Creo
que es la tercera vez que leo esta obra. La primera fue en 2000-2001, para
reseñarla en el periódico La Verdad, de Murcia; la segunda, en el verano de
2004, en unos días turbulentos de separación y reconstrucción; y la tercera,
ahora, en estas primeras semanas de mi retiro. Sigue pareciéndome, como ya lo
hizo en las dos ocasiones anteriores, una obra estupenda, donde se asiste al
nacimiento y la evolución vital de una chica que, como bien advierte el título,
nació casi a la vez que la bossa nova (me dan ganas de sumarme a la
broma, diciendo que yo, que vine al mundo al comenzar 1966, lo hice anunciado
por el Rubber Soul de los Beatles, aparecido poco antes). En su familia
conoceremos a un padre locutor de radio (que firmó un férreo contrato por el
que se negaba a dar noticias negativas) y una madre con tendencias depresivas:
ambos contribuyeron con sus ideas ateas y progresistas a forjar una buena parte
de su personalidad. Como contrapeso, una abuela tradicional y creyente, que
conversa habitualmente con ella y que le dice a la narradora con absoluto
convencimiento que su ángel de la guarda se llama Felipe. Al otro lado del
océano Atlántico, unos tíos y primos que tuvieron que salir a causa de la
guerra de 1936. A este lado, una dictadura que agoniza, pero que se empeña en
seguir aferrando con puño de hierro las riendas del país. En medio, la chica
que crece rodeada de música (“Yo deseaba tener talento musical como el tío
Enrique, pero, a pesar de haber nacido con la bossa nova, no había
nacido para la música. En el fondo le estoy agradecida a ese defecto
constitucional mío, gracias a él la bossa nova no sale de mí hacia
afuera, vaciándome, sino que viene de afuera a llenarme, a repararme, a
confortarme, a cerrar como un bálsamo las heridas de la vida, con el dulce
apósito de su enorme caudal de belleza”, p.53); que descubre la mezquindad
política y cultural que la rodea (su padre se lamenta en la página 46 de que las
autoridades no autoricen un homenaje a Machado en Baeza y algo después, en la
64, le produce rabia que no le dejen radiar Yerma); que accede al mundo
de la sexualidad (sobre todo con su novio Carlos, aunque no elude un breve
encuentro lésbico con su amiga Alicia); que concibe la fantasía de matar a
Pinochet, aunque no concreta los detalles para cumplir ese ilusionado proyecto (“Para
soñar, los matices sobran”, p.85); y, en fin, que va creciendo, por dentro y
por fuera, en unos años complejos y decisivos.
¿Hay que leer a Lola López Mondéjar? Yo creo que sí. ¿Se disfruta con sus libros? Por supuesto. ¿Volveré a estas páginas dentro de unos años? Muy probablemente. No les digo más.






