jueves, 13 de agosto de 2020

La mitad del diablo




La idea de partida es buena: redactar trescientos treinta y tres pequeños relatos de extensión decreciente (hasta llegar al último, que se componga de una sola palabra). El título también es bueno (puesto que se ha elegido ese número, La mitad del diablo no puede ser rótulo más oportuno, habida cuenta de la identificación del demonio con las cifras 666). Pero una vez establecidos esos parámetros para el tomo se trataba de conseguir que éste fuera brillante en su formulación literaria y llamativo en sus argumentos.
Huelga decir que Juan Pedro Aparicio (León, 1941), maestro de narradores, lo consigue de sobra. Moviéndose en un sugerente arco de tonalidades temáticas (la Inquisición, la guerra, el sexo, los bomberos infieles, los escritores insatisfechos, la reencarnación, los asesinos seniles, los gladiadores escrupulosos, la muerte), nos va entregando pequeñas joyas llenas de imaginación, de las que se sale con una sonrisa, con un cabeceo valorativo e incluso, en algunas ocasiones, con cierta saliva amarga que cuesta tragar. Y la verdad es que tiene un mérito enorme, pues construir y desplegar en un solo tomo más de tres centenares de microhistorias y que el lector no se sienta fatigado constituye una demostración flagrante de que nos encontramos ante un magnífico fabulador, lleno de fantasía, experiencia y recursos.
Admirable siempre por la calidad de su prosa, Juan Pedro Aparicio logra en este libro (que publica el sello Páginas de Espuma) un álbum perdurable de relatos, que se puede abrir por cualquier parte, cada cierto tiempo, para ofrecernos un grato remanso de buena literatura.

miércoles, 12 de agosto de 2020

Días en blanco




Me ha ocurrido muchas veces que, tras comenzar un libro y tener la impresión de que iba por mal camino (argumental o estilísticamente), he decidido resistir unas páginas más antes de sucumbir a la tentación de abandonarlo de modo definitivo. Y me ha ocurrido también algunas veces que esa paciencia (o quizá cabezonería) me ha permitido descubrir que la obra finalmente remontaba el vuelo y lograba gustarme. Con Días en blanco, la poesía completa de José Luis Sampedro, me ha ocurrido esto último.
Mi mujer, sabiéndome admirador del novelista de Barcelona, me regaló hace pocos días el magnífico volumen que, editado por José Manuel Lucía Megías (catedrático de Filología Románica en la Complutense), publica magníficamente el sello Plaza & Janés; y me puse de inmediato a leerlo. Para mi perplejidad, sus primeras páginas estaban llenas de poemas insustanciales, escasamente rítmicos, poco airosos en la forma y convencionales en los temas y vocabulario (hasta 67 veces he subrayado la palabra “primavera” en sus líneas). Pero estaba ante José Luis Sampedro, fautor de sirenas y sonrisas etruscas, así que lo razonable era tener un poco de paciencia. Y el experimento salió bien.
Conforme se va avanzando por esta extensa selva lírica, los poemas se van haciendo más altos y más hondos, se llenan de aromas filosóficos (y hasta de guiños económicos), se impregnan de serenidad y nos dejan en los ojos bellísimas reflexiones sobre la vida y el paso del tiempo. Sampedro se convierte en un gran cultivador del ritmo endecasílabo y octosílabo; maneja los encabalgamientos con elegante soltura; y sus imágenes se van llenando de originalidad y de fuerza. Lo vemos hacerse poeta; lo sentimos haciéndose poeta. Bastará con recomendar al lector que se detenga en las páginas 78, 127, 222, 291 o 293 para convencerlo de la brillante solidez que el autor de Octubre, octubre o de Congreso en Estocolmo logra en el ámbito de la poesía.
Pero es que este libro nos guarda para el final una guinda jocosa: los poemas de humor que Sampedro fue componiendo durante años, con ocasión de reuniones profesionales, críticas a la dictadura franquista o cachondeos literarios. Cerrar un volumen diacrónico con estas perlas constituye todo un acierto, que el lector agradece con sus sonrisas.

martes, 11 de agosto de 2020

Encuentros con libros




Siento una fuerte inclinación por este tipo de libros, y reconozco que resulta muy peculiar. ¿Qué me lleva a leer una serie de textos donde se habla de Paul Claudel, Richard Friedenthal, Albert Ehrenstein, Friedrich Gundolf o Rudolf Kassner (autores a quienes no he leído y a quienes, presumiblemente, tampoco leeré en el futuro)? Y la respuesta es cristalina: el hecho de que sean páginas compuestas por Stefan Zweig. Más claro, el agua. Siempre me han gustado los libros de este genio vienés, que procuro frecuentar periódicamente para no alejarme demasiado tiempo del aroma de su prosa.
Así que cuando mi suegro, a principios del mes de julio, me regaló Encuentros con libros (traducido por Roberto Bravo de la Varga) y me puse con él, resulta fácil comprender que de inmediato quedé seducido por sus análisis. Entendí y valoré mucho más, obviamente, aquellos que dedicaba a Rainer Maria Rilke, Walt Whitman, Thomas Mann, Flaubert o Balzac; pero en cada una de sus doscientas cincuenta páginas disfruté de algún giro, de alguna metáfora, de algún aforismo, de alguna adjetivación. Acercarse a Zweig es acercarse a una sensibilidad con la que, en ocasiones, entras en desacuerdo, pero frente a la que siempre mantienes una posición de respeto y de admiración, pues la intuyes sincera. Igual que aplaudes frases como la que desliza en la página 8: “Desde que existe el libro nadie está ya complemente solo”.
En su abordaje a la obra de Goethe o de Rilke, el vienés insiste en que convendría leer la obra completa de ambos, para hacerse una idea orgánica de su aportación al mundo de la literatura. No sería disparatado afirmar lo mismo del propio Zweig, cuyos trabajos dibujan un firmamento de atractivos cuerpos celestes.
Admirable.

lunes, 10 de agosto de 2020

Ronda de solos




Óscar Reloj Casius (entenderá la broma quien lea el libro con atención) es un músico de jazz que, cuando llega a Asturias para celebrar un concierto en la sala Barbados (sus tres compañeros vendrán un par de días después, desde Teherán), se lleva la desagradable sorpresa de descubrir que le han robado su saxofón en el aeropuerto. Pone la correspondiente denuncia ante la policía y, durante un par de jornadas, se dedicará a vagabundear por Avilés en busca de una tienda de música donde hacerse con un nuevo saxofón. Pero ese rastreo, lejos de plegarse a parámetros canónicos, está más bien modulado por la improvisación típica del jazz: Óscar camina por las calles, observa a la gente y se deja llevar por una magia urbana casi cortazariana … Dejemos que sea él mismo quien nos explique la situación: “Siento que el mapa de Avilés todavía es un desconocido, que antes de estar seguro de que estoy perdiendo el tiempo debo cartografiar cada centímetro cuadrado de este mundo. No estoy navegando por un río con principio y fin. No estoy resolviendo un puzle con todas las piezas a la vista. No estoy leyendo una novela que permita la trampa de curiosear en la página final. Realmente estoy solo en un lugar desconocido” (p.42).
Esa desbúsqueda le hace encontrarse consigo mismo, con aquel niño al que sus padres encomendaron a un profesor de guitarra y que, al descubrir cierta tarde un disco legendario de Miles Davis, se sintió ya para siempre atrapado por los anzuelos del jazz, ese ámbito cuyos solos constituyen “instantes encadenados de ingenio” (p.37) y cuyo hábitat natural “es la encrucijada” (p.75). Por un lado, Óscar se sabe músico, así que su trabajo consiste en “envolver sorpresas en papel de regalo” (p.93); pero en estas horas aciagas en que deambula de un lado a otro sin su saxofón, el abatimiento lo erosiona: “Me abro a las confesiones: que no me siento un músico real, que soy más bien un no-músico, un tipo con cuatro sentidos, que soy testigo a cámara lenta de mi fracaso” (p.62).
Libro de sonidos y silencios, de búsquedas externas e internas, de revoluciones y resignaciones, esta Ronda de solos constituye una interesante narración del madrileño José Luis Carrasco, que publica el sello Boria Ediciones con una gran ilustración de cubierta de Diana Escribano Henarejos.

domingo, 9 de agosto de 2020

El origen perdido




Personalmente, siempre me han parecido absurdas e histriónicas esas frases acerca de que sólo debemos leer libros que nos perturben, nos estremezcan y nos cambien la vida. O sea, “el hacha que rompa el mar helado que tenemos dentro”, como decía el exagerado de Franz Kafka. Yo creo (siempre que estén bien escritos) en los libros que perturben, en los libros que distraigan, en los libros que te hagan llorar, en los libros que te hagan reír, en los libros esenciales, en los libros superfluos, en los libros gordos y en los libros anoréxicos. Nunca me pongo la corbata para leer, ni me almidono el cuello de la camisa, ni me arrellano en una butaca con mirada interesante de pensador. Me siento con un café, abro el libro y dejo que me hable. Ya está. Sin más misticismos, ni más pedanterías.
Por eso, de vez en cuando me sumerjo en libros de Dean Koontz, Noah Gordon y otros autores que, etiquetados casi peyorativamente de “bestsellers”, provocan fruncimientos de cejas en los lectores más prejuiciosos. A mí, como digo, si las obras están bien escritas y me llevan por un sendero agradable, no me supone ningún problema aplaudir.
Y hoy aplaudo con energía la novela El origen perdido, de la alicantina Matilde Asensi, quien nos propone un viaje alucinante que, partiendo desde Barcelona y teniendo como protagonistas a tres hackers de alto nivel, nos conduce hasta el interior de las culturas aymara e inca, llenas de tocapus, yatiris, inscripciones misteriosas, pirámides ocultas bajo tierra, selvas llenas de peligros, tribus ancestrales y poderosos hechizos. Y todo ello, construido sobre una extensa documentación, que se advierte en todas las páginas pero que jamás (y es un alto logro) entorpece la fluidez de la lectura. Este mundo precolombino, de cráneos deformados y sugerencias extraterrestres (publicado varios años antes de que Steven Spielberg filmase su película sobre las calaveras de cristal) se convierte en un prodigioso imán que te mantiene aferrado al libro y con la respiración muchas veces alterada. Arqueología, historia, psicología y magia son manejadas de una forma ingeniosa por una novelista que tiene el rarísimo don de enseñar, seducir y entretener a los lectores sin que la calidad literaria se resienta.

sábado, 8 de agosto de 2020

Arteratura




Todos los relatos que se incluyen en este libro están vertebrados por un vínculo que los relaciona y que, juguetón, viene insinuado en el título del tomo: el mundo del arte. En ocasiones, nos encontraremos en el ámbito de la literatura (y los nombres de Antonio Muñoz Molina, Julio Cortázar, Lewis Carroll, García Lorca, Cervantes, Hemingway o Tolstoi impregnan y condicionan la realidad de los personajes); otras veces, será el universo armónico de la música el que se extienda por el relato (John Lennon, un anónimo guitarrista, Beethoven); y otras, en fin, será la magia insondable del cine (encarnada en las figuras famosas de Jack Lemmon, Clint Eatswood o Roberto Benigni) la que sirva como bastidor para que el cuentista jienense esculpa su propuesta.
El resultado es un libro espléndido, diamantino, en el que advertiremos brillos diferentes según la faceta sobre la que posemos los ojos: los secretos amorosos y virulentos que el corazón humano puede albergar (“El sol de los muertos”); la melancolía que a veces se esconde en las habitaciones cerradas de nuestro pasado (“Días de vino y rosas”); las turbulencias a las que puede conducir un ejercicio de deslealtad (“Strawberry fields forever”); la grandeza que anida en el corazón de los más nobles, que con un gesto minúsculo son capaces de aliviar el alma herida de otras personas (“Duelo al sol”); la venganza reversible que se desliza entre una emperatriz despechada y un genio musical soberbio (“Concierto de Año Nuevo”) o la denuncia del mundo bélico a través de un accidente y una novela de lectura inacabada (“Guerra y paz”).
No resulta extraño que casi todos los relatos de este volumen (que publica el sello Malbec) hayan obtenido aplausos y galardones en importantes certámenes de cuento por toda España: desde el Gerald Brenan o el Hucha de Oro hasta el Unicaja o el Encarna León.
Francamente bueno.

viernes, 7 de agosto de 2020

Academia Zaratustra




Resulta difícil pronunciarse sobre el espíritu que preside o gobierna las páginas de Academia Zaratustra, del jerezano Juan Bonilla. ¿Nos hallamos ante un libro de viajes? ¿Ante una aproximación a la filosofía de Nietzsche? ¿Ante un ensayo sui géneris?
Conocemos desde el principio a un andaluz que ha decidido emprender un viaje por Dinamarca, Suiza y Alemania, pero que rehúye todo tipo de noticias sobre los lugares que va a visitar, para que la sorpresa resulte absoluta (“Nada más peligroso que hacerse ilusiones, pues cuando lleguen las decepciones no tendrá uno a quién culpar de su frustración”). Lo único que tiene claro es que va a atravesar “países en cuyas lenguas yo sólo sabía guardar silencio”, y esto le permite enfrentarse a personas, paisajes y monumentos con total ingenuidad, salvo el leve hilo hilvanador que supone ir buscando las diferentes academias Zaratustra repartidas por el continente (unos extraños centros educativos donde se enseñan las doctrinas contenidas en el célebre volumen del filósofo alemán)… De Basilea le llama la atención la inexistencia de espejos; en Montreux se interesa por la estela que dejó el novelista Vladimir Nabokov; en Ginebra visita la tumba de Jorge Luis Borges (y aprovecha para deslizar un comentario malévolo sobre “José Ángel Valente, el poeta mil veces laureado por las instituciones que siempre se queja de que es un francotirador al que desean reprimir”); en Berlín rememora la figura de la ambigua cineasta Leni Riefenstahl; y en Copenhague aprovecha para hablarnos del reducto utópico de Cristiania, una comuna libertaria en la que no rigen las leyes del país y en la que, como en el resto de lugares del mundo, “cada cual es dueño de inventarse sus certidumbres”.
Y, sobre todo, lo que nos encontramos en este volumen es la prosa magnífica de Juan Bonilla, siempre elegante, musical y lírica, que encandila y convence. Es uno de esos autores a los que conviene conocer a fondo, porque raro resulta no salir maravillados de sus obras.

jueves, 6 de agosto de 2020

Canto general




Pocas cosas nuevas se pueden decir de este libro mastodóntico, ambicioso, irregular, airado, reivindicativo, provocador, coral, telúrico y dolorido; de este libro de geologías, lavas, maremotos, pájaros, héroes, humillaciones y banderas; de este vademécum de heridas, de este catálogo de golpes, de esta notaría de silencios. Al principio, Neruda lo concibió con el título de Canto general de Chile, pero pronto su burbujeo lo amplió hasta la expansión continental. Algún crítico exagerado (como hace Enrico Mario Santí en la introducción de este tomo) habla de sus “más de quince mil” versos, pero la realidad es que se queda en los trece mil, lo que lo convierte en un volumen notable, pero situado por debajo de otros, como La divina comedia (algo más de catorce mil), La araucana (por encima de los veintiún mil) o el Orlando furioso (que triplica el esfuerzo nerudiano).
Las tres veces que lo he leído me ha impresionado la fuerza arrolladora de su inicio, con los ojos del poeta paseándose por la pureza natural del paisaje americano, con sus cordilleras, sus ríos arteriales y sus cóndores majestuosos, hasta que por fin llegan “la peluca y la casaca” de los españoles. Y q            ué decir de su segunda sección (“Alturas de Macchu Picchu”), esa larga, profunda, cavernosa y emotiva invocación al hombre americano del ayer, al ‘hermano’ que lo precedió en el sufrir de su tierra y que fue dilacerado por la crueldad de sus explotadores. O de la tercera, donde enumera las tropelías innumerables de los invasores hispanos: Hernán Cortés (“Corazón muerto en la armadura”), Pedro de Alvarado (“El halcón clandestino de la muerte”), Francisco Pizarro (“El cerdo cruel de Extremadura”), Magallanes (“Su barba llena de gusanos”) y hasta Inés Suárez, la compañera de Valdivia (“Infernal harpía”). O de la cuarta, donde tienen aposento los libertadores, que se prolongan por siglos: Cuauhtémoc (“Tu corazón como un venado”), Caupolicán (“Un rostro del bosque”), Lautaro (“Elástico y azul”), Túpac Amaru (“Padre Justo”), San Martín (“Extenso como todos los héroes”), José Martí (“Almendra pura”), Emiliano Zapata (“Tierra y aurora”) o Sandino (“Era un árbol que se enroscaba / o una tortuga que dormía / o un río que se deslizaba”).
Neruda, después de esa presentación profundamente hermosa en su continente y profundamente maniquea en su contenido, tiene que sumergirse en la época posterior, en la cual la situación se enturbia y advienen los caudillos nefastos, los líderes tenebrosos, el listado inmundo de los dictadores, que se extiende por todos los países al sur de los Estados Unidos hasta mediados del siglo XX.
Escondiéndose y escribiendo a trompicones, en pequeñas hojas y en lugares de lo más inverosímil (conviene recordar que se había puesto precio a su cabeza y que tuvo que refugiarse en sitios diferentes, en los que permanecía hasta que la prudencia aconsejaba cambiar de escondite), este maravilloso Canto general se presenta como una crónica emocionada y burbujeante que admite muy pocos parangones en la poesía hispana. Un auténtico monumento. Discutible desde el punto de vista del “contenido” (tendrá defensores y detractores: desde eruditos hasta fanáticos), pero embriagador desde el punto de vista poético.

miércoles, 5 de agosto de 2020

A modo de esperanza




Situémonos en 1954. España comienza a recibir armas desde Estados Unidos (país en el que graba su primer disco un chico llamado Elvis Presley), se gestiona el retorno de prisioneros de la División Azul, se inaugura el embalse de El Vado y, al otro lado del Atlántico, nace Sócrates (filósofo del fútbol). De repente, como quien no quiere la cosa, llega un joven de 25 años, nacido en Orense, y termina un libro de poemas que decide titular A modo de esperanza, con el que consigue el premio Adonais. Se llama José Ángel Valente.
El prometedor vate nos dice que “tenía entre mis manos / una materia oscura” y nos dice también que “ha sido emplazado a vivir”. Con esas convicciones, nos va regalando versos escuetos, sinópticos, donde emociones y pensamientos cruzan sus vectores para inundarnos corazón y cerebro. Poco a poco, va reuniendo poemas terribles como “El adiós”, delicadas ternuras como “Epitafio” o elevadas reflexiones sobre la patria, “cuyo nombre no sé” (“Oh patria y patria / y patria en pie / de vida, en pie / sobre la mutilada / blancura de la nieve, / ¿quién tiene tu verdad?”). Y se alza con firmeza una Voz, que iría desarrollándose en los años siguientes por senderos variados. Muchos son los temas hacia los que se aproxima el vate: la muerte, la soledad, la vida, el amor… y hasta textos simbólicos que lo tienen como protagonista (“Hoy he amanecido / como siempre, pero / con un cuchillo / en el pecho. Ignoro / quién ha sido, / y también los posibles / móviles del delito”).
El joven maduro (“Tengo miedo a morir”); el joven que mira y recuerda (“Te he olvidado / tanto y he podido / olvidarte tan poco”); el joven pensador (“Nada / muere, porque nada / tiene fe suficiente / para poder morir”); el joven que piensa en la trascendencia (“Murió; es decir, supo / la verdad”); todos los jóvenes que era Valente comenzaban a expresarse en estas páginas inaugurales.

martes, 4 de agosto de 2020

Tiempo para los pájaros


Siempre ha habido obras literarias donde se nos propone algo parecido a un retrato generacional. A veces, se trata de una planificación consciente por parte del autor (pienso en las novelas iniciales de José Ángel Mañas o Pedro Maestre); pero en otras ocasiones es, más bien, un proyecto que se cumple de forma casi accidental (aduciré los nombres de Jack Kerouac o Julio Cortázar). En el caso de Tiempo para los pájaros, de la cántabra Celia Corral Cañas, volvemos a encontrar un libro de ese rango, que obtuvo el premio Carmen Martín Gaite en el año 2019.

Pero hay una característica que lo diferencia de otras obras de parecido espíritu: frente a la mediocridad literaria de krónenes y dinosaurios (que el viento de la sensatez barrió con eficaz y justa prisa), estas páginas de Celia Corral constituyen una asombrosa cosmogonía, un retrato del estar en el mundo, una crónica íntima admirablemente pensada y redactada, que está llena de frescura, fluidez, verdades, desgarros, lágrimas, perplejidad, remordimientos y furias. Tenemos meditaciones sobre Indonesia y el vegetarianismo, sobre los contratos basura que encepan las vidas de los más jóvenes, sobre los vecinos impertinentes, sobre las gatas, sobre los rescoldos olvidados (e inolvidables) de las guerras, sobre el frío y el trocánter, sobre la tristeza de disfrutar de alegría, sobre el juego de las sillas musicales, sobre un endecasílabo de Octavio Paz que se tatúa en un antebrazo, sobre los sándwiches de aguacate, sobre pájaros que nos salvan del suicidio, sobre nacer en Invernalia y no saber cuándo llegará el primavera.

“Qué sentido tiene esto que estoy escribiendo, pienso a veces. Adónde me llevará”, nos dice la autora en la página 53. Quizá nos lleve simplemente a la constatación de que el sinsentido también debe ser narrado, para que la luz inunde algunos de los corredores oscuros. Nuestras vidas son (admitámoslo) como vidrieras: están formadas por centenares de cristalitos emplomados, y no siempre la luz incide del mismo modo sobre todos ellos; ni colocamos nuestros ojos sobre el mismo cristal para observar el otro lado; ni podemos evitar cortarnos con el borde de alguno. Somos esplendor y miseria. Somos tinieblas y luz. Somos dolor sonriente y sonrisas quebradas. Somos paradojas. Celia Corral, tan joven, ya ha sido capaz de verlo y escribirlo en esta obra lúcida, intensa y sabia. No la pierdan de vista.




lunes, 3 de agosto de 2020

Kafka y la muñeca viajera




La historia la contó Dora, última amada de Franz Kafka, en sus memorias: en 1923, el escritor checo acudía habitualmente al parque Steglitz, en Berlín, para oxigenar sus maltrechos pulmones (la tuberculosis acabaría con él en junio de 1924). Y un día se encontró allí con una niña que lloraba por haber perdido su muñeca. Compadecido, Franz improvisó un consuelo: la muñeca no se había perdido, sino que había partido de viaje. Logrado el estupor de la chiquilla, le dijo que él era cartero de muñecas y que, posiblemente, la suya le enviaría una carta para explicarle los motivos de su acelerado adiós. Durante varias semanas, Franz Kafka sacó fuerzas para irle escribiendo y entregando cartas manuscritas, que la niña se llevaba con ilusión. Jamás se supo la identidad de la muchacha (a pesar de que el investigador Klaus Wagenbach la buscó por todos los medios en los años posteriores), ni se han recuperado aquellas páginas, que constituyen un delicioso misterio.
El prolífico escritor barcelonés Jordi Sierra i Fabra recreó esa historia real en su novela Kafka y la muñeca viajera (Siruela, 2006), un libro enriquecido con las ilustraciones de Pep Monserrat y que consigue mantener el interés de los lectores más jóvenes gracias a su sabia mezcla de amenidad, reflexiones sobre la vida, datos biográficos e inteligentes observaciones sobre el candor infantil y sobre la importancia de las ilusiones. En apenas dos semanas, y gracias al despliegue imaginativo que Sierra i Fabra pone en la pluma de Kafka, “Brígida había cruzado el extenso desierto del Sahara en una caravana de camellos, explorado la India, recorrido la gran muralla china, nadado en el mar Muerto, escalado las altas cumbres del Himalaya, volado en globo… Brígida había estado en Pekín, en Tokyo, en Nueva York, en Bogotá, en México, en La Habana, en Hong Kong… Brígida era famosa. Saltaba de un continente a otro en un abrir y cerrar de ojos. Ya no importaba ninguna lógica”. Y, atrapados por esa magia incandescente y celérica, los lectores se suman al juego con espíritu infantil.
Con tipografía generosa y una bella presentación editorial, el volumen nos ofrece sobre todo dos atractivos, que se añaden al gran atractivo de la historia en sí: la creación de esas cartas enigmáticas (¿qué pudo decir en ellas Franz?) y el final mágico que Sierra i Fabra idea para redondear su narración (creando la figura del aventurero Gustav, en Tanzania).
Muy notable.

domingo, 2 de agosto de 2020

El mandarín




Teodoro es un oscuro funcionario que trabaja en el Ministerio de la Gobernación en Portugal. Lleva una vida rutinaria, de hombre soltero que vive en una pensión y que no tiene más horizonte que colocarse todos los días los manguitos que le permitan realizar sus tareas como amanuense. Come de manera frugal, no se le conocen amores, ni tampoco amistades notables. Pero un día, leyendo un libro, descubre una extraña frase que le llama la atención: se sugiere que si es atrevido y toca una campanilla, inmediatamente morirá en la lejana China un viejo mandarín, cuya ingente fortuna irá a parar a sus manos. Teodoro carece de todo tipo de fe (considera que la religión es un “ficticio consuelo controlado por los poderosos para aplacar a quienes nada poseen”), pero se deja seducir por las tentaciones de un personaje (¿satánico?) que le impele a tañer la campanita, cosa que finalmente hace.
No tarda muchos días en descubrir que, en efecto, ha muerto súbitamente en China el venerable Ti Chin-Fu; y que él acaba de heredar ciento seis mil millones. A partir de ese momento, “embrutecido en un deleite de Nabab”, se introduce en una espiral de gastos suntuosos: comidas estrafalarias, bebidas exclusivas, puros de primera calidad, prostitutas inabordables para los bolsillos medios… Durante un tiempo vive esa “existencia animal, grandiosa e impúdica”, hasta que calibra la conveniencia de viajar a China y conocer a la familia del mandarín fallecido.
Magnífica novela corta impregnada de amor al mundo oriental (sedas, abanicos, vestimentas bordadas con primor, pagodas, braseros aromáticos), pero donde no se esconden tampoco los ángulos menos admirables de ese mismo mundo: la mugre de sus calles, los perros hambrientos, el fatalismo de sus habitantes, la asfixiante burocracia… Y donde advertimos, sobre todo, la espléndida elegancia literaria de José María Eça de Queirós, quizá el más grande de los realistas portugueses, que nos termina sorprendiendo al final de la obra con una decisión chocantísima de su protagonista.

sábado, 1 de agosto de 2020

Historias de la pequeña ciudad




Historias de la pequeña ciudad es un libro que podría haber firmado, con orgullo y sin vacilaciones, el monovero José Martínez Ruiz. Y no lo digo solamente por el hecho de que su autor (el abulense Antonio Pascual Pareja) le rinda homenajes explícitos en varias secciones del volumen (en la página 106 lo llama “maestro”, en la 169 lo define como “querido escritor”, etc), sino porque su espíritu mismo es azoriniano. Tiene de Azorín las nubes, las viejas casas de la infancia, los trenes, la lentitud de acciones y gestos, la observación de los atardeceres, la languidez, las frases concisas; pero, sobre todo, la mirada grande hacia lo pequeño, la mirada honda hacia lo superficial, la mirada eterna hacia lo caduco.
Paseando con calma por sus hojas descubrimos a la musa que envejeció en el secreto del anonimato, las flores que embellecen una casa llena de recuerdos, un amor adolescente aromado por unas páginas de Cervantes, el tedio de una niña que asiste a clase en verano, la lírica contemplación de una amada dormida y desnuda, el discurso de jubilación que prepara un viejo maestro, el recuerdo otoñal de un beso adolescente o la amnesia de una anciana… Secuencias narrativas que los ojos y el corazón perciben como acuarelas que se contemplan en silencio. Porque ésa es otra de las virtudes incuestionables de este hermoso libro: su infinito poder para conseguir que los lectores se sientan instalados en una burbuja y que nada importe el ruido exterior, porque la verdad eterna de sus reflexiones y palabras consigue subyugarlos.
Esta colección de relatos o de diapositivas tiene mucho, para mí, de libro-vidriera: es decir, una delicada combinación de cristalitos bellísimos, al que la elegancia del artista inserta en el ámbito de una pequeña urbe, que sirve como marco. Sería muy complicado encontrar en los últimos años un volumen que lo superase en hermosura.