miércoles, 29 de abril de 2026

El sueño del celta

 


Qué fácil, qué terrible e inquietantemente fácil se pasa de ser héroe a ser villano. Y al revés. Impulsados por arrebatos subjetivos (a veces viscerales), los seres humanos tendemos a etiquetar a nuestros semejantes con una liviandad que no suele resistir con galanura el paso del tiempo o la reflexión pausada. Podríamos aducir (y no será necesario) innúmeros ejemplos a lo largo de la historia. Mario Vargas Llosa se detiene en su obra El sueño del celta en uno que oscila entre los dos polos de manera constante: el irlandés Roger Casement. Fue un héroe para quienes descubrieron gracias a él las atrocidades que el gobierno belga perpetraba en el Congo: abusos de poder por parte de las fuerzas coloniales, esclavitud de los indígenas, torturas, amputaciones, miles de asesinatos, vejaciones. Fue un traidor para quienes, creyendo la versión del rey Leopoldo II y su corte de mercaderes avariciosos, juzgaban que se ponía de parte de unos salvajes mentirosos. Volvió a ser un héroe para todos aquellos indígenas del Putumayo ecuatoriano que, sometidos al despotismo brutal de la Peruvian Amazon Company, fueron escuchados y defendidos por Roger Casement (sir Roger), quien, con un informe valiente que elevó al Foreign Office, destapó el mundo abominable de crímenes y corrupción que Julio César Arana había instaurado en aquella zona del mundo. Volvió a convertirse en un traidor, nuevamente, para todos aquellos europeos que vieron en sus denuncias un golpe inesperado al espíritu empresarial capitalista. Por fin, volvió al estatus de héroe cuando decidió convertirse en adalid de la lucha por la independencia de Irlanda, aplastada por la bota inglesa y necesitada de un retorno a sus orígenes (la lengua gaélica, sus viejas canciones, su gobierno propio, su religión católica). Y se cerró el círculo de los vaivenes cuando, fracasada la sublevación armada en 1916, Inglaterra decidió recluirlo en la cárcel y, después, ahorcarlo. El descubrimiento de sus presuntos diarios, donde confesaba algunas escabrosas aventuras homosexuales, no ayudó demasiado a su defensa.

Aproximándose a su figura con una abundante documentación y con una prosa fascinante que recurre con brillantez a la analepsis, Vargas Llosa reconstruye la vida de Roger Casement desde el final de la misma (sus últimas semanas, que transcurrieron en Pentonville Prison) y nos va desgranando sus grandezas y sus flaquezas, sus perplejidades y sus convicciones: desde descubrir en África que no todos los seres humanos son admirables, porque se dejan arrastrar por la avaricia (“¿Cómo era posible que la colonización se hubiera convertido en esta horrible rapiña, en esta crueldad vertiginosa en que gentes que se decían cristianas torturaran, mutilaran, mataran a seres indefensos y los sometieran a crueldades tan atroces, incluidos niños, ancianos? ¿No habíamos venido aquí los europeos a acabar con la trata y a traer la religión de la caridad y la justicia?”, pp.106-107) hasta aplicar su análisis humanitario a su propio país (“¿No era también Irlanda una colonia, como el Congo? […] ¿No habían invadido los ingleses a Eire? ¿No la habían incorporado al Imperio mediante la fuerza, sin consultar a los invadidos y ocupados, tal como los belgas a los congoleses?”, p.110), en una deriva política que no siempre fue entendida o compartida por sus amigos.

En un momento de esta caudalosa y perturbadora narración, el protagonista se formula un interrogante crucial: “¿Estaban justificados los sacrificios de esos veinte años africanos, los siete años en América del Sur, el año y pico en el corazón de las selvas amazónicas, el año y medio de soledad, enfermedad y frustraciones en Alemania?”. La respuesta es fácil y doble: la dignidad del ser humano (por un lado) y esta novela de Mario Vargas Llosa (por el otro) nos impulsan a responder que sí. Plenamente justificados.

martes, 28 de abril de 2026

Las fracturas doradas

 


El sogún Ashikaga Yoshimasa, que vivió y gobernó en Japón durante el siglo XV, sufrió un percance que le resultó muy doloroso: vio cómo se rompía su cuenco preferido. Ahora, en estos tiempos de usar y tirar, de ikeas, comercios chinos y amazones, un accidente de ese calibre nos parece una frivolidad, pero al mandatario nipón lo impulsó a solicitar la ayuda de un artesano que, auxiliándose con resina de árbol y polvo de oro, lo reparó. A ese arte lo conocemos ahora con el nombre de kintsugi, que quiere decir “carpintería dorada”.

Lo que nos cuenta Paloma Díaz-Mas en este libro es un suceso sin duda mucho más doloroso, pero que entronca con el anterior: la muerte de su único hermano, que ocurrió en plena pandemia del coronavirus. Nada más. Y nada menos. Una llamada telefónica de su hermana le anunció lo que había sucedido: que lo encontraron sin vida sentado en su sillón. Probablemente ni siquiera fue consciente de que estaba muriendo. Al otro lado de las ventanas, un furioso vendaval de nieve; en el silencio de la casa, sus gatos. A partir de ese punto, se inician las ceremonias del tránsito: cursar aviso a las autoridades, decidir los pormenores del funeral (cremación, en su caso), revisar las pertenencias del fallecido para decidir qué se conserva y de qué se prescinde… Es decir, clausurar todos los detalles materiales de una existencia mientras se sienten las aflicciones, la congoja, el desgarro y la condición marmórea del final. Todos los que hayan pasado por un trance parecido (y quién no lo ha hecho) saben de sobra cuántas lágrimas, cuántos recuerdos, cuántas sorpresas melancólicas y cuántas vacilaciones asaltan durante las siguientes semanas a quienes se quedan.

Con paciencia, con infinito amor, con delicada ternura, la escritora aplica su resina y su polvo de oro narrativo para mostrarnos su cuenco-hermano, que nos emociona como si hablara de alguien de nuestra familia. Porque posiblemente lo esté haciendo. Muy bello.

lunes, 27 de abril de 2026

Salmos al viento

 


Me acerco hasta el territorio poético de José Agustín Goytisolo para leer su obra Salmos al viento, ceremonia que cumplo en voz alta, como me gusta hacer con los versos. Y qué excelente trabajo. He sentido en cada página la inteligencia y la sensibilidad del barcelonés, que ha ido conquistándome texto a texto, línea a línea. He admirado (y compartido) el irónico ataque a los poetas que, acabada la guerra, decidieron que todo debía impregnarse de Garcilaso, de ríos rumorosos, y que cuando el tema no dio más de sí se dedicaron a hablar de Dios, mientras que José Agustín prefiere (así lo deja claro) alinearse con quienes “lanzan gritos pidiendo paz pidiendo patria / pidiendo aire verdadero” (Los celestiales). He aplaudido su sarcástico retrato del hombre poderoso, cuyo reino sí es de este mundo, donde él asienta sus “posaderas recias y bursátiles” (Apología del libre). He celebrado el modo en que ridiculiza el amor, entendido como ceremonia gris y reglamentada, con normas dictadas por la gazmoña moral imperante (Idilio y marcha nupcial). He apretado los dientes cuando nos habla de esos jóvenes de buena familia y comportamiento irreprochable que, pese a algún disculpable desliz momentáneo (fruto del ardor juvenil), terminan volviendo al sano redil burgués, como manda don Guido (El hijo pródigo). He notado la tristeza cuando sonaban los disparos que acaban con la vida de quien clama contra los poderosos y les recuerda la importancia pequeñita del ser humano (El profeta). He esbozado una sonrisa cómplice cuando nos repite, una y otra vez, el sintagma que tantas veces le dijeron sobre su inutilidad (Autobiografía). Y, por supuesto, he notado la saliva atascada en la garganta mientras ese incauto joven nos habla de su fervor marcial, dirigido por los manipuladores de siempre, por los ambiciosos de arriba, que inyectan odios y detentan banderas para cumplir sus objetivos (Tríptico del soldadito).

Gran libro. Gran voz. Un poeta que nos habló y que espera nuestros ojos para seguir hablándonos.

domingo, 26 de abril de 2026

Las inseparables

 


Cuando tenía 9 años, Simone de Beauvoir era alumna del colegio Adeline Desir. Y allí conoció a Elisabeth Lacoin, una chica inteligente y divertida con la que se sintió profundamente conectada, convirtiéndose en amigas. En esta novela póstuma, titulada Las inseparables, que leo en la traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego, la pequeña Sylvie Lepage (9 años) vuelve al colegio para el nuevo curso y conoce allí a Andrée Gallard. Ya no se separarán durante años: compartirán conversaciones, opiniones literarias, reflexiones sobre Dios, debates filosóficos, comentarios sobre chicos y sobre la vida en general. El vínculo entre ellas es fuerte, poderoso, inquebrantable. Y ni siquiera la aparición de Pascal, un joven profundamente religioso que se ha enamorado de Andrée, lo erosiona. Atormentada por las complejas relaciones con su madre, Andrée deja que Sylvie y Pascal se muevan a su alrededor, sin encontrar el camino adecuado para la felicidad, que parece estarle negada, sobre todo cuando la señora Gallard opine que debe trasladarse durante dos años a Inglaterra, salvo que Pascal acepte un compromiso matrimonial inmediato. El muchacho, indeciso, se niega a hacerlo, porque opina (eso dice) que la separación fortalecerá su vínculo y los protegerá de los pecados de la carne. ¿Qué siente Andrée, en medio de esas fuerzas que tiran de ella y amenazan con desgarrarla? ¿Y qué siente Sylvie, que lucha para que su amiga (¿solamente su amiga?) se case con el timorato Pascal?

Al principio, en la dedicatoria para Elisabeth Lacoin que abre la novela, Simone de Beauvoir escribe: “Si tengo esta noche los ojos llenos de lágrimas, ¿es porque ha muerto usted o porque yo estoy viva? Debería dedicarle esta historia, pero sé que no está ya en ninguna parte, y si me dirijo a usted aquí es como un artificio literario. Por lo demás, esta no es de verdad su historia, sino solo una historia inspirada en nosotras. Usted no era Andrée y yo no soy esa Sylvie que habla en nombre mío” (p.7). Al final, en el epílogo que acompaña a esta publicación, Sylvie le Bon de Beauvoir formula un interrogante crucial sobre su madre: “¿Cuál es ese sentimiento sin nombre que, con la etiqueta convencional de amistad, le abrasa el corazón aún sin estrenar, maravillado y en trance, sino el amor?” (p.120). No creo que sean necesarias más explicaciones para adentrarse con respeto y en total silencio en las páginas de este libro lánguido, triste y auténtico.

sábado, 25 de abril de 2026

Doce escenas cervantinas

 


Vuelve Santiago Delgado a este blog, que es su casa, de la mano de su deliciosa obra Doce escenas cervantinas, que publica la Fundación El Mural de Arte de Hernández Carpe y que se presta (así lo he entendido desde el principio y así lo he hecho) a ser leída en voz alta, como homenaje doble: al viejo maestro alcalaíno y al vigoroso prosista murciano. En estas páginas descubrimos a un Miguel de Cervantes dispuesto a la alegría de bailar una chacona (así lo confiesa en grata conversación con su personaje principal), aunque las fuerzas ya no lo acompañen en su vejez; a una Preciosa, gitanilla ilustre, que ofrece sus consejos a la sobrina de don Alonso Quijano para que consiga los amores del bachiller; a un agonizante novelista que, mientras se apresta a redactar sus últimas voluntades, trae a la memoria a Promontorio, el hijo natural que tuvo en Italia (convertido después en jesuita) y afirma haber sido “razonablemente feliz y razonablemente infeliz. Como todos vosotros” (p.25); a un Sancho Panza que muestra su admiración y su complacencia por el mundo de la música; a un Monipodio que defiende con buen tino su hermandad de pobres, frente al insaciable egoísmo acaparador de los poderosos (“Olvidados e ignorados estamos del Rey Nuestro Señor, y sabiéndolo nos valemos por nosotros mismos, sin que la república se resienta”, p.35); a una Dulcinea que, despojada del aburrimiento de ser musa etérea, reivindica su derecho a ser mujer de carne y hueso, con sus alborotos cordiales y su carne feliz; a un Sansón Carrasco que traslada el ataúd con los restos de don Quijote para inhumarlos en lugar desconocido, donde siguen, anónimos; y a otros personajes no menos conocidos y seductores del entorno quijotesco.

“Aún hay sol en las bardas”, escribe Miguel de Cervantes en el capítulo III de la segunda parte de su inmortal novela. Aún hay sol (mucho sol) en la pluma de Santiago Delgado, inagotable y proteico, al que siempre alegra leer y comentar.

viernes, 24 de abril de 2026

Paseo por la vida


 

Leo el libro Paseo por la vida, de Gabriel Vegara Gálvez, que me sorprende con sus versos cortos, rápidos, enigmáticos. Intuyo en ellos un buen número de claves personales (amorosas, vitales) que, como es lógico, no puedo desentrañar, porque pertenecen a la intimidad última del poeta. Pero su aroma me lanza sugerencias, me propone retos; y yo, como creo que hará cualquier lector del tomo, modelo mis conjeturas. Gabriel Vegara nos habla de mujeres que pertenecen a otro, y que apenas permiten la aproximación del extasiado; nos habla de nucas besadas y de abrazos conmovidos; de la juventud, con sus risas, músicas y paisajes que no podrán ser olvidados (“Elisabeth”); de la radiante luminosidad del sol (la palabra “sol” aparece en muchos de los sesenta poemas que tiene el libro); de la música de Leonard Cohen y el cine de Wim Wenders; de los homenajes que siente el impulso de dedicar a Rafael Alberti (“Quisiera ser…”), a la mitología grecolatina y san Juan de la Cruz (“Alma”), a María Cegarra y Miguel Hernández (“Luz de sur”).

En este juego poético de revelaciones parciales, pudorosas, incitantes, el poeta sugiere ámbitos en los que laten “profundidades que ocultan, que se abren y se cierran, que buscan y huyen”. Y me parece intuir casi siempre en sus versos una devoción juanrramoniana por decir la esencia, por acercarse al núcleo primordial del sentido, por ser exacto y apolíneo (aunque la lava palpite apenas se araña la tersa superficie de las palabras). De tal modo que leer este Paseo por la vida se convierte en un hermoso ejercicio de hermandad con el poeta; y, sobre todo, en un sugerente acercamiento a su muestrario de luces y sombras, a su abanico de sonrisas y lágrimas. Muy interesante.

jueves, 23 de abril de 2026

El amor que pasa

 


En diciembre de 1955, un sevillano que ha intercambiado un buen número de cartas con una muchacha catalana a la que no ha visto nunca en persona llega por fin a la localidad donde ella vive y se presenta ante su familia. La madre de la chica no tiene un buen concepto de los andaluces, así que el joven es recibido con ciertas suspicacias. El sevillano, que acarrea un largo historial de conquistas amorosas y que es aficionado a la poesía, el ciclismo, la manzanilla y la Feria de Abril, se encuentra de pronto en un ambiente donde todo se le antoja extraño; pero su empeño en lograr la mano de la chica es enérgico. Sabe que la ama. Sabe que quiere convertirla en su esposa. Sabe que logrará hacerla feliz. Está dispuesto a ponerlo todo de su parte para conseguir su propósito. Él se llama Antonio; ella se llama Claudina (no Maribel, como le decía en sus cartas). En El amor que pasa se nos cuenta el largo y complicado camino que los llevó a convertirse en marido y mujer y que los transformaría, tres lustros después, en padres de la escritora Care Santos.

Consultadas más de mil quinientas hojas de cartas, además de páginas inéditas escritas por sus padres en sus diarios, la novelista de Mataró ha reconstruido aquella historia de tenacidad, paciencia y amor, llena de meandros, ramas adventicias, complicaciones, avances y retrocesos, con novias abandonadas (Teresa) y novios soslayados (Pardo), con dificultades idiomáticas (Antonio se obstinaba durante los primeros meses de su relación epistolar en considerar el catalán un dialecto), con caracteres disímiles (jovial él, taciturna ella) y con graves decisiones que debieron ser tomadas en poco tiempo. Meticulosa y llena de cariño por ambos, Care aborda en estas páginas su prehistoria. Y confiesa que lo hace no solamente por ella misma, sino también “para los nietos del protagonista” (cap. “Cincuenta novias”). Por eso extiende su investigación hasta los abuelos y bisabuelos, a lo largo de pueblos, apellidos y provincias, en una confluencia de anécdotas y genes y riñas familiares y distanciamientos y casualidades, que irán conformando a la autora de estas páginas.

Care Santos nos ha contado, como digo, la historia de amor y vida de sus padres (“Escribir una novela es regalar una historia a quienes pueden amarla igual que tú”, dice en el capítulo “La vida”). Pero quienes no los conocimos, quienes somos esencialmente ajenos a esas existencias, recibimos su dibujo narrativo como un regalo, porque en realidad nos está invitando a que pensemos en nuestros propios padres, en aquellas anécdotas que creíamos olvidadas, en aquellas fotografías que conservamos y que ahora de pronto ansiamos ver de nuevo, en aquellas cartas o postales que quizá nos esperen en un viejo cajón o en una caja polvorienta. No sabemos quiénes fueron Antonio Santos y Claudina Torres, pero sí que sabemos quiénes fueron (en mi caso) Rubén Castillo y María del Rosario Gallego. Y la devoción de Care Santos, su excelencia como novelista, nos permite imaginar, sonreír o soñar durante el transcurso de la obra. Yo, además, he llorado como un crío con la escena final, cuyos detalles no voy a contarles, pero que son bellísimos y conmovedores. Gracias por contarnos su historia, Care. Gracias por contarnos la tuya. Gracias por contarnos la nuestra.