Mientras
recorro las primeras páginas del volumen Paisajes y lecturas (ciezanos)
no puedo evitar acordarme en primer lugar de uno de los prologuistas del tomo,
Bartolomé Marcos Carrillo, inteligente profesor de instituto al que mi
promoción (ay) me temo que martirizó con sus tontunas infantiloides allá por
1980. Después, tras un suspiro melancólico y una petición silenciosa de perdón
por aquellas adolescentes barrabasadas, me encuentro con el sabroso contenido
del tomo, que disfruto en silencioso respeto. En primer lugar, los textos que
Pedro Diego Gil López dedica a su entorno, convertidos con tinta en espléndidas
hojas, que me traen a la memoria algunos paisajes que conocí en mi adolescencia
(viví en Cieza dos años): la finca del Menjú (“Un lugar idílico, de ilusiones
perdidas, de transformaciones imposibles, de propiedad sin cordura”, p.13); la
cantera de mármol de los Losares (que lleva más de tres décadas abandonada); el
Almorchón (“Una peonza montañosa que quedó boca arriba cuando un niño la perdió
después de jugar con ella a los cataclismos”, p.42); o la sierra de la Palera
(la cual “se yergue en una cúspide absoluta, entre los pinares que se incendian
cíclicamente con los mismos rayos de las tormentas secas”, p.77). Son las
miradas y las emociones que una persona sabia es capaz de desplegar cuando
contempla sus paisajes: es decir, los ojos del niño y las palabras del adulto.
Después
llego hasta las interesantes reflexiones que Jesús A. Salmerón Giménez va
desgranando sobre un elevado número de autores y obras, sobre los cuales emite
atinados juicios: Rafael Chirbes (“Una prosa vigorosa, ágil, precisa,
hermosísima”, p.121), la nota funeraria que le dedica a Henning Mankell
(pp.137-138), su elogio exaltado de José Emilio Pacheco (“Uno de los más
grandes poetas que he leído, de los que más me han llegado al corazón”, p.176)
o el emocionado tributo que ofrenda a Gabriel Celaya cuando se cumplieron 25
años de su muerte (pp.200-203). Pero además de esas notas críticas también se
incluyen poemas de creación propia o microrrelatos como el que aparece en la
página 156. Y, como cierre delicioso del libro, un excelente reportaje
fotográfico que ilustra paisajes y actos culturales en los que ambos escritores
encontraron fuente de inspiración.
Un trabajo espléndido de la editorial Almadenes que conviene aplaudir con entusiasmo.





