Hace
unos años, leí con absoluta fascinación una novela de Pedro Riera que se titula
La criatura del bosque (https://rubencastillo.blogspot.com/2016/05/la-criatura-del-bosque.html) y,
desde entonces, tenía pendiente recorrer las páginas de otra obra suya. Hoy lo
hago con Esto de estar muerto es un asco, que alcanzó la condición de
finalista en el premio Edebé de literatura juvenil y que ha vuelto a
convencerme, no solo porque es una narración interesante y sólida, sino porque está
demoníacamente bien construida y porque el enredo pegajoso de sus hilos no da
tregua al lector, tenga la edad que tenga. Imaginen este arranque: un chico de
dieciocho años que se llama Álvaro está sentado en el bosque, con la mirada
concentrada en un amasijo de ramas y hojas, bajo el cual se encuentra un
cadáver con una aparatosa herida en la cabeza. ¿Se encuentra en shock? Sí, pero
no porque la visión del cuerpo le produzca remordimientos (él no es el asesino),
sino porque la víctima es él mismo. Ahora, es un fantasma que ignora quién lo
ha matado y por qué. Por fin, cuando se libera de las primeras horas de
estupor, se pone en camino y llega hasta la ciudad, donde intenta reclamar la
atención de alguien, pero es inútil: nadie está facultado para verlo, ni para
escucharlo, ni para advertir su presencia. Pero cuando la desazón está a punto
de destrozarlo, observa que una chica estrafalaria (una “perroflauta”, según
nos dice el propio Álvaro) sí que repara en él y puede oírlo y verlo. Es su
única esperanza para descubrir a la persona que lo ha matado y para poder
comunicarse con su familia, que aún ignora su muerte.
Tras ese inicio espectacular, la escalada de asombros y revelaciones que asalta a la persona que está leyendo no cesa en las siguientes trescientas páginas: amigos que esconden secretos, policías que actúan con cautela, familias poderosas que están dispuestas a proteger a sus vástagos a cualquier precio, drogas, actitudes equívocas, exceso de alcohol, perversiones sexuales, mentiras que se van enredando unas a otras… Pero el autor barcelonés consigue resolver esa asfixiante trama (que llega a producir taquicardia en algunos segmentos de la obra) con una inteligencia y una galanura envidiables. Aplauso cerrado, ya lo creo que sí.





