miércoles, 25 de marzo de 2026

Monstruo de ojos verdes

 


Nunca una equivocación mía ha sido tan gratificante como la experimentada al sumergirme en las páginas de Monstruo de ojos verdes, de Joyce Carol Oates (que he leído gracias a la traducción de alguien cuyo nombre la editorial, vaya por Dios, no menciona). El motivo de mi equivocación será transparente para los lectores del Cisne de Avon: pensaba que era un libro sobre los celos. Pero no: es un libro sobre la forma en que una familia se erosiona, como consecuencia de los malos tratos. Y la escritora de Lockport, como siempre, lo borda.

La narradora se llama Francesca (Franky) y es la hija adolescente del gran jugador de fútbol americano Reid Pierson, ahora retirado y convertido en un exitoso comentarista televisivo. Está casado con Krista, con la que tiene dos hijas (la ya mencionada Francesca y Samantha), además de ocuparse del hijo habido en su primer matrimonio, Todd. La posición económica de los Pierson es muy notable (Reid gana muchísimo dinero), viven en una mansión de diseño, alternan con lo mejor de la sociedad, salen constantemente en los medios de comunicación… pero el ambiente dentro de la familia ya no es tan esplendoroso, porque el antiguo ídolo deportivo es una persona controladora, intransigente, machista, autoritaria y con cierta tendencia a utilizar la fuerza física como forma de amedrentar a su esposa. Hastiada y con ganas de vivir su propia vida, Krista opta por refugiarse en una cabaña cuya propiedad comparte con su hermana. Y en ese punto se inicia una terrible guerra psicológica, en la que Reid utilizará todos los mecanismos para lograr que sus hijas se pongan de su lado y se conviertan en enemigas de su madre, que “ha traicionado” a la familia y que seguramente tiene un amante.

No les desvelo nada más, pero sí les advierto de que se preparen para asistir a un drama lleno de acíbares, chantajes emocionales, algunos moratones (camuflados con pañuelos en el cuello y mangas largas), decepciones adolescentes y una grave y profunda tensión de odio entre varios protagonistas, que se resolverá con alguna que otra muerte. Directa y magistral, Joyce Carol Oates vuelve a dar en la diana con su estilo literario, que te obliga a sonreír o acongojarte casi en cada página. Una maestra.

martes, 24 de marzo de 2026

La estrella robada

 


Después de haber paseado mis ojos cien veces por el nombre de Mary Higgins Clark en varias librerías de segunda mano, he decidido adquirir (y leer esa misma tarde, sin pausa) su novela La estrella robada, que traduce Matuca Fernández de Villavicencio. Y estoy seguro de que no será mi última aproximación a la autora norteamericana, porque ha conseguido que el ritmo de su prosa me lleve de la mano con un argumento que, quizá, abusa de las casualidades y el ternurismo, pero que engancha y convence. Bien por ella.

Imaginen que estamos en una iglesia de Manhattan, de la que cuida monseñor Ferris. Es de noche. Y, mientras está cerrándola, no advierte que un delincuente llamado Lenny se ha escondido en el confesionario, para proceder después al robo de un valioso cáliz de plata, que perteneció al obispo Santori. Mientras, en el exterior de la iglesia, una chica llamada Sondra, que acaba de ser madre y no puede asumir el cuidado de la niña que ha traído al mundo, abandona al bebé en un carrito, esperando que monseñor Ferris le consiga una familia de adopción. Por desgracia, lo que ocurre es que Lenny comprende que llevarse ese carrito le puede servir como herramienta de despiste, en caso de que lo persiga la policía. Resulta fácil comprender el drama que se inicia en ese punto. Y la continuación del mismo, siete años después, se enrarece más todavía con un testamento que ha sido falsificado, con una concertista de violín que acude para tocar en el Carnegie Hall, con un policía perspicaz y, sobre todo, con una mujer llamada Alvirah que se obstina en descubrir la solución de todo el enredo.

Elegante y clara a la hora de exponer su historia, Mary Higgins Clark consigue un relato convincente y que sirve para amenizar un par de tardes de lectura sosegada. No es mal negocio.

domingo, 22 de marzo de 2026

El otro barrio


 

Hay vidas que, desde su inicio, están marcadas por el infortunio, por los signos negros de la desesperanza, como si un dios las trazase con furia vengativa. Los que hemos nacido a este lado de la línea generalmente no pensamos en ellas; o consideramos que sus propietarios, al fin y a la postre, pudieron elegir el camino recto, la senda adecuada. Pero no es así. O no es, al menos, tan fácilmente así. Pascual Duarte, que tuvo que transitar por un sendero no demasiado agradable en su juventud, lo dictaminó con palabras certeras: “Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas”. Ramón Fortuna, un adolescente que vive en Vallecas y que es huérfano de padre, queda atrapado de forma azarosa en un episodio que mezcla lo cómico y lo trágico: mientras abre una lata de berberechos, tira de la tapa con tanta rudeza que rebana el cuello de su mejor amigo. A partir de ese momento, el escándalo de la sangre aumentará por nuevos caprichos del Destino: una muchacha que cae aparatosamente por el balcón y sufre múltiples traumatismos; una vecina que pierde la vida cuando se le parte el cuello; un perro que es arrojado por el hueco de la escalera; otro vecino, que se desnuca contra un escalón… Este horror sonriente, casi tarantínico, llega a su término cuando Ramón, como responsable del estropicio, es recluido en un Centro de Menores. Allí conocerá a Aníbal (un interno que padece una grave enfermedad) y a Vicente (el trabajador que más se implica con los chavales); y allí, también, será entrevistado por Marcelo Román, quien se va a encargar de su defensa.

Permítanme que no les aporte más detalles argumentales (dejo fuera, de manera deliberada, los más jugosos, incluidas las sorpresas del tramo final) y que reclame su atención sobre el modo en que Elvira Lindo describe en las páginas de esta obra la vida del barrio, con sus miserias, sus sueños incumplidos, sus ilusiones abortadas, sus equivocaciones de juventud, sus mentiras; pero también con sus sacrificios amorosos, con sus amistades, con sus pequeños gestos de ternura y de complicidad. Y no olvidemos la impresionante voz de ese fantasma que… Ah, perdón, he dicho antes que no iba a contar nada más del argumento. La dejo en sus manos: que la disfruten tanto como yo.

sábado, 21 de marzo de 2026

La noche en que Frankenstein leyó el Quijote

 


Realicé en 2024 mi primera aproximación a la obra de Santiago Posteguillo, con el libro El séptimo círculo del infierno ( https://rubencastillo.blogspot.com/2024/05/el-septimo-circulo-del-infierno.html). Y, como me dejó una agradable impronta, renuevo mi interés con La noche en que Frankenstein leyó el Quijote, que replica el procedimiento del anterior: anécdotas literarias convertidas en pequeños relatos o diapositivas, muy bien narradas y con su punto de misterio narrativo. A veces, el enigma no es tal, porque identifico desde la primera línea de quién está hablando (por ejemplo, cuando dice que un hombre llamado Max vuelve en junio de 1924 de un funeral); pero en otras ha conseguido convertirme en ese lector infantil o juvenil que está ansioso por descubrir la identidad del personaje protagonista. Posteguillo, qué duda cabe, lo hace muy bien.

Con agrado, con auténtico placer, los lectores vamos descubriendo que fue Zenódoto de Éfeso quien aplicó el método alfabético para ordenar la biblioteca de Alejandría; o asistimos fascinados al relato novelesco de cómo Diego Hurtado de Mendoza entregó el original del Lazarillo de Tormes a un editor inescrupuloso para que lo convirtiera en libro; o leemos sobre la posible intriga de espionaje que convirtió a Shakespeare en una simple marioneta, que puso su nombre para que se fueran publicando las obras de Marlowe; o nos compadecemos del niño cojo y tímido que terminaría convirtiéndose en uno de los autores de novela histórica más famosos del mundo; o sonreímos con la anomalía vengativa (y algo soberbia y rencorosa) que utilizó José Zorrilla para ingresar en la RAE, pronunciando su discurso en verso; o asistimos en silencio al bautismo de una niña cuyo padre (un sacerdote) no pudo reconocerla; o sentimos la congoja de Jane Austen cuando le fue rechazada su novela Orgullo y prejuicio; o, en fin, nos enteramos de que la Gestapo robó en casa de Dora Diamant un buen número de cartas y originales de Franz Kafka, sin que actualmente sepamos si fueron destruidos o se conservan en algún lugar ignorado.

En cada cuadro, Santiago Posteguillo nos descubre un pliegue poco iluminado de la historia literaria o nos invita a reflexionar sobre la sinrazón humana (tras contarnos cómo Raymond Chandler estuvo a punto de morir durante la Primera Guerra Mundial, antes de escribir sus fascinantes novelas negras, nos dice: “Nunca sabremos cuántas otras novelas, obras de arte, avances científicos, vacunas, descubrimientos o maravillas se nos quedan cada día en las interminables trincheras de este mundo, en un bando o en otro”, p.148). Sí, salgo convencido de esta segunda aproximación a la obra del autor valenciano. Habrá una tercera dentro de poco.

viernes, 20 de marzo de 2026

La compañía de las moscas

 


Hace años se produjo en el colegio Anna Frank un sangriento incidente: un trío de estudiantes penetró en sus dependencias, armados con fusiles y pistolas, y animados por el alcohol y por el deseo de venganza perpetraron una auténtica masacre. Por fortuna, el líder de aquellos descerebrados fue abatido de un balazo en la cabeza antes de que aumentara la cifra de víctimas. ¿El responsable de aquel disparo? Un profesor de Lengua y Literatura con fama de huraño que se llamaba Julián Echevarría y que también terminó muriendo en el tiroteo. Ahora, una década después, un periodista que está investigando aquel luctuoso episodio mantiene ciertas reservas con respecto a la versión oficial. ¿Fue realmente el profesor Echevarría el autor de aquel disparo salvífico o lo protagonizó otra persona, al modo en que lo planteaba John Ford en la película “El hombre que mató a Liberty Valance”? Para resolver ese interrogante, César Mallorquí, el gran César Mallorquí, nos invita a conocer la historia desde el principio, presentando ante nuestros ojos a algunos de los protagonistas de aquellas macabras jornadas: el torturado Julián Echevarría (que se esconde en el alcohol para no afrontar el recuerdo de una muerte terrible, de la que se siente culpable); el atribulado Raúl Jordán (cuyo padre es un militar de comportamientos patológicos, que le exige más allá de lo humanamente razonable); o el superdotado Daniel Castro (que se camufla bajo la personalidad de Mr. Cristal, porque es demasiado frágil para enfrentarse de forma abierta con las personas de su entorno).

Dibujando su escenario con diabólica eficacia, César Mallorquí nos invita a reflexionar sobre una serie de temas cruciales: ¿sabemos de verdad qué dolores y qué traumas acongojan el alma de quienes nos rodean? ¿Somos capaces de prever hasta qué punto nuestras ideas y nuestros actos influyen sobre quienes viven a nuestro alrededor? Y, sobre todo, ¿estamos dispuestos a esforzarnos para ayudar a los demás, venciendo sus reticencias o sus desdenes iniciales? Si no lo han pensado nunca, les aseguro que lo pensarán mientras lean las páginas de La compañía de las moscas.

jueves, 19 de marzo de 2026

Paseando con Schopenhauer

 


Supongo que los hombres no estamos capacitados para entender de verdad lo que sienten las mujeres, lo que padecen las mujeres, lo que experimentan las mujeres por el hecho esencial de serlo. Podemos esforzarnos, perseverar, querer (muchos lo hacemos, con la mejor de las intenciones), pero juzgo que siempre nos quedaremos lejos del entendimiento pleno. Y una de las formas de ahondar en esa voluntad honorable es leer libros escritos por mujeres, para acercarnos a su punto de vista, a su centro, a su aleph cordial e intelectual. Hoy he tenido la suerte de encontrarme con las páginas de Paseando con Schopenhauer, de María Pilar Conn, norteamericana de Murcia, californiana de Cabo de Palos, sevillana del verso. Desde el principio, me fascina el modo en que utiliza algunas citas del viejo filósofo para construir sobre ellas, con ladrillos de rabia y lucidez, sus líneas de desafío, sus poemas de rebeldía. En ellos fulgura, como una llama, el arrojo del Yo, que se yergue con valentía frente a los asideros espurios de la religión o de la moral convencionales para establecer sus propios parámetros. Ese Yo emana de las vísceras de una mujer que a veces flaquea, porque somos humanos (“Hoy no me soporto. / El pilar de mi nombre no está”), pero que casi siempre alza su voz recia, firme, que nos habla de graves dolores de infancia (“El sueño americano”), reivindicaciones de género (“Mujeres tristes en la calle Esperanza”) y soledades que erosionan… y fortalecen, porque pertenecen a alguien que no solamente ha buscado su lugar en el mundo, sino que ha peleado por él con tesón y dignidad.

En este libro, diseminados por los poemas, se adivinan dolores personales de muy honda textura (“La vida iba a ser otra cosa”) de los cuales nos compadecemos, aunque tengamos que permanecer fuera de los pormenores biográficos que los generaron (ese territorio es privado). Lo que sí podemos hacer, como lectores, es intuirlos a través del velo de lágrimas que recubre algunos versos, aquí y allá; y, por supuesto, conmovernos con su espíritu.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Emily Dickinson. Amor como los árboles

 


Dispongámonos a escuchar, a ver, a sentir el diálogo que se desarrolla entre dos mujeres en medio de las cuales fluye una electricidad poderosa y secreta: la que emana del amor. UNA tiene unos años más que OTRA (comenzó sus estudios en la universidad cinco años antes) y es más decidida y más enérgica: ya hace tiempo que ha optado por la escritura y, sobre todo, por la vigorosa decisión de elegirse libre. OTRA, menos aguerrida, se camufla tras pudores y tras convencionalismos, que la instalan en un territorio confortable y la exoneran de culpas (aunque también la alejan de la felicidad). Ahora, ambas se encuentran de visita en la vieja casa de la poeta Emily Dickinson y curiosean su universo: los muebles, la calidad de la luz, la disposición de los papeles, los viejos zapatos. UNA siente en su alma la volcánica presencia del amor, pero se enfrenta al espíritu refractario o hermético de OTRA, que parece negarse a entenderlo. Le recita poemas, le recuerda canciones, le refresca cartas… y finalmente le confiesa (de un modo paulatino) que todo lo ha compuesto para ella, porque siente “un amor más puro, más alto… y más intenso y más libre”, como el que sintió la propia Emily Dickinson por su cuñada Susan Gilbert.

Instalado con ellas en el reducido espacio escénico, el lector va notando la vibración que esas emociones provocan en las dos mujeres, quienes resucitan la ceremonia del amor siglo y medio después de una forma gradual, cautelosa, esperanzada. Las escuchamos, como digo, declamar poemas y entonar canciones, quizá porque el amor (ese amor que no se atreve a decir su nombre, según lo definió Oscar Wilde) tiene que hablar con vuelo de música y no le es posible desnudarse sino con las llamaradas enigmáticas del verso.

El lector, si es sagaz y permanece en silencio, pronto descubre que esa melodía nació a finales del siglo XIX y que, acunando el corazón de dos mujeres, continúa resonando en el corazón de otras dos, que tal vez son las mismas, porque el secreto, el fuego y el éxtasis siempre son idénticos. Se ama y el amor no se extingue; se desea y el deseo adquiere condición de inmortalidad; se acaricia con los ojos y con las palabras y esa seda no se deteriora con el paso de los años. Todos los fuegos el fuego, como hubiera dicho el argentino Julio Cortázar. Marino González Montero, sensible y poeta, alma y palabras, logra condensar ese arcoíris, ese océano de fragancias, ese cosmos de dulzura, en unas páginas sin duda memorables, que piden a gritos ser escuchadas desde el escenario.