Decía el filósofo Blaise Pascal que la desgracia de los seres humanos viene de no ser capaces de permanecer tranquilos en su habitación. Y se dice que el filósofo Inmanuel Kant llevó una existencia metódica y rutinaria para que el orden imperase en su vida. Lino, en cambio, no es así. De pequeño, su aspiración de niño pobre era trasladarse a vivir a Australia, donde su tío Gregory fraguó su riqueza. Y aquel proyecto malbaratado se convirtió, durante los años siguientes, en una cadencia ininterrumpida de frustraciones. Todo en su línea vital parece condenado a cortarse de forma abrupta, sin alcanzar continuidad o dicha: se distancia de los amigos por diferencias nimias; abandona a la chica que ama por una visión absurda (la observa comiendo un huevo duro y decide que sus caminos deben separarse); no persevera en ningún trabajo, porque todos le parecen a la postre carentes de sentido. Ahora, cuando está a punto de celebrar su boda con Clara (una chica hermosa y rica), el gusanillo de la insatisfacción vuelve a alborotarlo y escapa de la ciudad, para convertirse en un indocumentado vagabundo. Ni sus padres, ni por supuesto su novia, son capaces de entender qué pruritos cordiales lo inquietan. Y él mismo, que ha intentado trabajar en los últimos años “de chatarrero, de encuestador, de teleoperador, de vendedor de perfumes, de seguros de vida, de enciclopedias, de pulseras magnéticas, de camarero en un tren, de agente canino” (p.112), se mira en el espejo y se pregunta también por qué no aguanta casi nada en ninguno de ellos. “Esto era lo más difícil de explicar. ¿Por qué huía de los sitios, por qué de pronto necesitaba estar en otra parte, donde no lo conocieran y pudiera pasar inadvertido, libre de obligaciones y reproches?” (p.108). Quizá deambulando por campos y carreteras secundarias encuentre una respuesta para esa comezón. Y nosotros, lectores entusiasmados y fascinados, lo acompañamos en su viaje de descubrimiento o de expiación, en su caminar sin fin y sin objetivo, intentando inútilmente ayudarlo o entenderlo. Nos da la impresión de que su alma de “eunuco sentimental” (así se define en la p.249) se encuentra en carne viva, pero nos sentimos impotentes para comprender: suyo es el viaje. Necesita una absolución, aunque probablemente ni siquiera sepa quién debe administrársela. ¿Clara, el señor Levin, sus padres, la policía, su propio corazón? “Como el río de Heráclito, él necesitaba cambiar continuamente”, se nos dice en la p.288. Observemos el río fluir y, tras conocer a personajes tan bellos y fascinantes como Olmedo o Gálvez, permanezcamos en silencio.
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