miércoles, 5 de agosto de 2026

Entre Úbeda y Mágina

 


Mi hermano Luis, que conoce mi admiración sin límites por Antonio Muñoz Molina y que sabe moverse más rápido que una centella, compra y me presta el libro Entre Úbeda y Mágina, que devoro en menos tiempo del que tarda en persignarse un cura loco.

Descubro que su fecha de nacimiento es el 10 de enero de 1956, aunque su padre lo inscribiese por error en otra; que el parto (que se produjo en casa, en el cuarto de la viga) fue difícil, hasta el punto de que llegaron a temer por su vida; que su abuela Leonor, tan dulce y cariñosa con su nieto, era sumamente perspicaz a la hora de analizar sus primeros amores (“A mi nieto se le da muy bien enamorarse de las niñas guapas, pero ellas no lo quieren”, p.31); que las primeras letras las aprendió en la escuela de María de la Hoz, amiga de su abuela; que le entristece la forma en que se están perdiendo ciertas canciones infantiles (“Todo eso desapareció. Las canciones se perdieron igual que los cantos de especies extinguidas de pájaros. Y no lentamente, sino de la noche a la mañana, en unos pocos años, juegos y canciones que se habían transmitido de generación en generación durante no se sabe cuántos siglos”, p.43); que su padre tuvo siempre una noble vocación agrícola, aunque nunca consiguió contagiársela (“Ponía mucha paciencia y esmero en enseñarme cosas de la huerta que yo no tenía ningún interés en aprender”, p.64); que le produce una melancólica consternación la forma en que se extingue cierto vocabulario campesino (“Ir de una mata a otra recogiendo tomates, los pimientos, berenjenas, se dice ‘andar’, y es transitivo: “Andar los tomates”. Todos esos usos verbales desaparecerán cuando termine de extinguirse la generación de mis tíos”, p.75); o que consiguió seguir estudios después de los once años porque, frente a la oposición paterna, su maestro don Luis Molina se empeñó en ello. Además, como lector fervoroso del escritor de Úbeda, descubro detalles que me hacen sonreír sobre el general Orduña o sobre el comercio El Sistema Métrico, que aparecen en varias de sus novelas.

Afirma el volumen, en una de sus frases promocionales, que esta obra no versa sobre la vida de Antonio Muñoz Molina, sino que sobre todo plantea un dibujo de época, un cuadro para entender cierta España de hace unas décadas. Bien. No discutiré esa afirmación, pero me apresuro a matizar que yo no la necesito, ni lo entiendo como una virtud primordial: para mí es un gozo que el autor hable de sí mismo, de su familia y de sus primeros años en Úbeda. Y lo es porque, sin haber conocido en persona a Antonio Muñoz Molina y sin haber hablado nunca con él, lo admiro con una intensidad absoluta. Así que todos mis aplausos para el libro donde uno de mis dioses me habla de su infancia, de sus primeros maestros y de sus rubores amorosos adolescentes. Ya lo explica él mismo con palabras deliciosas, que no me resisto a reproducir, pese a su longitud: “La generación que ahora se extingue fue la última en España que vivió plenamente el mundo antes de la explosión del desarrollo, la última que ejerció los oficios inmemoriales de la agricultura y la artesanía, saberes populares muy sofisticados en los que se cimentaba su sustento y la dignidad de sus vidas. A mí ahora me remuerde la conciencia por no haber escuchado y preguntado todo lo que hubiera debido. Ahora nosotros, hijos y nietos de entonces, estamos a punto de ser otra última generación, la de los que escucharon, los que pasaron la niñez en aquel mundo perdido. Contar con veracidad lo que uno ha vivido me parece una obligación cívica. El pasado se inunda muy fácilmente de desconocimiento y de mentiras. Una comunidad civilizada se basa en gran medida en una conversación entre los vivos y los muertos. Nuestra tarea es atestiguar lo que hemos visto con nuestros propios ojos, incluso cuando parezca que nadie está interesado, y también contar lo que nuestros mayores nos contaron, lo que de otro modo no habría dejado huella en el relato de la Historia”. Imposible decirlo mejor.

lunes, 3 de agosto de 2026

Luna de enfrente


 

Muchas son las luces que emanan de esta Luna de enfrente que Jorge Luis Borges redactó en 1925: la contemplación feliz de ciertas calles de su ciudad natal, el raro esplendor callado de la Pampa, las despedidas de un amor que se fue apagando, el homenaje a ciertos patriarcas de su familia… Pero el conjunto, en mi opinión, queda disperso, diluido, feble. Parece como si el poeta aún no supiera por dónde adentrarse, como si aún no hubiera descubierto cuál es el camino real y auténtico que deben roturar sus versos. Se nota que tiene una voz (textos como “El general Quiroga va en coche al muere” o “Jactancia de quietud” se me antojan hermosos) y se nota también que aún no sabe qué hacer con ella. Mientras avanzaba por sus páginas he recordado con una sonrisa aquel juicio de Francisco Umbral, en el que aseguraba que el joven escritor sabe que es escritor, pero ignora qué escritor es. Así lo siento en Luna de enfrente. De todas formas, aquí y allá te sorprenden las fórmulas verbales de Borges y, aunque solamente fuera por eso, te preocupas de aguzar los sentidos y caminar despacio, para que no se te escapen. Por ejemplo, cuando le habla a la ciudad de Montevideo y le dice: “Resbalo por tu tarde como el cansancio por la piedad de un declive”. Qué exactitud y qué belleza. Jugamos con ventaja, evidentemente, porque conocimos al adulto y eso nos autoriza a mostrarnos sentenciosos, pero este joven ya coleccionaba brillos.

domingo, 2 de agosto de 2026

El tesoro

 


En la localidad de Gamones se acaba de producir un descubrimiento bastante espectacular: una tinaja, con muchas joyas antiguas de oro y plata en su interior, ha sido descubierta mientras un personaje llamado don Lino estaba desbrozando un cortafuegos con su tractor. Esa es, al menos, la versión oficial, aunque los responsables de la investigación arqueológica sospechan que quizá el pueblerino estaba utilizando un detector de metales en las inmediaciones del castro en busca de riquezas. Obviamente, no lo pueden probar, así que tienen que dar por buena la versión de don Lino y personarse allí, para continuar la excavación y, en su caso, delimitar el monto económico de la recompensa que como descubridor le ha de ser adjudicada.

Jero es la persona a la que recurre el subdirector general del ramo para que dirija la excavación, pero va a tardar muy poco en descubrir que los lugareños (medio centenar de bastuzos unicejos que se niegan a ser “invadidos” por Madrid y que amenazan incluso con colgar de un nogal a quienes les “roben” la mina) están dispuestos a recurrir a las amenazas y la violencia para impedir su trabajo. Y a fe que lo harán.

Volvemos a encontrar en esta novela al Miguel Delibes que conoce bien (y que cuenta como nadie) las fricciones que se producen cuando el mundo urbano y el mundo rural coliden, con su cargamento de agravios históricos, suspicacias y testarudeces por ambos lados. Siempre una maravilla volver al genial autor de Valladolid.

sábado, 1 de agosto de 2026

Vida de un piojo llamado Matías

 


Dejando aparte la gracieta del subtítulo (“Un relato para jóvenes de 8 a 88 años”), que incurre en un procedimiento ya tan sobado como cansino (y que espero que no fuera sugerido por el propio autor), diré que me lo he pasado bien leyendo las páginas de Vida de un piojo llamado Matías, del donostiarra Fernando Aramburu. Nos cuenta la historia de un parásito que nace en la nuca de un maquinista y que, desde sus primeros días, debe sobreponerse a un sinfín de peligros: las arduas exploraciones de las uñas o el peine; el ímpetu de la ducha o la furia huracanada del secador (“En ambos casos logré salvarme por un pelo, al que me mantuve agarrado lo mejor que pude”); o la incertidumbre por descubrir que está solo en un territorio amplísimo. Pero lo verdaderamente interesante llega cuando el diminuto tiráptero empieza a relacionarse con otros seres: una pioja dicharachera (con la que descubre un vínculo familiar muy tierno), una pulga (que será amable con él) o una peligrosa cuadrilla de enemigos que, siervos del Rey de la Caspa y muy celosos de sus límites territoriales, lo esclavizan. Con ingenio, Aramburu nos invita a reflexionar sobre la xenofobia, la importancia de la bondad o el hedonismo, en una novela que gustará más a los pequeños que a los grandes. Idónea para una tarde de café granizado y ventilador.

viernes, 31 de julio de 2026

El mensajero del Apocalipsis



Imaginen que estamos en el año 1936 y que John Maynard Keynes (profesor en Cambridge y uno de los economistas más influyentes del siglo XX) entra como una exhalación en la célebre galería Sotheby’s, donde van a ser subastados un buen número de manuscritos de Isaac Newton. Imaginemos que consigue hacerse con algunos lotes interesantes, entre los cuales descubre con sorpresa varios textos en los que el reputado científico detalla sus experimentos con la alquimia y algunas conclusiones sobre la posible fecha del final de la Humanidad (el Armagedón de los judíos o el Apocalipsis de los cristianos). Hasta aquí, todo bien; entre otras cosas, porque Peter Harris (supuesto novelista estadounidense cuya identidad aclararé más tarde) no inventa absolutamente nada: todo ocurrió así. Son hechos históricos. De tal forma que cuando la acción se desplaza hasta el siglo XVIII y asistimos al robo de esos documentos de la biblioteca personal de Newton, el lector se prepara para una trama (ahora sí novelesca) centrada en sociedades secretas, misterios ancestrales y personas que, con antifaces, nombres falsos y ausencia total de escrúpulos (varias muertes se irán sucediendo durante sus páginas), provocan continuas descargas de adrenalina. El problema es que “Peter Harris” utiliza ese anzuelo (tal vez legítimo, pero sin duda tramposo) y luego tira por otro camino absolutamente antagónico, centrado en la avaricia, la falsificación de moneda y los bajos fondos ingleses, con sus rufianes, sus putas andrajosas, sus borrachines pendencieros y sus callejones oscuros. Y a mí, que soy lector agradecido, pero que valoro mi tiempo, la estratagema no deja de incomodarme. No tanto porque juegue a esconderme la bolita, como un trilero experimentado (ese camino narrativo estoy dispuesto a admitirlo e incluso a aplaudirlo), sino porque no hay bolita. Yo adquirí esta novela y le dediqué horas de mi tiempo porque se me habló de profecías, documentos antiguos, organizaciones que se mueven en la sombra, dispuestas a hacerse con conocimientos que afectan al calendario de Dios. A cambio, he recibido una trama enredada, llena de nudos y de avance renco, en la que de vez en cuando se alude a la condición esotérica de los papeles newtonianos (se llega a indicar el año exacto en el que se producirá el fin del mundo)… para de inmediato apartar ese detalle y seguir guiándonos por una trama llena de clérigos indignos, tabernas apestosas, mugre ecuménica y personajes barriobajeros.

“Peter Harris” (seudónimo que, según la Wikipedia, esconde al historiador José Calvo Poyato) no ha escrito una mala novela, líbreme Dios de incurrir en esa falsedad, pero sí una novela que no responde a las fórmulas publicitarias con las que fue vendida. No sé si ese tipo de cosas hay que aplaudirlas.

miércoles, 29 de julio de 2026

Don de gentes


 

Como en todos los volúmenes donde se recopilan artículos de prensa, en este Don de gentes, de Elvira Lindo, se alinean infinidad de asuntos, tan heterogéneos como sugestivos: el nuevo modelo de masculinidad que emana de la serie Los Soprano; la admiración que siente por actores como Jeff Bridges, Rafaela Aparicio, Manuel Aleixandre o Katherine Hepburn; el aburrimiento de que las estrellas de cine o los políticos de renombre ya no acepten más entrevistas que las pactadas; su tristeza por la muerte de José Luis López Vázquez, al que Charles Chaplin consideraba el mejor actor del mundo (“El recuerdo que deja un viejo cómico está amarrado al de nuestra propia vida”); maravillas  irónicas en las que aboga por líneas de autobuses que vayan llevando a los opinadores profesionales de un plató a otro, porque “el verdadero contertulio es el que tiene tres tertulias de media al día. Con menos de eso eres un desgraciao”; su estupor irónico al ser considerada “favorita” para ganar un premio Planeta al que no se ha presentado; su entusiasmo por las novelas de Simenon; su rechazo a que se manipulen los cuentos infantiles tradicionales para adaptarlos a la “modernidad” ñoña y políticamente correcta (“Los cuentos clásicos están hechos de acero, han soportado el paso del tiempo, adiestran al niño en las emociones puras: el amor, el abandono, la pena, el ansia de superación y el triunfo del inteligente contra el bruto”); la emoción que la embargó cuando el profesor Maurer la lleva a visitar la casa donde Louisa May Alcott escribió la novela Mujercitas; su simpatía y su admiración por Miquel Barceló; su aversión a la sobreprotección de los niños, que los paraliza y anquilosa (“Están agilipollados de tanto estar en casa o en actividades extraescolares”); su repudio por los políticos corruptos y, sobre todo, por quienes les siguen aplaudiendo (“Ellos han actuado dentro de la lógica del sinvergüenza, han hecho su trabajo. Pero, ¿y la gente votándoles? Ahí sí que me rayo, ¿ves tú?”); o la carta abierta que dirige al anacrónico juez Ferrín Calamita, perpetrador de sentencias neandertales. Mil temas, como es lógico.

¿Qué me gusta especialmente de este volumen? Por supuesto, muchos de los asuntos que trata; pero, sobre todo, su forma de avanzar sinuosamente. Es decir, que la escritora gaditana no se dedique a desarrollar la idea de manera rectilínea, sino que baile, zigzaguee, dirija los ojos aquí o allá, meandree, nos invite a reparar en los detalles anexos: ese artículo científico o divulgativo que acaba de leer, esta vieja canción que relaciona con el asunto del que habla, aquella anécdota que ahora aporta su sonrisa... El punto de partida estaba claro; el punto de llegada es nítido; pero, gozosamente, la escritora nos ha hecho mirar el camino, nos ha hecho gozar del trayecto. Con el paso de los años, olvidaremos casi todo del viaje (de cualquier viaje, en realidad), pero la amnesia no diluirá el tono, la gracia, la luz de la persona que nos acompañó en él. Estoy convencido.

martes, 28 de julio de 2026

Elena sabe

 


Elena es una mujer que viva sola y que, a su edad avanzada, tiene que añadir el rigor inmisericorde de la enfermedad de Parkinson. Su médico le prescribió unas cápsulas de Levodopa, con las que consigue mitigar la rigidez de sus miembros, que la mayor parte de los días apenas la dejan caminar. Ese acto en apariencia sencillo para los demás (adelantar un pie y después el otro) se erige para ella en esfuerzo ímprobo. Pero un tenaz proyecto la impulsa a lanzarse a la calle: desea por encima de cualquier otra cosa esclarecer la muerte de su hija Rita, que el lluvioso día de Corpus Christi fue encontrada colgando de una cuerda en el campanario de la iglesia. Todo el mundo dio por hecho que se trataba de un claro suicidio, pero Elena sabe que su hija odiaba y temía las tormentas. ¿Cómo iba a encaminarse hacia la iglesia en medio de la lluvia? Todas las personas que rodean a Elena (el juez, el comisario, los vecinos, el sacerdote, los amigos, incluso el novio de Rita) aceptan la idea del suicidio, pero algo en su interior se rebela contra esa hipótesis. ¿Ha de resignarse a guardar silencio y dar por válida la versión oficial? Reacia al conformismo, Elena decide visitar a Isabel, una mujer a la que su hija auxilió veinte años atrás para pedirle que la ayude a esclarecer los hechos.

Magnífica analista de los pasillos interiores del alma, Claudia Piñeiro construye en Elena sabe una honda reflexión sobre el Parkinson, una enfermedad que la protagonista no tiene (“Ella lo padece, lo sufre, lo maldice, pero tenerlo no, tener implica voluntad de agarrar algo, de sostener, y ella no, eso sí que no”) y que, con sus desagradables tentáculos, condiciona y paraliza a todas las personas de su entorno. Y, como complemento, nos desliza un interrogante perturbador, tan áspero que raramente (o nunca) nos lo planteamos de forma voluntaria: ¿conocemos de verdad (sus angustias, sus miedos, sus esperanzas, sus zozobras) a quienes se encuentran a nuestro alrededor? Muy recomendable.