domingo, 26 de enero de 2020

Al envejecer, los hombres lloran




En ocasiones, un libro acierta a plasmar una escena que, en la mente del lector, se transmuta en inolvidable. Eso no significa, lógicamente, que la obra quede en modo alguno reducida a esa secuencia; sino que su poder visual o emocional se alza hasta el territorio del olvido imposible. A mí me gusta encontrarme con esas páginas, porque siento que cuando paso por encima de ellas una bocanada de aire fresco me inunda los pulmones. Por ejemplo, la tía Tula colocándose el bebé en su pecho vacío y pidiendo a Dios un milagro secreto; por ejemplo, el silencio terrible, espeso, casi gelatinoso, que rodea la muerte de Rocamadour; por ejemplo, aquel personaje que volvió a su pueblo afligido, sabiendo que fue durante unas horas el dueño de un secreto y que lo malbarató. Tres ejemplos entre cien.
Ahora, en la novela Al envejecer, los hombres lloran, de Jean-Luc Seigle (que leo gracias a la traducción de Adolfo García Ortega para el sello Seix Barral), acabo de disfrutar con dos de estas escenas, que quedan ya fijadas en mi álbum de eternidades. La primera acaece cuando uno de los protagonistas, el obrero Albert Chassaing, lava con delicadeza, ternura y pudor a su madre, desbaratada por el alzheimer; la segunda, cuando el maestro jubilado Antoine explica el paso del tiempo de una forma maravillosa: mostrando sus manos e indicando que fueron acariciadas por las de su abuelo, las cuales fueron acariciadas por las del suyo: una cadena de cuidados y amor que se aroma con el perfume de la eternidad.
En esta novela descubrimos que Albert Chassaing trabaja en la empresa Michelin, pero en su corazón palpitan tristezas acumuladas: haber renunciado a su alma de campesino; estar casado con una mujer que, aún hermosa y joven, le es infiel; tener un hijo destinado como soldado en el extranjero, donde podría encontrar la muerte si las circunstancias se torcieran; el desmoronamiento mental y físico de su madre, que apenas lo reconoce desde su burbuja ensimismada; y la vocación literaria de su hijo pequeño Gilles, al que pone en manos del señor Antoine para que encauce su aprendizaje y lo lleve a buen puerto… Sí, al aproximarse al final del camino los hombres lloran. Todos los mundos que se erosionan quedan, si se los sabe observar y reflejar bien, nimbados de una luz de ceniza. Y después, sólo el silencio.
Jean-Luc Seigle ha sabido plasmarlo con infinita languidez, sin histrionismos y con una literatura admirable. Compruébenlo.

sábado, 25 de enero de 2020

Mis paraísos artificiales




Se repite más que la cebolla, inútil sería negarlo, en algunas páginas (la descripción de su pelo, la lírica exaltación de su biblioteca, etc), pero me da por entero igual. El cabrón éste escribe como le sale de los cojones, y no hay quien le eche la pata en cuanto a calidad, ternura y preciosismo. Estoy hablando, como es lógico, de Francisco Umbral, de quien acabo de releer Mis paraísos artificiales (Argos, Barcelona, 1976). No me canso de acudir a sus obras.
Lo único discutible del tomo, tampoco lo voy a ocultar, son las poesías que incluye en él: no lo quiso el cielo para rimador, y lo dejó en poeta. Qué disparate de perfección, coño. En cada línea consigue alcanzar este hombre (por barrunto intuitivo) el adjetivo esencial, el ritmo mágico e insustituible, la prestancia sólida del verbo, la fluidez del alma hecha palabras. Te puedes morir después de leerlo, porque ya está dicho todo cuando acaba. Cervantes y Quevedo (el primero, por la prosa; el segundo, por la poesía implícita) estarían muy orgullosos de su descendiente.
No me resisto a copiar algunas de las frases que, sonriente o serio, he subrayado en el tomo: “Las mujeres quedan mejor descalzas. Más líricas. Un señor descalzo siempre queda un poco tío guarro”. “Ya que la literatura no da para ponerse las botas, al menos hay que morir con ellas puestas”. “La vejez es la chapuza final que la vida hace sobre todos sus bocetos anteriores”. “El título es medio libro. Escribimos casi siempre para llenar un título”. “La juventud es tan independiente y tan díscola que está llena de influencias”. “Para crear, es más fértil la memoria que la fantasía”. “Estamos con la cabeza en el futuro y con el corazón en el pasado”. “No se muere de una vez, sino que se va muriendo por edades, y llega una edad en que uno es un cónclave de difuntos”. “Más que los amigos importantes buscamos ya la importancia de los amigos”.

jueves, 23 de enero de 2020

Koundara




El mundo se ha tornado (si en realidad no lo ha sido siempre) quebradizo, turbio e inestable. Nada a nuestro alrededor parece sólido. Y el habitante del mundo se encuentra desorientado en esa modernidad líquida, para protegerse de la cual apenas localiza asideros, porque son invisibles o se divierten ocultándose. André Breton afirmaba que la belleza del futuro sería convulsa o no sería; quizá podría haber dicho lo mismo de la vida.
David Pérez Vega, en su volumen de relatos Koundara (Baile del Sol, 2016), nos pone ante los ojos a una serie de criaturas narrativas que, zarandeadas por ese oleaje, intentan encontrar un sentido a sus existencias: la chica que viaja a África para no centrar su pensamiento en el abandono que acaba de sufrir; la gestora inmobiliaria que, en medio de la crisis, descubre que se ha quedado embarazada; el muchacho de Maqueda que emigra a Londres, intentando encontrar allí una estabilidad y unos horizontes distintos a los que tenía en el bar de su padre; el joven maestro que encuentra trabajo en un centro de enseñanza privada y que deberá elegir entre la dignidad o la sumisión; la madre que centra sus mejores esfuerzos en reconducir la desastrosa marcha escolar de su hijo con TDA… Seres anónimos pero perfectamente identificables, porque nos rodean desde hace años. Seres que toman café, pasean por la ciudad, se aventuran a practicar sexo con desconocidos o ayudan a otros a mudarse de vivienda. Seres que retratan, desde su universo de tinta, la realidad de carne y lágrimas de miles de otros seres. 
El autor madrileño, a pesar de las dificultades que suponía colocarse frente a tantos escenarios y psicologías, ni incurre en el simplismo ni en los clichés: al contrario, sale victorioso en cada relato y en cada página, gracias a una prosa excelente, a un envidiable sentido del ritmo y a la conmovedora eficacia con que consigue que nos sintamos en todo momento próximos a sus criaturas.
Sin duda, muy recomendable.

miércoles, 22 de enero de 2020

Nacimiento de los fantasmas




Termino Nacimiento de los fantasmas, la segunda novela de la francesa Marie Darrieussecq, que traduce María Teresa Gallego Urrutia (Anagrama, 1999). Tras su obra Marranadas, quería corroborar si merecía la pena seguir leyendo a esta escritora o quizá no tanto.
En esta segunda entrega nos informa sobre la aburrida historia de una mujer que ha sido abandonada por su marido y que dedica todo su tiempo a darle vueltas a la cabeza, calibrando cómo habrá de ser su vida desde ese instante. Y me apresuro a explicar que el adjetivo “aburrida” no se lo adjudico a la materia narrativa en sí (el abandono siempre es una circunstancia triste y dolorosa), sino al tratamiento literario que la narradora gala despliega sobre el asunto. Porque ahí, me parece, no anda muy fina. Las reacciones, frases e ideas de la protagonista me suenan siempre a falsas, a sentencias seudointelectuales que no consiguen trasladar al lector la derrota, el desierto interior, la tortura o las lágrimas que esta mujer debe de sentir en esos momentos.
Sigo, pues, con mis dudas sobre el talento literario de Darrieussecq; pero no sé si me animaré con una tercera producción, habiendo tantos otros autores que a la primera o a la segunda me han convencido. El tiempo lo dirá.

lunes, 20 de enero de 2020

Criaturas del aire




Acabo Criaturas del aire, del filósofo y ensayista Fernando Savater, un tomo en el cual el pensador vasco repasa —dejándoles voz y permitiendo que sean ellos mismos quienes se expongan ante los ojos del lector— la vida o ideas de algunos de sus personajes literarios favoritos.
Es fácil deducir que, con esa temática y con la capacidad seductora que tiene la pluma de Savater, nos encontramos ante un libro ameno, bellamente escrito, entusiasta y bastante galvanizador. Si tuviera que aupar algunos de los monólogos a un “peldaño” superior al resto, yo me decantaría por los de Desdémona (4), Dulcinea (8), Phileas Fogg (11), Peter Pan (17), Justina (23) o El Hombre Invisible (26). Sin que ninguno de los que cobija el volumen sea desdeñable, creo que éstos son especialmente sugerentes. Y el último, dedicado a sí mismo (31), es fantástico.
Anoto aquí dos frases, por su sentido del humor. En la primera, Savater aplaude las especias demoníacas que alegran nuestra existencia (“Hasta Dios bostezaría sobre nuestras vidas si Satán no colaborase en el argumento que representamos con su dosis de picante”); en la segunda, aventura una hipótesis simpática, que dará que pensar a más de uno (“No entiendo por qué se supone que cada cual tenemos nuestro ángel de la guarda y no en cambio nuestro también individual demonio de la predicción”).

domingo, 19 de enero de 2020

El secreto de la baronesa




Doña Eulalia, a quien todos en el pueblo llaman “la baronesa” pese a que el título corresponde en realidad a su hermano, que vive en Madrid, es la mujer más poderosa y respetada de la localidad. Desde su juventud mantiene una imagen impoluta de dama chapada a la antigua, huérfana de modernidades, temerosa de que el pecado entre en ella, amiga del obispo y de las fuerzas vivas y casada con un hombre licencioso, que desde su desaparición no ha dejado más huella que la hija común: Marina. Es, también, la protectora del hijo de un labriego, el joven Sebastián, para quien la baronesa ansía la condición áurea de sacerdote. Todo el rancio equilibrio de esta escena se quebrará estrepitosamente cuando la dama descubra que su hija está embarazada, y que el padre no es otro que su protegido Sebastián. ¿Cómo afrontar la indignidad que, en opinión de la baronesa, comporta ese embarazo?
Muchos años después, cuando doña Eulalia se encuentre ya en su lecho mortuorio y esté a punto de entregar su alma a Dios, Marina querrá saber qué sucedió con su hijo, que le fue arrebatado desde el mismo instante del nacimiento. Y escuchará de labios de su madre una verdad que la estremece.
Novela de aroma galdosiano (imposible no recordar a doña Perfecta), El secreto de la baronesa se ofrece como una narración atractiva, en la que la intensidad del enigma se va dilatando de forma bien pautada y en la que el final conmociona al lector con su sorpresa. Otra muestra del oficio de Blasco Ibáñez, siempre eficaz en sus novelas cortas.

sábado, 18 de enero de 2020

Rondó veneziano




En 1985, a la escritora Juana J. Marín Saura le nació entre los dedos un nuevo libro, que le publicó el ayuntamiento de Alcantarilla. Se trata de Rondó veneziano. En él se diluye la rima y se relaja ostensiblemente la métrica, adquiriendo las metáforas e imágenes que burbujean en sus páginas una densidad pasmosa. Los adjetivos se vuelven mucho más creativos (“plazas sonrientes”, p.40; “la lectura soleada del periódico”, p.43); e incluso alcanza la suficiente confianza poética como para jugar más arriesgadamente, utilizando algunos sustantivos como elementos adjetivadores (“manos golondrina”, p.23; “calendarios luciérnaga”, p.60).
Pero lo que más llama la atención es la cantidad de vocabulario que guarda relación con el mundo de la música, circunstancia nada extraña si tenemos en cuenta los estudios que la poeta realizó en el Conservatorio: pentagramas, acorde, Stradivarius, acordeones, compás, Albinoni, Mahler, claves de sol y de fa, flauta dulce, orquesta, adagio, sitar, clavicordio, concierto, diapasón, violín, notas o sinfonía son algunas de ellas.
Temáticamente, nos sigue hablando del dolor (“mi queja de pájaro exiliado”, p.17), del hondo desgarro que le procuró la separación de la persona amada (“Te dije adiós y las madrugadas se volvieron infinitas”, p.20) y de la constante memoria que esa persona le sugiere (“Y te aguardo, preguntando a las hojas de mis libros / por el paradero de tu suerte, / y te aguardo todos los segundos de mi vida, / todas las gotas de sangre que me forman, / todas las angustias que me oprimen, / y te aguardo como el perro fiel aguarda / la señal segura de su amo”, p.58).