miércoles, 8 de julio de 2026

Yo que fui un perro


 

Leo el libro Yo que fui un perro, de Antonio Soler, y me produce unas sensaciones intensas y contradictorias, de atracción (literaria) y de rechazo (íntimo). El protagonista es un estudiante de medicina, Carlos, que vive con su madre (el padre murió) y cuya mente parece estar sometida a un continuo oleaje de rarezas: se concentra en limpiar con un paño húmedo las hojas de las aspidistras de su casa; imagina tragedias tan aparatosas como inquietantes (“Mi madre había ido a un pueblo con su amiga Carmen. Tardó. Pensé que había tenido un accidente de coche y que tendría que ir al hospital o al cementerio. Reconocer el cadáver. Lo imaginé en una de las mesas de la sala de Prácticas de Anatomía. Casi busco en los cajones para mirar lo del seguro de defunción”); observa su entorno con unas pupilas siempre negativas y macabras (“La noche lo convierte todo en un pozo. He sentido ganas de llorar. Me ha dado miedo asomarme a la ventana y ver los edificios como lápidas flotando en la oscuridad”); se obsesiona por las relaciones sentimentales que haya podido tener su novia (Yolanda) y que lo hieren como si fueran bisturíes (es un celoso patológico), además de pretender regular sus acciones, sus simpatías y su horario (“Le comenté las cosas que no debe hacer. Tampoco me agrada la amistad tan estrecha que ha alcanzado con Verónica. No le dije nada sobre eso. Mejor dosificar. Como se hace con los medicamentos”); y que, en ocasiones, incluso llega a ser consciente de lo arduo y conflictivo de su carácter (“A veces pienso que quien hace esas cosas es otro. Alguien que nada tiene que ver conmigo. Alguien que incluso se burla de mí. O por lo menos que me sabotea. No voy a saber quién soy hasta dentro de no sé cuánto tiempo. Y tampoco hace falta porque así soy más libre”).

Alrededor de este personaje controlador y egocéntrico, que no se considera amigo de nadie (él es superior), que se masturba cada dos por tres pensando en amigas o en madres de amigos y que se muestra refractario incluso a la hora de expresar dolor por la muerte de un compañero, todo parece quedar cenagosamente turbio. Como ejemplo, sus continuas rupturas y reconciliaciones con Yolanda, que se repiten de forma irritantemente tediosa; o la manera infame (pero reveladora desde el punto de vista freudiano) en que espía a su propia madre, porque un simple número de teléfono le hace pensar que tiene un amante o porque su amistad con Carmen le parece “sospechosa” de lesbianismo. Con ese dibujo anímico, a nadie le resultará extraño que Carlos vigile a Yolanda, que cronometre sus entradas y salidas, que la coja “demasiado fuerte” del brazo o que, en los párrafos últimos, incurra en violencias más execrables.

Novela incómoda, contundente y ríspida, cuya lectura provoca malestar y que probablemente no sea adecuada, por su dureza, para todos los públicos.

lunes, 29 de junio de 2026

Todos hacen daño

 


Decía Nietzsche (un tipo que, mientras le crecía el bigote, pensaba) que el hombre superior es un niño y un bailarín. Un niño, porque juega con la existencia; un bailarín, porque convierte cada salto, cada pirueta, cada giro, en una apuesta y un riesgo. Creo que al filósofo de Röcken no le molestaría que yo incluyese a José Antonio Jiménez-Barbero en ese ámbito, porque sus libros incorporan siempre, a partes iguales, brillantez y riesgo, inocencia y arrojo. Como afirmaba Camilo José Cela, mantenerse dentro de una línea sabiendo que es exitosa resulta sin duda legítimo (la mayor parte de los escritores lo hacen), pero más admirable se antoja acometer peligros, proponer rutas poco transitadas y pensar que el creador tiene que mostrar, a veces, alma de funambulista.

En Todos hacen daño (que obtuvo el I Premio Maluma de novela), el amante del género va a encontrar todos los ingredientes que lo hacen feliz: crímenes tan brutales como inesperados, identidades encubiertas, policías que se han dejado seducir por las mieles infames del dinero, investigadores privados que recorren calles y locales de alterne, traiciones, odios, fidelidades peligrosas, piratas informáticos, mercenarios venidos de Europa del Este, chicas vírgenes que son secuestradas y violadas para convertirlas en prostitutas… Nada echará en falta, se lo puedo asegurar. Tampoco podrá quejarse del ritmo de la obra, tramado con un primor casi cinematográfico y con altas dosis de adrenalina (no se pierdan las secuencias en las que las balas silban, auténticamente taquicárdicas). Ni del modo en que el autor trenza, y luego destrenza, las hebras de su relato, dejando solamente una (la más inquietante) en suspenso. Pero me parece incluso más importante señalar lo que va a descubrir en estas páginas el lector que no sea demasiado entusiasta del género: una excelente demostración de cómo contar maravillosamente una historia, dando profundidad a los personajes, diseñando un ritmo endiablado y logrando que, al final, el corazón palpite de rabia y de zozobra (también de ternura y de alivio), porque el autor ha conseguido que su relato fluya por las venas de quien ha decidido sumergirse en él.

Discrepo, eso también lo debo decir, con el título de la obra. No todos hacen daño. Es una generalización con la que no puedo estar de acuerdo. Algunos no hacen daño, sino que “hacen alegría”. Por ejemplo, José Antonio Jiménez-Barbero, cada vez que tiene la buena idea (y se toma el arduo trabajo) de escribir una novela. Ojalá ese gozo se repita muchas veces más.

domingo, 28 de junio de 2026

La primavera en viaje hacia el invierno


 

Vuelvo al universo narrativo de Pedro García Montalvo con los relatos contenidos en el volumen La primavera en viaje hacia el invierno, en el que las secuencias parecen configurar su propio tempo musical. Los adjetivos, como pinceladas de color, y el ritmo de las frases, con su cadencia única, establecen la respiración que los lectores deben adoptar para comprender la esencia última de los cuentos. A veces, el narrador nos pedirá que asistamos a una excursión escolar a orillas del río Segura, donde una pícara broma hará posible que el tímido profesor don Toribio, un latinista cuarentón con muy poco don de gentes, quede como un héroe ante la joven Adela (“Divertimento”); otras, nos presentará a la bellísima condesa Ángela de Yeste, que habría de convertirse después en protagonista de su novela El intermediario, que consigné en este Librario íntimo hace pocos días (https://rubencastillo.blogspot.com/2026/06/el-intermediario.html); o nos presentará a una chica que, normalmente sensata y prudente, se atolondra cuando el amor prende en su pecho (“El rostro”); o nos dibuja asechanzas más bien equívocas, como la protagonizada por el musicólogo Tomás Tarazona (“La venta de la Virgen”); o, en fin, explora laberintos más oscuros del alma humana, que reconocemos como propios, con horror, cuando deslizamos los ojos por los párrafos del relato (“Un monólogo”).

No necesita muchas páginas García Montalvo para construir sus propuestas, y eso las vuelve tan sólidas, tan condensadas, tan admirables. Releerlas al cabo de cuarenta años ha supuesto un auténtico placer.

sábado, 27 de junio de 2026

El último caso de Unamuno

 


En la última reseña que le dediqué al zamorano Luis García Jambrina, por su novela El manuscrito de nieve (https://rubencastillo.blogspot.com/2024/03/el-manuscrito-de-nieve.html), señalé un procedimiento que, a mi entender, volvía defectuosa la obra: su tendencia a amontonar datos históricos, artísticos y de todo tipo de una manera poco acertada. Dos años después, me animo con otra de las producciones del autor, aparecida en 2026: El último caso de Unamuno. Y me siento muy feliz de emitir un juicio totalmente distinto: la obra es excelente. Las informaciones históricas, políticas, culturales y militares siguen siendo oceánicas (la ambientación de la novela en 1936 así lo requiere), pero el autor ha sabido encauzarlas de un modo magnífico, sin que el lector sienta que chirrían.

La base del libro se articula sobre dos líneas policiales que caminan de forma cercana. En la primera, descubrimos cómo el insigne escritor don Miguel de Unamuno investiga el misterioso suicidio del catedrático de Derecho don Daniel Carbajo. Su esposa descubrió el cuerpo ahorcado en su despacho, que permanecía con la llave echada por dentro; pero era reacia a considerar que su marido, profundamente religioso, hubiera optado por acabar con su existencia de una forma tan inopinada y tan herética. En la segunda, nos encontramos con la súbita muerte del propio Unamuno, que sufrió un colapso mientras charlaba junto a su mesa con el joven profesor falangista Bartolomé Aragón. Muy habilidoso y muy sólido en su exposición novelesca, Luis García Jambrina nos va planteando en capítulos alternos este doble enigma, introduciendo personajes de tanta densidad y envergadura como Millán Astray, Francisco Franco, Giménez Caballero o Carmen Polo. Y esculpiendo también una doble línea de protagonistas-detectives, porque si en la primera es don Miguel el eje vertebrador, en la segunda ocupan ese lugar sus amigos Teresa Maragall López y Manuel Rivera Jambrina. Este último, de hecho, se plantea incluso la posibilidad de escribir alguna vez esta historia, para que las generaciones futuras conozcan la verdad (“La novela, si es que alguna vez llegaba a escribirla, tendría, pues, una doble trama entrecruzada y una doble línea temporal; en una, don Miguel sería el detective o sujeto investigador y, en la otra, la víctima o el objeto de la investigación”, p.234).

Como se trata de un libro detectivesco (aunque no queda reducido a esa simple dimensión), resultaría muy ingrato desvelarles detalles que erosionaran la eficacia de sus sorpresas. Sí les diré que, al acabarlo, queda en el ánimo de los lectores la sensación poderosa de que todo podría ser verdad (sensación que las consultas que se realizan en Internet parecen corroborar). García Jambrina ha construido su historia con mimbres tan bien trenzados y tan verosímiles que te convence. Es un asombroso logro, que aplaudo con energía.

jueves, 25 de junio de 2026

Los árboles mueren de pie

 


Entramos en el espacio escénico de Los árboles mueren de pie, invitados por el gran Alejandro Casona, y lo que allí descubrimos no puede ser más chocante, con personajes que van disfrazados (y que se cambian de disfraz) y con frases que nos suenan a delirio o tomadura de pelo. Al cabo de varias páginas, la perplejidad que sienten los personajes que han entrado con nosotros (Balboa e Isabel) es tan enorme como la nuestra. ¿Qué es lo que está pasando? ¿Nos encontramos quizá en un manicomio, en el que los orates han logrado hacerse con el control? No lo vamos a averiguar hasta que aparece el doctor que dirige la institución, quien le explica a Isabel que, en realidad, son personas que trabajan para otorgar caridad y poesía al alma de las personas necesitadas (“¿Quién ha pensado en los que se mueren sin un solo recuerdo hermoso? ¿En los que no han visto realizado un sueño?”). Son constructores de sueños, aliviadores de penas, maquilladores de la angustia: uno de los colaboradores reparte conejos por el monte para hacer felices a los cazadores pobres; otro roba a los ladrones primerizos para que abandonen la delincuencia… Ante la perplejidad de Isabel, el doctor lo tiene claro: “Tal como va el mundo todos los que no somos imbéciles necesitamos estar un poco locos”.

Encandilada con el proyecto, Isabel se anima a participar en él, y pronto llega la ocasión de estrenarse: el anciano Balboa necesita que un matrimonio joven se instale en su casa, fingiendo ser su nieto (que abandonó el hogar hace veinte años) y su esposa, para conseguir que la anciana abuela no muera de tristeza; y, sobre todo, que no descubra que su auténtico nieto es un desalmado delincuente, dado a todo tipo de crímenes. ¿Será posible mantener esta bondadosa farsa durante unos días? Y las personas que la lleven a cabo, ¿serán después las mismas?

Adoro a Alejandro Casona. Ninguna de sus obras me ha decepcionado jamás. Tampoco lo hace ahora, con esta bella reflexión sobre la generosidad, la entereza, la dignidad y el amor. Así que la gran pregunta tal vez sea por qué no leo todas las que me faltan y las voy dejando en este Librario. Hummm, ¿por qué no?

miércoles, 24 de junio de 2026

El reino de la nada

 


Muchas son las propuestas (y las maravillas) que nos entrega El reino de la nada, el volumen de cuentos que Emilio Gavilanes publicó en Menoscuarto (2011), y de todas ellas conviene disfrutar despacio, con una lectura lenta. Que nadie se apresure mientras camina por sus páginas, porque se perderá demasiados detalles, demasiados matices; y en ellos se encuentra la auténtica grandeza de este tomo, impregnado de melancolía, inteligencia, lirismo y ternura. En algunas de sus narraciones, Gavilanes nos lleva hasta la época de la guerra civil de 1936, para hablarnos de un juicio delirante incoado contra un niño (“La tabla del dos”); de un manicomio que, abandonado por su personal sanitario y religioso, se transforma en metáfora o alegoría (“El reino de la nada”); o del siniestro destino que se abate sobre un huérfano que, acompañando a su abuelo ciego, acaban de llegar a una población extraña (“Primer día de escuela”). En otras, nos acerca hasta los abismos del cáncer, como quien nos invita a pasear por el borde de un acantilado, mientras sopla el viento (“Pisadas en la arena”, “Ahora que cada vez soy menos inmortal”). Y en todas, absolutamente en todas, nos propone magias cordiales, indagaciones valiosas en el espíritu humano y acuarelas que necesitan nuestra mirada atenta para fijar sus perfiles. Personalmente, he sentido la necesidad de leer dos veces (nada más acabarlo, volví a la línea primera) las bellas páginas panteístas de “Aire”.

Ha sido una buena idea acudir a mi segunda lectura de Emilio Gavilanes, que preveo que no será la última.

martes, 23 de junio de 2026

Caminos que conducen a esto

 


Cuando me siento en el sillón y abro un libro de Andrés Ortiz Tafur, ya sé que me voy a sorprender. No sé cómo ni por dónde, pero tengo claro que el escritor de Linares va a conseguir dejarme K.O. con la magia, la fantasía y la rotundidad de sus historias. Me ocurre con algunos escritores (Monzó, Cortázar, Moyano, Olgoso) y por esa razón me gusta volver continuamente a sus páginas. Ahora lo hago con Caminos que conducen a esto, un chispeante volumen que publicó en El Desván de la memoria y que leo en la edición de 2013.

Con la inagotable destreza de un prestidigitador, Andrés nos habla de una mujer no especialmente agraciada, que se instala en cierto lugar y aspira a convertirlo en un refugio para personas feas, que olviden allí sus traumas; de sueños que se expanden hacia la vigilia, o que establecen enigmáticos diálogos con ella; de asombrosas naranjas blancas (tan infrecuentes como las manzanas azules); de una Eva insaciable que no termina de encontrar en el Edén su pareja idónea, para decepción y abatimiento de Adán; de homenajes al más universal de los cantantes nacidos en la provincia de Jaén (“Eva tomando el sol”, “A esa hora maldita (en que los bares a punto están de cerrar)”); del novio que padece una inquietante disfunción eréctil y no sabe cómo afrontar la relación (cercana ya al matrimonio) con su paciente pareja; de las figuras coloreadas que se saludan o despiden en lo alto de una montaña, provocando la perplejidad de los montañeros que las observan desde abajo; o de un hombre (llamado Marcial) cuyo tono de voz es insufriblemente elevado, incluso para la mujer con la que convive.

De todas las combinaciones de seriedad, humor y excelente literatura, la que nos ofrece Andrés Ortiz Tafur en sus obras me parece una de las más notables de nuestro país, así que les sugiero (si me lo permiten) que acudan a sus libros. Me terminarán concediendo la razón.