Vuelvo
hasta Francisco Alemán Sainz para completar la relectura de Patio de luces
(y otros relatos). Mi primera lectura debió de ser hacia 1980, cuando lo
encontré entre los libros de mi tía Esperanza. Por aquel entonces aún no
conocía de nada a este narrador, pero lo cierto es que pronto me cautivó la
fantástica creatividad de muchas de sus imágenes, como cuando adjetiva a un
viento de “municipal”; o cuando nos habla de una pequeña cafetería donde “los
grandes espejos estaban huérfanos de nucas de mujer”; o cuando se refiere a “un
sol casi pálido, falto de glóbulos amarillos”; o cuando alude a alguien que “no
sabía si reírse o llorarse”. Esas palabras (y muchas otras similares) me
bastaron para convertirme en admirador de su prosa, que contiene chispazos de
auténtico genio. Como muestra, transcribo algunos de los que he subrayado en mi
ejemplar (que no es el de mi tía, perdido en los cauces del tiempo): “La
familia se formaba de cinco hijos y de la mujer, casi siempre encuadernada en
marrón”. “El mar seguía lo mismo, monótono, igual, aguardando bañistas que
poner en peligro para poder salir en los periódicos”. “Toda una vida es muy
poco tiempo de veras importante, rodeado de muchos años silenciosos”. “Todos
los después son duros”. “No se sabe nunca lo que ocurre de verdad. Se conoce la
piel de las cosas, pero el pulso se nos escapa”. “La inteligencia se inicia en
la segunda dioptría”. “La estupidez hiere, casi siempre, más que la maldad”.
“Escribir novelas, escribir lo que sea, es una forma de ser infiel a la vida”.
“No debe de volverse nunca a ninguna parte. Hay que seguir adelante, sin un
regreso, sin un retroceso”.
¿Que no consiguió convertirse en uno de los escritores murcianos más famosos? No, desde luego, pero yo lo sigo leyendo con auténtico placer. Y, como yo (supongo), otras personas. Quizá no sea un mal destino literario: quedar en el corazón y en la gratitud de quienes no te conocieron, pero vuelven a ti con sana admiración.





