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jueves, 12 de febrero de 2026

Historias marginales

 


En uno de sus poemas, el escritor alemán Bertolt Brecht se planteaba reticencias sobre los grandes personajes de la historia, interrogándose sobre si sus proezas las habían ejecutado ellos solos, o más bien su fama se debía (como pregonaba el sentido común) a los heroísmos sumados de las personas que los rodeaban. Ni Alejandro Magno conquistó medio mundo “por sí solo”, ni ningún faraón erigió pirámides “por sí solo”. Sin duda, tenía razón. Me ha venido el recuerdo de ese poema mientras leía las Historias marginales, del chileno Luis Sepúlveda, porque en sus páginas nos habla de héroes anónimos, de héroes no tanto “cansados” (Pérez-Reverte) como invisibles, de personas que enarbolaron su estandarte ético sin que los aplausos coronasen su tarea: el que luchó para que las multinacionales no esquilmasen las selvas de su país; el poeta que sobrevivió a la experiencia criminal del campo de concentración nazi; el sindicalista que no dejó de plantear reivindicaciones laborales, pese a que no siempre resultara fácil alzar el dedo y la voz; los obreros que arrancan de la montaña el mármol para que los artistas lo conviertan en arte (“Lectora, lector: cuando te enfrentes a una estatua esculpida en mármol de Carrara, piensa en los cavatori y en los marmolistas de Piedrasanta. Piensa en ellos y saluda su digno anonimato”, p.71); su amigo Freddy Taberna, quien “tenía un cuaderno con tapas de cartón y en él anotaba concienzudamente las maravillas del mundo, y estas eran más de siete: eran infinitas y se multiplicaban” (p.81); las delicadas y emotivas historias del perro Fernando y del gato Zorbas; la ingratitud como única recompensa para ciertas personas que lucharon para defender su país y ahora viven de una pensión miserable (puede verse el texto “Las Rosas Blancas de Stalingrado”); o, para cerrar una lista que quiero breve, con el fin de que ustedes acudan al libro y conozcan las demás historias, ese poema inspirador del checo Jan Palach que se reproduce en la página 105: “Yo me atrevo porque / tú te atreves porque / él se atreve porque / nosotros nos atrevemos porque / vosotros os atrevéis porque / ellos no se atreven”.

Quizá (es la conclusión a la que llego después de cerrar el libro) una parte de la felicidad de nuestras vidas radique en localizar (y merecer) a esos héroes discretos, a esos superhombres y supermujeres silenciosos. ¿Tienen ustedes claro cuáles son los suyos?

domingo, 1 de febrero de 2026

Tercera residencia

 


Releo con entusiasmo renovado las páginas de Tercera residencia, que leí en 1988, con veintidós años. Y vuelven a fascinarme las dos líneas vertebrales que descubrí en estos versos encendidos y galvánicos de Pablo Neruda: en primer lugar, el viento surrealista, que llena de imágenes asombrosas los poemas y que los vuelve tan fascinantes; en segundo lugar, el aliento combativo que respiran las estrofas dedicadas a su militancia ideológica (la guerra civil de 1936, el Ejército Rojo, Simón Bolívar, etc.).

Por lo que respecta al primer apartado, confieso mi incapacidad para entender bastantes de los versos, porque las metáforas surrealistas y las adjetivaciones intrépidas que el chileno despliega continuamente me los vuelven impenetrables; pero, a la vez, constato también mi entusiasmo a la hora de interpretarlos, porque las sugerencias de Neruda dan pie a lecturas que, si no se corresponden con lo que él quería expresar, sí que revelan con claridad mi forma de leerlos.

En cuanto al bloque “político” (que muchos denigrarán por su tendenciosidad, pero que yo respeto por los durísimos momentos de guerra que le tocó vivir), no creo que resulte posible negar la validez lírica de estancias como “España en el corazón”. En un tiempo de urgencia y deflagraciones, de muerte y de traiciones, imagino que tiene que resultar punto menos que imposible mantenerse en una posición racional y equilibrada (aunque personas como Manuel Chaves Nogales sí que parecieron lograrlo). En esa efervescencia de ira y de angustia, Pablo canta a las Brigadas Internacionales, a la batalla del Jarama, a los antitanquistas… Y su voz, aunque el paso del tiempo moderase o corrigiese radicalmente algunas de sus aristas, no puede ser tildada de chata o panfletaria. Neruda consigue muchos poemas de belleza terrible, de retrato purulento, de crónica bombardeada.

Pertenezco al grupo de quienes discrepan con algunas de sus ideas y fervores, pero que aplaude sus versos. Una cosa, en literatura, no quita (no debe quitar) la otra.

lunes, 12 de enero de 2026

Navegaciones y regresos


 

Continúo mi camino de relecturas (aquellos libros de juventud, que ahora retomo con las manos arrugadas) y elijo hoy Navegaciones y regresos, del chileno Pablo Neruda, tótem de mi adolescencia y agua fresca en mi madurez. No entraré en sus posiciones políticas, no entraré en sus vaivenes eróticos, no entraré en ciénagas como la de su hija Malva Marina: todo eso pertenece al ámbito de lo criticable, sin duda, pero se sale del espacio literario, que es el que me interesa. Me quedaré con sus palabras, con sus versos de luz y de arrollador poderío. Me quedaré con su oda al ancla (que inevitablemente me lleva a recordar la foto del ancla que tenía en Isla Negra); me quedaré con su oda al caballo (pero no al airoso y elegante, sino al triste animal derrotado por tantos años de servicio a su amo); me quedaré con sus odas a los objetos pequeños (el plato, la taza, la cuchara, los utensilios de modestia silenciosa); me quedaré con sus adjetivaciones sugerentes e increíbles (“El desorden huraño de la roca”); me quedaré con sus asombrosas definiciones líricas (cuando llama al elefante “Cuero de talabartería planetaria”, cuando dice que los ojos de un perro son “dos preguntas húmedas”, cuando etiqueta a Ramón Gómez de la Serna como “oso de azúcar”).

Soy consciente de que no todos los libros de Neruda son igual de valiosos, pero creo que su voz siempre lo es: esa capacidad torrencial que tenía para esmaltar imágenes, metáforas, comparaciones. Por eso, sin duda, seguiré releyendo sus libros.

viernes, 24 de octubre de 2025

Un viejo que leía novelas de amor

 


Releo, treinta años después de mi anterior visita, la deliciosa obra Un viejo que leía novelas de amor, del chileno Luis Sepúlveda. Y encuentro en sus páginas el mismo exotismo seductor, la misma magia literaria, el mismo deslumbramiento que descubrí en aquella primera lectura, cuando la visita semestral del dentista Rubicundo Loachamín a El Idilio me permitió conocer a Antonio José Bolívar, que recibía siempre las novelas que el galeno le facilitaba para entretener sus horas de viudo (su pobre esposa Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo sucumbió años atrás a la malaria). Y han vuelto también a maravillarme las enseñanzas que extrajo de su estancia con los shuar (a quienes conocemos más comúnmente como “jíbaros”). Y he sonreído viéndolo comer y, luego, sacándose la dentadura para que no se estropee en la boca fuera de su tiempo de servicio. Y he notado un estremecimiento emocional cuando he vuelto a asistir a su enfrentamiento con la hembra felina que anda merodeando por el poblado, por culpa de un yanqui imbécil que mató a su pareja y sus cachorros. Y, sobre todo, he sentido una profunda admiración por el hombre viejo, sereno, sabio, que ha vivido mucho y que ha aprendido a respetar las normas del territorio que lo rodea, acompasando su respiración a ellas para lograr un equilibrio tan armónico como envidiable.

Subrayé en 1995 una frase de la página 60 (“Los colonos destrozaban la selva construyendo la obra maestra del hombre civilizado: el desierto”). Subrayé otra de la página 62 (“Sabía leer. Era poseedor del antídoto contra el ponzoñoso veneno de la vejez”). Subrayé otra de la página 66 (“El animal de la soledad. Bicho astuto”). Hoy, treinta años después, creo que subrayaría con rotulador rojo todo el libro. Maravilloso.

jueves, 1 de mayo de 2025

El albergue de las mujeres tristes

 


Una frase sugerente y lapidaria adorna la cubierta de esta edición, advirtiendo que cuando leamos El albergue de las mujeres tristes nos encontraremos ante “Una radiografía del amor y el desamor”. Quizá sí. Pero tampoco hubiera resultado inexacto afirmar que nos hallaremos ante una radiografía de la desorientación. Porque así es como están los hombres y las mujeres de este libro, como quizá lo estemos también el resto de seres humanos en la periferia del libro: desorientados. Ya no valen los roles antiguos de la masculinidad y la feminidad; ya no valen las formas arcaicas de relación; ya no valen las hipocresías, la falsedad o los disimulos; ya no valen los siempres y los nuncas. De acuerdo. ¿Y cuál es entonces el modelo que viene a sustituir esas estructuras pretéritas? “Los hombres se sienten amenazados por nuestra independencia, y esto da lugar al rechazo, a la impotencia… y así empieza un círculo vicioso bastante dramático” (dice una de las protagonistas en la página 40). Pero es que ellas, “alcanzada su autonomía, se quedaron a medio camino entre el amor romántico y la desprotección”, nos dice en la misma página. Todos bailan (o bailamos) en una oscuridad donde las reglas no están claras. Todos querrían (o querríamos) encender alguna luz y no hay forma de encontrar el interruptor.

Marcela Serrano nos sitúa en la zona de Chiloé, donde Elena mantiene abierto un albergue en el que se hospedan mujeres que necesitan salir de su entorno y relacionarse con otras mujeres. Angelita descubrió que su marido tenía amantes y, cuando sorprendió a una de ellas casi saliendo de su cama, tocó fondo. Constanza está enamorada de un hombre casado, cuyo catolicismo le impide romper el matrimonio y unirse a ella. Floreana es una famosa historiadora que ha decidido refugiarse en la abstinencia, tras una aventura vacía y decepcionante… Todas ellas coinciden en sus análisis: “Uno de los dilemas cruciales de fines de siglo: el desencuentro entre los dos sexos” (página 109).

Y luego están las dos grandes presencias masculinas de la obra: Flavián Barros (médico de la única clínica del pueblo, y que también arrastra un pasado de fracasos sentimentales) y su sobrino Pedro (escritor homosexual y de inteligente conversación). Ambos rodearán a Floreana y despertarán en ella unos vigorosos sentimientos que ya creía perdidos y enterrados. Paseando o bebiendo con ellos irá descubriendo ángulos y matices que colorean su dolor (que incluye también la muerte por cáncer de su hermana Dulce). Al principio, no sabe qué sentir o de qué manera comportarse (“Parece que funcionáramos con distintos hemisferios del cerebro”, dice Flavián en la página 161), pero el paso de las semanas logrará que su corazón abra otras ventanas y deje por fin entrar la luz.

Con buenas reflexiones psicológicas y con diálogos densos, El albergue de las mujeres tristes nos anima a pensar en el mundo que nos rodea y en el papel que hombres y mujeres tendremos que desempeñar en él. Gran lectura.

domingo, 2 de febrero de 2025

El misterio de Chichén Itzá

 


Resulta difícil resistirse (y, por otro lado, ¿qué necesidad hay de hacerlo?) a un libro que, titulándose El misterio de Chichén Itzá, llevando una sugerente imagen en la cubierta y siendo respaldado por un sello como Edebé, se coloca entre nuestras manos y reclama nuestra atención lectora. Así que, rendido a la aventura de recorrer sus páginas, me encuentro en México y conozco a Ramona Carmona, una “taciturna y solitaria estudiante, amante de las novelas policíacas, los enigmas y los códigos secretos” (p.19), hija de una reconocida arqueóloga que fue asesinada unos años atrás y que, de forma súbita, se va a ver involucrada en una serie de episodios novelescos que incluyen muertos vivientes que abandonan de noche los cementerios, personas asesinadas y cubiertas con polvo rojo, un diario incompleto y lleno de frases opacas, anagramas que quizá ayuden a resolver el enredo de la obra, serpientes venenosas escondidas en cajas, golpes en la nuca que dejan inconsciente, coches con los cristales ahumados, pirámides con cámaras subterráneas, cenotes sagrados que esconden inquietantes cementerios subacuáticos… Seguro que, a estas alturas de la reseña, ya estarán pensando que la obra tiene muy buen aspecto. Pues sí, se lo confirmo: un aspecto inmejorable, que el autor (el chileno José Ignacio Valenzuela) completa con habilidosos saltos temporales que nos permiten reconstruir la historia desde sus orígenes hasta la actualidad, con ricos aportes culturales sobre el mundo de los mayas y, sobre todo, con un mensaje cifrado final que, tributario de Edgar Allan Poe, nos permite sonreír con la posibilidad de una segunda parte para este libro.

Añadan a esas virtudes un buen número de guiños a Arthur Conan Doyle y Agatha Christie (la protagonista es una jovencísima admiradora de ambos escritores, por influencia de su madre) y obtendrán El misterio de Chichén Itzá, una estupenda novela juvenil, que enriquecerá culturalmente a sus jóvenes, o no tan jóvenes, lectores.

lunes, 19 de agosto de 2024

Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar

 


Que una gaviota vuele por el firmamento con sus compañeras, buscando un lugar donde instalar e incubar sus huevos, no es suceso prodigioso. Que una gaviota, por culpa de un despiste, se vea impregnada por una ola de petróleo y comprenda que sus horas están contadas, tampoco es (por desgracia) suceso prodigioso. Pero que dicha ave consiga llegar hasta un balcón, aterrice allí de forma abrupta y convenza a un gato que vive en la casa para que cuide a su futuro polluelo y lo enseñe a volar, ya pertenece, gloriosamente, al ámbito de la maravilla. Ese es el juego narrativo que nos propone el chileno Luis Sepúlveda en el libro Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, que edita el sello Tusquets y está adornado con ilustraciones de Miles Hyman.

Cómo no sentir compasión por la pobre gaviota Kengah, víctima de los crímenes contaminadores del ser humano, que vive inmerso en la ceguera de convertir los mares en su basurero. Cómo no experimentar simpatía por el entrañable gato Zorbas, que se ha quedado solo en casa después de que sus dueños salgan para unas vacaciones que durarán un mes. Cómo no sonreír una y otra vez con las divertidas ocurrencias de los gatos Sabelotodo, Secretario y Colonello (o con las maldiciones rocambolescas de Barlovento, el gato marino). Cómo no sucumbir a la tentación de pensar que el Poeta que ayuda a los gatos (y que lee a Bernardo Atxaga) no es otro que el propio Sepúlveda.

Al final, enternecidos por la historia y embriagados por su tratamiento literario, llegamos a la página 136 y, cuando apenas faltan diez líneas para terminar el libro, escuchamos que “sólo vuela el que se atreve a hacerlo”. Volemos, pues.

viernes, 19 de julio de 2024

Bonsái

 


Resulta difícil resumir “de qué va” (usaré, aunque la odio profundamente, esa fórmula tan habitual) este libro, porque su estructura de abismo o de tirabuzón requeriría una exégesis más larga que la propia obra, que destruiría la magia de su espíritu narrativo. Me arriesgaré a apuntar algunos datos. Tenemos a la extraña pareja formada por Julio y Emilia, que inician una relación sexual durante su etapa universitaria. Ella (que muere al cumplir los 30 años, dejando desnortado a Julio) tiene una amiga llamada Anita, casada un tiempo más tarde con Andrés: dos hijos y mucho tedio, que terminaron en separación. De pronto, descubrimos que Emilia está en Madrid, demacrada, conviviendo con una pareja de gays y quizá adicta a algún tipo de droga. Julio, por su parte, sobrevive con trabajos esporádicos. El escritor Gazmuri, de hecho, le ofrece pagarle por transcribir a ordenador una novela que acaba de terminar; pero no cierran el trato, porque consigue a otra persona que le cobra menos. La semilla de su argumento (un hombre que pierde a la mujer que ama) da pie a Julio para que comience a escribir la obra Bonsái.

Me detengo en ese punto: hay una serie de conexiones entre la novela de Zambra y la novela de Julio que ustedes deberán descubrir en soledad y que enriquecen hasta el vértigo las escasas setenta páginas de esta intensa novela corta.

Asombrosa en su densidad, Bonsái constituye un ejercicio deslumbrante de estilo narrativo, de construcción novelesca, de personajes que son autores y son a la vez protagonistas, de lenguaje recortado y exacto. Me ha embriagado.

Otro de los autores a los que tengo que explorar con más ahínco.

jueves, 11 de enero de 2024

La sombra de lo que fuimos

 


Leí hace mil años un par de libros de Luis Sepúlveda, antes de tener mi blog de reseñas (Un viejo que leía novelas de amor y, algo después, Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar); y luego, de forma impremeditada, lo dejé entre paréntesis. Me habían gustado sus dos propuestas narrativas, eso lo recuerdo con nitidez; pero simplemente no me acerqué a sus otros libros. A veces, procedo con esa falta de lógica en mi ocupación como lector. Hoy subsano esa torpeza con La sombra de lo que fuimos, una novela con la que obtuvo el premio Primavera en el año 2009.

Primera escena: un hombre cercano a la senectud, pero todavía de porte erguido, camina por la calle, bajo la lluvia, con un arma en el bolsillo. No sabemos a ciencia cierta a dónde se dirige. O, mejor dicho, a dónde tenía proyecto de dirigirse, pues un tocadiscos que ha salido volando por una ventana y ha aterrizado sobre su cabeza pone fin a sus planes y a su vida.

Segunda escena: tres hombres también cercanos a la senectud, pero mucho más deteriorados por el paso del tiempo, aguardan la llegada de ese hombre (quien, por cierto, se llamaba Pedro Nolasco y fue durante toda su vida un reconocido activista de izquierdas): son Cacho Salinas, Lolo Garmendia y Lucho Arancibia. Estamos en el Santiago de Chile postdictatorial, donde aún no se han curado las heridas del pinochetismo. Aquellos tres veteranos, ahora gordos y calvos, “fueron amigos, integraron la misma barra adicta al fútbol, política y asados los fines de semana. Tuvieron planes para prolongar la amistad y conservarla inmune al paso de los años, y fueron compañeros, cómplices en el esfuerzo por hacer del país un lugar si no mejor, por lo menos no tan aburrido” (p.68). El golpe militar de Pinochet los lanzó hacia la separación y el miedo; y, desde instante, “la vida se llenó de agujeros negros y estaban en cualquier parte, alguien entraba a la estación del metro y no salía jamás, alguien subía a un taxi y no llegaba a su casa, alguien decía luz y se lo tragaban las sombras” (p.69). Ahora esperan a Nolasco, quien los va a capitanear en un robo muy especial, que los devolverá al mundo de la lucha contra los poderosos y corruptos. Pero quien entra por la puerta es otra persona muy distinta, a la que conocieron en el pasado y que les trae noticias más bien aciagas.

En esta novela se pueden advertir dos planos muy claramente diferenciados: por un lado, la voz narrativa, que nos lleva de la mano utilizando altas dosis de humor (ese tocadiscos que sale volando como consecuencia de una discusión conyugal; esos pícaros que taponan las alcantarillas para hacer negocio como transportistas por las calles; las extravagantes y peliculeras historias que Coco Aravena prepara para expelerlas con cara inocente ante la policía; los correos electrónicos que se intercambian “gerundio” y “blackpanther”; etc); y, por el otro, la presencia y la biografía de los tres viejos militantes revolucionarios, en los cuales se puede ver (y el lector lo siente con auténtica tristeza) la imagen de la derrota, del fracaso, de la desilusión, de la amargura. Quisieron un país mejor, un mundo mejor, y no ha sido posible. Como aquella frase de Cortázar que tanto me gustó cuando la leí hace años: “Haber querido tanto de la vida, buscarle todo su sentido, y descubrir que vamos derecho a un montón de fósforos quemados”. Así se sienten Cacho Salinas, Lolo Garmendia y Lucho Arancibia. Así se habrán sentido tantas y tantas personas a quienes la apisonadora de la Historia (conducida por un sonriente vencedor) trituró sin miramientos.

Afirma el escritor chileno en la página 170: “Nunca confíes en la memoria, pues siempre está de parte nuestra; adorna lo atroz, dulcifica lo amargo, pone luz donde sólo hubo sombras. La memoria siempre tiende a la ficción”. Quizá podría afirmarse, invirtiendo su juicio, que la ficción siempre tiende a la memoria. Y quizá por eso Luis Sepúlveda orquesta entre seriedad y humor, entre decepción y sonrisa, un equilibrio altamente brillante.

Novela triste. Novela melancólica. Novela estupenda.


miércoles, 2 de agosto de 2023

El gaucho insufrible

 


Mi relación con el chileno Roberto Bolaño es extraña e irregular, y ya la he explicado en este Librario con casi idénticas palabras: leo en revistas o escucho en Internet entrevistas que le hicieron a ambos lados del Atlántico y me fascinan su verbo, su inteligencia, su humor; y después, cuando, impulsado por esa seducción, me decido a recorrer otro libro suyo, experimento la sensación (para mí descorazonadora) de que su escritura me atrae solamente un poco. La prosa es impoluta, claro que sí, pero las tramas, los personajes, la fluidez narrativa se me van entre los dedos. Acabo un relato y me pregunto: “¿Y?”. Es triste, porque querría que me gustara más; pero no puedo mentir acerca de mis impresiones.

En las páginas de El gaucho insufrible se ha repetido la ceremonia. Leo el relato “Jim” y de inmediato me sorprendo en la línea final, interrogándome por el sentido de la historia; leo “El gaucho insufrible” y me atrapan las palabras, pero de ninguna manera la narración; luego mejora el volumen con “El viaje de Álvaro Rousselot”; pero más tarde vuelve a rechinar con dos textos que parecen (y dicen ser) conferencias sui géneris, que no termino de explicarme qué función cumplen en el tomo, salvo la de rellenar páginas. El resultado global es una especie de montaña rusa cuyos engranajes hacen demasiado ruido. Y sé que experiencias como esta moderan, tristemente, mi afán por leer a Bolaño, pero también sé que tarde o temprano acabo volviendo a él. Ya veremos qué colores tiñen mi siguiente aproximación. Que la habrá. Creo.

viernes, 22 de julio de 2022

La espada encendida

 


De vez en cuando me gusta volver a los libros que leí hace años o décadas, para comprobar cómo han cambiado ellos dentro de mí (o cómo he cambiado yo a la hora de meterme dentro de ellos). Es una experiencia que recomiendo, porque se me antoja muy reveladora. Este verano repito el experimento con La espada encendida, un poemario peculiar y edénico de Pablo Neruda que se inspira en un conocido episodio de la Biblia (la colocación por parte de Dios de un ángel que, armado con una espada, impide la vuelta de Adán y Eva al Paraíso que acaban de perder por su desobediencia). En la transfiguración poética del autor chileno, los protagonistas son Rhodo y Rosía, dos enamorados que sobreviven al holocausto de la humanidad, y que juntos han de construir la vida y el planeta.

La lírica densidad de su pasión alcanza momentos felicísimos en el capítulo X, aunque también en el XXIV y en el XXVII. En realidad, todo el tomo constituye un apretado haz de amorosos parlamentos y de virginales consideraciones, que nos hablan de la convulsión del sexo, de la soledad y del deber. Quizá mi capítulo favorito sea el LXXXVII, con su letanía anafórica, que alcanza cumbres de una belleza impactante.

Creo que el libro, no siendo uno de los más citados ni recordados de Pablo Neruda, se puede seguir leyendo con aplauso.

martes, 21 de junio de 2022

Nuevas odas elementales

 


Fui, durante mi juventud, lector fervoroso de Pablo Neruda. Devoré todos sus libros (pero no como aquel político que juraba haberse empapuzado las obras completas de Lope: yo sí que me leí de verdad las de Neruda) e incluso escribí sobre algunos de ellos, en revistas, congresos y sitios así. Ahora, desde la distancia de la madurez, vuelvo a las célebres Nuevas odas elementales, sabiendo lo que me voy a encontrar (adiós al “factor sorpresa”); y reconozco que las he disfrutado serenamente. Es decir, sonriendo con sus innegables aciertos, cabeceando admirativo ante algunos de sus versos y, también, disculpando con benevolencia los clichés efectistas que, colocados aquí y allá, en mi juventud me pasaron inadvertidos por bisoñez lectora.

Neruda sabía lo que estaba haciendo y lo hizo con destreza. Su estilo era potente y millonario en lujos verbales (sobre todo, adjetivaciones y metáforas); y creo que hay que leerlo sin prejuicios y en la juventud, para sentir su deslumbramiento de amanecer y música (Tagore pertenece al mismo ámbito). Cómo no sentirse feliz al comprobar que, para el insigne autor chileno, el diccionario es “la bodega del vocabulario”; el mar es “el profundo hotel de las sirenas”; o la lluvia una “transparencia oblicua de hilos”. Docenas de fórmulas de ese tipo pueden ser subrayadas en el libro por el joven lector.

La magia de Neruda me ha devuelvo a la juventud. Releerlo ha sido quitarme años del DNI y reverdecer emociones que apenas estaban inauguradas. Que Dios lo bendiga.

viernes, 8 de abril de 2022

Una novelita lumpen

 


El mundo en que viven Bianca y su hermano se tambalea y entra en una nueva fase cuando sus padres pierden la vida en un accidente automovilístico, que los convierte en huérfanos, en dueños de la casa y en beneficiarios de una reducida pensión. Esa conmoción brutal e inesperada los trastoca de tal modo que acaban por abandonar sus estudios y comienzan una deriva preocupante, en la que su hermano termina por alojar en la casa a dos compañeros del gimnasio, un boloñés y un libio. Bianca, recién llegada a la adolescencia, comienza a recibir las visitas nocturnas de ambos, alternativamente, y se deja enredar en un proyecto delirante y disparatado: convertirse en amante del exculturista Maciste (actualmente ciego y muy abandonado), para descubrir donde oculta en su vivienda la caja fuerte y, entre todos, atracarlo.

Utilizando esa línea argumental, el chileno Roberto Bolaño consigue esculpir una deliciosa novela corta, donde explora los meandros de la insatisfacción humana, los miedos más ocultos, las ambiciones absurdas y las relaciones que, utilizando un adjetivo moderno, podríamos calificar de tóxicas. El hermano cree que los dos intrusos son sus amigos, porque necesita aferrarse a alguna figura estable; Bianca se ilusiona en ocasiones con la idea de convertirse en pareja estable de Maciste, porque también necesita un referente que estabilice y serene su vida. Ambos, como es natural, yerran. Ambos construyen sueños absurdos. Y ambos tendrán que enfrentarse, muy pronto, al aspecto más desolador y amargo de la realidad. Una novelita lumpen es un amargo tratado sobre la zozobra, la inseguridad y los trampantojos de la vida.

domingo, 20 de febrero de 2022

El arte de la resurrección

 


Dos figuras principales (y un paisaje) constituyen la médula de El arte de la resurrección, la novela con la que el chileno Hernán Rivera Letelier obtuvo el premio Alfaguara del año 2010. La primera es Domingo Zárate Vega, un alunado estrafalario que, después de la muerte de su madre, dio en considerarse la nueva encarnación de Cristo en la Tierra y, en virtud de esa convicción, comenzó un largo apostolado por los diversos pueblos del país, donde pregonaba su palabra divina, ofrecía consejos sobre todo tipo de hierbas medicinales, esparcía aforismos ñoños o mentecatos y entregaba folletos con sus irrisorias sandeces. Ese fervor místico no impide que se declare profundamente afecto a las “ancas mundanales” de las hembras dadivosas y que, en su ausencia, recurra a feroces masturbaciones en plena naturaleza. De forma casi unánime se lo conoce como El Cristo de Elqui. La segunda figura protagonista es Magalena Mercado, una mujer hermosa que ejerce la prostitución en la salitrera conocida como La Piojo, un lugar dejado de la mano de Dios, donde las cabezas hierven bajo los rayos solares y donde nadie entiende muy bien que desempeñe su oficio justo al lado de una talla de la Virgen María. Esta mujer de fe inquebrantable y largueza carnal tiene que ir apuntando sus servicios en una libretita, dada la escasez de dinero de los pobres trabajadores de la zona. Y el tercer protagonista, como arriba he señalado, es el paisaje: el puro y duro desierto chileno, la inmisericordia de sus días infernales y de sus noches gélidas, la vegetación casi inexistente, la avaricia de unos empresarios gringos que han convertido aquel secarral en una fuente de la que esperan extraer hasta la última gota de riqueza, las aves carroñeras que sobrevuelan su extensión pobre.

Ahora, con esos tres elementos bien presentes, imaginen que el desquiciado predicador (que existió en la vida real) concibe la peregrina idea de convencer a la prostituta para que se convierta en su María Magdalena, y parta con él en su tarea evangelizadora. Ni corto ni perezoso, cruza el desierto para encontrarse con ella en la salitrera y explicarle su plan. Derrotado por las asechanzas de un entorno hostil, asaeteado por las incomprensiones y las burlas, el Cristo de Elqui llegará a la triste conclusión de que “este mundo estaba al borde de la perdición cuando los malos servían de ejemplo y los buenos de mofa” (p.165).

El arte de la resurrección es una novela de gran fuerza expresiva y desarrollo perfecto, que se tiñe al final con los colores siempre amargos del fracaso y de la melancolía; y que absorbe magistralmente las influencias literarias de Juan Rulfo o Mario Vargas Llosa. Espléndida.

miércoles, 19 de enero de 2022

La contadora de películas



“Descubrí que a toda la gente le gusta que le cuenten historias. Quieren salirse por un momento de la realidad y vivir esos mundos de ficción de las películas, de los radioteatros, de las novelas. Incluso les gusta que les cuenten mentiras, si esas mentiras están bien contadas. De ahí el éxito de los estafadores hábiles en el habla. Sin pensarlo siquiera, yo había llegado a convertirme para ellos en una hacedora de ilusiones”. Quien así habla en la página 88 de este libro es María Margarita, una adolescente pampina que fue bautizada así por su padre, un enamorado de la actriz Marilyn Monroe. En el salitral donde vive la familia (que se encuentra originalmente formada por un matrimonio y sus cinco hijos) no hay más diversión posible que el cine, a cuyas sesiones acuden felices y endomingados todas las semanas. Pero un accidente que deja al padre inmovilizado de cintura para abajo ocasionará un terremoto de cambios: la madre los abandonará, la paga queda reducida a una pensión escuchimizada y la asistencia al cine tendrá que verse reducida a uno solo de los miembros de la familia, que se compromete luego a contar al resto, con pelos y señales, la película. Y será María Margarita quien ostente ese privilegio, que irá perfeccionando con vestidos, bailes y canciones, para convertirse en el pobre pero ilusionado espectáculo andante que alegre la vida a los demás.

Con ese planteamiento, el chileno Hernán Rivera Letelier construye una novela bellísima, melancólica, imposible de abandonar cuando se han leído las primeras cuatro o cinco páginas, y que retrata con ternura, con magnético ritmo y con un realismo a veces crudo la vida en la Oficina, el lugar desértico donde un grupo de personas encuentran en la ilusión narrativa (creada o escuchada) su excusa para seguir vivos, para mantenerse firmes en un clima y en un tiempo difíciles, mientras la pobreza, la usura, la explotación, la mezquindad o el fracaso de las ilusiones se abaten constantes sobre los protagonistas.

El inicio de la novela, impresionante. El final, inmejorable. Lo que se encuentra entre ambos, embriagador. Hacía bastante tiempo que no leía un libro que me impresionara así.

jueves, 16 de septiembre de 2021

Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena


¿Es posible que los responsables de esta edición entendieran que con la misma estaban contribuyendo a engrandecer la memoria poética de Pablo Neruda? Es posible, desde luego: las drogas producen efectos muchas veces incomprensibles para quienes no las frecuentamos. Pero si se encontraban limpios de alcohol y otros estupefacientes resulta bastante complicado justificar la publicación de este tomo insensato, mediocre, bilioso e indigno de la grandeza poética del escritor chileno. Magro favor a su memoria. Que lo escribiese (o vomitase) en un calentón resulta admisible. Que sus herederos estimasen atinado darlo a la luz pública no resulta ni comprensible.

Es una obra que apenas supera la categoría de panfleto, en el que ni una sola de las composiciones merece la relectura. Una lástima que el compromiso político (que puede producir frutos estéticamente dignos) haya generado en este caso una monstruosidad tan chata, alicorta y boba.

Suspiro y olvido.

domingo, 25 de abril de 2021

Tres bóvedas

 


Me leo Tres bóvedas, de Leonardo Sanhueza, que obtuvo el XVII Premio Unicaja de Poesía y que publicó Visor, y lo cierto es que me ha gustado. Se trata de una obra cuajada, de bella factura, donde el autor demuestra la solidez de su escribir en varios planos: desde la adjetivación al equilibrio estrófico, desde la música verbal hasta la lírica eficacia de sus títulos.

Dueño de una poderosa inventiva para la creación de imágenes, Sanhueza sorprende en cada página con el brío metafórico y con su pirotecnia surrealista. Y nos comunica todo ello manejando un lenguaje transparente, pulcro y eficaz. Se interroga sobre el sentido de la creación poética y sobre sus misterios más insondables (“¿Cuándo se transforma en vuelo la imaginación de la ceniza?”, p.20); intenta entusiasmarnos con el vigor de los vocablos, que parecen dotados de vida propia (“El gran ruido de la palabra catarata”, p.27); y nos formula varias preguntas sobre los arcanos sentimentales, en las que la emotividad y la filosofía avanzan juntas (“Una lágrima detenida sobre la mejilla, ¿es todavía una lágrima?”, p.61).

Dominador, coherente y enérgico, Leonardo Sanhueza deja que la música de las palabras se derrame por las páginas de este libro y nos vaya contagiando su temperatura de fiebre o de susurro, haciéndonos ver que nuestra memoria es la salvaguarda que nos evitará la extinción (“Si los muertos habitan, habitan en el porvenir”, p.29); y otorgándole a la auténtica poesía una función notarial (“El poema es el testigo del absoluto”, p.68). En esa línea, el autor chileno consigue un maremoto de versos memorables, donde adivinamos el torrente de bellezas que puede estarnos reservando para producciones futuras, y que ya se advierte con nitidez en esta obra inicial (“La nieve es azul cuando está desnuda”, p.60).

En general, podríamos concluir que dos tipos de poemas aparecen en este libro: los más extensos (que ocupan las partes primera y tercera del volumen) y los breves (que se concentran en la segunda). Personalmente, prefiero estos últimos, porque, aunque entiendo que Sanhueza demuestra solvencia en ambas distancias líricas, me gusta de singular manera el vigor que transmite al versículo, llenándolo de imágenes lúcidas, rompedoras. “La copa en otoño” (el espléndido poema de siete páginas con el que se abre el volumen) me parece un delicioso ejercicio de buena literatura, que conviene leer al menos dos o tres veces.

martes, 18 de agosto de 2020

Veinte poemas de amor y una canción desesperada




En su libro Ensayo sobre el amor humano escribió el filósofo francés Jean Guitton que “cada uno cree que el deseo de la especie resuena secretamente sólo para él”. Y opino que estas palabras ilustran de manera exacta el deslumbramiento que la pasión erótica prodiga sobre aquellos a quienes impregna. Y opino también que esa galvánica ilusión es la que posibilita que alguien como Pablo Neruda, con menos de veinte años, se dejase arrebatar por la fiebre y compusiera estos poemas, mezcla de equilibrio formal y torbellino interior, que serán con el paso de los años en “el gran libro amatorio del siglo XX” (lo dijo Paco Umbral en Las palabras de la tribu) y que conseguiría convertirse en todo un superventas de la poesía.
Jugando con una gran variedad de metros y estructuras (estrofas de cuatro versos, pareados, rima consonante y asonante, alejandrinos, endecasílabos), el poeta chileno se embarcó en la elaboración de un bellísimo diccionario sensual, en el que para hablarnos de la amada acude a las imágenes de la flecha, del musgo, la ola, la caracola, el pez, el pino, el rocío, la noche o la nube; y nos hablará de la ciruela de su boca, del racimo de su cabeza, de las uvas de sus manos, de su cintura de niebla, del pájaro que se refugia en sus cuerdas vocales, de la ancha casa roja de su corazón o de sus caderas que parecen islas. Son imágenes que participan de la idealización y del atractivo físico, del éxtasis romántico (“Mi voz buscaba el viento para tocar tu oído”) y del deseo sexual más arrebatado por esa mujer “donde mis besos anclan y mi húmeda ansia anida”.
Pero lo más importante es que la persona que toma este libro e inicia su lectura no está interesada por las conjeturas sobre las raíces modernistas del poeta, ni toma en consideración la debilidad formal (más que evidente) de algunos de los poemas, ni sonríe con displicencia ante las desmesuras de un estilo que todavía se encontraba en formación. Esa persona que descubre el prodigio sensual y literario de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, en cualquier fecha, sólo atina a pensar: “Esto es lo que yo siento”, “Esto es lo que me gustaría decirle”, “Esto es lo que me gustaría que me dijera”. Por eso, este pequeño libro se ha convertido en un clásico de la literatura del siglo XX.

jueves, 6 de agosto de 2020

Canto general




Pocas cosas nuevas se pueden decir de este libro mastodóntico, ambicioso, irregular, airado, reivindicativo, provocador, coral, telúrico y dolorido; de este libro de geologías, lavas, maremotos, pájaros, héroes, humillaciones y banderas; de este vademécum de heridas, de este catálogo de golpes, de esta notaría de silencios. Al principio, Neruda lo concibió con el título de Canto general de Chile, pero pronto su burbujeo lo amplió hasta la expansión continental. Algún crítico exagerado (como hace Enrico Mario Santí en la introducción de este tomo) habla de sus “más de quince mil” versos, pero la realidad es que se queda en los trece mil, lo que lo convierte en un volumen notable, pero situado por debajo de otros, como La divina comedia (algo más de catorce mil), La araucana (por encima de los veintiún mil) o el Orlando furioso (que triplica el esfuerzo nerudiano).
Las tres veces que lo he leído me ha impresionado la fuerza arrolladora de su inicio, con los ojos del poeta paseándose por la pureza natural del paisaje americano, con sus cordilleras, sus ríos arteriales y sus cóndores majestuosos, hasta que por fin llegan “la peluca y la casaca” de los españoles. Y q            ué decir de su segunda sección (“Alturas de Macchu Picchu”), esa larga, profunda, cavernosa y emotiva invocación al hombre americano del ayer, al ‘hermano’ que lo precedió en el sufrir de su tierra y que fue dilacerado por la crueldad de sus explotadores. O de la tercera, donde enumera las tropelías innumerables de los invasores hispanos: Hernán Cortés (“Corazón muerto en la armadura”), Pedro de Alvarado (“El halcón clandestino de la muerte”), Francisco Pizarro (“El cerdo cruel de Extremadura”), Magallanes (“Su barba llena de gusanos”) y hasta Inés Suárez, la compañera de Valdivia (“Infernal harpía”). O de la cuarta, donde tienen aposento los libertadores, que se prolongan por siglos: Cuauhtémoc (“Tu corazón como un venado”), Caupolicán (“Un rostro del bosque”), Lautaro (“Elástico y azul”), Túpac Amaru (“Padre Justo”), San Martín (“Extenso como todos los héroes”), José Martí (“Almendra pura”), Emiliano Zapata (“Tierra y aurora”) o Sandino (“Era un árbol que se enroscaba / o una tortuga que dormía / o un río que se deslizaba”).
Neruda, después de esa presentación profundamente hermosa en su continente y profundamente maniquea en su contenido, tiene que sumergirse en la época posterior, en la cual la situación se enturbia y advienen los caudillos nefastos, los líderes tenebrosos, el listado inmundo de los dictadores, que se extiende por todos los países al sur de los Estados Unidos hasta mediados del siglo XX.
Escondiéndose y escribiendo a trompicones, en pequeñas hojas y en lugares de lo más inverosímil (conviene recordar que se había puesto precio a su cabeza y que tuvo que refugiarse en sitios diferentes, en los que permanecía hasta que la prudencia aconsejaba cambiar de escondite), este maravilloso Canto general se presenta como una crónica emocionada y burbujeante que admite muy pocos parangones en la poesía hispana. Un auténtico monumento. Discutible desde el punto de vista del “contenido” (tendrá defensores y detractores: desde eruditos hasta fanáticos), pero embriagador desde el punto de vista poético.

martes, 21 de julio de 2020

Los versos del capitán




He aquí un libro hermoso que, releído en la madurez, acrecienta su hermosura. Es mi impresión. Lo devoré con veinte años y me embriagó (aquellas imágenes, aquellas adjetivaciones, aquellos juegos sonoros, aquellos encabalgamientos espléndidos); ahora, con cincuenta y cuatro, le descubro la misma pasión interna, pero le añado la valoración estilística que, en mi juventud, sólo me llegó como alboroto y cascada, como fogonazo y trueno. Creo que Los versos del capitán es una obra trascendente e imperecedera (iba a escribir “inmortal”, y no me atrevo: es demasiado pronto para establecer ese juicio), porque ha sabido traducir la espontaneidad de los sentimientos y codificarla con un lenguaje lírico que cualquier lector puede sentir como suyo. No como emanado de sí (porque reconoce la excelencia del poeta y admite que lo supera en sus mecanismos verbales), pero sí como suyo en un plano emocional, cordial, íntimo: “esto” es lo que yo sentí en el puro instante del enamoramiento y “éstas” (ojalá) habrían sido las palabras mejores para decirlo.
Juvenil y maduro a la vez, el poemario nos muestra a un autor que busca en la amada a la pareja sexual, a la hermana, a la madre, a la amiga, a la compañera (sangres coordinadas, corazones simétricos, almas siamesas) y que es capaz de celebrarla con versos de una trabajadísima naturalidad, de un burbujeante fulgor. “La reina”, “Tu risa” o “El tigre” alcanzan un admirable nivel de belleza, que Pablo Neruda mezcla con nítidas remembranzas del Canto general (“Las vidas”) y con exploraciones telúricas (que a veces sorprenden por su simplicidad, pero que en otras ocasiones asombran por su elaboración).
Un volumen que provocará asombro y aplauso en todo tipo de públicos durante generaciones, porque el amor no pasa de moda. Y la mejor poesía amorosa, tampoco. Pablo Neruda fue, sin duda, un gigante en ese ámbito.