Me
duele haber leído La vida entre paréntesis, de José Cubero. Y me duele,
sobre todo, porque sus páginas me han permitido acceder a rincones tristes del
alma de Pepe, a quien llevo años leyendo con interés y con aplauso. He sabido
aquí de sus cefaleas y migrañas monstruosas durante años, de su constante
sensación de amargura (porque el trabajo en el banco le parecía estéril,
rutinario y castrador), de su duda perpetua sobre la posibilidad de publicar
alguna vez un libro. Esas sensaciones, reiteradas y guadiánicas, llenan de
aflicción y de pesadumbre este volumen, este diario sin fechas, donde el
prosista se queja de su insatisfacción laboral (véase, sobre todo, el texto
titulado Desesperación), recuerda su infancia (auténtico paraíso perdido
que, ahora que es un “adulto adulterado”, añora y trata de reconstruir, porque
tiene claro que “solo se es auténtico de niño; solo se es un vividor de la vida
en la infancia. Todo lo demás es máscara o traición”), nos explica que prefiere
los climas suaves (“Siempre he vivido al sur de la nieve”), nos detalla sus pasiones
literarias (Paco Umbral, Franz Kafka, Fernando Pessoa, Henry Miller, Ignacio
Aldecoa, Juan Ramón Jiménez, Jorge Manrique, Anaïs Nin) o reconoce la forma en
que lo ha golpeado siempre el tedio existencial (“Uno ha sido maestro en
aburrimientos, doctorado en la idiotez de no saber qué hacer con las horas, del
marchitarse, día tras día, en una habitación solitaria”). Pero tampoco descuida
informarnos de sus problemas físicos, centrados en la vista (“Un ojo anda
averiado con las lejanías y el otro se desmaya en los primeros planos”) y en
los ya mencionados dolores craneales, que lo atormentan sin que la farmacopea
consiga aliviarlo de forma adecuada (“Mi cabeza es infeliz, decadente,
demencial. Siempre está recreándose en cefaleas y migrañas, en enfermedades
ocultas que obligan al cuerpo a una continua pasividad, a un arrinconamiento, a
una debilitación enfermiza y fatalista”). Y, frente a la figura de Pepe, dos
seres que, situados a su alrededor, polarizan su interés: su padre (a cuya
larga agonía asiste impotente) y su hijo (a quien desea proteger de todo
peligro y de todo error).
Páginas duras, descarnadas, sinceras y dolientes, en las que este fabuloso prosista extremeño-murciano-catalán aborda la difícil tarea de desnudarse, de reconocer sus debilidades (“Las noticias de mi corazón, de lo más profundo de mi corazón, son la tristeza congénita y la inseguridad. Siempre he sufrido de tristeza o de congoja”). Léanlas con admiración y con respeto. Se lo merece.





