jueves, 5 de marzo de 2026

Noches sin dormir


 

“Comencé este diario el 16 de enero y lo terminé el 16 de mayo de 2015. Sólo unos días de primavera nos fueron concedidos, por tanto; son los recuerdos de nuestro último invierno en Nueva York”. Así lo resume, al terminar la obra, la gaditana Elvira Lindo. Once años de permanencia en Estados Unidos llegaban a su fin. Durante los primeros (2004-2006) su marido, el escritor Antonio Muñoz Molina, desempeñó el cargo de director del Instituto Cervantes; los restantes, impartió clases en la universidad. Y una vez que la decisión de regresar a España (o tal vez de instalarse en Lisboa) quedó planteada, ella comenzó este diario, donde quedan registradas todo tipo de actividades y emociones: paseos por las calles sepultadas por la nieve, en el invierno más frío que se recuerda en la ciudad; visitas a exposiciones de pintura; asistencia a conciertos en el Carnegie Hall, donde tienen la oportunidad de escuchar un magnífico programa con piezas de Shostakovich, Beethoven y Stravinsky; charlas con su asistenta Rubiela, vegana y con un arsenal de anécdotas de sus trabajos anteriores; sus frecuentes insomnios, que llegan a preocuparla; la contemplación de personajes peculiares, que oscilan entre la insania y el pintoresquismo; conversaciones con su esposo (no se pierdan aquella en la cual Antonio se confesaba deprimido porque una taquillera del cine le había preguntado si era senior); recuerdos familiares sobre su padre, su madre o detalles de su infancia; poemas que compone a vuela pluma y que ahora transcribe con total naturalidad (simpatiquísimo el que incluye este exabrupto jocoso: “Le pueden ir dando mucho por culo a la juventud. / A mí que me devuelvan sólo las tetas”); asistencia a algún desfile de moda (que se le antoja un auténtico “culto a lo alienígena”, donde las modelos empiezan a ser “muchachas de complexión de libélula”); y un sinfín de retratos sobre amigos y conocidos del mundillo neoyorquino.

Consciente (y no arrepentida) de que se ha dispersado en mil frentes durante su vida profesional (radio, TV, prensa, libros, fotografía, teatro) y que ha destinado un poco de sí misma a cada tarea, Elvira Lindo se define inteligente y graciosamente como “escritora homeopática”. Puede ser. Pero yo no considero que se trate de una mala decisión: considero que sus libros y sus fotografías son estupendos; y le agradezco mucho las horas maravillosas que me ha regalado con obras como esta. Seguiré leyéndola con admiración y con respeto.

martes, 3 de marzo de 2026

La moneda de Carver

 


Me encantan las prosas que respiran limpieza, que dibujan su línea de un modo elegante y definido. Y la de Javier Morales, según tuve la oportunidad de descubrir en su libro Lisboa, que reseñé en el año 2018 (https://rubencastillo.blogspot.com/2018/04/lisboa.html), y en el no menos hermoso La despedida, del que di cuenta en este blog en 2020 (https://rubencastillo.blogspot.com/2020/04/la-despedida.html), pertenece sin duda a ese grupo exquisito. Ahora, he enriquecido dos tardes de mi vida leyendo su obra La moneda de Carver, publicada en Reino de Cordelia, que contiene ocho excelentes relatos donde se nos habla de unos personajes que saltan de un cuento a otro, trazando pasarelas bellísimas entre ellos. Así, el Samuel que, siendo niño, nos cuenta la historia que protagoniza con su padre y con el díscolo Dominico en la plantación donde trabaja su progenitor (“El tiempo del tabaco”), visita siendo joven la ciudad de Lisboa (¡otra vez la capital portuguesa!) y conoce allí a Tammy, con la que terminará contrayendo matrimonio (“Viaje a la Ciudad Blanca”). Algo más tarde, lo veremos documentándose para escribir una biografía de Gabriel y Galán (“Gayga”). Pero los juegos y los guiños textuales no se acaban ahí: la traductora que actúa como protagonista en el relato “El perrito de la dama” asiste a un intenso taller de escritura cuyo coordinador se llama Javier (el propio Javier Morales dirige talleres de ese estilo).

Como es natural, este tipo de recursos no se sustentarían por sí mismos, salvo en un plano anecdótico; pero es que el escritor cacereño los inserta en una prosa, como arriba indico, absolutamente espléndida, donde la mirada del narrador, los arabescos del lenguaje y la elección del punto de vista siempre resultan atinados. De esa manera, “Cementerio alemán” o “La moneda de Carver” (por citar solo dos de las propuestas) alcanzan una altura admirable y se convierten en textos de los que la memoria no querrá prescindir. Todos mis aplausos.

lunes, 2 de marzo de 2026

El perro loco

 


Afirma el yeclano José Luis Castillo-Puche, en un prólogo que compuso para acompañar esta historia: “Yo no soy, por supuesto, un autor para niños, ni siquiera para jóvenes. Comprendo que mi literatura es fuerte, es bronca y más bien áspera”. Puede que tenga razón, pero tal vez las historias fuertes, broncas y ásperas puedan también calar en el espíritu de personas jóvenes. Desde luego, entiendo que El perro loco reúne todas las condiciones para que así sea.

Nos encontramos aquí con Pepico, un niño del Altiplano. Su familia, hondamente religiosa, tiene que huir de su pueblo natal cuando estalla la guerra civil de 1936, y refugiarse en la cercana Murcia. Se llevan con ellos, después de varias tentativas de abandonarla, a la perrita Lilí, un animal cariñoso, inteligente y fiel, que parece comprender las cosas mejor que los humanos y que los salva en algunas ocasiones más bien comprometidas ante milicianos que realizan registros. Es una época difícil, en la que nadie parece encontrarse a salvo, porque los enfrentamientos bélicos siempre sacan lo peor de las personas que se ven envueltas en su locura (“Lo tremendo es que haya insensatos que quieran hacernos creer que las guerras son necesarias, o que las guerras son episodios heroicos que la humanidad necesita, o que las guerras pueden traer algo bueno. Todo mentira. Las guerras son el oprobio y la vergüenza de la humanidad, las guerras son la barbarie que nos asemeja a las fieras”, asegura en el capítulo 25). Los odios, las venganzas, los ajustes de cuentas, las mezquindades, las delaciones, los temblores impregnan el corazón de todos los protagonistas. Y, cuando la situación se vuelve punto menos que insostenible, Pepico tiene que vestirse con el uniforme del ejército leal a la República y subirse a un tren que lo llevará al frente.

Novela antibelicista, profundamente tierna en su visión de los animales, El perro loco consigue trasladarnos un relato sencillo, conmovedor e inolvidable sobre el despertar a la vida adulta, el poder devastador de las guerras y la estupidez homicida en la que puede incurrir el ser humano cuando lo convencen de que “el de la acera de enfrente” es un enemigo del que conviene protegerse o al que conviene exterminar. Digno de aplauso, como siempre, José Luis Castillo-Puche.

sábado, 28 de febrero de 2026

La Fundación


 

Tomás se encuentra sumamente feliz en la Fundación, un centro en el que novelistas, matemáticos, ingenieros y otros profesionales de elevado talento conviven y son becados para desarrollar su creatividad. Comparte habitación con Asel, Max y Lino; disfrutan de cerveza fresquísima en su nevera y de un servicio de camareros que les trae comida y cena sin necesidad de desplazarse; pueden fumar a placer; disponen de teléfono; y Tomás, para redondear paradisíacamente su estancia, recibe visitas de su novia Berta, también becada por la Fundación. Lo extraño es que, salvo Asel, todos parezcan incómodos y miren a Tomás de manera torva o rencorosa, dirigiéndole pullas y rechinando los dientes. Poco a poco, mientras descubre cómo la música ambiental, las lujosas lámparas o el teléfono desaparecen, el lector va comprendiendo que lo observa todo con los ojos de Tomás, y que la realidad es mucho más triste y mucho más angustiosa: todos ellos se encuentran en una cárcel infecta (alguno ha sido incluso torturado) y les espera la muerte. ¿Ha perdido Tomás el juicio o finge la Fundación para no dejarse devorar por el miedo… y por la culpa?

Tan contundente y tan simbólico como en Buero es habitual, este drama pone ante nuestras pupilas una amarga reflexión sobre las traiciones que a veces somos capaces de infligir, sobre el poder coercitivo que puede usarse para doblegar el ánimo y, claro está, sobre la fantasía como refugio para evadirse de un entorno hostil. Puede ser una cárcel en cualquier régimen totalitario; puede ser una cárcel en cualquier país; puede ser una cárcel en cualquier época. El modo en que el Poder no democrático destroza la vida de los disidentes es universal. Y también lo es el drama de Buero Vallejo.

En la última página, en la última secuencia, nos queda una duda terrible: ¿dibuja un horizonte de esperanza, haciendo que los condenados sean trasladados a otra celda, de la que quizá puedan escapar más fácilmente? ¿O tal vez el traslado no tenga otro destino que el paredón y unas agrias detonaciones? El hecho de que, una vez desocupada la celda, nuevos presos sean conducidos a ella, nos hace tragar saliva en silencio.

jueves, 26 de febrero de 2026

El ardor de la sangre

 


Quizá las personas no nos limitemos a envejecer con el paso de los años, sino que, de un modo misterioso, nos veamos sometidos a una metamorfosis más profunda y nos convirtamos en otra cosa más extraña: en seres distintos. ¿Es igual el joven alocado, fogoso y lleno de adrenalina y pasiones que el anciano calmo, macerado de silencios y de reacciones meditadas y lentas? Sylvestre (también conocido por Silvio), protagonista de esta novela de Irène Némirovsky, afirma que no: que son dos personas diferentes. Y ha llegado a ese convencimiento porque él mismo lo ha podido observar sin lugar a dudas: durante su juventud fue alguien inquieto, entregado a las pasiones de la bebida, del viaje y del amor, incapaz de detenerse ante los obstáculos; y ahora, cuando la vejez lo ha devuelto a su paisaje de origen y vive en una cabaña en medio de Francia, huraño y arruinado, todo se ha vuelto tranquilo. “Pienso” (susurra en el capítulo 2) “que he hecho mucho camino inútil para volver al punto de partida”. Y entiende que esa evolución afecta por igual a todos sus semejantes: “El penoso y vano trabajo con el que la juventud intenta adaptar el mundo a sus deseos ha quedado atrás. Han fracasado y ahora descansan. Dentro de unos años, volverá a agitarlos una sorda inquietud, que esta vez será la de la muerte”. Desde la atalaya solitaria de su sillón, el espectáculo de la juventud se le antoja punto menos que incomprensible (“Desde hace algún tiempo, la gente joven me produce algo muy parecido al asombro, como si estuviera ante una especie animal distinta de la mía, como si fuera un perro viejo viendo bailar a unos ratones”).

Pero el corazón de Silvio guarda secretos; y sus ojos, si permanecen vigilantes, captan o sospechan los secretos de quienes lo rodean: esa esposa presuntamente honorable, pero que se dejó arrebatar por la pasión cuando la sangre aún ardía por sus venas; esa muchacha que no puede evitar entregarse a la lujuria con un vecino; ese chico que, jurando fidelidad inquebrantable a su pareja, se deja llevar por la ignominia de la traición; esos vecinos que espían con ojos de buitre las flaquezas de los demás (sobre todo si son forasteros), para quedarse con sus propiedades a la menor oportunidad… Sí, las sangres arden. Pero no se trata solo de impulsos sexuales: eso constituye una pequeña parte del enigma, como bien refleja Irène Némirovsky en la página final de su narración (“No es tan simple. La carne se conforma con poco. Pero el corazón es insaciable; el corazón necesita amar, desesperarse, arder en cualquier fuego”). Eso implica envidias, y las hay en esta obra; eso implica venganzas, y también las hay; eso implica muertes, y no faltan en sus páginas.

“He vivido lo bastante para saber que no hay corazón sencillo”, afirma el viejo Sylvestre en el capítulo 16. Y la autora ucraniano-francesa, que algo sabía de bucear en el alma humana, nos deja en El ardor de la sangre un relato bello y terrible sobre los meandros pasionales, los secretos y el paso del tiempo.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Prosas profanas

 


Con Rubén Darío, las premisas están claras: sabes que sus versos van a estar henchidos de náyades, burbujeantes de cisnes, aromados de músicas sacras y brisas de oro, ahítos de princesas pálidas y altisonantes de púberes canéforas que ofrendan el acanto. O lo tomas o lo dejas. No hay posibilidad de pactar un término medio. Si consideras que es hermoso, pero te fatiga, léelo despacio y en dosis limitadas (puedes emplear una semana para acabar el libro). Si juzgas que es una pedantería insufrible, déjalo. El nicaragüense no te está engañando: muestra desde el principio sus cartas perfectamente nítidas (ebúrneas y esplendentes, diría él). Si decides entrar, te da la bienvenida; si decides ignorarlo, te ampara todo el derecho.

En estas Prosas profanas ocurre “tres cuarts de le prope”, como decía el gran Tip: Rubén se inventa vocablos (ese “pitagorizar” que alumbra el soneto ‘Ama tu ritmo’); reconoce sus admiraciones, introduciendo los nombres de poetas egregios en sus líneas (Verlaine, Heine, D’Annunzio, Horacio, Virgilio); ensaya rimas sorprendentes (lujurias / Asturias, extraterrestre / san Silvestre, Eulalia / Onfalia); construye aliteraciones de feliz recordación (“el ala aleve del leve abanico”, “la regia y pomposa rosa Pompadour”, “la libélula vaga de una vaga ilusión”); y, continua y fervorosamente, fragantiza (se me ha pegado) sus versos con templos, jardines, atardeceres, crisálidas, estrellas, tesoros, marfiles, abedules y labios orientales. Insisto: pueden ustedes tomarlo o dejarlo. Yo, desde luego, lo tomo.

lunes, 23 de febrero de 2026

La familia de Pascual Duarte

 


Continúo releyendo libros que, abordados en mi juventud, me apetece volver a visitar, para comprobar hasta qué punto mi opinión sobre ellos se mantiene o ha cambiado. En esta ocasión, lo hago con la novela inicial de Camilo José Cela, que también fue la primera de las suyas que leí: La familia de Pascual Duarte. Sigue antojándoseme magistral. Las brusquedades, los silencios, las reflexiones de este campesino que vino al mundo cerca de Almendralejo, hijo de un contrabandista portugués bebedor y violento y de una mujer flaca y desabrida, poco amiga de la higiene, sobrecogen y perturban. Es asombroso que un autor tan joven lograse un texto tan acabado, tan convincente, tan sólido.

Escenas como la muerte de la Chispa, o el acuchillamiento de la yegua, o la forma en que desvirga a su primera pareja, se quedan para siempre en la memoria. Y también lo hacen algunos personajes de la obra, por su condición chulesca (El Estirao), por su candor vulnerado (Mario), por su crueldad execrable (don Rafael) o por el oscuro sendero que la vida les llevó a asumir (Rosario).

Pero, sobre todo, me sedujo a los veinte (y ha vuelto a seducirme a los sesenta) el vuelo clásico de la sintaxis celiana: un equilibrio difícil pero siempre logrado entre naturalidad y barroquismo, que no solamente asombra por su perfección, sino también por la habilidosa forma en que el escritor gallego consigue que no disuene en la pluma de un personaje levemente alfabetizado, como Pascual. No descarto volver a leerla (no sé si entera, pero sí fragmentos) en los próximos años.