lunes, 26 de septiembre de 2022

Diarios y cuadernos

 


Conocemos en estas páginas un buen número de anécdotas sobre Patricia, que ella misma nos detalla con rápida y eficaz prosa: que fumaba mucho, que bebía muchísimo, que mantuvo en su juventud una agitada y variopinta vida social (comidas, cenas y copas por todos lados y con todo tipo de compañías), que experimentó relaciones sexuales con varias mujeres, que colaboró desde muy joven en revistas literarias con sus primeros relatos, que mantuvo una tensa relación con su madre, que se deleitaba con la música de Bach y Mozart, que admiraba profundamente a Greta Garbo y la bailarina española Carmen Amaya, que su dentadura le dio problemas desde muy jovencita, que adoraba la técnica de Dostoievski, que suspendió más de una vez el examen de conducir o que se trasladó a vivir a Suiza en sus años finales para evitar la doble tributación de impuestos a la que estaba sometida como norteamericana que vivía en Francia.

Pero este descomunal volumen, que roza las 1300 páginas y que con tanta generosidad como acierto publica Anagrama con la laboriosa traducción de Eduardo Iriarte (me pongo en pie ante su esfuerzo), nos facilita una experiencia mucho más intensa: sentir que viajamos por el interior (físico y temporal) de Patricia Highsmith, que accedemos a recodos no siempre luminosos (tampoco siempre oscuros) de su existencia, que buceamos por la zona abisal de su alma, allí donde las vacilaciones, las certidumbres, las esperanzas y las decepciones se empujan y superponen. Avanzar por las páginas de este mastodóntico tomo implica ir conociendo a la persona que, con trazos nerviosos y urgentes, diarios y llenos de sinceridad, nos va dejando las huellas de su evolución en todos los ámbitos: laboral, sentimental, literario… Intentar una agrupación y explicación de todas las líneas vertebradoras de estos Diarios y cuadernos requeriría una treintena de folios y excedería las dimensiones de una reseña tradicional, así que me limitaré, con todo el dolor de mi corazón, a copiar una pequeña parte de las frases que he subrayado en el volumen, indicando entre paréntesis la página de donde las he extraído. Que cada lector(a) realice, si lo desea, su propio dibujo global con esos elementos, tan variopintos como intensos. En seguida comprenderá que el resultado es fascinante.

“Un esfuerzo excesivo en la composición resulta evidente en la obra, y la torna artificial, extraña y, sobre todo, una creación débil e insegura” (45). “Hay que conocer tanto a los autores renombrados como a los menos conocidos: todo el mundo tiene algo” (57). “Me gustaría con desesperación hallar en mi interior el deseo de sentar la cabeza, amar a alguien de manera estable, no ser codiciosa, pero no puedo” (84). “Qué feliz soy cuando estoy sola. Veo toda suerte de cosas y se me ocurren ideas maravillosas” (86). “El hogar está en el corazón del amante, no en ningún lugar de la tierra” (95). “Tengo una arrogancia que nunca perderé, que en realidad no quiero perder del todo” (96). “El sexo, a mi modo de ver, tendría que ser una religión” (97). “La vida es una tragedia para quienes sienten y una comedia para quienes piensan; la mayoría de la gente no hace ni lo uno ni lo otro” (184). “Parezco vivir a base de próximas veces, lo que me desespera y me enfurece” (196). “La Biblia es un libro muy bueno, el más grande, en realidad” (237). “Es prácticamente imposible que dos artistas sean amigos íntimos” (287). “Casi todo el mundo vive porque cree que es más agradable que morir. Veo que la mayoría no tiene ni ambiciones ni objetivos” (332). “Es necesario estar a solas para darse cuenta de lo triste que está uno” (368). “¿Qué pediré a voces, piedad o la luna? No sé qué se consigue más fácil” (418). “La soledad es una emoción más interesante que el amor. Y alguien que es leal a su soledad es más fiel que cualquier amante” (454). “Leo a Kafka y me da miedo, porque soy muy similar a él. ¡Y tengo miedo, porque Kafka, pese a lo maravilloso que era, nunca alcanzó el nivel de un gran artista!” (544). “Me parece que no confío en nadie bajo el sol más allá de donde alcanza mi brazo” (600). “Mi epitafio 1953. Aquí yace alguien que siempre desperdició su oportunidad” (753). “Es mejor estar deprimido que confuso” (799). “Adoro las amistades. Son para mí el don más placentero y precioso que ofrece la existencia” (866). “Me resulta muy, muy difícil saber qué vicios perdonar a la gente (los míos también). Dónde plantarme y decir, por fin, eso está mal, y por lo tanto esta o esa persona ya no merece mi amor ni mi amistad” (877). “No estoy satisfecha conmigo misma en ningún sentido” (901). “Rara vez quedan fuerzas suficientes para gritar cuando se agoniza” (976). “Soy yo quien va adelantada y mi reloj el que me sigue” (1001). “Quizá la ciencia cree algún día libros comestibles, mucho más asequibles para el cerebro que leer nada” (1052). “Es mejor aprender a una edad muy temprana, pongamos los diez años, que el mundo y la gente son falsos en un 80%. Eso puede evitar que se sufra un colapso nervioso más adelante” (1128). “La infelicidad se debe al juicio personal de una situación” (1177). “El hombre rezando a Dios es el hombre hablando consigo mismo. ¿Por qué complica tanto las cosas el hombre, cuando son tan sencillas?” (1177).

domingo, 25 de septiembre de 2022

Teatro

 


Encuentro, editado por Visor, un librito sumamente curioso: una recopilación de seis pequeñas obras teatrales de José Moreno Villa, discreto y poco divulgado autor de la Generación del 27, republicano fervoroso que tuvo que marcharse al exilio después de la guerra civil de 1936 y del que se sirvió Antonio Muñoz Molina como personaje en su novela La noche de los tiempos. El autor de la edición de este Teatro es el misterioso J.G.S.

En “La rica viuda, rica” (1909) descubrimos que, en ocasiones, resulta legítimo mentir a los demás si con eso conseguimos que su orgullo no le impida aceptar los dictados de su corazón. En “La comedia de un tímido” (1922) conocemos a Luis Almadén, un brillante poeta que, aturdido por las gentes de su alrededor, no acierta nunca a desplegar su elocuencia. En “Patricio o Paco El Seguro” (1933) se intenta construir un pequeño sainete sobre el extraño consultorio de “asistencia sexual” que ofrece el protagonista, y al que termina acudiendo una mujer norteamericana. En “Sombras” (inédita), Moreno Villa explora las asechanzas del sueño, que en ocasiones nos revelan deseos antiguos, artificialmente apagados o camuflados. En “Los Gigantes” (s.f.) encontramos a Rita, una muchacha con fama de boba porque cree en los gigantes… pero que terminará descubriendo que su destino está muy relacionado con ellos. Y en “El enanón y el gigantín” (1945), el escritor desliza sus consideraciones sobre la diferencia entre el tamaño corporal y el espiritual, aplicándolo a la escena nacional (“Don Quijote, como Santa Teresa y San Juan de la Cruz, son gigantes espirituales. En España hemos tenido algunos gigantes espirituales, pero pocos gigantes mentales”).

Se trata de pequeñas viñetas dialogadas, muy poco profundas y no demasiado brillantes desde el punto de vista teatral, en las cuales el autor malagueño trata de reproducir pequeñas situaciones cómicas o dramáticas, sin obtener ningún resultado memorable. Creo que Talía y Melpómene no lo auxiliaron, ay, con sus soplos. Qué pena.

He subrayado solamente dos citas en el volumen, que copio aquí para tenerlas más a mano: 1) “El tímido se aparta, se aparta cada vez más de las cosas y de los hombres y llega a la extravagancia sin proponérselo y fácilmente”. 2) “No se trata de cobardía. Si no quiero el triunfo es por comodidad, por la tranquilidad que trae consigo el vivir en la penumbra”.

(Nota bene: ignoro si las faltas ortográficas y gramaticales que presenta este texto hay que atribuirlas al autor o a la edición, pero emborronan innecesariamente el volumen).

sábado, 24 de septiembre de 2022

Pura pasión

 


Probablemente, existen diferentes formas de amor. O, dicho con más exactitud, personas que perciben y viven el amor de modos distintos: con serenidad, con arrebato, con obsesión, con miedo, con sorpresa, con gratitud, con alborozo. Nadie (nadie con sentido común) puede sentirse capacitado para determinar cuál es el modo más “adecuado” o más “normal” (perdón por los adjetivos) para definir una emoción tan embriagadora, tan envolvente. La escritora francesa Annie Ernaux (Lillebonne, 1940) nos ofrece en su libro Pura pasión (que traduce Thomas Kauf para el sello Tusquets) una historia delicada y fogosa a la vez: la intermitente relación erótica que mantuvo con un diplomático casado, que venía de un país del Este. Ella, profesora y divorciada (sus hijos ya estaban estudiando en la universidad), convierte las llamadas y visitas de este hombre de ojos verdes en el acontecimiento sobre el que gravita (o alrededor del cual gira) su existencia. Nada le importa sino pensar en él: camina por las calles y rememora su voz; contempla escaparates de ropa y piensa en cómo aceptaría él esa lencería o esa falda; visita museos y piensa en la relación entre las pinturas y esculturas contempladas y el cuerpo de su amante.

Ahora, años después de haber vivido aquella tormentosa posesión anímica (casi una abducción), la escritora compone estas páginas, que tienen un inequívoco aroma autobiográfico. En ellas trata de capturar el aroma de aquellos días, el fulgor nervioso de aquellas esperas, el vacío y la plenitud, la aceptada e incluso amada dependencia. Rechaza, eso sí, que estos párrafos deban ser considerados como una forma de exhibicionismo, porque el exhibicionista “solo tiene un deseo: mostrarse y ser visto en el mismo instante” (p.41), mientras que ella expone las emociones, las llagas, los esplendores, los bochornos y los éxtasis que tuvieron lugar en un pasado que comienza a difuminarse.

Obra interesante y breve, hecha de fuego frío (admítaseme el sintagma), que se lee en apenas una tarde.

viernes, 23 de septiembre de 2022

Ni aquí ni en ningún otro lugar

 


La propuesta que nos lanza Patricia Esteban Erlés en su colección de relatos Ni aquí ni en ningún otro lugar (Páginas de Espuma, 2021) es tan curiosa como, sin duda, interesante: de un lado, reinterpretar algunos cuentos tradicionales, que son mirados aquí desde otro ángulo, para extraer de ellos lecciones distintas (lo podemos observar en “El buen dormir”, que es una reinvención de La Bella Durmiente; o en “Primer día”, que reformula la historia de Hansel y Gretel); del otro, aquellas historias en las que la escritora zaragozana nos propone temas más actuales y quizá más personales. Ambos bloques son muy hermosos, porque en ellos atiende con la misma preocupación e idéntico mimo al aspecto verbal de sus narraciones: el vocabulario siempre impecable, la sintaxis poderosa y fluida.

Si tuviera que decantarme, me inclinaría por relatos como “El ogro” (donde se juega con el terrible misterio que encierra a veces el pasado de las personas que más cercanas tenemos), “Los gatos de Angeline” (un estupendo relato donde los felinos y las ratas esconden metáforas de poderosa textura, que el lector tiene que desentrañar), “Neverland” (esa madre inmadura, drogadicta y alocada, que está a punto de arrastrar a sus hijos por un tobogán tenebroso) o “Madre” (sin duda, el cuento más estremecedor que recuerdo haber leído en mi vida sobre la pérdida de un hijo al nacer).

Presentados en un formato de tapa dura, no muy usual en el sello Páginas de Espuma, las dieciséis historias de Ni aquí ni en ningún otro lugar contienen un buen número de perlas literarias, que maravillarán al lector más exigente.

Léanlo.

jueves, 22 de septiembre de 2022

Soledades. Galerías. Otros poemas

 


Empleo dos tardes en leer en voz alta las composiciones de Soledades, Galerías y otros poemas, de Antonio Machado, en la edición que Geoffrey Ribbans preparó para Cátedra. Y me ha gustado esa experiencia de “oírlos”, con lentitud y casi con paladeo. ¿Por qué he elegido esta forma de abordar la lectura? Pues por una razón muy sencilla: que así nos hacían leerlo en el colegio, y así se me quedaron en la memoria composiciones tan hermosas como “He andado muchos caminos”, “Recuerdo infantil", “Yo voy soñando caminos” o “Anoche cuando dormía”, amén de ese poema que ODIO y que se titula “Las moscas” (a quién se le ocurre dedicar un poema a esos bichejos asquerosos). También me ha servido para experimentar un escalofrío al leer y escuchar “En el entierro de un amigo”, conmovedor y solemne.

En líneas generales, y salvados los ejemplos que he anotado arriba, creo que es un tomo donde hay más tanteos que aciertos. Me da la impresión de que Antonio Machado está todavía buscándose, está intentando encontrar su voz, sus temas, su línea poética; pero en estas composiciones (para mí resulta evidente, dicho sea con todo el respeto del mundo) aún no ha llegado a la madurez: demasiadas fuentes, demasiados jardines, demasiada “melancolía”, demasiadas “pomas”, demasiados paisajes “polvorientos” y demasiadas “tardes” (la palabrita aparece en treinta y cinco de los poemas del volumen). Explora senderos modernistas y parnasianos, en los que obtiene resultados aceptables, pero en modo alguno grandiosos. Si se hubiera detenido en esta línea, hablaríamos de un buen poeta menor. Por suerte, evolucionó hasta llegar a sí mismo y, cinco años después, ya nos estaba hablando de los Campos de Castilla.

Siempre resulta placentero leer al sevillano, aunque en esta ocasión se trataba, más bien, de acudir al nacimiento del río, para observar cómo sus aguas se iban deslizando por las rocas, se iban reuniendo y creando ese Duero apoteósico que ahora admiramos y aplaudimos. Conocer al niño para intuir al hombre. Ha sido un experimento que me ha gustado abordar.

martes, 20 de septiembre de 2022

El que quiso bailar y nunca pudo

 


Dicen que el paso del tiempo otorga a algunas personas un caudal de sabiduría tan notable que actúa a su alrededor como halo y que impregna cuanto hablan o hacen. Ignoro si será verdad, pero leyendo la última producción literaria de José Ángel Castillo (titulada El que quiso bailar y nunca pudo y editada por el sello La Fea Burguesía) tiendo a pensar que, al menos en su caso, esta evidencia resulta incontestable. Página tras página se puede detectar, aromando sus versos, la majestad reposada de una persona que ha alcanzado la plenitud vital e intelectual y que extrae de su experiencia un ritmo íntimo que luego se traslada a sus más que hermosos endecasílabos. Da igual que nos hable de la juventud perdida, de lo poco galano que se ve con sombrero, de los amigos a quienes inevitablemente la muerte elimina de su agenda telefónica, de la envidia que siente por la libertad alígera de los gorriones, de nuestra irreversible condición de ceros a la izquierda, de la rutina y sus tristes imposiciones, de los proyectos que jamás alcanzamos a cumplir o del estupor decepcionado que le produce la actitud iconoclasta e inmadura de los ni-nis. Sereno, pero incapaz de guardar silencio ante las señales amargas del mundo que lo rodea, el escritor esmalta en la página 114 un verso que bien podría servir como resumen de este trabajo: “Solo y desnudo, escribes tus tormentas”.

Porque El que quiso bailar y nunca pudo me ha dejado esa sensación en la mente y en los ojos: la de ser el testimonio de una persona que, llegada a la etapa final del camino, gira la cabeza y observa el presente y el pasado con lucidez, con melancolía, con un punto de amargura lógica. Quizá todos seamos vikingos grises y terminemos recibiendo esos dolores que llegan solos, sin ser convocados. Quizá todos atravesemos el mundo sin más compañía auténtica que nuestra propia sombra. Quizá, en fin, descubramos todos al final que hemos malbaratado buena parte de las horas del camino. Pero leerlo en los versos de José Ángel Castillo nos sirve, al menos, para descubrir que la belleza también puede ser un objetivo y una redención.

domingo, 18 de septiembre de 2022

Las nubes por dentro

 


Me gusta escuchar a Andrés Trapiello en su “Salón de pasos perdidos”. Y digo bien: escuchar. Porque cada vez que abro uno de sus volúmenes (para leer o releer) siento que el leonés ha tenido la gentileza de instalarme en su despacho y que, desde mi butaca, lo escucho decir estos pensamientos, estos recuerdos, esta colección de apuntes autobiográficos. Y las horas fluyen mientras aprendo, mientras me emociono, mientras sonrío. Vuelve a ocurrirme con Las nubes por dentro, el cuarto tomo de la saga. Desde que se inicia la redacción con Trapiello escribiendo la cifra 1990 en los márgenes de un periódico hasta que culmina con la fiebre de M en Nochevieja, las casi quinientas páginas han volado (y sonado) ante mis ojos, sin añadirles ni un gramo de fatiga o de aburrimiento. Porque Andrés Trapiello (al que no conozco personalmente y al que nunca he escuchado hablar) es mi amigo sin saberlo, a fuerza de tantas y tantas horas compartidas en los últimos años. Y cuando observo los subrayados en rojo que hay en el libro me da por pensar que son las frases que más o mejor han sonado en mí y para mí: a veces, son párrafos densos, líricos, largos; a veces, una sola palabra. Pero todas esas teselas conforman la vidriera o el tapiz de mi escucha. No resumen nada. No remarcan nada. Son simples pinceladas subjetivas que, por lo que sea, han calado con más eficacia en mi memoria, y allí han decidido quedarse con el auxilio del rotulador. Os copio algunas (tengo ciento veintisiete subrayadas en el libro: sería un abuso), pero no queráis leer en ellas una sinopsis, sino un florilegio de humor, pensamiento, agudezas y ternuras. Leed de forma individual el libro y solamente así alcanzaréis a entenderlo. O, mejor, pedidle a Andrés que os deje sentaros a su lado y escuchad, como hago yo.

“El remordimiento, la parte necrosada de la conciencia” (p.34). “El ingenioso dice cosas deslumbrantes porque no tiene nada más que decir” (p.48). “Cuando uno no pide más que lo que le den, siempre le dan a uno mucho menos de lo que pide” (p.53). “Maternura” (p.56). “La masa es un tumor que no tiene cura” (p.181). “Dios, el mayor haragán. Siete días de trabajo en toda una eternidad” (p.231). “Suele ser una calamidad quedar cautivo del elogio de un tonto” (p.335).