Después de haber leído no menos de cincuenta veces (no exagero) sus famosas Coplas (era uno de los temas que con más gusto explicaba en mis clases), dedico unas horas a recorrer la Poesía completa del autor, en la vieja, manoseada y adorable edición del profesor Giovanni Caravaggi. Entiendo que para un lector actual, acostumbrado a ciertos modos de pensamiento, a ciertos usos sociales y a cierto estado de lengua, el paseo por estos versos puede resultar dificultoso, pero si uno se sobrepone a esas trabas descubrirá interesantes juicios sobre la fragilidad de los mentirosos (“Que quien tantas vezes miente, / aunque ya diga verdad, / no es de creer”) o sobre la cálida presencialidad que exige el auténtico amor, en unos versos en los que Manrique introduce una inquietante coda de amenaza (“Quien quisiere ser amado / trabaje por ser presente, / que quan presto fuere ausente, / tan presto será olvidado”). Por supuesto, leo otra vez (y lo hago en voz alta, en la soledad de mi despacho), las Coplas a la muerte de su padre, que me vuelven a parecer un prodigio de intensidad, de sencillez y de sabiduría. Supongo que ahora, a mis sesenta años, percibo con más intensidad los matices crepusculares del poema, que quizá solamente eran un “tema” durante mis lecturas de juventud. Bien está. Quien no aprende algo nuevo cada día es porque tiende al despiste o porque está muerto.
Librario íntimo
lunes, 21 de septiembre de 2026
domingo, 20 de septiembre de 2026
Cada cosa en su sitio
Dedico
un día completo a la lectura de Cada cosa en su sitio, de Azorín, que es
un libro, como casi todos los suyos, donde resulta complicado utilizar las
etiquetas convencionales. ¿Son cuentos, realmente? Digamos que son páginas de
Azorín. Es lo más atinado. O, si se quiere, pequeños cuentecillos que quizá no
sean tales, valga la paradoja. Antes bien, parecen viñetas, dibujos de
acuarela, leves pinturas de orden psicológico, apuntes casi al modo
carpetovetónico, en los que los personajes charlan mientras pasean por el
monte, dialogan en la consulta de un médico, en la celebración de un bautizo,
sentados frente a un balcón o degustando un poco de vino, morigeradamente. Esas
situaciones le permiten al escritor de Monóvar reflexionar sobre la luna, los
primores de los olivos, el disfrute de los paisajes campesinos, los viejos
relojeros vocacionales, la inveterada costumbre madrileña de ir a tomar el sol
en la Puerta del Sol, el trabajo brumoso de las almazaras, los avatares de la
historia de España o el carácter melancólico de ciertos espíritus… Y eso sin
olvidarnos de algunas sorpresas morrocotudas (que también las hay en el tomo y
que anonadan por venir del “conservador” Azorín). Por ejemplo, uno de sus
personajes anhela la diversificación administrativa de España (“Siempre, en
España, se han usado las palabras patria y nación con referencia a las
regiones. Los autores clásicos están llenos de eso. Y si antiguamente se
hablaba de nación, en la certidumbre de que existen varias naciones en España,
con más verdad se puede hablar hoy. La nación es comunidad de tradiciones y
sentimientos. Hoy lo sabemos perfectamente. Nación es Cataluña y nación es
Vasconia”); y otro (por quedarme en dos citas y dejar el resto para el futuro
lector), repudia abiertamente la férrea intransigencia de la religión católica,
con su infame Inquisición (“Se consuela uno un poco pensando que dentro de
algunos siglos no habrá en España ni persecuciones por las ideas, ni represión
del pensamiento, ni procesos arbitrarios, ni mucho menos bárbaras torturas”).
En todas las páginas, Azorín establece su propio ritmo de escritura, esas frases cortas que tanto irritan a algunos, la lentitud de su mirar (“No he de salir ya de este paso. No salir de su paso, es decir, no perder la serenidad, la ecuanimidad, es una norma esencial en la vida. Otros que escriban como quieran: yo escribo… como escribo”, p.128). Y, por supuesto, las obligadas visitas al diccionario que las páginas del alicantino Azorín exigen, con su vocabulario inusual, antiguo, de rancio abolengo. Anotaré diez de esas palabras, por si alguien quiere someterse a examen: galicinio, crezneja, tabelión, engurrio, liara, alborga, maganto, cojijo, ostugo y revellín. Vocablos que yo ignoraba y que, probablemente, jamás usaré o volveré a ver escritos en otros autores; pero que me encanta descubrir en las páginas de don José, como quien ojea paños antiguos al revolver las entrañas del arca de la abuela.
sábado, 19 de septiembre de 2026
Bicicletas de nariz
Ahora
que ya no tengo hijos pequeños a quienes leer por las noches (el menor, que
acaba de empezar el instituto, ya empieza a renegar de esa costumbre, por
parecerle algo infantil), descubro el placer de leer en voz alta, fingiendo que
aún disfruto de ese paraíso. Aprovecho mi jubilación para, en mi butaca del
patio, poner voces y adoptar tonos, como si todavía unas orejas diminutas
estuvieran pendientes de mis palabras. Lo voy a hacer de vez en cuando. Y
estreno la experiencia con el libro Bicicletas de nariz, de mi querida
Marisa López Soria, quien me habla del pobre Máximo, un niño con carencias
visuales, que lo hacen propenso a las caídas y que le ocasionan mil problemas,
entre jocosos y tremebundos: compañeros que no quieren jugar con él, porque
advierten sus limitaciones; un señor que lo tiene que salvar cuando está a
punto de cruzar un paso de cebra con semáforo en rojo; una señora con exceso de
peso que, en la playa, es confundida por él con una ballena… “Lo máximo que me
veo son las uñas de los pies”, confiesa cabizbajo en la página 28.
Por
fortuna, ese problema tiene una solución fácil: ponerle unas gafas. El chico
las elige de color rosa y se muestra exultante: es como llevar una bicicleta
sobre la nariz. En su grupo de amigos, como siempre, hay disparidad de
opiniones sobre la novedad oftalmológica, pero terminará imperando el cariño,
que los une más todavía.
Mezclando ternura, humor, juegos de palabras y unas rimas tan simpáticas como pizpiretas, Marisa López Soria redondea una historia que encantará a cualquier niño que la lea. O que la escuche, como le sucede a mi invisible espectador.
viernes, 18 de septiembre de 2026
La noche de la encrucijada
Diecisiete horas dura ya el interrogatorio al que el inspector Maigret y su equipo están sometiendo a Carl Andersen, un aristócrata danés venido a menos que vive en una singular encrucijada francesa, donde solamente hay una gasolinera, la pequeña casa de un agente de seguros y la mansión (desvencijada y ruinosa, pero enorme) donde viven Carl y su hermana Else. Y el motivo de ese interminable interrogatorio es también singular, cuando no escalofriante: el coche del danés ha aparecido en el garaje del agente de seguros, mientras que el de este, con un cadáver dentro, se ha encontrado en el garaje de Carl. Aparte de la escenificación macabra o juguetona de ese delito, la identidad de la víctima tampoco es muy tranquilizadora: se trata de un corredor de diamantes de Amberes cuyo nombre es (o era) Isaac Goldberg. Persuadido de que Andersen no es el responsable del crimen (se trata, a todas luces, de un hombre educado, sereno y aparentemente pacífico), Maigret lo deja libre; pero se desplaza con su ayudante Lucas hasta la encrucijada, y comienza a formular preguntas, dándose cuenta de que el caso, formado por piezas tan sencillas, es mucho más complejo de lo que cabría imaginar. Cuando comiencen a aparecer objetos robados, joyas valiosas y hasta alijos de droga, Maigret descubrirá que se está enfrentando a una situación mil veces más peligrosa de lo que pudo prever al inicio del caso. En la escena final, con todos los habitantes de la encrucijada detenidos y esposados, nadie parece inocente y comienzan a descubrirse embrolladas conexiones entre ellos (nombres falsos, pasados carcelarios, relaciones sexuales inesperadas), en un crescendo que la veteranía narrativa de Simenon logra mantener en pie, pese a su condición desconcertante y tumultuosa.
jueves, 17 de septiembre de 2026
Paco Yunque
Decía
el peruano César Vallejo que hay golpes en la vida tan fuertes… Sí, los hay sin
duda. Y los sufren, sobre todo, como lamentaba el mexicano Mariano Azuela, “los
de abajo”. En esta historia, quien se ve obligado a agachar la cabeza, morderse
los labios y llorar de impotencia es Paco Yunque, un chico pobre cuya madre
trabaja como sirvienta para el inglés Dorian Grieve, gerente de los
ferrocarriles de la The Peruvian Corporation y alcalde del pueblo. César
Vallejo nos invita a que presenciemos el primer día de escuela de este pobre
chico, aturullado por el jaleo de sus compañeros, intimidado por la presencia
autoritaria del maestro, cohibido por la frialdad del recinto escolar y, sobre
todo, paralizado ante los desafueros de Humberto, hijo de Dorian, quien lo
considera “su muchacho” y entiende que puede abusar de él, pegarle y robarle
los trabajos. ¿Alguien sale en su defensa? Sí, pero resulta inútil, porque el
maestro, que siempre se encuentra casualmente de espaldas cuando el chico
comete sus tropelías, se niega a castigar a Humberto (“Bueno. Yo creo en lo que
usted dice. Yo sé que usted no miente nunca”). Los demás tienen claro que no lo
castiga “porque su papá es rico”. Es el triunfo de la arrogancia hipócrita
sobre la inocencia inerme.
El retrato que César Abraham Vallejo Mendoza nos facilita sobre la sociedad peruana (sobre cualquier sociedad) es tan duro como riguroso: la soberbia y la conciencia de ser superior se mama en casa. Humberto sabe que su padre tiene mucho dinero y mucho poder. Los demás, por tanto, están obligados a transigir con sus caprichos, a someterse a sus brutalidades, a callarse ante sus vilezas. Y Paco Yunque (simbólico apellido) es aún demasiado niño para rebelarse contra el martillo que lo golpea.
miércoles, 16 de septiembre de 2026
Los hijos de la piedra
Me
acerco hasta otra obra teatral de Miguel Hernández, que se titula Los hijos
de la piedra y que gira alrededor de una zona minera y agrícola que
pertenece a la pequeña localidad de Montecabra. Todos los protagonistas,
cualquiera que sea el sector donde ganan su jornal, están contentos con la
forma en que los trata su patrón, don Pedro, un hombre razonable y generoso,
que ni se cree por encima de ellos, ni los trata de forma injusta. Pero cuando
se produce su muerte y todo queda en manos de otro “Señor” (ni nombre se le da)
las cosas se tuercen, por ser el nuevo propietario una persona despótica,
ambiciosa y altanera, que les rebaja el salario, aumenta las horas de trabajo y
se refugia siempre detrás de los guardias civiles, que defienden su status con
las armas. Además, el repugnante amo se ha empeñado en forzar a Retama (la
mujer del pastor) y, literalmente, demuestra ser un sádico (“Me gusta irritar y
humillar a esta especie de gente”). De tal modo que el ambiente idílico que se
respiraba en las primeras páginas queda convertido con rapidez en un infierno, que
provoca hambre y desesperación entre los mineros y que los fuerza a rebelarse
(aunque les cuesta dar el paso, dada su mansedumbre) contra el inicuo
personaje, al que terminan ahorcando. ¿Una pintura maniquea? Mucho, cómo
negarlo. A veces, incluso diría que roza la caricatura: los buenos son
buenísimos; los malos, esperpénticos. Pero hay que ser comprensivos y juzgar la
pieza dentro de su marco histórico (1935), en los meses duros, calientes y
tensos que estaban preparando el estallido de la guerra civil.
Con un lenguaje mucho más poético que teatral (a veces, tiene que hacerse un gran esfuerzo para “creer” a los personajes, cuyo nivel lírico los vuelve irreales, impostados), Miguel Hernández se alinea de forma nítida del lado de quienes sufren, del lado de quienes dependen del capricho y la magnanimidad de ese amo que, con un simple gesto, los puede condenar a la hambruna o la cárcel.
martes, 15 de septiembre de 2026
Inbox
Alexia
es una chica de 16 años que nació en Barcelona y que ha vivido una infancia
sumamente peculiar: tras la muerte de su madre en un accidente doméstico (y con
un padre que se dio a la fuga cuando su hija era todavía un bebé), tiene que
trasladarse a vivir con su abuelo paterno, a México. Estando allí, consigue la
dirección de correo electrónico de Benedict Woodward, su escritor favorito; y
se decide a escribirle. Al principio, él contesta malhumorado, porque teme
sufrir el acoso de una fan alocada, impertinente o sospechosa; después, sus
respuestas se van suavizando, hasta que se inicia entre ellos un diálogo
espaciado, cada vez más personal, donde las confidencias de la muchacha (que
quiere ser escritora, que la convivencia con su abuelo es compleja, que
frecuenta una librería donde quizá comience a trabajar) y del escritor (que ha
estado en una clínica para personas alcohólicas, que su mujer murió, que su
hijo es un rebelde con el que se lleva mal) salpican el texto. Pero Alexia,
después de haber sido espiada por una figura que parece controlarla desde los
alrededores de la librería y de sufrir una persecución en medio de la noche,
sospecha que no todo está tan claro como aparenta en este intercambio de
mensajes.
Una novela agradable y amena, quizá menos densa de lo habitual en Care Santos, que se lee con bastante fluidez y que gustará al público juvenil que sigue a la autora de Mataró.





