viernes, 29 de mayo de 2026

Yo nací con la bossa nova


 

Creo que es la tercera vez que leo esta obra. La primera fue en 2000-2001, para reseñarla en el periódico La Verdad, de Murcia; la segunda, en el verano de 2004, en unos días turbulentos de separación y reconstrucción; y la tercera, ahora, en estas primeras semanas de mi retiro. Sigue pareciéndome, como ya lo hizo en las dos ocasiones anteriores, una obra estupenda, donde se asiste al nacimiento y la evolución vital de una chica que, como bien advierte el título, nació casi a la vez que la bossa nova (me dan ganas de sumarme a la broma, diciendo que yo, que vine al mundo al comenzar 1966, lo hice anunciado por el Rubber Soul de los Beatles, aparecido poco antes). En su familia conoceremos a un padre locutor de radio (que firmó un férreo contrato por el que se negaba a dar noticias negativas) y una madre con tendencias depresivas: ambos contribuyeron con sus ideas ateas y progresistas a forjar una buena parte de su personalidad. Como contrapeso, una abuela tradicional y creyente, que conversa habitualmente con ella y que le dice a la narradora con absoluto convencimiento que su ángel de la guarda se llama Felipe. Al otro lado del océano Atlántico, unos tíos y primos que tuvieron que salir a causa de la guerra de 1936. A este lado, una dictadura que agoniza, pero que se empeña en seguir aferrando con puño de hierro las riendas del país. En medio, la chica que crece rodeada de música (“Yo deseaba tener talento musical como el tío Enrique, pero, a pesar de haber nacido con la bossa nova, no había nacido para la música. En el fondo le estoy agradecida a ese defecto constitucional mío, gracias a él la bossa nova no sale de mí hacia afuera, vaciándome, sino que viene de afuera a llenarme, a repararme, a confortarme, a cerrar como un bálsamo las heridas de la vida, con el dulce apósito de su enorme caudal de belleza”, p.53); que descubre la mezquindad política y cultural que la rodea (su padre se lamenta en la página 46 de que las autoridades no autoricen un homenaje a Machado en Baeza y algo después, en la 64, le produce rabia que no le dejen radiar Yerma); que accede al mundo de la sexualidad (sobre todo con su novio Carlos, aunque no elude un breve encuentro lésbico con su amiga Alicia); que concibe la fantasía de matar a Pinochet, aunque no concreta los detalles para cumplir ese ilusionado proyecto (“Para soñar, los matices sobran”, p.85); y, en fin, que va creciendo, por dentro y por fuera, en unos años complejos y decisivos.

¿Hay que leer a Lola López Mondéjar? Yo creo que sí. ¿Se disfruta con sus libros? Por supuesto. ¿Volveré a estas páginas dentro de unos años? Muy probablemente. No les digo más.

jueves, 28 de mayo de 2026

Algo sucede

 


Sigo explorando la obra poética de José Agustín Goytisolo y me detengo en las páginas de Algo sucede, donde encuentro admirables composiciones, llenas de ironía melancólica (como en “Por mi mala cabeza”, donde sugiere que quizá algún día lleguen a descabezarlo, por su torpeza), de humor triste (véase “Hombre de provecho”, que resulta imposible separar de la versión cantada por Paco Ibáñez y en cuyos versos nos habla de los consejos que le dieron siempre sus mayores para que se situase por encima de los demás y para que se alzase “sobre los pobres y mezquinos / que no han sabido descollar”), de homenajes literarios bellísimos (el que tributa a Rafael Alberti con motivo de su septuagésimo cumpleaños; o esos heptasílabos pareados con rima asonante que redacta tras la muerte de Carles Riba; o ese delicado recuerdo de la sonrisa eterna y generosa del malagueño Vicente Aleixandre) o de críticas al avispado oportunista que pretende vivir del cadáver del maestro, anhelando vindicarlo en exclusiva (“El discípulo”).

Versátil a la hora de componer sus estrofas (José Agustín Goytisolo maneja una asombrosa polimetría, que convierte el libro en un abanico de posibilidades rítmicas), el poeta rememora aquellas viejas habitaciones que habitó, durante la infancia, la juventud y la madurez, y que ahora parecen hablarle con sus espejos y sus muebles nunca olvidados; recuerda sueños que le hacen revivir antiguos traumas que, provocándole risa durante la vigilia, lo asaltan y torturan por las noches; denuncia la publicidad omnipresente, que llena el mundo de ruido, imágenes estúpidas o erotizadas; compone una declaración de amor tan delicada como la que lleva por título “Tú tiemblas”; fija con palabras los recuerdos hermosos de la ciudad de Santander (“Días de luz”); recuerda las luchas ideológicas para que la libertad volviera a España (que muchos quizá consideren baldías, aunque añade: “Y sin embargo os digo que tenemos razón”); nos provoca un estremecimiento con el sobrecogedor poema “Nadie está solo”, donde nos sumerge bajo la piel de una persona torturada; y, sobre todo (permítanme que subraye una flaqueza personal), nos regala una sentencia que, bajo su sencillez, quizá sea insuperable: “Juega a la vida si estás vivo”. Tal vez en esas siete palabras se esconda el mayor consejo que se puede imaginar.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Diez minutos antes de la medianoche

 


Déjenme que los sitúe en la escena: nos hallamos en la lujosa terraza de una residencia de verano. Allí, el afamado ladrón Miguel, el Melancólico, ultima con su compinche Rufino los pormenores del robo que están a punto de perpetrar y que les suministrará un cuantioso botín. Todos sus colaboradores piensan que con su parte se podrán retirar, pero Miguel no participa de ese entusiasmo: él sólo se alejaría del mundo delictivo si encontrase a una mujer especial, que fuese hermosa, inocente (“Para que dejase de serlo a mi lado”) y también joven (“Para que me durase más tiempo”). Y una joven de esas características es, precisamente, la que sale a tomar el aire a la terraza: dice llamarse Herminia y, tras escuchar a Miguel con cierto hastío, le explica que su vida ha sido muy turbulenta: ha tenido tratos con delincuentes profesionales, ha estafado en partidas de cartas, contrajo matrimonio con un norteamericano, ha sufrido reveses de la Fortuna… Absorto y embriagado por sus palabras, Miguel piensa que ella podría sumarse a su plan de robo, pero le espera una sorpresa morrocotuda cuando salga también a la terraza doña Germana, la anfitriona de la fiesta.

Enrique Jardiel Poncela subtituló estas páginas “Novela para muchachas y para hombres tímidos”, pese a ser una obra teatral. ¿Por qué? Pues, esencialmente, porque le dio la gana. ¿Desde cuándo el genio se ha sujetado a las etiquetas de la tradición o de los críticos? Ustedes léanla y les aseguro que van a experimentar la fascinación más absoluta por el escritor madrileño. A mí me pasa con todas sus obras.

martes, 26 de mayo de 2026

La huerta del Edén

 


Hay muchos tipos de sueños literarios: hay quien fantasea con la posibilidad de alcanzar la gloria con sus libros; hay quien vendería su alma (a veces lo hacen) por un premio de resonancia; hay quien envidia la biblioteca de Andrés Trapiello o la de Umberto Eco. Mi sueño es más concreto y más sencillo: un mundo en el que no se agotasen los libros de Antonio Muñoz Molina porque, una vez leído uno, apareciesen otros dos. Una fantasía de libro de arena de Borges, que cada vez se me antoja más difícil de sostener, porque voy leyendo las obras del autor granadino a mayor velocidad de la que él utiliza, como es lógico, para escribir y publicar.

Ahora he terminado La huerta del Edén, un volumen de artículos centrados en la temática andaluza pero que, en realidad, nos hablan de muchas más cosas: de la concepción misma de la cultura, del ser humano y del mundo en que vivimos. En eso, la mirada de Antonio Muñoz Molina es proverbialmente admirable, porque su lucidez, su serenidad y su sentido común son capaces de embriagar a cualquiera que se acerque a sus páginas. Aquí, generoso y brillante, el ubetense nos sugiere la idea de que el auténtico paraíso es una huerta bien cuidada, que remite al solaz honorable y primigenio del ser humano. Y después, texto a texto, nos comunica la indignación (mesurada e irónica) a causa del absurdo de que un centro educativo andaluz no lleve el nombre de Miguel de Cervantes por no haber nacido en aquella zona de España; proclama la necesidad de preservar nuestros árboles y nuestra cultura (“Hay que practicar una beligerancia sin cuartel contra el arboricidio y contra el analfabetismo. Salvar el bosque de la Alhambra, igual que preservar una biblioteca, es entregar al porvenir la memoria práctica de lo mejor que somos”); reivindica la importancia modesta, casi litúrgica, de las cosas olvidadas (“Malbaratar el agua es como tirar y desperdiciar la vida, y el simple acto cotidiano de cortar a tiempo un grifo es un gesto valioso de rebeldía contra la sinrazón del despilfarro, una manera de no rendirse a la conspiración del desierto”); pregona la necesidad de la cultura, para que no nos manipulen de forma torticera (“La ignorancia es peligrosa sobre todo por las ocasiones de éxito que ofrece a la demagogia”); dispara su desdén contra las supersticiones, que ahora incluso se ven avaladas por periódicos, televisiones y hasta políticos oportunistas y avispados; exige austeridad a los gobernantes, por pura decencia institucional (se trata de dinero público); aconseja disciplinarse en el sentido común, la racionalidad y la cultura (“Hacerse una persona bien educada e instruida, atenta a disfrutar de la vida y de los saberes que nos permiten conocerla y juzgarla mejor, es un ejercicio de paciencia que dura todos los años que a cada uno le sean concedidos”); defiende a ultranza lo público y los viejos ideales de la izquierda (“Hay un motivo por el cual los liberales españoles, tan proclives a la melancolía, somos inmunes a la nostalgia: cómo vamos a añorar el pasado, si no llegamos a salir nunca de él”); o, entre muchos otros asuntos, se queja del andalucismo profesional, folclórico-religioso, fomentado por las autoridades, que ocultan así los seculares atrasos económicos y sociales de una tierra herida por la precariedad.

La diferencia con otros volúmenes de Antonio Muñoz Molina es que aquí se muestra como una voz, en mi opinión, más irónica y, en ocasiones, más cáustica, sobre todo a la hora de elegir ciertos vocablos, más agresivos de lo habitual en él (“En los cines andaluces se estrenan las mismas películas subnormales de Stallone, de Bruce Willis o de Disney que pueden verse en Estambul o en Iowa”). Y un detalle final, que traslado por si alguien quiere convertirlo en un número: no he contado el número de veces que Muñoz Molina repite el adjetivo “civil” en este libro, pero entiendo que se trata de uno de esos vocablos hondos y reveladores, que nos permiten conocer la entraña de su pensamiento. Admirable.

lunes, 25 de mayo de 2026

¡Increíble Kamo!

 


Daniel Pennac, el autor de textos tan hermosos como Mal de escuela (https://rubencastillo.blogspot.com/2023/06/mal-de-escuela.html) o el famoso decálogo sobre los derechos del lector (aunque, si nos atenemos a las estadísticas, habría que decir más bien “de la lectora”), nos cuenta aquí dos fascinantes aventuras del adolescente Kamo, que me ha gustado conocer. En la primera, la madre del muchacho consigue que este se interese por la lengua inglesa haciendo que se cartee con Catherine Earnshaw, una chica con la que conecta gracias a la agencia Babel. Ella, solitaria y romántica, le escribe en papel antiguo, usando un lenguaje arcaico y enviando sus líneas en sobres cerrados con lacre, detalles que estimulan la curiosidad y provocan la fascinación de Kamo. Solamente al final, cuando el narrador de la historia (el mejor amigo del protagonista) decida investigar sobre la misteriosa agencia y sobre la identidad de Catherine se descubrirá lo que ambos enigmas esconden. En la segunda aventura, todo es más terrible y más inquietante: víctima de un accidente automovilístico, Kamo se encuentra en coma en el hospital, y dos amigos (entre ellos nuevamente el narrador) lucharán para seguir manteniendo el hilo de la esperanza, mientras escuchan sus delirios y se preocupan de pensar en él continuamente, ilusionados e impotentes a partes iguales.

El escritor francés (nacido en Casablanca, Marruecos, en 1944) demuestra una enorme habilidad para captar la psicología adolescente y, también, a la hora de plasmar las emociones de sus personajes mediante unos diálogos convincentes y líricos, que enamoran desde las primeras páginas. Pongan este libro en manos del adolescente que tengan más cerca. Acertarán.

domingo, 24 de mayo de 2026

El Club Fungoide

 


Ignoro si conocen ustedes el relato Enoch Soames, escrito por Max Beerbohm, del que hablaban maravillas Roberto Bolaño y, antes, Jorge Luis Borges. Si es así, la lectura de El Club Fungoide les va a provocar unas enormes ganas de volver a él, porque en estas páginas del gaditano Salva Menéndez todo gira alrededor de la fascinación y del embrujo generados por el cuento del londinense. Resumamos en pocas líneas, sin incurrir en la grosería del destripe: el protagonista descubre, en una librería de segunda mano, un ejemplar del texto de Beerbohm y, después de leerlo, implica a sus amigos en el proyecto de escribir un volumen de unas cien páginas donde se reúnan sus poemas de admiración y aplauso, para abrillantar la gloria, algo olvidada, de Soames. Pero el asunto cobrará otras dimensiones, entre el humor y el pavor, cuando reciban una oferta del Diablo para volver al siglo XIX y poder conocer personalmente al escritor y caricaturista británico. No les digo más. No puedo decirles más, sin estropear las peripecias, fantasías, sonrisas y estremecimientos de este volumen editado por el sello Aliar. Pero eso sí, estoy en condiciones de asegurar que pocas veces (acaso ninguna) he leído tan amplias y detalladas reflexiones sobre la incomunicación de los seres humanos, sobre el secreto de la auténtica felicidad, sobre el éxito y el fracaso literarios o sobre la ambición humana, sobre el poder de la familia y la amistad, como en este libro.

Salva Menéndez sabe bien (sabe muy bien) lo que está haciendo, y lo condensa en palabras tan poéticas como exactas, así que elegir El Club Fungoide implica optar por la sensibilidad, la inteligencia y la sensatez narrativa. Uno de los personajes que adquieren más volumen en la zona final de la novela (María), nos dice esto en la página 118: “Leer lo que todos leen es popular. No me gusta esa idea de limitar la lectura a lo conocido, aunque tenga garantía de buena. Me gusta el riesgo de lo raro. La exploración de quienes no tienen notoriedad. Se encuentran algunas joyas”. ¿Por qué no prueban con este libro? Quizá sea para ustedes una de esas joyas.

sábado, 23 de mayo de 2026

La máquina del tiempo

 


Mi recuerdo de La máquina del tiempo, de H. G. Wells, no es literario, sino que se relaciona con el mundo del cine. En concreto, con la versión del libro que se estrenó en 1960, protagonizada por el apolíneo y eficaz Rod Taylor y por la bella y candorosa Yvette Mimieux. Me consta que hay otra de 2002, pero no he querido verla: los recuerdos de infancia tienen que ser protegidos. Ahora, medio siglo después de haberla visto en imágenes, la recorro en las letras originales de Wells, y descubro que existen muchos elementos de la obra que, en su transformación hacia el mundo de la imagen, cambiaron, se edulcoraron.

El protagonista, después de explicar a sus amigos con una metáfora sencilla el concepto de la cuarta dimensión (“He aquí el retrato de un hombre a los ocho años, otro a los quince, otro a los diecisiete, otro a los veintitrés, y así sucesivamente. Todas estas son sin duda secciones, por decirlo así, representaciones tridimensionales de su ser de cuatro dimensiones”), les explica que ha construido un prototipo que le permitirá explorar el pasado o el futuro, a su antojo; pero sus amigos se muestran renuentes a creerle (“Era uno de esos hombres demasiado inteligentes para ser creídos”). Este punto de partida será suficiente para imaginar o recordar lo que viene después: el inventor inglés se desplaza hasta el año 802.701, donde descubre que la especie humana se ha dividido en dos bloques: en la superficie terrestre viven los Eloi, seres delgados, sonrosados, que visten con túnicas de color púrpura y que siempre sonríen, más bien indolentes, alimentándose con frutas y durmiendo en casas colectivas (el narrador piensa que puede tratarse de comunismo… o de decadencia, porque una civilización que haya dominado enfermedades y contratiempos tendería a la relajación o la consunción); pero también están los Morlocks, que viven en la zona del subsuelo y que parecen corresponder a una degeneración negativa de la especie: su lenguaje se antoja inarticulado, se mueven con torpeza, carecen de todo tipo de arte y se alimentan exclusivamente de carne.

Detalle curioso, que conecta película y libro: cuando el protagonista descubre la biblioteca de los Eloi y constata que los volúmenes se desmenuzan en polvo, fruto de la ignorancia y el desdén, en la cinta de 1960 estalla indignado, proclamando el valor universal de la cultura; en la novela, en cambio, se pregunta qué destino habrán sufrido “mis propios diecisiete trabajos sobre física óptica”. Un baño de realismo narcisista muy atinado por parte de Herbert George Wells.

Y no, no teman: no voy a contarles nada más, salvo que deberían adentrarse en la novela si ya han visto alguna versión cinematográfica, porque, lejos del simplismo de las imágenes, van a sorprenderse con su densidad filosófica, con sus análisis políticos y psicológicos sobre el ser humano e, incluso, con sus predicciones sobre el futuro de la humanidad, que solamente conseguirá salvarse gracias a los habitantes de… Huy, perdón, he dicho que no iba a desvelarles nada más. No me tiren de la lengua.