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lunes, 14 de abril de 2025

Reserva natural

 


La publicación de este volumen (que se produjo, madre mía, hace más de un cuarto de siglo. Cómo pasa el tiempo) supuso una cierta sorpresa entre el público lector de 1998, porque Juan Manuel de Prada venía de protagonizar dos sonoros bombazos con Las máscaras del héroe y con La tempestad (ganadora del premio Planeta) y, de pronto, aterrizaba en las mesas de novedades de las librerías con un volumen de artículos. Pero tras ese momento de estupor se pudo comprobar que el espíritu de la obra respondía al mismo patrón: el de un prosista “millonario de metáforas” (el sintagma es suyo), con un talento caudaloso y con una oceánica capacidad de lenguaje, que solventa con la misma elegancia un ditirambo lírico dedicado a los mineros de España (“Germinal”), una profesión de fe literaria (“Ramón, primitivo, fetichista”), una acusación contra los nuevos sistemas educativos (“Contra la ESO”), la genuflexión agradecida frente a un periodista leído y admirado (“Cien veces Alcántara”), la denuncia inflexible del fetichismo cultural (“El Guernica”), la irónica burla ante la impostada bondad de cierta famosilla (“Lady Caridad”) o la feroz andanada contra esa “lepra exportable” (sic) que fue la canción La Macarena.

Alguien dijo una vez que de los genios hay que aprovechar hasta las migajas, pero se olvidó de precisar que, casi siempre, las presuntas migajas de los elegidos (y no es improbable que Prada sea uno de ellos) superan en belleza, valor y exquisitez a las más trabajadas producciones de esas legiones de mediocres que a menudo nos distraen en los escaparates libreros con sus novedades.

Una obra para abrir, al azar, por cualquier página y quedar deslumbrado con su estilo.

viernes, 30 de abril de 2010

El círculo de Viena




El año pasado, como un maná inesperado y sumamente agradable, llegó a mis manos un breve librito que se titulaba Cuaderno escolar, que devoré con sumo interés. Se me antojó su autor (el extremeño Juan Ramón Santos) una de esas voces que, de vez en cuando, nos reconcilian con la literatura de calidad, con la prosa elegante y cuidada, con los relatos bien organizados. Como su primer cuento apenas tiene trece palabras, no me resisto a la gozosa tentación de copiarlo aquí: “Le mataron la paloma y quedó triste, envejecido, desanimado, apenas uno y bino”. La fulguración de un estilo tan brillante me hizo interesarme por obras anteriores de Juan Ramón Santos, y ésta de hoy es un buen ejemplo: El círculo de Viena, que le editó la asturiana Llibros del Pexe. Ya desde su ilustración de portada nos deja bien claro qué territorio se nos va a ofrecer: es un mapa donde observamos que las ciudades de París o Lisboa no están en su sitio. Quizá esa metáfora visual entregue la esencia más pura del escritor: la de un ilusionista que es capaz de engañarnos, de vendernos territorios fantásticos, de reinventarse la topografía del alma y del mundo. En las siete historias que conforman el volumen nos encontraremos con el melancólico empresario Menaud, que busca por múltiples países e idiomas una palabra especial, que traduzca la esencia de su espíritu; con el asombroso Nuno Guedes, que construye su tarea vital alrededor de Fernando Pessoa; con un pobre hombre que deambula por los actos culturales de su pequeña ciudad formulando preguntas extrañas; con el anciano que, tras quedarse viudo, viaja hacia el sur en busca de su centro emocional; o con el protagonista de la novela corta que cierra el volumen, que se verá envuelto en una disparatada situación donde la música de Mozart, los masones, su desconocimiento del idioma, las miradas inquietantes que le dirigen dos personas a las que bautiza como Hans y Klaus, y el presunto proyecto de matar a un bebé terminarán conformando una historia delirante, que lleva a los lectores de la inquietud a la sonrisa, de los nervios al estupor. Brillante Juan Ramón Santos. Convincente Juan Ramón Santos. Esperanzador Juan Ramón Santos. No se trata de un escritor más. Y si no, al tiempo.