Después
de haber leído hace pocos días su Paco Yunque, que me dejó muy buen
sabor de boca (https://rubencastillo.blogspot.com/2026/09/paco-yunque.html), me
acerco hoy hasta las páginas de la novela El tungsteno, de César
Vallejo, que me sitúan en un escenario triste y enervador. Estamos en Quivilca,
en el departamento del Cuzco (Perú), donde la Mining Society está explotando
las minas de tungsteno de la zona, para utilizarlo como soporte de la
producción armamentística norteamericana. Aunque las órdenes vienen de fuera
(Mr. Taik y Mr. Weiss), son las autoridades locales las que se encargan de
velar, servilmente, por su estricto cumplimiento, convirtiéndose en lacayos que
besan la mano que los alimenta, aunque eso suponga tener que explotar, golpear,
esclavizar e incluso matar a los indios de la zona, mera carne de cañón
fácilmente reemplazable por medio de levas obligatorias. Así, el comisario
Baldazari, el cajero Machuca, el ingeniero Rubio, el profesor Zavala, los
comerciantes José y Mateo Marino, el doctor Riaño e incluso el cura Velarde
(que no duda a la hora de coger un arma y disparar contra los indígenas que no
acatan su destino) se convierten en los garantes de un sistema abusivo y
perverso, en el que caben todas las ignominias: una india (Graciela) que es
emborrachada y que sufre una infame agresión sexual en una reunión de
gerifaltes, donde se procede por respetuoso orden jerárquico (“Todos los contertulios
[…] conocieron entonces, uno por uno, el cuerpo de Graciela”, p.49); una
protesta de indios exhaustos, que es sofocada a tiros y que causa más de una
docena de víctimas mortales, amén de un buen número de detenidos; un continuo
ejercicio de poder despótico, que machaca y extermina a los indios soras
mientras los vendepatrias exhalan gritos estupefacientes (“¡Vivan los Estados
Unidos! ¡Viva la Mining Society! ¡Vivan los norteamericanos! ¡Viva Wilson!
¡Viva míster Taik! ¡Viva míster Weiss! ¡Viva Quivilca! ¡Viva, señores, el
subprefecto de la provincia! ¡Viva el alcalde! ¡Viva el juez de primera
instancia! ¡Viva el señor Iglesias! ¡Viva Marino Hermanos! ¡Abajo los indios!
¡Abajo!”, p.114).
Con una prosa que incendia el corazón y con un argumento que congela el pulso, César Vallejo nos muestra en esta historia la despiadada manera en que su Perú sufrió todas las lacras del colonialismo más salvaje. Sobrecoge.






