Descubro
con alegría un pequeño y agradable volumen donde se reúnen todos los discursos
que el vallisoletano Miguel Delibes pronunció durante su larga y exitosa
carrera como escritor; y, como no podía ser de otro modo, me abalanzo a recorrer
sus páginas. En ellas encuentro las palabras que pronunció el día de su ingreso
en la Real Academia Española (“El sentido del progreso desde mi obra”), en las
que abogó por la necesidad de un progreso humano consciente de sus
limitaciones, capaz de embridarse para no esquilmar la naturaleza, generando
así la semilla de un futuro “donde la economía no fuese el eje de nuestros
desvelos y se diese preferencia a otros valores”. Sus hondas reflexiones al
respecto son de una firme e incontestable contundencia. El ser humano,
voluntariamente ciego, “se ha acomodado a vivir sobre un volcán”, nos dice. Su
angustioso interrogante, que él se formula como hipótesis (“¿No se nos habrán
escapado de las manos las fuerzas que nosotros mismos desatamos y que creímos
controlar un día?”), ya admite hoy una respuesta afirmativa, lamentablemente.
En
el discurso en el que agradece el nombramiento como doctor honoris causa
por la universidad de Valladolid, muy breve, asegura que su mérito consiste tan
solo en haber escuchado el lenguaje del pueblo y haberlo llevado a sus novelas.
Es una afirmación que, con variantes, repite en todas sus intervenciones. Me
parece una hermosa muestra de su humildad, que lo aproxima a la figura del
corifeo griego. Así, en las palabras que pronunció cuando fue nombrado Hijo
Predilecto de Valladolid apela nuevamente a su condición de vallisoletano
esencial: siempre ha sentido (repite) que necesita este paisaje, a esta gente.
Y ha sentido que debía tributarle su amor y su fidelidad no apartándose de
allí. “Yo soy un hombre del pueblo”, anotó como agradecimiento a la universidad
del Sarre (Alemania) cuando lo distinguió con el título de doctor honoris
causa. Y lo completó indicando que ni le gustan las ciudades, ni las
prisas, ni las grandes concentraciones humanas, ni la polución. El dibujo que
todas estas palabras nos aporta sobre el autor es nítido.
Leer a Delibes siempre es un placer, pero escucharlo de forma directa, sin que sus personajes lo difuminen con sus rasgos faciales o su tono de voz, es un auténtico privilegio, porque nos permite acercarnos a una figura irrepetible de la literatura española. Acudan a este libro.





