domingo, 31 de mayo de 2020

Amores que matan




Decido, para terminar el mes de mayo, revisitar el primer libro de José Cantabella, que se publicó en 2002 y que lleva por título Amores que matan. Es una colección de veintidós apuntes y relatos donde se mezclan con eficacia el candor narrativo y la ironía, para crear productos de amable lección. El contenido (lo advierte en seguida la persona que abre el volumen y se sumerge en él) es muy heterogéneo: sátiras literarias tan graciosas como “Literators”; deliciosas estampas bucólicas, de gran ternura, como la que bautiza con el nombre de “El juego de la infancia”; párrafos increíblemente hermosos, casi de inspiración borgiana, como “La foto”; páginas desconcertantes, zumbonas, ácidas, del estilo de “El amor, esa enfermedad”; etc. Además, en el texto “Fidelidad” se nos anticipa a un personaje que se convertiría en el protagonista absoluto de su segundo libro: Chacón.
La mayor virtud de aquel juvenil José Cantabella probablemente radicaba en su condición acuosa: es decir, en la capacidad que demostraba para integrarse en un molde temático o estilístico, y conseguir que éste le entregase sus mejores frutos de manera natural. Otra de sus virtudes innegables era la humildad que manifestaba en sus páginas. Así, rendía sincero tributo de admiración a una serie de escritores que lo habían deslumbrado con su maestría: Severo Sarduy, Felisberto Hernández, etc. Pero por encima de todas las demás influencias, José Cantabella se hincaba de hinojos ante Julio Cortázar, al que realiza un homenaje directo con su relato “La dulce espera”, en el que incluso calcaba sintagmas del cuento “Continuidad de los parques”, del imborrable argentino.
Un anuncio prometedor de los libros que, torrente de belleza, vendrían después.

viernes, 29 de mayo de 2020

Oración




En esta Oración de Fernando Arrabal nos encontramos con una pieza dramática tan breve como curiosa. Solamente dos personas aparecen en escena, y entre ellas se urden diálogos rápidos, reiterativos, bordeando los cauces de la simplicidad y de la ironía. El hombre se llama Fidio; la mujer, Lilbe. Juntos a ellos aparece la figura de un ataúd pequeño, que contiene el cadáver de un niño. Desde que la criatura está muerta, han decidido cambiar el rumbo de sus vidas y convertirse en personas buenas. Para lograrlo (será difícil), el varón ha decidido que ambos van a seguir al pie de la letra las instrucciones salvíficas que contiene la Biblia. Con una seriedad que no se sabe si es burlesca, Fidio le va resumiendo a Lilbe algunas de las historias que contiene la obra: la creación de los primeros seres humanos, el nacimiento de Jesús, la llegada de los Reyes Magos, la crucifixión… Ella, obnubilada y casi se diría que convencida, asiente. Sí, es necesario que sean buenos a partir de ahora.
Para ello, tendrán que dejar de mentir. Tendrán que dejar de acostarse juntos. Tendrán que dejar de matar (como han matado al niño que yace en el ataúd): total, la diversión siempre les dura tan poco… El lector, que ha asistido durante las primeras líneas a su diálogo sin saber muy bien si hablaban en serio o eran dos zumbones sacrílegos, siente que su piel se estremece. Y la saliva circula cada vez con más dificultad por la garganta, conforme van desgranando sus actos.
Fernando Arrabal vuelve a situarse con esta pieza en la zona donde más cómodo ha estado siempre: el ámbito de la provocación. (Y que conste que lo digo de una forma admirativa). Mezcla de ingenuidad y de iconoclastia, su texto admite casi todas las reacciones, menos una: la indiferencia.

jueves, 28 de mayo de 2020

La estrella de quince puntas




Cojo el último libro de Noelia Lorenzo Pino y leo su título. La estrella de quince puntas. Luego lo pongo de perfil y sonrío con su grosor. Me gustan tanto las novelas de esta irundarra que descubrir que ésta sobrepasa las cuatrocientas páginas me promete muchas horas de felicidad. Es un buen augurio. Sin más dilación, me preparo un café, me instaló en la butaca y comienzo el viaje.
Eider Chassereau y Jon Ander Macua me salen pronto al encuentro. Sé que Juncal Baraibar, por desgracia, no hará acto de presencia. Después van apareciendo los nombres de Vanesa, Josu, Silvia, Peio, Eneko… Es como una reunión de amigos que se fuesen acercando a mi despacho para saludarme otra vez y se mostraran dispuestos a embriagarme con una nueva aventura. Y así es, en efecto. Todo comienza con la aparición del cadáver decapitado de una chica caucásica que, para más asombro, tiene quemadas las huellas dactilares con ácido. No hay pistas que permitan saber de quién se trata. Nadie ha denunciado la desaparición de una muchacha de esas características. Lentamente, las investigaciones se irán desarrollando; pero se complicarán cuando aparezca otro cadáver. Y esta vez el asunto adquiere unas dimensiones abrumadoras: es la joven y atractiva esposa de Thomas Careaga, un millonario que pertenece a una familia de lo más peculiar: un padre en estado vegetativo, una madrastra americana con aficiones anómalas, un hermano que conversa con una niña que murió hace años (y cuyo espectro se le aparece para atormentarlo)… y una gigantesca estrella de mar, que reposa en una habitación secreta y que se relaciona con algunos gravísimos traumas de la familia.
Espléndidamente eficaz, Noelia Lorenzo Pino mueve todos los hilos y mantiene en pie un circo con muchas pistas, donde encontraremos sexo, drogas, sicarios que cambian de continente, misterios y conflictos psicológicos; pero también conciertos de música, tatuajes, acantilados, visitas a museos, restaurantes veganos, humor, estrés laboral, conflictos de competencias y amor. Si en sus obras anteriores la escritora había logrado moverse con pericia entre las vidas de sus investigadores (primer nivel) y los pormenores de los protagonistas del caso (segundo nivel), en La estrella de quince puntas extrema esa habilidad hasta el virtuosismo, logrando ser convincente hasta la hipnosis. En mi opinión, nadie está por encima de ella en el cultivo de la novela negra en España. Así de claro.

miércoles, 27 de mayo de 2020

El abanico de lady Windermere




Cada escritor, por regla general, se siente cómodo en un determinado terreno. A Oscar Wilde le complacen los ambientes y personajes frívolos: nobles ociosos, que sonríen irónicos mientras profieren aforismos presuntamente escandalosos; salones elegantes, de los que entran y salen sirvientes circunspectos; charlas sobre moda, moral o residencias vacacionales; licores vertidos en copas de cristal tallado… Ese mundo falso y etilista, en el que todos esconden sus verdaderas personalidades para disfrazarse de diletantes o cínicos, es el ámbito en el que el escritor dublinés se muestra más desenvuelto.
Ocurre así también en El abanico de lady Windermere, una obra teatral que leo en la traducción de Ricardo Baeza y en la que una enigmática mujer, llamada lady Erlynne, se convertirá en el eje de todo. Al parecer, lord Windermere la visita con sospechosa frecuencia; al parecer, le está haciendo cuantiosos pagos mediante cheques; al parecer, el mayor de los secretos rodea el pasado (y el presente) de esta mujer de moral criticable; al parecer, todo Londres está informado de esta situación, menos Margarita, la esposa de lord Windermere, cuyo cumpleaños se celebra hoy… Así que cuando, en el mismo día, una amiga le habla de la existencia de lady Erlynne y, al tiempo, su marido le pide que la invite a la fiesta de cumpleaños, el pecho de lady Windermere entrará en combustión. ¿Cómo es posible que su esposo se atreva a sugerirle esta ignominia? ¿Cómo pretende que reciba a su amante en su propia casa? Varias informaciones sobre el pasado (que los lectores recibiremos de forma escalonada) nos permiten comprender las razones que mueven a lord Windermere. Y el misterio de sus pagos a lady Erlynne.
La trama es levemente artificiosa, y está adobada con detalles inverosímiles, pero a Wilde se le pueden perdonar esos defectos a cambio del chisporroteo de frases que nos deja, para paladear y conservar en la memoria. Anotaré algunas, para que la amnesia no las erosione y para que resulte más irrenunciable la lectura de la pieza: “Hay tanta gente que va por ahí echándoselas de buena, que casi me parece una prueba de modestia echárselas de malo”. “Yo puedo resistir a todo, menos a la tentación”. “La vida es una cosa demasiado importante para hablar de ella en serio”. “Hoy día, ser comprensible es una falta de habilidad”. “Soy la única persona en el mundo que me gustaría conocer a fondo”. “En cuanto alguien está de acuerdo conmigo, se me antoja que debo estar equivocado”. “Un cínico es un hombre que conoce el precio de todo y el valor de nada”. “Experiencia llama todo el mundo a sus errores”.

martes, 26 de mayo de 2020

La tejedora de sueños




La versión oficial (es un decir) nos indica que Penélope, reina de Ítaca, esperó con fidelidad y paciencia encomiables a su marido, el rey Odiseo, que fue reclutado para combatir en el asedio de Troya. Durante los diez años que duró aquel grave incidente bélico-amoroso se dedicó a cuidar a su hijo Telémaco, que crecía y se iba convirtiendo en un espigado jovenzuelo. Más tarde, por los conflictos de su esposo con ciertas divinidades quisquillosas, la espera se prolongó durante otros diez años. Pero no importó. Penélope fue acumulando canas, en medio de una infinita esperanza, aguardando siempre el retorno del héroe. Y cuando los voraces pretendientes invadieron su palacio y le exigieron que tomase a uno de ellos como esposo, comenzó a tejer un sudario, que destejía por las noches para que la tarea no se acabase tan pronto: demoraba así la elección de uno de ellos para que se sentara en el trono de la isla.
Pero de pronto, en 1950, un dramaturgo de Guadalajara decide reflexionar sobre la conocida historia homérica e introduce grietas en su argumento. Quizá la reina no fue tan firme como el autor griego pregonaba; quizá se enamoró de uno de los pretendientes; quizá sentía un profundo rencor por la voluble Helena (a la que no duda en calificar de “mujerzuela”), causante directa de los combates que tantas viudas y huérfanos han generado; quizá el retorno posible de su marido suponía una mezcla de decepción y amenaza… ¿Qué cosas le reprocharía una mujer de carne y hueso a su compañero, si volviese veinte años después, disfrazado y con toda la juventud perdida? ¿Qué dolores, qué amarguras, qué llorosos lamentos saldrían por su boca, mientras lo miraba a los ojos? Una Penélope humana, que Antonio Buero Vallejo dibuja con trazo delicadísimo y convincente, nos coloca ante una gran pregunta: ¿qué sentiríamos ante la persona que, habiendo sido la elegida de nuestro corazón para compartir la vida, retorna al cabo de las décadas, ajada, ruin y exigente? El maestro alcarreño demuestra, una vez más, que la historia del teatro español del siglo XX gira alrededor de media docena de autores; y él es uno de ellos.

lunes, 25 de mayo de 2020

Memoria intacta como el ámbar




En el año 2003, la jumillana Ana María Tomás publicó su trabajo Memoria intacta como el ámbar, donde se sumergió en abundantes revelaciones de rango autobiográfico.
Son unos poemas breves, airosos, que muestran cómo cada imagen queda, gracias al mecanismo de la memoria, “inmune en su miel eternizada a los desprecios del tiempo” (p.15). Nos habla en estas páginas de una infancia sin lujos (“No había chocolate, no, pero las tardes eran de almíbar”, p.18), iluminada por días de colegio y rayuelas en las aceras, por madres protectoras, comuniones inmaculadas y meses que transcurrían lentos hacia la pubertad. Al fin, ejecutado su balance, la poeta descubre que está “en paz con la sombra del trastero” (p.43) y que no debemos perder nunca “la niñacidad de los días” (p.48).
Verdaderamente, la memoria es “déspota selectiva” (p.70), pero el hecho de tender la mirada hacia atrás no tiene por qué convertirnos en estatuas de sal (como le sucedió a la imprudente mujer de Lot). Más bien nos otorga la pureza de una contemplación con la que “se consiguen las fuerzas para seguir el viaje” (p.71).

domingo, 24 de mayo de 2020

Secretos de familia




Todos los seres humanos nos encontramos heridos por alguna lastimadura. Que vivamos y sonriamos no es sino la demostración fehaciente de que somos capaces de sobreponernos a sus manifestaciones externas, pero no significa que no la sintamos, a veces a diario, desgarrándonos por dentro. En este contundente volumen de relatos de Santiago Casero, que mereció el XIX premio Manuel Llano en el año 2016, todos sus protagonistas son ejemplos vivos de esa realidad.
Unos son huérfanos que, tras la desaparición del padre, han ido derivando hacia un odio brusco e irreversible, que los aísla en sus habitaciones y que los pudre de eficaz manera; otros son compañeros y amigos que se reúnen para disputar unos improvisados partidos de fútbol, mientras la barbarie dictatorial va mermando el número de integrantes de los equipos, día tras día; otros son campesinos que perdieron a una hija durante la niñez y que ahora contemplan a una prostituta de su edad, que busca refugio en medio de la tormenta; otros han perdido a su esposa o son víctimas de un divorcio triste y traumático, que los ha dejado en una soledad sahariana; otros, tratan de deshacerse de unos gatos que tienen tiña y que han transmitido la fea enfermedad a sus hijos; otros viajan en tren para acudir al velatorio de su padre, fallecido de forma inesperada.
Todas esas vidas ostentan llagas que las brillantes pupilas de Santiago Casero nos ponen ante los ojos, para que contemplemos con piedad el espectáculo (habla Balzac) de la comedia humana: las lágrimas que se ocultan con pudor, los dolores secretos, las fístulas invisibles, los traumas maquillados, el fracaso anónimo. Y, sobre todo, lo hace con una envoltura literaria de primera orden, que es lo más digno de aplauso del tomo. Seguiré frecuentando sus siguientes obras, no me cabe duda.