Mostrando entradas con la etiqueta Eça de Queirós José María. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Eça de Queirós José María. Mostrar todas las entradas

sábado, 15 de noviembre de 2025

Alves & Cía

 


Godofredo de la Concepción Alves (un próspero empresario de 37 años) sabe que su socio Machado (que tiene 26) anda sumido en un misterioso jaleo de faldas, pero no entiende que los devaneos eróticos del joven sean de su incumbencia. Lamentablemente, cuando se dirige por sorpresa hacia su casa para celebrar con su esposa Ludovina el aniversario de bodas, descubre a esta en los brazos del desahogado galán. Y todo su mundo se viene abajo (“Deseó verdaderamente morir”, anota Eça de Queirós en el capítulo III). Un dolor infinito lo desgarra y, tras descubrir los mensajes apasionados que ella ha escrito para su amante, Alves siente que llega al borde del acantilado (“Si una palabra bastase, una orden dada bajito a su corazón para que se detuviese, diría esa palabra tranquilamente”, III).

A partir de ese instante, oscilando entre la ira y el absurdo, Alves concebirá mil propósitos sin pies ni cabeza, que se contradicen unos a otros: matar al ofensor, quitarse la vida, plantear un duelo, expulsar a la mujer de su casa (circunstancia que su suegro aprovecha de forma mezquina para arrancarle una sustanciosa pensión mensual), requerir el consejo de sus amigos más cercanos, mantener el secreto del agravio… De tal forma que, en realidad, estamos siendo invitados para que contemplemos, en respetuoso silencio, la desolación de un hombre que, siendo feliz, es expulsado del paraíso, y que tiene que reconstruir su vida, advirtiendo desde el principio “de un modo agudo y doloroso la evidencia de su soledad” (cap.VIII).

Bondadosa y con un final feliz (o, al menos, resignado), esta novela de José María Eça de Queirós me ha deparado dos intensas tardes de lecturas. La recomiendo.

miércoles, 30 de abril de 2025

La ilustre casa de Ramires

 


En la última página de esta excepcional novela de Eça de Queirós, el personaje de Juan Gouveia reflexiona en voz alta sobre las virtudes y defectos del protagonista, don Gonzalo Mendes Ramires, el más antiguo hidalgo de su país, “afable joven, esbelto y rubio, de blancura de porcelana, con ojos alegres que fácilmente se enternecían, distinguido, elegante”. Sabe de su noble abolengo, sabe de sus miserias, sabe de su ira y de su bondad; y por eso se permite preguntar a quienes lo rodean: “¿Saben ustedes a quién me recuerda?”. La respuesta a ese interrogante retórico constituye la médula misma de La ilustre casa de Ramires, un maravilloso retrato sobre el último representante de una familia que, desde hace muchas décadas (mil años, exagera él), ha sido lo más elevado y respetable de la sociedad portuguesa. Ese hombre, don Gonzalo, vive ahora chapoteando en una situación que juzga innoble: se alejó de Cavalleiro, un petimetre que cortejaba (y luego abandonó) a su hermana Gracia, pero las caprichosas circunstancias de la política han querido que ahora Cavalleiro sea un hombre influyente que, tras la muerte del diputado Sanches Lucena, ha de proponer a su sucesor, quien quedará encumbrado en Lisboa. En el capítulo IV se resume el espíritu de su pensamiento: “Los portugueses nos dividimos en dos clases: cinco o seis millones que trabajan la hacienda y viven de ella, como Barrolo, y que pagan; y unos treinta individuos que forman en Lisboa la parcería gobernante. Ahora bien, yo por gusto, por necesidad, por tradición familiar, deseo mandar en la hacienda. Pero para ingresar en la parcería política, el ciudadano portugués necesita ser diputado, así como para entrar en la magistratura hay que ser licenciado. Por eso quiero comenzar como diputado, para acabar como gobernante”.

En ese camino también interviene de forma involuntaria su amigo José Lucio Castañeiro, quien está interesado en publicar la pequeña novelita sobre sus antepasados que anda escribiendo el protagonista y que sin duda servirá para despertar las conciencias en un país que ha olvidado ya el esplendor de su pasado (“Portugal está muriendo por falta de sentimiento nacional. Morimos suciamente del mal de no ser portugueses”).

Don Gonzalo no dudará en agachar las orejas y buscar de nuevo la amistad de Cavalleiro, consciente de que lo necesita para medrar en el mundo político. Y se verá obligado a tragar mucha saliva cuando compruebe que su antiguo camarada vuelve a cercar eróticamente a su hermana, pese a saberla ya casada con Barrolo. ¿Consentirá con esa humillación adúltera o se rebelará?

La ilustre casa de Ramires se yergue como un relato poderoso, inteligente y muy agudo, que investiga en los entresijos del alma y que nos conduce por laberintos de dignidad y bajeza, de temblores y gallardía, a la vez que nos permite conocer mejor a nuestros vecinos del oeste, siempre tan cercanos y tan lejanos. Me parece una novela imprescindible.

domingo, 2 de agosto de 2020

El mandarín




Teodoro es un oscuro funcionario que trabaja en el Ministerio de la Gobernación en Portugal. Lleva una vida rutinaria, de hombre soltero que vive en una pensión y que no tiene más horizonte que colocarse todos los días los manguitos que le permitan realizar sus tareas como amanuense. Come de manera frugal, no se le conocen amores, ni tampoco amistades notables. Pero un día, leyendo un libro, descubre una extraña frase que le llama la atención: se sugiere que si es atrevido y toca una campanilla, inmediatamente morirá en la lejana China un viejo mandarín, cuya ingente fortuna irá a parar a sus manos. Teodoro carece de todo tipo de fe (considera que la religión es un “ficticio consuelo controlado por los poderosos para aplacar a quienes nada poseen”), pero se deja seducir por las tentaciones de un personaje (¿satánico?) que le impele a tañer la campanita, cosa que finalmente hace.
No tarda muchos días en descubrir que, en efecto, ha muerto súbitamente en China el venerable Ti Chin-Fu; y que él acaba de heredar ciento seis mil millones. A partir de ese momento, “embrutecido en un deleite de Nabab”, se introduce en una espiral de gastos suntuosos: comidas estrafalarias, bebidas exclusivas, puros de primera calidad, prostitutas inabordables para los bolsillos medios… Durante un tiempo vive esa “existencia animal, grandiosa e impúdica”, hasta que calibra la conveniencia de viajar a China y conocer a la familia del mandarín fallecido.
Magnífica novela corta impregnada de amor al mundo oriental (sedas, abanicos, vestimentas bordadas con primor, pagodas, braseros aromáticos), pero donde no se esconden tampoco los ángulos menos admirables de ese mismo mundo: la mugre de sus calles, los perros hambrientos, el fatalismo de sus habitantes, la asfixiante burocracia… Y donde advertimos, sobre todo, la espléndida elegancia literaria de José María Eça de Queirós, quizá el más grande de los realistas portugueses, que nos termina sorprendiendo al final de la obra con una decisión chocantísima de su protagonista.