sábado, 28 de febrero de 2026

La Fundación


 

Tomás se encuentra sumamente feliz en la Fundación, un centro en el que novelistas, matemáticos, ingenieros y otros profesionales de elevado talento conviven y son becados para desarrollar su creatividad. Comparte habitación con Asel, Max y Lino; disfrutan de cerveza fresquísima en su nevera y de un servicio de camareros que les trae comida y cena sin necesidad de desplazarse; pueden fumar a placer; disponen de teléfono; y Tomás, para redondear paradisíacamente su estancia, recibe visitas de su novia Berta, también becada por la Fundación. Lo extraño es que, salvo Asel, todos parezcan incómodos y miren a Tomás de manera torva o rencorosa, dirigiéndole pullas y rechinando los dientes. Poco a poco, mientras descubre cómo la música ambiental, las lujosas lámparas o el teléfono desaparecen, el lector va comprendiendo que lo observa todo con los ojos de Tomás, y que la realidad es mucho más triste y mucho más angustiosa: todos ellos se encuentran en una cárcel infecta (alguno ha sido incluso torturado) y les espera la muerte. ¿Ha perdido Tomás el juicio o finge la Fundación para no dejarse devorar por el miedo… y por la culpa?

Tan contundente y tan simbólico como en Buero es habitual, este drama pone ante nuestras pupilas una amarga reflexión sobre las traiciones que a veces somos capaces de infligir, sobre el poder coercitivo que puede usarse para doblegar el ánimo y, claro está, sobre la fantasía como refugio para evadirse de un entorno hostil. Puede ser una cárcel en cualquier régimen totalitario; puede ser una cárcel en cualquier país; puede ser una cárcel en cualquier época. El modo en que el Poder no democrático destroza la vida de los disidentes es universal. Y también lo es el drama de Buero Vallejo.

En la última página, en la última secuencia, nos queda una duda terrible: ¿dibuja un horizonte de esperanza, haciendo que los condenados sean trasladados a otra celda, de la que quizá puedan escapar más fácilmente? ¿O tal vez el traslado no tenga otro destino que el paredón y unas agrias detonaciones? El hecho de que, una vez desocupada la celda, nuevos presos sean conducidos a ella, nos hace tragar saliva en silencio.

jueves, 26 de febrero de 2026

El ardor de la sangre

 


Quizá las personas no nos limitemos a envejecer con el paso de los años, sino que, de un modo misterioso, nos veamos sometidos a una metamorfosis más profunda y nos convirtamos en otra cosa más extraña: en seres distintos. ¿Es igual el joven alocado, fogoso y lleno de adrenalina y pasiones que el anciano calmo, macerado de silencios y de reacciones meditadas y lentas? Sylvestre (también conocido por Silvio), protagonista de esta novela de Irène Némirovsky, afirma que no: que son dos personas diferentes. Y ha llegado a ese convencimiento porque él mismo lo ha podido observar sin lugar a dudas: durante su juventud fue alguien inquieto, entregado a las pasiones de la bebida, del viaje y del amor, incapaz de detenerse ante los obstáculos; y ahora, cuando la vejez lo ha devuelto a su paisaje de origen y vive en una cabaña en medio de Francia, huraño y arruinado, todo se ha vuelto tranquilo. “Pienso” (susurra en el capítulo 2) “que he hecho mucho camino inútil para volver al punto de partida”. Y entiende que esa evolución afecta por igual a todos sus semejantes: “El penoso y vano trabajo con el que la juventud intenta adaptar el mundo a sus deseos ha quedado atrás. Han fracasado y ahora descansan. Dentro de unos años, volverá a agitarlos una sorda inquietud, que esta vez será la de la muerte”. Desde la atalaya solitaria de su sillón, el espectáculo de la juventud se le antoja punto menos que incomprensible (“Desde hace algún tiempo, la gente joven me produce algo muy parecido al asombro, como si estuviera ante una especie animal distinta de la mía, como si fuera un perro viejo viendo bailar a unos ratones”).

Pero el corazón de Silvio guarda secretos; y sus ojos, si permanecen vigilantes, captan o sospechan los secretos de quienes lo rodean: esa esposa presuntamente honorable, pero que se dejó arrebatar por la pasión cuando la sangre aún ardía por sus venas; esa muchacha que no puede evitar entregarse a la lujuria con un vecino; ese chico que, jurando fidelidad inquebrantable a su pareja, se deja llevar por la ignominia de la traición; esos vecinos que espían con ojos de buitre las flaquezas de los demás (sobre todo si son forasteros), para quedarse con sus propiedades a la menor oportunidad… Sí, las sangres arden. Pero no se trata solo de impulsos sexuales: eso constituye una pequeña parte del enigma, como bien refleja Irène Némirovsky en la página final de su narración (“No es tan simple. La carne se conforma con poco. Pero el corazón es insaciable; el corazón necesita amar, desesperarse, arder en cualquier fuego”). Eso implica envidias, y las hay en esta obra; eso implica venganzas, y también las hay; eso implica muertes, y no faltan en sus páginas.

“He vivido lo bastante para saber que no hay corazón sencillo”, afirma el viejo Sylvestre en el capítulo 16. Y la autora ucraniano-francesa, que algo sabía de bucear en el alma humana, nos deja en El ardor de la sangre un relato bello y terrible sobre los meandros pasionales, los secretos y el paso del tiempo.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Prosas profanas

 


Con Rubén Darío, las premisas están claras: sabes que sus versos van a estar henchidos de náyades, burbujeantes de cisnes, aromados de músicas sacras y brisas de oro, ahítos de princesas pálidas y altisonantes de púberes canéforas que ofrendan el acanto. O lo tomas o lo dejas. No hay posibilidad de pactar un término medio. Si consideras que es hermoso, pero te fatiga, léelo despacio y en dosis limitadas (puedes emplear una semana para acabar el libro). Si juzgas que es una pedantería insufrible, déjalo. El nicaragüense no te está engañando: muestra desde el principio sus cartas perfectamente nítidas (ebúrneas y esplendentes, diría él). Si decides entrar, te da la bienvenida; si decides ignorarlo, te ampara todo el derecho.

En estas Prosas profanas ocurre “tres cuarts de le prope”, como decía el gran Tip: Rubén se inventa vocablos (ese “pitagorizar” que alumbra el soneto ‘Ama tu ritmo’); reconoce sus admiraciones, introduciendo los nombres de poetas egregios en sus líneas (Verlaine, Heine, D’Annunzio, Horacio, Virgilio); ensaya rimas sorprendentes (lujurias / Asturias, extraterrestre / san Silvestre, Eulalia / Onfalia); construye aliteraciones de feliz recordación (“el ala aleve del leve abanico”, “la regia y pomposa rosa Pompadour”, “la libélula vaga de una vaga ilusión”); y, continua y fervorosamente, fragantiza (se me ha pegado) sus versos con templos, jardines, atardeceres, crisálidas, estrellas, tesoros, marfiles, abedules y labios orientales. Insisto: pueden ustedes tomarlo o dejarlo. Yo, desde luego, lo tomo.

lunes, 23 de febrero de 2026

La familia de Pascual Duarte

 


Continúo releyendo libros que, abordados en mi juventud, me apetece volver a visitar, para comprobar hasta qué punto mi opinión sobre ellos se mantiene o ha cambiado. En esta ocasión, lo hago con la novela inicial de Camilo José Cela, que también fue la primera de las suyas que leí: La familia de Pascual Duarte. Sigue antojándoseme magistral. Las brusquedades, los silencios, las reflexiones de este campesino que vino al mundo cerca de Almendralejo, hijo de un contrabandista portugués bebedor y violento y de una mujer flaca y desabrida, poco amiga de la higiene, sobrecogen y perturban. Es asombroso que un autor tan joven lograse un texto tan acabado, tan convincente, tan sólido.

Escenas como la muerte de la Chispa, o el acuchillamiento de la yegua, o la forma en que desvirga a su primera pareja, se quedan para siempre en la memoria. Y también lo hacen algunos personajes de la obra, por su condición chulesca (El Estirao), por su candor vulnerado (Mario), por su crueldad execrable (don Rafael) o por el oscuro sendero que la vida les llevó a asumir (Rosario).

Pero, sobre todo, me sedujo a los veinte (y ha vuelto a seducirme a los sesenta) el vuelo clásico de la sintaxis celiana: un equilibrio difícil pero siempre logrado entre naturalidad y barroquismo, que no solamente asombra por su perfección, sino también por la habilidosa forma en que el escritor gallego consigue que no disuene en la pluma de un personaje levemente alfabetizado, como Pascual. No descarto volver a leerla (no sé si entera, pero sí fragmentos) en los próximos años.

domingo, 22 de febrero de 2026

Pequeña historia de la literatura española

 


Publica Espasa, en sólido formato de tapa dura, el volumen Pequeña historia de la literatura española, de Nando López. Y sin duda esta edición constituye una espléndida noticia para los amantes de los libros, porque el tomo nos invita a participar en un agradable recorrido que, iniciándose en las jarchas del siglo X, nos conduce hasta la actualidad (se mencionan incluso obras publicadas en 2025, como Los íntimos, de Marta Sanz). Para ese viaje (que los protagonistas de la cubierta realizan en burros y rocín, pero que nosotros acometemos a lomos de libros), Nando López utiliza una documentación exhaustiva, abundantes citas elegidas con acierto y una atinada selección de autores y obras. Pero, sobre todo, recurre al espolvoreo del humor que, como un maná sonriente, impregna las páginas: así, cuando habla en la 106 de algunos textos de Fernández de Moratín, alude a "su Álbum de Venus -título versión light- o su Arte de putear -título versión hardcore-"; o cuando comenta en la 237 que Carmen Martín Gaite y Rafael Sánchez Ferlosio estuvieron casados lo etiqueta como "momento ¡Hola!". Son dos ejemplos espigados entre los centenares que atesora el volumen. El rigor, bien queda demostrado en este delicioso libro, no tiene por qué estar reñido con la amenidad.

Y, por supuesto, hay que subrayar también la importancia de las encantadoras ilustraciones de Luis Doyague, que lo mismo nos muestran a Eduardo Mendoza espiando en una esquina que a Valle-Inclán construyendo una embarcación, sin olvidarnos de ese don Quijote con camiseta de Superman o esa Gloria Fuertes que, en su papel de maestra, hace cantar a coro a José Hierro, Blas de Otero y Gabriel Celaya. Policromadas, divertidas y sorprendentes, sus imágenes provocan siempre una intensa curiosidad en la persona que está leyendo el libro. Docentes, padres y estudiantes son los destinatarios naturales de la obra. O sea, usted. O sea, yo. O sea, cualquiera.

sábado, 21 de febrero de 2026

El cine en la educación de los españoles

 


Hay pocas cosas más satisfactorias en el mundo que estar atrapado por una pasión noble. Y si esa pasión, además, te sirve para refinar tu gusto, incrementar tu cultura, enriquecer tu tiempo y ensanchar tu alma, es probable que sientas la necesidad de compartir con las demás personas tu entusiasmo. Eso explica que se redacten y se publiquen volúmenes como esta maravilla de Pascual Vera Nicolás, El cine en la educación de los españoles, que editaron conjuntamente la UNED y Editum.

En sus páginas no solamente se analiza la importancia capital que el cine tiene desde hace décadas en la conformación de nuestras vidas (nuestras referencias visuales, nuestros ídolos, nuestros modelos de comportamiento, incluso algunas de nuestras frases), sino el papel imprescindible que desarrolla en nuestros hábitos, nuestra forma de pensar. Y como el autor es consciente de que no puede existir “ninguna cinematografía que pueda dar la espalda totalmente a la realidad en la que ha sido generada” (p.25) se sumerge en un impresionante ejercicio de análisis que conecta películas y elementos sociológicos de la España de las últimas décadas. Recurriendo a diálogos y secuencias memorables de cientos de obras (el recorrido anonada por su ambición), Pascual Vera disecciona y explica las férreas conexiones entre la “realidad” y su conversión en imágenes, mostrando que el cine y la vida dialogan, se dan la mano, se conectan e impregnan entre sí. En ese sentido, recomiendo de forma especial la intensísima y valiosa sección cuarta del tomo (“La representación de la realidad social española a través del cine (1966-2000)”), donde utiliza innumerables películas de Pedro Lazaga, Manuel Gutiérrez Aragón, Mariano Ozores, José Luis Garci, Fernando Colomo, Pedro Almodóvar, Jaime de Armiñán, Fernando León de Aranoa, Bigas Luna, Josefina Molina, Luis García Berlanga, Carlos Saura o José Luis Borau para explicarnos de qué manera sus títulos han servido como reflejo del país en que surgieron; y de qué forma nos hablaron de temas tan interesantes como el amor, el matrimonio, la infidelidad, el machismo, la represión franquista, la homosexualidad, la emigración, la política o la educación de la época.

Pero, por encima de todos sus valores ensayísticos (que son muchos y que asaltan al lector en cada página que recorre), el atractivo principal de este volumen es, en mi opinión, la manera en que nos despierta volcánicamente las ganas de ver, o volver a ver, muchas de las películas que se mencionan en el texto. Solo por eso ya tendríamos que darle las gracias a Pascual Vera puestos en pie y aplaudiendo.

jueves, 19 de febrero de 2026

El invierno en Lisboa

 


En 1986, un treintañero jienense llamado Antonio Muñoz Molina irrumpió en el panorama novelístico español con su obra Beatus ille, un texto exigente, inusualmente maduro y que revelaba un fascinante dominio de los resortes literarios. La concesión del premio Ícaro no hizo sino ratificar lo que los lectores más rápidos y sagaces descubrieron desde la primera de sus páginas: que un portentoso narrador había llegado a la literatura. En 1987, ese mismo treintañero publicó este libro, El invierno en Lisboa, un relato jazzístico-policial de impecable factura y prolongada perfección que fue sancionado con el premio de la Crítica y con el Nacional: la ansiada confirmación de su excelencia no había tardado ni un año en producirse.

Recordemos la historia que nos propuso en esta segunda entrega. Nos hallamos en San Sebastián, en un local nocturno conocido como Lady Bird, regentado por Floro Bloom. Allí toca el pianista Santiago Biralbo, que suele acompañar al saxofonista Billy Swann. Entre el público se encuentra Lucrecia, una hermosa mujer que acompaña a Malcolm, contrabandista de arte. Ella escucha fascinada a Biralbo, quien termina también por obsesionarse con ella, aunque sepa que su corazón (en apariencia) pertenece a otro hombre. Reparemos después en el más bien inquietante Toussaints Morton, que revolotea alrededor de Malcolm, al que lo unen turbios negocios relacionados con un cuadro de Cézanne. Unos años después, estando ya en Madrid bajo el nombre de Giacomo Dolphin, Biralbo le va contando fragmentos de su historia al narrador, que fue íntimo amigo suyo en la época del Lady Bird. Ahora, añadan ustedes la música proteica del jazz, el alcohol que las noches invitan a consumir, las nieblas de la ciudad de Lisboa, paseos por callejones tan inquietantes como amenazadores y bastantes (quizá demasiados) secretos, medias verdades y dolorosas mentiras. Pero, sobre todo, añadan la prosa más excepcional que es concebible componer en idioma castellano. Ya tienen El invierno en Lisboa. Ya tienen a Antonio Muñoz Molina.

El resto se compone del silencio en que ustedes deben leer la obra, para no dejar que los ruidos exteriores los distraigan del fluir armónico de su sintaxis, de su léxico intenso, melancólico y exacto, de sus retratos anímicos inigualables. Les aseguro que la recompensa la degustarán en cada página, en cada párrafo, en cada frase. Y se convertirán (a mí me ocurrió) en seguidores y creyentes de esta religión llamada Antonio Muñoz Molina.