Recuerdo
que, cuando terminé la novela Cuando todos sean sombra (https://rubencastillo.blogspot.com/2023/03/cuando-todos-sean-sombra.html), pensé
que estaba muy, pero que muy bien hecha. Sabía de la gran calidad de escritura
de Manuel Susarte, porque ya le había reseñado otras dos obras antes, pero en
2023 descubrí que había dado un salto enorme. Ahora, tras leer Brujas,
hechizos y bastones de canela (DobleCé Ediciones, 2026), considero que el
salto ya no es enorme, sino espectacular. Todo en este libro brilla muy por
encima de la media: su documentación (las fórmulas de tratamiento, los giros
del lenguaje, la descripción de hogares y zonas campesinas, los roles sociales,
la vestimenta de los protagonistas, las rutas y caminos, las estratagemas de
bandoleros y rufianes), el forjado de la trama (que nos recuerda los grandes
viajes de aprendizaje y aventura de la historia literaria: desde el Lazarillo o
el Quijote hasta Escuela de mandarines) o el modelado de los personajes
(sobre todo, los dos protagonistas: Luis de García y Entralgo y Elena del
Valle). Entiendo que el largo período de construcción de la obra tuvo que ser
enormemente laborioso para el autor, pero recuerdo muy bien lo que repetía mi
madre cuando se afanaba sobre algún bordado con infinita paciencia: “Nadie va a
preguntar cuánto tiempo tardó la persona que lo hizo, sino quién lo
hizo”.
En
Brujas, hechizos y bastones de canela disfrutamos (y creo que es su
mejor virtud, digna de todos los aplausos) de una exquisita máquina del tiempo,
que nos retrotrae al siglo XVI, con sus pobrezas, su obsesión por las brujas,
sus caminos defectuosos, sus ignorancias médicas, sus clérigos miserables, sus
melindres sobre el sexo y sus desigualdades. Manuel Susarte logra que, mientras
leemos el libro, vivamos en ese ambiente, respiremos sus miasmas y
experimentemos sus zozobras. No era nada fácil, porque conseguir que el lector
actual olvide cuanto le rodea está al alcance de muy pocos; pero él lo logra
con éxito en cada una de sus páginas. Y es también (no quiero dejar de
mencionarlo), una extraordinaria historia de amor entre un inquisidor poco dado
a las iracundias de su cargo (“Llevo a honra que ninguno de los encausados por
mí ha padecido pena de tortura ni de fuego”, cap.II) y una hermosa muchacha
que, rebelándose contra la postergación y el oscurantismo, decide que su
condición femenina no habrá de impedirle aprender sobre hierbas y astros, sobre
fenómenos meteorológicos y sobre cuantas señales estén alrededor del ser humano
y puedan ser aprovechadas para la mejora de la vida. En esa historia de amor,
aparte de dulzura y unas gotas finales de melancolía, también hay desenfreno
sexual (les recomiendo que no se apresuren mientras leen los capítulos XXIII y
XXIV, prodigiosamente atractivos).
Al final, esta novela majestuosa, de sólida armazón, convincente trazado y remate egregio se convierte en un libro admirable. Me alegro muchísimo de haberlo leído y de soñar con una posible continuación (allende los mares o aquende). “Espero haberlo conseguido”, anota el autor con prudencia en la página 226. Pues sí, lo ha conseguido plenamente. Doy fe.





