viernes, 24 de septiembre de 2021

Música para feos

 


Juzgar sin conocer es uno de los graves errores que puede cometer el ser humano. Y llegar al extremo de convertir ese juicio en desprecio supone ya ingresar en la insensatez absoluta. El poeta Antonio Machado, hombre ponderado y reflexivo, lamentaba la actitud de quien “desprecia cuanto ignora”.

En esta novela que Lorenzo Silva publicó en 2015 nos encontramos con Mónica, una periodista de veintinueve años que trabaja de forma precaria y que carece de suerte en el amor. Y nos la encontramos, nada más empezar la lectura, bailando en un tugurio bajo la mirada de un hombre que aparenta tres lustros más que ella y que se comporta de un modo bastante enigmático: no le revela prácticamente nada sobre su trabajo, su familia o sus intereses. Ni siquiera acepta el número de teléfono que ella le ofrece, con esa extroversión peligrosa que el alcohol regala a sus consumidores más desprevenidos. De esa forma tan simple (un aparente ligue convencional) surgirá una relación que será de todo menos simple. Ramón (así dice llamarse) seguirá ocultándole todo tipo de informaciones personales, pero el amor brotará entre ellos y los unirá con fuerza… hasta que él le comunica que ha de ausentarse de la ciudad y del país durante cuatro meses. Tampoco entonces se avendrá a mostrarse más explícito sobre su trabajo o el destino al que se dirige.

Sólo cuando pasen las semanas, Mónica irá descubriendo quién es Ramón, y cuál es la causa de que se obstine tanto en el mutismo hermético.

Maestro habilidoso en el arte de la narración, el madrileño Lorenzo Silva edifica aquí un canto y un homenaje a las personas que necesitan ocultarse (por pudor, por precaución, por seguridad), pero que desarrollan una labor necesaria, que no siempre resulta bien entendida o agradecida. Y, a la vez, consigue que ese canto y ese homenaje se anuden con una delicada y admirable historia de amor, que nos es detallada por su protagonista con extraordinaria belleza.

Otro espléndido trabajo de uno de los grandes novelistas españoles vivos.

martes, 21 de septiembre de 2021

La sombra que habita en nosotros


Podría explicar el suceso que protagonizaron en Murcia en el año 1975 un joven abogado del Estado y la hija del dueño de una academia de enseñanza, pero estropearía la tensión narrativa que se construye, lenta y delicadamente, en las páginas de La sombra que habita en nosotros (La rosa de papel, 2021). Sería estúpido y cruel por mi parte. Digamos, eso sí, que este minucioso delta narrativo creado por Juan Ramón Calero (Murcia, 1947), comienza a fraguarse alrededor de 1914. En esa época inicia su andadura una maquinaria novelesca donde los acontecimientos históricos externos (la Primera Guerra Mundial, el desastre de Annual, la Segunda República, la Guerra Civil, la interminable dictadura franquista) rodean y condicionan a las dos familias que vertebran la obra.

Pero el punto culminante, el centro del drama, hay que situarlo en el año 1940, cuando un fiscal del bando vencedor actúe contra un hombre y contra su yerno, ocasionándoles graves perjuicios personales y profesionales. Arranca ahí una doble trayectoria que los lectores seguimos con interés: de un lado, el rumbo de la familia Blesa, instalados en la parte cómoda de la sociedad y disfrutando de sus prebendas políticas y económicas; del otro, los avatares que afligen a la familia Dávila, rodeados de estrecheces y silencios, obcecados en el duro ejercicio de sobrevivir… Y de pronto, cuando todo parece estabilizarse y entrar en una dinámica rutinaria, aparecen los hijos, Ricardo y Luisa, que se conocerán de manera fortuita y que sentirán cómo el amor nace en sus pechos.

Con esos mimbres se podría haber trenzado una historia sensiblera e intragable, llena de melaza, purpurina y música de violines, con buenos buenísimos y malos malísimos, estudiantes abnegados y novias virginales, y con perdones y reconciliaciones de cartón piedra, hasta el arco iris final. Pero Juan Ramón Calero soslaya esas tentaciones y se aplica a la confección de una novela (realista e imaginativa a la vez) que atraviesa sesenta años de la historia reciente de nuestro país, para dar a los lectores una visión panorámica de la sociedad y del ser humano, galvanizado o aturdido siempre por sus pasiones. Y lo hace además con una prosa cuidada y de avance nítido. Son atractivos suficientes como para sumergirse en esta obra.

Si me aceptan el consejo, adéntrense en la novela. Creo que les puede gustar.

lunes, 20 de septiembre de 2021

Una aventura extraña



La experiencia a la que se ve sometido Manuel Araluce es tan anonadante como perturbadora: después de haber dado un largo paseo por las calles nocturnas de Madrid se ha encontrado con una mujer de voz seductora, se ha metido con ella en un taxi y, tras ser anestesiado con cloroformo, ha despertado en una casa que no reconoce, atormentado por una situación terrible: es incapaz de controlar su mente y es incapaz de controlar su cuerpo. ¿Qué ha sucedido, para que algo así suceda? La única explicación se encuentra en una carta que localiza junto a la cama donde está acostado. En esa carta, escrita por él mismo (reconoce sin ningún género de duda su letra), una mujer llamada Margarita Steck le explica cómo, a punto de morir por un cáncer, ha logrado introducir su alma dentro del cuerpo de Manuel, para no perecer del todo. De tal suerte que ahora conviven en su interior un alma de mujer y un alma de hombre. La situación es tan alocada como cierta, tan sofocante como incómoda: Manuel comienza a mirar con deseo a hombres y mujeres; a veces se afeita y a veces se pinta los labios; se coloca los pantalones o prefiere unas medias y zapatos de tacón. ¿Cómo logrará evadirse de esta pesadilla (si es que resulta posible hacerlo)?

El sorprendente Enrique Jardiel Poncela nos propone en esta novela corta de 1922 una trama donde humor y angustia caminan de la mano y donde, con la habilidad de un maestro, juega con nosotros como quiere. No me canso de visitar sus páginas ni de conocer textos suyos, largos o breves, teatrales o narrativos: me cautiva.

domingo, 19 de septiembre de 2021

Mortaja de barro


Son muy pocas las culpas y muy pocos los pecados que consiguen permanecer escondidos para siempre. A veces ocurre, claro, pero no es una norma universal. La conmoción sobreviene cuando esas culpas y esos pecados parecen haber sido engullidos por la niebla del tiempo y, de pronto, ésta se diluye después de muchos años y los muestra a la luz. El escritor navarro Carlos Ollo Razquin explora en su reciente novela Mortaja de barro (Erein, 2020) esa posibilidad inquietante; y para lograrlo nos sitúa junto al embalse de Eugi, donde una serie de cambios en el caudal y las condiciones térmicas ha permitido que salga a flote un cadáver que ha permanecido envuelto en un sudario de barro por espacio de décadas y que ahora, momificado, retorna a la superficie. Rápidamente, el aparato policial se pone en marcha y se consigue identificar el cuerpo: corresponde al de Magdalena Seminario, una adolescente que dejó de ser vista en 1971. Todos los habitantes de la localidad estaban convencidos de que la muchacha se había fugado de casa (la intransigencia religiosa de su padre, unida a su carácter violento, alimentaban esa sospecha), pero el estupor cunde al descubrirse que fue violada y asesinada.

A partir de ese momento, Carlos Ollo moviliza todos los resortes de las mejores novelas negras para atraparnos en esta investigación: varios presuntos culpables, que comienzan a ponerse nerviosos con la llegada de la policía; los hermanos de la víctima, que quedan noqueados por la abrupta revelación de su muerte; los vecinos del pueblo, que asisten perplejos a los interrogatorios y a la llegada de la prensa más carroñera; e incluso al antiguo comisario Galarza, que se ocupó del caso de la desaparición y que ahora ya está jubilado.

El resultado final es una novela que nos conduce atinadamente por los misterios del corazón humano y por sus peores pasiones: la crueldad, el odio, la venganza, la soberbia, el rencor, el crimen.

sábado, 18 de septiembre de 2021

República literaria


Me sumerjo en la República literaria de Diego de Saavedra Fajardo, en la edición que Francisco Javier Díez de Revenga preparó para la Real Academia Alfonso X el Sabio de Murcia. Y descubro que la pieza me aporta dos elementos sumamente interesantes: de un lado, informaciones valiosas sobre los principales escritores de su entorno (a muchos de los cuales desconozco aún); del otro, reflexiones muy agudas y muy inteligentes sobre el temperamento humano, los intelectuales, la vida, la política y la religión, que he subrayado en el tomo para tenerlas siempre a mano de forma destacada.

Copiarlas todas aquí me parece menos sensato que anotar unas pocas y dejar que los lectores interesados acudan al tomo para encontrar allí las restantes: “Por ser tú tan piadoso, oh lector, hay tantos que escriben, prometiéndose de tu benignidad”. “Todos procuran sacar a la luz lo que estuviera mejor en la oscuridad, porque, como hay pocos que obren lo que merezca ser escrito, así hay pocos que escriban lo que merezca ser leído; y tú, sin reparar en ello, consumes vanamente el tiempo en leer, que se empleara mejor en escribir y meditar”. “Fuera feliz el hombre, si como está en su mano el acordarse, estuviera también el olvidarse. La memoria de los bienes pasados nos desconsuela, y la de los males presentes nos atormenta”. “La brevedad de la vida, en quien casi se alcanzan los primeros a los últimos suspiros”. “Todo el estudio de los políticos se emplea en cubrir el rostro a la mentira y que parezca verdad, disimulando el engaño y disfrazando los designios”. “No habiendo alguno grande sin mezcla de locura”. “Donde se disputa es fuerza que haya valedores de todas las opiniones, por extravagantes que sean”. “Fue muy alabado de discreto aquel rey de Francia, que cuando estaba bueno daba grandes salarios a sus médicos, y se los quitaba cuando caía enfermo”. “Tanto leer, tanto escribir, tanto meditar, para una poca luz que venimos a dar al discurso”.

Como puede observarse, son unas sentencias llenas de interés, buen juicio y alta belleza. Y equivalen al diez por ciento de las que he subrayado en la obra. Queda aquí lanzada la invitación para que más personas se sumen a su lectura.

jueves, 16 de septiembre de 2021

Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena


¿Es posible que los responsables de esta edición entendieran que con la misma estaban contribuyendo a engrandecer la memoria poética de Pablo Neruda? Es posible, desde luego: las drogas producen efectos muchas veces incomprensibles para quienes no las frecuentamos. Pero si se encontraban limpios de alcohol y otros estupefacientes resulta bastante complicado justificar la publicación de este tomo insensato, mediocre, bilioso e indigno de la grandeza poética del escritor chileno. Magro favor a su memoria. Que lo escribiese (o vomitase) en un calentón resulta admisible. Que sus herederos estimasen atinado darlo a la luz pública no resulta ni comprensible.

Es una obra que apenas supera la categoría de panfleto, en el que ni una sola de las composiciones merece la relectura. Una lástima que el compromiso político (que puede producir frutos estéticamente dignos) haya generado en este caso una monstruosidad tan chata, alicorta y boba.

Suspiro y olvido.

miércoles, 15 de septiembre de 2021

Los besos


Afirmaba Julio Cortázar, cuando le preguntaban por la génesis de su obra Rayuela, que primero pensó en la escena del tablón tendido entre dos ventanas; que intuyó a Oliveira y a Traveler en los extremos, mientras Talita se encontraba en medio; y que tomando como núcleo esa secuencia fue creando el resto de la obra. Quizá se trataba de una de esas boutades que se dicen para el crítico o el público más impresionables; o quizá fuera cierto. En todo caso, siempre hay una célula que puede ser señalada (real o simbólicamente) como el germen de un organismo más complejo. En el caso de la última novela de Manuel Vilas, esta célula podría ser la que aparece, rutilante y mágica, en la página 170: “Un acto de eternidad consentida por la muerte. Eso son los besos”. Porque la obra intenta explicarnos (y mostrarnos) que todos debemos encontrar el arma con la que combatir contra la Oscuridad, y que el amor (simbolizado, aunque no resumido, en los besos) es quizá la más efectiva.

Los besos es una novela que, como El Quijote (a la que invoca constantemente), es también un tratado de filosofía. Pero de filosofía vital, auténtica, cotidiana: la filosofía de preguntarse por el más allá de las cosas, de las emociones y de los relojes; de mirar con ojos lúcidos y de anticipar en silencio lo que el futuro nos deparará. No sería descabellado designarla como la Novela del Carpe Diem, porque eso es lo que sus personajes propugnan y ejecutan: disfrutar de los sabores del presente y construir con ellos la empalizada que nos protegerá del ataque de los bárbaros; saber que la vida es un don que debemos saborear recién exprimido, y que hoy (Antonio Machado lo dijo) es siempre todavía. Vivir y besar y tocar como proyectos básicos, como estandartes contra la muerte, como incontestables manifestaciones del gozo, como salvoconductos. “Me siento cursi, sentimental, empalagoso, pretencioso, y me da igual. Prefiero ser un cursi a tener el corazón helado y el erotismo enterrado en una tumba profunda”, nos dice Salvador en la página 391. Y lo sabe bien, porque este profesor (jubilado prematuramente a los 58 años) acaba de encontrar, justo en medio de la pandemia del covid, al amor de su vida, una mujer que se llama Monserrat para el resto del mundo y que para él se convierte muy pronto en Altisidora, dama cervantina.

Como hizo Pedro Salinas en La voz a ti debida, Manuel Vilas nos propone en estas páginas un viaje emotivo por los preámbulos de un amor, por su desarrollo intenso y por su declinación melancólica, sin que seamos capaces de señalar en cuál de esos tramos se alcanza un mayor nivel de belleza. Porque Los besos es sin duda una obra bella. Triste y bella. Inteligente y bella. Distinta y bella. Contiene las más hermosas declaraciones de amor, las afirmaciones más incómodas sobre el covid (“Regresa la obediencia, se hace visible el acatamiento, y se hace aún más visible la docilidad”, p.30), las analogías más inesperadas (“El agua bendita era el hidrogel medieval”, p.59), los más contundentes de los análisis sociológicos ("En la España actual, las clases medias tienen que elegir quién quieren que las empobrezca, si la izquierda o la derecha. Te dan la posibilidad de elegir a tu asesino. Tu responsabilidad ahora es elegir, y te dicen que seas muy responsable, que tu responsabilidad es maravillosa", p.268) y hasta humoradas que nos dejan pensativos (“¿Están enamorados los presidentes de Gobierno, de la República, los reyes, los ministros, los dueños de las corporaciones, de los bancos, los dueños del mundo? Si no están enamorados, ¿qué clase de danza están bailando?” (pp.355-356).

Una obra valiente, versátil, proteica, que admite más de una lectura (y más de una relectura), que resulta imposible de agotar en una reseña y que merece un aplauso puestos en pie.