jueves, 19 de septiembre de 2019

De sol a sol




La imaginación popular asocia el sintagma “de sol a sol” con el trabajo extenuante o con las tareas fastidiosas. Pero cuando intervienen la mirada y la sensibilidad de una poeta, la fórmula se impregna de matices muy distintos, relacionados con el amor, con la esperanza, con la mirada inteligente y honda. Ocurre así con el libro que acaba de publicar Isabel Martínez Miralles, que se abre con un delicado prólogo de Juan Tomás Frutos y con unos no menos delicados versos de Antonia Cerrato.
Allí nos encontramos con el espectáculo amaneciente del mundo (“Vienen las cosas nuevas, como soles / creados para mi esperanza; / viene la luz del verbo iluminando / el centro de mi sed sin nombre”), con la felicidad de las esperas fervorosas (“Yo besaré tus manos, como besa la geisha / las heridas del héroe y tus pies peregrinos / y tus sienes pobladas de palomas”), con cantos o cánticos colmados de espíritu reivindicativo (“Cuando una mujer canta / el cielo acoge su voz, pues es su alma, / y la cubre de amores y la salva”) e incluso con hermosos aires que recuerdan la poesía popular (“¡Qué de nadie es el viento, / qué de nadie tu sombra! / ¡Qué de nadie, el olvido / de tu nombre en mi boca!”).
Amor y muerte, esperanza y desesperanza, trenzándose y dialogando de un modo fértil, elevan las columnas salomónicas sobre las que este libro íntimo y emotivo se vertebra, con la ayuda de algunos símbolos tan evidentes como poderosos (el sol, el ajedrez, las sombras, el caballo). El resultado es un poemario en el que la autora transita por caminos de aguerrida hermosura (“Hoy solo quiero respirar el olivo en tu mirada”) y donde siempre apuesta por la vigorosa energía del amor, que nos permite sobreponernos al desaliento, a la laxitud, a las lágrimas. Sirvan como muestra estos cinco versos, que pretenden convertirse en una invitación para que los lectores busquen y lean este tomo, que publica La Rosa de Papel:

“Es incondicional saber que lo perfecto
es amarte, a pesar de los errores,
de los míos, de los tuyos, de la vida,
que fluye como un bendito río de esperanzas
ante el que todos somos héroes y neófitos”

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Marranadas




Acabo un librito inofensivo e intrascendente, que hace veinte años gozó de cierto bombo editorial. Se trata de Marranadas, de Marie Darrieussecq, traducida por Javier Albiñana (Anagrama, Barcelona, 1997).
En ella se nos cuentan las peripecias vitales y sentimentales de una dependienta algo putoncilla, que se la pone gorda a los clientes (y que les hace todo tipo de “servicios” a cambio de dinero), la cual se va metamorfoseando en cerda. Al final, termina liada con un hombre lobo, da muerte a su propia madre y se enrolla con un jabalí en el bosque.
¿Surrealismo? ¿Simbologías herméticas? Yo creo que se trata de algo mucho más simple: una gilipollez. Y, por supuesto, una estafa a los lectores.
A otro perro con este hueso.

martes, 17 de septiembre de 2019

Viajar y escribir




Cuando un escritor nos propone un nuevo libro siempre nos está invitando a que lo acompañemos en un viaje. Y mientras caminemos a su lado nos hablará de personas, de sentimientos, de destinos, de muertes, de coincidencias, de silencios y de atardeceres. Compartirá con nosotros su pan y su vino. Dejará que nos asomemos (leve o profundamente) al brocal de su alma. Y nos autorizará para considerarnos, de un modo vicario, sus amigos.
Santiago Delgado (Murcia, 1949), que nos ha entregado tantos libros en prosa y en verso durante los últimos treinta y ocho años, reúne ahora en un volumen muy generoso sus experiencias viajeras por tres continentes bajo el título de Viajar y escribir. Y en sus páginas nos encontramos con una oceánica cantidad de escenas literarias, asociadas siempre al entorno donde se encuentra, que actúa como el detonante de la inspiración: en Corfú recuerda a Nausícaa, justo cuando descubre el cuerpo de Odiseo en la playa; en Creta le asalta la imagen del Minotauro, que nos explica en primera persona sus intenciones y sus motivaciones; Canarias le trae el recuerdo de la estancia que allí protagonizó Agatha Christie, pródiga en misterios y crímenes barrocos, y su visita al museo de Benito Pérez Galdós, en cuyas obras no hay “una palabra más hermosa que otra” (p.61); en Nueva York (que luego le ilustró Juan Bautista Sanz) se encontró con el Empire State, con el río Carlos… y con el palacio de los Vélez; escuchó hablar a Nefertiti en el Altes Museum de Berlín, con sus labios “equidistantes de la elegante finura y la sensual morbidez” (p.135); nos traslada desde Cerdeña la desafiante balada del bandido Calvisi; pone por escrito el remanso de meditación, belleza y café capuccino que pudo disfrutar en Milán (al que somos invitados los lectores); juega con la más lúdica polimetría en el poema que dedica a la estatua ecuestre del rey Wenceslao en Praga; o, por no desvelar todos los primores del volumen y dejar que sean los demás quienes accedan a la maravilla de estos recuerdos, nos explica en la página 281 la convicción lírico-insular de que “Ibiza es un haikú”.
Quienes ya conozcan el estilo literario de Santiago Delgado no necesitan muchas explicaciones más. Y quienes no, convocados quedan a aproximarse a este libro.

lunes, 16 de septiembre de 2019

Idilios




Termino los Idilios, de Teócrito, que traducen Manuel García Teijeiro y María Teresa Molinos Tejada (Gredos, Madrid, 1986), y reconozco que lo hecho con una complacida lentitud, porque constantemente tenía que detenerme a consultar las notas a pie de página o, incluso, recurrir a manuales de mitología para completar las referencias que necesitaba para entender mejor lo leído.
Me han subyugado especialmente el idilio XI (allí donde el gigante Polifemo, con preciosas imágenes, lamenta con amargura los continuos desdenes que le inflige Galatea) y el idilio XXVII (en el que dos jóvenes pastores dialogan de amor, yacen juntos y se comprometen para la boda). Pero en realidad de casi todos puede extraerse alguna imagen hermosa, alguna metáfora sorprendente, informaciones culturales o curiosidades que interesa rescatar del olvido.
(Debajo del título de la obra anoté en lápiz: “Leída el 6 de mayo de 1997, después de que me preste el libro Miguel Haro. Maravillosa obra”. Ahora, veinte años más tarde, corroboro aquel dictamen)
Dos frases, que subrayo en rojo: “A todos nos asoma la vejez por las sienes”. “Los hombres no ambicionan ya, como antes, ser alabados por nobles hazañas, vencidos por el lucro. Cada cual, con las manos en el seno, calcula de dónde podrá sacar dineros”.

domingo, 15 de septiembre de 2019

Crónica familiar




Abres un libro, creyendo que abres un libro. Comienzas a leer un libro, creyendo que comienzas a leer un libro. Y entonces el firmante de la obra (en este caso, el florentino Vasco Pratolini) te suelta, a bocajarro: “Este libro no es una obra de fantasía. Es un coloquio del autor con su hermano muerto. Al escribirlo, el autor trata sólo de hallar consuelo. Nada más”. A partir de esas líneas, entiendes que tu actitud debe ser otra. Que no puedes pasearte por sus páginas con un lápiz en ristre, dispuesto a subrayar lindezas estilísticas o marcar errores. Alguien te ha puesto una silla para que, sentado en ella, escuches; y tú escuchas, con el máximo de los respetos y con la conmoción erizando tu piel.
Asistes a la narración de dos infancias difíciles, unidas y separadas por el azar. Una madre que muere al dar a luz al hermano pequeño. Un hermano mayor (Vasco) que culpa absurda, atrozmente al recién llegado. Una adolescencia en la que se dibujan aproximaciones y distancias. La lucha por sobrevivir en tiempos duros. Los paseos por calles pobres. Las visitas a la abuela en la residencia de ancianos.
No hay aquí adornos. No hay concesiones literarias de cara a la galería. No hay búsqueda de primores. No hay deleite en la persecución de los adjetivos. Todo es directo, descarnado, escueto, cortante, realista, amargo.
Un gran libro.

sábado, 14 de septiembre de 2019

Lola Oporto




La visita que nos propone José Antonio Sau en esta novela (titulada Lola Oporto y publicada por Ediciones del Genal) no puede ser más seductora: nos pide que nos paseemos por Málaga y que acompañemos a su protagonista por calles, despachos y cafeterías, para contemplar cómo va estrechando el cerco alrededor del misterioso asesino que ha ejecutado a dos personas aparentemente no conectadas entre sí y que, en su opinión, planea otro crimen.
Dentro de ese marco, el autor de la obra bifurca su narración en tres ramales, que se van uniendo y separando habilidosamente: en primer lugar, la prehistoria de la propia Lola (hija de policía, y policía ella misma hasta que un escándalo la salpicó injustamente y solicitó la baja, convirtiéndose desde entonces en investigadora privada); en segundo, lo que va descubriendo del desquiciado homicida (que arrastra una historia de triunfos y fracasos que ha terminado por erosionar su juicio); y en tercero, el devenir de éste, desde su juventud hasta la actualidad. De ese modo, saltando de una ruta a otra, el lector siente y aplaude el dinamismo de un relato fresco y cambiante, donde la multitud de detalles que va conociendo de los tres grandes personajes que encierra (la propia Lola, Emilio Lupiáñez y Jacinto Villa de Losa) le permite construir en su mente imágenes nítidas de todos ellos, casi como si de criaturas vivas se tratara.
José Antonio Sau, que ya nos había hablado de pelotazos urbanísticos, de grandes fortunas amasadas en épocas turbias, de tiburones financieros y de víctimas de una estafa histórica, retoma esos mimbres para añadirlos a una historia de éxitos, ambiciones, mezquindad, soberbia, puñaladas a traición, adulterios y venganzas, que está mereciendo aplausos cada vez más unánimes.
Creo que el personaje de Lola Oporto ha venido para quedarse en el mundo de la novela negra española. Y yo estaré pendiente de esa posible segunda entrega. No se merece menos.

viernes, 13 de septiembre de 2019

Los caminos perdidos




Vive (o mejor, sobrevive) en Londres, donde acaba de ser abandonado por Helen, con quien había compartido sus últimos años. Pero una llamada telefónica de su tía Milagros le hará recapacitar y volver al pueblo de origen, Allún, donde tendrá que enfrentarse a los antiguos demonios familiares de una estirpe dominada por la tristeza, el horror, la melancolía y las desgracias: estrecheces económicas, traumas derivados de la guerra, fallecimientos prematuros, soledad…
Preguntando y escuchando a diversos miembros de su familia, el narrador irá descubriendo los infinitos mimbres que se trenzan en su historia. Y comprenderá que ha llegado el tiempo de exorcizar esos demonios para que las almas de sus ancestros descansen por fin en paz.
En esta novela, espléndidamente escrita y narrada, Pedro Francisco Almaida nos entrega un ramillete de historias que, conservando cada una de ellas un espíritu propio (y sus curvas, anécdotas y altibajos emocionales), se entrelazan entre sí para conformar una malla creíble, sólida y que refleja muchas décadas de la España del siglo XX. Añadamos la elegancia psicológica con la que aborda la disección anímica de los personajes, que los convierte en figuras de cristalina complejidad. Añadamos los abundantes simbolismos que el autor introduce en los nombres (Juana Valiente, María Esperanza, Amador, Anita Voluntad, Cándida, Milagros) y en los emplazamientos (den la vuelta al nombre “Allún” y refresquen su latín). Añadamos la eficaz forma en que Almaida refleja el habla popular en sus páginas… Con esos ingredientes (y con otros muchos que dejaré descubrir a los futuros lectores del libro) no es extraño que el licor que brota de la coctelera resulte tan embriagador.
No lo duden: Los caminos perdidos puede ser uno de los libros de la temporada.