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jueves, 7 de agosto de 2025

Niebla

 


No descarto que se trate de culpa mía, pero qué insufrible se me ha hecho releer la obra Niebla, de Miguel de Unamuno. Qué estilo tan descacharrado, tan débil, tan de ir amontonando teorías de humo y eslabonando juicios paradójicos, de los cuales pretende obtener oro narrativo o intelectual mediante el procedimiento (al principio original, pero pronto machacón) de dar la vuelta a frases o sentencias, para ver qué sale del experimento (“¡Mañana es de Dios! ¿Y ayer, de quién es?” / “Conocer es perdonar, dicen. No, perdonar es conocer”). Desatado y febril, el vasco coge las frases, las retuerce, les busca las costuras, juega con ellas, se recrea en la condición calidoscópica del azar. Y lo que resulta, finalmente, es un artefacto de palabras que, como novela, para qué vamos a mentir diciendo otra cosa, no se sostiene; y que, como motivo de reflexión, tampoco funciona demasiado bien, porque se agota y vuelve pesado tras diez páginas de geminación de los mismos recursos.

Alguien escribió una vez que el problema de Unamuno era que escribía a vuelapluma y, después, sin permitirse la humildad de corregir, servía todas esas páginas encuadernadas al lector, como si fuera altísima filosofía o pensamiento celestial. No hay filtro. No hay criba. No hay boutade que se desdeñe por quebradiza o por banal. Todo se le antoja mena, siendo bastantes veces ganga. Y, claro, sorprende que alguien de su altura dé por bueno ese mecanismo una y otra vez: es como si leyésemos un libro de Schopenhauer y, en cada párrafo, se nos deslizara una pirueta de Pinito del Oro o un chiste de Arévalo.

Si se ofrece un resumen del argumento de la obra o se subraya la famosa escena del personaje Augusto Pérez peleándose con el autor, los aplausos son justos. Pero si se desciende al texto concreto, a la estilística, la obra hace más aguas que el Titanic. No la recordaba tan floja, ciertamente. Se ve que cuando la leí (creo que fue en 1981) era demasiado joven como para permitirme una crítica al gran santón del 98. Pero en 2025 ya no. Seguiré leyendo en los próximos años a don Miguel de Unamuno, como siempre, para seguirme peleando con él y para ver si obtengo Jugo (perdón por el chiste) de sus restantes libros.

domingo, 4 de diciembre de 2022

La venda

 


El anciano padre está muriendo en su cama, consciente de que sus horas finales se aproximan; y, mientras agoniza, pronuncia en voz alta, una tras otra, sentencias que parecen de Unamuno. Su hija Marta y su yerno José, que se encuentran a su lado, lo confortan con frases de resignación con aroma unamuniano. Su hija María, que era ciega y ha recuperado la vista, se presenta ante él con una venda sobre los ojos, porque quiere seguir viéndolo con los ojos del alma (y se lo explica con largos parlamentos unamunianos). Pero es que, en las primeras dos o tres páginas del drama, don Pedro y don Juan (quienes simplemente pasaban por ahí y se los usa forzadamente) conversan en la calle sobre el sentido de la vida y la fe, mediante una esgrima de paradojas que tienen, todas, un sesgo… unamuniano.

En resumen, una castaña infumable en la que don Miguel, haciendo equilibrios en el alambre entre lo retórico, lo filosófico, lo espiritual y lo ñoño, esclafa una obrita de teatro cuyo gran mérito, ese sí indiscutible y absoluto, es la brevedad.

Lástima de hora desperdiciada.

viernes, 28 de junio de 2019

La vida literaria




Vaya bobada de recopilación que acabo de leerme. Lleva por título La vida literaria, su autor es Miguel de Unamuno y la pone en circulación el sello Espasa-Calpe (Madrid, 1981). Está bien (o, al menos, resulta tolerable) que alguien de la talla intelectual de Unamuno publique artículos remunerados, donde aprovecha los flecos de su sabiduría o el serrín de su taller para pergeñar cosicas en las hojas caducas de la prensa. Hasta ahí, nada que objetar, porque lo han hecho miles de escritores, incluso superiores a él. Pero que los herederos hayan decidido montar un libro con ellos resulta un bochornoso snobismo, mitómano y monetizado, que no merece sino desprecio.
Pocas cosas aprovechables en el volumen. Poquísimas. He sonreído con la frase que Luis Veuillot le esclafó a un noble: “Yo asciendo de un tonelero, y usted, ¿de quién desciende?”. Y he cabeceado aprobatoriamente con esa consideración de que, frente a tantos requiebros inverosímiles como se le dedican a la amada (mi sol, mi estrella, mi cielo, mi vida), a nadie se le haya ocurrido llamarla “mi libro”. Es una simpática apreciación. Todo lo demás puede ser olvidado sin perjuicio de la fama y la calidad de don Miguel.
Frases que he subrayado en el libro: “La objetividad es una mentira tan grande como la actualidad”. “La primera cualidad que debe tener un buen médico es la de saber mentir”. “O se vive en el mar o se vive en su oleaje”. “La sonrisa interior es el triunfo de la ironía”.

viernes, 22 de febrero de 2019

Abel Sánchez




Leamos cómo comienza la novela Abel Sánchez, de Miguel de Unamuno: “No recordaban Abel Sánchez y Joaquín Monegro desde cuándo se conocían. Eran conocidos desde antes de la niñez, desde su primera infancia, pues sus dos sendas nodrizas se juntaban y los juntaban cuando aún ellos no sabían hablar. Aprendió cada uno de ellos a conocerse conociendo al otro. Y así vivieron y se hicieron juntos amigos desde nacimiento, casi más bien hermanos de crianza”. Y ahora seamos justos: ¿cabe un primer párrafo más torpe en una obra presuntamente buena? Insisto: seamos honestos. No nos dejemos influenciar por la fama del gran autor vasco, al que he tributado aplausos muchas veces. Ciñámonos a las palabras que abren el libro. Estas líneas son de una torpeza desmañada y ramplona, inauditamente mediocres, cacofónicas y casi renqueantes. No hay en ellas primor alguno, ni música, ni excelencia.
A partir de esa primera impresión áspera la lectura de la obra se me ha hecho tan artificial como insatisfactoria. Miguel de Unamuno quiere meter ideas, y juicios sobre la envidia, y presuntos análisis del espíritu humano, pero el resultado no es una novela admirable sino un texto reseco, un mosaico de azulejos misticoides y gazmoñerías religiosas metidas con calzador que no alcanza apenas esplendores. Joaquín es falso. Abel es falso. El personaje de Antonia es amojamadamente falso. Nada respira autenticidad en estas páginas, porque las ideas (unas ideas de cartón piedra, con mucha roña ampulosa) ahogan la fluidez narrativa, constantemente tijereteada en capitulillos de tesis o diapositiva, apenas hilvanados unos con otros.
Mira que he leído con respeto a don Miguel, y mira que lo seguiré haciendo en el futuro, pero estas páginas son tan torpes que me cuesta creer que sean suyas. La literatura reside siempre en el cómo, y aquí el cómo es terriblemente defectuoso: ni me creo a los personajes, ni me creo sus diálogos, ni me creo sus profundos traumas marmóreos, ni me creo que sus sentimientos, ni me creo nada.
Un libro para olvidar.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Nuevo mundo



Hay autores a los que se entra a disfrutar y autores a los que se entra a pelear con ellos. A mí, al menos, me parece que es así. Uno se sumerge en las páginas de Shakespeare, de Whitman, de Muñoz Molina o de Neruda para dejarse mecer por la belleza de sus períodos, la contundencia de sus metáforas o el ritmo elegante de su decir. Pero cuando se abre un volumen de Jünger, Nietzsche o Miguel de Unamuno hay que colocarse unos guantes de boxeo, un protector bucal y tragar saliva, porque sabes que vas a encontrar frente a ti paradojas, silogismos, brillos negros, retruécanos y zarpazos ante los que no puedes permanecer impasible, estático, pasivo. O entras al combate o no consigues nada del libro. Sabes que sus autores te están provocando, retando, incitando.
Leo la breve obra Nuevo mundo, del bilbaíno más salmantino, del vasco más ibérico, del pensador más emocional y desgarrado: Miguel de Unamuno y Jugo. En ella nos encontramos a un narrador que nos informa sobre la vida (sobre todo la vida interior) de su amigo Eugenio Rodero, chico de virtuosa condición, recta voluntad de estudio, afanes filosóficos y rotunda fe que, trasladándose desde el pueblo hasta la capital para cursar estudios superiores, padece una crisis religiosa de gran magnitud, mezclada con alguna leve flaqueza carnal. A partir de ese instante, toda su energía vital se concentra en una desgarrada reflexión sobre mil temas conectados entre sí: el alma, la ciencia, la autenticidad, el sentido de la vida humana, Dios, las limitaciones del lenguaje…
¿Nos encontramos ante una novela? Es complicado pronunciarse. Habría que dar al término, en todo caso, un sentido muy flexible: más bien parece que el texto utiliza una leve excusa argumental para introducirnos en un cauce vertiginoso de pensamientos unamunianos (Rodero no es sino un trasunto suyo), tan volcánicos como contradictorios. Curiosa obra iniciática, en todo caso (está fechada en 1896, cuando don Miguel apenas tenía treinta y dos años), que busca a un lector más reflexivo que convencional.

“Es triste, muy triste; jamás, jamás, jamás salimos de nosotros mismos para ver a otro como él es, sentirle y quererle y respetarle por lo tanto. Somos impenetrables”.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Soliloquios y conversaciones



Los libros de artículos de Miguel de Unamuno son siempre así. Lo vemos avanzar, recular, darse testarazos contra los conceptos, idear paradojas, protestar de que los lectores las consideren paradojas, afirmar algo para después negarlo dos o tres textos después, exaltarse, serenarse, encender luces para de inmediato teñirlas de sombra y, en fin, dejarse llevar por el hilo del discurso hasta que se le corta, se le agota o se le tuerce. En Soliloquios y conversaciones nos encontramos con los mismos procedimientos.
La sensación que queda es la imagen de un líquido que no se resigna a mantenerse calmado sino que salta en calientes borbotones. Y no creo que al escritor vasco le molestase esta definición, en caso de haberla leído. Unamuno toma la punta de un hilo y, con una absoluta falta de plan expositivo, va enlazando citas, reflexiones y posibilidades. Le sale así un discurso que carece de método y que lo mismo se introduce por senderos convincentes que por trochas atrabiliarias. Lo mejor de este mecanismo argumentativo: la sensación de frescura y de humanidad que sus líneas desprenden. Lo peor: que no consigues tomártelo del todo en serio, porque le ves las costuras.
En medio de un maremoto de ideas ortopédicas, refractarias al rigor y a los cauces de la linealidad, Unamuno nos habla de sus filias y fobias (“Aborrezco a los hombres que hablan como libros, y amo a los libros que hablan como hombres”); opina sobre la auténtica misión que debe tener un pensador o un filósofo (“Hay que sembrar en los hombres gérmenes de duda, de desconfianza, de inquietud, y hasta de desesperación”); nos resume sus opiniones literarias (“Homero o Shakespeare son más modernos que los más de los escritores vivos que hoy pasan por más modernos […]. Moderno viene de moda, y tú debes huir de las modas”); nos interroga sobre la actualidad periodística de su tiempo (“¿Es la prensa la que engendra esa insana curiosidad pública a la busca siempre de espectaculosidades y de fútiles informaciones, o es el público el que exige eso de la prensa? Yo creo que se corrompen mutuamente”); se adelanta a teóricos como Ortega y Gasset o Bauman (“La muchedumbre es líquida y no sólida”); o se rebela de una forma estruendosa contra la “vulgocracia” que, en su opinión, está destrozando el mundo del pensamiento y la creatividad.

En suma, nos ofrece el espectáculo siempre cambiante y siempre llamativo de sus argumentaciones de energúmeno (en el sentido que le concedió Julián Marías: el que lleva un demonio dentro y se siente agitado por él y habla con sus voces), que nos seducen, nos asombran, nos repelen, nos convencen y nos irritan. A veces por separado y, a veces (otra paradoja), todo a la vez.

jueves, 20 de abril de 2017

Cartas inéditas



Gracias a la recopilación de Sergio Fernández Larraín, puedo leer estas Cartas inéditas, de Miguel de Unamuno (Rodas, Madrid, 1972), donde advierto la complejidad terriblemente contradictoria de este vasco universal y terruñero. A veces, Unamuno incurre en discursos que sorprenden por su insensibilidad (en la carta del 3 de mayo de 1896, comenta la hidrocefalia de su hijo, de la cual parece que sólo la muerte lo sacará; y luego, tras colocar un punto y aparte, sigue hablando de sus publicaciones, y de asuntos filológicos); pero la mayor parte de las ocasiones, sus asertos son agudos y exactos. Como la mejor muestra nos la ofrecen sus propias palabras, dejaré algunas de las citas que he subrayado en el tomo: “No hay nada que más sostenga en el mundo, después del cariño a una mujer, que el propósito de llevar a cabo alguna obra de fin impersonal y desinteresado”. “La ciencia es propiedad colectiva y el egoísmo debe quedar para tratantes de bacalao”. “Hoy creo que lo que hace falta es al publicar una nueva edición de una obra se debe hacerlo corregida y disminuida”. “El buen tono es la seriedad del burro: ir a dormirse a la Ópera”. “Si en mí consistiera ya se estaban quemando todas las obras de Calderón de la Barca, eterno desconocedor del corazón humano, gongorino inaguantable, teólogo echado a perder, sofista, inflador de gaita”. “Yo soy antidemócrata, creo que el pueblo es pueblo y no puede dar ni quitar patentes de talento. Estimo en más la opinión de cuatro inteligentes que el aplauso de todo un pueblo de profanos”. “El cura y el soldado son hermanos, los dos soportes de un mundo que se va, demasiado lentamente por desgracia”. “¡Qué verdad la de que se riega con sangre la fortuna y que debajo del proceso industrial hay un festín de antropofagia”. “Mientras haya ejércitos no habrá civilización”. “Ciencia que no tienda a filosofía no merece atención”. “La ciencia se está convirtiendo en superstición, el microbio va a ser una entidad teológica. ‘La ciencia dice...’”. “Comprendo que se coleccionen cosas naturalmente limitadas, como insectos, o históricamente limitadas, como monedas árabes, pero no objetos que se fabrican para coleccionistas. Eso de coleccionar tarjetas que se hacen para colecciones no me parece serio”. “Malo es leer libros para escribir sobre ellos (...). De entre todas las profesiones la peor es la de lector”. “El que piensa por su cuenta es progresivo, piense como pensare, y el que piensa por otros, es regresivo, así repita las mayores novedades”.

Un intelectual, sin duda, lleno de singularidades, admirable y odioso casi en las mismas proporciones. Sé que seguiré leyéndolo en los años venideros.

viernes, 17 de marzo de 2017

Epistolario completo Ortega-Unamuno



Me doy un paseo por el interesante, aunque breve (ay), Epistolario completo Ortega-Unamuno, en la edición de Laureano Robles. Y es un auténtico placer para la inteligencia descubrir las charlas, las conexiones, las afinidades y, también, las discrepancias respetuosas que mantuvieron estos dos titanes del pensamiento español del siglo XX.
En este fértil diálogo escrito que mantuvieron (y que desarrolla entre los años 1904 y 1917) nos es dado conocer el espíritu de ambos. Así, Miguel de Unamuno no temerá acudir a sentencias marmóreas, existenciales (“No quepo en ninguna parte, ni en mí mismo”), ni tendrá problemas en reconocer la condición a veces atrabiliaria o subjetiva de sus ideas (“No puedo probarme lógicamente”), ni su necesidad de sentirse rodeado por sus seres queridos (“Cuando salgo de casa, cuando dejo el hogar [...] me muero de frío”). Y don José Ortega y Gasset (que firma sus envíos al bilbaíno como “Pepe Ortega”) se pliega a consignar con dolor que la ingratitud es un hecho que lo circunda (“Habiendo hecho no pocos favores en esta vida a otros bípedos, no tengo un solo amigo”).
Estas misivas, datadas en lugares tan distintos como Bilbao, Salamanca, Madrid o Marburgo están salpicadas de alusiones interesantísimas a Joaquín Costa, Kant, Menéndez Pelayo, Carner, Goethe, Diderot, Homero, Platón o Nietzsche, del que Ortega y Gasset llega a decirle a su colega que “lo lea para huir de él. Las cosas de Nietzsche, que son todo menos profundas, son cosas sin dueño que flotan en la superficie de las aguas modernas y sin querer nos tropezamos con ellas”.

Un volumen encantador, enriquecedor y utilísimo para adentrarse por los pasillos interiores de dos mentes preclaras (paradójica una, metódica la otra) de nuestro panorama intelectual.

martes, 31 de mayo de 2016

Sombras de sueño



Miguel de Unamuno presenta una peculiaridad (que algunos tildan de problema y otros de seducción) en sus piezas teatrales: que están impregnadas de ideas, encarriladas con ideas, dirigidas hacia ideas y moduladas por ideas. No parece haber vida auténtica en sus personajes, ni diálogos “humanos”, ni situaciones “naturales”. Todo se antojan mecanismos y marcos dispuestos para la exposición y el desarrollo de una tesis, de tal modo que se produce en el lector (e imagino que en el espectador) una especie de asfixia conductista. El abrumador empeño que siempre manifestó por crear en sus novelas “personas” no palpita con igual intensidad en sus páginas teatrales, donde sobresalen el cartón piedra y el melodramatismo palabrero.
Los diálogos, en el mundo escénico de Unamuno, siempre pecan de filosofismo. Los habitan infinidad de juegos de palabras, paradojas, filigranas verbales de las que se extraen lecciones nuevas y hasta aventuras léxicas (como cuando Julio Macedo se aventura en estas páginas a proponer la palabra “poeta” para las mujeres y la voz “poeto” para los varones). Sus personajes entablan, más que diálogos al uso, auténticos duelos dialécticos llenos de ingenio e intelectualismo Pero quizá esas características (y lo apunto como posibilidad) no resulten menos disculpables que el lirismo o el prosaísmo de otros autores, que exploran unas directrices alejadas del habla media.
En Sombras de sueño se nos presenta a dos protagonistas principales: la joven Elvira Solórzano, que vive con su padre en una isla y que se refugia de la soledad leyendo continuamente la biografía del héroe Tulio Montalbán, de quien anda secretamente enamorada pese a las informaciones que lo declaran muerto; y Julio Macedo, un visitante foráneo que ha llegado a la isla y que, para sorpresa de sus habitantes, parece decidido a instalarse definitivamente allí. A partir de ese momento se produce un acercamiento entre ellos, que irá llenándose de matices sorprendentes.

Don Quijote, la fantasía, el cambio de identidad, el mar, la huida del propio destino, la Historia o el amor verdadero serán piezas de un puzle intelectual que no emociona pero que puede distraernos durante un par de horas.

domingo, 2 de noviembre de 2014

San Manuel Bueno, mártir



Ángela Carballino, una criatura que vino al mundo en la pequeña aldea de Valverde de Lucerna y que salió de allí durante unos años con la intención de estudiar en un colegio de monjas (“Pensando en un principio hacerme en él maestra, pero luego se me atragantó la pedagogía”), vuelve a su pequeño hogar, donde conoce en profundidad al cura del pueblo, don Manuel Bueno. Ahora, casi cuatro décadas después, nos deja un memorial donde intenta reconstruir el pensamiento, las torturas interiores y el devenir de este hombre atribulado, en el que descubrió una verdad terrible: don Manuel carecía de fe. Seguía ejerciendo su trabajo con la ilusión de que los habitantes del pueblo sí que creyeran “en todo lo que cree y enseña a creer la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica, Romana”, pero él mismo ignoraba las mieles de la esperanza.
Ángela y su hermano Lázaro, testigos directos y privilegiados de esta zozobra, no conseguirán reducir la angustia anímica del párroco, que sus conciudadanos desconocen. Y cuando fallece (emotiva decisión la de hacerse enterrar envuelto en unas tablas hechas con la madera del nogal a cuya sombra pasó su infancia), los dos hermanos quedan tan confusos como huérfanos.

Temáticamente, esta obra de Unamuno se ha ido empapando de un cierto olor a rancio, que desde luego no ayuda nada a su valoración actual. Alejados los lectores de esta especie de bucolismo arcangélico y ñoño que rodea a Valverde de Lucerna, resulta que sus personajes y su trama (aparte de poco originales ya de por sí) se tornan tediosos y de cartón piedra, como estampitas de Espigas y azucenas iluminadas por un rompimiento de gloria. De ahí que la obra ingrese en algunos instantes en la peligrosa zona del bostezo. No obstante, desde el punto de vista estilístico (si aceptamos perdonar su notorio abuso de referencias bíblicas), la novela sigue siendo agradable.

domingo, 30 de marzo de 2014

En torno a las artes



Con Miguel de Unamuno me pasa como ocurre con los buenos amigos: estoy de acuerdo con él, sentimos que fluye la armonía entre nosotros y, de inmediato, surge una desavenencia; nos enfadamos; nos distanciamos; nos juramos odio eterno; nos volvemos a juntar; tomamos café; reímos; aparece una veta nueva de amistad; nos adentramos en ella. Y se repite el ciclo, una y otra vez. Es casi imposible no pelearse con el narrador vasco. Es imposible no tener fricciones con él, porque a su condición de energúmeno (Julián Marías dixit) se le une su constante voluntad de picotear en todos los temas del universo, sobre los que se empeña en tener una opinión rugiente, marmórea... y sin embargo cambiante. Y tú, que eres una persona más normal, menos extremada, menos aspaventosa, te resistes a seguirle el juego con el radicalismo que él parece exigirte a cada paso. O conmigo o contra mí. Y tú optas cada vez por un camino diferente.
Después de leer En torno a las artes descubrimos lo que Unamuno pensaba del papel pedagógico, a veces ingrato, de los buenos autores teatrales (“La tarea de educar al público es penosa y rarísima vez sirve para sustentar al educador”, p.13); sobre la labor estética y psicológica que cumplen los representantes de las obras (“Dramas y comedias hay que si se mantienen es merced a los actores y personajes, que son creación, más bien que del autor, del actor”, p.18); sobre las relaciones entre literatura y cine, que conviene que situemos históricamente en su contexto del año 1923 (“Peliculear una obra literaria es despellejarla”, p.30); o sobre la condición paradójica de los auténticos pensadores (“El intelectual se está contradiciendo siempre, porque es, en esencia, un ser contradictorio”, p.144).
Y es que en este variado volumen nos encontramos con agudos análisis de obras de teatro; con interesantes aproximaciones a algunos artistas plásticos (Darío de Regoyos, Sorolla, El Greco), donde se incluyen frases para pensarlas (“Zuloaga pinta en español”, p.39); con aforismos estéticos (“Lo sujeto a moda es lo feo, no lo bello”, p.88); y hasta con algunos simpáticos juegos de palabras, en los que el viejo gruñón vasco-salmantino se adentra en una veta poco explotada (y poco explorada) de su narrativa: cuando se queja del carácter espectacular del teatro, nos dice que es una pena que el arte escénico se haya convertido en espejo “no de costumbres, sino de costumes” (p.21).

Seguiré peleándome con don Miguel, lo sé seguro, en futuros libros. Me gusta boxear con los pensadores inestables, profundos, atrabiliarios, excitantes...