulso maestro, nos va ofreciendo una visión completa de la ciudad, llena de burdeles con prostitutas levantiscas, militares que planifican su rebelión, tabernas infames, pobreza por los rincones, seres diminutos que anhelan la redención por la vía de la cultura (es memorable el personaje del relojero Julián Bayona), religiosos propensos a inmiscuirse en asuntos demasiado terrenales y mil detalles más, jugosos, ágiles y amenísimos. Para aderezar ese universo variopinto, el autor nos ofrece espléndidas secuencias de humor (la lubricidad inocentona y exótica del poeta Manuel Machado; la presencia de una tortuga agresiva y mordedora en la casa de doña Atanasia Revenga; las reivindicaciones laborales de Saturnino Calvo, aficionado a la expulsión de gases sobrantes por la vía rectal; las chocantes teorías sobre el tamaño de los penes, sostenidas por un energúmeno con alta graduación militar; etc); pero también están presentes otras secuencias, más dolorosas: el miedo paralizante de los más débiles, las lágrimas y el estupor por el inicio de una guerra que muchos presumen horrenda y fratricida, las humillaciones que deberán ser acatadas con resignación... De ahí que cada burgalés republicano experimentase con el estallido de la rebelión "un desengaño hondo que le llenaba de tristeza" (p.269).
Óscar Esquivias ha logrado construir una de las obras más serias y más sólidas sobre las primeras horas de lo que Miguel Labordeta definió en un poema magnífico como "aquel huracán terrible de locura": la guerra de 1936. Muy recomendable.