martes, 3 de febrero de 2026

La cuenta atrás de Justo Galeno

 


Después de haber conocido literariamente a Jesús Feliciano Castro Lago a finales de 2020 por su obra Amantes, poetas, víctimas y otros infelices (https://rubencastillo.blogspot.com/2020/12/amantes-poetas-victimas-y-otros.html), publicada por el sello Talentura, he reseñado en este blog otros tres libros suyos. Y ahora, encandilado con su prosa, me acerco hasta el quinto, que se titula La cuenta atrás de Justo Galeno y otros relatos (2022) y donde me vuelvo a encontrar con espléndidos relatos, como “Giocondas a 50 euros” (que nos propone un engaño artístico de agradable factura, del que fue fautor involuntario el vigilante del Louvre Vincenzo Peruggia), “Derecho a imaginar” (cuento de bellísimo dibujo circular sobre el poder de la fantasía), “Querido hijo” (esas cartas truncas que un padre garabatea para reconciliarse con su vástago), “El efecto pelirrojo” (simpático ejemplo del ‘efecto mariposa’), “Laberintos” (unas pequeñas teselas biográficas que se unen para formar un asombroso mosaico narrativo, ideado al modo de un laberinto alfabético) o la historia que da título al volumen, donde descubrimos a un chico hermético, entregado al estudio de la medicina, al que devora un amor imposible. “A la atención de la bibliotecaria” supone un precioso homenaje a las profesionales que trabajan en ese sector y que a mí, como sobrino de una, me ha emocionado particularmente. Al final, un espacio que lleva por título “Bonus Track” nos aporta unos microrrelatos que cierran el tomo.

Convincente en su dominio de los resortes narrativos, Castro Lago redondea un volumen de notable belleza, que se lee absorto y entusiasmado. Sospechaba que no iba a perderme ninguno de sus libros en el futuro, pero ahora estoy convencido de que así será.

lunes, 2 de febrero de 2026

Como meteoritos

 


Cuando abro el libro de un autor al que aún no he tenido la oportunidad de leer, todas las posibilidades están abiertas: puede parecerme admirable o mediocre; puedo terminarlo o dejarlo a las pocas páginas; puedo anotar su nombre o dejarlo ir (con mi gratitud, pero sin mi entusiasmo). En esta ocasión (y son ya muchas las veces que me ocurre con autores y autoras que aparecen en el sello Talentura), mi aplauso es tan espontáneo como intenso. Qué espléndido resulta, en mi opinión, el volumen de relatos Como meteoritos, del logroñés Alejandro Amelivia. Lo he disfrutado enormemente.

Cuando me adentré en la primera propuesta (que se titula “La chica de mis sueños”) y descubrí al inquietante personaje de El Soñador, me dije: Caramba. Pero, sin darme respiro, luego vinieron el mal cuerpo que genera la violencia etílica en “Kentucky Gentleman”; la terquedad cazurra de Hank y la sensualidad cromática de June en “La fatiga de los materiales”; la sofocante admiración por Charles Lynch que parece recorrer las venas de los habitantes de Hawthorne; el sueño premonitorio de Larry, al que su esposa Violet se niega a prestar ninguna atención; la inquietante cicatriz que cruza el rostro del cazador que irrumpe en la casita de “En el borde del claro”; los trucos (casi sonrientes) que despliegan una médium fraudulenta y su ayudante demasiado vivo en “Estrella blanca”; y, sobre todo, las líneas que forman “Ya nadie recuerda nada”, un cuento que tendría que ser leído y estudiado en todos los institutos y universidades de España como ejemplo de construcción narrativa y de eficacia literaria.

Cómo maneja Amelivia el cambio de narrador en sus relatos; cómo escoge las ambientaciones y las frases de sus personajes; cómo redondea y esmalta los finales. Impresionante, de verdad. Me ha parecido un libro admirable y digno de elogio. Están tardando en buscarlo.

domingo, 1 de febrero de 2026

Tercera residencia

 


Releo con entusiasmo renovado las páginas de Tercera residencia, que leí en 1988, con veintidós años. Y vuelven a fascinarme las dos líneas vertebrales que descubrí en estos versos encendidos y galvánicos de Pablo Neruda: en primer lugar, el viento surrealista, que llena de imágenes asombrosas los poemas y que los vuelve tan fascinantes; en segundo lugar, el aliento combativo que respiran las estrofas dedicadas a su militancia ideológica (la guerra civil de 1936, el Ejército Rojo, Simón Bolívar, etc.).

Por lo que respecta al primer apartado, confieso mi incapacidad para entender bastantes de los versos, porque las metáforas surrealistas y las adjetivaciones intrépidas que el chileno despliega continuamente me los vuelven impenetrables; pero, a la vez, constato también mi entusiasmo a la hora de interpretarlos, porque las sugerencias de Neruda dan pie a lecturas que, si no se corresponden con lo que él quería expresar, sí que revelan con claridad mi forma de leerlos.

En cuanto al bloque “político” (que muchos denigrarán por su tendenciosidad, pero que yo respeto por los durísimos momentos de guerra que le tocó vivir), no creo que resulte posible negar la validez lírica de estancias como “España en el corazón”. En un tiempo de urgencia y deflagraciones, de muerte y de traiciones, imagino que tiene que resultar punto menos que imposible mantenerse en una posición racional y equilibrada (aunque personas como Manuel Chaves Nogales sí que parecieron lograrlo). En esa efervescencia de ira y de angustia, Pablo canta a las Brigadas Internacionales, a la batalla del Jarama, a los antitanquistas… Y su voz, aunque el paso del tiempo moderase o corrigiese radicalmente algunas de sus aristas, no puede ser tildada de chata o panfletaria. Neruda consigue muchos poemas de belleza terrible, de retrato purulento, de crónica bombardeada.

Pertenezco al grupo de quienes discrepan con algunas de sus ideas y fervores, pero que aplaude sus versos. Una cosa, en literatura, no quita (no debe quitar) la otra.

jueves, 29 de enero de 2026

La sombra de una noche

 


La imaginación de un adolescente puede convertir un suceso más bien nimio y hasta azaroso en un episodio escarchado de misterio; y así ocurre con Jacobo Studer y su amigo Ismael Munch (hijo de un librero y una médium: combinación tan inusual como productiva). Lo que ha ocurrido parece una fruslería: el señor Studer, padre de Jacobo, se ha retrasado una noche a la hora de volver a casa. Y cuando lo hace su rostro está triste y su ánimo decaído. Fin. No hay más. Pero ahí intervienen las mentes de los dos muchachos, quienes llegan a la peregrina conclusión de que lo más seguro es que tras haber bebido de más en alguna taberna haya sido atracado, y le hayan quitado la paga del mes, y eso lo haga sentirse abatido. De ahí a ponerse a investigar (ah, el afán investigador de los niños) hay un paso francamente corto, que los chavales ejecutan con entusiasmo desplazándose hasta un barrio no muy recomendable de las afueras, donde contemplan lo que parece un trapicheo de contrabandistas y donde comienzan a eslabonar “conclusiones” sobre lo que realmente pasó durante la noche de autos.

Con esa base argumental tan reducida, Soledad Puértolas construye una historia breve y muy elegante, que concibió en 1985 (cuando su hijo Diego contaba trece años) y que leo en Ediciones del Bronce, con ilustraciones de Regina Giménez. Su hermoso formato y la fluidez de su prosa deparan unas horas muy agradables de lectura, de la que jóvenes y adultos pueden extraer aprendizajes distintos.

Debo insistir con las obras de esta zaragozana.

martes, 27 de enero de 2026

Malditos tábanos

 


Hace ya varias décadas que la crítica literaria española tiene acuñada la etiqueta “tremendismo” para referirse a las novelas que, durante los años cuarenta del siglo XX, retrataron con crudeza el panorama social del país. El ejemplo que se aduce con más frecuencia (por su enorme calidad y por el impacto que produjo) es La familia de Pascual Duarte, del gallego Camilo José Cela. Pero he aquí que en Murcia tenemos, vivito y coleando, a un escritor llamado José Fernández Belmonte que, indagando una variante curiosa de ese sistema narrativo, acaba de publicar su obra Malditos tábanos, que me atrevería a rotular con el marbete de “tremendismo jocoso”. Es decir, que nos presenta unas situaciones y también unos personajes que anonadan por su textura, pero los envuelve en una saludable pátina de humor, convirtiéndolos en sonrientes motivos de aplauso.

Para empezar, el protagonista (Venancio Mulero Cabrales) se queda huérfano de padre y madre a la edad de catorce años porque el carro donde viajan se precipita por un acantilado. La escena es durísima… pero se origina porque el jumento que tiraba del carro enloquece de dolor “fruto del picotazo de un tábano en su cojón derecho” (p.15). El chico abandona entonces su Teruel natal y recala en la ciudad de Barcelona. Allí es contratado en un prostíbulo, donde de inmediato muere un cliente (nonagenario) como consecuencia de una alteración erótica; y cuando se procede a su entierro, el cura que dirige el oficio es picado en la nariz por un insecto, da un traspié, pisa un rastrillo (que le golpea dolorosamente en la delicada zona que podemos situar, grosso modo, ocho dedos por debajo del ombligo), cae a una fosa y se mata. ¿Será necesario que les siga detallando las barrabasadas que el autor va acumulando para hacernos sonreír?

Si deciden ustedes aventurarse por esta novela (y les recomiendo que lo hagan, porque se van a divertir muchísimo), descubrirán a un pintor catalán de curiosos bigotes y tocado con barretina que acude a un lupanar para excitarse mientras contempla desnudos ajenos; se quedarán boquiabiertos cuando lean cómo la gitana doña Carmen procede con Venancio a un curioso exorcismo genital; asistirán en primera fila a una pelea de soldados en el salón del lupanar; sentirán un escalofrío al imaginarse el sartenazo que aplana el rostro de uno de los personajes; o sofocarán una carcajada cuando se enteren de que la meretriz Luisa es retirada del oficio por un cliente dotado por natura con un mandado hiperbólico.

Pues eso: que lo lean, oigan. Van a pasar unas horas hilarantes mientras escuchan el zumbido de estos tábanos revoltosos.

domingo, 25 de enero de 2026

Bonsáis

 


Desde hace tiempo, parece evidente que las expectativas laborales de nuestros hijos son peores que aquellas que rodearon nuestra propia juventud: sus sueldos son pequeños, la relación entre su preparación académica y su trabajo se ha deteriorado y las posibilidades de bienestar que se asocian a esas condiciones (vivienda incluida) han sufrido una merma importante. Sin ponernos anteojos utópicos ni vendas oculares que la camuflen, esa es la situación real, salvo raras excepciones. Y de tal premisa parte la escritora Chelo Sierra para componer la novela Bonsáis, con la que fue finalista en el XII premio “Encina de Plata”, hace unos años.

Tres jóvenes la protagonizan: Ismael (matemático extremeño que sobrelleva como puede los desdenes de Hugo, su amor imposible), Karmen (publicista vasca que carga sobre los hombros una pesada losa: ser hija de Elvira Mancebo, la creativa más famosa del país) y Mery (psicóloga alicantina que se aleja del hogar para no asistir a la consunción de su madre, enferma terminal de cáncer). Los tres viven en un piso de alquiler, cochambroso y frío, mientras trabajan en diferentes sectores de una conocida marca de galletas. Allí se les encargan tareas que no se corresponden con su preparación profesional (traer cafés, hacer fotocopias, rellenar galletas con gotitas de chocolate), se les pagan sueldos de miseria y se les prodiga, sobre todo a ellas, un trato vejatorio (desde gritos hasta tocamientos de culo).

Un día, la idea brota en la mente de Karmen y se propaga a los demás: ¿y por qué no sabotear la compañía? ¿Por qué no generar una situación caótica que le cueste dinero a la empresa y que, a ser posible, provoque la ruina de esos jefes machistas e impresentables que las están humillando?

Déjenme que les lea un trocito de la página 102, donde se cifra el sentido del título de la obra: “Ay, los bonsáis […]. Los esculpimos con mimo, los formamos para que sean perfectos, podamos las ramas defectuosas… […] Pero les impedimos crecer. No es culpa vuestra, somos nosotros, la sociedad, las circunstancias, los que no os dejamos crecer. Vosotros no, vosotros sois perfectos, la generación bonsái. Algún día, nos daremos cuenta y os dejaremos crecer y echar raíces”.

Un relato lúcido, amargo y certero, donde el humor y la tristeza se unen para conformar un análisis muy fiel del mundo que nos rodea.

sábado, 24 de enero de 2026

La pistola de mi padre

 


Todas las familias (que no os engañen sus sonrisas superficiales) están cuajadas de zonas oscuras, de viejos secretos, de traumas silenciosos o silenciados. Y eso que llamamos armonía no es, quizá, sino el meticuloso esfuerzo que en su seno se realiza para que las fricciones, los rencores, las viejas afrentas, las traiciones o las deudas queden maquillados (incluso sinceramente). A veces, ese dolor no tiene nada que ver con quienes nos rodean en el seno familiar; a veces, sí. Pero en todos los corazones se guarda una sentina cuya puerta, de bisagras chirriantes y con el picaporte oxidado, conviene no abrir.

El escritor valenciano Rafael Soler nos invita a un terrible espectáculo narrativo (de apariencia inofensiva) en su trabajo La pistola de mi padre, que publica el sello Contrabando. En él nos presenta a la familia Cortázar, donde cada miembro (hasta el guadiánico y tangencial Roberto) esconde en los bolsillos sus rarezas, sus odios, sus heridas: el patriarca Aníbal, que trabajó como viajante de comercio hasta que se reconvirtió en dueño de un bar en Madrid; su esposa Rosario, que es consciente de que la trayectoria de su familia no ha sido precisamente amable y que se reconforta con tientos a la botella de anís; Carlos, el hijo, que camufla en las conquistas amorosas con alumnas su fracaso esencial como escritor, pues no ha logrado el éxito que esperaba; Isabel, la hija, aquejada de un trastorno bipolar que tortura su alma y la existencia de quienes la rodean. Cada uno de ellos se enfrenta a los problemas de forma aislada, sin abrirse a los demás: Aníbal, con el rencor hacia su hermano Roberto y con las caricias furtivas al arma que esconde en una caja; Rosario, grabando cintas de audio donde confiesa sus frustraciones, sus torpezas, sus esperanzas inútiles; Carlos, convirtiendo en metáforas parciales su vida fracasada (esposa que le pide el divorcio, alumnas que lo abandonan al poco de iniciar su relación, hijas con las que se comunica mal); Isabel, redactando un diario sincopado y neurótico, que guarda al fondo del armario.

Este gran tratado sobre la incomunicación y sobre los secretos familiares, que alcanza cotas psicológicas y líricas de elevada altura, exige del lector una mirada que acompañe estrechamente a la narradora de la historia, “tan discreta” (como se define a sí misma en la página 129). Se aprende mucho haciéndolo.