Leí
Nada del otro mundo en 1995, cuando vivía en otra ciudad, estaba casado
con otra mujer, no tenía a mis cuatro hijos, trabajaba en un instituto diferente
y aún no me había dejado crecer la barba. Ahora lo releo, con todas mis
circunstancias cambiadas, salvo una: la fascinación que me sigue produciendo la
prosa de Antonio Muñoz Molina. He comentado a veces que me leería hasta su
lista de la compra, y salvo por parte de mis amigos (que saben que no exagero),
la afirmación suele ser interpretada como hipérbole.
Los
doce relatos que conforman el tomo vuelven a embriagarme, con su abanico
variado de propuestas y, sobre todo, con la especial música de su sintaxis.
“Nada del otro mundo” destila, dentro de una historia de inquietante aliento
paranormal, un nítido aroma autobiográfico (el joven estudiante que, aunque
termina cosechando éxito con sus libros, sufre cuando su antiguo compañero de
piso le habla de que lo recuerda escribiendo “sus cosillas”); “Las aguas del
olvido” nos traslada una historia de adulterio junto a cierto río andaluz de
resonancia clásica; “La poseída” juega con la fantasía de un hombre que equivoca el núcleo de su mirada; “Las
otras vidas” nos sugiere que todos portamos en el corazón pasajes y zonas
oscuras, que los demás nunca (o casi nunca) descubren; “El cuarto del fantasma”
es quizá menos vigorosa, pero nos provoca una sonrisa cuando descubrimos que
está protagonizada por Lorencito Quesada; y, como cierre del volumen, cinco
maravillas sobre cráneos que surgen en una excavación; fantasmas cuyo corazón
aún late; un hombre que se enamora sin esperanza de su compañera de trabajo; un
periodista que sobrevive como autor de novelitas de quiosco; o un viejo
profesor que se enamoró de una alumna adolescente y que, al final de sus días,
se ve inmerso en una historia truculenta a la que asiste con estupor resignado.
Como sus demás libros, Nada del otro mundo puede ser abierto por cualquier página y anonada con el deslumbramiento de su exactitud verbal y su belleza. Gracias sean dadas.






