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viernes, 14 de agosto de 2026

El laboratorio del doctor Nogueira

 


Rosa Novoa, la ayudante del doctor Roberto Nogueira (“El mayor cerebro que jamás hubo en la Tierra, el nuevo mesías destinado a hacer feliz a la humanidad”), está apuntando en su cuaderno todas las ideas y actuaciones de este, para que no caigan en el olvido (“Supe con certeza que cualquier palabra que saliese de su boca era sagrada, y como tal debía ser recogida para la posteridad, antes de que sus ecos se perdiesen en el aire y acabasen muriendo”). Él la contrató hace dos años, para ser su secretaria en la gran mansión que habita; y le terminó revelando la misión secreta que alentaba desde hacía tiempo: erradicar la infelicidad del planeta. Hijo de campesinos gallegos y heredero casual de la gran fortuna de un tío de Brasil, ultimó sus estudios licenciándose “en Química Esotérica en la Universidad de Melanesia, en Física Viviente en la de Tombuctú y en Procesos de la Materia Orgánica en la no menos prestigiosa Universidad de Antananarivo”, evitando los grandes centros oficiales y creándose una identidad secreta (Alfredo da Silva). A partir de entonces, comenzó una dilatada y oculta carrera de experimentos para mejorar la vida de sus coetáneos.

Un lector adulto, como es lógico, apenas puede evitar la sonrisa ante la petulancia del personaje, que se considera desdeñado y perseguido por la cultura oficial (palabras como “conjura”, “confabulación”, “boicot” o “conspiración” vertebran su vocabulario) y que aspira a ser el redentor de la humanidad (así de humilde es la criatura) gracias a ocurrencias tan disparatadas como las pastillas contra la calvicie, un líquido que enriquezca el lenguaje de sus semejantes, otro que solucione el racismo haciendo que todas las personas tengan la piel blanca o unas agujas que eliminan los malos recuerdos de las personas tristes. Pero un lector de pocos años, que no alcanzará a descubrir la parodia risible de esta novela (tan evidente y tan simpática), disfrutará mucho con esas egocéntricas exhibiciones de vanidad. Y también lo hará cuando Rosa, buscando a un voluntario para probar el último invento del doctor, encuentre en la calle a un hombre con gafas, bigote y poco pelo, del que descubre que se llama Agustín Fernández Paz. Pero lo que hablan durante ese encuentro, perdónenme, pertenece al secreto del sumario: descúbranlo ustedes, si gustan.

lunes, 11 de mayo de 2026

Fantasmas de luz

 


Damián trabaja desde muy niño como operador en el cine Soñadores, donde tuvo como maestro y guía al señor Alfredo (ah, ese homenaje a Cinema Paradiso). Al cumplirse los treinta y cinco años en la empresa, se le comunica que todos los que trabajan en los cines de la empresa van a ser despedidos, porque el propietario ha tomado la decisión de vender los locales. Marga, la esposa de Damián, también fue prejubilada en su trabajo hace un tiempo. Así que, de pronto, sus vidas van a experimentar un giro asombroso, que tendrá una consecuencia inesperada: sus cuerpos se van volviendo transparentes (“Él y Marga parecían ir disolviéndose lentamente en el aire”, cap.7); y, por fin, llegan a la invisibilidad. Superado el estupor de los primeros días, Damián aprovecha la coyuntura para robar prendas de ropa y películas en algunos comercios; pero en seguida llega el momento de enfrentarse a la realidad: ¿cómo vivir siendo invisibles? ¿Cómo relacionarse con los demás? ¿Cómo comprar alimentos y medicinas?

Mientras se encuentra en un parque, Damián escucha una voz: dice llamarse Luis (es otro invisible) y le explica que pertenece a un Grupo de Rescate, cuya misión es localizar a todas las personas invisibles, para hacerles saber que pueden organizarse y, cuando sean miles o millones por todo el planeta, “construir un mundo nuevo. Un mundo mejor y más justo, que nunca más condenase a nadie a vivir en la invisibilidad”. No resultará necesario detenernos mucho en el tinte metafórico de esta propuesta.

Pero hay una segunda parte en el libro que, en forma de recortes de película, nos va facilitando otras informaciones sobre los protagonistas: que Damián siente fascinación por la actriz Julianne Moore; que Marisa, una de las trabajadoras del cine Soñadores, siempre ha estado enamorada en secreto de él; que el dueño de la empresa, desde el principio, maniobró astutamente para vender todos los cines y convertirlos en un boyante negocio inmobiliario; que Ismael, el hijo de Damián y Marga, mientras prepara su doctorado en Berlín ha encontrado a la mujer de su vida; que Marga se juntó con una compañera de trabajo para crear una floristería y convertirse (aunque no tuvieron éxito) en empresarias… Lo más valioso de estos “recortes”, a mi entender, es la forma en que enriquecen la visión que tenemos de la pareja protagonista, que ahora nos son revelados de otra manera: como un hombre reconcentrado en sí mismo y en su pasión cinéfila y como una mujer que, víctima de esa obsesión, no llegó a ser feliz del todo en su matrimonio, porque se sintió siempre en segundo plano. Estupendo relato sobre las pasiones (en este caso, el cine) y cómo pueden convertirse en insatisfacción o vacío para quienes comparten vida con la persona absorbida por ellas.

lunes, 6 de abril de 2026

Noche de voraces sombras

 


Se ha dicho muchas veces que la guerra civil de 1936 es un “tema” del que se ha abusado y que difícilmente genera historias y libros que aporten novedades. Me permito discrepar de ese dictamen y lo haré con una consideración más amplia: si llevamos hablando y escribiendo del amor o de la muerte desde hace tres mil años, ¿acaso resulta razonable suponer que ochenta han bastado para extenuar las posibilidades de una guerra, con su millonario catálogo de amores truncos y muertes terribles? Creo que la respuesta es evidente. Centenares de miles de vidas (y luego millones, con el paso de las décadas) se vieron afectadas por aquel bélico disparate, que seguirá sirviendo como punto de reflexión y de literatura durante muchísimo tiempo.

En 2003, el gallego Agustín Fernández Paz publicó Noche de voraces sombras, que ahora disfruto en la traducción de Rafael Chacón y que explora otro ángulo de aquella guerra: el modo en que un antiguo maestro (Ramón Peña) terminó en la cárcel por sus ideas, perdió al amor de su vida (Sara Salgueiro) cuando ella tuvo que huir hacia Buenos Aires y, sordo como consecuencia de un golpe, tuvo que sobrevivir el resto de su vida trabajando como carpintero. Pero el modo en que esa historia nos es contada incorpora tintes de ultratumba: su espíritu se aparece a una descendiente suya (que fue bautizada con el nombre de Sara) para que, registrando su habitación, descubra papeles, cartas y un diario, donde se insinúa que debe buscar algo (“algo” que la persona que está leyendo también ansía conocer) en la diminuta isla de San Simón, donde estuvo preso.

Con un relato donde se mezclan los episodios fantasmales con las reflexiones sobre el horror que genera el odio y la necesidad de mantener firmes y puras nuestras ideas, Fernández Paz dibuja una novela falsamente juvenil, porque su público es mucho más amplio: el de todas las personas que quieran comprender la infinita amargura que una guerra depara a quienes son avasallados por ella.

sábado, 10 de agosto de 2024

En el corazón del bosque

 


Desde el año 2009, cuando reseñé aquí mi primera lectura del gallego Agustín Fernández Paz (https://rubencastillo.blogspot.com/2009/05/tres-pasos-por-el-misterio.html), siento por ese autor una admiración enorme. Desde anoche, ese cariño lo comparte también mi hijo Jorge, que me ha escuchado leerle la obra En el corazón del bosque. En ella, una niña llamada Raquel descubre, al volver de una excursión escolar, que en su mochila se ha colado un trasgo, el cual ha tomado la decisión de conocer la ciudad y pasar en ella el invierno. La niña, con ese tesoro mágico en sus manos, tendrá que mantener oculta a la simpática criatura, para que su hermano pequeño, la gata y, sobre todo, sus padres, no la descubran. Se inicia así una aventura con algunos tintes taquicárdicos, con mucho sentido del humor y con algunas lágrimas, en la que la protectora y el protegido verán sus vidas alteradas (y mejoradas) por la convivencia, hasta que se produce el emotivo instante de la separación, cuando Derdrín deba volver a su hábitat natural para la continuación de su vida.

Libro muy hermoso, de exaltación de la naturaleza y la amistad, enriquecido con unas ilustraciones espléndidas de Miguelanxo Prado. Imagino que todos los pequeños lo escucharán con la misma cara de fascinación que mi hijo. Grande.

lunes, 20 de febrero de 2023

Las flores radiactivas

 


A mí, los libros de Agustín Fernández Paz me gustan mucho. Vaya esa declaración (tan aclaratoria como rotunda) por delante. Tres de ellos los he reseñado en mi blog: Tres pasos por el misterio (2009), Mi nombre es Skywalker (2020) y Las fronteras del miedo (también en 2020). Y algunos más pasaron por mis ojos antes de que dispusiera de este lugar en el que anoto mis comentarios. Así que cuando cayó por mis manos hace unos días la novela juvenil Las flores radiactivas no me lo pensé ni un minuto: tenía que leerla. Y así lo he hecho.

El problema es que, ay, me ha defraudado. Quizá porque se trataba (lo he descubierto después) de su primera publicación; quizá porque mis expectativas eran demasiado altas; quizá porque su ñoñería me ha resultado chirriante. No lo sabría precisar. Tal vez se trate de una mezcla de factores. La idea de partida era, para qué decir otra cosa, muy buena: la aparición de una extraña fosforescencia que llama la atención de las autoridades en una zona de alta mar donde, durante años, se han vertido centenares de bidones de productos radiactivos. ¿Acaso se han roto algunos de esos bidones y se ha producido un escape contaminante? ¿Es peligrosa esa luz que abrillanta el mar y es visible desde centenares de metros de distancia? Pescadores, ecologistas y hasta militares se encuentran nerviosos y se empeñan en descubrir (cada grupo a su manera) el origen y el alcance de esa inquietante fosforescencia, sobre la que se formulan todo tipo de suposiciones.

Hasta ahí, bien.

El problema es que el autor resuelve el enigma por la vía más absurda, indicando que se trata de una gran acumulación de flores, que absorben y neutralizan la radioactividad, pero que emiten un aroma embriagador, que produce un extraño cambio en quienes lo aspiran. En ese punto, la narración se le va de las manos a Fernández Paz, que se desliza hacia una fantasía adolescente de pocos quilates. Agradable, sí, pero de un candor que raya en la idiocia y de un maniqueísmo casi insultante: todos los militares son malos, perversos, retorcidos, crueles, sádicos y pretenden destrozar el mundo, mientras que todos los ecologistas son ángeles de bondad inmarcesible, honestos, inmaculados y rectísimos. El resultado es burdo, sobre todo porque la presunta justificación de que la novela está dirigida a un público de edad reducida no redime ni mejora un planteamiento simplista que, siendo a veces disculpable, peca aquí de excesivo.

sábado, 14 de noviembre de 2020

Las fronteras del miedo

 


Hace años, por una feliz casualidad, cayó en mis manos el libro Tres pasos por el misterio que, también por una feliz casualidad, decidí leer. De esa forma descubrí la obra de Agustín Fernández Paz, que no ha dejado de gustarme cada vez que he vuelto a acercarme a ella, incluso cuando se trataba de libros dirigidos a un público infantil (en agosto reseñé aquí mismo Mi nombre es Skywalker, tras habérsela leído a mis pequeños en voz alta por las noches).

Ahora acabo de terminar su volumen Las fronteras del miedo, que traduce de la lengua gallega Isabel Soto para el sello Edebé y que está formado por seis relatos extensos de temática terrorífica. En ellos se nos ofrecen, con una prosa magnífica y una sólida estructura narrativa, puertas rituales que permiten acceder al mundo atroz de los dioses, vampiros que descubren su condición terrible y la asumen con naturalidad, jóvenes que recogen en la carretera con su furgoneta a la persona equivocada, pozos profundísimos que esconden en su tiniebla un latir negro y amenazador, crómlechs gobernados por criaturas ancestrales o calaveras de origen misterioso que consiguen adueñarse de la voluntad de su poseedor.

¿Elegir entre ellas? Muy difícil: son todas estupendas. Me parece, eso sí, que la primera y la última (hay que aplaudir la hábil disposición textual del escritor lucense, que te golpea con fuerza al entrar y al salir del libro) son las más impresionantes: una (“La Puerta del Más Allá”), porque te mantiene engañado durante su desarrollo, escondiéndote una carta básica, que sólo al final se revela; la otra (“La mirada de K”), por el sofoco que te va inundando conforme braceas por sus páginas.

Yo no me perdería este volumen.

sábado, 22 de agosto de 2020

Mi nombre es Skywalker




Asegura la sin par Wikipedia que el gallego Agustín Fernández Paz (1947-2016) fue “profesor, pedagogo y carpintero”; pero, ante todo, fue un espléndido escritor que mereció reconocimientos de altísimo nivel, como el premio Barco de Vapor, el Lazarillo, el Edebé o el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil.
Anoche terminé de leerles a mis hijos pequeños su novela Me llamo Skywalker, que plantea una historia tan tierna como enjundiosa: Raquel es una niña que, desde la ventana de su casa, contempla la figura de un anciano que pide limosna en la puerta del supermercado. Ella, incapaz de comprender qué cosa es un pobre y observando con perplejidad que todo el mundo pasa a su lado sin dirigirle ni siquiera una mirada, llega a la conclusión de que el viejo pueda ser invisible. Y cuando le comunica al señor su descubrimiento, éste decide acompañarla en su inocente juego y le explica que es un visitante de las estrellas; que se llama Skywalker; que se encuentra en misión exploratoria en nuestro planeta; y que por las noches descansa en la luna, a la cual se desplaza telepáticamente… Una noche, tras volver del cine con sus padres, la niña cree descubrir que uno de los pobres transeúntes que duerme en el suelo, en un mugriento saco de dormir, es su amigo Skywalker; pero él, al día siguiente, la saca de su error: debió de confundirse, porque bien sabe que él duerme en la luna. No obstante, si quiere evitar que la niña sufra un doloroso desengaño, Skywalker sabe que debe irse cuanto antes de la ciudad…
Para mi sorpresa (¿ocultaré que se me empañaron los ojos en el final de la obra?), mis hijos pequeños terminaron el libro convencidísimos de que Skywalker era en verdad un visitante de las estrellas, y que cuando se fue de la ciudad lo hizo para volver a su planeta. Yo tragué saliva y le agradecí mentalmente a Fernández Paz ser tan magnífico narrador y haber sido capaz de enseñarnos a los adultos con las mismas líneas con las que embelesa a los niños.
Como dicen los adolescentes: novelista nivel Dios.

domingo, 31 de mayo de 2009

Tres pasos por el misterio



Si algún profesor que imparta clases en secundaria no sabe quién es el escritor Agustín Fernández Paz es porque algo no funciona bien en el sistema. Un novelista que ha obtenido premios como el Lazarillo, el Edebé, el Barco de Vapor o el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil ha de ser conocido (profesionalidad y pundonor obligan) por todos aquellos que tienen como misión la de contagiar a los más jóvenes el entusiasmo por la lectura, por los libros, por las historias hermosas y bien contadas. Ahora, la editorial Anaya acaba de enriquecer nuestra colección de obras del autor gallego con Tres pasos por el misterio, un volumen donde se dan cita otras tantas narraciones de misterio, intriga y terror, maravillosamente escritas. En la primera, “Las sombras del faro” nos encontramos con Miguel, un hombre de casi cincuenta años que vuelve, tres décadas después de haberse ido, a la localidad de Pontebranca. Allí conoció a Marta... y allí también se vio envuelto en un misterioso enigma que giraba alrededor de un faro al que los lugareños no osaban acercarse. La solución del tenebroso asunto tendrá más que ver (pronto lo descubrirá) con los horrores de la guerra civil española de 1936 que con el mundo de la ultratumba o de la pura fantasía adolescente. La segunda propuesta, menos extensa pero igualmente prodigiosa, lleva por título “La serpiente de piedra” y nos sumerge en un universo bien distinto: ahora leemos las notas que escribe con cierta prisa un hombre que, aficionado desde joven a la arqueología, se fue especializando en la investigación de los megalitos. Un día, la excavación que está desarrollando en A Roza das Modias le depara el descubrimiento de algo increíble: una serpiente articulada, de piedra, que ningún especialista alcanza a explicar, y que él traslada al museo donde trabaja, para exhibirla y convertirla en objeto de admiración. Y ahí es donde se desata la pesadilla: unos extraños visitantes, que resultan ser adoradores de la Diosa Serpiente, comienzan a frecuentar el museo con sospechosa asiduidad. Y realizan extraños rituales nocturnos, donde sangre, locura y siniestros presagios se unen para aturdir al protagonista. Finalmente, la tercera narración, que lleva por título “Una historia de fantasmas”, nos transporta hasta el Camino de Santiago. Unos peregrinos, que distraen el ocio de las noches recitando poemas y contándose episodios de amor, terminarán descubriendo que un libro de José Ángel Valente puede ser el instrumento que utilice un hombre fallecido en un accidente para comunicarse con su amada. Con una prosa estupenda, unos personajes trazados con gran detalle y un manejo prodigioso de los tiempos narrativos, Agustín Fernández Paz vuelve a demostrarnos que la literatura de calidad carece de toda etiqueta cronológica, y que hay auténticos genios de las letras que, por voluntad propia, eligen entre los más jóvenes a sus lectores naturales. Leerlo y admirarlo son operaciones consecutivas. Para comprobar tal afirmación no hace falta más que abrir este volumen y sumergirse en sus primeras páginas. El hechizo de las buenas letras es inmediato.