viernes, 17 de julio de 2026

El caso Kurílov


 

¿Qué nos cuenta Irène Némirovsky en su novela El informe Kurílov (que he leído en la traducción de José Antonio Soriano Marco para el sello Salamandra)? De forma muy resumida, la historia de León M., hijo de unos padres revolucionarios, que creció en su sanatorio para tuberculosos y que murió en Niza en 1932. Muy joven (en 1903), recibió del Comité el encargo de poner fin a la vida del ministro ruso de Instrucción Pública, Valerian Kurílov; y hacerlo, además, de forma bien visible, para que el pueblo compruebe el poder de los rebeldes antizaristas. El muchacho, un urbanita fervoroso (“Odio la naturaleza. No he sido feliz más que en las ciudades”), consigue que lo contraten como médico de Kurílov, y pronto se da cuenta de que un cáncer de hígado lo está matando. ¿Merece la pena matar a quien está condenado a morir en cuestión de meses? Esa es la pregunta que desde los primeros días atormenta al encendido revolucionario (oculto bajo la identidad de Mr. Legrand, médico suizo) quien, por su posición cercana al ministro, tiene ocasión de conocer a su segunda esposa (la antigua cantante Marguerite Eduardovna) y a sus hijos; pero también a los execrables adláteres que lo rodean: el codicioso Dahl, que ansía sorprendentemente su puesto (“Un ciudadano corriente tiene derecho a ser codicioso, porque sabe que de lo contrario morirá de hambre. Pero las personas que lo poseen todo, dinero, relaciones, tierras, jamás se dan por su satisfechos. No puedo entenderlo”); el anacrónico zar (que llega a exigirle a Kurílov que abandone a la cabaretera, si desea seguir siendo ministro); e incluso los revolucionarios que mantienen la conexión Suiza-Rusia (tan rígidos y tan implacables como sus víctimas).

Pero lo que nos está contando realmente Irène Némirovsky es algo mucho más denso y más interesante que un mero relato de urdimbre política, porque nos habla de temas que, pareciendo locales o coyunturales, son universales, como la depredación y las intrigas que rodean siempre a quienes frecuentan el poder; las luchas intestinas (tan tenues como implacables) que se ponen en funcionamiento para medrar; y, por encima de todo, la rica y desconcertante ambigüedad que impregna a todos los seres humanos, capaces de las mayores bajezas y de los sacrificios más admirables. Aquí no hay “buenos” y “malos”, porque todos los actores participan de la luz y de las tinieblas a la vez: todos son (todos somos) sublimes y rastreros, excelsos y execrables, ángeles fieramente humanos (para decirlo con Blas de Otero). La escritora de origen ucraniano nos ayuda para que no olvidemos esa verdad. Léanla.

jueves, 16 de julio de 2026

Cartas a Leonor


 

Recuerdo perfectamente (creo que muchos recordamos perfectamente) los días de la pandemia del covid. Aquella sensación de claustrofobia, de ansiedad, de temor, de incertidumbre, de zozobra. Aquellos números terribles de víctimas, que crecían a diario en las pantallas de la tele y el ordenador. Aquella desolación de calles vacías, vistas desde una ventana. Aquel silencio.

Lola también lo recordará, porque el confinamiento la alejó de su grupo de vóley, de sus amigas y del chico que le gustaba (Lucas), para encerrarla en un hogar pequeño, con sus padres (con quienes mantiene una relación fría y cortante) y con su abuela Leonor (a la que acogieron unos días antes, por sus problemas graves de memoria). Harta de aquella cárcel incómoda, su carácter se vuelve más irascible y responde a todos con acrimonia. Por fortuna, el temperamento dulce, calmado y conciliador de su abuela servirá para que todo se desarrolle con menos tensión, sobre todo desde el momento en que la anciana empiece a contarle a su nieta sus recuerdos de juventud, donde reinó la figura de Antonio, un muchacho de Soria… que no fue el abuelo de Lola. Los poemas de Campos de Castilla y una vieja carta del chico (la última que le envió) servirán para que Lola empiece a entender lo que realmente deberá hacer cuando terminen los días del coronavirus, guiada por una frase de Leonor, que se convierte en columna vertebral del relato: “La historia de esta familia continuará contigo: tú eres la memoria viva de tus abuelos, de tus padres, de todos los que se fueron y de los que no están. Mi historia personal desaparecerá conmigo porque nadie más la conoce”.

Con el desarrollo de una doble línea narrativa muy interesante (el ayer de la abuela y el hoy de la nieta), la novelista madrileña nos va guiando a los lectores hacia el mañana de todos los personajes, que se iniciará en un cementerio, donde tres lápidas se convierten en culminación y protagonistas de un relato magnífico, emotivo y admirable, en el que literatura, amor y vida enlazan sus dedos. ¿Un libro para jóvenes? Por supuesto. ¿Un libro para enamorados de la poesía? Que nadie lo ponga en duda. Pero, sobre todo, una novela profundamente humana, en la que se exploran las dudas juveniles (la amistad, el amor, las relaciones con los padres), la quebradiza condición de la “normalidad” (que puede verse alterada por algo tan asombroso como un virus) y la fortaleza que podemos extraer, si somos capaces de buscarla, dentro de nuestro espíritu. Un libro para llorar, para aprender y para aplaudir.

miércoles, 15 de julio de 2026

La muerte ajena

 


Los hechos son terribles: una chica de veintitrés años, llamada Juliana Gutiérrez, ha caído desde el quinto piso de un edificio del barrio de la Recoleta (Buenos Aires) y se encuentra en un hospital, debatiéndose entre la vida y la muerte. Pero son los detalles los que enturbian pronto la historia: la chica estaba drogada; la chica estaba desnuda; la chica estaba en el apartamento del empresario Santiago Sánchez Pardo; la chica trabajaba como escort (acompañante vip con derecho a prestaciones sexuales). De inmediato, surgen las dudas y las hipótesis: ¿se trata de un accidente, de un suicidio o de un asesinato? Añadamos más condimentos al plato principal: Juliana compartía padre con Verónica Balda, famosa periodista radiofónica, quien pronto comienza a interesarse por el caso, sobre todo porque los rumores crecen y se enredan de una forma imparable. Se habla de prostitución de lujo, se habla de empresarios que controlan el poder de forma secreta, se habla de intervención de los servicios secretos argentinos. Añadamos un segundo plato al menú: Juliana tenía grabaciones de audio, documentos fotografiados y todo tipo de pruebas que incriminaban a su sugar daddy (Santiago Sánchez) en tramas tan oscuras como inquietantes; y quería que esas pruebas llegaran a las manos de Verónica, para que las utilizase como base de una investigación y de un proceso legal.

Esos mimbres argumentales, que podría haber servido para construir una novela sencilla, rectilínea y comercial, sirven a Claudia Piñeiro para conformar un relato poliédrico, donde varios personajes se erigen sucesiva y complementariamente en narradores: Leticia Zambrano (quien trabaja con Verónica y compartió con ella el premio Rey de España de periodismo), Pablo Ferrer (pareja de Verónica) y, por supuesto, las revelaciones parciales, pero muy significativas, de Juliana, Santiago o la propia Verónica. A ese mosaico laberíntico es invitada a sumarse la persona que está leyendo, quien tendrá que unir las piezas y restablecer, en la medida de lo posible, lo que realmente ocurrió en este “entramado de sexo, poder, política y servicios secretos” que se parece, triste y certeramente, al mundo en que vivimos. La propia narradora bonaerense lo dice: “Estamos parados sobre el juego de la oca más siniestro, dando pasos hacia atrás. Es evidente que una ola ultraconservadora se esparce por el mundo entero, no sólo por nuestro país. Lo que parecía superado, regresa. Los consensos se rompen, los derechos que parecían adquiridos para siempre se ponen en cuestión y peligran. Lo que se callaba porque era vergonzante, ahora se grita a los cuatro vientos. Muy triste”. ¿Les suena ese análisis? ¿Están conformes con él? Frente a los novelistas que se atascan en una visión férrea o que nos invitan a aceptarla sin más vacilaciones, Piñeiro nos propone la duda (“La verdad no es lo que cuenta Pablo. La verdad no es lo que cuenta Zambrano. Tampoco es lo que cuento yo”). La realidad es un territorio cenagoso, donde el poder, los traumas familiares, el dinero, la prostitución, la libertad, la mentira y el crimen campean, y donde no cabe asumir posturas ingenuas o unilaterales: con esa zozobra, casi cuántica, debemos afrontar la lectura.

martes, 14 de julio de 2026

El viaje a ninguna parte

 


Ha habido, por fortuna, muchos libros con cuyo final me he emocionado, pero poquísimos con los que haya llorado (literalmente) mientras recorría sus últimas páginas, teniendo que pararme porque las lágrimas me empañaban los párrafos. Ahora me ha vuelto a ocurrir con El viaje a ninguna parte, de Fernando Fernán-Gómez. No soy palabrotero, como bien saben quienes me conocen, pero qué puta maravilla. Qué jodida genialidad. Qué impagable e irrepetible retrato sobre una profesión arrastrada y ambulante como fue la de los cómicos, aplaudidos durante el ratito de la representación y despreciados como perros durante las veintitrés horas restantes del día. Viviendo de mendrugos, soportando pedradas y expulsiones, mirados con suspicacia en tabernas y fondas, extranjeros en todos los pueblos de España e incluso enterrados fuera del espacio sagrado.

En esta obra escuchamos la voz de Carlos Galván, un viejo actor que está ingresado en la Residencia de Ancianos San Carlos Borromeo y que resume para el doctor Arencibia muchos detalles de su trayectoria. Le habla de sus difíciles inicios, cuando la compañía actuaba en bares, plazas y cuchitriles inmundos, sin más pago que algunas monedas lanzadas casi con desdén; de la  competencia que mantenían (tan desigual) con el cine (ah, el personaje de Solís), los seriales de la radio y el fútbol; de la desoladora tristeza de no comer todos los días, porque la recaudación no daba para esos dispendios (su hijo Carlitos juega partidos de fútbol porque le dan la merienda; y alguna chica de la compañía abandona para trabajar en un bar “de camareras” o se muestra dispuesta “a todo” a cambio del sustento); de la búsqueda constante de pueblecillos donde se les acepten dos o tres días de función, para saber que se comerá caliente esas jornadas. Uno de los personajes de la obra, mirando a la vez con desdén y con pena a los actores, les dicen que ellos son ya fantasmas, personajes anacrónicos a los que barrerá muy pronto el viento de la historia; y, aunque son conscientes de esa amarga verdad (“Yo sé que el teatro no morirá nunca. También es teatro lo que hacen por la radio. Y lo que echa el jodío Solís en su cine. Pero este nuestro de los caminos se ha acabado, está dando las boqueadas”), siguen dibujándose bigotes y declamando con sus voces gangosas, para provocar los aplausos y las carcajadas del público.

Al final, justo al final, descubrimos la última fantasía consoladora de Galván, que tiene un brillo inigualable y que les ruego que visiten, antes de ver la película. Les aseguro que aplaudirán, puestos en pie, al viejo cómico Fernando Fernán-Gómez.

lunes, 13 de julio de 2026

El gran gigante bonachón


 

Siempre me he sentido en deuda con aquellos autores y autoras cuyos libros me han emocionado, enseñado o distraído a lo largo de mi vida. Medio siglo como lector dan, es evidente, para muchas gratitudes. Pero desde hace veinte años, me siento particularmente deudor de aquellas autoras y autores cuyos libros han provocado sonrisas o caras de asombro a mis hijos. Es una felicidad especial, que cualquier padre o madre que haya leído para sus cachorros a la hora de dormir compartirá conmigo. Ver sus ojos brillantes, escuchar sus suspiros de alivio o responder a su petición de “una página más” no tiene precio.

Roald Dahl, merecedor siempre de mis aplausos, me regala otros momentos inolvidables con El gran gigante bonachón, la historia de un ser de apariencia monstruosa (ocho metros de altura, orejas descomunales, vestido de negro) que, descubierto por la huérfana Sofía, decide raptarla y llevársela a su lejano país, para que no denuncie su presencia a las autoridades. Pronto, la niña descubrirá que GGB es inofensivo, aunque no se pueda predicar otro tanto de sus nueve compañeros, antropófagos, brutales y el doble de altos que él, quienes realizan incursiones nocturnas por todos los países del mundo para llenar sus andorgas. ¿Existirá alguna forma de detenerlos? La única habilidad que GGB domina es ser capaz de inspirar sueños en los seres humanos. Pero esa destreza, ¿será útil para neutralizar a sus desagradables congéneres? Sofía, tan pizpireta como ingeniosa, comienza a poner en marcha su cerebro; y traza un plan en el que será necesaria la ayuda de la mismísima reina de Inglaterra.

Roald Dahl combina aquí los escalofríos con el sentido del humor (en especial, en las secuencias donde habla del gasipum, una bebida cuyas burbujas bajan en lugar de subir y provoca popotraques (pedos) tan aparatosos como risibles). Y, en un plano más trascendente, invita a sus jóvenes lectores a reflexionar sobre las contradicciones del ser humano. Es verdad que resulta horroroso ser comido por seres más fuertes, pero quizá los corderos, los cerdos o los patos piensen lo mismo de nosotros. La lección es dura, aunque inevitable: también los seres humanos fabricamos las normas, ay, a nuestra medida.

domingo, 12 de julio de 2026

Clarissa


 

Sigo con los libros de Stefan Zweig, de quien ahora recorro su novela inconclusa Clarissa, en la traducción de Marina Bornas Montaña para el sello Acantilado. Su protagonista es la hija de un militar austríaco que, huérfana de madre y criada en el colegio de un convento en Viena desde los ocho hasta los dieciocho años, tiene que enfrentarse sola al mundo cuando su progenitor, apartado del servicio, decide irse de la ciudad. Tanto su hermano como ella tendrán que abrirse camino en la vida de un modo autónomo: él, como militar; ella, como ayudante del psiquiatra Silberstein, quien no comparte con su colega Sigmund Freud la idea de que conocer el origen de las neurosis sea positivo para sanarlas: él prefiere aportar al paciente otra obsesión distinta, que le resulte inofensiva… y útil (“Más bien creo que se sienten mucho mejor los que no conocen sus puntos débiles. Es mejor no conocer jamás tus propias flaquezas”). Durante un congreso en Lucerna, al que asiste por indicación de Silberstein, conoce a Léonard, un profesor de instituto de Dijon, que cree en el poder de la educación, en el socialismo y en la importancia de la gente anónima (“¡Ah! Amo a la gente pequeña, a los no ambiciosos, a los que no hacen ruido, a los comedidos; son los fuertes y justos sobre los cuales, según la Biblia, se erige el mundo”), además de odiar la guerra y considerar las ideas nacionalistas como altamente peligrosas (“El nacionalismo lo corrompe todo. Es el mal que coloca una única patria por encima de todas las demás. Nos involucramos de lleno en las necedades que cometen nuestras naciones. En el patriotismo. ¿De qué nos sirve ser honrados y bienintencionados si encima de nosotros hay un puñado de personas que no quieren serlo? Ellos miran las banderas extranjeras con la hostilidad del toro que se abalanza sobre la tela roja. Tenemos que romper con el patriotismo. ¡Al diablo con las naciones!”). Fruto de esa relación, que se inicia como amistad y que culmina como amor, es el embarazo de Clarissa, que no descubrirá hasta que, unas semanas más tarde, se encuentren en plena Guerra Mundial, con él en Francia (su país de origen) y ella en Austria: el azar caprichoso de la geopolítica los ha convertido en enemigos.

Una novela excelente, como no podía ser de otro modo, llena de inteligentes reflexiones sobre el honor, la honradez, el amor, la fidelidad y la entereza; pero que deja un poso agridulce en los ojos cuando, al llegar a las páginas finales, comprendemos que la historia no terminaba ahí. Qué pena.

sábado, 11 de julio de 2026

Amores en fuga


 

Cada amor, como cada muerte y cada vida, crece y se dibuja con ropajes distintos. Es cierto que hay patrones, repeticiones y recurrencias; pero también es verdad que los matices (que pueden llegar a ser millonarios) convierten en única cada experiencia. El inteligente y brillante narrador alemán Bernhard Schlink, que lo sabe muy bien, nos entrega en Amores en fuga una serie de relatos que, traducidos por Joan Parra Contreras, leo con auténtico placer. Y en ellos descubro obsesiones, liturgias, decepciones, esplendores y lágrimas que, en proporciones variables, jalonan siete experiencias de gran intensidad: el hombre que ha crecido junto a un cuadro misterioso que su padre ha querido proteger y ocultar, sin que hasta sus años adultos se formule preguntas y extraiga conclusiones sobre el mismo (“La niña de la lagartija”); una amistad surgida entre personas del Berlín Este y el Berlín Oeste, en los años que rodean a la inminente destrucción (mal llamada “caída”) del Muro (“El salto”); el viudo que, en pleno dolor por la pérdida de su mujer, descubre de forma triste y azarosa que ella mantuvo una aventura con otro hombre durante años (“El otro”); el exitoso arquitecto que, voluble y sin someterse a cortapisas morales, mantiene vínculos sexuales con dos amantes, a la vez que sigue casado con Jutta (“Guisantes”); el joven alemán que, enamorado de una chica judía y consciente de que pertenecen a mundos antagónicos, decide acometer un acto simbólico para merecer su amor (“La circuncisión”); la tristeza de un enviado de paz que, tarde (casi siempre es tarde cuando se descubren las cosas importantes), comprende que no ha sido demasiado cariñoso con la persona a la que más quiere (“El hijo”); o el hombre que, perseguido por un sueño recurrente, se descubre atrapado por él mientras viaja con su esposa por los Estados Unidos (“La mujer de la gasolinera”).

Los relatos son de una belleza y una perfección formal muy notables, pero quizá su mayor atractivo resida en la manera en que capturan y convierten en tinta las decepciones, los yerros, las congojas irremediables que asaltan al ser humano cuando mira hacia atrás y comprende que, en cierta bifurcación que la vida le puso delante, optó por el camino equivocado.