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martes, 23 de julio de 2019

Usos amorosos de la postguerra española




Todos tenemos una madre o una abuela que crecieron en los años posteriores a la guerra civil de 1936; o hemos visto películas ambientadas en aquel mundo; o hemos leído obras de Carmen Laforet, Miguel Delibes o Camilo José Cela, que nos contaron aquel mundo de mojigatería, religiosidad superficial, militarismo casposo e hipocresía de cretona. Así que este ensayo lúcido, documentadísimo y de enorme amenidad, firmado por Carmen Martín Gaite y que obtuvo el XV Premio Anagrama en la modalidad de ensayo, constituye un repaso impagable con el que refrescar nuestras nociones sobre aquellos años cuarenta y cincuenta, que tan cercanos están y tan lejanos se nos antojan.
Todos los elementos que burbujearon en aquella España son aquí analizados con rigor, buena memoria y objetividad: la ambivalencia que se mantenía frente a los Estados Unidos, a quienes se juzgaba inmorales mientras se les envidiaba en secreto; la visión de la soltería femenina como un fracaso digno de conmiseración o burla (“La solterona era un tipo rancio, anticuado, cursi”); la Sección Femenina como plataforma de deporte y bailes regionales, que instruía a la mujer en la esencia de la sumisión, el recato y el españolismo; el humor de La Codorniz como subversión y aire fresco, que pasaba de mano en mano y de ojos en ojos; la niña Topolino, ejemplo de modernidad y snobismo, crudamente vista por quienes intuían el riesgo de su subversión; el interés que se desplegaba para que las niñas fueran educadas en colegios de monjas, de donde salían “doctoradas en vainica y letanías”; la exaltación de la virginidad y la gazmoñería; la conveniencia de que las mujeres aceptasen de buena gana que sus novios ya estuvieran “vividos” o “corridos” antes de acceder hasta ellas, porque la sexualidad masculina tenía urgencias que debían ser comprendidas; o la reglamentación estricta que regía ceremonias tan inanes como la presentación en sociedad de las chicas, la petición de mano o la forma en que se podía saludar a los chicos en la calle.
Una amplia batería de citas recogidas de publicaciones de la época nos permite conocer, con el léxico de entonces, el modo en que se adoctrinaba a varones y mujeres en aquel mundo grisáceo, nacionalcatólico y antiguo.

lunes, 7 de mayo de 2018

Después de todo




Explicaba Dámaso Alonso que él era un poeta “a rachas”. Es decir, un escritor al que el aliento lírico le llegaba irregularmente y que se limitaba a dejarse llevar por esos momentos y convertirlos en tinta. De esa manera se distanciaba de la noción de “poeta” como autor constante, febril, meticuloso y de producción continua.
La salmantina Carmen Martín Gaite (1925-2000) no tuvo dudas a la hora de publicar los versos de este volumen y de colocar bajo el título (Después de todo) una aclaración idéntica: “Poesía a rachas”.
En estos versos sencillos, huérfanos de casi todo aparato retórico, nos habla del amor y el desamor, de la férrea voluntad que todos debemos exhibir para optar por un camino en la vida (y mantenernos en su cauce pese a las advertencias o críticas de los derrotistas), del afán que debemos mostrar a la hora de defender la alegría, del modo a veces absurdo en que dilapidamos nuestra existencia.
Me apunto una copla que aparece en la página 79 y que contiene, simpáticamente, una dosis de humor y otra de maldición gitana:

“Escucha lo que te digo,
compañero, dulce amigo
de sinsabores y empeños:
No te dé Dios más castigo
que tener a otra contigo
cuando me llames en sueños”.

jueves, 26 de abril de 2018

La hermana pequeña




Laura se fue desde Huesca a Madrid por una causa (apartarse de la nueva mujer de su padre) y con un objetivo (convertirse en actriz). Pero en la capital sigue encontrándose con nuevos motivos de zozobra: un hombre al que ama, pero que prefiere abandonarla para irse a América a cumplir sus propios sueños; una pensión de medio pelo, en la que malvive rodeada de lo indispensable; un chico que la ronda (Gonzalo), pero con el que no transige en formalizar la relación… Y, por si todos esos ingredientes no resultaran lo suficientemente perturbadores o desasosegantes, recibe una carta de su hermana pequeña donde le anuncia que, fallecidos el padre y la madre, se desplaza a Madrid para empezar una nueva vida. Eso, como intuye Laura, la obligará a ejercer de madre, hermana, cuidadora, aclimatadora y consoladora. Demasiados compromisos para quien sólo anhela la libertad.
Con el paso del tiempo, las sorpresas se irán abatiendo sobre ambas hermanas: personas que retornan de un modo inesperado y que formulan propuestas más bien inaceptables; ambientes que sofocan y terminan por hartar; amores y desamores, que atraviesan sus almas con inusitada fiereza… Y, por fin, un final lánguido o esperanzador (según quiera interpretarse), donde ambas redescubren sus lazos y la fortaleza íntima que atesoraban, quizá sin saberlo.
Un texto que Carmen Martín Gaite redactó pensando en la actriz Lali Soldevila pero que durante años no pasó de ser un proyecto que almacenaba polvo en un cajón, hasta que Anagrama decidió ofrecerlo a los lectores españoles.

jueves, 30 de noviembre de 2017

El balneario



La meta que se impone Carmen Martín Gaite en este libro es tan sencilla de entender como difícil de cumplir: la edificación de una atmósfera. Desarrollar un argumento lo hace cualquier escritor, incluso los mediocres; trazar con tino y belleza el dibujo interior de los protagonistas es un ámbito en el que solamente brillan los buenos; concebir y trasladar atmósferas es ya tarea de maestros. Lo hizo Kafka en El proceso; lo hizo Jünger en Eumeswil; lo hizo Miguel Espinosa en Escuela de mandarines.
En estas páginas nos encontramos con una serie de personajes que se hospedan en un balneario, pero el efecto psicológico que consigue la escritora salmantina es mucho más rotundo: parece que vivan desde siempre en el balneario. Parece que sean el balneario. Están tan integrados en sus pasillos, en sus ventanales, en sus jardines lánguidos, en sus sillas colocadas al sol, en su personal de servicio que aparece y desaparece por los sitios más inesperados, que se nos antojan actores sobre un escenario simbólico, rodeado por la niebla. De esa forma, lo que menos importa al final es qué ocurre argumentalmente, porque  nos está mostrando (esculpiendo, diríamos) un universo paralelo, distinto, en el que los sucesos adquieren una dimensión especial, anómala. Los visitantes son siempre percibidos con ojos de extrañeza, con una cierta prevención hostil, porque no constituyen el balneario.

Un experimento narrativo, resuelto con eficacia, por el que la novelista obtuvo el premio Café Gijón en 1954.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Las ataduras



La mayor parte de nosotros somos, aunque no lo queramos reconocer, seres desvalidos, personas cercadas o amenazadas por la soledad, la decepción, el fracaso o el miedo. Y el gran proyecto acometido por algunos escritores consiste, precisamente, en dar voz a esa carne sufriente, en explicarnos cómo es la vida de quienes no brillan, de los náufragos sociales, de —para decirlo con Mariano Azuela— “los de abajo”.
Carmen Martín Gaite, en su colección de relatos Las ataduras, nos acerca a siete de estas situaciones con un enfoque empático, con un “objetivismo compasivo” (si se me permite la fórmula). En apariencia, se limita a exponernos unos hechos, a hacernos llegar unas historias tristes, lamentables, injustas; pero de su visión no se deriva la asepsia sino la ternura agazapada, que impregna el fondo de sus párrafos. “Compadecer” no revela en la escritora salmantina un pensamiento de superioridad, ni una mirada que se lance hacia abajo, sino la voluntad humanista —y rigurosamente etimológica— de “padecer con”. Aceptando ese modus operandi entenderemos mucho mejor a Alina (que salió de un pueblo de Orense y cumplió su sueño de vivir en París para, a la postre, no alcanzar la dicha), a Juan (el niño diferente, que sobrevivió a una meningitis y que espera el retorno de su único amigo), a Emilia (que se ha convertido en la segunda esposa de un hombre adusto que no le permite mantener relación con su hermana, por juzgarla una “perdida”), a Ascensión (una cuidadora de niños que vive alienada y sin merecer el respeto de quienes la han contratado), a María (que perdió a su única hija y no encuentra ya alicientes en su vivir cotidiano), a Milagros (que malvive en una chabola y ve en el médico don Mariano la única salida hacia la dignidad) o a Pedro (desdeñoso marido que, tras el abandono de su esposa, descubrirá el vértigo del vacío).

Espíritus heridos, vidas maltrechas y una narradora excepcional conforman un volumen memorable, al que conviene acudir.

viernes, 29 de agosto de 2014

Irse de casa



Llega un momento clave en la vida de toda persona en el que, inevitablemente, quiere volver atrás, recrearse en el ayer, trazar la línea de la suma. Sucede en ese día que se tienen ya más años por detrás que por delante, y la memoria y la nostalgia nos piden establecer el inventario de lo que se ha hecho, de lo que queda por hacer y de lo que, por desgracia, ya no podrá hacerse. Tal circunstancia ha sido reflejada en el cine (“Volver a empezar”, de José Luis Garci; o la invocación legendaria a Rosebud en “Ciudadano Kane”, de Orson Welles), en la poesía (Eloy Sánchez Rosillo o Francisco Brines son dos buenos cultivadores de esa línea temática), en el teatro (esa historia rencorosa que Friedrich Dürrenmatt tituló La visita de la vieja dama; o la tremenda pieza El malentendido, de Albert Camus) y en otras artes.
Carmen Martín Gaite decidió retomar el asunto bajo la piel de Amparo Miranda, una empresaria española con amplio éxito en Nueva York que, cuando sus negocios ya funcionan prácticamente solos y sus hijos se han independizado, concibe la idea de volver a su pequeña ciudad natal. Y lo más sugestivo de esta espléndida novela es que Martín Gaite no nos explica (quizá hubiera sido una equivocación) el porqué de este retorno. Nos quedamos sin saber, en verdad, la causa de esta proustiana búsqueda del tiempo perdido. Quizá (aventuremos una hipótesis) porque ni siquiera sea una búsqueda, en sentido estricto. Más bien, lo que la protagonista quiere comprobar es si, como decían los Beatles en una de sus canciones últimas, la vida fluye “within you and without you”: si todo sigue latiendo, y cómo lo hace, cuando nosotros ya no estamos aquí. Y el recurso que Martín Gaite elige para que su Amparo Miranda se enfrente otra vez al mundo provinciano que dejó a su espalda hace años es volverla invisible, sumergiéndola tras el anonimato de su apellido marital: “Mrs. Drake”. De ese modo puede mirar sin ser vista y oír sin ser escuchada. La ignorancia ajena favorece su libertad de movimientos y la permite recorrer las calles sin que nadie interrumpa su rememoración o falsee su presente.
La historia, como es natural, no se estanca en este personaje único. Y esa es otra de las grandezas de la novela, porque la autora, lejos de resignarse al urdimiento de una historia unipersonal, vuelve a darnos una soberbia lección de narrativa y teje alrededor de Amparo Miranda media docena de magistrales personajes que enriquecen el volumen y le añaden una infinita diversidad.

Si tuviera que buscarle un defecto a este libro (créanme que es bien difícil, y que lo hago para no incurrir en el derroche de incienso), indicaría el hecho de que Amparo Miranda, cuando vuelve a Nueva York, siente que una energía nueva la recorre y que debe cambiar de mentalidad y de modo de vida. Es un recurso al tópico liberador que oscurece el final de la obra. O quizá sea que la vida se le ha puesto tan cuesta arriba a Amparo Miranda que, tras mirarse en el ayer, está imposibilitada para drogarse con la facilidad de la amnesia. Al fin y al cabo, la propia Martín Gaite escribió una vez un poema al que tituló “Todo es un cuento roto en Nueva York”. Quizá la vida de su protagonista sea, también, un cuento roto.