jueves, 25 de junio de 2026

Los árboles mueren de pie

 


Entramos en el espacio escénico de Los árboles mueren de pie, invitados por el gran Alejandro Casona, y lo que allí descubrimos no puede ser más chocante, con personajes que van disfrazados (y que se cambian de disfraz) y con frases que nos suenan a delirio o tomadura de pelo. Al cabo de varias páginas, la perplejidad que sienten los personajes que han entrado con nosotros (Balboa e Isabel) es tan enorme como la nuestra. ¿Qué es lo que está pasando? ¿Nos encontramos quizá en un manicomio, en el que los orates han logrado hacerse con el control? No lo vamos a averiguar hasta que aparece el doctor que dirige la institución, quien le explica a Isabel que, en realidad, son personas que trabajan para otorgar caridad y poesía al alma de las personas necesitadas (“¿Quién ha pensado en los que se mueren sin un solo recuerdo hermoso? ¿En los que no han visto realizado un sueño?”). Son constructores de sueños, aliviadores de penas, maquilladores de la angustia: uno de los colaboradores reparte conejos por el monte para hacer felices a los cazadores pobres; otro roba a los ladrones primerizos para que abandonen la delincuencia… Ante la perplejidad de Isabel, el doctor lo tiene claro: “Tal como va el mundo todos los que no somos imbéciles necesitamos estar un poco locos”.

Encandilada con el proyecto, Isabel se anima a participar en él, y pronto llega la ocasión de estrenarse: el anciano Balboa necesita que un matrimonio joven se instale en su casa, fingiendo ser su nieto (que abandonó el hogar hace veinte años) y su esposa, para conseguir que la anciana abuela no muera de tristeza; y, sobre todo, que no descubra que su auténtico nieto es un desalmado delincuente, dado a todo tipo de crímenes. ¿Será posible mantener esta bondadosa farsa durante unos días? Y las personas que la lleven a cabo, ¿serán después las mismas?

Adoro a Alejandro Casona. Ninguna de sus obras me ha decepcionado jamás. Tampoco lo hace ahora, con esta bella reflexión sobre la generosidad, la entereza, la dignidad y el amor. Así que la gran pregunta tal vez sea por qué no leo todas las que me faltan y las voy dejando en este Librario. Hummm, ¿por qué no?

miércoles, 24 de junio de 2026

El reino de la nada

 


Muchas son las propuestas (y las maravillas) que nos entrega El reino de la nada, el volumen de cuentos que Emilio Gavilanes publicó en Menoscuarto (2011), y de todas ellas conviene disfrutar despacio, con una lectura lenta. Que nadie se apresure mientras camina por sus páginas, porque se perderá demasiados detalles, demasiados matices; y en ellos se encuentra la auténtica grandeza de este tomo, impregnado de melancolía, inteligencia, lirismo y ternura. En algunas de sus narraciones, Gavilanes nos lleva hasta la época de la guerra civil de 1936, para hablarnos de un juicio delirante incoado contra un niño (“La tabla del dos”); de un manicomio que, abandonado por su personal sanitario y religioso, se transforma en metáfora o alegoría (“El reino de la nada”); o del siniestro destino que se abate sobre un huérfano que, acompañando a su abuelo ciego, acaban de llegar a una población extraña (“Primer día de escuela”). En otras, nos acerca hasta los abismos del cáncer, como quien nos invita a pasear por el borde de un acantilado, mientras sopla el viento (“Pisadas en la arena”, “Ahora que cada vez soy menos inmortal”). Y en todas, absolutamente en todas, nos propone magias cordiales, indagaciones valiosas en el espíritu humano y acuarelas que necesitan nuestra mirada atenta para fijar sus perfiles. Personalmente, he sentido la necesidad de leer dos veces (nada más acabarlo, volví a la línea primera) las bellas páginas panteístas de “Aire”.

Ha sido una buena idea acudir a mi segunda lectura de Emilio Gavilanes, que preveo que no será la última.

martes, 23 de junio de 2026

Caminos que conducen a esto

 


Cuando me siento en el sillón y abro un libro de Andrés Ortiz Tafur, ya sé que me voy a sorprender. No sé cómo ni por dónde, pero tengo claro que el escritor de Linares va a conseguir dejarme K.O. con la magia, la fantasía y la rotundidad de sus historias. Me ocurre con algunos escritores (Monzó, Cortázar, Moyano, Olgoso) y por esa razón me gusta volver continuamente a sus páginas. Ahora lo hago con Caminos que conducen a esto, un chispeante volumen que publicó en El Desván de la memoria y que leo en la edición de 2013.

Con la inagotable destreza de un prestidigitador, Andrés nos habla de una mujer no especialmente agraciada, que se instala en cierto lugar y aspira a convertirlo en un refugio para personas feas, que olviden allí sus traumas; de sueños que se expanden hacia la vigilia, o que establecen enigmáticos diálogos con ella; de asombrosas naranjas blancas (tan infrecuentes como las manzanas azules); de una Eva insaciable que no termina de encontrar en el Edén su pareja idónea, para decepción y abatimiento de Adán; de homenajes al más universal de los cantantes nacidos en la provincia de Jaén (“Eva tomando el sol”, “A esa hora maldita (en que los bares a punto están de cerrar)”); del novio que padece una inquietante disfunción eréctil y no sabe cómo afrontar la relación (cercana ya al matrimonio) con su paciente pareja; de las figuras coloreadas que se saludan o despiden en lo alto de una montaña, provocando la perplejidad de los montañeros que las observan desde abajo; o de un hombre (llamado Marcial) cuyo tono de voz es insufriblemente elevado, incluso para la mujer con la que convive.

De todas las combinaciones de seriedad, humor y excelente literatura, la que nos ofrece Andrés Ortiz Tafur en sus obras me parece una de las más notables de nuestro país, así que les sugiero (si me lo permiten) que acudan a sus libros. Me terminarán concediendo la razón.

lunes, 22 de junio de 2026

Mañana nunca lo hablamos

 


Tras seis meses sin leer ningún libro del guatemalteco Eduardo Halfon vuelvo a uno de sus títulos: Mañana nunca lo hablamos, un eneaedro de historias donde se respira un continuo perfume autobiográfico, que tan grato y tan brillante se vuelve en su pluma: el niño que se interroga sobre lo que habría pasado si su padre, como le dice, se hubiera ahogado a su misma edad (“El baile de la marea”); el niño que acompaña a su tío, bombero voluntario, por los escenarios derruidos que un terremoto ha provocado en la ciudad (“Polvo”); el niño que vuelve a casa apesadumbrado, con una carta del colegio donde intuye malas noticias para él (“El poder de la euforia”); el niño enfermo, que sufre terribles dolores de cabeza y ha de ser hospitalizado (“Muerte de un cácher”); el niño que padece la llegada de unos militares, que invaden la casa donde su tío Salomón está a punto de leer el futuro en los restos de una taza (“El último café turco”); el niño que encuentra, con su hermano, unas revistas pornográficas y son descubiertos por su madre (“Mujeres buenas y mujeres malas”); o el niño que ve interrumpida la normalidad de su existencia cuando sus padres le explican que van a trasladarse a Miami, porque la atmósfera de su país resulta ya irrespirable y vuelan demasiadas balas (“Mañana nunca lo hablamos”).

Cada relato es una pequeña joya de delicada factura, con perfiles de acuarela, que nos entrega una arista anímica del autor. Creo que leer este libro es una magnífica idea. Les sugiero que lo hagan.

domingo, 21 de junio de 2026

Carlota Fainberg

 


Claudio, un profesor universitario de literatura que se dirige a Buenos Aires para dictar una conferencia, sufre en el aeropuerto de Pittsburgh la avasalladora conversación de Marcelo Abengoa, un empresario que viaja hacia Miami. Con su locuacidad hemorrágica, Marcelo le explica cómo conoció en el hotel Town Hall a “la mujer más guapa que he visto en mi vida” (p.57), con la que vivió un tórrido episodio sexual que se prolongó durante dos días, mientras esperaba la llegada de su esposa, Mariluz. Fascinado por el embrujo sensual de aquella mujer, Carlota Fainberg (de la que se separó, consciente de que “no voy a verla nunca más en mi vida”, p.82), Marcelo reconstruye para un aturdido Claudio los pormenores de su aventura, que el docente completará cuando, instalado ya en Buenos Aires, se acerque hasta el hotel Town Hall y descubra los detalles que su interlocutor no pudo (o supo) suministrarle.

Con su habitual maestría verbal, Antonio Muñoz Molina va esculpiendo ante los ojos del lector una novela corta de impecable factura, en la que los detalles eróticos se mezclan con agudas consideraciones sobre el temperamento del ser humano, sobre la irritante rapacidad con la que se fraguan los departamentos universitarios norteamericanos (más pendientes de las tendencias sexuales o las marcas raciales de su profesorado que de la pura competencia profesional), sobre el deseo y sobre la melancolía que nos regala la pérdida. Encandilado con la escritura del jienense, el único elemento que ha conseguido “sacarme” del ritmo narrativo es la constante utilización (cuyo sentido entiendo, pero cuyo manejo me distrae) de palabras en inglés por parte de Claudio. Comprendo que el profesor español las utilice, pero la proliferación en ciertos párrafos (“Tenía mucho más interés en la story de Abengoa que en su discourse, lo cual, en un profesor universitario, no deja de ser un poco childish: atrapado en una fugaz suspension of disbelief, yo abdicaba de todos mis escrúpulos narratológicos”, p.120) me enfría un tanto el placer de la lectura. Es mi única objeción a un libro admirable.

sábado, 20 de junio de 2026

El libro de arena

 


Podría invocar la magdalena de Proust e incluso la fragancia de un jabón que, siendo niño, usé de forma casual porque mi madre lo compraba y ahora, cuando he recuperado su aroma medio siglo después, me hace cerrar los ojos y rememorar la exacta decoración del cuarto de baño donde lo pasaba por mi piel. Ahora, con cuatro décadas de distancia, abro las páginas del volumen El libro de arena y recupero las sensaciones de 1986. Ni mejores ni peores: idénticas. Podría hablar de fascinación, de embrujo, de deslumbramiento. También, sin hipérbole, podría hablar de sorpresa, porque Borges sorprende siempre, aunque leamos cien veces el mismo texto. Creo haberlo dicho alguna vez: yo no releo a Borges, lo leo. Porque en cada ocasión sabe a la primera vez, como el beso de la persona a la que amas con locura, como la sonrisa infinitamente igual e infinitamente placentera de tu hijo o tu hija, como la arrugada plenitud de las manos acariciadas de tu madre o tu padre.

Me habla de la reunión fascinante entre el viejo Borges y el joven Borges, de la enigmática Ulrica, de la urdimbre de un Congreso que repite el mundo, del horror obtuso e innombrable que sube por la escalera de una casa antigua, del poeta que consigue capturar la Belleza y la elude con la resignación del suicidio, del magnicida que se aísla antes de la consumación de su crimen para no manchar a nadie con sus actos, de la codicia que genera un disco invisible con un solo lado, del libro cuyas páginas se desdoblan sin fin. Y en todas sus fabulaciones atiendo más a la voz que al contenido de su parlamento. Subrayo frases (“Lo que decimos no siempre se parece a nosotros”; “Hay un misterioso placer en la destrucción”; “El hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos”; “Todo viaje es espacial. Ir de un planeta a otro es como ir a la granja de enfrente”), me detengo ante adjetivos insospechados, abro los ojos ante verbos inauditos. Sé que estoy sentado en mi sillón, pero quizá debería estar de pie. O de rodillas. Es Jorge Luis Borges, por el amor de Dios. Qué regalo, sus libros.

viernes, 19 de junio de 2026

El coleccionista de sellos

 


Cuando suenan las campanadas de Nochevieja y se inicia el 1 de enero de 1939, pocas personas tienen motivos para estar felices en un Madrid bombardeado y hambriento, que vive los meses finales de la guerra civil. Pero esa tristeza no preocupa a un hombre que se mueve con nerviosismo por las calles de la capital, aferrado a un maletín. Su contenido, según se nos dice, lo convertirá pronto en el hombre más poderoso del mundo. Por desgracia, unos atracadores lo interceptan y se quedan con el sobre que transportaba, tras darle muerte. Un par de meses después, quienes empiezan a ser asesinados son coleccionistas de sellos a los que, en apariencia, no conecta ningún vínculo. El comisario Telmo Vega, que se ocupa del caso, tendrá que descubrir qué se esconde tras esta oleada de crímenes absolutamente desconcertantes.

Créanme si les digo que no puedo contar nada más (no me tiren de la lengua preguntándome por los detalles de cómo el general Francisco Franco muere en un atentado en 1937; o inquiriendo sobre la forma en que tres sellos falsos pueden cambiar la historia del mundo; o interrogándome sobre por qué razón la historia empieza tres veces): esta novela de César Mallorquí se sostiene sobre la magia de unas sorpresas tan anonadantes, tan inauditas, tan explosivas, tan inolvidables, que impiden cualquier resumen sin incurrir en la impertinencia. Así que abróchense los cinturones, suspendan los mecanismos de la incredulidad y déjense guiar por la mano narrativa del maestro. Da igual que se lea a César Mallorquí con quince o con sesenta años: siempre queda uno fascinado con sus obras. El coleccionista de sellos es otra demostración palmaria, que obtuvo los premios UPC (1995) y Gigamesh (1997).