Billy
Budd, “el de los ojos cerúleos”, tiene 21 años y es gaviero de la Armada
Británica hacia el final de la última década del siglo XVIII. Su forma de
reclutamiento no ha sido voluntaria: cuando atravesaba el estrecho de Dover de
camino a casa a bordo de un mercante inglés, su embarcación se cruzó con el H.
M. S. Bellipotent, una potente nave de setenta y cuatro cañones, y el capitán
del Derechos del Hombre (así se llama el mercante) no tiene más remedio que
ceder a las pretensiones del capitán Edward Fairfax Vere, que lo reclama en
nombre de Su Majestad. Como Billy Budd es un chico franco y amable, sin pizca
de malicia, pronto se gana la admiración y el cariño de toda la tripulación,
salvo la del maestro de armas Claggart, que lo toma entre ojos por algún motivo
inexplicado. Con cierta saña, va reuniendo insidias contra el muchacho hasta
que, por fin, lo denuncia ante el capitán Vere como participante en un presunto
motín que se está fraguando a bordo. Tras varios interrogantes y una muerte
accidental, Budd es sentenciado a la horca.
El argumento de esta novela de Herman Melville (que leo en la traducción de Miguel Temprano) es, como puede observarse, bastante simple; y ha llevado a un buen número de críticos a invocar el paralelismo con la figura bíblica de Jesús de Nazaret: William Budd es un muchacho candoroso, ajeno a cualquier rencor o maledicencia, que cuando está a punto de morir sigue mostrando amor por quienes lo condenan. Fuera esa o no la intención de Melville (la obra es tardía y se publicó, inacabada, de forma póstuma), lo cierto es que tal lectura no resulta descabellada. Y la narración, sin ser magistral, es hermosa.





