sábado, 2 de mayo de 2026

La cartografía celeste

 


Todos están ahí, esperando a que los conozcas: el dueño del bar rockero que, en su juventud, tocaba el bajo y adora el jazz; el chico que interpreta con su banda entusiastas versiones de otros artistas, para irse haciendo un nombre en el mundo de la música (mientras trabaja interminablemente en un supermercado, en turnos dobles, para pagar las facturas); el empleado que vive al pie de su ordenador, creyendo que tarde o temprano se cumplirán sus sueños de ascender, mientras su familia languidece de abandono; el vigilante de seguridad que busca sin éxito al asesino de una muchacha que fue su novia, años atrás; el hijo de una modista, que se empeña en cumplir la voluntad boscosa (quizá ilusoria o mal interpretada) de su madre; el pequeño traficante de barrio, que no pasa por sus mejores momentos; el legionario que ejerce como mula y que tiene un final desagradable; policías corruptos que no se arredran a la hora de acometer negocios lucrativos… Son vidas pequeñitas, grises, trastabilladas, nauseabundas o insatisfactorias. Vidas como las que tenemos a nuestro alrededor (si observamos con la debida perspicacia) o como las que, quizá, protagonizamos. La memoria y una cierta dosis de fantasía (así lo explica el autor en el epílogo del volumen) reúnen todos esos materiales para construir La cartografía celeste.

Ismael Orcero Marín, excelente entomólogo de la cotidianidad, sabe mirar y ver. Sabe escrutar en el triste hondón de las vidas para extraer de ellas reflexión y enseñanza. Y compone con cada una de ellas un relato que, como el hilo emanado de una araña habilidosa, se une a otros para formar una red, cuyos nudos tienen nombres perfectamente reconocibles: McCartney o Hard Saturday. Por eso nos encontramos ante un libro de relatos, ante una novela y, también, ante un libro de aforismos, donde se disecciona el mundo capitalista que nos rodea (“Después de tanta lucha sindical y movimientos sociales a favor de los trabajadores, el porvenir que se ganó con la batalla fue este. Un paraíso de bollería industrial, petróleo traído de Oriente y horarios para satisfacer los deseos de nuestra vida neoliberal a golpe de scroll en la web de Amazon”), en el que se insertan nuestras horas y nuestros devenires, como lamenta uno de los personajes de la obra (“Pienso en lo que es pasar por la vida de puntillas, en un curro de ocho a dos y de tres a cinco de la tarde. Pienso en cómo las maldiciones de los padres son heredadas por los hijos. Y pienso en cómo ya me han buscado sitio en un taller como aprendiz, cuando deje el supermercado a final de curso. Cada día, desayunando café soluble y malgastando cada momento con las manos llenas de grasa”).

Lo he escrito, lo he repetido y lo volveré a repetir cuantas veces haga falta: Ismael Orcero es uno de los narradores más compactos y vigorosos que tenemos ahora mismo en el panorama narrativo. Esta nueva entrega lo ratifica y subraya, así que les aconsejo que lo visiten. Van a sentir la fascinación de una voz mayúscula.

viernes, 1 de mayo de 2026

Seguidillas del 2025

 


Sigo enriqueciendo mi blog con los libros de Santiago Delgado que, esta vez, nos amplía su repertorio de aires populares con estas Seguidillas del 2025, donde el vigoroso escritor murciano canta a las cosas (ese caballito de bronce que compró en Atenas, esa figurita que salió en el roscón de Reyes, las rosas que exhiben su efímero esplendor en el mes de abril, una puerta injuriada por los grafiteros, las moras que pespuntean el suelo en mayo, la humilde endivia refrescante, la flor que emerge en una grieta del asfalto), a las obras de arte (un dibujo costero de Carpe, un retrato funerario de Palmaroli, unos limones vistos desde el pincel de Pedro Cano, el retrato de Walt Whitman que trazó Gregorio Prieto), a los paisajes urbanos (ese azahar que la lluvia disemina por el asfalto, ese balcón mínimo de la catedral) y a las personas (los sanitarios que nos cuidan con abnegación y eficacia, los amigos de la promoción de Filología 70/75, los maestros que tuvo durante el bachillerato y la universidad, las mujeres maltratadas por sus parejas).

Son composiciones que bailan ante nuestros ojos, moviéndose como brisas, y en ellas descubrimos con alegría muchos hallazgos de alta belleza (nos dice, por ejemplo, que el tronco de la higuera “sueña cansancio”, o que la luna tiene “color de sueños”). Algunas de ellas nos conmueven de forma especial, como la que dedica al asesinato de Federico García Lorca (“Lloradme poco y poco, / pues poco muero. / Leedme, en cambio, mucho, / que es cuanto quiero”); o la que tributa a los también asesinados (en el otro bando) Pedro Muñoz Seca (“Gran Señor de la Risa”) y Ramiro de Maeztu (“Campeón de lo Hispano”). Y algunas, en fin, alcanzan un elevado rango melancólico, como ese poema donde nos explica que ve alejarse la época en que subía a sus nietos en el tiovivo (“Nostalgias del abuelo”).

“Y ninguno sabemos / quién es poeta, / entre tanto escritor / que sale a escena”, nos dice Santiago Delgado en la página 22. Esa afirmación podemos enlazarla con el poema que aparece treinta páginas después, donde se pregunta sobre el motivo que impulsa a escribir, que no es el triunfo (esa “inmadurez perenne del artista”), sino el afán de asir y plasmar con palabras la Belleza. Él, en este libro, lo consigue de sobra.

jueves, 30 de abril de 2026

El maullido de la marisma

 


Hay libros que, siendo libros, trascienden su argumento y nos comunican un mensaje. En ocasiones, ese mensaje ofusca a la persona que está escribiendo y la conduce por el camino de la novela de tesis (ese aburrimiento) o del panfleto (esa atrocidad).  Pero en otras, como ocurre en El maullido de la marisma, de la onubense May R Ayamonte (ganadora del premio Edebé de literatura juvenil), la solidez del relato es tan notable que los lectores nos sentimos conmovidos por la “idea” que palpita en el fondo de la historia y también por el desarrollo narrativo de la misma. Y así da gusto, oigan.

Sitúense en 1980, en los humedales del parque de Doñana, y allí encontrarán a la familia de Vera, una niña enamorada del paisaje que la rodea y cuya vocación para el futuro apunta a la universidad de Sevilla, donde quiere estudiar Biología. En ese proyecto ha influido un cachorro de lince (al que llama Félix, aunque luego tendrá que cambiarle el nombre), que se convierte en una presencia cercana e inesperada en su vida. Sus padres (Amadeo, cuidador del parque, y María, maestra) también impregnan su alma de amor a la naturaleza y a los animales que la pueblan; de tal modo que la niña, que pronto será una adolescente, orienta su pasión ecologista siguiendo ese rumbo. Con el paso de los años, irá sufriendo decepciones y experimentando zozobras, pero nunca dejará que su voluntad se quiebre, hasta conseguir su propósito.

Una novela sólida, elegante y concienciadora, que cautivará a muchos lectores jóvenes y que despertará en ellos la voluntad de saber más sobre la naturaleza, su importancia y su conservación. Necesaria.

miércoles, 29 de abril de 2026

El sueño del celta

 


Qué fácil, qué terrible e inquietantemente fácil se pasa de ser héroe a ser villano. Y al revés. Impulsados por arrebatos subjetivos (a veces viscerales), los seres humanos tendemos a etiquetar a nuestros semejantes con una liviandad que no suele resistir con galanura el paso del tiempo o la reflexión pausada. Podríamos aducir (y no será necesario) innúmeros ejemplos a lo largo de la historia. Mario Vargas Llosa se detiene en su obra El sueño del celta en uno que oscila entre los dos polos de manera constante: el irlandés Roger Casement. Fue un héroe para quienes descubrieron gracias a él las atrocidades que el gobierno belga perpetraba en el Congo: abusos de poder por parte de las fuerzas coloniales, esclavitud de los indígenas, torturas, amputaciones, miles de asesinatos, vejaciones. Fue un traidor para quienes, creyendo la versión del rey Leopoldo II y su corte de mercaderes avariciosos, juzgaban que se ponía de parte de unos salvajes mentirosos. Volvió a ser un héroe para todos aquellos indígenas del Putumayo ecuatoriano que, sometidos al despotismo brutal de la Peruvian Amazon Company, fueron escuchados y defendidos por Roger Casement (sir Roger), quien, con un informe valiente que elevó al Foreign Office, destapó el mundo abominable de crímenes y corrupción que Julio César Arana había instaurado en aquella zona del mundo. Volvió a convertirse en un traidor, nuevamente, para todos aquellos europeos que vieron en sus denuncias un golpe inesperado al espíritu empresarial capitalista. Por fin, volvió al estatus de héroe cuando decidió convertirse en adalid de la lucha por la independencia de Irlanda, aplastada por la bota inglesa y necesitada de un retorno a sus orígenes (la lengua gaélica, sus viejas canciones, su gobierno propio, su religión católica). Y se cerró el círculo de los vaivenes cuando, fracasada la sublevación armada en 1916, Inglaterra decidió recluirlo en la cárcel y, después, ahorcarlo. El descubrimiento de sus presuntos diarios, donde confesaba algunas escabrosas aventuras homosexuales, no ayudó demasiado a su defensa.

Aproximándose a su figura con una abundante documentación y con una prosa fascinante que recurre con brillantez a la analepsis, Vargas Llosa reconstruye la vida de Roger Casement desde el final de la misma (sus últimas semanas, que transcurrieron en Pentonville Prison) y nos va desgranando sus grandezas y sus flaquezas, sus perplejidades y sus convicciones: desde descubrir en África que no todos los seres humanos son admirables, porque se dejan arrastrar por la avaricia (“¿Cómo era posible que la colonización se hubiera convertido en esta horrible rapiña, en esta crueldad vertiginosa en que gentes que se decían cristianas torturaran, mutilaran, mataran a seres indefensos y los sometieran a crueldades tan atroces, incluidos niños, ancianos? ¿No habíamos venido aquí los europeos a acabar con la trata y a traer la religión de la caridad y la justicia?”, pp.106-107) hasta aplicar su análisis humanitario a su propio país (“¿No era también Irlanda una colonia, como el Congo? […] ¿No habían invadido los ingleses a Eire? ¿No la habían incorporado al Imperio mediante la fuerza, sin consultar a los invadidos y ocupados, tal como los belgas a los congoleses?”, p.110), en una deriva política que no siempre fue entendida o compartida por sus amigos.

En un momento de esta caudalosa y perturbadora narración, el protagonista se formula un interrogante crucial: “¿Estaban justificados los sacrificios de esos veinte años africanos, los siete años en América del Sur, el año y pico en el corazón de las selvas amazónicas, el año y medio de soledad, enfermedad y frustraciones en Alemania?”. La respuesta es fácil y doble: la dignidad del ser humano (por un lado) y esta novela de Mario Vargas Llosa (por el otro) nos impulsan a responder que sí. Plenamente justificados.

martes, 28 de abril de 2026

Las fracturas doradas

 


El sogún Ashikaga Yoshimasa, que vivió y gobernó en Japón durante el siglo XV, sufrió un percance que le resultó muy doloroso: vio cómo se rompía su cuenco preferido. Ahora, en estos tiempos de usar y tirar, de ikeas, comercios chinos y amazones, un accidente de ese calibre nos parece una frivolidad, pero al mandatario nipón lo impulsó a solicitar la ayuda de un artesano que, auxiliándose con resina de árbol y polvo de oro, lo reparó. A ese arte lo conocemos ahora con el nombre de kintsugi, que quiere decir “carpintería dorada”.

Lo que nos cuenta Paloma Díaz-Mas en este libro es un suceso sin duda mucho más doloroso, pero que entronca con el anterior: la muerte de su único hermano, que ocurrió en plena pandemia del coronavirus. Nada más. Y nada menos. Una llamada telefónica de su hermana le anunció lo que había sucedido: que lo encontraron sin vida sentado en su sillón. Probablemente ni siquiera fue consciente de que estaba muriendo. Al otro lado de las ventanas, un furioso vendaval de nieve; en el silencio de la casa, sus gatos. A partir de ese punto, se inician las ceremonias del tránsito: cursar aviso a las autoridades, decidir los pormenores del funeral (cremación, en su caso), revisar las pertenencias del fallecido para decidir qué se conserva y de qué se prescinde… Es decir, clausurar todos los detalles materiales de una existencia mientras se sienten las aflicciones, la congoja, el desgarro y la condición marmórea del final. Todos los que hayan pasado por un trance parecido (y quién no lo ha hecho) saben de sobra cuántas lágrimas, cuántos recuerdos, cuántas sorpresas melancólicas y cuántas vacilaciones asaltan durante las siguientes semanas a quienes se quedan.

Con paciencia, con infinito amor, con delicada ternura, la escritora aplica su resina y su polvo de oro narrativo para mostrarnos su cuenco-hermano, que nos emociona como si hablara de alguien de nuestra familia. Porque posiblemente lo esté haciendo. Muy bello.

lunes, 27 de abril de 2026

Salmos al viento

 


Me acerco hasta el territorio poético de José Agustín Goytisolo para leer su obra Salmos al viento, ceremonia que cumplo en voz alta, como me gusta hacer con los versos. Y qué excelente trabajo. He sentido en cada página la inteligencia y la sensibilidad del barcelonés, que ha ido conquistándome texto a texto, línea a línea. He admirado (y compartido) el irónico ataque a los poetas que, acabada la guerra, decidieron que todo debía impregnarse de Garcilaso, de ríos rumorosos, y que cuando el tema no dio más de sí se dedicaron a hablar de Dios, mientras que José Agustín prefiere (así lo deja claro) alinearse con quienes “lanzan gritos pidiendo paz pidiendo patria / pidiendo aire verdadero” (Los celestiales). He aplaudido su sarcástico retrato del hombre poderoso, cuyo reino sí es de este mundo, donde él asienta sus “posaderas recias y bursátiles” (Apología del libre). He celebrado el modo en que ridiculiza el amor, entendido como ceremonia gris y reglamentada, con normas dictadas por la gazmoña moral imperante (Idilio y marcha nupcial). He apretado los dientes cuando nos habla de esos jóvenes de buena familia y comportamiento irreprochable que, pese a algún disculpable desliz momentáneo (fruto del ardor juvenil), terminan volviendo al sano redil burgués, como manda don Guido (El hijo pródigo). He notado la tristeza cuando sonaban los disparos que acaban con la vida de quien clama contra los poderosos y les recuerda la importancia pequeñita del ser humano (El profeta). He esbozado una sonrisa cómplice cuando nos repite, una y otra vez, el sintagma que tantas veces le dijeron sobre su inutilidad (Autobiografía). Y, por supuesto, he notado la saliva atascada en la garganta mientras ese incauto joven nos habla de su fervor marcial, dirigido por los manipuladores de siempre, por los ambiciosos de arriba, que inyectan odios y detentan banderas para cumplir sus objetivos (Tríptico del soldadito).

Gran libro. Gran voz. Un poeta que nos habló y que espera nuestros ojos para seguir hablándonos.

domingo, 26 de abril de 2026

Las inseparables

 


Cuando tenía 9 años, Simone de Beauvoir era alumna del colegio Adeline Desir. Y allí conoció a Elisabeth Lacoin, una chica inteligente y divertida con la que se sintió profundamente conectada, convirtiéndose en amigas. En esta novela póstuma, titulada Las inseparables, que leo en la traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego, la pequeña Sylvie Lepage (9 años) vuelve al colegio para el nuevo curso y conoce allí a Andrée Gallard. Ya no se separarán durante años: compartirán conversaciones, opiniones literarias, reflexiones sobre Dios, debates filosóficos, comentarios sobre chicos y sobre la vida en general. El vínculo entre ellas es fuerte, poderoso, inquebrantable. Y ni siquiera la aparición de Pascal, un joven profundamente religioso que se ha enamorado de Andrée, lo erosiona. Atormentada por las complejas relaciones con su madre, Andrée deja que Sylvie y Pascal se muevan a su alrededor, sin encontrar el camino adecuado para la felicidad, que parece estarle negada, sobre todo cuando la señora Gallard opine que debe trasladarse durante dos años a Inglaterra, salvo que Pascal acepte un compromiso matrimonial inmediato. El muchacho, indeciso, se niega a hacerlo, porque opina (eso dice) que la separación fortalecerá su vínculo y los protegerá de los pecados de la carne. ¿Qué siente Andrée, en medio de esas fuerzas que tiran de ella y amenazan con desgarrarla? ¿Y qué siente Sylvie, que lucha para que su amiga (¿solamente su amiga?) se case con el timorato Pascal?

Al principio, en la dedicatoria para Elisabeth Lacoin que abre la novela, Simone de Beauvoir escribe: “Si tengo esta noche los ojos llenos de lágrimas, ¿es porque ha muerto usted o porque yo estoy viva? Debería dedicarle esta historia, pero sé que no está ya en ninguna parte, y si me dirijo a usted aquí es como un artificio literario. Por lo demás, esta no es de verdad su historia, sino solo una historia inspirada en nosotras. Usted no era Andrée y yo no soy esa Sylvie que habla en nombre mío” (p.7). Al final, en el epílogo que acompaña a esta publicación, Sylvie le Bon de Beauvoir formula un interrogante crucial sobre su madre: “¿Cuál es ese sentimiento sin nombre que, con la etiqueta convencional de amistad, le abrasa el corazón aún sin estrenar, maravillado y en trance, sino el amor?” (p.120). No creo que sean necesarias más explicaciones para adentrarse con respeto y en total silencio en las páginas de este libro lánguido, triste y auténtico.