“Comencé
este diario el 16 de enero y lo terminé el 16 de mayo de 2015. Sólo unos días
de primavera nos fueron concedidos, por tanto; son los recuerdos de nuestro
último invierno en Nueva York”. Así lo resume, al terminar la obra, la gaditana
Elvira Lindo. Once años de permanencia en Estados Unidos llegaban a su fin.
Durante los primeros (2004-2006) su marido, el escritor Antonio Muñoz Molina,
desempeñó el cargo de director del Instituto Cervantes; los restantes, impartió
clases en la universidad. Y una vez que la decisión de regresar a España (o tal
vez de instalarse en Lisboa) quedó planteada, ella comenzó este diario, donde
quedan registradas todo tipo de actividades y emociones: paseos por las calles
sepultadas por la nieve, en el invierno más frío que se recuerda en la ciudad;
visitas a exposiciones de pintura; asistencia a conciertos en el Carnegie Hall,
donde tienen la oportunidad de escuchar un magnífico programa con piezas de
Shostakovich, Beethoven y Stravinsky; charlas con su asistenta Rubiela, vegana
y con un arsenal de anécdotas de sus trabajos anteriores; sus frecuentes
insomnios, que llegan a preocuparla; la contemplación de personajes peculiares,
que oscilan entre la insania y el pintoresquismo; conversaciones con su esposo
(no se pierdan aquella en la cual Antonio se confesaba deprimido porque una
taquillera del cine le había preguntado si era senior); recuerdos
familiares sobre su padre, su madre o detalles de su infancia; poemas que
compone a vuela pluma y que ahora transcribe con total naturalidad
(simpatiquísimo el que incluye este exabrupto jocoso: “Le pueden ir dando mucho
por culo a la juventud. / A mí que me devuelvan sólo las tetas”); asistencia a
algún desfile de moda (que se le antoja un auténtico “culto a lo alienígena”,
donde las modelos empiezan a ser “muchachas de complexión de libélula”); y un
sinfín de retratos sobre amigos y conocidos del mundillo neoyorquino.
Consciente (y no arrepentida) de que se ha dispersado en mil frentes durante su vida profesional (radio, TV, prensa, libros, fotografía, teatro) y que ha destinado un poco de sí misma a cada tarea, Elvira Lindo se define inteligente y graciosamente como “escritora homeopática”. Puede ser. Pero yo no considero que se trate de una mala decisión: considero que sus libros y sus fotografías son estupendos; y le agradezco mucho las horas maravillosas que me ha regalado con obras como esta. Seguiré leyéndola con admiración y con respeto.






