Recuerdo
que, cuando estudiaba Filología en la universidad, un profesor (cuyo nombre no
viene al caso) se refirió a esta obra de Camilo José Cela diciendo que era “un
pastiche”. Y con esas dos palabras la definía, despachaba y enterraba. No le
faltaba razón en su etiqueta, evidentemente, pero entiendo que se quedaba corto
en su juicio, porque el libro es algo más (mucho más) que eso. Al releerlo
ahora, recién cumplidos los sesenta años, me parece admirable la forma en que
el gallego Camilo José Cela se introdujo bajo la piel del antihéroe
renacentista y fue capaz de imitar su voz para darnos las memorias de un
presunto nieto suyo. Este nuevo Lázaro, natural de Ledesma e hijo de Rosa
López, padeció una vida de pobreza y peregrinaje similar a la del Lázaro
antiguo: se crio con unos pastores hasta los ocho años; tropezó con tres
músicos estrafalarios, que lo abandonaron después de hacerle participar
involuntariamente en una estafa, en el pueblo de Lumbrales; dio con el penitente
Felipe, hombre reflexivo aunque algo peculiar, que no toleraba las chanzas a su
costa (“Sé sensato y no te mofes, que filósofo soy y hombre de bien, pero si te
arreo una castaña te voy a sacar los dientes por los oídos”, dice en el Tratado
cuarto); recaló con una troupe de franceses, de los que terminó también
escapando para refugiarse en casa de un poeta, de la cual sale para aposentarse
en la botica de don Roque (donde tiene la fortuna de hallar el manuscrito con
la vida de Lázaro de Tormes, quizá su abuelo), de la cual... Infinitos
vaivenes, infinitas amarguras e infinitos aprendizajes que se ven abocados a su
final cuando llega a la villa de Madrid y es enrolado de forma inesperada en el
ejército.
Con un conocimiento impresionante de pueblos, pueblecitos y lugarejos (alguno de los cuales, en la actualidad, apenas sobrepasa los treinta habitantes), y con una sintaxis que imita prodigiosamente la de su antecesor, Camilo José Cela nos pasea a pie por todo el centro de España, haciéndonos observar sus paisajes, vadear sus ríos, escalar sus montañas, oler sus flores y conocer al detalle la condición de sus pobladores. Además, por supuesto, de entregarnos las magníficas escenas humorísticas, tenebrosas e incluso sangrientas que el libro acumula. Para un “pastiche”, me parece a mí que no está nada mal.






