martes, 10 de febrero de 2026

Me olvidé de tu nombre

 


¿Qué va a encontrarse la persona que abra las páginas de Me olvidé de tu nombre, la última entrega prosística de Juan Serrano? La respuesta no puede ser sencilla, porque la condición poliédrica del tomo tampoco lo es. Resultaría más fácil, quizá, proceder por descarte, indicando lo que el libro no es: no es una novela, no es una colección de relatos, no es una secuencia de diapositivas. Pero, como es lógico, el común de los lectores fruncirá en este punto las cejas y pensará que no estoy aclarando absolutamente nada. Le doy la razón, porque lo que hace aquí el escritor de Yecla es poner en nuestras manos un prisma absorbente y multicolor que, levemente girado, nos revela luces y formas cambiantes: hay denuncia social, hay dolor humano, hay poesía, hay observación atenta e inteligente del entorno, hay reflexiones filosóficas. Díganme ustedes de qué modo y con qué etiqueta se puede resumir todo eso.

Digamos que Juan Serrano se yergue frente a la realidad para contemplarla con inusuales ojos líricos, incluso cuando el espectáculo es tan terrible como la tristeza de la viuda de un minero (“Las lágrimas de la mujer eran ojos de lluvia sin agua, sin párpados. Murciélagos en tropelía, espantados por el olor del grisú y su estruendo, volaron hacia el barranco. La naturaleza entera era el espejo de la soledad de la mujer ensimismada. Y le daba lo mismo que las flores del coche fúnebre reventaran de compasión o de rabia. Nada lograba sacarla de su tristeza acuchillada y absorta. Ella quería volver a estar con su marido. Sólo tenía ojos para saber si el humo que aún salía de la chimenea sabría escribir en el cielo, sobre las nubes blancas, las letras del nombre de su marido”, p.9) y que sabe cartografiar el alma de quienes lo rodean, porque su mirada se ha vuelto sabia, y honda, y reposada. Esa sabiduría, además, se condensa en frases que ustedes, de la misma forma que he hecho yo, subrayarán en su ejemplar del libro: “La palabra horada las vetas del acantilado del instante” (p.24); “Tardamos dos años en saber hablar, y una vida entera no basta para aprender a callar” (p.42); “Se me mueren las palabras cuando intento abrir lo que llevan dentro” (p.61); “La derrota más dura es el silencio inferido” (p.85); “No me digas quién eres, que no quiero traspasar, ni escapar, ni salir de esta ignorancia cómoda y bella” (p.93). “No sabes si existe el alma. Lo que sí sabes es que la sientes cuando escribes” (p.138).

Después de leer estas frases, que escojo entre cien posibles, ¿están seguros de que no les apetece buscar el libro y sumergirse en sus páginas? Yo lo haría.

lunes, 9 de febrero de 2026

El último sordo


 

Santiago, cuando sale del colegio, tiene una vida muy ajetreada: asistir a clases de informática y natación, protagonizar entrenamientos con su equipo de fútbol, estudiar los exámenes, colaborar en casa… Pero su padre, sin que la opinión del chico parezca importar, lo apunta también a clases de judo. Da igual que Santiago haya insistido en que no quiere (incluso ha llamado al Teléfono del Menor para quejarse): la voluntad paterna se ha impuesto. Al menos, eso le permite conocer a Guillermo, cuya hermana Belén (“La chica más guapa que yo conozco”) ha tomado la manía de preguntarle si tiene novia y cogerle de la mano. Por eso, como una especie de venganza inocente, Santiago le regala a su padre una trompetilla para sordos cuando llega el día del padre. Pero hay más cosas que están revolucionando su vida: por ejemplo, que su amigo Óscar está convencido de que ha visto un ovni en su jardín, y planean estar alertas a partir de entonces para poder verlo o hacerle fotos.

Con un lenguaje simpático y con capítulos tan breves como atractivos, Roberto Santiago dibuja una novela que resultó finalista en el premio Edebé de literatura infantil en 1996 y que nos habla del complicado tránsito que lleva de la niñez a la adolescencia. Se la he leído en cinco noches a mi hijo pequeño. Muy agradable.

sábado, 7 de febrero de 2026

Otelo

 


Resultaría absurdo que intentase resumir la obra Otelo, de William Shakespeare: sus pormenores argumentales son tan conocidos que me vería obligado a incurrir en el ridículo. Resultaría igualmente absurdo que intentase decir algo original o innovador sobre ella, porque los ríos de tinta que ha suscitado desde 1600 conforman un auténtico Amazonas: mis pretenciosas gotitas ni serían advertidas. Pero resulta que he leído este drama por quinta vez (la primera, en 1987; la última, ayer) y no me canso de visitarla. Qué escalofríos. Qué trama inquietante. Qué telaraña pegajosa la que urde Yago, donde ningún hilo queda al albur. En principio, se escuda en el odio que siente por el general Otelo porque cree que “ha montado” a su esposa Emilia (rencor que amplía a Casio porque, según manifiesta en la escena I del acto II, juzga que también el teniente lo ha hecho), pero la manera en que desdeña a su mujer nos deja bien claro que se trata de otra cosa: nadie despliega tan macabra escenografía (todos parecen marionetas en sus manos) por una persona que, bien claro resulta en las escenas finales, le importa tres pitos. En su opinión, todas las mujeres son unas furcias, incluida la suya.

William Shakespeare, con la habilidad diabólica de quien conoce muy bien el espíritu humano, construye un ser demoníaco, jánico, inescrupuloso, que juzgo el más aterrador de los suyos, porque atesora tanta maldad como inteligencia, tanto veneno como astucia, tanta sagacidad como gelidez de ánimo. Yago dirige un circo con media docena de pistas, y en cada una de ellas organiza, diseña y manipula a un personaje. Es capaz de mantener todos los platillos girando, como un equilibrista maléfico e infalible. De ahí que, a pesar de su condición totalmente nauseabunda, fascine y encandile. Es el protagonista absoluto de la obra. El dios oscuro y taimado que susurra en los oídos de todos, que emponzoña todos los corazones; y que lo hace, además, fingiendo lealtad y cariño indesmayable.

No me cabe duda de que esta pieza se encuentra a la altura de Hamlet. Y tampoco me cabe duda de que volveré a leerla dentro de unos años, si sigo vivo.

jueves, 5 de febrero de 2026

Donde se alzan los tronos


 

Los libros de Ángeles Caso jamás me decepcionan. Los descubrí de forma azarosa y, uno tras otro, me convencen y reciben mi aplauso. Su forma de narrar me fascina desde la primera hasta la última de sus páginas. Así que vuelvo a adentrarme en otra, como es lógico. En esta ocasión, se trata de la novela Donde se alzan los tronos, una vigorosa reflexión (ampliamente documentada y bellamente expuesta) sobre las nauseabundas trastiendas del poder y sobre la forma astuta, y a veces inicua, en que se diseñan las coronaciones, las guerras o las alianzas entre países.

Todo comienza a finales del siglo XVII cuando Carlos II, enfermo y débil, debe elegir a la persona que herede su trono. Su esposa Mariana lo presiona para que firme el testamento (carecen de hijos) y nombre al archiduque Carlos; pero las intenciones del cardenal Portocarrero son otras muy distintas: quiere que entregue el trono a los Borbones franceses, en la persona de Felipe, duque de Anjou, futuro rey Felipe V de España, más bien reacio a asumir tal compromiso. Vive demasiado bien en la corte de Versalles y las informaciones que le llegan sobre España (nobles siempre vestidos de negro, rancio catolicismo ñoño, escasa afición a la higiene y los lujos) no resultan demasiado seductoras.

Celebrada la boda en España entre Felipe de Anjou y María Luisa de Saboya (de apenas 13 años), la princesa de los Ursinos, Mariana de la Trémoille, quien ha sido comisionada por el rey francés para que tutele el matrimonio y que se va a convertir en la auténtica protagonista de la obra, comienza a ejercer su influencia sobre el matrimonio (“El poder la excitaba más de lo que nunca la había excitado el cuerpo más deseable de todos los que habían compartido su lecho”, p.83). Y, como es obvio, es objeto de infinitos ataques por parte de sus enemigos, que fingen creer todas las insidias que sobre ella se vierten (“Una calumnia era un festín hacia el que todos se abalanzaban exhibiendo sus mejores galas y enseñando entre los dientes sus lenguas bífidas”, p.134). Durante dos centenares de páginas la veremos maniobrar, interceptar correos, urdir voluntades, amañar enlaces nupciales, sugerir destierros, deslizar indirectas y, en suma, organizar las vidas de quienes tiene alrededor, llevada por su ambición. Esta omnipotencia se truncará solamente cuando aparezca en la vida del rey la figura de Isabel de Farnesio.

Con una habilidad admirable, Ángeles Caso nos va describiendo el ridículo de los protocolos palatinos (esos lunares postizos, esos maquillajes patéticos, esa mugre que se almacena por no recurrir al peligro sanitario del baño), la endiablada complejidad de las insidias y las venganzas, el poder de los religiosos, la necedad de los médicos y, sobre todo, la obsesiva persecución del poder que enloda el corazón de casi todos los protagonistas.

Una narración memorable (centrada en una mujer inteligente y astuta que luchó contra los prejuicios y limitaciones de su tiempo), en cuyo transcurso podemos comprender muchos detalles cruciales de la historia de Europa.

martes, 3 de febrero de 2026

La cuenta atrás de Justo Galeno

 


Después de haber conocido literariamente a Jesús Feliciano Castro Lago a finales de 2020 por su obra Amantes, poetas, víctimas y otros infelices (https://rubencastillo.blogspot.com/2020/12/amantes-poetas-victimas-y-otros.html), publicada por el sello Talentura, he reseñado en este blog otros tres libros suyos. Y ahora, encandilado con su prosa, me acerco hasta el quinto, que se titula La cuenta atrás de Justo Galeno y otros relatos (2022) y donde me vuelvo a encontrar con espléndidos relatos, como “Giocondas a 50 euros” (que nos propone un engaño artístico de agradable factura, del que fue fautor involuntario el vigilante del Louvre Vincenzo Peruggia), “Derecho a imaginar” (cuento de bellísimo dibujo circular sobre el poder de la fantasía), “Querido hijo” (esas cartas truncas que un padre garabatea para reconciliarse con su vástago), “El efecto pelirrojo” (simpático ejemplo del ‘efecto mariposa’), “Laberintos” (unas pequeñas teselas biográficas que se unen para formar un asombroso mosaico narrativo, ideado al modo de un laberinto alfabético) o la historia que da título al volumen, donde descubrimos a un chico hermético, entregado al estudio de la medicina, al que devora un amor imposible. “A la atención de la bibliotecaria” supone un precioso homenaje a las profesionales que trabajan en ese sector y que a mí, como sobrino de una, me ha emocionado particularmente. Al final, un espacio que lleva por título “Bonus Track” nos aporta unos microrrelatos que cierran el tomo.

Convincente en su dominio de los resortes narrativos, Castro Lago redondea un volumen de notable belleza, que se lee absorto y entusiasmado. Sospechaba que no iba a perderme ninguno de sus libros en el futuro, pero ahora estoy convencido de que así será.

lunes, 2 de febrero de 2026

Como meteoritos

 


Cuando abro el libro de un autor al que aún no he tenido la oportunidad de leer, todas las posibilidades están abiertas: puede parecerme admirable o mediocre; puedo terminarlo o dejarlo a las pocas páginas; puedo anotar su nombre o dejarlo ir (con mi gratitud, pero sin mi entusiasmo). En esta ocasión (y son ya muchas las veces que me ocurre con autores y autoras que aparecen en el sello Talentura), mi aplauso es tan espontáneo como intenso. Qué espléndido resulta, en mi opinión, el volumen de relatos Como meteoritos, del logroñés Alejandro Amelivia. Lo he disfrutado enormemente.

Cuando me adentré en la primera propuesta (que se titula “La chica de mis sueños”) y descubrí al inquietante personaje de El Soñador, me dije: Caramba. Pero, sin darme respiro, luego vinieron el mal cuerpo que genera la violencia etílica en “Kentucky Gentleman”; la terquedad cazurra de Hank y la sensualidad cromática de June en “La fatiga de los materiales”; la sofocante admiración por Charles Lynch que parece recorrer las venas de los habitantes de Hawthorne; el sueño premonitorio de Larry, al que su esposa Violet se niega a prestar ninguna atención; la inquietante cicatriz que cruza el rostro del cazador que irrumpe en la casita de “En el borde del claro”; los trucos (casi sonrientes) que despliegan una médium fraudulenta y su ayudante demasiado vivo en “Estrella blanca”; y, sobre todo, las líneas que forman “Ya nadie recuerda nada”, un cuento que tendría que ser leído y estudiado en todos los institutos y universidades de España como ejemplo de construcción narrativa y de eficacia literaria.

Cómo maneja Amelivia el cambio de narrador en sus relatos; cómo escoge las ambientaciones y las frases de sus personajes; cómo redondea y esmalta los finales. Impresionante, de verdad. Me ha parecido un libro admirable y digno de elogio. Están tardando en buscarlo.

domingo, 1 de febrero de 2026

Tercera residencia

 


Releo con entusiasmo renovado las páginas de Tercera residencia, que leí en 1988, con veintidós años. Y vuelven a fascinarme las dos líneas vertebrales que descubrí en estos versos encendidos y galvánicos de Pablo Neruda: en primer lugar, el viento surrealista, que llena de imágenes asombrosas los poemas y que los vuelve tan fascinantes; en segundo lugar, el aliento combativo que respiran las estrofas dedicadas a su militancia ideológica (la guerra civil de 1936, el Ejército Rojo, Simón Bolívar, etc.).

Por lo que respecta al primer apartado, confieso mi incapacidad para entender bastantes de los versos, porque las metáforas surrealistas y las adjetivaciones intrépidas que el chileno despliega continuamente me los vuelven impenetrables; pero, a la vez, constato también mi entusiasmo a la hora de interpretarlos, porque las sugerencias de Neruda dan pie a lecturas que, si no se corresponden con lo que él quería expresar, sí que revelan con claridad mi forma de leerlos.

En cuanto al bloque “político” (que muchos denigrarán por su tendenciosidad, pero que yo respeto por los durísimos momentos de guerra que le tocó vivir), no creo que resulte posible negar la validez lírica de estancias como “España en el corazón”. En un tiempo de urgencia y deflagraciones, de muerte y de traiciones, imagino que tiene que resultar punto menos que imposible mantenerse en una posición racional y equilibrada (aunque personas como Manuel Chaves Nogales sí que parecieron lograrlo). En esa efervescencia de ira y de angustia, Pablo canta a las Brigadas Internacionales, a la batalla del Jarama, a los antitanquistas… Y su voz, aunque el paso del tiempo moderase o corrigiese radicalmente algunas de sus aristas, no puede ser tildada de chata o panfletaria. Neruda consigue muchos poemas de belleza terrible, de retrato purulento, de crónica bombardeada.

Pertenezco al grupo de quienes discrepan con algunas de sus ideas y fervores, pero que aplaude sus versos. Una cosa, en literatura, no quita (no debe quitar) la otra.