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martes, 22 de septiembre de 2026

Paisajes (ciezanos) y lecturas

 


Mientras recorro las primeras páginas del volumen Paisajes y lecturas (ciezanos) no puedo evitar acordarme en primer lugar de uno de los prologuistas del tomo, Bartolomé Marcos Carrillo, inteligente profesor de instituto al que mi promoción (ay) me temo que martirizó con sus tontunas infantiloides allá por 1980. Después, tras un suspiro melancólico y una petición silenciosa de perdón por aquellas adolescentes barrabasadas, me encuentro con el sabroso contenido del tomo, que disfruto en silencioso respeto. En primer lugar, los textos que Pedro Diego Gil López dedica a su entorno, convertidos con tinta en espléndidas hojas, que me traen a la memoria algunos paisajes que conocí en mi adolescencia (viví en Cieza dos años): la finca del Menjú (“Un lugar idílico, de ilusiones perdidas, de transformaciones imposibles, de propiedad sin cordura”, p.13); la cantera de mármol de los Losares (que lleva más de tres décadas abandonada); el Almorchón (“Una peonza montañosa que quedó boca arriba cuando un niño la perdió después de jugar con ella a los cataclismos”, p.42); o la sierra de la Palera (la cual “se yergue en una cúspide absoluta, entre los pinares que se incendian cíclicamente con los mismos rayos de las tormentas secas”, p.77). Son las miradas y las emociones que una persona sabia es capaz de desplegar cuando contempla sus paisajes: es decir, los ojos del niño y las palabras del adulto.

Después llego hasta las interesantes reflexiones que Jesús A. Salmerón Giménez va desgranando sobre un elevado número de autores y obras, sobre los cuales emite atinados juicios: Rafael Chirbes (“Una prosa vigorosa, ágil, precisa, hermosísima”, p.121), la nota funeraria que le dedica a Henning Mankell (pp.137-138), su elogio exaltado de José Emilio Pacheco (“Uno de los más grandes poetas que he leído, de los que más me han llegado al corazón”, p.176) o el emocionado tributo que ofrenda a Gabriel Celaya cuando se cumplieron 25 años de su muerte (pp.200-203). Pero además de esas notas críticas también se incluyen poemas de creación propia o microrrelatos como el que aparece en la página 156. Y, como cierre delicioso del libro, un excelente reportaje fotográfico que ilustra paisajes y actos culturales en los que ambos escritores encontraron fuente de inspiración.

Un trabajo espléndido de la editorial Almadenes que conviene aplaudir con entusiasmo.

viernes, 21 de octubre de 2022

Relaciones imposibles

 


Existen tantas definiciones del amor como se quieran buscar, en los libros o en Internet: desde las frases edulcoradas hasta las cínicas, desde las puramente fisiológicas o químicas hasta las más etéreas y angelicales, desde las zumbonas hasta las sesudas, desde las resentidas hasta las extasiadas. Y no son pocas las personas que se atreven a sospechar que el amor puro, el amor pleno, el amor absoluto, no deja de ser una aspiración de inviable cumplimiento, que el cine y la literatura han llenado de tópicos acaramelados.

En su reciente libro Relaciones imposibles, publicado por MurciaLibro, Pedro Diego Gil López apuesta por mostrarnos en sus cuentos la creación de algunas parejas que causan asombro y perplejidad, por la condición disímil de sus componentes. ¿Qué tipo de vínculo amoroso (rápido y mutuo) puede unir a un delincuente barriobajero (el Lenguafina) con una jefa de policía de intachable trayectoria (Francisca Salvatierra)? ¿Qué asombrosas circunstancias tienen que concurrir para que un sacerdote (el padre Tomás) entregue su corazón a una joven prostituta (Rosa la Cuatroesquinas)? ¿De qué manera obra el azar para que la solitaria cajera de un comercio (Claudia) fije su mirada y su deseo en el mendigo africano que permanece en la misma puerta de su puesto de trabajo (Jawara)? ¿Qué extraño sentido del humor despliega el cosmos para que un atractivo equilibrista, ampliamente amado por todas las mujeres que lo rodean (Apolo) termine convirtiéndose en el amoroso cortejador de una enana del circo (Lorena)? Con estas y otras no menos vistosas piruetas narrativas, el autor nos obliga a suspender nuestra incredulidad asistiendo a las maniobras de las que Cupido se sirve para convertir a personas muy diferentes entre sí en enamorados entusiastas, dispuestos a enfrentarse a todo y a todos para defender su derecho a ser felices. Algunas de las aventuras terminarán de forma feliz, con vínculos estables e hijos comunes; otras se verán segadas por la muerte de uno de los dos integrantes. Pero la sensación final, dichosa y llena de luz, es que merece la pena abalanzarse por el tobogán del amor, porque en ningún otro sitio se pueden encontrar instantes de gloria y de plenitud tan increíbles.

Un libro que se lee con creciente placer y que alcanza en su relato último (celofán que envuelve el ramo de flores) una curiosa fusión narrativa más que notable.