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miércoles, 3 de noviembre de 2021

Veinticinco de hace veinticinco

 


Un libro escrito por amor. Así resume Víctor Colden (1967) este “artefacto narrativo” que ha publicado en 2021, con el primor habitual, el sello Newcastle Ediciones. Veinticinco de hace veinticinco es un viaje hacia atrás en el tiempo, en el que la mirada, el corazón y el cerebro del escritor madrileño se trasladan desde el año 2013 hasta 1988 para recordarse a sí mismo. Y para recordar, también, los escenarios anímicos, familiares, sociales, musicales e intelectuales en los que el joven estudiante de Filología Románica comenzaba a trazar los senderos de su existencia. Era aquella época mágica en la cual “el tiempo no volaba y yo tenía tiempo para todo” (p.12) y en la que comenzaban a acuñarse las fórmulas que regirían el universo íntimo del autor: brillaban inauguralmente los ojos de María Luisa; Leonard Cohen difundía su voz oscura y ronca, en discos perseguidos y recopilados con pasión; el italiano y el rumano se convertían en idiomas amados; había presencias aún ausentes y ausencias aún presenciales (“Hace veinticinco años la vida, de manera inconcebible, era un sitio en el que no estaban Diego, Sofía ni Pablo, y ahora, veinticinco años después, un sitio en el que, de manera igual de inconcebible, no están mi padre ni los abuelos de Málaga, ni Manolito, Bruno, Enrique o Antonio”, p.23); un accidente de tráfico todavía no lo había convertido en huérfano; Nacha Pop anunció su separación; Gabinete Caligari se fue camino Soria; y el mundo era aún posibilidad y aurora, misterio y lentitud.

Estas delicadísimas hojas son las tablas, las jarcias y los clavos con los que se fue construyendo el barco con el que navegar por la vida; de tal modo que leyéndolas ahora, advertimos con nitidez su condición de notas musicales que, reunidas y pronunciadas en su orden, componen una partitura casual o causal (quién puede saberlo), armónica, lánguida, conforme e inacabada.

Un libro, sin duda, memorable.

jueves, 25 de junio de 2020

Sherlock Holmes en Venecia




Uno de los episodios menos conocidos de la vida de Fernando Pessoa es que una vez que visitó Fátima fue testigo de un avistamiento ovni. Al principio, creyó encontrarse ante una aparición mariana, porque la femenina figura de luz que se plantó ante él sonreía y lo llevó durante unos instantes a la confusión; pero poco después pudo adentrarse en una nave espacial situada a las afueras de la localidad y constató que no se trataba de la Virgen María, sino de un robot extraterrestre. También el escritor vasco Pío Baroja tuvo ocasión de contemplar el despegue de un objeto de grandes dimensiones, tripulado por figuras enigmáticas.
José Luis García Martín nos cuenta estas historias en su asombroso libro Sherlock Holmes en Venecia, que publicó hace un par de años el sello Newcastle Ediciones y que se completa con otras narraciones divulgativas no menos espectaculares, como la que relaciona el asesinato de Prim con el poeta Gustavo Adolfo Bécquer, la que muestra a Jorge Luis Borges acobardado ante el hieratismo manipulador de María Kodama, la que resume el encuentro de Luis Cernuda con un fantasma o la que revela la existencia de un poemario de amor (inédito) que Rafael Alberti entregó manuscrito a su amante Beatriz Amposta.
Todas estas páginas (el autor se apresura a subrayarlo desde el título de la obra) son “historias verdaderas”, y lo cierto es que yo acepto sin reservas esta solemne declaración y que pondría la mano en el fuego por la exactitud del sintagma. Y no sólo son verdaderas, sino que también constituyen una delicia desde el punto de vista narrativo. Por eso me permito sugerir su lectura: unas horas de amenidad literaria de alta calidad.

miércoles, 3 de junio de 2020

Lo que lee un editor




El argentino Jorge Luis Borges recordó en una de sus obras el conocido dictamen de Emerson, según el cual los libros no abiertos eran simplemente volúmenes, objetos, cosas entre las cosas; y que sólo al abrir sus páginas y dejar que nos hablen comienza su verdadera vida: su diálogo con nosotros, su fulgor silente, su “invasión poderosa” (como dijo otro poeta). “Leer” significa, entonces, muchas cosas: abrirse, escuchar, hablar, pensar, aprender, reconsiderar, descubrir, ser.
Javier Castro Flórez acaba de publicar en Newcastle Ediciones un delicado tomo que lleva por título Lo que lee un editor. Y hay que reconocer que ha sido muy ingenioso a la hora de elegir el marbete, porque su intención no radicaba, creo, en explicarnos qué obras lee un editor (como se deduciría de una primera lectura, algo plana, del enunciado), sino en desgranarnos lo que deduce de lo leído, lo que absorbe de lo leído. Y, consiguientemente, cómo ese mensaje que los libros dejan dentro de él sale más tarde, empapado de su propia vida, en forma de reseñas.
En ellas nos habla de la vanidad del escritor, condenada a quedar cubierta por el polvo del olvido; de su indesmayable fervor por la obra de Azorín, del que afirma poseer (quizá ahora sean más) 156 libros “suyos o sobre él”; de su fascinación por la ciudad de Praga; de los libros lúcidos que nos salvan de la barbarie o que nos facilitan la coraza con la que protegernos de sus asechanzas; de su interés por leer los recuerdos de quienes pasaron por campos de exterminio; del horror siempre nauseabundo que provocan todas las guerras; o de su aplauso por el conceptismo con el que Jesús Marchamalo elabora sus biografías literarias. Y en todas, de una manera general, se percibe el aroma de una frase que el autor coloca en la página 111: “Quien sueña nunca es derrotado”.
Pero lo que más impresiona de estos escritos (recomiendo que los lectores se detengan con deleite en ese detalle) es la forma en que Javier Castro construye en cada bloque de 636 palabras justas un híbrido mágico, donde mezcla recuerdos personales, anécdotas, citas, circunloquios y humor. Una mezcla de vida y reseña que, a falta de mejor nombre, podríamos bautizar como “videña”. O, mejor aún, “revida”. (Y, por cierto, la que cierra el tomo es la reseña, videña o revida más hermosa que he leído jamás).
Léanlo sin falta.

miércoles, 20 de mayo de 2020

El sueño de los vencejos




En ocasiones (creo que fue Unamuno quien lo dijo) se escribe para pensar. Mano y cerebro se ponen a trabajar de consuno para que las ideas o los recuerdos (que son piezas de un enigmático puzle que espera ordenación) se articulen. A veces, se trata de caminar, como en un sistema ensayístico o filosófico; a veces, se trata de excavar, como en las autobiografías. He tenido también esa sensación, mientras avanzaba por las páginas de El sueño de los vencejos, de Antonio Moreno, editado por el exquisito sello Newcastle. Creo que los mejores libros de memorias (y éste formaría parte del grupo) se redactan para entenderse a uno mismo y para entender a las personas que, con su presencia o su ausencia, se convirtieron en el paisaje humano que nos rodeó durante nuestro ayer.
Es verdad que Antonio Moreno nos habla aquí de su infancia en el extrarradio de la ciudad de Alicante (y de su estancia ocasional en Murcia); de la mala relación que sus padres fueron desarrollando con el paso del tiempo; de la estilográfica que robó en el colegio (y que le supuso una bajada en su nota de religión); de los cortes de pelo que le infligía su madre, ayudada con un peine con cuchilla; de la traumática extirpación de sus anginas; de las aficiones ictiológicas de su hermano José Ramón (que ahora es María José); del extraño baile, casi sagrado, que ejecutó la madre de su amigo Ricardo sobre una mesa, tras una celebración; del aturdimiento desasosegante que experimentó mientras observaba a dos jóvenes con síndrome de Down, que no hablaban; de las partidas de ajedrez que jugaba con su padre; de viejas fotografías, que se añaden al final del tomo como anexo.
Todo eso es real, y constituye una materia narrativa de primer orden (la prosa de Antonio Moreno es delicada, honda y admirable); pero la auténtica verdad de este libro hay que buscarla, en mi opinión, mucho más adentro. No presenciamos aquí un simple viaje por calendarios leídos al revés o una infantil acumulación de rencores y heridas. Ni mucho menos.
Una vez, le escuché decir a Juan Espinosa que se quedó con las ganas de preguntarle a su padre, el escritor Miguel Espinosa, una cosa muy sencilla: “¿Y tú quién eres?”. Quizá ahí se encuentre una posible clave de esta obra: ordenar el ayer puede convertirse en una forma de comprender a quienes nos rodearon entonces. Quién era en verdad tu padre. Quién era tu madre. Quiénes, los familiares que estuvieron cerca y que ahora flotan en la nada. Quiénes, los amigos cuyos rasgos y nombres se recuerdan, pero de cuya actualidad lo ignoramos todo. Somos porque fuimos. Y desandar el camino (al modo carpentieriano) en busca de la semilla puede empapar de luz nuestro corazón. O de calma nuestro espíritu.

lunes, 24 de junio de 2019

Diario de Ithaca




He experimentado una sensación diferente con este Diario de Ithaca, de Miguel Ángel Hernández (Newcastle Ediciones), frente a lo que he sentido con otros diarios (Trapiello, Márai, Pániker, Kafka, Sánchez-Ostiz…): la convicción de que el protagonista me estaba invitando a caminar a su lado sin exigirme etiqueta o sin establecer condiciones. No lo veo fraguando literatura, ni dibujando frases para la galería, ni expeliendo introspecciones de manual. No advierto que quiera deslumbrarme o epatarme. Me parece que, mucho más sencillo, el autor se abre un botón de la camisa a la altura del pecho y me dice: “Mira”. Nada más. Nada menos.
Veo en estas páginas al joven que desembarca en un centro universitario de los Estados Unidos, que tiene problemas con el idioma, que trata de encajar en un modelo muy diferente al que constituía su hábitat murciano y que, sin tapujos, nos dice que se emborracha, que se masturba, que se prepara clases en el último momento, que experimenta un estupor casi martinezsoriano mientras conduce por Nueva York con un coche alquilado, que cuenta chistes sobre diarreas en el momento menos oportuno, que dialoga con pensadores a quienes no conocía en persona pero admira en profundidad o que incluso un día se mea encima por no llegar a tiempo al baño, después de una ingesta etílica bastante aparatosa.
Y también me encuentro a María Luisa (Castejón) y Diego (Sánchez Aguilar), las constantes referencias a Leo (Cano), las melancolías murcianas, las escapadas al Yeguas, los elogios tributados a Mieke Bal, la compañía indispensable de Raquel, el disgusto por una crítica negativa en la que Antonio Orejudo le reprochaba cierta ligereza en la utilización de la figura de Walter Benjamin (menudo ojo el del madrileño). Y mucha cerveza. Y el hastío de rellenar papeles burocráticos. Y la tesis de Tatiana Abellán. Y más cerveza. Y la admiración por Enrique Vila-Matas. Y las botellas de vino. Y las conversaciones con Sergio Chejfec. Y la nieve. Y alguna cena vegana, que matiza la pantagruélica celebración del Día de Acción de Gracias.
Nunca he estado en la Universidad de Cornell, ni en la ciudad de Ithaca, pero las anotaciones de Miguel Ángel Hernández me han hecho estar allí, conocer sus calles y oler sus barbacoas. Es la magia de los buenos diarios. En julio me pondré con Aquí y ahora, que para eso me lo ha regalado mi hermano Luis García Mondéjar.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Mamíferos que escriben



Quizá la gran búsqueda que todos acometemos durante la vida, aparte de perseguir indesmayables la felicidad, consista en descubrir a nuestros dioses verdaderos, entronizarlos en nuestro Olimpo, tributarles adoración y rendirnos al disfrute de sus excelencias. Es lo que hace literariamente Manuel Moyano en las páginas de Mamíferos que escriben, el exquisito libro que acaba de publicarle Newcastle Ediciones: un catálogo minucioso de escritores, músicos y cineastas que lo han conmovido durante décadas y a quienes ofrenda aquí el acanto de su admiración, tras haberlo reproducido capítulo a capítulo en la extinta revista El Kraken.
Comienza su recorrido con el norteamericano Paul Auster, uno de los autores que en su opinión “llegan a modificar nuestra percepción de la realidad” gracias a una forma de escribir que consiste en “echar una piedra a rodar y sentarse a ver qué pasa”. Después se ocupa del misántropo, racista, solitario y huraño Lovecraft, arquitecto de mitologías tenebrosas y fraguador de dioses nauseabundos, que lo fascinó desde su juventud gracias a la lectura de la novela El caso de Charles Dexter Ward (obra que el propio Lovecraft desdeñó). A continuación se aplica a componer una semblanza sobre Cioran, al que dedica seis páginas de difícil mejora, con las que retrata íntimamente al genio lánguido de Rasinari. No menos fervoroso es su retrato de Bukowski, al que comenzó a leer a los veinte años y del que se despide con un párrafo memorable: “Estaré siempre entre el grupo de sus admiradores. Es más, me encontraré siempre entre sus amigos. Salud, viejo Hank. Esto va por ti. Nos veremos en el jodido infierno”.
Se desplaza después al mundo del cine para hablarnos de Stanley Kubrick, autor de “incuestionables cimas del arte realizado por el hombre sobre este planeta”, y al de la música, declarándose “dylanita” irredento, pese a la “incomprensión hacia mi trastorno por parte de padres, hermanos, esposa y, ahora, hijos”. Y, tras ese paréntesis, retorna al mundo de la literatura con Bioy Casares; el dipsómano Dylan Thomas; el malogrado Federico García Lorca, del que se decanta por la lírica (“Personalmente, no creo que sobreviva su teatro”); el cronopio Julio Cortázar o el escasamente comprendido Álvaro Cunqueiro.
Al final, los lectores comprendemos que nos encontramos ante una auténtica delicatessen, a la que nadie con buen paladar literario debería renunciar.