Cuatro
libros de José Luis Martínez Valero estaban dormidos en mi biblioteca,
esperando el momento de emerger y abrirse ante mis ojos; y esa ceremonia, que
se habría iniciado en cualquier momento, ha tenido que acelerarse a causa de su
muerte. Compartí charlas con él; lo escuché en el museo Ramón Gaya; le oí
recitar dos o tres veces; nos vimos en una decena de presentaciones de libros;
y hasta brindamos en una reunión de lectores y escritores que se produjo en
Mula, en la casa del pintor Juanjo Ayllón. Pero solamente una de sus obras (qué
bochorno) está reseñada en mi blog. Que nadie me pregunte la razón, porque no
la hay; o yo, al menos, no acierto a encontrarla. Un puro y maldito azar
desatento, que me avergüenza anotar.
Así
que, durante una tarde de café, soledad y silencio, leo en voz alta (así me
gusta la poesía) La espalda del fotógrafo, que es un volumen lleno de
olas, de cielos (la idea de utilizar el color azul en la cubierta es
admirable), de recuerdos de la infancia, de pájaros y de homenajes líricos
(preciosos los que tributa a María Cegarra, Aurelio Guirao y Luis Cernuda). En
cada texto, y son muy breves, vemos el reflejo de un rayo de sol, el aroma de
una playa, la suavidad ondulada de una brisa. Leemos definiciones de sí mismo
que nos embriagan por su sencillez y su hondura (“Soy sólo un hueco / donde
anida la palabra”). Nos invaden imágenes de su Águilas natal que, expresadas en
apenas seis vocablos, valen por toda una enciclopedia de nostalgias (“Huele a
algas en mi memoria”). Asistimos a momentos de gozosa plenitud, casi
guillenianos (“Alzas la mirada y todo es cielo. / En tu mano sostienes la copa
/ y todo es mar”). O sentimos el brío inenarrable de sus comparaciones (“Es
pálida y transparente como la piel de una lágrima”) y sus metáforas (“El
gorrión, piedra con alas”).
Todo contribuye al éxtasis de escuchar y de sentir, porque la voz de José Luis era pura, deleitosa, pausada. De tal manera que cuando escribe que sus versos quedarán “tendidos en la playa, como mansos cuerpos sobre la arena” nos damos cuenta de que sí, que así es y así será. De vez en cuando pasearemos por esa playa y creeremos escuchar sus palabras, traídas por el oleaje. El poeta ya es agua y sal, en las orillas agradecidas de Águilas.






