jueves, 13 de agosto de 2020

La mitad del diablo




La idea de partida es buena: redactar trescientos treinta y tres pequeños relatos de extensión decreciente (hasta llegar al último, que se componga de una sola palabra). El título también es bueno (puesto que se ha elegido ese número, La mitad del diablo no puede ser rótulo más oportuno, habida cuenta de la identificación del demonio con las cifras 666). Pero una vez establecidos esos parámetros para el tomo se trataba de conseguir que éste fuera brillante en su formulación literaria y llamativo en sus argumentos.
Huelga decir que Juan Pedro Aparicio (León, 1941), maestro de narradores, lo consigue de sobra. Moviéndose en un sugerente arco de tonalidades temáticas (la Inquisición, la guerra, el sexo, los bomberos infieles, los escritores insatisfechos, la reencarnación, los asesinos seniles, los gladiadores escrupulosos, la muerte), nos va entregando pequeñas joyas llenas de imaginación, de las que se sale con una sonrisa, con un cabeceo valorativo e incluso, en algunas ocasiones, con cierta saliva amarga que cuesta tragar. Y la verdad es que tiene un mérito enorme, pues construir y desplegar en un solo tomo más de tres centenares de microhistorias y que el lector no se sienta fatigado constituye una demostración flagrante de que nos encontramos ante un magnífico fabulador, lleno de fantasía, experiencia y recursos.
Admirable siempre por la calidad de su prosa, Juan Pedro Aparicio logra en este libro (que publica el sello Páginas de Espuma) un álbum perdurable de relatos, que se puede abrir por cualquier parte, cada cierto tiempo, para ofrecernos un grato remanso de buena literatura.

miércoles, 12 de agosto de 2020

Días en blanco




Me ha ocurrido muchas veces que, tras comenzar un libro y tener la impresión de que iba por mal camino (argumental o estilísticamente), he decidido resistir unas páginas más antes de sucumbir a la tentación de abandonarlo de modo definitivo. Y me ha ocurrido también algunas veces que esa paciencia (o quizá cabezonería) me ha permitido descubrir que la obra finalmente remontaba el vuelo y lograba gustarme. Con Días en blanco, la poesía completa de José Luis Sampedro, me ha ocurrido esto último.
Mi mujer, sabiéndome admirador del novelista de Barcelona, me regaló hace pocos días el magnífico volumen que, editado por José Manuel Lucía Megías (catedrático de Filología Románica en la Complutense), publica magníficamente el sello Plaza & Janés; y me puse de inmediato a leerlo. Para mi perplejidad, sus primeras páginas estaban llenas de poemas insustanciales, escasamente rítmicos, poco airosos en la forma y convencionales en los temas y vocabulario (hasta 67 veces he subrayado la palabra “primavera” en sus líneas). Pero estaba ante José Luis Sampedro, fautor de sirenas y sonrisas etruscas, así que lo razonable era tener un poco de paciencia. Y el experimento salió bien.
Conforme se va avanzando por esta extensa selva lírica, los poemas se van haciendo más altos y más hondos, se llenan de aromas filosóficos (y hasta de guiños económicos), se impregnan de serenidad y nos dejan en los ojos bellísimas reflexiones sobre la vida y el paso del tiempo. Sampedro se convierte en un gran cultivador del ritmo endecasílabo y octosílabo; maneja los encabalgamientos con elegante soltura; y sus imágenes se van llenando de originalidad y de fuerza. Lo vemos hacerse poeta; lo sentimos haciéndose poeta. Bastará con recomendar al lector que se detenga en las páginas 78, 127, 222, 291 o 293 para convencerlo de la brillante solidez que el autor de Octubre, octubre o de Congreso en Estocolmo logra en el ámbito de la poesía.
Pero es que este libro nos guarda para el final una guinda jocosa: los poemas de humor que Sampedro fue componiendo durante años, con ocasión de reuniones profesionales, críticas a la dictadura franquista o cachondeos literarios. Cerrar un volumen diacrónico con estas perlas constituye todo un acierto, que el lector agradece con sus sonrisas.

martes, 11 de agosto de 2020

Encuentros con libros




Siento una fuerte inclinación por este tipo de libros, y reconozco que resulta muy peculiar. ¿Qué me lleva a leer una serie de textos donde se habla de Paul Claudel, Richard Friedenthal, Albert Ehrenstein, Friedrich Gundolf o Rudolf Kassner (autores a quienes no he leído y a quienes, presumiblemente, tampoco leeré en el futuro)? Y la respuesta es cristalina: el hecho de que sean páginas compuestas por Stefan Zweig. Más claro, el agua. Siempre me han gustado los libros de este genio vienés, que procuro frecuentar periódicamente para no alejarme demasiado tiempo del aroma de su prosa.
Así que cuando mi suegro, a principios del mes de julio, me regaló Encuentros con libros (traducido por Roberto Bravo de la Varga) y me puse con él, resulta fácil comprender que de inmediato quedé seducido por sus análisis. Entendí y valoré mucho más, obviamente, aquellos que dedicaba a Rainer Maria Rilke, Walt Whitman, Thomas Mann, Flaubert o Balzac; pero en cada una de sus doscientas cincuenta páginas disfruté de algún giro, de alguna metáfora, de algún aforismo, de alguna adjetivación. Acercarse a Zweig es acercarse a una sensibilidad con la que, en ocasiones, entras en desacuerdo, pero frente a la que siempre mantienes una posición de respeto y de admiración, pues la intuyes sincera. Igual que aplaudes frases como la que desliza en la página 8: “Desde que existe el libro nadie está ya complemente solo”.
En su abordaje a la obra de Goethe o de Rilke, el vienés insiste en que convendría leer la obra completa de ambos, para hacerse una idea orgánica de su aportación al mundo de la literatura. No sería disparatado afirmar lo mismo del propio Zweig, cuyos trabajos dibujan un firmamento de atractivos cuerpos celestes.
Admirable.

lunes, 10 de agosto de 2020

Ronda de solos




Óscar Reloj Casius (entenderá la broma quien lea el libro con atención) es un músico de jazz que, cuando llega a Asturias para celebrar un concierto en la sala Barbados (sus tres compañeros vendrán un par de días después, desde Teherán), se lleva la desagradable sorpresa de descubrir que le han robado su saxofón en el aeropuerto. Pone la correspondiente denuncia ante la policía y, durante un par de jornadas, se dedicará a vagabundear por Avilés en busca de una tienda de música donde hacerse con un nuevo saxofón. Pero ese rastreo, lejos de plegarse a parámetros canónicos, está más bien modulado por la improvisación típica del jazz: Óscar camina por las calles, observa a la gente y se deja llevar por una magia urbana casi cortazariana … Dejemos que sea él mismo quien nos explique la situación: “Siento que el mapa de Avilés todavía es un desconocido, que antes de estar seguro de que estoy perdiendo el tiempo debo cartografiar cada centímetro cuadrado de este mundo. No estoy navegando por un río con principio y fin. No estoy resolviendo un puzle con todas las piezas a la vista. No estoy leyendo una novela que permita la trampa de curiosear en la página final. Realmente estoy solo en un lugar desconocido” (p.42).
Esa desbúsqueda le hace encontrarse consigo mismo, con aquel niño al que sus padres encomendaron a un profesor de guitarra y que, al descubrir cierta tarde un disco legendario de Miles Davis, se sintió ya para siempre atrapado por los anzuelos del jazz, ese ámbito cuyos solos constituyen “instantes encadenados de ingenio” (p.37) y cuyo hábitat natural “es la encrucijada” (p.75). Por un lado, Óscar se sabe músico, así que su trabajo consiste en “envolver sorpresas en papel de regalo” (p.93); pero en estas horas aciagas en que deambula de un lado a otro sin su saxofón, el abatimiento lo erosiona: “Me abro a las confesiones: que no me siento un músico real, que soy más bien un no-músico, un tipo con cuatro sentidos, que soy testigo a cámara lenta de mi fracaso” (p.62).
Libro de sonidos y silencios, de búsquedas externas e internas, de revoluciones y resignaciones, esta Ronda de solos constituye una interesante narración del madrileño José Luis Carrasco, que publica el sello Boria Ediciones con una gran ilustración de cubierta de Diana Escribano Henarejos.

domingo, 9 de agosto de 2020

El origen perdido




Personalmente, siempre me han parecido absurdas e histriónicas esas frases acerca de que sólo debemos leer libros que nos perturben, nos estremezcan y nos cambien la vida. O sea, “el hacha que rompa el mar helado que tenemos dentro”, como decía el exagerado de Franz Kafka. Yo creo (siempre que estén bien escritos) en los libros que perturben, en los libros que distraigan, en los libros que te hagan llorar, en los libros que te hagan reír, en los libros esenciales, en los libros superfluos, en los libros gordos y en los libros anoréxicos. Nunca me pongo la corbata para leer, ni me almidono el cuello de la camisa, ni me arrellano en una butaca con mirada interesante de pensador. Me siento con un café, abro el libro y dejo que me hable. Ya está. Sin más misticismos, ni más pedanterías.
Por eso, de vez en cuando me sumerjo en libros de Dean Koontz, Noah Gordon y otros autores que, etiquetados casi peyorativamente de “bestsellers”, provocan fruncimientos de cejas en los lectores más prejuiciosos. A mí, como digo, si las obras están bien escritas y me llevan por un sendero agradable, no me supone ningún problema aplaudir.
Y hoy aplaudo con energía la novela El origen perdido, de la alicantina Matilde Asensi, quien nos propone un viaje alucinante que, partiendo desde Barcelona y teniendo como protagonistas a tres hackers de alto nivel, nos conduce hasta el interior de las culturas aymara e inca, llenas de tocapus, yatiris, inscripciones misteriosas, pirámides ocultas bajo tierra, selvas llenas de peligros, tribus ancestrales y poderosos hechizos. Y todo ello, construido sobre una extensa documentación, que se advierte en todas las páginas pero que jamás (y es un alto logro) entorpece la fluidez de la lectura. Este mundo precolombino, de cráneos deformados y sugerencias extraterrestres (publicado varios años antes de que Steven Spielberg filmase su película sobre las calaveras de cristal) se convierte en un prodigioso imán que te mantiene aferrado al libro y con la respiración muchas veces alterada. Arqueología, historia, psicología y magia son manejadas de una forma ingeniosa por una novelista que tiene el rarísimo don de enseñar, seducir y entretener a los lectores sin que la calidad literaria se resienta.

sábado, 8 de agosto de 2020

Arteratura




Todos los relatos que se incluyen en este libro están vertebrados por un vínculo que los relaciona y que, juguetón, viene insinuado en el título del tomo: el mundo del arte. En ocasiones, nos encontraremos en el ámbito de la literatura (y los nombres de Antonio Muñoz Molina, Julio Cortázar, Lewis Carroll, García Lorca, Cervantes, Hemingway o Tolstoi impregnan y condicionan la realidad de los personajes); otras veces, será el universo armónico de la música el que se extienda por el relato (John Lennon, un anónimo guitarrista, Beethoven); y otras, en fin, será la magia insondable del cine (encarnada en las figuras famosas de Jack Lemmon, Clint Eatswood o Roberto Benigni) la que sirva como bastidor para que el cuentista jienense esculpa su propuesta.
El resultado es un libro espléndido, diamantino, en el que advertiremos brillos diferentes según la faceta sobre la que posemos los ojos: los secretos amorosos y virulentos que el corazón humano puede albergar (“El sol de los muertos”); la melancolía que a veces se esconde en las habitaciones cerradas de nuestro pasado (“Días de vino y rosas”); las turbulencias a las que puede conducir un ejercicio de deslealtad (“Strawberry fields forever”); la grandeza que anida en el corazón de los más nobles, que con un gesto minúsculo son capaces de aliviar el alma herida de otras personas (“Duelo al sol”); la venganza reversible que se desliza entre una emperatriz despechada y un genio musical soberbio (“Concierto de Año Nuevo”) o la denuncia del mundo bélico a través de un accidente y una novela de lectura inacabada (“Guerra y paz”).
No resulta extraño que casi todos los relatos de este volumen (que publica el sello Malbec) hayan obtenido aplausos y galardones en importantes certámenes de cuento por toda España: desde el Gerald Brenan o el Hucha de Oro hasta el Unicaja o el Encarna León.
Francamente bueno.

viernes, 7 de agosto de 2020

Academia Zaratustra




Resulta difícil pronunciarse sobre el espíritu que preside o gobierna las páginas de Academia Zaratustra, del jerezano Juan Bonilla. ¿Nos hallamos ante un libro de viajes? ¿Ante una aproximación a la filosofía de Nietzsche? ¿Ante un ensayo sui géneris?
Conocemos desde el principio a un andaluz que ha decidido emprender un viaje por Dinamarca, Suiza y Alemania, pero que rehúye todo tipo de noticias sobre los lugares que va a visitar, para que la sorpresa resulte absoluta (“Nada más peligroso que hacerse ilusiones, pues cuando lleguen las decepciones no tendrá uno a quién culpar de su frustración”). Lo único que tiene claro es que va a atravesar “países en cuyas lenguas yo sólo sabía guardar silencio”, y esto le permite enfrentarse a personas, paisajes y monumentos con total ingenuidad, salvo el leve hilo hilvanador que supone ir buscando las diferentes academias Zaratustra repartidas por el continente (unos extraños centros educativos donde se enseñan las doctrinas contenidas en el célebre volumen del filósofo alemán)… De Basilea le llama la atención la inexistencia de espejos; en Montreux se interesa por la estela que dejó el novelista Vladimir Nabokov; en Ginebra visita la tumba de Jorge Luis Borges (y aprovecha para deslizar un comentario malévolo sobre “José Ángel Valente, el poeta mil veces laureado por las instituciones que siempre se queja de que es un francotirador al que desean reprimir”); en Berlín rememora la figura de la ambigua cineasta Leni Riefenstahl; y en Copenhague aprovecha para hablarnos del reducto utópico de Cristiania, una comuna libertaria en la que no rigen las leyes del país y en la que, como en el resto de lugares del mundo, “cada cual es dueño de inventarse sus certidumbres”.
Y, sobre todo, lo que nos encontramos en este volumen es la prosa magnífica de Juan Bonilla, siempre elegante, musical y lírica, que encandila y convence. Es uno de esos autores a los que conviene conocer a fondo, porque raro resulta no salir maravillados de sus obras.