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martes, 15 de septiembre de 2026

Inbox


 

Alexia es una chica de 16 años que nació en Barcelona y que ha vivido una infancia sumamente peculiar: tras la muerte de su madre en un accidente doméstico (y con un padre que se dio a la fuga cuando su hija era todavía un bebé), tiene que trasladarse a vivir con su abuelo paterno, a México. Estando allí, consigue la dirección de correo electrónico de Benedict Woodward, su escritor favorito; y se decide a escribirle. Al principio, él contesta malhumorado, porque teme sufrir el acoso de una fan alocada, impertinente o sospechosa; después, sus respuestas se van suavizando, hasta que se inicia entre ellos un diálogo espaciado, cada vez más personal, donde las confidencias de la muchacha (que quiere ser escritora, que la convivencia con su abuelo es compleja, que frecuenta una librería donde quizá comience a trabajar) y del escritor (que ha estado en una clínica para personas alcohólicas, que su mujer murió, que su hijo es un rebelde con el que se lleva mal) salpican el texto. Pero Alexia, después de haber sido espiada por una figura que parece controlarla desde los alrededores de la librería y de sufrir una persecución en medio de la noche, sospecha que no todo está tan claro como aparenta en este intercambio de mensajes.

Una novela agradable y amena, quizá menos densa de lo habitual en Care Santos, que se lee con bastante fluidez y que gustará al público juvenil que sigue a la autora de Mataró.

jueves, 14 de mayo de 2026

Lunes


 

Un libro es plenamente eficaz cuando consigue el objetivo que el autor o autora se había marcado. Este reciente volumen de Care Santos (titulado Lunes y que sirve como arranque de la saga “Laberinto”) lo es, porque durante su lectura sientes que las palabras de la escritora barcelonesa, el desarrollo de la historia y las reacciones de los personajes que en ella actúan te provocan incomodidad. Es tan llano como contundente: te dejan muy mal cuerpo. Y puesto que el objetivo consiste precisamente en eso, el éxito es absoluto.

Nos encontramos en el hogar (a punto de ser vendido) donde viven Nayara y su hermano Ferran, junto a su madre y el perro Gorro. El padre está en la cárcel, por estafa. Desde el viernes (han pasado tres días), Nayara está más silenciosa de lo habitual, más hosca de lo habitual, más reconcentrada y triste de lo habitual. Al principio, parece el típico bache adolescente, ocasionado por cualquier minucia, y que el tremendismo de la edad magnifica hasta dimensiones catastróficas. Pero cuando empieza a insistir en la idea de considerarse un estorbo, de sentir ganas de vomitar y de anhelar la muerte, se eriza la piel. ¿Qué ocurrió realmente antes del fin de semana? ¿Por qué está tan amargada, tan hundida? Todo comenzará a aclararse (en realidad, a enturbiarse) cuando en el instituto empiece a circular un vídeo asqueroso en el que cinco mastuerzos (capitaneados por Enzo, el “novio” de Nayara) abusan de ella de un modo nauseabundo. Ahí comenzamos a entender todo lo que burbujea en el corazón y en el cerebro de la chica. Y también sentimos ganas de vomitar. Y también nos quedamos hundidos, hasta el punto de no saber qué sentir con exactitud cuando se produce una muerte a mitad de la obra.

Libro, como digo, incómodo, enervante, que Care Santos maneja con buen pulso y del que pronto conoceremos más entregas de estructura analéptica: sus títulos (Domingo, Sábado y Viernes) así invitan a imaginarlo. Les contaré entonces, pero me temo lo mejor. Y lo peor.

jueves, 23 de abril de 2026

El amor que pasa

 


En diciembre de 1955, un sevillano que ha intercambiado un buen número de cartas con una muchacha catalana a la que no ha visto nunca en persona llega por fin a la localidad donde ella vive y se presenta ante su familia. La madre de la chica no tiene un buen concepto de los andaluces, así que el joven es recibido con ciertas suspicacias. El sevillano, que acarrea un largo historial de conquistas amorosas y que es aficionado a la poesía, el ciclismo, la manzanilla y la Feria de Abril, se encuentra de pronto en un ambiente donde todo se le antoja extraño; pero su empeño en lograr la mano de la chica es enérgico. Sabe que la ama. Sabe que quiere convertirla en su esposa. Sabe que logrará hacerla feliz. Está dispuesto a ponerlo todo de su parte para conseguir su propósito. Él se llama Antonio; ella se llama Claudina (no Maribel, como le decía en sus cartas). En El amor que pasa se nos cuenta el largo y complicado camino que los llevó a convertirse en marido y mujer y que los transformaría, tres lustros después, en padres de la escritora Care Santos.

Consultadas más de mil quinientas hojas de cartas, además de páginas inéditas escritas por sus padres en sus diarios, la novelista de Mataró ha reconstruido aquella historia de tenacidad, paciencia y amor, llena de meandros, ramas adventicias, complicaciones, avances y retrocesos, con novias abandonadas (Teresa) y novios soslayados (Pardo), con dificultades idiomáticas (Antonio se obstinaba durante los primeros meses de su relación epistolar en considerar el catalán un dialecto), con caracteres disímiles (jovial él, taciturna ella) y con graves decisiones que debieron ser tomadas en poco tiempo. Meticulosa y llena de cariño por ambos, Care aborda en estas páginas su prehistoria. Y confiesa que lo hace no solamente por ella misma, sino también “para los nietos del protagonista” (cap. “Cincuenta novias”). Por eso extiende su investigación hasta los abuelos y bisabuelos, a lo largo de pueblos, apellidos y provincias, en una confluencia de anécdotas y genes y riñas familiares y distanciamientos y casualidades, que irán conformando a la autora de estas páginas.

Care Santos nos ha contado, como digo, la historia de amor y vida de sus padres (“Escribir una novela es regalar una historia a quienes pueden amarla igual que tú”, dice en el capítulo “La vida”). Pero quienes no los conocimos, quienes somos esencialmente ajenos a esas existencias, recibimos su dibujo narrativo como un regalo, porque en realidad nos está invitando a que pensemos en nuestros propios padres, en aquellas anécdotas que creíamos olvidadas, en aquellas fotografías que conservamos y que ahora de pronto ansiamos ver de nuevo, en aquellas cartas o postales que quizá nos esperen en un viejo cajón o en una caja polvorienta. No sabemos quiénes fueron Antonio Santos y Claudina Torres, pero sí que sabemos quiénes fueron (en mi caso) Rubén Castillo y María del Rosario Gallego. Y la devoción de Care Santos, su excelencia como novelista, nos permite imaginar, sonreír o soñar durante el transcurso de la obra. Yo, además, he llorado como un crío con la escena final, cuyos detalles no voy a contarles, pero que son bellísimos y conmovedores. Gracias por contarnos su historia, Care. Gracias por contarnos la tuya. Gracias por contarnos la nuestra.

viernes, 17 de enero de 2025

Cuando se apagan las luces



Uno de los regalos que Papá Noel deslizó por la inexistente chimenea de nuestra casa fue la novela juvenil Cuando se apagan las luces, de Care Santos. Y vino a caer en el calcetín de mi hijo Álvaro, quien abrió de inmediato sus páginas y no la soltó hasta la noche. Esa lectura de un tirón, con las únicas pausas de la comida y la merienda, se resumió en un veredicto fervoroso: “Tienes que leértela, papi. Me encanta. Es buenísima”. Comprenderán ustedes que a un hijo dominado de tal forma por el entusiasmo hay que prestarle crédito, así que con ella me puse. Y, aunque el recorrido por sus capítulos no me supuso ninguna sorpresa (he leído muchos libros de Care), comparto la fascinación de mi hijo.

Buena manejadora de los resortes novelescos, y con un importante oficio a sus espaldas, la autora barcelonesa nos va llevando de la mano por una historia que, paulatinamente, se va llenando de intriga y de misterios. ¿Quién es el extraño chico al que un autobús escolar en viaje de estudios encuentra de noche en una gasolinera, aparentemente perdido? ¿Por qué contesta con evasivas cuando se le pregunta por la razón de encontrarse de madrugada en un sitio tan inhóspito? ¿Por qué lleva los bolsillos llenos de hojas secas? ¿Por qué olfatea como un animal las pertenencias de una de las alumnas? ¿Por qué, cuando el novio de la chica se dispone a golpearle, se apagan de pronto todas las luces del hostal y se declara un incendio? Dice llamarse Daniel López Sust, pero en el instituto del que afirma proceder (lo certifica por teléfono la jefa de estudios) no hay ningún alumno con ese nombre. Entonces, ¿quién es, en realidad, y qué pretende?

Una historia donde la fantasía, lo posible-imposible, los escalofríos y algunos temas cruciales para el mundo de la adolescencia (la música, la identidad sexual, la pertenencia al grupo) ocupan un importante lugar.

Regálensela a su joven lector o lectora. Se lo agradecerá.

viernes, 26 de abril de 2024

Rostros y rastros

 


Estamos ante un libro anómalo. No digo malo o bueno (eso tendrá que decidirlo cada persona que pasee por sus páginas y se detenga de verdad a desentrañar sus palabras, y no solamente a leerlas de forma veloz y descuidada): digo anómalo. Es decir, distinto, osado, sinuoso, lírico, mestizo. Un libro-salmón, que muestra su musculatura saltando a contracorriente y trazando airosos brincos sobre el agua ocular de los lectores.

Trabajando sobre una serie de fotografías de Paco Sánchez Blanco (entiéndase: mirándolas con concentración y silencio, también con algo de alcohol y noche), Care Santos elabora pequeñas pestañas verbales sobre sus protagonistas. No intenta dibujarlos de una forma clásica, sino interpretarlos, dejar que sus ojos los contemplen “desde el otro lado” lorquiano, para conseguir llegar a su entraña más pura, más inexplorada, más significativa. Son los rostros de cantantes (Alaska), poetas (José Hierro, Mario Benedetti, José Ángel Valente), actrices (Rossy de Palma), filósofos (Agustín García Calvo) o famosos efímeros (Tamara).

El resultado es un opúsculo realmente poético, de gran belleza visual, que puede abrirse por cualquier página y nos permite el juego cómplice de leer y contemplar la imagen, para ver si coincidimos con su análisis.

domingo, 31 de octubre de 2021

El baile de los muertos

 


Hay novelistas que recurren a la Historia (anécdotas, documentos, personajes, fechas) y que utilizan todo el material recopilado para empedrar o asfaltar sus obras, impidiendo que por las grietas de esa costra emerjan las flores y logrando que el lector, más que admiración, experimente asfixia. O, al menos, se extenúe con los bostezos. Y hay otros novelistas que, empapados de esa misma Historia, se preocupan por ponerla al servicio de la imaginación, de la fantasía, de la más chispeante creatividad, para que quienes paseen por las veredas de su libro se sientan mágicamente transportados a una realidad paralela. Esta última apuesta la desarrolla Care Santos de forma espléndida en su reciente obra El baile de los muertos (editada por Cross Books).

En ella nos instala en el convulso siglo XIX que vivió la adolescente reina Isabel II, hija de Fernando VII, que está a punto de ser obligada a casarse con Francisco de Asís de Borbón. Reacia a aceptar este matrimonio (Isabel está enamorada de Antonio de Orleans), la reina solicita la ayuda de sor Patrocinio, una monja de oscuros poderes e intenciones, que comienza a orquestar un modo para evitarlo. En ese plan participarán, de un modo directo o indirecto, numerosos personajes fascinantes: el inteligente Diógenes, que recibe el encargo de exhumar varios cadáveres célebres de distintos cementerios (entre ellos, los del escritor Mariano José de Larra y el bandolero Luis Candelas); la joven Lilia, que también trata de librarse de un matrimonio que le repele; Fidel, un huérfano que está siempre acompañado por un extraño fantasma que muestra sus mismos rasgos faciales; y otros más, igual de fascinantes, que irán descubriendo los lectores de la obra. Además, observaremos perplejos (y espeluznados) el extraño viaje que una sortija maldita trazará, de mano en mano, hasta el final mismo de la novela.

Atrevida, sólida en el manejo de las voces narrativas, arquitecta eficaz de un argumento magnético (sociedades secretas, reliquias, milagros, truculencias, emboscadas, traiciones, sorpresas, sustos), Care Santos vuelve a entregarnos una novela de éxito garantizado.

sábado, 3 de noviembre de 2018

50 cosas sobre mí




Con levísimas excepciones, permítaseme la broma, hay dos tipos de adolescentes: aquellos que beben alcohol cuando salen de marcha y aquellos cuyos padres no saben que beben alcohol cuando salen de marcha. Y tal hecho sociológico, que solamente algunos buenistas recalcitrantes negarán con vehemencia (los “felices e indocumentados”, que diría el colombiano Gabriel García Márquez), sirve como trasfondo para la reciente novela juvenil 50 cosas sobre mí que Care Santos ha publicado con el sello Edebé y que resulta tan ágil y tan convincente como todas sus obras, en este y en otros ámbitos narrativos.
Su protagonista es un estudiante de bachillerato llamado Alberto, que se singulariza externa e internamente de sus compañeros: alto, aficionado al cine, voluminoso, con altas capacidades intelectuales, amante de las montañas rusas y de los rascacielos; y, desde que comienza con las clases de piano, colgadísimo de Keiko, bellísima japonesa que ahora vive en su ciudad. Por desgracia, a todas las características señaladas antes habría que unir una timidez casi patológica en su trato con las chicas, que le impide abordar a la muchacha. Así que cuando quiere dar un giro a esa situación el asunto se ha complicado: Keiko tiene ya como novio a Pedro, futbolista, petulante, guaperas y presuntuoso, ante el que Alberto se siente intimidado.
Manejando esos parámetros convencionales, Care Santos añade a su coctelera novelística otros ingredientes (retos alcohólicos nocturnos, el rodaje por parte de Alberto de un documental para un certamen de cortos, peleas, divorcios, ingresos hospitalarios…), que convierten la mezcla final en un texto sugerente y lleno de atractivo para los lectores adolescentes. Los cuales, al mismo tiempo, disfrutarán de un formato narrativo al que no estarán muy acostumbrados: cada capítulo de la novela viene encabezado por una característica del personaje que sirve como hilo conductor del relato (“Soy virgen”, “No me gusta la lasaña”, “Odio el fútbol”, “Me cuesta mucho tomar decisiones”, “Odio el apio”).
Añadamos al conjunto una serie de frases impactantes (“Todo el mundo tiene talento. Todo el mundo puede ser el primero en algo. Pero muy pocos están dispuestos a trabajar duro para conseguirlo”), una estructura cinematográfica y un final con tirabuzón feliz, y tendremos un nuevo éxito de la escritora más versátil del panorama nacional.

lunes, 1 de enero de 2018

Krysis



Pol es un joven moderno que vive en un piso de estudiantes y que disfruta de dos grandes pasiones, a las que dedica buena parte de su tiempo libre: su moto y los chats de ordenador. En uno de estos últimos lleva meses relacionándose con una chica llamada Krys, que lo tiene absolutamente enamorado. Ha intentado varias veces quedar con ella, pero la muchacha siempre se muestra esquiva ante esa posibilidad… hasta ahora. De pronto, la joven da su brazo a torcer e invita a Pol a que acuda a una cita. Resulta fácil imaginar el alborozo que éste siente cuando, en medio de la lluvia, se sube a su moto de gran cilindrada y se dirige hacia el lugar donde Krys lo está esperando. Por desgracia, la humedad del suelo provoca que tenga un accidente bastante aparatoso, del que logra salir ileso. Pero a partir de ese instante es cuando su vida se verá torpedeada por infinitos y misteriosos sucesos, que lo llenarán de zozobra: calles desiertas y con poca luz, policías que lo retienen y le muestran fotografías para que identifique a Krys, laberintos subterráneos llenos de ratas, matones que lo asaltan, emboscadas en el parque Güell, fugas in extremis, extraños mensajes que llegan a su móvil… Pol se muestra incapaz de entender lo que está pasando, pero tiene una idea bien asentada en su cerebro: debe continuar hasta el fin, porque quiere quedarse para siempre con Krys. Es la mujer de su vida y no está dispuesto a renunciar a ella por grandes que sean los peligros que lo acechen o por truculentas que resulten las situaciones en que se vea envuelto… 
Care Santos nos plantea en estas páginas un thriller juvenil de sólida textura, donde el mundo de los videojuegos y el amor se entrelazan para seducir a los lectores adolescentes. Al final, cuando ya resulta complicado discernir entre la realidad y la ficción, los límites de los personajes se difuminan hasta un punto casi inquietante. El experimento narrativo, que era difícil, queda superado con nota.

sábado, 2 de diciembre de 2017

El aire que respiras



Victor Philibert Guillot, antiguo bibliotecario del rey Luis XVI, dispone de una singular colección de libros prohibidos, integrada por trece preciosos volúmenes: la Erotika Biblion, atribuida a Mirabeau; la anónima Teresa filósofa; el Decamerón, de Boccaccio; el Tractatus Amori, de Andreas Capellanus; las Afroditas, de Nerciat; la Retórica de las putas, de Pallavicino; La doncella de Orleans, de Voltaire; la Parapilla, de Borde; el Arte de las putas, de Fernández de Moratín; las Memorias de Fanny Hill, de John Cleland; la Historia de don B, portero de los cartujos, de Jean-Charles Gervaise de Latouche; los Sonetos lujuriosos, de Pietro Aretino; y las Memorias secretas de una mujer pública, de Charles Thévenau. En 1793, tan sibarita lector huye de Francia y se dirige hacia Barcelona, donde encontrará alegrías (el amor) pero también tristezas, derivadas de la invasión napoleónica (la dispersión de sus libros). 
Durante los siguientes años, numerosos personajes se irán incorporando a la historia de estos libros dispersos, que es también la historia de una época y de una ciudad: el joven e ingenuo italiano Filippo Brancaleone, quien es reclutado obligatoriamente para ingresar en las tropas de Bonaparte y obligado a participar en el saqueo de Gerona, donde se hará con uno de los libros de Guillot; la lavandera Rita Neu, que lo cuidará cuando esté herido y que se terminará casando con él; el general Giuseppe Lechi, tan cruel como ambicioso; su asistente, Pérez de León, que lo superará en vileza y atrocidades; el librero Condolosa, que consigue hacerse con doce de los trece libros y que se muestra dispuesto a entregárselos a su legítimo propietario; o el millonario Xifré, uno de los personajes más significativos de la Barcelona de su tiempo… 
Todos estos actores se irán cruzando y separando en una trama histórica tan densa como alborotada de meandros, que una novelista se empeñará en ir perfilando en pleno siglo XXI, tras conocer algunos hilos de la historia gracias a los documentos que le presta su amiga Virginia, hija del librero Antoni Rogés. Utilizando su intuición, su imaginación y un buen número de escritos del siglo XIX irá consiguiendo arrojar luz sobre las peripecias de aquella biblioteca galante… 
Pero El aire que respiras es más. Mucho más. Es un canto de amor a la ciudad de Barcelona, a sus viejas murallas y a sus ansias de renovación europea; a sus tradiciones y a sus rincones mil veces remodelados. Es una (más de una, en realidad) historia de amor, donde los bailarines se mantienen en la pista a pesar de las ferocidades y empujones que los rodean. Es un juego de analepsis y prolepsis trenzadas con mano maestra, que nos permiten ir moviéndonos entre dos siglos, sin que jamás perdamos el rumbo en ninguno de los dos ámbitos. Es un texto donde en ocasiones aflora un humor descacharrante (esas secuencias donde se invoca el espíritu de escritores muertos, como Mariano José de Larra, para que dicten nuevos textos, y en las que reciben la presencia de voces tan penosas como las del vate Anastasio Pantaleón de Ribera, que puebla de comicidad las páginas 366-368). 
Es, en fin, una ocasión para disfrutar, para emocionarse, para aprender, para sonreír, para llorar, para conocer el pasado y entender el presente y, sobre todo, para recuperar la incomparable alegría de disfrutar cuando nos cuentan muy bien una historia muy buena.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Los ojos del lobo



Todas las hijas (sobre todo las hijas, seamos sinceros) llevan escuchando el mismo discurso de labios de sus padres desde hace décadas: no debes frecuentar las calles de noche, no debes volver demasiado tarde a casa, los peligros acechan, no se sabe con quién te puedes encontrar a esas horas, desconfía de quien se arrime por sorpresa o te formule preguntas extrañas, mantente alerta… 
Laura, desde luego, no puede ser una excepción. Es una muchacha como cualquier otra de su edad, que tiene un amor en la mente, con quien no se termina de sincerar (Nacho); una amiga más coqueta de lo que a ella le parece prudente (Inés); y una madre que, desde el abandono paterno, se muestra aún más protectora (Blanca). En ese ambiente, y sin que nada anticipe el horror, una noche le esperará una sorpresa cuando vuelva a casa después de una fiesta: un coche que se aproxima por su espalda, una voz que reclama su atención, un golpe despiadado en la cabeza y, por fin, sentirse cogida, introducida en el vehículo y transportada en mitad de la oscuridad hacia quién sabe dónde. 
Se inicia así una pesadilla en la que varios personajes se irán implicando con rapidez: una cartomante de 22 años que comienza a tener visiones sobre los avatares del secuestro; el director de un instituto de enseñanza (“IES Hipólito G. Navarro”, lo rotula la autora, como homenaje al excelente cuentista onubense), que lleva años enamorado de la madre de Laura; un sargento de la guardia civil que se muestra dispuesto a seguir cualquier pista para resolver los casos; un falso vidente cuyo peculiar nombre (“Mágico Bermúdez”) ya esconde en sí mismo la semilla de lo patético; un alcalde tan noble como querido por sus conciudadanos (Paco García); el médico forense Sebastián Figueras, espectador de los hechos; y hasta un escritor (guiño para seguidores) que está construyendo la historia novelesca de una chica llamada Irina... 
Con todos ellos compone Care Santos una novela donde se aborda una temática tan espantosa, inquietante y de cruel actualidad que resulta difícil no cambiar en nuestra mente el nombre de la protagonista por el de su más reciente actualización periodística. Dos avisos importantes: el primero, que nadie olvide durante la lectura la cita con que se abre la obra (“Hay personas, entre las que me cuento, que detestan los finales felices. Nos sentimos engañados. El mal es la norma”. Vladimir Nabokov); el segundo, que no desdeñe las páginas últimas, donde se ofrece un resumen del futuro de todos los personajes que aparecen en la obra. No constituye un simple añadido, sino un complemento riquísimo desde el punto de vista argumental y psicológico… 
Como es lógico, los miembros del jurado del premio Gran Angular del año 2004 no tuvieron demasiadas dudas a la hora de concederle el máximo galardón. Y acertaron.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Hot dogs



Sobrevivir al divorcio de unos padres no es tarea fácil, porque implica tener que buscar un nuevo orden interno. Pero cuando el progenitor termina rehaciendo su vida con una mujer inadecuada, caprichosa y superficial (la latina Blanca Estela) la situación bordea peligrosamente los límites de la catástrofe. 
Es lo que le ocurre a Elia en esta novela de temática juvenil que Care Santos publicó en el año 2003. Para ayudar a su equilibrio cuenta con su amiga Berta, con el amor algo cansino que le profesa Jan (un chico que tiene más entusiasmo que posibilidades), con la con la buena relación que sigue manteniendo con su madre (una pintora de éxito internacional), con la entrañable amistad que la va uniendo cada vez con más fuerza a la anciana señora Magakian y con su nueva tarea profesional, de la que obtiene algún dinero durante las vacaciones: pasear perros ajenos… Un día lee en una revista gratuita un extraño anuncio (“Hoy hay hot dogs fríos”) y comienzan a acumularse los problemas a su alrededor, porque se da cuenta de que tal frase en apariencia absurda es utilizada por los organizadores de peleas clandestinas de canes para convocar a los apostadores. Y estos problemas se agudizan cuando un perro muy querido para ella es robado de su casa. Por lo que puede comprobar, los responsables de organizar las peleas no se andan con chiquitas, y eso le provoca una serie de dudas bastante angustiosas. ¿Debe avisar a la policía para que intervengan? ¿Debe buscar alguna solución por sí misma? 
Equilibrando en todo momento los instantes de tensión, las reflexiones adolescentes y los quiebros argumentales, Care Santos vuelve a construir una elegante propuesta narrativa, en la que se pueden sentir perfectamente retratados muchos jóvenes y donde el amor a los animales, el sentido de la amistad y el desdén por las apariencias se unen a un argumento donde varias ramas adventicias (el fallecimiento de Calixto Magakian, las discutibles amistades del hermano de Elia, la curiosa relación que une a Jan y Berta cuando son presentados, etc) enriquecen y llenan de color las páginas del libro.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Media vida



Afirmaba Jean-Paul Sartre que, cuando llega el término de la existencia, hay que trazar una raya y realizar la suma. No hay posible escapatoria para ese balance. La cifra que se obtenga en la parte inferior (que puede sorprendernos, pero que no admite ningún tipo de maquillaje) servirá como resumen aproximado de nuestra presencia en el mundo. La idea, desde luego, responde a un arquetipo psicológico o religioso en el que se ha confiado secularmente. Pero cabe también la posibilidad de introducir una pequeña variante en ella: que justo en la zona central de nuestro vivir, en el ecuador de nuestra existencia, nos detengamos y reflexionemos. ¿Qué he hecho hasta ahora? ¿Qué querría haber hecho? ¿Qué puedo borrar, enmendar o completar en mi corazón y en mi calendario?
Varias chicas que estudian en un internado de monjas en 1950 tardarán treinta y un años en formularse estas mismas preguntas. Dejemos que sea Julia, una de ellas, quien nos resuma la situación en la página 285 de la novela: “Trataba de recordar a las cinco niñas del internado. Olga, Marta, Lolita, Nina y ella misma. Olga la gorda. Marta la escritora. Lolita la dulce. Nina la quiromántica. No pudo evitar pensar: Y Julia, la huérfana o, peor aún: Julia, la desgraciada”. Cinco muchachas que se vieron envueltas en una situación desagradable, traumática, que marcó sus adolescencias y sus vidas futuras. Lo que ocurrió durante aquel verano del 50 fue tan monstruoso que todas han hecho esfuerzos ímprobos por olvidarlo, pero cuando Marta Viñó convoca una reunión para cenar en su nuevo restaurante todas comprenden que puede haber llegado el momento de mirarse a los ojos, enfrentarse a sus sombras y enjuiciarse las unas a las otras.
Olga, tras perder un buen montón de kilos, es la aburrida esposa del doctor Pardo, hombre ocupado y que presumiblemente no le depara demasiadas alegrías vitales; Nina se empeña en aparentar una juventud ficticia a base de un lenguaje grosero y de aparatosas confesiones sexuales, que consolidan su imagen de promiscuidad o imaginación; Lola está embarazada de su marido muerto, y se ha enamorado de su hijastro, un chico tan atractivo como dulce; Marta es una conocida cocinera, que vende libros como churros y que dispone de una amplia fama radiofónica; y Julia, la triste huérfana, la que actuaba como sirvienta de todas ellas durante la niñez, la marginada, la que terminaría siendo expulsada del colegio e incluso encarcelada ocupa ahora un escaño en el congreso de los diputados bajo las siglas del PSOE, tiene secretaria y chófer, es entrevistada por Luis del Olmo en hora de máxima audiencia y es una de las artífices de la ley de divorcio. Las tornas han cambiado. La vida ha cambiado. Cada una de aquellas cinco niñas es ahora una mujer que ha seguido una trayectoria distinta, pero que porta a su espalda un capítulo de sombra, un paréntesis sin cerrar, una factura que no ha sido abonada.

Y ahora, en una noche lluviosa de 1981, con unos manjares especiales en los platos y unos licores fuertes en las copas, todas tienen que girar sus naipes, mirarse, recordar, acusar, comprender, detestar o perdonar... Nos encontramos, pues, ante una fábula sobre las casualidades y las causalidades, ante un libro de contabilidad (vital y emocional) donde calidad, profundidad y amenidad se conjuntan para conformar una novela ágil, inteligente, fácil de seguir y llena de meandros psicológicos, con la que Care Santos ha obtenido el premio Nadal 2017. Aprovechen el inicio de curso para disfrutarla.

lunes, 5 de junio de 2017

Maddox descubre el camino



Además de sus vertientes como autora para adultos y como autora para jóvenes Care Santos ha desplegado también una actividad extremadamente brillante como escritora para niños. Para dejar testimonio de esa dedicación hoy nos acercaremos a Maddox descubre el camino, que formaba parte de una serie de novelas bajo el título genérico Arcanus y que tiene como protagonista al chico que da nombre al volumen. Es huérfano (sus padres murieron en un incendio y él sobrevivió milagrosamente) y se encuentra en una situación no muy cómoda: su tía Ada decide enviarlo a un campamento de invierno para que se relacione con otros chicos y chicas de su edad y abandone el espíritu hermético que lo caracteriza. Pero Maddox, que es un solitario recalcitrante, que adora mirar las estrellas y realizar asombrosos malabarismos con pelotas de colores, no encaja nada bien esta decisión. Entiende que su tía está preocupada por su forma de aislarse y que quiere favorecer su apertura al mundo, pero a él le cuesta dar los pasos necesarios para conseguir ese cambio en su personalidad. Hay personas que gozan relacionándose con otras... y personas que, como él, se sienten mucho mejor dentro de su propia burbuja, separadas de los demás por una barrera no de odio ni de desprecio, sino de protección. ¿Tanto trabajo cuesta entenderlo? Por ese mismo carácter obligatorio del campamento, Maddox responde de una manera desconsiderada a Raquel, una chica que sólo intentaba mostrarse dulce con el chico. Y entonces se produce una escena que va a cambiar muchas cosas en su vida: unas manos fuertes y desconocidas empujan a Maddox al fondo de un pozo. Cuando lo rescatan tiene un pie roto, repite de forma obsesiva la palabra “Aldebarán” y ha escrito las letras “Wik” en su cuaderno. ¿Qué es lo que ha ocurrido? ¿Qué ha cambiado en la mente de Maddox? Otros personajes singulares, como la anciana ciega Naledi, el vehemente Wiktor (que trabaja en un circo) o el misterioso e inquietante Mahgul, rodearán pronto a Maddox para conformar una historia colorista, amena y sugerente, donde la astrología, el misterio, el Destino y los seres mitológicos se van combinando ante los ojos del lector, que aprende desde las primeras páginas a gozar el conjunto sin reservas. 
Germán Tejerina y Daniel Muñoz completan esta propuesta novelística con sus logradas ilustraciones... Después vendrían, para completar la serie, volúmenes como Wiktor hipnotiza a las fieras, Ekki domina las tinieblas, Heuria provoca tempestades o Ula mueve el mundo. No conozco ningún preadolescente a quien esta serie no encandile y atrape.

martes, 2 de mayo de 2017

Deseo de chocolate



Estamos rodeados de objetos. Nos circundan física y emocionalmente, pero lo más frecuente es que no reparemos con demasiada frecuencia o intensidad en su textura, en tus perfiles, en su devenir. La vieja joya oxidada de la abuela, aquel souvenir que nos trajeron de un viaje, una prenda ajada de cuando éramos niños, el antiguo reloj de pulsera que ya no funciona, un viejo bolígrafo que nos sirvió bien y que tartamudea su tinta penúltima. En ocasiones, determinados escritores se han centrado en uno de esos objetos en apariencia insignificantes y han extraído de ellos una propuesta muy sólida desde el punto de vista narrativo o sentimental. Pero la ambición que la catalana Care Santos despliega en Deseo de chocolate va mucho más lejos, en todos los sentidos, porque persigue las vicisitudes que experimenta un objeto durante tres siglos y nos va mostrando las peripecias ramificadas de sus diferentes poseedores. Así, nos suministra varias historias (muchas historias, en realidad) en una misma novela. El objeto en el que fija su mirada es una chocolatera que se fabricó en Sèvres por encargo de Adélaïde, hija del rey Luis XV, la cual adoraba tomarse esa bebida a diario. Con el paso del tiempo, el insigne recipiente fue pasando de mano en mano hasta llegar a la actualidad, que se encuentra en el hogar de Sara y Max, que llevan casados diecisiete años... Durante esas tres centurias, la pieza de porcelana ha sido testigo de una gran cantidad de sucesos y se ha visto manejada u observada por personajes de lo más variopinto: la mujer que engañaba a su marido con el mejor amigo de éste en la habitación 709 de un hotel; un doctor octogenario que, después de casi dos décadas de vida bajo el mismo techo, se anima a dar el paso de casarse con su sirvienta; el maestro chocolatero que ejecuta todo el proceso de forma artesanal y que tiene a su hijo estudiando en Suiza; una esposa inquieta, que se fuga de casa para irse con un tenor (“Para conocer a los hombres no basta con acostarse con uno solo. Yo quiero ser sabia en este terreno. Con un hombre solo no tengo ni para empezar”, p.198); un muchacho que, en el último cuarto del siglo XVIII, es enviado a Barcelona para hacerse con una máquina que está llamada a revolucionar la historia de la repostería... 
Con su maravillosa capacidad para desarrollar argumentos y salpimentarlos con personajes inolvidables, Care Santos consigue, una vez más, embrujarnos y llevarnos a donde ella quiere: la butaca de la seducción. Allí nos invita a sentarnos; allí nos ofrece un café caliente (en este caso, un chocolate); allí despliega ante nuestros ojos su fabuloso arsenal de prodigios, como esos magos ambulantes que provocan exoftalmia entre su público. Deseo de chocolate es la historia de muchas fascinaciones, de muchas emociones, de muchos seres. Y el zigzag cronológico que utiliza para contar todas esas vidas es tan magnético como convincente, permitiéndose incluso alardes como el que maneja en la secuencia 15, donde se pasa al formato teatral, para darle un ritmo más brioso a las postrimerías de la novela. Care Santos hace lo que quiere y en todo brilla. Es única. God Save the Queen.

jueves, 6 de abril de 2017

Laluna.com

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Otra vez la luna como presencia determinante en una novela de Care Santos, que fue galardonada con el prestigioso premio Edebé. Se trata de Laluna.com, que tiene como protagonistas a tres adolescentes muy singulares: Cristina, bellísima y escultural, aunque un poquito sosa en su capacidad comunicativa; Amador, un lector voraz, tímido y campeón de ajedrez; y Cira, excelente escritora, lenguaraz... y dueña de una nariz anormalmente grande. 
El eje argumental de la novela es muy sencillo: Amador, primo de Cira, está enamorado de la atractiva Cristina; y como no sabe de qué manera atraerla, le pide ayuda a su prima, porque las dos chicas pertenecen al mismo equipo de amantes del deporte de riesgo. El muchacho, por desgracia, ignora que Cira está también enamorada de él, pero jamás se ha atrevido a comentarle esa pasión a causa de su repelente apéndice nasal. Curiosamente, no se niega a prestarle su auxilio, sino todo lo contrario: comienza a escribir correos electrónicos donde, utilizando el nombre de Cristina, se dirige a Amador para ir consolidando sus relaciones. Obnubilado por su sentido del humor, su dulzura y su prosa, el chico cae rendido a sus pies... 
Pero entonces se genera un problema en el corazón de las dos muchachas: Cristina, porque sabe que Amador no está enamorado en realidad de ella, sino de la imagen que se ha formado tras leer unos correos que no son suyos; Cira, porque está ayudando a que su primo se aleje de ella, para arrojarse en los brazos de una chica vacía pero espectacular, con la que ella no puede competir físicamente... 
No es necesario ser una persona muy versada en literatura para descubrir que Care Santos está rindiendo aquí un homenaje a Cyrano de Bergerac. Pero no lo hace de un modo plano o aburrido, sino que pone en funcionamiento todos los mecanismos textuales imaginables (dejar que hablen en primera persona todos los personajes, aportar conversaciones de correo electrónico, introducir digresiones sobre narices o sobre la luna, etc), que convierten esta novela en una pieza en continuo movimiento, muy fresca, muy sincopada, llena de humor (la secuencia donde se sustituye la famosa amorosa del balcón por un telefonillo de portero automático es tan atinada como ingeniosa) y donde, sobre todo, la escritora catalana muestra un profundo conocimiento de los adolescentes, sus sentimientos, sus modos de hablar y su forma de ver la vida.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Hacia la luz



El año 2008 fue, para la reciente ganadora del premio Nadal 2017, un período pletórico desde el punto de vista editorial: la novela Dos lunas (Montena), dos volúmenes de la serie Arcanus (Destino), El álbum de Jumbo (Algar)... También fue el año de Hacia la luz, una novela bien concebida, bien ensamblada y donde nos ponía en contacto con un tema peliagudo, hacia el que no mostraba miedo en encaminarse: las fronteras de la vida, el túnel que dicen atravesar las personas que han tenido unas experiencias cercanas a la muerte, la luz brillante que aguarda o estalla al final. Y, unidos de forma indisoluble a esta gran línea conductora, otros subtemas conectados con pericia: la eutanasia, la religión, la esperanza, la experimentación científica... En esta obra Ángel Febles es una eminencia internacional en el campo de la medicina, investido con una decena de doctorados honoris causa y admirado por científicos, pacientes, periodistas y colaboradores. A su alrededor se ha construido el Instituto Neurológico Febles, un centro experimental donde se trabaja en el campo de los cuidados paliativos a enfermos terminales, para que ingresen en la muerte con una mayor dosis de dulzura y paz. Este centro acaba de cesar a su gerente, don Salvador Córcoles, y entra a ocupar su cargo Miren Fernández-Nimo, una mujer de excelente preparación y que está atravesando un momento matrimonial bastante delicado. La contratación le permite, entre otras cosas, intimar con el doctor Febles, al que no sólo admira como médico sino que comienza a sentir próximo como hombre, a pesar de la diferencia de edad que los separa. Pero una serie de hechos, que se van encadenando de forma misteriosa (Salvador Córcoles sufre un oportuno atropello, llegan anónimos denunciando actuaciones irregulares en el seno del Instituto, etc), convencen a Miren de que algo está ocurriendo. Algo que se complicará cuando la mujer comience a tener sueños en los que ciertos fallecidos pretenden comunicarse con ella; y que alcanzará un extraño giro cuando Elvira, su eficaz secretaria, aparezca degollada en su domicilio... Sin dejar que los numerosos hilos de la narración escapen a su control en ningún momento (asombra la firmeza y la invisibilidad de su pulso), Care Santos pone en funcionamiento ante nuestros ojos un circo de numerosas pistas, donde el ambiente hospitalario, las mezquindades administrativas, el agudo análisis de una relación sentimental que se derrumba, los misterios ectoplásmicos, los ribetes policiales o las indagaciones psicológicas se van combinando entre sí con demoledora eficacia y con seductor magnetismo... Hacia la luz marcó un nuevo pico de madurez en la trayectoria impoluta y exitosa de Care Santos, que cada vez se asemeja más a la cordillera del Himalaya.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Dos lunas



Ironizaba hace años el argentino Jorge Luis Borges acerca de la expresión “viaje espacial”, afirmando que en realidad todos los viajes cumplen ese requisito topográfico, si lo pensamos con calma. Mucho más sugerentes son, sin duda, los viajes temporales; es decir, aquellas transgresiones en las que se vulnera el orden lineal o la velocidad del tiempo. Y precisamente el tiempo (que es la Gran Dictadura, la más onerosa de cuantas nos son infligidas) se convierte en el telón de fondo de esta obra juvenil de Care Santos: Dos lunas. En ella acompañamos a unos chicos que viajarán del futuro al pasado para reconducir una trayectoria planetaria tan oscura que provoca repeluzno. En el año 3003, un abominable tirano conocido como Nigro Vultur controla con mano de hierro el mundo, apoyándose en una vasta legión de soldados enmascarados y en el miedo atroz que ha sembrado tan eficaz como minuciosamente entre sus contemporáneos. Para que su imperio tenebroso no conozca objeciones ni sufra críticas, Nigro Vultur se ha encargado de exterminar el último reducto de inteligencia y cultura que quedaba: los miembros del Clan de las Dos Lunas, unos seres pacíficos, respetuosos y sosegados, que vestían con túnicas blancas (de ahí el sobrenombre de Los Albos) y que ejercían su derecho de análisis y la discrepancia civilizada. Pero, por suerte, la exterminación perpetrada por Nigro Vultur no es completa: dos hermanos gemelos recién nacidos, Eilne y Níe, son enviados al inicio del siglo XXI para que actúen y desvíen ese rumbo aciago. Lamentablemente, los secuaces de Nigro Vultur no están desprovistos de audacia, y algunos de ellos se introducen en la Grieta del Tiempo (la que usó la madre de Eilne y Níe para viajar hasta el siglo XVI y, con la ayuda de san Juan de la Cruz, conocer al padre de sus hijos: el astrónomo Tycho Brae) para perseguir a esos niños prodigiosos y neutralizarlos... Desde que Wells ideara su espectacular viaje en el tiempo (preconizado por un inspiradísimo don Juan Manuel, en su historia de don Yllán de Toledo y el deán de Santiago) han sido docenas los autores que han utilizado este recurso en el mundo de la novela (uno de los últimos y brillantes ejemplos lo tenemos en Kronos: la puerta del tiempo, de Felipe Botaya); pero Care Santos es la que mejor lo ha llevado hasta el público joven, presentándole una historia donde la amistad, el heroísmo y el sentido del deber se mezclan para crear una trama seductora. Estamos sin lugar a dudas ante un libro lleno de sorpresas y de episodios vibrantes que puede servir para iniciar febrero con una lectura excelente.

lunes, 31 de agosto de 2015

La muerte de Venus



Ana María Matute, Ángel Basanta, Antonio Soler, Ramón Pernas y Pilar Cortés, componentes del jurado del premio Primavera 2007, convocado por Espasa-Calpe, lo tuvieron claro: la novela de Care Santos que hoy nos ocupa tenía que recibir un galardón en el certamen. Y acertaron.
Y acertaron no sólo porque La muerte de Venus sea una espléndida obra (que lo es), sino porque la prosa de Care Santos está, en este libro suyo y en los restantes, recubierta por una suerte de barniz mágico, por una condición magnética tal que, una vez que los lectores rozan con sus ojos las primeras páginas, los captura y los lleva de la mano hasta el final, sin permitirles tregua, abandono ni desvío.
La historia que se nos propone esta vez es sumamente peculiar: Mónica y Javier se instalan en una casa enorme, que han recibido en virtud de una herencia. Y desde el momento en que comienzan a realizar reformas en la misma comienzan las sorpresas: olores inquietantes que brotan del suelo, fríos súbitos, ruidos para los que resulta imposible señalar explicación, y una perturbadora inscripción que aparece en las paredes: Me iuba (Ayúdame). Javier, más escéptico, trata de hallar explicaciones racionales para todo lo que está ocurriendo; pero Mónica, que se encuentra embarazada, prefiere aceptar lo que cada vez resulta más notorio: que una presencia fantasmagórica trata de comunicarse con ella, con un propósito desconocido. Este sugerente inicio novelesco se verá completado con la presencia de Leónidas Xart (un investigador de fenómenos paranormales que va acompañado por su perro Hunter), la aparición de una escultura del tiempo de los romanos y otros detalles sorprendentes que conviene no revelar (es justo que sean los lectores quienes los descubran por sí solos) y que conforman una obra que ha sido documentada hasta en sus menores detalles y que puede seducir a todo tipo de públicos.

Care Santos nos ofrece, en las páginas de La muerte de Venus, al menos tres novelas diferentes: la primera, una narración de fantasmas; la segunda, una novela histórica; y la tercera, tal vez más camuflada pero no menos rotunda y habilidosa, una novela psicológica, donde se nos aproxima a los miedos del ser humano y donde se investiga con seriedad y con rigor la piel y la carne de nuestros pánicos.

martes, 16 de junio de 2015

El síndrome Bovary



Es difícil asociar el nombre de Care Santos a una sola actividad exitosa: ha cultivado el cuento con resultados magníficos, ejerce la crítica literaria con gran solvencia, ha obtenido galardones de novela de altísimo nivel (el Ateneo de Sevilla, por ejemplo, o el accésit del premio Primavera), y ha publicado novelas juveniles de excelente factura (Los ojos del lobo o Laluna.com). Es decir, que sin duda estamos ante una de las escritoras más proteicas e interesantes del panorama nacional. Y El síndrome Bovary, novela que salió publicada en el mes de marzo de 2007 en Algaida, es una muestra más de su enorme poderío literario.
Nos cuenta en la obra que el editor Samuel Martínez, a pesar de la mentira que propaga su esposa Mónica, no ha muerto jugando al pádel con su amigo Alberto, sino en medio de un orgasmo mientras mantenía relaciones sexuales con su secretaria Paulina. Su marido (bien claro le queda a la atractiva viuda) le ha sido infiel muchísimas veces con mujeres a las que Mónica conoce, porque son amigas del trabajo o de la familia. Pues bien, ahora es el momento de que tiemblen sus respectivos esposos, porque Mónica ha decidido “transformarse en una perfecta hija de puta” (p.75) y se los va a ir cepillando a todos, uno detrás de otro. Que se prepare Ángela, la experta en sexo tántrico, que dice haber sentido orgasmos de ocho horas (p.32); que llore Maika, la de los pechos enormes y duros, amiga de Samuel desde la infancia; que sufra Nora, la fogosa insaciable (que parece haber perdido todo su apetito sexual desde el nacimiento de su hijo Luis); que se atenga a las consecuencias Paulina, la mosquita muerta (mucho más ambiciosa y retorcida de lo que parece).
A ese dilatado catálogo de venganzas hay que añadirle otro enredo, esta vez editorial: parece haberse perdido el lápiz de memoria que contenía la próxima novela de Edmundo de Blas, un autor que vende libros como churros. La simple posesión de ese inédito podría garantizar millones a quien lo obtuviese, y ninguno de los implicados renunciará a bajeza alguna con tal de apropiárselo.
De la mezcla de ambas corrientes narrativas saldrán muchas sorpresas para los lectores: una mujer asesinada a puñaladas en una parada de autobús (que luego se aparecerá de forma ectoplásmica, comiendo naranjas); un escritor novel y desequilibrado, que aceptará la comisión de un delito con tal de ver publicada su obra; alguien que se disfraza de operario de mantenimiento para meterse en los despachos ajenos; un profesor universitario llamado Epicteto, que experimenta una increíble noche de sexo tras expeler una conferencia sobre la ornitología en Miguel de Unamuno; un orgasmo sobre el poyo de una cocina; y otros mil detalles que me guardaré de desgranar, para que sean los lectores quienes los descubran por sí solos.

El síndrome Bovary es una de las novelas más divertidas, ágiles, alocadas y entretenidas de principios del siglo XXI. No deberían ustedes perdérsela.

jueves, 3 de marzo de 2011

¿Qué estás pensando?




Cuando alguien se conecta a la red social Facebook lo primero que se encuentra en la parte superior de la pantalla es una pregunta de confesonario, diván freudiano o novia inquieta: «¿Qué estás pensando?». Y a continuación se invita a reflejar esos pensamientos en un recuadrito que, mediante la tecla Compartir, los hará universales. Care Santos (Mataró, 1970), la febril, moderna, juguetona, innovadora y curiosa Care Santos, eligió el 8 de abril de 2009 como fecha de inicio de un experimento: puesto que ese día festejaba su trigésimo noveno cumpleaños, ¿qué mejor celebración que inaugurar una secuencia de 365 entradas en Facebook, a ritmo de una por día?
Dicho y hecho, considerando irónicamente que «los 40 años son la edad a la que el escritor debe comenzar a tomarse en serio su carrera» y que, por eso mismo, «dispongo de 364 días que ocupar en idioteces» (página 7), la espléndida escritora catalana inicia una navegación de lo más singular: un diario en marcha internáutico que ahora recoge en formato de libro Ediciones Baladí, con simpática y colorista cubierta. ¿Y cuál es el contenido de la obra? Pues ni más ni menos que el contenido de la vida. Durante el año todos reflexionamos, leemos libros, escuchamos anécdotas, llevamos a los hijos al dentista, dejamos que la televisión nos inyecte películas, viajamos, reencontramos a gente que creíamos perdida, nos entristecemos, brindamos con los amigos, nos conectamos a Internet, frecuentamos periódicos y revistas... Care Santos, con la difícil prosa de la normalidad, nos va trasladando la misma secuencia de actividades, que se empapa así de cercanía. En las páginas amenísimas de este volumen conoceremos a su hija Elia, protagonista de anotaciones tan cortazarianas como la del 26 de abril, que no me resisto a dejar aquí: «Y entonces Elia, con el rostro desencajado por el espanto, salió de su habitación y asomándose a la escalera gritó, aterrada: ¡Se ha bombido la fundilla! Lo cual puede también significar que Laie, con el rostro desespantado por el encajo, habitó de su salión y escalándose a la asomada aterró, gritada: ¡Se ha fundido la bombilla!» (página 14); conoceremos también a su hijo Adrián, inventor de pocodrilos y propietario de una broma de borrar; o a su hijo Álex, fundador de tiempos alternativos («Son las dos menos punto») y aprendiz de Linneo («Mamá, ¿el marciano es un animal?»); sabremos de los amigos admirados de Care, como Montero Glez («Maldito genio», lo llama en la página 53), Óscar Esquivias, Andrés Neuman o Elena Medel; y seremos informados de anécdotas graciosas, chocantes o reveladoras. Entre estas últimas yo destacaría tres: la primera, aquella ocasión en que Care se vio urgida a comprar uno de sus libros y entabló un diálogo exasperante con el librero, tan desidioso como analfabeto; la segunda, el modo rocambolesco en que rescató una moleskine perdida en un avión; la tercera, el gesto fundacional de su madre, que despejó una estantería de su casa y colocó en ella el primer libro (delgadísimo) de su hija, sabiendo que publicaría los suficientes como para repletar la balda.Escrita con agilidad, con humor, con seriedad y con desenfado, esta bitácora nos muestra el vivir cotidiano de una Care Santos que, aparte de documentarse para sus novelas y embarcarse en su escritura, se dedica también a otros menesteres no menos placenteros: cocinar para los suyos, dejarse invadir por programas de televisión, beber vodka con naranja, escuchar a Bach, abrir los paquetes de libros que le llegan a diario o robar tarritos de mermelada en los hoteles («Las escojo de sabores variados, siempre procurando no repetirme mucho. Las de fresa para Deni. Las de melocotón, para los niños. Yo no como mermelada. La detesto», página 71). Si a todo este conjunto de detalles le unimos algunas sentencias que juguetean con lo filosófico y con el juego de palabras («Un segundo antes de mi muerte me moriré de curiosidad», página 56) y otras donde anida una inteligente reflexión emocional («Mi memoria sumada a tu memoria no es igual a nuestro pasado», página 117), obtendremos una obra que se lee con enorme placer y que ustedes harían bien en procurarse para cobijarla en la biblioteca de casa. Care Santos siempre es una garantía.