lunes, 26 de octubre de 2020

El incendio

 


Ocurre con ciertos libros que, si nos dejamos llevar por la impresión desagradable que nos provocan sus primeras páginas, podemos perder la oportunidad de terminarlos. Con El incendio, de Rodrigo Rubio, he estado a punto de sucumbir a ese error, porque hasta bien entrada la mitad del volumen mi lectura estaba resultando negativa. De hecho, apunté en algunos márgenes frases como “Estilo polvoriento”, “Costumbrismo chato”, “Tufo a Jarama” y otras de parecida textura. Por suerte, la corta extensión del tomo me animó a continuar; y ahora celebro haberlo hecho, porque mientras que la mayor parte de sus núcleos argumentos (el cotilleo de las vecinas, la violencia doméstica de los varones, las borracheras, etc.) me provocaban bostezos, dos de ellos adquirieron en el tercio último una densidad interesante: el incendio que se declara en los montes cercanos a la localidad (y para cuya extinción se recluta a los mozos) y el aborto clandestino al que se somete Encarna en casa de la Dora.

En el primer caso, el escritor albaceteño consigue transmitirnos muy bien los disimulados gestos de cobardía o de insolidaridad de los lugareños, que buscan todas las mañas para evadirse a la hora de colaborar contra el fuego (llegando a la cómica situación de encerrarse varios en el aseo del bar). Entre las razones aducidas se desliza la insinuación, fácilmente comprensible, de que la zona que arde pertenece a un terrateniente y que, por tanto, nada pierden ellos con la propagación de las llamas. En el segundo caso, la gran virtud narrativa y argumental consiste en mostrarnos al novio de Encarna como un chico timorato, o tal vez consecuente, que está dispuesto a fugarse con ella y convertirse en su marido; es ella quien prefiere zanjar el asunto con la intervención de la vieja Dora.

No es, desde luego, una novela para tirar cohetes, pero es justo reconocer que va ganando en intensidad conforme se avanza por sus páginas. Quizá me adentre en otro libro de Rodrigo Rubio más adelante.

sábado, 24 de octubre de 2020

Cuando la sociedad es el tirano

 


Durante unos días, me paseo por las páginas de Cuando la sociedad es el tirano, donde se recopilan un buen número de artículos periodísticos de Javier Marías. El verbo que empleo (pasear), pensándolo bien, no resulta aquí riguroso, porque parece sugerir una actividad realizada de manera casi indolente; y nada más lejos. Leo siempre sus artículos (supongo que ya lo habré comentado en este Librario alguna vez: no me importa repetirme) con admiración, pues me parece la suya una mirada inteligente, ponderada y lúcida. Discrepo quizá con algunos de los planteamientos o de las conclusiones a las que llega, pero jamás pierdo de vista que su forma de escribir es elegante y que su forma de pensar es honesta y coherente: con alguien así no supone ningún problema disentir, porque se intuye que el respeto ondeará por ambas partes.

Javier Marías me parece un opinador magnífico, un gran analista de este mundo en el que vivimos (“difícil, complicado y marrullero”, como afirmaba Joan Manuel Serrat antes de cantar el famoso tango de Enrique Santos Discépolo), donde demasiados analfabetos, hipócritas, mendaces y manipuladores campan a sus anchas, tanto en la política, como en la cultura o la economía. Reacio a toda forma de rendición (porque claudicar supone dejar el campo expedito a los más deplorables especímenes), el escritor madrileño señala, disecciona y, sobre todo, nos hace mirar lo que quizá sólo hemos visto. Donde otros aportan únicamente opiniones o exabruptos, él incorpora reflexiones, comparaciones históricas, ideas y páginas de brillante formato. Y nunca se deja llevar por el insulto gratuito, o la demagogia, o el proselitismo. Las fórmulas personalizadas (“para mí”, “yo creo” y similares) siempre nos dejan claro que expone su opinión, sin considerarla ley, acerca del independentismo catalán, la deriva totalitaria de Donald Trump, el fango creciente de la televisión basura, los abusos de quienes exigen en lugar de pedir y mil temas más, que nos ofrecen un panorama muy completo de nuestro entorno, a veces tan aborrecible.

¿Que si seguiré leyendo los volúmenes recopilatorios de Javier Marías? La duda ofende.

jueves, 22 de octubre de 2020

El coronel no tiene quien le escriba

 


Ignoro las veces que habré leído El coronel no tiene quien le escriba. Tal vez cinco o seis. Quizá alguna más. Y en cada abordaje que ejecuto a la obra me encuentro con la misma sensación de pureza, de elegantísima prosa, de vocabulario exacto, de poesía natural (sin duda, largamente urdida, pero de expresión inocente y como encontrada), que me convencen de la maestría absoluta del escritor Gabriel García Márquez. El cuadro que aquí nos presenta está integrado por personajes vivos, por paisajes definidos y por temperamentos firmes que, no obstante, fluyen de un modo inaudito. En algún sitio he leído (¿Paco Umbral?) que la grandeza estilística de un autor consiste en dar la sensación de haber logrado su objetivo sin esforzarse, como si la música del relato hubiera tomado posesión de él y se expresara de forma autónoma e inequívoca.

La historia del coronel y de su esposa asmática, del hijo que fue “acribillado nueve meses antes en la gallera, por distribuir información clandestina”, del avariento don Sabas, del abogado que está siempre “tendido a la bartola en una hamaca” y que se ve impotente para conseguir la anhelada pensión que permita salir a su representado de la pobreza, de los amigos fervorosos de su hijo (que se obstinan en que el gallo que criaba el muchacho al morir llegue a la época de las peleas, para servir como redención de todos ellos) o del médico bondadoso, que conforta a la delicada esposa del coronel y que le presta a éste los periódicos, para que se entere de la actualidad, no podría haber sido contada de otra forma. Es imposible que fuera contada de otra forma. El novelista colombiano ha escrito con un estilo único una historia única. Sencilla en su formato, pero hondísima en su espíritu; sobria en el planteamiento, pero airosa y poética como pocas.

Conseguir contar de manera admirable y eterna un argumento sencillo es el máximo honor al que puede aspirar un novelista. Gabriel García Márquez, aquí, lo consigue sin un solo desmayo. Sublime (como dijo Charles Baudelaire) sin interrupción.

martes, 20 de octubre de 2020

Clepsydra

 


Mi amiga Teresa, exquisita y siempre atinada, me trae de Portugal un libro que llena de poesía mi tarde del domingo: Clepsydra, de Camilo Pessanha, en una hermosa edición bilingüe con traducciones de Jerónimo Pizarro y María Matta, ilustraciones de André Carrilho e introducción de Helena Carvalhão Buescu.

Son textos llenos de silencio, y también de visiones deliciosas: corazones perdidos o tristes que se arrastran por el suelo, asimilados a gusanos; soledades inefables después de la batalla; inviernos que colonizan el paisaje y el alma; poemas de una textura delicadísima, que se construyen para homenajear a la madre; pasos en la arena húmeda de una playa; revelaciones religiosas; reflexiones sobre el poder curativo o lenitivo de la amistad; canciones imborrables sobre la separación entre personas que se quieren; estupendos (algo melancólicos) versos sobre cómo los años se abalanzan sobre los bohemios, intentando derruirlos o amilanarlos; la calma de la muerte, frente a las aceleradas abominaciones del mundo.

Pero, entrelazado con todas esas bellezas temáticas y estilísticas, hay un elemento que me perturba: la traducción. No me atreveré a señalar (por desgracia, ignoro la lengua portuguesa) que resulte despreciable; nada más lejos de mi ánimo. Llevo toda mi vida dando las gracias a los traductores, porque me han permitido conocer a centenares de autores que me hubieran estado vedados sin su ayuda; así que figúrense si voy a menospreciar a Pizarro y Matta. En absoluto. Se trata, tan sólo, de una inquietud personal: si cambiamos las palabras del poeta por otras menos exactas, con el único fin de mantener la rima, ¿estamos siendo justos con el “espíritu” del compositor? En este volumen se puede comprobar en infinidad de casos que se ha preferido la rima a la semántica, y tal decisión a mí no me convence. Miguel de Unamuno afirmaba que la poesía es demasiado importante para ser transformada en música. Elegir la música de la rima frente a la música del sentido me parece discutible. Y aporto dos ejemplos de la página 81, como mera ilustración: si Camilo Pessanha habla de una frialdad que “não entristeça ninguém”, sus traductores optan por decir que “a nadie haga rehén” (para que luego rime con “desdén”). Un volatín muy forzado. Y, poco después, el verso “Que frio, que desconsolo!” se transmuta en “¡Qué frío, qué contienda!” (para que rime con “prenda”). Otra cabriola imperdonable.

Salvados esos arrecifes (cada verso que me gustaba lo miraba a continuación en su versión original, a la izquierda), el tomo es magnífico, enriquecedor. Y me permite seguir aumentando mis lecturas portuguesas, de las que nunca me sacio.

domingo, 18 de octubre de 2020

El malmuerto

 


Cuando te sumerges en las páginas de una novela, dos son, fundamentalmente, los aspectos que de ella pueden cautivarte: el “fondo” y la “forma”. Es decir, su argumento y peripecias, las historias que nos relata (por un lado); o la manera en que está redactada (por el otro). En el caso de El malmuerto, la narración que la asturiana Marta Portal publicó al año siguiente de obtener el premio Planeta, he de confesar que por desgracia ninguna de ambas facetas me ha resultado seductora. Y bien que lo lamento: cada vez que abro un nuevo libro me ilusiono con la posibilidad de que suceda al contrario.

Condensada en pocas líneas, la novela se propone trasladarnos la historia de cómo el coronel hispanoamericano Alejandro Balcázar atropella fortuitamente al indio Antonio Manuel Galves, que recorría de noche la carretera en una bicicleta mal iluminada. Como es natural, ese accidente lo perturba y conmociona: lo lleva al hospital, se encarga de avisar a la familia, encomienda al doctor que lo cuide de la forma más escrupulosa posible… Hasta ahí, todo bien. Los problemas surgen cuando Balcázar, solo en su domicilio, decide pegarse un tiro como consecuencia del remordimiento. Este arrebato, en alguien que acaba de ser propuesto para un elevadísimo cargo estatal, se antoja difícilmente justificable. Pero es que, incluso aceptando que la reacción pudiera resultar “verosímil”, la escritora estira todavía más la credulidad del lector: Balcázar decide dejar todos sus bienes a la viuda del indio. Y, antes de que el bocado sea digerido, riza aún más el asunto: solicita ser enterrado junto al ciclista atropellado, en una humilde tumba. Escasos serán los lectores que continúen creyéndose de buena fe esa línea argumental.

En cuanto a la forma, idénticos despropósitos: todos los personajes se expresan con un lenguaje idéntico, almibarado y ñoño, encharcado de lugares comunes y abstracciones melosas; generales que afirman sentirse guiados tan sólo por el bienestar del pueblo; coroneles que reciben desengaños amorosos súbitos y que, en apenas un par de minutos, se convencen de que esa frustración es buena, porque les permitirá concentrarse en su labor altruista y benéfica a favor de los más humildes; descripciones ambientales que, sin venir a cuento, indagan en las características de la arquitectura colonial… No alargaré la lista para no parecer sañudo.

La única justificación que encuentro para una novela tan defectuosa, tan plana y tan increíble, es que la autora fuese “animada” a entregar un nuevo manuscrito, al año de obtener el premio Planeta, para consolidar su posición en el mercado literario nacional (la última página de la obra registra esta interesante anotación de Marta Portal: “Son Angelats, julio-agosto de 1966”. Dos meses de escritura, pues). La otra opción (que fuese directamente mala narradora) no me aventuro a suscribirla, con un solo libro como base.

viernes, 16 de octubre de 2020

Morir de amor

 


Sabemos algunas cosas de Miriam, pero no podemos estar seguros de que todas resulten ciertas, porque en la construcción del personaje que lleva a cabo la dramaturga Diana M. de Paco Serrano se confunden lúdicamente las verdades y las posibles hipérboles mentirosas. Es incuestionable que tiene “unos 55 años”, que ha perdido todo interés por su marido (nos dice que es “gordo” y que la mira con “complejo de superioridad”) y que acaba de pasar la noche en un hotel con el hombre que se ha convertido en su “amante oficial”. Y resultan menos fiables los episodios (parecen exagerados) en los que explica sus aventuras sexuales con un asistente de vuelo llamado Javier y con el piloto del avión, quienes la usaron a la vez para formar un trío de besos lúbricos, magreos y quién sabe si algo más.

Pero todo ese dibujo nebuloso, de mujer al mismo tiempo abatida y resuelta, acoquinada y frenética, constituyen tan sólo el preámbulo para escucharla en la habitación del hotel, donde se dirige al anónimo amante. Porque ahí es donde se encuentra la auténtica esencia del drama: en la operación en la que, entre bromas sobre noticias periodísticas, anécdotas libidinosas y lágrimas escondidas, Miriam va desnudando su alma y nos deja ver sus heridas, largas, hondas, terribles. Porque a la amargura de haber perdido el amor de su marido (cuya degradación física y moral ha sido constante) se une la conducta celosa e impresentable que su amante “oficial” despliega con Miriam: la golpea con violencia cada vez que se le antoja. Así, el lector de esta pieza tiene la sensación amarga (pero firme) de que el asistente de vuelo y el piloto del avión se erigen en sublimaciones amorosas que ella urde para no sucumbir al llanto: dos hombres que la rondan, la desean y la tratan con tanto frenesí sexual como respeto.

Rodeada por esas cuatro figuras varoniles, que se combinan en su cuerpo y en su mente, Miriam nos conduce de la mano hasta el tristísimo final de la obra, que nos deja tragando saliva y con el estómago revuelto.

miércoles, 14 de octubre de 2020

Poema del cante jondo

 


Llego del instituto, me quito los zapatos, me preparo un café y cojo de la biblioteca de casa el Poema del cante jondo, de García Lorca. Ni lo tenía previsto, ni tiene mayor explicación. Lo he cogido y punto. Y con él abierto entre las manos se me quita la fatiga y me evado del mundo que me rodea, porque las palabras de Federico bailan ante mis ojos y trazan su música entre mis dedos.

No sé cuántos años hace que leí por primera vez uno de los textos de esta obra (quizá cuarenta), pero recuerdo perfectamente que fue “La guitarra”. En estas páginas me enteré de que aquel instrumento era un corazón malherido por cinco espadas, y que en él danzaban seis doncellas (tres de carne y tres de plata), y que las abrazaba un Polifemo de oro. Ahí es nada. Y luego venían las revelaciones líricas de “Balcón”, de “Pueblo”, de “Sorpresa” o del magnético e inmortal “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”. Como para no enamorarse del poeta.

A veces, García Lorca nos invita en este libro a escuchar la música alígera de sus asonancias; y a veces permite que a sus versos se les caiga la rima, como si el poema (mujer sensual) dejase resbalar su vestido hasta el suelo, para brillar en su divina desnudez. En ambos casos, su mano mantiene firmes las riendas del vuelo poético, que se encarna en composiciones pequeñas, delicadas, juguetonas y niñas; y que nos recuerda la gracia imperecedera (el duende imperecedero) de este andaluz universal.

Su voz, nunca asesinada, sigue sonando en nuestros oídos. Su talento, nunca asesinado, palpita bajo la tierra de Granada. Su obra, inmortal y gigantesca, está fabricada con la tinta de la eternidad.