Mi
hermano Luis, que conoce mi admiración sin límites por Antonio Muñoz Molina y
que sabe moverse más rápido que una centella, compra y me presta el libro Entre
Úbeda y Mágina, que devoro en menos tiempo del que tarda en persignarse un
cura loco.
Descubro
que su fecha de nacimiento es el 10 de enero de 1956, aunque su padre lo
inscribiese por error en otra; que el parto (que se produjo en casa, en el
cuarto de la viga) fue difícil, hasta el punto de que llegaron a temer por su
vida; que su abuela Leonor, tan dulce y cariñosa con su nieto, era sumamente perspicaz
a la hora de analizar sus primeros amores (“A mi nieto se le da muy bien
enamorarse de las niñas guapas, pero ellas no lo quieren”, p.31); que las primeras
letras las aprendió en la escuela de María de la Hoz, amiga de su abuela; que
le entristece la forma en que se están perdiendo ciertas canciones infantiles
(“Todo eso desapareció. Las canciones se perdieron igual que los cantos de
especies extinguidas de pájaros. Y no lentamente, sino de la noche a la mañana,
en unos pocos años, juegos y canciones que se habían transmitido de generación
en generación durante no se sabe cuántos siglos”, p.43); que su padre tuvo
siempre una noble vocación agrícola, aunque nunca consiguió contagiársela (“Ponía
mucha paciencia y esmero en enseñarme cosas de la huerta que yo no tenía ningún
interés en aprender”, p.64); que le produce una melancólica consternación la
forma en que se extingue cierto vocabulario campesino (“Ir de una mata a otra
recogiendo tomates, los pimientos, berenjenas, se dice ‘andar’, y es
transitivo: “Andar los tomates”. Todos esos usos verbales desaparecerán cuando
termine de extinguirse la generación de mis tíos”, p.75); o que consiguió
seguir estudios después de los once años porque, frente a la oposición paterna,
su maestro don Luis Molina se empeñó en ello. Además, como lector fervoroso del
escritor de Úbeda, descubro detalles que me hacen sonreír sobre el general
Orduña o sobre el comercio El Sistema Métrico, que aparecen en varias de sus
novelas.
Afirma el volumen, en una de sus frases promocionales, que esta obra no versa sobre la vida de Antonio Muñoz Molina, sino que sobre todo plantea un dibujo de época, un cuadro para entender cierta España de hace unas décadas. Bien. No discutiré esa afirmación, pero me apresuro a matizar que yo no la necesito, ni lo entiendo como una virtud primordial: para mí es un gozo que el autor hable de sí mismo, de su familia y de sus primeros años en Úbeda. Y lo es porque, sin haber conocido en persona a Antonio Muñoz Molina y sin haber hablado nunca con él, lo admiro con una intensidad absoluta. Así que todos mis aplausos para el libro donde uno de mis dioses me habla de su infancia, de sus primeros maestros y de sus rubores amorosos adolescentes. Ya lo explica él mismo con palabras deliciosas, que no me resisto a reproducir, pese a su longitud: “La generación que ahora se extingue fue la última en España que vivió plenamente el mundo antes de la explosión del desarrollo, la última que ejerció los oficios inmemoriales de la agricultura y la artesanía, saberes populares muy sofisticados en los que se cimentaba su sustento y la dignidad de sus vidas. A mí ahora me remuerde la conciencia por no haber escuchado y preguntado todo lo que hubiera debido. Ahora nosotros, hijos y nietos de entonces, estamos a punto de ser otra última generación, la de los que escucharon, los que pasaron la niñez en aquel mundo perdido. Contar con veracidad lo que uno ha vivido me parece una obligación cívica. El pasado se inunda muy fácilmente de desconocimiento y de mentiras. Una comunidad civilizada se basa en gran medida en una conversación entre los vivos y los muertos. Nuestra tarea es atestiguar lo que hemos visto con nuestros propios ojos, incluso cuando parezca que nadie está interesado, y también contar lo que nuestros mayores nos contaron, lo que de otro modo no habría dejado huella en el relato de la Historia”. Imposible decirlo mejor.






