Dedico
dos tardes (dos tardes satisfactorias e intensas) a leer La Nardo, de
Ramón Gómez de la Serna, una novela confeccionada con párrafos muy cortos, con
frases breves y poéticas, como de orfebrería o macramé. En ella se nos cuenta
el desarrollo vital de Aurelia, una chica que, tras la muerte de su padre y el
nuevo matrimonio de su madre, trabaja en el puesto familiar en la Ribera de
Curtidores. Es lectora de novelas románticas y, escultural y bellísima, se
defiende con desparpajo frente a quienes la cortejan con malas intenciones. El
proyecto de la madre consiste en casarla con un viudo adinerado, pero la chica,
renuente a ese destino, se abalanza en los brazos de Samuel, un chisgarabís con
mucha labia, que se convierte en su novio (al principio) y en su proxeneta (muy
poco después). Él empieza a pasearla por calles y verbenas, consiguiendo que
los ojos de los demás varones relampagueen de deseo; y, astuto, saca pingüe provecho
de esas ansias. La cortejará un supuesto empresario del mundo del cine; la
cortejará un rico (que la introduce en el mundo de la morfina); la cortejará un
médico (el cual le firmará recetas para conseguir más morfina); la cortejará
también un millonario venezolano; y, por fin, tras mil episodios de “pecaduría
lunar” (es la fórmula que emplea Ramón en el capítulo XXVI), conocerá a un
hombre casado, del que se enamorará realmente y con el que proyectará un doble
suicidio, para liberarse y vivir su amor en el sosiego mudo de la eternidad.
Esta escena, que se recrea en el capítulo XXVIII, resulta tan bella como
estremecedora, tan agria como inolvidable. Una de las mejores que le he leído al
autor.
Nos encontramos ante un libro crudo, incómodo, en el que asistimos a un paseo por los infiernos de la degradación (prostitución, drogas, marginalidad) y en el que Gómez de la Serna nos regala muchas de sus ramonadas (“El reloj hacía con sus manillas el punto grueso de la red de horas para contener la historia”, cap.III; “Estos huecos redondos que se ven en la luna son plazas de toros que hay por allá”, cap.VI; “Las acacias con su ramaje inquieto y alegre hacían cosquillas en la oreja a los faroles”, cap.VI; “La vida tenía gesto de acantilado”, cap.XXVII; etc.). Curiosa novela, llena de desgarro, existencialismo y amargura, muy digna de ser leída.






