Aseguró
una vez Camilo José Cela que los españoles somos renuentes a la hora de admitir
que una persona sea brillante en varias disciplinas: si alguien destaca en la
novela, nos incomoda que se adentre por los senderos de la poesía; si juega
maravillosamente al fútbol, a santo de qué aceptar que pinte como los ángeles.
Esa reflexión quizá podría extenderse a los vínculos fraternales: el hermano
del propio Cela, ¿ha de ser leído con admiración virginal o contemplado con
cierta suspicacia?; la hermana de Terenci Moix, ¿tiene derecho a recibir
aplausos por sus libros? Y aun en el caso de que sean aceptados (qué
palabra tan displicente), siempre uno de ellos recibe la etiqueta menos
favorecedora. Anne siempre será vista, comparativamente, como la peor de
las Brontë. Un destino tan aciago fue el que siempre sobrevoló a Manuel
Machado, al que se rotuló con liviana facilidad como el hermano jaranero,
golferas y poeta facilón, frente a la gloria serena y apolínea de su hermano
Antonio. Por supuesto, se trataba de una torpe injusticia, pero quién era el
guapo que se atrevía a reivindicar, frente a la majestad náufraga y exiliada de
Antonio, al autor del soneto a Francisco Franco, donde se alude a su santo afán
y su sonrisa resplandeciente.
Pues,
por fortuna, Joaquín Pérez Azaústre se animó a alzar esa bandera, y lo hizo con
su obra El querido hermano, que obtuvo el XVI Premio Málaga de novela en
el año 2022. Sintetizado hasta la caricatura, el argumento es muy sencillo: en
1939, Manuel recibe la noticia de que Antonio ha muerto en Francia y, con la
ayuda de José María Pemán, emprende viaje hacia París (luego tienen que variar
la ruta y dirigirse a Colliure) para visitar la tumba. Es todo. Pero ese viaje
de apariencia tan sencilla se erige en un período muy complejo de rememoración,
en el que asistiremos a escenas de la guerra civil y a borracheras con absenta
en el París decadente de Moréas, Gómez Carrillo y Oscar Wilde; donde
conoceremos a antiguas amantes de piel nacarada, a las que el olvido no ha
logrado suprimir; a sastres iracundos a los que Antonio ahuyentó con una
pistola en la mano; a las figuras de Leonor (a la que Manuel define con
ternura) y Pilar de Valderrama (a quien califica como “narcisista” y como
“calientabraguetas” en el capítulo 29); y donde se nos analiza con fina
penetración el discurso con el que Manuel ingresó en la Real Academia de la
Lengua.
Libro valioso y poliédrico, en el que historia, psicología y novela se funden para generar un híbrido altamente seductor. Y que, sirve, también, para recordarnos que las obras de Manuel Machado siguen esperándonos en las bibliotecas.






