lunes, 26 de octubre de 2020

El incendio

 


Ocurre con ciertos libros que, si nos dejamos llevar por la impresión desagradable que nos provocan sus primeras páginas, podemos perder la oportunidad de terminarlos. Con El incendio, de Rodrigo Rubio, he estado a punto de sucumbir a ese error, porque hasta bien entrada la mitad del volumen mi lectura estaba resultando negativa. De hecho, apunté en algunos márgenes frases como “Estilo polvoriento”, “Costumbrismo chato”, “Tufo a Jarama” y otras de parecida textura. Por suerte, la corta extensión del tomo me animó a continuar; y ahora celebro haberlo hecho, porque mientras que la mayor parte de sus núcleos argumentos (el cotilleo de las vecinas, la violencia doméstica de los varones, las borracheras, etc.) me provocaban bostezos, dos de ellos adquirieron en el tercio último una densidad interesante: el incendio que se declara en los montes cercanos a la localidad (y para cuya extinción se recluta a los mozos) y el aborto clandestino al que se somete Encarna en casa de la Dora.

En el primer caso, el escritor albaceteño consigue transmitirnos muy bien los disimulados gestos de cobardía o de insolidaridad de los lugareños, que buscan todas las mañas para evadirse a la hora de colaborar contra el fuego (llegando a la cómica situación de encerrarse varios en el aseo del bar). Entre las razones aducidas se desliza la insinuación, fácilmente comprensible, de que la zona que arde pertenece a un terrateniente y que, por tanto, nada pierden ellos con la propagación de las llamas. En el segundo caso, la gran virtud narrativa y argumental consiste en mostrarnos al novio de Encarna como un chico timorato, o tal vez consecuente, que está dispuesto a fugarse con ella y convertirse en su marido; es ella quien prefiere zanjar el asunto con la intervención de la vieja Dora.

No es, desde luego, una novela para tirar cohetes, pero es justo reconocer que va ganando en intensidad conforme se avanza por sus páginas. Quizá me adentre en otro libro de Rodrigo Rubio más adelante.

sábado, 24 de octubre de 2020

Cuando la sociedad es el tirano

 


Durante unos días, me paseo por las páginas de Cuando la sociedad es el tirano, donde se recopilan un buen número de artículos periodísticos de Javier Marías. El verbo que empleo (pasear), pensándolo bien, no resulta aquí riguroso, porque parece sugerir una actividad realizada de manera casi indolente; y nada más lejos. Leo siempre sus artículos (supongo que ya lo habré comentado en este Librario alguna vez: no me importa repetirme) con admiración, pues me parece la suya una mirada inteligente, ponderada y lúcida. Discrepo quizá con algunos de los planteamientos o de las conclusiones a las que llega, pero jamás pierdo de vista que su forma de escribir es elegante y que su forma de pensar es honesta y coherente: con alguien así no supone ningún problema disentir, porque se intuye que el respeto ondeará por ambas partes.

Javier Marías me parece un opinador magnífico, un gran analista de este mundo en el que vivimos (“difícil, complicado y marrullero”, como afirmaba Joan Manuel Serrat antes de cantar el famoso tango de Enrique Santos Discépolo), donde demasiados analfabetos, hipócritas, mendaces y manipuladores campan a sus anchas, tanto en la política, como en la cultura o la economía. Reacio a toda forma de rendición (porque claudicar supone dejar el campo expedito a los más deplorables especímenes), el escritor madrileño señala, disecciona y, sobre todo, nos hace mirar lo que quizá sólo hemos visto. Donde otros aportan únicamente opiniones o exabruptos, él incorpora reflexiones, comparaciones históricas, ideas y páginas de brillante formato. Y nunca se deja llevar por el insulto gratuito, o la demagogia, o el proselitismo. Las fórmulas personalizadas (“para mí”, “yo creo” y similares) siempre nos dejan claro que expone su opinión, sin considerarla ley, acerca del independentismo catalán, la deriva totalitaria de Donald Trump, el fango creciente de la televisión basura, los abusos de quienes exigen en lugar de pedir y mil temas más, que nos ofrecen un panorama muy completo de nuestro entorno, a veces tan aborrecible.

¿Que si seguiré leyendo los volúmenes recopilatorios de Javier Marías? La duda ofende.

jueves, 22 de octubre de 2020

El coronel no tiene quien le escriba

 


Ignoro las veces que habré leído El coronel no tiene quien le escriba. Tal vez cinco o seis. Quizá alguna más. Y en cada abordaje que ejecuto a la obra me encuentro con la misma sensación de pureza, de elegantísima prosa, de vocabulario exacto, de poesía natural (sin duda, largamente urdida, pero de expresión inocente y como encontrada), que me convencen de la maestría absoluta del escritor Gabriel García Márquez. El cuadro que aquí nos presenta está integrado por personajes vivos, por paisajes definidos y por temperamentos firmes que, no obstante, fluyen de un modo inaudito. En algún sitio he leído (¿Paco Umbral?) que la grandeza estilística de un autor consiste en dar la sensación de haber logrado su objetivo sin esforzarse, como si la música del relato hubiera tomado posesión de él y se expresara de forma autónoma e inequívoca.

La historia del coronel y de su esposa asmática, del hijo que fue “acribillado nueve meses antes en la gallera, por distribuir información clandestina”, del avariento don Sabas, del abogado que está siempre “tendido a la bartola en una hamaca” y que se ve impotente para conseguir la anhelada pensión que permita salir a su representado de la pobreza, de los amigos fervorosos de su hijo (que se obstinan en que el gallo que criaba el muchacho al morir llegue a la época de las peleas, para servir como redención de todos ellos) o del médico bondadoso, que conforta a la delicada esposa del coronel y que le presta a éste los periódicos, para que se entere de la actualidad, no podría haber sido contada de otra forma. Es imposible que fuera contada de otra forma. El novelista colombiano ha escrito con un estilo único una historia única. Sencilla en su formato, pero hondísima en su espíritu; sobria en el planteamiento, pero airosa y poética como pocas.

Conseguir contar de manera admirable y eterna un argumento sencillo es el máximo honor al que puede aspirar un novelista. Gabriel García Márquez, aquí, lo consigue sin un solo desmayo. Sublime (como dijo Charles Baudelaire) sin interrupción.

martes, 20 de octubre de 2020

Clepsydra

 


Mi amiga Teresa, exquisita y siempre atinada, me trae de Portugal un libro que llena de poesía mi tarde del domingo: Clepsydra, de Camilo Pessanha, en una hermosa edición bilingüe con traducciones de Jerónimo Pizarro y María Matta, ilustraciones de André Carrilho e introducción de Helena Carvalhão Buescu.

Son textos llenos de silencio, y también de visiones deliciosas: corazones perdidos o tristes que se arrastran por el suelo, asimilados a gusanos; soledades inefables después de la batalla; inviernos que colonizan el paisaje y el alma; poemas de una textura delicadísima, que se construyen para homenajear a la madre; pasos en la arena húmeda de una playa; revelaciones religiosas; reflexiones sobre el poder curativo o lenitivo de la amistad; canciones imborrables sobre la separación entre personas que se quieren; estupendos (algo melancólicos) versos sobre cómo los años se abalanzan sobre los bohemios, intentando derruirlos o amilanarlos; la calma de la muerte, frente a las aceleradas abominaciones del mundo.

Pero, entrelazado con todas esas bellezas temáticas y estilísticas, hay un elemento que me perturba: la traducción. No me atreveré a señalar (por desgracia, ignoro la lengua portuguesa) que resulte despreciable; nada más lejos de mi ánimo. Llevo toda mi vida dando las gracias a los traductores, porque me han permitido conocer a centenares de autores que me hubieran estado vedados sin su ayuda; así que figúrense si voy a menospreciar a Pizarro y Matta. En absoluto. Se trata, tan sólo, de una inquietud personal: si cambiamos las palabras del poeta por otras menos exactas, con el único fin de mantener la rima, ¿estamos siendo justos con el “espíritu” del compositor? En este volumen se puede comprobar en infinidad de casos que se ha preferido la rima a la semántica, y tal decisión a mí no me convence. Miguel de Unamuno afirmaba que la poesía es demasiado importante para ser transformada en música. Elegir la música de la rima frente a la música del sentido me parece discutible. Y aporto dos ejemplos de la página 81, como mera ilustración: si Camilo Pessanha habla de una frialdad que “não entristeça ninguém”, sus traductores optan por decir que “a nadie haga rehén” (para que luego rime con “desdén”). Un volatín muy forzado. Y, poco después, el verso “Que frio, que desconsolo!” se transmuta en “¡Qué frío, qué contienda!” (para que rime con “prenda”). Otra cabriola imperdonable.

Salvados esos arrecifes (cada verso que me gustaba lo miraba a continuación en su versión original, a la izquierda), el tomo es magnífico, enriquecedor. Y me permite seguir aumentando mis lecturas portuguesas, de las que nunca me sacio.

domingo, 18 de octubre de 2020

El malmuerto

 


Cuando te sumerges en las páginas de una novela, dos son, fundamentalmente, los aspectos que de ella pueden cautivarte: el “fondo” y la “forma”. Es decir, su argumento y peripecias, las historias que nos relata (por un lado); o la manera en que está redactada (por el otro). En el caso de El malmuerto, la narración que la asturiana Marta Portal publicó al año siguiente de obtener el premio Planeta, he de confesar que por desgracia ninguna de ambas facetas me ha resultado seductora. Y bien que lo lamento: cada vez que abro un nuevo libro me ilusiono con la posibilidad de que suceda al contrario.

Condensada en pocas líneas, la novela se propone trasladarnos la historia de cómo el coronel hispanoamericano Alejandro Balcázar atropella fortuitamente al indio Antonio Manuel Galves, que recorría de noche la carretera en una bicicleta mal iluminada. Como es natural, ese accidente lo perturba y conmociona: lo lleva al hospital, se encarga de avisar a la familia, encomienda al doctor que lo cuide de la forma más escrupulosa posible… Hasta ahí, todo bien. Los problemas surgen cuando Balcázar, solo en su domicilio, decide pegarse un tiro como consecuencia del remordimiento. Este arrebato, en alguien que acaba de ser propuesto para un elevadísimo cargo estatal, se antoja difícilmente justificable. Pero es que, incluso aceptando que la reacción pudiera resultar “verosímil”, la escritora estira todavía más la credulidad del lector: Balcázar decide dejar todos sus bienes a la viuda del indio. Y, antes de que el bocado sea digerido, riza aún más el asunto: solicita ser enterrado junto al ciclista atropellado, en una humilde tumba. Escasos serán los lectores que continúen creyéndose de buena fe esa línea argumental.

En cuanto a la forma, idénticos despropósitos: todos los personajes se expresan con un lenguaje idéntico, almibarado y ñoño, encharcado de lugares comunes y abstracciones melosas; generales que afirman sentirse guiados tan sólo por el bienestar del pueblo; coroneles que reciben desengaños amorosos súbitos y que, en apenas un par de minutos, se convencen de que esa frustración es buena, porque les permitirá concentrarse en su labor altruista y benéfica a favor de los más humildes; descripciones ambientales que, sin venir a cuento, indagan en las características de la arquitectura colonial… No alargaré la lista para no parecer sañudo.

La única justificación que encuentro para una novela tan defectuosa, tan plana y tan increíble, es que la autora fuese “animada” a entregar un nuevo manuscrito, al año de obtener el premio Planeta, para consolidar su posición en el mercado literario nacional (la última página de la obra registra esta interesante anotación de Marta Portal: “Son Angelats, julio-agosto de 1966”. Dos meses de escritura, pues). La otra opción (que fuese directamente mala narradora) no me aventuro a suscribirla, con un solo libro como base.

viernes, 16 de octubre de 2020

Morir de amor

 


Sabemos algunas cosas de Miriam, pero no podemos estar seguros de que todas resulten ciertas, porque en la construcción del personaje que lleva a cabo la dramaturga Diana M. de Paco Serrano se confunden lúdicamente las verdades y las posibles hipérboles mentirosas. Es incuestionable que tiene “unos 55 años”, que ha perdido todo interés por su marido (nos dice que es “gordo” y que la mira con “complejo de superioridad”) y que acaba de pasar la noche en un hotel con el hombre que se ha convertido en su “amante oficial”. Y resultan menos fiables los episodios (parecen exagerados) en los que explica sus aventuras sexuales con un asistente de vuelo llamado Javier y con el piloto del avión, quienes la usaron a la vez para formar un trío de besos lúbricos, magreos y quién sabe si algo más.

Pero todo ese dibujo nebuloso, de mujer al mismo tiempo abatida y resuelta, acoquinada y frenética, constituyen tan sólo el preámbulo para escucharla en la habitación del hotel, donde se dirige al anónimo amante. Porque ahí es donde se encuentra la auténtica esencia del drama: en la operación en la que, entre bromas sobre noticias periodísticas, anécdotas libidinosas y lágrimas escondidas, Miriam va desnudando su alma y nos deja ver sus heridas, largas, hondas, terribles. Porque a la amargura de haber perdido el amor de su marido (cuya degradación física y moral ha sido constante) se une la conducta celosa e impresentable que su amante “oficial” despliega con Miriam: la golpea con violencia cada vez que se le antoja. Así, el lector de esta pieza tiene la sensación amarga (pero firme) de que el asistente de vuelo y el piloto del avión se erigen en sublimaciones amorosas que ella urde para no sucumbir al llanto: dos hombres que la rondan, la desean y la tratan con tanto frenesí sexual como respeto.

Rodeada por esas cuatro figuras varoniles, que se combinan en su cuerpo y en su mente, Miriam nos conduce de la mano hasta el tristísimo final de la obra, que nos deja tragando saliva y con el estómago revuelto.

miércoles, 14 de octubre de 2020

Poema del cante jondo

 


Llego del instituto, me quito los zapatos, me preparo un café y cojo de la biblioteca de casa el Poema del cante jondo, de García Lorca. Ni lo tenía previsto, ni tiene mayor explicación. Lo he cogido y punto. Y con él abierto entre las manos se me quita la fatiga y me evado del mundo que me rodea, porque las palabras de Federico bailan ante mis ojos y trazan su música entre mis dedos.

No sé cuántos años hace que leí por primera vez uno de los textos de esta obra (quizá cuarenta), pero recuerdo perfectamente que fue “La guitarra”. En estas páginas me enteré de que aquel instrumento era un corazón malherido por cinco espadas, y que en él danzaban seis doncellas (tres de carne y tres de plata), y que las abrazaba un Polifemo de oro. Ahí es nada. Y luego venían las revelaciones líricas de “Balcón”, de “Pueblo”, de “Sorpresa” o del magnético e inmortal “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”. Como para no enamorarse del poeta.

A veces, García Lorca nos invita en este libro a escuchar la música alígera de sus asonancias; y a veces permite que a sus versos se les caiga la rima, como si el poema (mujer sensual) dejase resbalar su vestido hasta el suelo, para brillar en su divina desnudez. En ambos casos, su mano mantiene firmes las riendas del vuelo poético, que se encarna en composiciones pequeñas, delicadas, juguetonas y niñas; y que nos recuerda la gracia imperecedera (el duende imperecedero) de este andaluz universal.

Su voz, nunca asesinada, sigue sonando en nuestros oídos. Su talento, nunca asesinado, palpita bajo la tierra de Granada. Su obra, inmortal y gigantesca, está fabricada con la tinta de la eternidad.

lunes, 12 de octubre de 2020

El loco

 


Tenía, probablemente, unos dieciséis años cuando leí El loco, de Khalil Gibran; y recuerdo que me embriagó aquel conjunto de anotaciones, minirrelatos, leves diapositivas y estampas que el escritor libanés. Luego, ya no insistí en ningún otro volumen suyo (aunque pasó por mis manos El profeta, que no llegué siquiera a comenzar).

Ahora, casi cuarenta años más tarde, vuelvo a la obra. Y no acierto a comprender por qué razón me gustaron tanto estas páginas, que se me antojan en la actualidad un manojo de obviedades donde fábulas (“El zorro”), apólogos e incluso episodios de la Biblia (“Los dos ermitaños”) se unen para componer un refrito edulcorado y misticoide con el que, a la postre, se pretende sustituir una teología por otra: de las pautas que nos marcan desde fuera a las pautas que nos marcamos desde dentro (y que queremos considerar válidas universalmente, al modo kantiano). Huérfano de mecanismos propios para construir ese edificio ideológico, Gibran acude a la nomenclatura religiosa de su entorno (Dios, Satanás, Crucifixión, Gehena) y la mezcla con unos fervores más bien pedestres, que impresionarán a los visitantes más jóvenes (a mí me ocurrió), pero que más dificultosamente resistirán el análisis de una persona más leída o reflexiva, que sentirá en cada página que está leyendo a un Zaratustra ñoño y descafeinado.

Supongo que todo tiene su edad en el mundo de los libros. Y la de Gibran, a mí, desde luego, se me ha pasado.

jueves, 8 de octubre de 2020

Eva a las seis

 


Lo más perturbador de la pieza teatral Eva a las seis, de Diana de Paco Serrano (que acaba de publicar Ediciones Irreverentes), es lo difícil de aceptar y lo incómodo de digerir que nos resulta su idea central: que su protagonista (la joven filóloga que acaba de madrugar para encontrarse con un despido en su trabajo) puede ser cualquier joven, no importa su sexo o su preparación. Que puedes ser, por ejemplo, tú. O que su madre y su padre, dos grises fracasados que chapotean en la vida para no ahogarse, pueden ser los tuyos. O que puedes ser, por ejemplo, tú. Nadie está a salvo, en esta sociedad salvaje y competitiva, de las asechanzas de la arbitrariedad. Te lo justificarán diciendo que no dominas idiomas, o que tu preparación informática es deficiente, o que resultas poco flexible en tus horarios laborales. En el fondo, se trata de algo tan espantoso de admitir como innegable: que, como bien dijo el soldado John Rambo, somos prescindibles.

Eva, sobresaltada por el despertador, acude a su centro de trabajo y lo descubre de un modo abrupto; y el mazazo la perturba. Nada le importa a su jefe (quien se presenta, petulante y patético, bajo el rótulo de The Boss Production Manager Human Resources Chief Universal, acólito del inglés intimidatorio) que la chica tenga un hermano en condiciones médicas lamentables, o que sus padres fueran antiguos empleados de la compañía. Todo eso constituye, a su entender, simple hojarasca para ser barrida por el viento, anécdota insignificante, fruslería.

Este trasfondo argumental, que ya resulta triste en sí mismo, queda intensificado por la dramaturga mediante un procedimiento muy llamativo y muy eficaz: deja a la protagonista sola en escena. Nadie la acompaña. La amargura y la zozobra (lo descubre Eva y lo descubrimos nosotros observándola con aflicción) no pueden ser compartidas. Pero es que, además, ese desamparo se convierte en una diana terrible sobre la que percuten las voces del resto de personajes: su jefe, sus padres, su hermano. Eva escuchará cómo todos se ponen de su lado o frente a ella, cómo todos intentarán consolarla o persuadirla para que admita la rendición. Y ella traga saliva, mientras los lectores y espectadores sentimos que un latigazo de compasión, de ira y de impotencia nos encharca la boca.

Diana M. de Paco Serrano, autora imprescindible del teatro actual.

martes, 6 de octubre de 2020

Sin saber qué te espera

 


Leo, con emoción y con gratitud, la delicada poesía que contienen las páginas de Sin saber qué te espera, porque en ellas descubro el latido verdadero de aquellas palabras que se pronuncian y se escriben para permanecer en el recuerdo y en el corazón de los lectores. Aletea en este pequeño volumen una poesía adelgazada hasta su esqueleto de significados y emociones, huérfana casi de adjetivos, porque el autor confía el mensaje (su importante mensaje) al equilibrio inmaculado entre sustantivos y verbos. Es decir, entre palabras sustanciales, que ya portan en sí mismas la esencia de lo comunicable. El poeta elige para decirse un camino desbrozado de filigranas, consciente de que “el lenguaje construye tu casa” (p.22) y que, en todo caso, la impoluta lección zen nos explica que “el mejor nido / es el silencio” (p.14). Alrededor de estas emociones (la soledad, el amor, la nostalgia, la tristeza, la melancolía), laten los elementos poderosos de la naturaleza (nubes, acantilados, olmos, fuentes, pájaros, avispas), que quedan configurados como espléndido marco sensorial, vital y literario.

Con esos hilos coloreados por el sentimiento, Jesús Aparicio González nos deja ante los ojos su cabalgata de propuestas: la sencillez del anhelo (“En mis zapatos”), la epanadiplosis de la incertidumbre (“Un sueño blando”), las cosas leves y trascendentes que constituyen el vivir (“Pequeño inventario”), los textos dibujados como ondas concéntricas (“Luz”), la airosa música popular o lorquiana (“Siete vasos de agua”) o la impresionante secuencia final, centrada en el fallecimiento de un ser querido (“Epílogo tras una despedida”).

Un libro para leer en sosiego, en silencio y en soledad. Poesía, en suma.

domingo, 4 de octubre de 2020

Miguel Espinosa

 


Se coge en las manos este libro, este documento excepcional, y lo primero que asombra y embriaga es la extensión que cubre: casi ochocientas páginas. Es un número que provoca una felicidad sin límites, porque te permite suponer que vas a tener acceso, como lector, a mil y un detalles del universo de Miguel Espinosa, gracias a la memoria, el fervor y la tenacidad anotadora de su hijo Juan. Y así es, en efecto. Pero muy pronto esa sensación de dicha se expande, porque el conjunto de informaciones y emociones que el autor nos suministra sobre su padre desborda e inutiliza los diques anticipados: cartas, anécdotas acaecidas en Mi Bar o en el café Santos, conversaciones con José López Martí, episodios eróticos, diálogos entre padre e hijo, escenas domésticas, paseos por Murcia, transacciones comerciales, reflexiones filosóficas, películas, cuadros, telegramas, anotaciones manuscritas en márgenes de libros, pormenores médicos, deudas, su número como proveedor de Galerías Preciados… Y también descubrimos algunos ángulos y detalles con los que podemos conocer mejor al propio autor de la obra (profesor de filosofía y, según una broma que él mismo desliza en la página 430, anunciante de melones), y también a su madre o su hermana. En cierto modo, este espléndido despliegue informativo nos sitúa ante el universo Espinosa (intelectual y familiar) en toda su amplitud, lo que convierte este volumen en pieza admirable y digna de aplauso.

Recuerdo perfectamente el día en que escuché a Juan Espinosa en la universidad de Murcia, durante el congreso que se tributó a la memoria de su padre. Cuando se hizo el silencio en la sala comenzó así: “Miguel Espinosa fue mi padre, mi maestro y mi amigo”, para muy poco después dejar en nuestros oídos expectantes esta otra afirmación: “Cuando desapareció mi padre, descubrí que había vivido tantos años junto a él sin llegar a hacerle esta pregunta, que ahora me parecía decisiva: ¿Quién eres tú?”. Ahora, he escuchado ese texto otra vez (y digo bien: escuchado) en la primera parte de este tomo, en la cual el hombre que durante su época como escolar era conocido por el apodo de “Mister Hausen”, que durante su madurez “hizo auténtico arte de la relación padre-hijo” y que siempre fue “incapaz de guardar un secreto, y así lo reconocía, risueño” vuelve a alzarse ante los ojos de los lectores, con la majestad del genio.

Gracias a la labor rememorativa de Juan Espinosa los lectores tenemos acceso a humoradas (“Durante algún tiempo, mi padre pensó que las personas y los edificios muy altos tenían otra cosa en común: que la última planta estaba vacía”, p.311), momentos de estrechez (“Mi padre, de viaje; mi madre, sin dinero. Y este cuadro: ella ofreciendo en prenda el reloj despertador, a un farmacéutico, a cambio de medicinas para mí”, p.329), picardías sensuales del escritor (“El pintor José María Falgas aún recuerda estas palabras de Miguel Espinosa: Háblales al oído. Las mujeres tienen un clítoris en la oreja”, p.387), anécdotas educativas (“Me decía cosas que estaban por encima de mi edad. Pero no cabe esperar a que el niño entienda, para hablarle; si se espera, nunca entenderá”, p.182), dulces devociones filiales (“No se quejaba mi madre de las dificultades económicas. Ella, siempre sufrida, animosa y alegre. Desde hoy, quiero que me llamen así: Hijo de Teresa Artero”, p.663) y hasta coincidencias lastimosas (“Jueves 25 de enero de 2018: Presentación de Cartas a Mercedes, de Miguel Espinosa, en Murcia. Sábado 27 de enero: Fallecimiento de Mercedes Rodríguez, en Madrid. Los dos lo habían hablado. -Ya sabes, Mihayl… En cuanto salga el libro, yo me voy contigo, desaparezco. Él sonríe; le coge una mano, y dice:  -¡Qué bien, Merceditas!”, p.741).

En este volumen, que nace con el propósito de ser “un ciclo de historias, y una enciclopedia” (p.276) y que tiene vocación de convertirse en “una cuesta que lleva hasta Miguel Espinosa” (p.547), Juan coloca casi ochocientas sillas formando un amplio círculo alrededor de la figura de su padre, para que nos vayamos situando en ellas y apreciemos todos sus ángulos, todos sus escorzos, todas las distancias y todas las luces y sombras. Al final, obviamente, seguiremos sin saber quién fue en verdad aquel coloso de las letras; pero sentiremos que se nos han facilitado muchos detalles impagables para enriquecer nuestra admiración. Únase a esa virtud central otra belleza innegable del libro: la elegancia de Juan Espinosa a la hora de narrar la historia (o las historias) de su padre.

Un libro magnífico para comprender un poco mejor a un escritor inmortal. Gracias sean dadas.

viernes, 2 de octubre de 2020

Cuento cosas del huésped que me habita


 

En este nuevo poemario, el caravaqueño Miguel Sánchez Robles continúa con su descarnada exploración del ser humano y sus circunstancias. El primer verso del libro afirma sin contemplaciones que “Crecer es siempre triste” (p.15) y el último pregona con amargura o resignación que el poeta se encuentra “sin esperanza” (p.110). Entre ambas frases cabe toda la tristeza del mundo, todos los grises de la vida, todo el légamo de un corazón que no entiende ni es entendido (“Sólo soy lo que ves: / el sabor del fracaso metido entre los dientes”, p.18). La gran novedad estilística de este volumen radica en que el poeta se desdobla en dos figuras (yo-tú) que son facetas de sí mismo, que a veces se funden en un mismo verso de manera magistral (“Amas lo que ha quedado de nuestra juventud”, p.27) y que a veces llegan a combinaciones de una belleza telegramática (“Escribes y envejezco”, p.39).

Los demás siguen siendo un espectáculo patético o que, en el mejor de los casos, produce en el poeta una ensoñación melancólica (“Fíjate cómo ríen, / creen que están a salvo”, p.53); y uno mismo (el yo de fuera, el yo de dentro) se convence a la postre de que todo lo que nos rodea “ha ido adquiriendo la tristeza del barro” (p.93)… En esas condiciones, es normal sentirse herido por una infinita derrota: “¡Qué viejo eres ahora! / Callado, / taciturno, / vencido por la vida, / tan cansado de ti mismo / que quisieras llorar / y estoy llorando” (p.76).

Miguel Sánchez Robles se estremece profundamente cada vez que mira hacia el pasado y descubre allí los paraísos que perdió; pero la tentación es humana y tiene un fundamento ideológico clarísimo. Aldous Huxley, en una de sus piezas menos conocidas, lo expresó certeramente: “La vida ha de vivirse hacia delante, pero sólo puede comprenderse en retrospectiva”.