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sábado, 19 de agosto de 2023

El hotel de los cuentos

 


Tras una experiencia no del todo satisfactoria con Carme Riera (leí y reseñé aquí su obra El verano del inglés, que me pareció un volumen para pasar el rato y poco más), he decidido volver a intentarlo con El hotel de los cuentos. Para mi alegría, he descubierto bastantes relatos que me han dejado buen sabor de boca, bien por sus toques de humor, por su construcción narrativa, por su final espléndido o por la elegancia con la que la escritora crea y conduce a sus personajes. Me siento muy feliz de este giro positivo. Suelo conceder una segunda oportunidad a todo aquel escritor al que, habiendo leído elogios sobre su obra y habiéndome adentrado en ella, no he terminado de encontrarle la brillantez en la primera aproximación. Siempre pienso que la culpa puede ser mía o de las circunstancias de esa lectura inicial.

En El hotel de los cuentos (Alfaguara) he conocido a una mujer que se excita con la voz telefónica de un hombre desconocido (“As you like, darling”); he escuchado la historia del escritor que, sabiéndose limitado, decide casarse con una autora famosa para ser “famoso consorte” y que, no consiguiendo su objetivo, opta por otra solución más drástica y divertida (“La seducción del genio”); he avanzado con una sonrisa, y finalmente con los ojos muy abiertos, por las cartas de amor de una adolescente (“Querido Thomas”); he sentido ternura por la ingenuidad casi delibesiana de un anciano que responde con todo el candor del mundo a las cartas comerciales que recibe (“Letra de ángel”); no he podido evitar un gesto de desdén ante el tipo (putero e imbécil) que protagoniza “La novela experimental”; he aplaudido en cada párrafo de “Que mueve el sol y las altas estrellas”, por su fina textura psicológica y su elegante cierre; y me he mostrado conforme con el espíritu que preside el relato “El alma de Moncho”, uno de los últimos del tomo.

El hotel de los cuentos y otros relatos de neuróticos me ha deparado dos jornadas preciosas de literatura; y eso me hace feliz. Seguramente mi primera incursión en la prosa de Carme Riera empezó por el lugar equivocado. Nunca es tarde para rectificar.

jueves, 12 de marzo de 2015

El verano del inglés



Hay libros que, lamentablemente, son un quiero y no puedo. Ocurre también en el caso de autores consagrados. Hoy me centraré en uno de ellos: El verano del inglés, de Carme Riera, publicado por Alfaguara. En esa obra nos encontramos con una protagonista llamada Laura Prats, una mujer que roza los cincuenta años y que desconoce el idioma de Shakespeare, lo que siempre le ha impedido progresar profesionalmente en su empresa. Su marido, un día, reconoció de modo abierto su homosexualidad y se fugó con un agente de la policía autónoma catalana (un mosso d’esquadra). Y ahora, cuando comienza a asfixiarse en su vida laboral y personal, toma una decisión drástica: se irá durante el verano a las Islas Británicas y aprenderá su lengua. Contratará a una profesora que la atienda de forma exclusiva. Se someterá a una profunda inmersión lingüística. Sacrificará su comodidad y sus vacaciones. Todo, con tal de expresarse bien en el idioma inglés.
Cuando llegó a Inglaterra se encontró con su profesora y anfitriona: Mrs Grose, una mujer corpulenta e inquietante que poseía una casa enorme y lujosa. Era una mujer dominadora, que se mantuvo inflexible en su decisión de no hablar en casa otro idioma que el suyo. Incluso llegó a quitarle el móvil a Laura cuando descubrió que llamaba con él a una amiga española, con la que charlaba en su lengua. Paso a paso, con revelaciones pequeñitas que se van sumando unas a otras, Laura comprende que Mrs Grose no se encuentra bien, y que su condición comienza a ser, a su lado, la de una prisionera en las manos de una auténtica enferma mental, que la somete a torturas físicas y psicológicas. Llega incluso a acordarse de la película Misery (en la página 113), que aborda un tema similar.

La mallorquina Carme Riera intenta combinar momentos de humor con otros de tensión, parlamentos jocosos con instantes macabros, diálogos chispeantes con descripciones de interés. El problema es, a mi juicio, que no consigue ninguno de sus objetivos: el humor de la obra carece de vuelo; su tensión es muy previsible y queda como acartonada; las frases que quiere llenar de inquietud no producen el efecto deseado; y sus diálogos ignoran la fluidez, porque se pierden en clichés de condición terrosa, muy difíciles de tragar. ¿Acaso el libro está mal escrito? En modo alguno. Es bastante correcto. Pero ya está. Carece de brillo, de sorpresa, de primores formales y de aportaciones valiosas en el orden literario. O sea, páginas para pasar el rato. Si buscan algo más en esta obra me temo que no lo hallarán.