Hace muchos años que
siento una admiración profunda por los trabajos del hispanista Ian Gibson,
sobre todo los relacionados con Federico García Lorca y Antonio Machado. Como
filólogo, me parecen referencias inexcusables para mi formación; como enamorado
de la lectura, monumentos. Así que cuando llegó hasta mis ojos el volumen Un
carmen en Granada (XXXV Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias
en el año 2023), tuve claro que terminaría por leerlo sin demasiada tardanza.
En este agosto de 2026 cumplo la ceremonia y subrayo bastantes líneas del
mismo.
Nacido en una familia
protestante de la rama metodista (muy rígidos en su forma de interpretar la
religión), en el Dublín de 1939, Gibson reconoce que creció rodeado por
múltiples traumas, relacionados con la sexualidad (la lactancia, los órganos
genitales o la menstruación no podían ni siquiera ser mencionados); que durante
décadas estuvo obsesionado con su tendencia a ruborizarse; que su padre
mantenía una actitud inflexible frente al alcohol y las apuestas; que uno de
los docentes que lo martirizó durante su infancia fue el deleznable profesor de
matemáticas William Boggs (“Me complace poder señalar que el apellido Boggs
significa, en jerigonza inglesa, ‘sentina’. Boggs me parecía una mierda de ser
humano y su nombre lo decía todo”); que la relación con su madre nunca fue
especialmente amable (“Es terrible tener que decirlo, pero casi la odiaba y era
ya plenamente consciente de que mi única posibilidad de ser algo en la vida
consistía en escaparme cuanto antes de casa”), aunque en la vejez ha aprendido
a juzgarla con más distancia (“No tuvo la culpa de ser como era: resentida,
amargada, frustrada, sin horizontes, siempre soñando con el hombre alto y
apuesto con quien creía que habría sido feliz. No me dio la ternura que tanto
necesitaba cuando era niño”); que fue desde pequeño, y lo sigue siendo en la
vejez, un apasionado ornitólogo; que su primera experiencia sexual, incompleta,
la tuvo a los quince años con una chica llamada Jean; o que no le duele
reconocer que siempre sintió una profunda envidia por el exitoso jugador de rugby
Tony O’Reilly, dos años mayor que Ian (“Sospecho, y sería el colmo, que me
sobrevivirá”).
Y por supuesto, una fecha para enmarcar y subrayar en rojo: el 11 de marzo de 1957 (pronto se cumplirán cincuenta años), en la librería Eason’s, descubrió sus primeros poemas de Antonio Machado y Federico García Lorca, que después se convertirían en objeto de amplias y fecundas investigaciones. A esa etapa dedica unas páginas preciosas, hablándonos de quienes lo ayudaron a esclarecer la verdad sobre el asesinato de Federico García Lorca y de quienes lo insultaron y trataron de silenciarlo. El resultado es un libro espléndido, que he leído mientras tragaba saliva (Ian Gibson llega a unos extremos de sinceridad que asombran) y que merece todos los aplausos.






