domingo, 22 de marzo de 2026

El otro barrio


 

Hay vidas que, desde su inicio, están marcadas por el infortunio, por los signos negros de la desesperanza, como si un dios las trazase con furia vengativa. Los que hemos nacido a este lado de la línea generalmente no pensamos en ellas; o consideramos que sus propietarios, al fin y a la postre, pudieron elegir el camino recto, la senda adecuada. Pero no es así. O no es, al menos, tan fácilmente así. Pascual Duarte, que tuvo que transitar por un sendero no demasiado agradable en su juventud, lo dictaminó con palabras certeras: “Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas”. Ramón Fortuna, un adolescente que vive en Vallecas y que es huérfano de padre, queda atrapado de forma azarosa en un episodio que mezcla lo cómico y lo trágico: mientras abre una lata de berberechos, tira de la tapa con tanta rudeza que rebana el cuello de su mejor amigo. A partir de ese momento, el escándalo de la sangre aumentará por nuevos caprichos del Destino: una muchacha que cae aparatosamente por el balcón y sufre múltiples traumatismos; una vecina que pierde la vida cuando se le parte el cuello; un perro que es arrojado por el hueco de la escalera; otro vecino, que se desnuca contra un escalón… Este horror sonriente, casi tarantínico, llega a su término cuando Ramón, como responsable del estropicio, es recluido en un Centro de Menores. Allí conocerá a Aníbal (un interno que padece una grave enfermedad) y a Vicente (el trabajador que más se implica con los chavales); y allí, también, será entrevistado por Marcelo Román, quien se va a encargar de su defensa.

Permítanme que no les aporte más detalles argumentales (dejo fuera, de manera deliberada, los más jugosos, incluidas las sorpresas del tramo final) y que reclame su atención sobre el modo en que Elvira Lindo describe en las páginas de esta obra la vida del barrio, con sus miserias, sus sueños incumplidos, sus ilusiones abortadas, sus equivocaciones de juventud, sus mentiras; pero también con sus sacrificios amorosos, con sus amistades, con sus pequeños gestos de ternura y de complicidad. Y no olvidemos la impresionante voz de ese fantasma que… Ah, perdón, he dicho antes que no iba a contar nada más del argumento. La dejo en sus manos: que la disfruten tanto como yo.

sábado, 21 de marzo de 2026

La noche en que Frankenstein leyó el Quijote

 


Realicé en 2024 mi primera aproximación a la obra de Santiago Posteguillo, con el libro El séptimo círculo del infierno ( https://rubencastillo.blogspot.com/2024/05/el-septimo-circulo-del-infierno.html). Y, como me dejó una agradable impronta, renuevo mi interés con La noche en que Frankenstein leyó el Quijote, que replica el procedimiento del anterior: anécdotas literarias convertidas en pequeños relatos o diapositivas, muy bien narradas y con su punto de misterio narrativo. A veces, el enigma no es tal, porque identifico desde la primera línea de quién está hablando (por ejemplo, cuando dice que un hombre llamado Max vuelve en junio de 1924 de un funeral); pero en otras ha conseguido convertirme en ese lector infantil o juvenil que está ansioso por descubrir la identidad del personaje protagonista. Posteguillo, qué duda cabe, lo hace muy bien.

Con agrado, con auténtico placer, los lectores vamos descubriendo que fue Zenódoto de Éfeso quien aplicó el método alfabético para ordenar la biblioteca de Alejandría; o asistimos fascinados al relato novelesco de cómo Diego Hurtado de Mendoza entregó el original del Lazarillo de Tormes a un editor inescrupuloso para que lo convirtiera en libro; o leemos sobre la posible intriga de espionaje que convirtió a Shakespeare en una simple marioneta, que puso su nombre para que se fueran publicando las obras de Marlowe; o nos compadecemos del niño cojo y tímido que terminaría convirtiéndose en uno de los autores de novela histórica más famosos del mundo; o sonreímos con la anomalía vengativa (y algo soberbia y rencorosa) que utilizó José Zorrilla para ingresar en la RAE, pronunciando su discurso en verso; o asistimos en silencio al bautismo de una niña cuyo padre (un sacerdote) no pudo reconocerla; o sentimos la congoja de Jane Austen cuando le fue rechazada su novela Orgullo y prejuicio; o, en fin, nos enteramos de que la Gestapo robó en casa de Dora Diamant un buen número de cartas y originales de Franz Kafka, sin que actualmente sepamos si fueron destruidos o se conservan en algún lugar ignorado.

En cada cuadro, Santiago Posteguillo nos descubre un pliegue poco iluminado de la historia literaria o nos invita a reflexionar sobre la sinrazón humana (tras contarnos cómo Raymond Chandler estuvo a punto de morir durante la Primera Guerra Mundial, antes de escribir sus fascinantes novelas negras, nos dice: “Nunca sabremos cuántas otras novelas, obras de arte, avances científicos, vacunas, descubrimientos o maravillas se nos quedan cada día en las interminables trincheras de este mundo, en un bando o en otro”, p.148). Sí, salgo convencido de esta segunda aproximación a la obra del autor valenciano. Habrá una tercera dentro de poco.

viernes, 20 de marzo de 2026

La compañía de las moscas

 


Hace años se produjo en el colegio Anna Frank un sangriento incidente: un trío de estudiantes penetró en sus dependencias, armados con fusiles y pistolas, y animados por el alcohol y por el deseo de venganza perpetraron una auténtica masacre. Por fortuna, el líder de aquellos descerebrados fue abatido de un balazo en la cabeza antes de que aumentara la cifra de víctimas. ¿El responsable de aquel disparo? Un profesor de Lengua y Literatura con fama de huraño que se llamaba Julián Echevarría y que también terminó muriendo en el tiroteo. Ahora, una década después, un periodista que está investigando aquel luctuoso episodio mantiene ciertas reservas con respecto a la versión oficial. ¿Fue realmente el profesor Echevarría el autor de aquel disparo salvífico o lo protagonizó otra persona, al modo en que lo planteaba John Ford en la película “El hombre que mató a Liberty Valance”? Para resolver ese interrogante, César Mallorquí, el gran César Mallorquí, nos invita a conocer la historia desde el principio, presentando ante nuestros ojos a algunos de los protagonistas de aquellas macabras jornadas: el torturado Julián Echevarría (que se esconde en el alcohol para no afrontar el recuerdo de una muerte terrible, de la que se siente culpable); el atribulado Raúl Jordán (cuyo padre es un militar de comportamientos patológicos, que le exige más allá de lo humanamente razonable); o el superdotado Daniel Castro (que se camufla bajo la personalidad de Mr. Cristal, porque es demasiado frágil para enfrentarse de forma abierta con las personas de su entorno).

Dibujando su escenario con diabólica eficacia, César Mallorquí nos invita a reflexionar sobre una serie de temas cruciales: ¿sabemos de verdad qué dolores y qué traumas acongojan el alma de quienes nos rodean? ¿Somos capaces de prever hasta qué punto nuestras ideas y nuestros actos influyen sobre quienes viven a nuestro alrededor? Y, sobre todo, ¿estamos dispuestos a esforzarnos para ayudar a los demás, venciendo sus reticencias o sus desdenes iniciales? Si no lo han pensado nunca, les aseguro que lo pensarán mientras lean las páginas de La compañía de las moscas.

jueves, 19 de marzo de 2026

Paseando con Schopenhauer

 


Supongo que los hombres no estamos capacitados para entender de verdad lo que sienten las mujeres, lo que padecen las mujeres, lo que experimentan las mujeres por el hecho esencial de serlo. Podemos esforzarnos, perseverar, querer (muchos lo hacemos, con la mejor de las intenciones), pero juzgo que siempre nos quedaremos lejos del entendimiento pleno. Y una de las formas de ahondar en esa voluntad honorable es leer libros escritos por mujeres, para acercarnos a su punto de vista, a su centro, a su aleph cordial e intelectual. Hoy he tenido la suerte de encontrarme con las páginas de Paseando con Schopenhauer, de María Pilar Conn, norteamericana de Murcia, californiana de Cabo de Palos, sevillana del verso. Desde el principio, me fascina el modo en que utiliza algunas citas del viejo filósofo para construir sobre ellas, con ladrillos de rabia y lucidez, sus líneas de desafío, sus poemas de rebeldía. En ellos fulgura, como una llama, el arrojo del Yo, que se yergue con valentía frente a los asideros espurios de la religión o de la moral convencionales para establecer sus propios parámetros. Ese Yo emana de las vísceras de una mujer que a veces flaquea, porque somos humanos (“Hoy no me soporto. / El pilar de mi nombre no está”), pero que casi siempre alza su voz recia, firme, que nos habla de graves dolores de infancia (“El sueño americano”), reivindicaciones de género (“Mujeres tristes en la calle Esperanza”) y soledades que erosionan… y fortalecen, porque pertenecen a alguien que no solamente ha buscado su lugar en el mundo, sino que ha peleado por él con tesón y dignidad.

En este libro, diseminados por los poemas, se adivinan dolores personales de muy honda textura (“La vida iba a ser otra cosa”) de los cuales nos compadecemos, aunque tengamos que permanecer fuera de los pormenores biográficos que los generaron (ese territorio es privado). Lo que sí podemos hacer, como lectores, es intuirlos a través del velo de lágrimas que recubre algunos versos, aquí y allá; y, por supuesto, conmovernos con su espíritu.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Emily Dickinson. Amor como los árboles

 


Dispongámonos a escuchar, a ver, a sentir el diálogo que se desarrolla entre dos mujeres en medio de las cuales fluye una electricidad poderosa y secreta: la que emana del amor. UNA tiene unos años más que OTRA (comenzó sus estudios en la universidad cinco años antes) y es más decidida y más enérgica: ya hace tiempo que ha optado por la escritura y, sobre todo, por la vigorosa decisión de elegirse libre. OTRA, menos aguerrida, se camufla tras pudores y tras convencionalismos, que la instalan en un territorio confortable y la exoneran de culpas (aunque también la alejan de la felicidad). Ahora, ambas se encuentran de visita en la vieja casa de la poeta Emily Dickinson y curiosean su universo: los muebles, la calidad de la luz, la disposición de los papeles, los viejos zapatos. UNA siente en su alma la volcánica presencia del amor, pero se enfrenta al espíritu refractario o hermético de OTRA, que parece negarse a entenderlo. Le recita poemas, le recuerda canciones, le refresca cartas… y finalmente le confiesa (de un modo paulatino) que todo lo ha compuesto para ella, porque siente “un amor más puro, más alto… y más intenso y más libre”, como el que sintió la propia Emily Dickinson por su cuñada Susan Gilbert.

Instalado con ellas en el reducido espacio escénico, el lector va notando la vibración que esas emociones provocan en las dos mujeres, quienes resucitan la ceremonia del amor siglo y medio después de una forma gradual, cautelosa, esperanzada. Las escuchamos, como digo, declamar poemas y entonar canciones, quizá porque el amor (ese amor que no se atreve a decir su nombre, según lo definió Oscar Wilde) tiene que hablar con vuelo de música y no le es posible desnudarse sino con las llamaradas enigmáticas del verso.

El lector, si es sagaz y permanece en silencio, pronto descubre que esa melodía nació a finales del siglo XIX y que, acunando el corazón de dos mujeres, continúa resonando en el corazón de otras dos, que tal vez son las mismas, porque el secreto, el fuego y el éxtasis siempre son idénticos. Se ama y el amor no se extingue; se desea y el deseo adquiere condición de inmortalidad; se acaricia con los ojos y con las palabras y esa seda no se deteriora con el paso de los años. Todos los fuegos el fuego, como hubiera dicho el argentino Julio Cortázar. Marino González Montero, sensible y poeta, alma y palabras, logra condensar ese arcoíris, ese océano de fragancias, ese cosmos de dulzura, en unas páginas sin duda memorables, que piden a gritos ser escuchadas desde el escenario.

martes, 17 de marzo de 2026

Diario político y sentimental

 


Hace muchos años, Arturo Pérez-Reverte le explicaba a Jesús Quintero que había contestado a Paco Umbral mediante un artículo dándole “un sartenazo” (sic). No recuerdo qué asunto los enzarzó, ni recuerdo (como es lógico) de parte de quién pude estar en aquel rifirrafe. Pero hilvano ambos nombres en el inicio de esta reseña porque, habiéndolos leído mucho (sobre todo a Umbral), hay un detalle del autor de Cartagena que me lo hace más amable y más cercano, a día de hoy: su insistencia en las lealtades. Es decir, la convicción (que comparto) de que debemos mantenernos fieles a una, dos, tres, equis personas, que el curso de los años ha mantenido cercanas, luminosas y necesarias en nuestro corazón. Yo, por más que me esfuerzo, no consigo localizar un solo nombre que para Paco Umbral haya sido inalteradamente respetable, ni siquiera el de Camilo José Cela. Las personas a quienes retrató (da igual que sea Pilar Miró o Pedro Almodóvar, Concha Velasco o Adolfo Suárez, Pío Baroja o Plácido Domingo) pasan, de ser bendecidos o reverenciados, al papel de despojos. A veces, antes; a veces, después. Nadie se libra en un momento u otro de sus atrabiliarios y envenenados dardos verbales. Nadie se encuentra a salvo de sus malignidades y denuestos. Eso me lo hace cada vez más personalmente antipático.

Pero, claro, está su prosa, que es un prodigio de burbujeos y de hallazgos, un océano de luces, un festín inagotable de manjares deliciosos, que parece desatarse con el simple acto de situarse ante las teclas y sentirse rodeado por el silencio de la dacha; y uno tiene que ser honesto y decir que Umbral no le cae bien (no me cae, coño, para qué voy a decir otra cosa), pero que es un jodido genio, capaz de definiciones criminalmente seductoras (define a Manuel Fraga Iribarne como “el último hombre de la Atapuerca galaica”), de reflexiones sutiles y llenas de silencio (“Ha mejorado la calidad de la vida y se ha deteriorado escandalosamente la calidad del vivir, que es otra cosa”), de análisis sobre la actualidad nacional (“España, dictadura de espejos donde se ha confundido la transparencia con el fisgue y la libertad se ha convertido en la bandera paradójica de los carcelarios”), de confesiones personales, en las que el verbo está elegido con dura lucidez (“Soy solo como siempre quise serlo, desde niño, soy malignamente solo”), de máximas que te obligan a pensar (“El infierno no es dejar de creer en Dios, sino dejar de creer en uno mismo”), de provocaciones culturales (“Las óperas no suelen ser otra cosa que una antología de gritos, una bronca”), de exaltaciones encomiásticas que en otros libros rectificaría con similar vehemencia (“Pablo Neruda, sin duda el más grande poeta en castellano, con Quevedo”), de fervores animalistas que no se restringen a sus siempre reverenciados gatos (“Uno de los pocos y buenos amigos que el hombre puede encontrar en sociedad. El galgo es así como el violín en perro”) e incluso de coqueteos con la greguería (“El smoking es vestirse de luto para la alegría”). Siempre admitiré, pese a mis discrepancias con el tipo de persona que fue Paco Umbral, lo muchísimo que disfruto su prosa. Y este volumen me ha servido para recordarlo una vez más.

lunes, 16 de marzo de 2026

Un tajo rápido


 

Existen (soy consciente de estar emitiendo una perogrullada) muchos tipos de narradores. Los hay que construyen historias, y se centran sobre todo en los pormenores del argumento: se me ocurren muchos ejemplos magníficos, que seguro que ustedes también conocen y han disfrutado. Los hay que prefieren dibujar personajes, porque su vena psicológica se les antoja la más interesante. Y los hay que diseñan atmósferas. El libro que acabo de terminar de Alejandro Amelivia (que obtuvo el premio Ciudad de Coria en 2022) creo que lo inscribe en este último bloque. Con una pericia versátil, el escritor logroñés nos instala desde los primeros párrafos de cada cuento en burbujas de enigma y sofoco, dentro de las cuales los lectores flotamos intentando descubrir algún asidero al que poder aferrarnos: a veces, se tratará de un pueblo al que se acude para cambiar el aceite de un coche que ya ha superado el kilometraje aconsejado por los fabricantes (“Tres cuartos de vuelta en sentido horario”); otras veces, nos dejará asistir como horrorizados espectadores al macabro lanzamiento de una moneda para decidir cuál de los ocupantes de una embarcación se somete a una cirugía bárbara (“Cebar los anzuelos”); y otras nos pedirá que nos acerquemos con sigilo a una isla en la cual un hombre armado está dispuesto a disparar para no dejarnos que desembarquemos (“Lobo negro”).

En esos ámbitos, el aire adquiere una densidad única y tendremos que conseguir que nuestros pulmones se habitúen. Relájense y déjense llevar. Les aseguro que termina mereciendo la pena, porque accedemos a universos sorprendentes: un hombre que rescata en la carretera a un animal salvaje; el marido huraño que adquiere un catamarán para intentar reparar la deteriorada relación con su esposa; el chico adolescente que se adentra en el territorio de los shawnees para conectar con el espíritu de su madre fallecida; el alcohólico que acepta un trabajo para rehacer su vida (aunque su nuevo patrón no sea el más afable del mundo).

Alejandro Amelivia me ha vuelto a convencer, como me ocurrió con mi primera aproximación a su narrativa (https://rubencastillo.blogspot.com/2026/02/como-meteoritos.html). Inténtenlo ustedes: es un consejo de amigo.