Conocía
los datos objetivos del asunto. Se llamaba Rafael Rodríguez Rapún (“El
hombre de las Tres Erres”), secretario de la compañía teatral La Barraca y
último amante intenso de Federico García Lorca. Asesinado el poeta, Rafael se
incorporó al ejército de la República, tras superar un curso de habilitación en
artillería (curiosamente desarrollado en la localidad murciana de Lorca) y
murió en 1937, justo un año después de Federico. Pero el dramaturgo Alberto
Conejero, en su obra La piedra oscura, nos facilita otro ángulo sobre el
personaje. Lo vemos aquí, herido en una celda y vigilado por un jovencísimo
soldado llamado Sebastián, a la espera de que se ejecute al amanecer su
sentencia de muerte. Al principio, su relación es tensa y cargada de silencios,
porque el carcelero ha sido adiestrado en la desconfianza; pero pronto se va
relajando ese clima y Rafael abre poco a poco las puertas de su corazón: le
explica su relación con Federico, el dolor que lo asoló cuando le informaron de
su asesinato y, sobre todo, le pide que busque a Modesto Higueras y que puedan
ser recuperados unos discos de gramófono, unos inéditos y unas cartas del
poeta.
Queda establecida así la pauta dramática: dos personas de ideas opuestas, que se mueven en un espacio reducido. En ese circuito claustrofóbico, Rafael se va sincerando (sabe que son sus horas últimas) y Sebastián va comprendiendo que participa de un horror represor y vengativo. Ese juego de equilibrios convence y emociona, porque elude etiquetas maniqueas y se centra sobre todo en el plano humano: dos seres desvalidos, arañados por el horror. Rafael, explicando cómo la sonrisa de Federico lo atraía como un imán, aunque se empeñada en frecuentar también muchachas, para tener hijos y formar una familia clásica. Sebastián, mostrando su angustia y sus vacilaciones, consciente de la crueldad de quienes lo rodean. Me ha emocionado.
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