Tomás
se encuentra sumamente feliz en la Fundación, un centro en el que novelistas,
matemáticos, ingenieros y otros profesionales de elevado talento conviven y son
becados para desarrollar su creatividad. Comparte habitación con Asel, Max y
Lino; disfrutan de cerveza fresquísima en su nevera y de un servicio de
camareros que les trae comida y cena sin necesidad de desplazarse; pueden fumar
a placer; disponen de teléfono; y Tomás, para redondear paradisíacamente su
estancia, recibe visitas de su novia Berta, también becada por la Fundación. Lo
extraño es que, salvo Asel, todos parezcan incómodos y miren a Tomás de manera
torva o rencorosa, dirigiéndole pullas y rechinando los dientes. Poco a poco,
mientras descubre cómo la música ambiental, las lujosas lámparas o el teléfono
desaparecen, el lector va comprendiendo que lo observa todo con los ojos de
Tomás, y que la realidad es mucho más triste y mucho más angustiosa: todos
ellos se encuentran en una cárcel infecta (alguno ha sido incluso torturado) y
les espera la muerte. ¿Ha perdido Tomás el juicio o finge la Fundación para no
dejarse devorar por el miedo… y por la culpa?
Tan
contundente y tan simbólico como en Buero es habitual, este drama pone ante
nuestras pupilas una amarga reflexión sobre las traiciones que a veces somos
capaces de infligir, sobre el poder coercitivo que puede usarse para doblegar
el ánimo y, claro está, sobre la fantasía como refugio para evadirse de un
entorno hostil. Puede ser una cárcel en cualquier régimen totalitario; puede
ser una cárcel en cualquier país; puede ser una cárcel en cualquier época. El
modo en que el Poder no democrático destroza la vida de los disidentes es
universal. Y también lo es el drama de Buero Vallejo.
En la última página, en la última secuencia, nos queda una duda terrible: ¿dibuja un horizonte de esperanza, haciendo que los condenados sean trasladados a otra celda, de la que quizá puedan escapar más fácilmente? ¿O tal vez el traslado no tenga otro destino que el paredón y unas agrias detonaciones? El hecho de que, una vez desocupada la celda, nuevos presos sean conducidos a ella, nos hace tragar saliva en silencio.






