domingo, 17 de enero de 2021

Retorno a Roissy

 


La bella, arrebatadora, sumisa O constituye uno de los iconos de la literatura erótica del siglo XX. Podremos objetarle todos los análisis, vituperios o críticas que queramos, pero su popularidad y su solidez constituyen un hecho apenas contestable. Es fácil suponer que lo que representa esta mujer (que acepta ser la esclava sexual de Sir Stephen y que, por el amor y la fascinación que siente por el enigmático personaje, está dispuesta a entregarse a otros hombres) asombre o irrite a muchas mujeres. Es natural. Pero quizá no sea menos cierto que su figura responde a ciertas pulsiones íntimas, tan profundas o anómalas que no todo el mundo está dispuesto a confesarlas abiertamente.

En esta especie de segunda parte de su historia, O, tras ser marcada a fuego por Sir Stephen y ser anillada en la vulva, acepta ser conducida hasta Roissy, una especie de hotel o balneario de lujo donde todos los visitantes tendrán derecho a usarla, previo pago. ¿Se ha convertido, sin darse cuenta, en una prostituta de lujo? O tendrá que mostrarse complaciente con todos ellos, recibir sus azotes, guardar silencio y excitar al máximo a quienes su preceptor (y amado) le indique. No hay negociación posible. Ése es su horizonte de servidumbre y sexo a partir de ahora.

¿Sórdido? Puede ser. ¿Desasosegante? Ciertamente. ¿Incomprensible? Mucho. ¿Turbador? Sí.

Pero algo oscuro, inexplicable y potente te obliga a avanzar por las páginas, para ver a O siendo bañada, maquillada y usada por unos y otros.

Este perverso juego excitante fue concebido por la escritora francesa Anne Cécile Desclos, que firmaba sus libros como Dominique Aury, pero que prefirió manejar el seudónimo de Pauline Réage para publicar esta obra.

sábado, 16 de enero de 2021

Memoria de una obsesión

 


Existe un momento en nuestra vida (al menos uno) en que detenemos el paso, reflexionamos sobre nosotros mismos, tragamos saliva y nos asaltan las preguntas terribles: ¿es esto lo que de verdad quería? ¿Este camino por el que avanzo es el que soñaba recorrer? ¿Debo continuar por inercia o sería más inteligente cambiar de horizonte, de brújula o de zapatos? Los protagonistas de esta novela de Pedro Antonio Martínez Robles se ven atravesados también por esos interrogantes, que erosionan su presente y comprometen su porvenir: Segundo Ayala, que ha sido durante años un discreto funcionario municipal y un fiel marido y padre de familia, se verá asaltado por el deseo hacia una mujer que no es la suya; Adolfo, un peluquero homosexual al borde de la jubilación, vive condicionado por el recuerdo de un amargo error de su pasado, que regresa cíclicamente en sus pesadillas; Emilia Villalba, propietaria de un gimnasio y aherrojada en un hogar acre e insatisfactorio, descubrirá una rendija por la que entrará nueva luz a su existencia... Pero también podrían ser recordados el iracundo Benito, el misterioso JB, el inquietante Tomás o el frágil Matías. Todos ellos constituyen los puntos que, unidos por finas líneas invisibles, trazan el universo narrativo de San Valentín, una pequeña localidad murciana que está salpicada de rumores, hipocresías y vigilancias vecinales, que asfixian la vida de los espíritus más libres.

Si con Luz de cobre, el escritor ya nos había demostrado su maravilloso dominio de la prosa, en Memoria de una obsesión corrobora esa línea y nos ofrece una narración espléndida, aliñada con dos atroces sucesos en sus últimas páginas, que nos aporta agudas reflexiones sobre el ser humano, el sentido de la vida, los dulzores y amarguras del amor o la manera más sensata de afrontar nuestras propias incoherencias. Un libro muy recomendable.

jueves, 14 de enero de 2021

La caña de pescar

 


Que los sueños han constituido, en la historia de la literatura, una fuente casi inagotable de inspiración para poetas, narradores y filósofos no es asunto que pueda discutirse: desde Pedro Calderón de la Barca hasta Fernando Arrabal, desde Quevedo hasta Borges, desde don Juan Manuel hasta Hölderlin, desde Gonzalo de Berceo hasta Shakespeare, se ha acudido a ese venero para intrigar a los lectores y sumirlos en una atmósfera de felicidad o pesadilla que procedía del mundo onírico.

El dramaturgo Claudio de la Torre revisita ese fértil territorio en su pieza La caña de pescar, que se estrenó en 1958 y que fue saludada por el crítico Gonzalo Torrente Ballester, quizá con un punto de benevolencia, en la prensa de entonces.

Aquí nos encontramos en la modesta vivienda donde el matrimonio formado por Adriana y Ramón. Ella es una joven soñadora, divertida, alocada y risueña; él es calmado, racional, práctico y sensato. Adriana, interrogada por su marido, le explica de un modo candorosamente dulce por qué es tan fantasiosa: “Me da mucha pena que pasen los años, que se nos termine la juventud, y sigas tú trabajando todos los días en la oficina, en ese trabajo monótono, aburrido…”. Le da a entender de esa manera tan firme que soñar equivale a salir volando, a evadirse, a pensar en mundos mejores. Ramón, entre admirativo y perplejo, le responde con una sonrisa: “Has conseguido, al fin, dar a los hechos más triviales un aire sobrenatural”.

Pero ambos temperamentos chocarán cuando Adriana tenga un sueño en el que cree ver a su tío Federico, que vive en América y que parece invitarla a salir a pescar. Desde ese instante se sucederán las más extrañas visitas y los más curiosos equívocos: un visitante que les trae un regalo de su recién fallecido tío, unas fotografías antiguas, un taxi ocupado por varias personas que participan tangencialmente en la historia, unos tejados y unas chimeneas que parecen confundirse con el mar… Imaginativa y algo artificiosa, esta pieza nos permite asistir a un espectáculo de casualidades, reflexiones sobre el sentido de la vida y sueños que, por el solo hecho de desearlos, se terminan cumpliendo.

La caña de pescar no supone una convulsión en la historia del teatro, pero se lee con simpatía.

miércoles, 13 de enero de 2021

Caligrafía de la nieve

 


Antonio Marín Albalate. Caligrafía de la nieve. Poemas breves, como copos. Poemas de blancura, porque blanca es siempre la esperanza del amor. Poemas tristes, porque la espera a veces se tiñe abruptamente de amargura. Poemas donde aletea un lenguaje recortado, finísimo en su conceptismo, desnudo de oropeles, verdadero y erguido. Poemas como suspiros, como pensamientos congelados, donde todo está dispuesto con milimétrica precisión para emocionar desde la sencillez.

Leí este libro hace una década y quise releerlo más adelante, para mejor sentir su frío, su agua, su levedad. Se complicó la vida y el proyecto se fue dilatando, pero ya está aquí la hora. Los relojes siempre son memoriosos.

Subrayo sus juegos verbales (“Asombro y sombra”, “Verte como vértice”, “Hilo de hielo”, “almizcle en su mezcla”); trato de desentrañar los enigmas íntimos (¿Isa, Ana, Eva?) que algunos versos me dibujan como reto (“Digo las tres definitivas letras de tu nombre –consonante arropada por dos vocales–”); me entristece la aforística declaración de melancolía que impregna algunas líneas (“nieve negra lloro”).

Un libro que te va calando lentamente y te hace suyo.

Como la nieve.

lunes, 11 de enero de 2021

Las corrupciones

 


Hay dos tipos de libros, si los contemplamos desde la perspectiva del paso del tiempo: los que no envejecen y los que sí lo hacen. Y dentro de los que sí acusan el paso del tiempo se podría establecer otra bifurcación: los que envejecen bien y los que envejecen mal. En ocasiones, descubrimos con una infinita tristeza que ciertas obras que nos maravillaron durante la adolescencia o la juventud se nos desmoronan cuando las revisitamos en la madurez. ¿Nos hemos hecho viejos nosotros o han sido ellas? Por instinto de protección (o quizá por una mera cuestión de vanidad), tendemos a creer que son ellas quienes se agrietan, se enmohecen o pierden lustre.

Hacia mis 16 años, más o menos, leí Las corrupciones, de Jesús Torbado, una novela que se publicó el año en que yo nací. Y me fascinó. Me llenó de ventoleras existenciales, de ganas de viajar, de aprender idiomas, de conocer otros mundos alejados del mío. Ahora, casi cuarenta años más tarde, no me produce ninguna impresión. Le veo las costuras, los tics coyunturales, las ideas manidas, los trucos del oficio. ¿Qué conclusión extraigo? Ninguna. O al menos ninguna negativa. Me siento feliz de haber sido un lector juvenil de esta obra, y le tributo una enorme gratitud por las sensaciones que me deparó. Que ahora me deje frío no tiene por qué ser un demérito atribuible sólo a la obra.

Anoto aquí las frases que subrayé con lápiz rojo hacia 1982: “El amor de los hombres es infinito y cada día se alarga y se alarga. Pero a mí se me rompió”. “Un hombre se hace comunista o fraile cuando decide ser feliz de un modo concreto que excluye a todos los demás, o bien cuando alguien le engaña advirtiéndole que sólo allí encontrará la verdadera felicidad que busca”. “Como todo ser inteligente, no se dejaba llevar por ideas prefabricadas, por consignas de partidos”. “Querer corregir a los demás es querer que sean infelices”.

domingo, 10 de enero de 2021

El demonio escondido

 


El infierno (lo aseguraba Jean-Paul Sartre) son los demás. Y algún hilo de esa idea debe de moverse por la cabeza de Alejandro, un chico que, a sus catorce años, ha sentido muy cerca al Demonio y, devorado por la angustia y el temor, se obstina en acabar con él. Porque, además, sabe perfectamente dónde se refugia ese representante del Mal: en las dependencias del instituto Francisco de Asís, de Murcia. Él ha oído sus pasos, olido su fetidez, sentido su tacto infame y notado la cercanía purulenta del Señor de las Tinieblas. Debe eliminarlo. Debe acabar con esa pesadilla, que quizá amenace pronto al resto de estudiantes del centro… Pero lo que realmente ocurre es muy distinto: el cadáver de Alejandro aparece en el patio del centro escolar. En apariencia, se ha lanzado desde la azotea para buscar la muerte. ¿Suicidio? ¿Asesinato?

El inspector Augusto Salas (que goza de un prestigio profesional muy sólido) y la policía Carmen Reverte (llegada desde Madrid para apoyar en la investigación) tomarán las riendas de la extraña muerte, que pronto se complica con otra y con una serie de oportunos accidentes que parecen destinados a intimidarlos y que abandonen sus pesquisas.

Religiosos ambiguos, interminables obstáculos administrativos, descubrimientos sorprendentes y, sobre todo, una atmósfera cenagosa, propiciada por la excelente mano narrativa de José Antonio Jiménez-Barbero, van envolviendo al lector, que nota cómo su sistema respiratorio se ve en ciertos tramos de la obra alterado por el ritmo de la novela. Y que, desde luego, termina aplaudiendo el desarrollo de la acción y su final luminoso.

No es nada extraño que la obra recibiera el premio Palin del año 2018: es una magnífica propuesta negra, que se lee con inquietud creciente y que resulta imposible de abandonar hasta su última página.

viernes, 8 de enero de 2021

Las maletas del viajero

 


Existe una magia inexplicable que te une de manera invisible con los escritores. Y es una magia que se advierte por regla general desde las primeras páginas suyas que lees (o que, en casos excepcionales, se conquista con tenacidad y paciencia). Si esa magia no brilla, es inútil que te empecines en avanzar por libros y libros del escritor: jamás lograrás entusiasmarte con él. E incluso llegarás a alejarte de su obra para siempre. No se trata (es necesario aclararlo) de desprecio o animadversión, sino de algo más sencillo: que has comprendido de una forma diáfana que no eres compatible con él. Con el paso de los años y de las décadas, yo he llegado el convencimiento de que soy incompatible con Milan Kundera, con Ernest Hemingway, con Gloria Fuertes, con Saúl Yurkievich y con algunos más. Insisto en que no se trata de desdén, sino de haber llegado a la conclusión de que nada me dicen sus obras y, por tanto, lo más razonable es que no vuelva a aproximarme a ellas.

Acabo de descubrir que también me sucede con José Saramago. Hay algo casi de orden químico que nos separa. Cuando leí El evangelio según Jesucristo advertí que, salvo algunas escenas muy intensas, el resto me parecía bostezante. Cuando me sumergí en Todos los nombres no logré sentir emoción alguna. Cuando he tratado de bucear por su Cuaderno de Lanzarote (hace apenas una semana) me ha repelido su continuo exhibicionismo petulante, disfrazado de modestia (quebradiza e impostada). Y al entrar en Las maletas del viajero (que, por ser artículos de prensa, juzgué que podrían resultar diferentes) me he encontrado con el mismo vacío.

De ese viaje apenas rescataría dos breves citas (“La verdad es sólo medio camino, la otra mitad se llama credibilidad”, “Soy un buen hombre, con una sola y confesada flaqueza de mala vecindad: la ironía”); el resto sé que lo olvidaré muy pronto.

No me seduce Saramago. No me embriaga Saramago. En esas condiciones, se me antoja muy improbable que repita la operación de abrir de nuevo alguno de sus libros. Lo he intentado y no ha podido ser. Quizá la culpa sea mía, por qué no: lo admito, sonrío y cierro esta carpeta, quizá para siempre.