domingo, 24 de octubre de 2021

Tantos lobos

 


Leer un libro de Lorenzo Silva siempre resulta, para mí, un placer; incluso cuando la obra (como en este caso sucede) es un producto evidentemente menor. Los cuatro relatos que componen Tantos lobos no esconden en ningún momento su condición de “historias veraniegas”, compuestas para su publicación en la prensa semidesértica del estío; pero hay que reconocer que, aun siendo eso y no más, el escritor madrileño las traza con elegancia, fluidez y oficio.

Nos habla de chicas que han sido estranguladas y abandonadas en el área de descanso de una autopista de peaje, después de haberse arriesgado en el siempre peligroso mundo del ciberespacio (“547 amigos”); de muchachas despeñadas y que presentan signos de arañazos y mordiscos (“Antes de los dieciséis”); de adolescentes poliamorosas que terminan encontrando la muerte antes de tiempo como consecuencia de su imprevisión (“Cuatro novios”); y de niñas de apenas cinco años a las que alguien, en el colmo del salvajismo, ha ahogado sin ningún tipo de escrúpulos (“La hija única”). Todas ellas, caperucitas ingenuas, han sido víctimas de los lobos que rondan por el mundo; y para las cuales Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro tratan, al menos, de conseguir justicia.

Una obra distraída, para entretener un par de tardes de fin de semana.

viernes, 22 de octubre de 2021

La Casa de las Palomas

 


“Describe tu aldea y serás universal”, declaraba Tolstoi. Era su sincrética forma de decir que cuando agudizas la mirada y la concentras sobre tu entorno estás abordando la más difícil (pero quizá la más luminosa) de las tareas literarias: la descripción de aquello que nos rodea a todos, pero que solamente algunos son capaces de percibir de una forma única y convertirlo en arañitas de tinta para la eternidad. Me da la impresión de que Teresa Vicente lo ha logrado en su libro La Casa de las Palomas, que supone una revisión (y una revisitación) de su infancia, en la que se ha detenido en mil pormenores, escrupulosamente dibujados: la portera cascarrabias del inmueble donde vivían, el trabajo de su padre en la Fábrica de la Seda, las procesiones de Semana Santa, los escondrijos donde sus progenitores escondían los regalos de Reyes, las aburridas misas del domingo en la catedral o en San Miguel (parroquia en la que fue bautizada bajo el nombre de María Teresa Miguela, según nos indica en la página 35), la ingenua felicidad expansiva con la que le contó a su amiga Llanos que ya le había venido la regla, el lejano parentesco que unía a la familia con el poeta oriolano Miguel Hernández, su paso anodino por un colegio de monjas, su milagroso aprobado en aquel examen en el que permitieron hablar del Segura (en lugar de hacerlo sobre el Guadiana, que era el tema que le tocó) o, en fin, los parientes y vecinos que su memoria ha sido capaz de retener y perfilar ante nuestros ojos con extraordinaria nitidez.

Concentrada en recopilar los rostros y sucesos del pasado, Teresa Vicente logra tejer un fresco bellísimo, lleno de colores polvorientos, donde queda cobijado su ayer y, acaso, el de muchas otras personas. A ese prodigio, cuando se ejecuta con palabras atinadas, lo llamamos Literatura.

miércoles, 20 de octubre de 2021

Perdedores

 


La historia del capitán Manuel Sánchez no ha sido olvidada con el paso de las décadas porque sus ingredientes (refrescados por Vicente Aranda en 1985 para su versión cinematográfica) incorporan tal cantidad de atrocidades que resulta imposible olvidarse de ellos: el exmilitar embrutecido por el juego y el alcohol; su hija, forzada a la prostitución para suministrarle recursos económicos; el crudo asesinato a martillazos de uno de los hombres que se acercaban la chica; el juicio celebérrimo, que acabó con la muerte del capitán en el paredón y con la hija en la cárcel (1913)… Con la mitad de estas truculencias, cualquier novelista dispondría de materiales sobrados para poner ante nosotros una historia tan repulsiva como magnética.

La narradora que se ha propuesto refrescar y enriquecer este venero narrativo para el sello Dokusou se llama Anabel Rodríguez Sánchez, es abogada (su aproximación a los pormenores jurídicos del asunto está teñida de detalles técnicos que demuestra conocer) y reconstruye aquellos malhadados sucesos incorporándoles personajes nuevos, felices descripciones urbanas, indagaciones psicológicas de notable vigor y, sobre todo, una prosa convincente y madura, con la que envuelve a los lectores. La voz infantil de Virginia, la hija pequeña del capitán Sánchez, que enriquece muchos capítulos con su aportación en primera persona, supone un acierto emotivo y novelesco de primera magnitud.

De tal modo que, aunque conozcamos los detalles históricos de aquella cenagosa historia a través de la televisión o de la Wikipedia, la escritora nos sorprende y nos embriaga, porque despliega todas sus artes (que son muchas y buenas) para absorber nuestra atención y entregarnos una novela en la que todos los implicados en la trama (defensores y acusadores, jueces y testigos, periodistas y abogados, familias y curiosos) quedan salpicados por el barro innoble del horror. No se sale impune del buceo por las sentinas del alma.

martes, 19 de octubre de 2021

La conquista de la felicidad


No se puede decir con más exactitud: La conquista de la felicidad. Es la fórmula que Bertrand Russell esmaltó para explicarnos que la dicha no es una sensación que se obtenga por casualidad o por graciosa dádiva de los dioses, sino que es un fruto que se obtiene, en buena parte, gracias al esfuerzo y la predisposición del ser humano, que debe concentrarse para obtenerla. Obviamente, el profesor Russell se apresura a precisar que está refiriéndose a personas normales, con una salud normal y con unas circunstancias económicas normales. Es decir, el ciudadano medio, con una salud media y con unos ingresos medios. La persona golpeada por la ELA, erosionada por el desempleo pertinaz o sometida a la esclavitud no tendrá tan sencillo (o le resultará imposible) acceder al disfrute de esa felicidad. Pero los demás, sí. Será suficiente con despejar nuestro ánimo de escorias innecesarias, de pensamientos estúpidos o dañinos, de ambiciones frustrantes o de círculos viciosos que tan sólo sirven para hundirnos en la autocompasión.

Para conseguir avanzar en ese camino, deberemos evitar las soluciones rápidas, que solamente nos ofrecen una tregua de evidente falsedad (“La embriaguez, por ejemplo, es un suicidio temporal; la felicidad que aporta es puramente negativa, un cese momentáneo de la infelicidad”); y también deberemos asumir que, aunque parezca una paradoja, “una parte indispensable de la felicidad es carecer de algunas de las cosas que se desean”, porque eso nos estimula a seguir soñando y persiguiéndolas con ilusión.

¿Y qué indica Russell acerca del éxito? ¿Es razonable buscarlo de forma obsesiva? ¿Constituye una garantía de gozo? En su opinión, se trata tan sólo de un mero ingrediente de la felicidad, pero en seguida añade que “saldrá muy caro si para obtenerlo se sacrifican los demás ingredientes”. Y nos explicará que “el problema nace de la filosofía de la vida que todos han recibido, según la cual la vida es una contienda, una competición, en la que solo el vencedor merece respeto”. Porque es que, además (y el juicio de Russell se vuelve casi profético), “no es solo el trabajo lo que ha quedado envenenado por la filosofía de la competencia; igualmente envenenado ha quedado el ocio. El tipo de ocio tranquilo y restaurador de los nervios se considera aburrido. Tiene que haber una continua aceleración, cuyo desenlace natural serán las drogas y el colapso”.

Reflexiones igual de brillantes y de intensas le dedica al papel de la envidia, de la ansiedad, del pecado (“que atenta contra el respeto a uno mismo”), de la opinión pública (“No tiene sentido burlarse deliberadamente de la opinión pública; eso es seguir bajo su dominio, aunque de un modo retorcido. Pero ser auténticamente indiferente a ella es una fuerza y una fuente de felicidad”), del ego (“Un ego demasiado fuerte es una prisión de la que el hombre debe escapar si quiere disfrutar plenamente del mundo”), del mundo laboral (“El hombre que se avergüenza de su trabajo difícilmente podrá respetarse a sí mismo”) o de la curiosidad por aprender (“Desaprovechar las oportunidades de conocimiento, por imperfectas que sean, es como ir al teatro y no escuchar la obra. El mundo está lleno de cosas, cosas trágicas o cómicas, heroicas, extravagantes o sorprendentes, y los que no encuentran interés en el espectáculo están renunciando a uno de los privilegios que nos ofrece la vida”).

Un libro denso, inteligente, razonado y razonable, lleno de ideas luminosas, que he leído con auténtica admiración.

domingo, 17 de octubre de 2021

El fin de los dinosaurios

 


Me adentro en El fin de los dinosaurios, un volumen de microrrelatos de Javier Tomeo que publica el sello Páginas de espuma. Y durante unas horas recupero las claves, señales, personajes, tics, humoradas y obsesiones del gran narrador de Quicena: un lobo que languidece sin “el olor de las hembras que en otro tiempo incendiaron mi vida”; la inquietante casa de una viuda, llena de muñecas ahorcadas; trenes que se pierden en el horizonte y explotan; una mermelada que hace llorar a una mujer, porque le recuerda la historia desgraciada de Píramo y Tisbe; la calma de un niño altiricón al que sus compañeros comparan con una jirafa; un gigante que tiene como oficio fabricar nubes soplando una caña de bambú; los cambios cromáticos que experimentan los vestidos de cuatro mujeres que discuten sobre el aborto; muñecas hinchables que, ingratas, abandonan a sus propietarios por no poder soportar sus silencios; plantas tristes que no aceptan en su interior la presencia de la clorofila; el saturado espectador que comete el primer televicidio de la Historia… E incluso frases que se quedan vibrando en la memoria, una vez leídas (“El tiempo es un tigre que se desliza en silencio, sin que nos demos cuenta, y nos sorprende por la espalda antes de que hayamos terminado de construir nuestra cabaña”, p.140).

Al final, cuando las sorpresas y las sonrisas ya han surtido su efecto en nuestro ánimo, cerramos el tomo y comprendemos que ha sido la última aventura; que Javier Tomeo murió y este volumen es el inédito que clausura su producción. Y adviene la melancolía. Me maravilló con su Amado monstruo en la universidad y desde entonces no he dejado de interesarme por sus libros, siempre originales, siempre mágicos y distintos. Tengo tanto que agradecerle…

viernes, 15 de octubre de 2021

Campamento de supervivencia


Imaginemos a una mujer que, llena de inquietudes sociales y de compromisos éticos (feminismo, ecologismo), ve cómo la maternidad se incorpora y adhiere a su catálogo de preocupaciones. La tentación de considerarla una superheroína se tambaleará, no obstante, cuando advirtamos que también es –y ante todo– una persona, con sus flaquezas, sus debilidades, sus vacilaciones y sus momentos de zozobra. Un ser humano que necesita la escritura para apuntalar siquiera provisionalmente su entorno (“Soy un pequeño país tropical / a la espera del gran tornado. / Quiero narrar adentro / mientras todo se derrumba”); que establece con su hija unos lazos de ternura y apoyo (“Cuando digo que nos entretenemos, / me refiero exactamente a eso: / Nos tenemos entre nosotras”); que evalúa las tareas domésticas desde un punto de vista que bordea los terrenos de la metafísica y que puede conducir a pensamientos abatidos (“Limpiar es ensuciar otro lugar. / Algún día, alguien dirá / que hice todo mal”); que desea avanzar hacia el futuro amparándose en costumbres que se nutren del pasado (“Completar cuadernos era mi juego / cuando era chica. / Ahora insisto”); que no convierte su nueva vida como madre en una excusa para abandonar sus vigorosos impulsos de justicia y cambio social (el poema “Articular el pensamiento” es ejemplar en ese sentido); que tiene claro cuál es siempre el punto de partida (“Hago lo más urgente: un paso”); y que, en fin, no se conforma con verdades mezquinas, ni con fórmulas de conformidad blanda, ni con subterfugios-placebo (“Quien nace para la tormenta / no soporta la llovizna”).

Hablo de la aguerrida poeta argentina Jimena Arnolfi Villarraza y hablo también del sello Liliputienses, no menos aguerrido, que ha convertido sus versos en un manual de luces, en un dietario de corajes, del que podemos disfrutar y, sobre todo, con el que podemos aprender.

No se lo pierdan.

miércoles, 13 de octubre de 2021

Los colores del tiempo

 


Conocía a Ana Alonso por El secreto de If y por la serie La llave del tiempo (obras que leí con admiración y que, ahora lo observo con perplejidad, no reseñé en mi blog: pronto subsanaré ese incomprensible desliz), así que cuando ha aterrizado en mis manos la novela Los colores del tiempo, editada por Espasa, me adentré en sus páginas con prontitud. Y no me arrepiento ni un ápice de esa rapidez: me ha parecido una obra magnífica, una aventura de supervivencia y reconstrucción protagonizada por Adela, una maestra que perteneció a la CNT y que ha tenido que buscar empleo en plena dictadura franquista. En ese mundo de estraperlo, miradas suspicaces, pasados maquillados o directamente omitidos, temor ante los vecinos y represalias crudas, Adela deberá tragarse su orgullo y sus ansias de libertad porque tiene que sacar adelante a su hija Lucía, el único recuerdo firme que le queda de Enrique, su pareja durante la guerra civil. Para cumplir ese destino tendrá que admitir servidumbres que la abochornan (fingir mansedumbre ante inspectoras ríspidas, aceptar con calma aparente todos los desplazamientos laborales que le inflijan, rezar al inicio de las clases y entonar cánticos fascistas que le empañan los ojos y el corazón), pensando siempre en un futuro digno para su hija, a quien desea criar en un ambiente de cultura, libertad y plenitud. Pero no lo tendrá fácil, porque a su alrededor encontrará tentaciones de orden social (Mercedes), de orden político (Fanny) y de orden sentimental (Marcos) que intentarán desviarla de su proyecto. Por fortuna, también dispondrá de ayudas, como la que le brinda el editor Antonio Rejas, quien servirá de conexión con un par de personas de su pasado, inesperadamente vivas.

Una novela emotiva, vigorosa, con algunos personajes reales (Camilo José Cela, Pertegaz, Gloria Fuertes, Federica Montseny), bien documentada y bien trenzada, donde se nos ofrece un burbujeo de maquis, represiones, mentiras, hipocresías, fingimientos y crímenes apenas camuflados con la etiqueta del deber; donde se nos traslada la radiografía anímica impagable de una luchadora (“Todavía es posible la revolución”, asegura Adela en la página 120); y donde también se eleva una limpia reivindicación de las novelas “femeninas” anteriores a la guerra civil, que suministraron ilusiones, horizontes y modelos para miles de lectoras con escaso acceso a la Gran Literatura. Muy buena propuesta de Espasa y de Ana Alonso.