Refresquemos,
que nunca viene mal, nuestros recuerdos del mundo clásico. La ciudad de Troya
acaba de ser aniquilada, después de una década de combates y estratagemas, tal
y como nos contó Homero en sus libros. Héctor, domador de caballos y luchador
glorioso, ha encontrado la muerte a manos del no menos glorioso Aquiles,
dejando una viuda (Andrómaca) y un huérfano (Astianacte). Por decisión de los
vencedores, el niño es despeñado desde lo alto de las murallas de Troya (para
que se extinga el linaje de Héctor) y su esposa es llevada como botín de guerra
por Neoptólemo. Ahora dejemos que se sucedan unos pocos años y descubramos de
la mano de Eurípides cómo Andrómaca ha engendrado un hijo para su captor, y eso
provoca la furia vengativa de su esposa Hermíone (que se considera objeto de
alguna hechicería por parte de Andrómaca) y del padre de esta, Menelao. Ambos
se empeñan en matar a la peligrosa Andrómaca, quien intenta defenderse con todo
tipo de objeciones, aunque sabe que de poco han de servirle sus palabras (“Los
que respiran aires de grandeza soportan con irritación argumentos más cabales
por parte de quienes son inferiores a ellos”). Por suerte, el anciano Peleo
reúne el coraje suficiente para enfrentarse a Menelao y, sin pelos en la
lengua, le resume su opinión sobre Helena (esposa de Menelao y causante de la
guerra de Troya): “Tras abandonar tu palacio se marchó de picos pardos a otro
país con un jovencito. Por ella no deberías haber empuñado una lanza, sino
haberle escupido al descubrir lo sinvergüenza que era y haberla dejado allí,
pagando incluso con tal de no tener que volverla a admitir en palacio”. No se
puede ser más contundente. ¿Conseguirá convencer (o al menos intimidar) al rey
Menelao? La respuesta está en las páginas finales de Andrómaca, una
tragedia sobre las humillaciones que soportan los vencidos y sobre el acero de
la dignidad, que he podido leer en la traducción de José Luis Navarro y que,
por desgracia, adolece de numerosos errores ortográficos y sintácticos: muchas
veces aparece “ti” con tilde (así como “dio”, “vio”, “eso” y similares); separa
el sujeto del predicado con coma (“Yo, la capturé”); y otros chirridos no menos
inoportunos.
Un detalle final: ¿recuerdan aquel célebre poema de Bertolt Brecht (“Preguntas de un obrero que lee”), en el que se interrogaba sobre si Alejandro Magno o Julio César lograron solos sus victorias, sin la ayuda de sus soldados? Pues leamos las palabras que Peleo pronuncia ante Menelao: “Cuando un ejército levanta trofeos sobre los enemigos nadie se para a pensar que tras ellos está el esfuerzo de muchos hombres, sino que es el general quien se cuelga las medallas, él, uno más entre una inmensa multitud, que blande su lanza; no hace nada más que ningún otro y sin embargo tiene más fama que nadie”. Eurípides lo dijo mucho antes que el autor alemán.




