¿Qué
va a encontrarse la persona que abra las páginas de Me olvidé de tu nombre,
la última entrega prosística de Juan Serrano? La respuesta no puede ser
sencilla, porque la condición poliédrica del tomo tampoco lo es. Resultaría más
fácil, quizá, proceder por descarte, indicando lo que el libro no es:
no es una novela, no es una colección de relatos, no es una secuencia de
diapositivas. Pero, como es lógico, el común de los lectores fruncirá en este
punto las cejas y pensará que no estoy aclarando absolutamente nada. Le doy la
razón, porque lo que hace aquí el escritor de Yecla es poner en nuestras manos un
prisma absorbente y multicolor que, levemente girado, nos revela luces y formas
cambiantes: hay denuncia social, hay dolor humano, hay poesía, hay observación
atenta e inteligente del entorno, hay reflexiones filosóficas. Díganme ustedes
de qué modo y con qué etiqueta se puede resumir todo eso.
Digamos
que Juan Serrano se yergue frente a la realidad para contemplarla con inusuales
ojos líricos, incluso cuando el espectáculo es tan terrible como la tristeza de
la viuda de un minero (“Las lágrimas de la mujer eran ojos de lluvia sin agua,
sin párpados. Murciélagos en tropelía, espantados por el olor del grisú y su
estruendo, volaron hacia el barranco. La naturaleza entera era el espejo de la
soledad de la mujer ensimismada. Y le daba lo mismo que las flores del coche
fúnebre reventaran de compasión o de rabia. Nada lograba sacarla de su tristeza
acuchillada y absorta. Ella quería volver a estar con su marido. Sólo tenía
ojos para saber si el humo que aún salía de la chimenea sabría escribir en el
cielo, sobre las nubes blancas, las letras del nombre de su marido”, p.9) y que
sabe cartografiar el alma de quienes lo rodean, porque su mirada se ha vuelto
sabia, y honda, y reposada. Esa sabiduría, además, se condensa en frases que
ustedes, de la misma forma que he hecho yo, subrayarán en su ejemplar del libro:
“La palabra horada las vetas del acantilado del instante” (p.24); “Tardamos dos
años en saber hablar, y una vida entera no basta para aprender a callar”
(p.42); “Se me mueren las palabras cuando intento abrir lo que llevan dentro”
(p.61); “La derrota más dura es el silencio inferido” (p.85); “No me digas
quién eres, que no quiero traspasar, ni escapar, ni salir de esta ignorancia
cómoda y bella” (p.93). “No sabes si existe el alma. Lo que sí sabes es que la
sientes cuando escribes” (p.138).
Después de leer estas frases, que escojo entre cien posibles, ¿están seguros de que no les apetece buscar el libro y sumergirse en sus páginas? Yo lo haría.






