martes, 16 de julio de 2019

El tesoro de Jacinto Montiel




Jacinto Montiel trabajó durante años en la sede de la compañía eléctrica en Villa de Fuentes y ahora, convertido en un otoñal prejubilado, dedica su tiempo libre a ser cronista del pueblo y a tratar de demostrar documentalmente una de las obsesiones de su vida: la existencia de los chatos (unos gnomos que, al parecer, esconden desde tiempos ancestrales un espectacular tesoro). La consulta de documentos antiguos y las visitas a la prostituta Begoña, con la que mantiene una relación venal pero también amistosa, completan las horas de sus días.
Pero la tranquilidad de la zona se resquebraja cuando comienzan a producirse unos hechos inquietantes, que se suceden a velocidad de vértigo: la muerte de Pepe el Veneno, la desaparición y posterior muerte de Mauricio, la quema de unas carpetas, el furibundo ataque que tiene como víctima al sacerdote de la localidad, la llegada de un menesteroso circo zíngaro… ¿Qué está ocurriendo en Villa de Fuentes? ¿Por qué los efluvios del Mal parecen haber decidido cebarse con la sosegada población? Jacinto Montiel, decidido a averiguarlo, se llevará varias desagradables sorpresas, que lo obligarán a tomar decisiones a vida o muerte.
Con esta novela breve que tiene inequívocos aromas de fábula (y que en algunos tramos recuerda a La coartada del diablo, de Manuel Moyano), Ismael Orcero consigue seducir a sus lectores mediante una historia que va llenándose, página tras página, de enigmas, de preguntas sin resolver y de miedos que se adentran en el alma hasta producir espeluznos. La cubierta de Diana Escribano Henarejos, como siempre, acertadísima.

La voz melodiosa



Qué magnífica narración acabo de terminar. Se trata de la novela La voz melodiosa, de Monserrat Roig, traducida por José Agustín Goytisolo (Plaza & Janés, Barcelona, 1987). Es la historia de un chico feísimo al que su abuelo (un rancio hidalgo catalán) mantiene en su casa barcelonesa, escondido, creando para él un universo perfecto de sabiduría, profesores particulares y ternura (canalizada a través de la sirvienta Dolors). Cuando por fin el muchacho se hace adulto y sale camino de la universidad, el mundo estalla en su mente: los estudiantes izquierdistas, la represión del dictador Francisco Franco… y el amor, en tres de las páginas más hermosas que yo he leído con ese tema (159-161).
El final de la novela, de una concisa y tibia languidez, me ha encantado.
No me cabe la menor duda de que volveré a Monserrat Roig.
Apunto cuatro frases que he subrayado en el libro: "(La poesía es) el arte que más gente vanidosa y menos maestros produce". "La tristeza y la locura acostumbran a hacerse compañía". "Dios es el principal huésped del infierno". "El amor absoluto es siempre un amor equivocado".

lunes, 15 de julio de 2019

Cagliostro




Leo la estupenda biografía Cagliostro, de Roberto Gervaso, traducida por María Moreu (Espasa-Calpe, Madrid, 1977); y lo hago con entusiasmo y con pasión. Qué espléndido dibujo de una vida. El personaje, desde luego, era ya novelesco de por sí: fue un reconocido estafador, prostituyó a su mujer, conoció al seductor Giacomo Casanova, vivió durante seis meses en Barcelona, fue curado de la sífilis en Alicante, ingresó en la masonería (en el año 1777), etc.
Ahora bien, con esos esplendorosos materiales un biógrafo mediocre o aturullado podría haber compuesto una porquería de libro, y no esta maravilla que ahora concluyo. Se demuestra así, una vez más, que el atractivo de una obra no reside de forma esencial en lo que se cuenta, sino en la forma. Y ahí Gervaso demuestra ser un auténtico maestro.
Me ha impresionado especialmente la parte final, cuando se narran las infinitas vicisitudes que debió arrostrar Cagliostro en la cárcel. Pone los pelos de punta (a mí me los ha puesto) la saña de la Iglesia Católica con los disidentes (en el caso que nos ocupa, cuatro larguísimos años llenos de crueldad inaudita).
Un trabajo impresionante, que recomiendo con fervor.

Acompáñame



Contaba Jorge Luis Borges que cuando una de sus abuelas estaba agonizando en su lecho convocó a los miembros de la familia y les dijo: “Soy una mujer muy vieja, que está muriéndose muy despacio. Que nadie se alborote por una cosa tan común y corriente”. Pese a esa sentencia valerosa o estoica, la muerte sí que comporta para la inmensa mayoría de los seres humanos unos tintes de zozobra, ansiedad, desconcierto o pánico que convierten la situación en un trance de difícil acometido. La certidumbre de que un día cerraremos los ojos y no los volveremos a abrir deviene losa emocional que, queramos o no, actúa sobre nuestro ánimo de un modo determinante.

La muerte, contradiciendo a la venerable abuela del genio argentino, sí que es algo extraordinario. Más extraordinario incluso que el nacimiento, porque de éste no somos conscientes, pero de la muerte sí: sabemos (gradualmente o de súbito) que nos estamos yendo. Y tragamos saliva porque ignoramos si hay algo que nos espera al otro lado; y qué es; y cómo va a ocurrir. Le tememos al dolor. Le tememos a la incertidumbre.

La autora de este decálogo que hoy aparece en la página (editado por el sello Tirano Banderas) nos ofrece un utensilio auxiliar para que seamos capaces de acompañar de forma más adecuada a quienes se están yendo; para que sepamos qué decirles y cómo actuar; para que estemos a su lado en el proceso terrible y melancólico del adiós. Con palabras sencillas, que se deslizan ante los ojos de un modo fluido, la escritora nos va recomendando modos, palabras y gestos que su larga experiencia profesional en el mundo de la enfermería le ha permitido reunir e ir decantando, de tal modo que los lectores accedemos a una sabiduría fiable y confortadora.

Estamos señalados de forma unánime por la muerte. Y casi todos, también, vamos a enfrentarnos tarde o temprano a una situación terrible de permanencia junto a una persona agonizante, así que conviene leer este decálogo, que resultará útil para creyentes y descreídos, porque sus enseñanzas y consejos contienen tanta lucidez, tanta serenidad y tanto sentido común que resultaría imposible mejorarlo.

domingo, 30 de junio de 2019

Genio y figura




Doy fin con un placer más que notable a la novela que el cordobés Juan Valera tituló Genio y figura y que Cyrus DeCoster editó con gran aparato crítico en el sello Cátedra.
Aunque probablemente no se encuentre a la altura de otras producciones del narrador andaluz, la verdad es que me ha resultado atractiva y sugerente. Escrita sin unas intenciones didácticas muy marcadas (Valera insiste en que no pretende “adoctrinar ni enseñar nada, sino divertir algunos momentos o interesar a quien me lea”), sus capítulos se dejan leer con amenidad y con agrado, y hasta contienen metáforas de exquisita confección. Un ejemplo de esto último puede hallarse en el capítulo VII, cuando el autor, para referirse al doble beneficio que la unión entre ambos reportó a don Joaquín y a Rafaela, nos dirá que “no eran en esto dos nulidades o ceros, cuya suma es siempre cero, sino dos cantidades negativas que se convierten en positivas al multiplicarse”.
Desde que leí Pepita Jiménez durante mi adolescencia no me había acercado a más obras del ilustre académico. Quizá no sería mala idea repetir la visita.

sábado, 29 de junio de 2019

Caimán




Leí Caimán, si la memoria no me falla, allá por 1995 o 1996, en la edición de Iglesias Feijoo y Mariano de Paco (Espasa-Calpe, Madrid, 1994); y vuelvo a ella veinticinco años después, para reencontrarme con el estremecedor testimonio de un trío atormentado cuyos integrantes son el cojo Néstor y el matrimonio formado por Dionisio y Rosa, que perdieron a su hija en circunstancias bastante traumáticas.
Sigue maravillándome cómo Buero Vallejo es capaz de sumergirse en los crudos territorios del dolor, el conformismo y la amargura para construir muchas de sus piezas teatrales, llenas de heridas secretas, de golpes hondos, de lágrimas calladas.
Y rescato los tres fragmentos que subrayé en rojo en mi primera lectura: “Los niños son los animales más feroces de la zoología”. “No te recrimines. No hay culpas. El mundo está mal hecho”. “Somos una especie sin porvenir”.
Muy enriquecedor, sumergirse en las páginas de don Antonio.

viernes, 28 de junio de 2019

La vida literaria




Vaya bobada de recopilación que acabo de leerme. Lleva por título La vida literaria, su autor es Miguel de Unamuno y la pone en circulación el sello Espasa-Calpe (Madrid, 1981). Está bien (o, al menos, resulta tolerable) que alguien de la talla intelectual de Unamuno publique artículos remunerados, donde aprovecha los flecos de su sabiduría o el serrín de su taller para pergeñar cosicas en las hojas caducas de la prensa. Hasta ahí, nada que objetar, porque lo han hecho miles de escritores, incluso superiores a él. Pero que los herederos hayan decidido montar un libro con ellos resulta un bochornoso snobismo, mitómano y monetizado, que no merece sino desprecio.
Pocas cosas aprovechables en el volumen. Poquísimas. He sonreído con la frase que Luis Veuillot le esclafó a un noble: “Yo asciendo de un tonelero, y usted, ¿de quién desciende?”. Y he cabeceado aprobatoriamente con esa consideración de que, frente a tantos requiebros inverosímiles como se le dedican a la amada (mi sol, mi estrella, mi cielo, mi vida), a nadie se le haya ocurrido llamarla “mi libro”. Es una simpática apreciación. Todo lo demás puede ser olvidado sin perjuicio de la fama y la calidad de don Miguel.
Frases que he subrayado en el libro: “La objetividad es una mentira tan grande como la actualidad”. “La primera cualidad que debe tener un buen médico es la de saber mentir”. “O se vive en el mar o se vive en su oleaje”. “La sonrisa interior es el triunfo de la ironía”.