lunes, 19 de octubre de 2026

La mano que tengo

 


No sé si alguna vez han mirado ustedes con atención una mano. No me refiero a una mano ajena (la de su madre en la cama del hospital, cada vez más quieta; la de su padre conduciendo, cada vez más arrugada), sino a una propia. Yo sí lo he hecho, con cierta frecuencia. Miro sus arrugas, sus poros, el movimiento de sus articulaciones, su inagotable versatilidad, su humilde y tenaz servidumbre. Me permiten (nos permiten) escribir, sostener libros o herramientas, aferrar el volante, coger productos en los pasillos del supermercado, acariciar, saludar, señalar, pulsar botones. En este precioso álbum ilustrado, Ignacio Sanz (con sus versos graciosos) y Moisés Yagües (con sus dibujos magníficos) nos invitan a que repitamos la ceremonia de mirarlas, desde el humor, pero también desde la gratitud: nuestra cotidianidad quedaría visiblemente mermada sin su silencioso trabajo. Léanselo a alguien de pocos años. Verán cómo sonríe. Y, posiblemente, estén sembrando en su cabeza la curiosidad y el asombro para que, dentro de algunas décadas, vuelvan a mirárselas con una sonrisa melancólica.

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