domingo, 4 de octubre de 2026

Plenilunio


 

Es muy difícil, a estas alturas de mi devoción por el autor, intentar una reseña que resulte medianamente objetiva, o que cifre lo esencial del argumento, o que aporte alguna luz distinta sobre los perfiles de sus personajes. Además, he leído tantas reseñas y disecciones de la novela (Plenilunio) que, fatigado de inicio por la tentación absurda o desproporcionada de ser original, claudico gustoso. Un inspector que ha sido trasladado desde “el Norte” (País Vasco) y que ha vivido durante años amenazado por la banda terrorista ETA vive ahora muy lejos, en la zona meridional de España, donde se reencuentra con el padre Orduña (que fue su profesor durante la infancia) y donde tendrá que enfrentarse a un caso tan nauseabundo como perturbador: un asesino de niñas que ha acabado con la vida de Fátima de la manera más terrible (heridas, intento de violación, asfixia por introducción de sus bragas en la garganta) y que ha intentado lo mismo con Paula (quien logra sobrevivir). Su antiguo maestro le sugiere que busque la mirada del delincuente, porque es imposible que en sus pupilas no quede huella de los crímenes cometidos. Y con ese acicate el inspector hablará con todo tipo de personajes (vecinos de Fátima, su maestra, sus compañeros de clase, sus padres), cada vez más enfebrecido con la obsesión de capturar al maníaco. A la vez, en un doble equilibrio emocional, tiene que sobreponerse a sus demonios familiares (su pasado alcoholismo, su esposa internada en un sanatorio mental de forma transitoria, el miedo a sufrir en cualquier momento un atentado por parte de quienes no se van a detener hasta clausurar su respiración).

Quinientas páginas perfectas, marmóreas, agudísimas, en las que veremos al protagonista recuperando la fiebre del amor (que mantendrá una agria lucha contra sus “obligaciones” maritales), reflexionando sobre la maldad del ser humano y llegando a conclusiones atroces sobre el mundo que nos rodea. Todos los personajes de la novela parecen heridos o zarandeados por el estupor agrio de la incomprensión. Por qué los demás actúan como actúan. Por qué matan. Por qué violan. Por qué hacen daño a quienes tienen alrededor. Por qué traicionan. Al padre Orduña le produce horror que Dios tolere esas maldades. A Susana Grey le hiere que su hijo, después de haberle dedicado todo su esfuerzo de crianza en solitario, ahora prefiera irse con su padre. Al forense Ferreras, su izquierdismo utópico se le tambalea cuando advierte la zona oscura del ser humano. "Desde hace años no sabemos del todo quiénes están dentro de la ley y quiénes fuera, quiénes mienten y quiénes dicen la verdad" (se lee en el capítulo 26, quizá como resumen de todas sus perplejidades). Pero cuando todo eso, que destila acrimonia y que vuelve amarga la saliva, se sirve con la prosa inmaculada de Antonio Muñoz Molina resulta imposible no salir del libro con una rotunda sensación de ebriedad estilística.

sábado, 3 de octubre de 2026

Novelas ejemplares

 



Mi amigo Manuel Molino me dijo, hace un par de veranos, que está disfrutando en la jubilación de un placer especial: releer despacito a Cervantes, disfrutando de su prosa, de su ritmo narrativo. No me pareció mala experiencia, así que estoy cumpliendo idéntico propósito con El Quijote (un capítulo cada día, casi con los primeros rayos del sol) y, ahora, con sus deliciosas Novelas ejemplares, cuyos argumentos conozco de sobra (los he explicado en una veintena de cursos durante mi etapa como profesor de literatura) y cuyos pormenores estilísticos me hacen gozar sobremanera. “La española inglesa” es un prodigio irreal de casualidades (“Felice fuera el rey batallador que tuviera en su ejército diez mil soldados amantes, que esperan que el premio de sus victorias había de ser gozar de sus amadas”); “El amante liberal” es un ejercicio, quizá algo menor, de literatura del cautiverio; “Las dos doncellas” es una nueva demostración de equilibrio, donde se mezclan las casualidades y el travestismo (“El apasionado que cuenta sus desdichas a quien no las siente, bien es que causen en quien las escucha más sueño que lástima”); “La fuerza de la sangre” (que encantaba a mis alumnas, sobre todo) supone una restitución de la honra, abochornada por la infamia; “Rinconete y Cortadillo” es la célebre y monumental novela iniciática de dos pilletes que deambulan por la Sevilla suburbial, mafiosa y negra, que quizá se ve enturbiada por un final algo brusco (no dejaré de mencionar aquella ingeniosa hipérbole de Cervantes en la que asegura que los naipes usados por los dos pícaros están ya ovalados por el uso); “El celoso extremeño” es la historia de un viejo que posee una bella perla joven y que sufre por su posesión… ¡Tantas historias, tantos laberintos narrativos! Recuerdo perfectamente la tarde en que, estudiante de primer año en la universidad de Murcia, permanecí durante horas tumbado en el sofá leyéndolas. Cuarenta años después, recupero aquella embriaguez dichosa.

viernes, 2 de octubre de 2026

Trilogía de Madrid

 


Vuelvo por tercera vez a las páginas de Trilogía de Madrid, de Francisco Umbral, un libro que me sigue pareciendo extremadamente duro y exhaustivo, exquisito, reverencial, enciclopédico y biográfico, en el que su autor va recordando e hilvanando todos los retazos de su juventud de escritor novel. Huelga hablar (nos encontramos ante un estilista portentoso) de la calidad de su escritura, que produce asombro y admiración. Este tomo es una sabia mezcla de libros de viajes, de picaresca y de fresco anecdotario, lleno de boutades: elogia a D’Ors y Gabriel Miró; declara ilegible a Pío Baroja; reputa de mareante la prosa de Bergamín: eleva a los altares a Mihura, Azaña y Camilo José Cela; define las sesiones de oficina como “horas/culo”; y dictamina que Alberto Sánchez es el mejor escultor del siglo, sin comparación posible. Intentar resumir este libro sería como intentar resumir Madrid: tarea absurda. Pero el lector tiene, inauditamente, la sensación de haber recibido en los ojos, en el corazón y en el cerebro, ese resumen. Es otro de los prodigios de esta obra.

Anoto una muestra de las frases que he subrayado en el tomo: “El cosmopolitismo es la rama turística de la literatura y no conduce a ninguna parte". “El estilismo es el gran onanismo literario y no creo que se haya inventado nada más eficaz para pasar el rato, para pasar la vida”. “En arte no hay más que intérpretes. En arte no hay creadores. Los colores estaban ahí, el idioma o la música son creaciones colectivas y anónimas. El creador más radicalmente creador no es sino un intérprete afortunado, un virtuoso del instrumento que le esperaba: paleta, música o idioma”. “Romántico es el que tiene un instrumento, y clásico el que solo tiene una preceptiva”. “El novel sabe que es escritor, pero no sabe qué escritor es”. “La muerte burocrática, el homicidio legal nunca ha sido un crimen, o casi nunca, para los poderes de derecha/izquierda, mientras que el delito no burocratizado, aunque menor, es el gran delito que hay que castigar”. “España es una gran desperdiciadora de hombres”. “Ese intercambio de miserias que es el amor”. “El intelectual español, pues, el escritor, el creador, ha de encontrar un delicado equilibrio entre el cuervo localista que le come del costado y el perfil clásico, universal y perdurable de Prometeo”. “Hay gente que no apetece ni matarla”. “La huella digital del tiempo es una foto”.

jueves, 1 de octubre de 2026

Sentires y pensares

 


Santiago Delgado, con su mirada callada de poeta sensible, se detiene en su último libro (Sentires y pensares) en la forma en que las rosas y sus sombras permutan por juego sus colores; en el frescor matinal de las mañanas de otoño en Murcia; en la hermosura de las naranjas en el árbol (“¡Qué buen mirar que tienen!”); en la inefabilidad de ciertas bellezas que emanan de las flores (“Yo sí sé de esa sombra / hecha de piel de pétalo, / pero no sé decirlo”); en el ansia alborozada e imposible de conocer el nombre de todas ellas; en el amor que siente por la descripción del paisaje (“Lo creo mío, y me identifico / mucho con sus pormenores / y aun con sus pormayores”); en los poemas dedicados a los libros nunca leídos (pero jamás despreciados) de su biblioteca; y en los homenajes que rinde en la parte final del volumen a figuras culturales de su predilección (Ovidio, Cernuda, los hermanos Machado, Baremboim, el infamemente quemado Cristo de Tauste, las muertes tristes de Jorge Luis Borges y Miguel Hernández, o el arrebato irreversible de Margarita Gil Roësset, aquella escultora hipersensible que se suicidó, enamorada de Juan Ramón Jiménez, a los 24 años).

Maestro elegante de las seguidillas y de la asonancia (véanse poemas como “Olivo viejo de La Murta”, “Hojas muertas y maletas vacías” o “Acequias”), Santiago Delgado exhibe en esta obra, de forma serena, dos condiciones que siempre he descubierto en su literatura: la de poeta y la de filósofo. Tal vez la versatilidad de sus cuentos, novelas y ensayos haya podido camuflar para muchas personas esas dos vertientes de su pensamiento, pero para mí son cruciales a la hora de disfrutarlo y entenderlo en plenitud. Santiago pasea por las calles, contempla los árboles o las flores, queda en silencio durante la lluvia, reflexiona sobre algunos personajes históricos o deambula por un cementerio; y lo hace, siempre, con las pupilas de un poeta: atentas, receptivas, afiladas. La última demostración son estas 74 composiciones que, con el título de Sentires y pensares, edita con acierto La Fea Burguesía. Búsquenlas.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Galaxia latinoamericana

 


Después de haberlo consultado para la confección de varios temas universitarios (en el siglo pasado), vuelvo ahora a las páginas de Galaxia latinoamericana, de Jean-Michel Fossey, un enjundioso tomo de entrevistas a autores del otro lado del Atlántico, que lleva un prólogo de Rafael Conte. Disfruto con la inteligencia y la elevada sensibilidad de casi todos los autores aquí incluidos; y subrayo muchas de sus frases. Como resumen y ejemplo, copiaré las del premio Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias (“Soy un enamorado de la palabra: es una cosa esencial, vital, necesaria. Creo que en la palabra está todo y que fuera de ella no hay nada”), las del cubano José Lezama Lima (“Yo creo que ningún verdadero creador debe imponerse una autocensura. Si toda censura de fuera es molesta, una censura del creador me parece todavía más desdeñable e inadmisible”), las de Héctor Bianciotti (“Un mal libro quedará siempre reducido a su tema”), las de Luis Campodónico (“Los escritores que creen demasiado en las palabras olvidan que la finalidad de la palabra poética es conducir al silencio, al silencio esencial”), las de Alfredo Bryce Echenique (“Un cuento bueno nunca puede tener altos y bajos; tiene que ser bueno de principio a fin. Es como una especie de ajedrez, que tiene que terminar siempre con un jaque mate”) o las del habanero Roberto Fernández Retamar (“La crítica literaria no es en absoluto un género literario. La crítica, en todo caso, es literatura sobre literatura, metaliteratura”).

Da gusto escuchar a los mejores: se aprende de sus palabras.

martes, 29 de septiembre de 2026

La intrusa

 


Varios familiares están reunidos en el salón, bastante claustrofóbico, de una casa. Se encuentran preocupados y nerviosos, porque una enferma está descansando en el dormitorio contiguo e ignoran cuál pueda ser su evolución en las próximas horas. “Cuando la enfermedad entra en una casa, siempre parece que hay un extraño en la familia”, susurra el tío. El padre de la muchacha (un abuelo casi ciego, que roza los ochenta años y que, en virtud de esa edad, se juzga que “tiene derecho a ser un poco raro”) sospecha que los demás, para protegerlo, le están ocultando información sobre su hija. Todos los ruidos le parecen sospechosos, todos los silencios le parecen conspiraciones: ¿por qué nadie le quiere decir la verdad? ¿Acaso es que su hija está muriendo y prefieren apartarlo de ese dolor? Suspicaz, hipocondríaco, casi emparentado con el Tiresias de Sófocles (“Ya veo que algo pasa”, dice, y el tío le replica: “En ese caso, ve usted mejor que nosotros”), el abuelo se revuelve contra unos y otros, pregunta, suplica, se alarma cuando le parece oír golpes en la puerta o en la escalera. Finalmente, cuando llega por fin la intrusa, todos entran en el dormitorio y lo dejan, desorientado y solo, en el salón.

Simbólica y poderosa, esta pieza del belga Maurice Maeterlinck (que leo en la traducción de María Jesús Pacheco) te mantiene en una constante tensión nerviosa hasta que, al final, revela sus cartas. Interesante.

lunes, 28 de septiembre de 2026

Mitos griegos

 


Tras un simpático prólogo rimado de Pepe Yagües, la escritora Isabel Soler pasa a contarnos en su último libro (Mitos griegos, editado por Tirano Banderas) una cuidadosa selección de historias ambientadas en el mundo heleno: el mito guadiánico de Perséfone, condenada a alternar su presencia entre el mundo y el inframundo, como consecuencia de un rapto infame y una ingenua veleidad gastronómica; el regalo ardoroso que Prometeo compartió con los seres humanos; la ilusionada labor genesíaca de Pigmalión, quien esculpió a Galatea porque ninguna mujer real conseguía satisfacer sus expectativas; la soberbia tejedora de Aracne, debidamente castigada por la diosa Atenea; la clarividencia maldita de Casandra, condenada a conocer las verdades que los demás no quieren creer; la urdimbre astuta del caballo de Troya; o las peripecias, quizá menos conocidas, de Dríope o Clitia. Historias que se encuentran en la base de la cultura occidental y que, bajo diferentes disfraces e interpretaciones, nunca dejan de sorprendernos y enseñarnos. Ahora, Isabel Soler elige volver a esa alfaguara (ha sido una oportuna idea) con estos versos que, bellamente ilustrados por María Torres Signes, conforman un volumen que no debería estar ausente en ninguna biblioteca escolar.

También me gustaría llamar la atención sobre las sonrientes licencias que la autora va sembrando en las diferentes leyendas del libro y que dan buena muestra de su sentido del humor: Dionisio, a causa del insomnio, “tenía malas notas con demasiada frecuencia”; cuando Dafne rechaza el amor de Apolo, este “no entendía la indirecta”; Atalanta, presionada por su padre, debe elegir entre varios hombres “el que le gustara, como un souvenir”; Pasifae, hija de Helios, “hablaba por los codos”; Ariadna se ha “jugado el tipo” al darle el ovillo salvador a Teseo; y, en fin, esa referencia a que, en el mundo griego, “luchar hasta el final era la tónica”. Lectura y audición quedan, con esos mecanismos coloquiales, enlazadas, para disfrute de quienes acudan al libro. Una gozada.