viernes, 21 de junio de 2024

La última primavera

 


Muchos conocemos el dolor ancestral de perder a una madre, el desgarro inaudito de saber y asumir que quien te dio la vida ya no la posee, como si te hubiera entregado la antorcha, antes de cerrar los ojos y despedirse para siempre. Por eso, resulta conmovedor leer el modo en que la escritora Rosario Guarino rinde un homenaje poético a su propia madre, con tinta de lágrimas, en su obra La última primavera, que le publica el sello MurciaLibro.

Dueña de un sólido bagaje clásico (es continuo el fluir de nombres y citas, que añaden un delicioso aroma grecolatino al texto: Virgilio, Catulo, Homero), la mirada lírica de la autora repasa todos los pormenores del amor filial, de la erosión, de la languidez, de la belleza, del valor impagable de la amistad, de la tristeza, de la esperanza. Nos recuerda cómo se siente el corazón desde la ausencia de la madre (“Y soy como una casa abandonada / a la que devora la maleza / hasta quedar expuesta a la intemperie”); y lo importante que resulta comunicar el afecto, mientras aún es posible, a las personas vivas a quienes amamos (“Que si bello es vivir siempre / en el recuerdo de otros / aún más bello es que te abracen / y te digan que te quieren / cuando es posible sentirlo / y entender las diferencias, / y tomar unas cervezas / sin viajar al Paraíso. / Por si acaso el Paraíso / no supiera de cervezas”); y la tristeza insondable de no completar debidamente el ritual de la despedida (“¿Dónde irá sin adioses quien se marcha? / ¿Qué hacer con el adiós que se nos queda?”); o el necesario cumplimiento de la última voluntad, tan delicada, de la autora (“Plantad junto a mi tumba / un jazminero / y no olvidéis regarlo / con poesía”); o la forma en que se roza, en el último instante, el misterio más hondo y puro del vivir (“Ahora, tal vez, conozcas el secreto”).

Pero la grandeza de este libro no se detiene ahí, porque la editorial ha tenido la feliz idea de componer un volumen de doble lectura, en español y en griego (no olvidemos que la autora es profesora en la universidad de Murcia y doctora en Filología Clásica). Y además presenta el tomo con una bellísima ilustración de cubierta firmada por la pintora Carmen Molina Cantabella.

Ni estética ni literariamente se puede pedir más.

IMPRESIONANTE.

miércoles, 19 de junio de 2024

El linaje de Alou

 


Nora es una mujer a la que se detiene, acusada de brujería, durante los fieros años de la Inquisición. Pero consigue que su hija Liliana se oculte providencialmente en el bosque y quede a salvo de las garras de sus captores, instigados por el malvado don Teobaldo, señor del castillo de Alou. La niña, con la inestimable ayuda de un hombre de buena voluntad, consigue sobrevivir y llegar a la juventud. Y entonces la historia da un giro inesperado. El señor de Alou, casado con la hermosa doña Enara y padre del aguerrido Gossel (14 años) y de la pizpireta Griselda (6 años), ha tomado una decisión aparentemente inocua: quiere que todos los miembros de su familia queden inmortalizados en lienzos, que luego colgará en las dependencias del castillo. Para eso, y asesorado por su inseparable ayudante Hazdel, un soldado de enorme fidelidad, hace traer ante sí a Zacarías Mahaguz, un pintor ambulante de pericia legendaria y salud algo achacosa, quien acepta el encargo que el señor de Alou le propone. Con pinceladas sabias, Mahaguz consigue una imagen de Griselda que impresiona a todos por la exactitud de sus líneas; pero dura poco esta alegría, porque la pobre niña cae enferma y muere en un plazo brevísimo de horas. Pero es que cuando los pinceles de Mahaguz retratan a doña Enara, esta sufre un proceso de envejecimiento muy veloz; y cuando es su marido don Teobaldo el que posa para el retratista la debilidad lo erosiona hasta el punto de postrarlo en una cama… ¿Qué está ocurriendo? Gossel, con la ayuda de Hazdel, tendrá que descubrir qué diabólico mecanismo está erosionando a su familia, hasta el punto de colocarla al borde de la destrucción.

Nada más procede decir, salvo que el tinerfeño Daniel Hernández Chambers atrapa la atención hasta la última página y sale airoso del reto novelístico. Como está mandado.

martes, 18 de junio de 2024

Dentro de un siglo

 


Escrito y estrenado en 1921, el juguete cómico Dentro de un siglo, de Pedro Muñoz Seca, se construye sobre una idea tan simple como eficaz: la de imaginarse cómo será la ciudad de Madrid un siglo más tarde, cuando hayan triunfado las ideas de izquierda y se haya producido un cambio en las clases sociales. Así, nos encontramos en “Eureka”, una zapatería comunista en la cual trabaja como operario un antiguo duque, que debe mostrar sumisión ante un patrono más basto que unos calzoncillos de esparto. En el mundo laboral, las cosas han dado un giro brusquísimo, instaurándose la jornada de dos horas y cuarto y con un ritmo de trabajo que no estrese (“Los carteros no reparten al día más que once cartas cada uno”). Y en el mundo elegante de la nueva alta sociedad, los banquetes han experimentado una sensible alteración (“¡Vaya sopa de ajos, y vaya merluza a la vinagreta, y vaya morapio para rociarlo to!”). Un carbonero de Gibraltar ha sido nombrado embajador; los abogados se colocan en las esquinas ofreciéndose como repartidores; y un guarda de la Cibeles es el nuevo ministro de Marina. El gozo máximo consiste en no trabajar, porque lo importante es la felicidad y la holganza (“Aquí somos comunistas, y las alegrías de unos deben ser de todos”).

En suma, una pieza cómica, coyuntural y distraída, que no ha de tomarse más allá de lo que es: un divertimento.

lunes, 17 de junio de 2024

Tres maestros ante el público

 


Tres ensayos, deliciosamente escritos y hondamente atinados, componen este volumen que, con la firma de Antonio Buero Vallejo, lleva por título Tres maestros ante el público. Lo conozco desde hace años por sus piezas dramáticas (es uno de los grandes del teatro español del siglo XX) y también por sus apuestas artísticas (quién no recuerda su retrato de Miguel Hernández), pero su faceta de ensayista aún no la había explorado. Y qué delicia, oigan. Admirable.

En el primero de los trabajos reflexiona sobre los modos que tiene Valle-Inclán para retratar a sus personajes: bien observándolos desde abajo (“De rodillas”), bien situándose a su altura (“En pie”), bien juzgándolos desde la altura (“En el aire”). Y, sobre todo, aborda la manera en que esa óptica influye en la percepción que los lectores tenemos de ellos, en función del retrato de don Ramón.

En el segundo, analiza (con una minuciosidad impresionante y con detalles técnicos que anonadan) el manejo de las perspectivas y las líneas de fuga en el cuadro Las Meninas, para demostrar (me parece muy evidente que lo demuestra) que el espejo del fondo no reproduce la imagen de unos reyes que miran a Velázquez mientras trabaja, sino que refleja lo que el sevillano está pintando en el lienzo.

En el tercero (su discurso de ingreso en la Real Academia Española), se centra en los dramas de Federico García Lorca, que siempre supo colocarse del lado de quienes sufren y, por eso, su teatro “se incendia de sinceridad” (p.108). Con un buen aparato de conexiones y discrepancias, Buero va perfilando la posición de Lorca con respecto al teatro esperpéntico del noventayochista Valle-Inclán (que juzga de “maravilloso y genial”, pese a que lo catalogara de “detestable como poeta y como prosista”), hasta que el granadino alcanzó la plenitud trágica y social con sus propias piezas.

Al final, se cierra el tomo (el delicioso tomo) con la sensación de que han sido cuatro, y no tres, los maestros que han desfilado por delante de mis ojos.

Qué grande era Buero Vallejo.

sábado, 15 de junio de 2024

El último enigma

 


Estamos en Flandes, en el año 1564. En medio de la noche, la puerta del doctor Jacob Palmaert es golpeada nerviosamente por el abogado Bartolomé Loos, quien insiste en que lo acompañe a su casa, porque necesita de sus servicios como galeno especializado en enfermedades mentales. El doctor, mientras lo acompaña, se entera de que el abogado Loos es uno de los miembros de la Hermandad del Enigma de Salomón, y que el motivo de su angustioso requerimiento se basa en que los demás componentes de dicha sociedad, tras recibir un mensaje esotérico y leer su contenido, han ingresado de forma unánime en una extraña locura.

Pronto se incorpora a la trama, en una trayectoria anexa, el joven Ismael, sobrino del canónigo Sebastián Leiden. El muchacho trabaja en una posada, pero en realidad lo que está haciendo es controlar a los viajeros que transitan por la misma. Al fin llega alguien que atrae su atención, y el chico le comunica a su tío que, en su opinión, el recién llegado es un Maestro de Enigmas de la Hermandad. De hecho, y viendo que el desconocido se va de la posada antes de lo esperado, se apresta a perseguirlo a una distancia prudente. Se trata (lo descubrirá pronto) de Juan de Utrecht, un hombre sigiloso, precavido e inteligente, que se mueve con la habilidad de un felino y al que no resulta fácil espiar o controlar. Pero es que a la suma de inconvenientes que debe superar Ismael se suma el nombre de Lucas Lauchen, un inquisidor que, obsesionado con la figura de Juan de Utrecht, ha contratado a dos asesinos profesionales para que lo maten… y para que maten de igual modo al chico que lo acompaña.

Entretanto, los enfermos mentales retenidos en la mansión del abogado Loos no dejan de empeorar, ante el desconcierto del doctor Palmaert, quien no se muestra capaz de sanarlos. Uno de ellos, incluso, se suicida.

En ese punto entra en juego la prodigiosa habilidad novelística de Joan Manuel Gisbert, quien comienza a dar giros a la acción hasta conseguir que los lectores vayan de asombro en asombro, vertiginosamente embriagados. Una anagnórisis muy bien trenzada en los capítulos finales cambiará con inteligencia el rumbo de la obra. Una brillante narración, marca de la casa.

jueves, 13 de junio de 2024

La noche mágica

 


Estamos en el Territorio de los Roijales. El “infame Umayya, cuya soberbia le llevaba a denominarse Rey sin serlo” es un poderoso musulmán de Aspe que ha incurrido en la tiranía de rapiñar cuanto se encuentra a su alrededor, causando pobreza, miedo y estropicio a los lugareños. El rey legítimo es Kharuyn, famoso por sus artes mágicas y prendado de la infanta Rosvinda, quien no puede serle entregada en matrimonio porque ya se encuentra comprometida por su padre con el infante Fernando de Aragón. Celoso por ese presunto desdén que se le inflige, la rapta y reduce al papel de cautiva, concibiendo con ella a una niña (Zulaida). Luego mata al padre de Rosvinda y al infante Fernando.

Con ese sangriento punto de arranque se inicia la historia legendaria de “La Encantá”, una muchacha que se encuentra entre dos mundos (el cristianismo y el Islam) y que, escindida por lealtades contrapuestas, se ve sometida a una mágica venganza que la sumerge en las profundidades de la Tierra hasta que, en la noche de San Juan, alguien pueda acudir en su auxilio. En este relato, que Salvador García Aguilar acomete con una prosa bruñida y de aroma arcaizante, asistimos a batallas, emboscadas, hechizos, traiciones, envidias, mezquindades, amores y tristezas, que nos recuerdan a las viejas historias del mundo medieval y del folclore, que seguramente producirían escalofríos al escucharlas de noche, al amor de la lumbre.

Tampoco habría sido una mala idea leerla con esa ambientación, que me atrevo a sugerirles.

miércoles, 12 de junio de 2024

El legado de Hipatia

 


Sabemos que ciertos personajes de novela están más vivos que muchas de las personas con las que nos tropezamos por la calle. Igualmente sabemos que los libros pueden ser misteriosos, y sorprendentes, y mágicos. Que pueden intrigarnos, hacernos viajar, proponernos enigmas y perturbar nuestras seguridades, lanzando nuestra fantasía hacia fronteras insospechadas. Vicente Muñoz Puelles, en su relato El legado de Hipatia, nos ofrece una historia que participa de todas esas brujerías deliciosas: un escritor insomne está redactando una novela sobre Hipatia, mujer erudita de Alejandría que no goza del respeto del patriarca Cirilo, ni tampoco de los cristianos eminentes de la ciudad, porque esa mujer “enseñaba a razonar, a cuestionar las verdades establecidas. Ellos preferían un pueblo sumiso, crédulo, ignorante” (pp.15-16). Pero la confección de esta obra narrativa obliga a Muñoz Puelles a consultar un viejo ejemplar de la Alejandría de E. M. Forster, heredado de su abuelo. Y ahí comienza la auténtica aventura, porque el escritor advierte que los libros de su biblioteca parecen tener vida propia: vuelven solos a su sitio de la estantería (ansiosos por compartir la balda con sus iguales), se dejan caer al suelo cuando quieren llamar la atención, etc. Los libros se revelan entonces como seres vivos, dotados de sentimientos y voliciones, ahí donde las fronteras entre la realidad y la ficción ya no existen, o están desdibujadas por la niebla del fervor. Su abuelo, lector quijotesco, entusiasta y voraz, le transmitió la pasión por los libros (“Leía desde que se despertaba por la mañana, mientras desayunaba en el comedor y luego en la biblioteca. Leía en el lavabo y hasta en la bañera, donde había instalado una especie de atril. En plena gula literaria leía durante el almuerzo y durante la cena. Leía hasta que le vencía el sueño y entonces seguía soñando con libros, con historias y con caudalosos ríos de palabras”, p.31). Un día, se declara un incendio en la biblioteca del escritor protagonista, y la situación no acaba en desgracia merced a una intervención fantasmagórica, que da color y fantasía a las últimas líneas del texto.

Muy agradable lectura.