Sería
difícil, después de haberla leído un par de veces, de haber visto una docena de
películas que giraban alrededor de esta historia, de haberla explicado (creo
que con mucho fervor) durante mis años como profesor de Literatura Universal y
de haber contemplado infinidad de cuadros que reflejaban escenas suyas, anotar
algo medianamente original sobre la Odisea del misterioso (y tal vez
inexistente) Homero. Ni siquiera lo intentaré. Tampoco recurriré a la opción de
señalar mis aventuras favoritas: cómo elegir entre los horrores de la cueva de
Polifemo y las delicias brujas de Circe, cómo decantarse entre las sirenas y
Euriclea, cómo desdeñar a Alcínoo en favor de Eumeo. Resulta imposible, al
menos para mí. Todos componen el mecanismo eterno de esta protonovela
magistral, asombrosa y clarividente, para elevarla hasta el cielo de la
inmortalidad literaria. Ni una sola ruedecilla o tornillo sobra en un reloj
bien hecho; tampoco aquí.
Acudiré
entonces a los detalles, que cito por la traducción de José Luis Calvo: la
irritación por la servidumbre que imponen ciertas funciones corporales (“No hay
cosa más inoportuna que el maldito estómago, que nos incita por fuerza a
acordarnos de él”, VII); un cierto desdén por el segmento juvenil de la
sociedad (“Con frecuencia los jóvenes son sandios”, VII); el elogio de la
amistad auténtica (“No es inferior a un hermano el amigo que tiene pensamientos
discretos”, VIII); el horror ante la posibilidad de morir por falta de
alimentos (“Todas las clases de muerte son odiosas para los desgraciados
mortales, pero lo más lamentable es morir de hambre”, XII); la convicción de
que los seres humanos no somos, de ninguna forma, la especie superior que
juzgamos ser (“Nada cría la tierra más endeble que el hombre de cuantos seres
respiran y caminan por ella”, XVIII).
Una obra para disfrutar y para aprender. Para asombrarnos con la perfección de una literatura tan antigua. Para seguirnos preguntando quién fue (o quiénes fueron) Homero. Egregia.






