Dedico unas horas a leer una obra de teatro del costarricense Samuel Rovinski que se titula Gobierno de alcoba y que plantea el viejo asunto de la corrupción de los ideales en el ámbito de la política. En la cúspide del poder se encuentra ahora el dictador Leoncio, que controla su país de un modo execrable, restringiendo todas las libertades y sometiéndolo a una tutela tan despiadada como sangrienta. Como es natural, surge entonces una corriente que pretende derrocarlo, y su cabecilla más destacado es Martínez, un revolucionario que se alzará contra él y logrará sustituirlo. Hasta aquí, todo forma parte de un esquema que conocemos por la literatura, por las películas y por la realidad del siglo XX. También conocemos la deriva habitual de este tipo de asaltos al poder: Martínez terminará por incurrir en unos comportamientos que, en esencia, no difieren mucho de los empleados por Leoncio. Es decir: el revolucionario se transmuta en nuevo dictador. El único problema que yo le veo a esta obra (sobre todo en su parte final) es que el proceso por el cual Martínez degenera y abandona todo su idealismo se esboza con demasiada rapidez. No hay una descomposición paulatina. Es como si, de golpe, se quitase una chaqueta y se pusiera otra. Como si cambiara de ideas y de corazón en apenas unas horas. Por lo demás, una pieza dramática que invita a reflexionar sobre las flaquezas del espíritu humano y sobre lo fácilmente que abandonamos los ideales cuando el brillo del poder o del oro asalta nuestras pupilas.
Librario íntimo
sábado, 24 de octubre de 2026
viernes, 23 de octubre de 2026
Absolución
Decía el filósofo Blaise Pascal que la desgracia de los seres humanos viene de no ser capaces de permanecer tranquilos en su habitación. Y se dice que el filósofo Inmanuel Kant llevó una existencia metódica y rutinaria para que el orden imperase en su vida. Lino, en cambio, no es así. De pequeño, su aspiración de niño pobre era trasladarse a vivir a Australia, donde su tío Gregory fraguó su riqueza. Y aquel proyecto malbaratado se convirtió, durante los años siguientes, en una cadencia ininterrumpida de frustraciones. Todo en su línea vital parece condenado a cortarse de forma abrupta, sin alcanzar continuidad o dicha: se distancia de los amigos por diferencias nimias; abandona a la chica que ama por una visión absurda (la observa comiendo un huevo duro y decide que sus caminos deben separarse); no persevera en ningún trabajo, porque todos le parecen a la postre carentes de sentido. Ahora, cuando está a punto de celebrar su boda con Clara (una chica hermosa y rica), el gusanillo de la insatisfacción vuelve a alborotarlo y escapa de la ciudad, para convertirse en un indocumentado vagabundo. Ni sus padres, ni por supuesto su novia, son capaces de entender qué pruritos cordiales lo inquietan. Y él mismo, que ha intentado trabajar en los últimos años “de chatarrero, de encuestador, de teleoperador, de vendedor de perfumes, de seguros de vida, de enciclopedias, de pulseras magnéticas, de camarero en un tren, de agente canino” (p.112), se mira en el espejo y se pregunta también por qué no aguanta casi nada en ninguno de ellos. “Esto era lo más difícil de explicar. ¿Por qué huía de los sitios, por qué de pronto necesitaba estar en otra parte, donde no lo conocieran y pudiera pasar inadvertido, libre de obligaciones y reproches?” (p.108). Quizá deambulando por campos y carreteras secundarias encuentre una respuesta para esa comezón. Y nosotros, lectores entusiasmados y fascinados, lo acompañamos en su viaje de descubrimiento o de expiación, en su caminar sin fin y sin objetivo, intentando inútilmente ayudarlo o entenderlo. Nos da la impresión de que su alma de “eunuco sentimental” (así se define en la p.249) se encuentra en carne viva, pero nos sentimos impotentes para comprender: suyo es el viaje. Necesita una absolución, aunque probablemente ni siquiera sepa quién debe administrársela. ¿Clara, el señor Levin, sus padres, la policía, su propio corazón? “Como el río de Heráclito, él necesitaba cambiar continuamente”, se nos dice en la p.288. Observemos el río fluir y, tras conocer a personajes tan bellos y fascinantes como Olmedo o Gálvez, permanezcamos en silencio.
jueves, 22 de octubre de 2026
Invasión
Cuando
abrimos las páginas de un libro de relatos de David Roas (Barcelona, 1965),
sabemos muy bien lo que vamos a encontrar en su interior: argumentos que
asombran, personajes que inquietan y finales que sobrecogen. Es un muy habilidoso
jugador de cartas, que apenas sonríe cuando deposita los cuatro ases sobre el
tapete y te deja con la boca abierta. Vuelve a hacerlo, obviamente, en su libro
Invasión: esa casa vacía que encuentra en Providence (patria chica de
Lovecraft) y que se rodea de un misterio impenetrable, con su trineo oxidado,
su flamenco rosa incongruente y su enigmático propietario; ese niño que
confecciona con un primor sin igual ataúdes para enterrar las muñecas de sus
hermanas; esa viuda que cepilla con arrobo la dentadura postiza de su marido,
que deposita todas las noches en un vaso comprado en Benidorm, durante un viaje
familiar; esa chica de cuerpo increíble que invita a Pablo a acostarse con ella
y que le muestra su paralizante colección de figuras, que rodean la cama; la
mancha que la pobre Nuria no consigue quitar de su alfombra nueva y que,
observada de cerca y con una lupa, la paraliza de horror; el editor que queda
atrapado en su despacho por un derrumbamiento y que tiene que sobrevivir
durante días alimentándose de la forma más inverosímil; esa madre que sostiene
el amor y el aislamiento de su hijo con regalos estremecedores; el hermano que
adopta como animales de compañía a los más sorprendentes; o el superviviente de
una epidemia zombi, que resiste en un edificio, rodeado por algunos viejos
mientras observa por la ventana a un niño, que permanece inmóvil en un tobogán
del parque.
David Roas conoce los miedos y explora los límites de la normalidad, dejando que sus palabras nos tracen un panorama turbador de forma silenciosa, como ese asesino implacable de las películas que incrementa su poder hablando en susurros, con calma apolínea. Un dormitorio, un jardín, una alfombra, un espejo, un lago o un libro pueden convertirse en detonantes del horror: abran este volumen para comprobarlo.
miércoles, 21 de octubre de 2026
Mala luna
Iba
a comenzar diciendo que no era necesario recordar la forma en que murió el
poeta Miguel Hernández. Pero, pensándolo mejor, sí creo que es necesario y de
justicia. Miguel, uno de los poetas más populares y queridos de España, murió
de tuberculosis sin que sus carceleros fascistas ni los representantes de la
Iglesia (uno de ellos, Luis Almarcha, muy cercano al vate) movieran un dedo
para salvar su vida. Así de rotundo y así de incontestable. ¿El pecado que
cometió para merecer ese trato inhumano? Muy sencillo: haber escrito y haber
luchado del lado de la república durante la inicua guerra civil de 1936. Lean
cualquiera de las biografías que hay publicadas sobre el poeta si desean
conocer los espeluznantes detalles de sus últimos días.
Aquí, la novelista Rosa Huertas explora una posibilidad narrativa tan sugerente como plausible: ¿es posible que Miguel redactase durante sus semanas finales algunos poemas que, manuscritos, alguien sacase de la celda? Y esos poemas, ¿se conservan en algún lugar desconocido? José Castillo, el abuelo de Clara, está convencido de que el cuaderno de tapas negras que su paisano Aurelio sustrajo de la maleta de Miguel tras enterarse de su muerte contiene esos inéditos. Y que es necesario recuperarlo, antes de que alguien lo destruya o lo utilice con fines partidistas (el hijo de Aurelio ahora se dedica a la política). Comienza de ese modo una aventura en la que Clara, con el auxilio de Víctor (nieto de Aurelio), buscará ese último vestigio de la creatividad de Miguel Hernández. Y en esa exploración aprenderá (aprenderán ambos, porque Víctor también abre los ojos) a descubrir que las personas no somos bloques monolíticos, sino que tenemos facetas, aristas, ángulos, luces y sombras: nadie es (siempre y para todos) como aparenta ser. De ahí la necesidad de escuchar, mirar y entender, sin dejarse guiar por prejuicios o por conclusiones aceleradas. Ni una sola de sus líneas es panfletaria. Ni una sola de sus páginas es prescindible. Una espléndida novela.
martes, 20 de octubre de 2026
Misión al pueblo desierto
No hará falta insistir demasiado en mi admiración y en mi constante aplauso al teatro de Antonio Buero Vallejo. Comencé a leerlo en 1985, justo cuando entraba en la universidad, y no he abandonado desde entonces la satisfactoria costumbre de acercarme a sus páginas con regularidad. Dicho eso (y dicho también que lo considero el dramaturgo español más importante de la segunda mitad del siglo XX), la lectura de Misión al pueblo desierto me ha dejado bastante frío (aunque el adjetivo que me apetezca escribir sea “decepcionado”). No es, en mi opinión, una obra a la altura de su nivel. Es habilidosa, evidentemente. Se sustenta sobre un armazón impecable, solo faltaría. Pero carece de la chispa y de la profundidad que encuentro siempre en sus argumentos y en sus desarrollos teatrales. Aquí, la trama es floja, las situaciones son repetitivas o increíbles (la tozudez con la que Damián desconfía una y otra vez, una y otra vez, de Plácido; el enamoramiento súbito que Lola experimenta por el maduro pintor viudo) y el final, queriendo ser simbólico, se queda en desangelado, feble y quebradizo. La idea de un cuadro del Greco que tiene que ser rescatado del palacio de unos marqueses en “zona de nadie” durante la guerra civil de 1936 entiendo que daba para mucho más que para esta nadería, con mucho relleno (sobre las ideas revolucionarias y sobre la mirada estereoscópica en el mundo de la pintura) y mucha situación “estirada” (con diálogos huecos y morosos). Qué pena me da decirlo (aunque lo digo, porque en mi blog no miento). Acudiré pronto a otro título del dramaturgo alcarreño para olvidarme de este bache.
lunes, 19 de octubre de 2026
La mano que tengo
No sé si alguna vez han mirado ustedes con atención una mano. No me refiero a una mano ajena (la de su madre en la cama del hospital, cada vez más quieta; la de su padre conduciendo, cada vez más arrugada), sino a una propia. Yo sí lo he hecho, con cierta frecuencia. Miro sus arrugas, sus poros, el movimiento de sus articulaciones, su inagotable versatilidad, su humilde y tenaz servidumbre. Me permiten (nos permiten) escribir, sostener libros o herramientas, aferrar el volante, coger productos en los pasillos del supermercado, acariciar, saludar, señalar, pulsar botones. En este precioso álbum ilustrado, Ignacio Sanz (con sus versos graciosos) y Moisés Yagües (con sus dibujos magníficos) nos invitan a que repitamos la ceremonia de mirarlas, desde el humor, pero también desde la gratitud: nuestra cotidianidad quedaría visiblemente mermada sin su silencioso trabajo. Léanselo a alguien de pocos años. Verán cómo sonríe. Y, posiblemente, estén sembrando en su cabeza la curiosidad y el asombro para que, dentro de algunas décadas, vuelvan a mirárselas con una sonrisa melancólica.
domingo, 18 de octubre de 2026
Las flores del mal
Me
adentro por segunda vez (la primera fue a los dieciocho años y me da a mí que
no me enteré de nada; o, siendo misericordiosos, de muy poquito) en Las
flores del mal, de Charles Baudelaire. Utilizo la traducción de Carlos
Pujol. Ninguna novedad supondrá decir que es un poemario que rompió moldes y
que levantó ampollas en la sensibilidad lectora de su tiempo: alusión a
cadáveres putrefactos, satanismo, hediondez, mujeres venales, flores marchitas,
lobos que husmean, tinieblas densas como la pez, cuervos que planean en
círculos macabros, tumbas que esperan ávidas, alusiones frecuentes a los
gusanos (“Amigos negros, sordos y ciegos”), primaveras fangosas, bestias que se
agitan en el frío de la oscuridad, serpientes que danzan, opio por doquier,
adoraciones explícitamente satánicas o fuentes de sangre. No le faltaba
ingrediente (bien claro resulta) con el que épater le bourgeois. Y es
que, bajo su máscara de fragilidad drogadicta, hay en Baudelaire una poderosa
musculación, que lo lleva a establecer su territorio con vigor enérgico: lo
parcela, lo rotura y luego, tras alzar su bandera sin que le tiemble el pulso,
mira con desafío a los observadores externos. Este es mi espacio. Estas son mis
obsesiones y mis directrices. Acéptalas o sigue tu camino. No hay términos
medios, como puede ocurrir con otros poetas menos viscerales. Con Charles Baudelaire
tienes que elegir un lado de la línea: o Pinto o Valdemoro. Nada de
indecisiones. Nada de matices. Blanco o negro. Pocas veces se habrá publicado
en la historia de la poesía un volumen tan contundente y gravitatorio
como este, del que anoto algunos versos que he subrayado en mi ejemplar: “Los
pecados son tercos”. “He alcanzado a tocar el otoño del alma”. “El amante
jadeando junto a su enamorada / es como un moribundo que acaricia su tumba”.
“Es de necios construir sobre algún corazón”. “Siempre el Diablo hace
perfectamente bien lo que hace”. “La lujuria y la muerte son dos buenas
muchachas”. “El violín, corazón en zozobra”. Con Baudelaire hay que atreverse,
pero qué convulsión cuando se avanza por sus versos. Inolvidable.




