Muchas
son las propuestas (y las maravillas) que nos entrega El reino de la nada,
el volumen de cuentos que Emilio Gavilanes publicó en Menoscuarto (2011), y de
todas ellas conviene disfrutar despacio, con una lectura lenta. Que nadie se
apresure mientras camina por sus páginas, porque se perderá demasiados
detalles, demasiados matices; y en ellos se encuentra la auténtica grandeza de
este tomo, impregnado de melancolía, inteligencia, lirismo y ternura. En
algunas de sus narraciones, Gavilanes nos lleva hasta la época de la guerra
civil de 1936, para hablarnos de un juicio delirante incoado contra un niño
(“La tabla del dos”); de un manicomio que, abandonado por su personal sanitario
y religioso, se transforma en metáfora o alegoría (“El reino de la nada”); o
del siniestro destino que se abate sobre un huérfano que, acompañando a su
abuelo ciego, acaban de llegar a una población extraña (“Primer día de
escuela”). En otras, nos acerca hasta los abismos del cáncer, como quien nos
invita a pasear por el borde de un acantilado, mientras sopla el viento
(“Pisadas en la arena”, “Ahora que cada vez soy menos inmortal”). Y en todas,
absolutamente en todas, nos propone magias cordiales, indagaciones valiosas en
el espíritu humano y acuarelas que necesitan nuestra mirada atenta para fijar
sus perfiles. Personalmente, he sentido la necesidad de leer dos veces (nada
más acabarlo, volví a la línea primera) las bellas páginas panteístas de
“Aire”.
Ha sido una buena idea acudir a mi segunda lectura de Emilio Gavilanes, que preveo que no será la última.





