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sábado, 5 de septiembre de 2026

La flor más grande del mundo

 


Cuando terminé de leer esta obra (veinte minutos me llevó, incluyendo los diez que dediqué a repasar las ilustraciones), pensé que no iba a comentarla. Que era una pérdida de tiempo. Que un texto que cabe en un folio (no exagero ni un ápice) no puede ser incluido sin bochorno en un blog de reseñas. Pero después, con más calma, he pensado que sí debía hacerlo, sobre todo para poner de manifiesto mi estupor por esta engañifa editorial. Utilizar el nombre del premio Nobel (al que admiro) y un texto ínfimo suyo para clavarle 21 euros a la persona que quiera conocer sus palabras dedicadas al mundo infantil es una inmoralidad.

Saramago comienza disculpándose por no saber escribir para niños, termina el relato disculpándose por no saber escribir para niños y, en medio, treinta líneas para decir que un niño sube a una colina y encuentra una flor. Atrápame esa mosca por el rabo. Te pueden decir que si la tapa dura, que si las ilustraciones, que si patatín y que si patatán. Pero lo dicho: no caigan en la trampa.

miércoles, 18 de septiembre de 2024

Las pequeñas memorias


No me adentré en las páginas de Las pequeñas memorias, de José Saramago (que traduce Pilar del Río al castellano), para descubrir prodigios increíbles de su infancia. Imaginé que, como todas las infancias, la suya estuvo poblada por una serie de personajes, una serie de anécdotas y una serie de lugares que, alejados de cualquier importancia general, quedarían revestidos con los ropajes melancólicos de la añoranza. Y así sucede, en efecto, en estas breves ciento cincuenta páginas. Vemos al niño pobre que nació en Azinhaga, muy cerca del río Almonda, en una zona de olivos centenarios que ahora han sido arrancados para que pueda plantarse maíz híbrido. Vemos cómo se subía a las higueras para comer sus frutos; conducía cerdos a la feria; atravesaba largas extensiones de tierra requemada por el sol para ver a una chica que le gustaba; sentía un profundo temor por los perros (y una elevada fascinación por los caballos); observaba a su tío Francisco Dinís, que estuvo a punto de disparar por celos a su mujer; se cruzaba con una vecina con los pies muy grandes a la que apodaban “La Pezuda”; tuvo pequeños escarceos amorosos con niñas del barrio; sentía preferencia por los abuelos maternos sobre los paternos; dormía en el suelo de la vivienda que tuvieron en la calle Heróis de Quionga y sentía cómo las cucarachas corrían por encima de su cuerpo; se hizo un corte en un dedo con la navaja mientras tallaba un corcho; era aficionado a la pesca (“No creo que exista en el mundo un silencio más profundo que el silencio del agua”, nos dice)… Nada extraordinario, desde luego, pero “para aquel chico melancólico, para el adolescente contemplativo y tan frecuentemente triste”, aquel mundo era el único posible. Y nosotros, leyendo las hojas donde consigna su memoria infantil, vamos moviéndonos entre la sonrisa, la tristeza, el asombro y la compasión. Sobre todo, cuando nos explica que en el Día del Juicio Final su condenación puede hacerse efectiva por culpa de una mazorca de maíz.

Un libro delicado, sencillo y de agradable lectura, que se completa con casi una veintena de fotografías antiguas. 

viernes, 19 de enero de 2024

Ensayo sobre la ceguera

 


Durante mi infancia, jugaba en ocasiones a fingirme ciego y comprobar hasta qué punto sabía adaptarme a ese modo de vida. Cerraba los ojos y me movía por mi casa, intentando no tropezar con los muebles, beber agua del frigo o sentarme en la mecedora después de localizarla al tacto. Pero un día, después de sonreír por mis logros, constaté con perplejidad que, al margen de esas “victorias” diminutas, no podía leer, no podía escribir y, mucho peor, no hubiera sido capaz de salir de mi vivienda y moverme por la calle. Siendo ya profesor de bachillerato, he insistido algunas veces a mis alumnos para que intenten el experimento y extraigan consecuencias.

Ahora me sumerjo en una novela asfixiante, en la que el portugués José Saramago lleva esa propuesta hasta su límite: ¿qué pasaría si, por una inexplicable epidemia súbita, todos los habitantes del mundo se quedaran ciegos? ¿En qué quedarían convertidas las ciudades? ¿Cómo se podría sobrevivir, sin coches, sin libros, sin supermercados, sin colores, sin saber dónde estás, sin saber cómo volver a casa o dónde encontrar un retrete? Ocioso sería anotar en esta página un resumen del argumento de la narración, porque su fama literaria, el mundo del cine e incluso la propia imaginación de los lectores suplirá aproximadamente esas líneas; pero les aseguro que Saramago consigue un nivel de sofoco, de exactitud, de crueldad necesaria (los seres humanos, sometidos a esa limitación, incurrirían en la feroz impiedad de los animales salvajes), que la lectura del libro corta la respiración más de una vez. Por ejemplo, cuando los protagonistas se encuentran por la calle y no son capaces de saber hacia dónde dirigirse, en medio de un laberinto de coches estacionados, perros que aúllan buscando comida y cadáveres esparcidos por las aceras. Por ejemplo, cuando un grupo de ciegos que han conseguido un arma y controlan la comida exigen que las mujeres del otro grupo se conviertan en objetos sexuales a cambio de comida (preparen el estómago para esta indigna secuencia terrible, que los hará oscilar entre las lágrimas y el vómito).

Copio una frase de la novela: “Si antes de cada acción pudiésemos prever todas sus consecuencias, nos pusiésemos a pensar en ellas seriamente, primero en las consecuencias inmediatas, después, las probables, más tarde las posibles, luego las imaginables, no llegaríamos siquiera a movernos de donde el primer pensamiento nos hubiera hecho detenernos”. Copio otra frase: “Dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre, esa cosa es lo que somos”.

Hace un par de años anoté en este Librario que no me terminaban de convencer las obras de José Saramago, pero decidí intentarlo de nuevo. Ahora me alegro de haberlo hecho: Ensayo sobre la ceguera es una auténtica maravilla novelística.

jueves, 23 de noviembre de 2023

El cuento de la isla desconocida

 


Un súbdito insolente (la “insolencia” consiste en pedir a los poderosos algo que ellos no hayan contemplado con anterioridad como limosna) se acerca hasta la puerta donde vive el rey y, sin mediar súplicas o genuflexiones, le solicita un barco. Interrogado por sus motivos, alega necesitarlo “para buscar la isla desconocida”. El soberano, conteniendo la risa, le dice que no tiene noticia de que aún existan ese tipo de islas, pero el peticionario se enroca en la terquedad (“Es imposible que no exista una isla desconocida”), consiguiendo que el monarca deponga su soberbia y le conceda su deseo. La mujer de la limpieza de palacio decide irse con el aventurero, para compartir su destino. De tal forma que, mientras él recluta a los futuros componentes de la tripulación, ella adecenta el barco y se preocupa por la alimentación de todos. Por desgracia, nadie se suma al proyecto, aduciendo razones prácticas (“Me dijeron que ya no hay islas desconocidas, y que, incluso habiéndolas, no iban a dejar el sosiego de sus lares y la buena vida de los barcos de línea para meterse en aventuras oceánicas, a la búsqueda de un imposible”). La mujer, abatida, sugiere la posibilidad de quedarse en tierra, pero el soñador lo tiene claro: una vez que ha concebido la idea, no está dispuesto a renunciar a su isla (“Quiero saber quién soy yo cuando esté en ella”).

No desvelaré los pormenores y meandros que la narración (que, como es bastante evidente, puede ser leída en clave política) dibuja a partir de ahí, pero sí consignaré que enriquecen el carácter simbólico de la misma, tan hermoso como poliédrico.

Pese a que José Saramago no pertenece al grupo de mis autores favoritos, he querido insistir con él y he tenido la buena fortuna de toparme con este título, que me ha gustado mucho. Quizá deba concederle más oportunidades lectoras al premio Nobel portugués.

viernes, 8 de enero de 2021

Las maletas del viajero

 


Existe una magia inexplicable que te une de manera invisible con los escritores. Y es una magia que se advierte por regla general desde las primeras páginas suyas que lees (o que, en casos excepcionales, se conquista con tenacidad y paciencia). Si esa magia no brilla, es inútil que te empecines en avanzar por libros y libros del escritor: jamás lograrás entusiasmarte con él. E incluso llegarás a alejarte de su obra para siempre. No se trata (es necesario aclararlo) de desprecio o animadversión, sino de algo más sencillo: que has comprendido de una forma diáfana que no eres compatible con él. Con el paso de los años y de las décadas, yo he llegado el convencimiento de que soy incompatible con Milan Kundera, con Ernest Hemingway, con Gloria Fuertes, con Saúl Yurkievich y con algunos más. Insisto en que no se trata de desdén, sino de haber llegado a la conclusión de que nada me dicen sus obras y, por tanto, lo más razonable es que no vuelva a aproximarme a ellas.

Acabo de descubrir que también me sucede con José Saramago. Hay algo casi de orden químico que nos separa. Cuando leí El evangelio según Jesucristo advertí que, salvo algunas escenas muy intensas, el resto me parecía bostezante. Cuando me sumergí en Todos los nombres no logré sentir emoción alguna. Cuando he tratado de bucear por su Cuaderno de Lanzarote (hace apenas una semana) me ha repelido su continuo exhibicionismo petulante, disfrazado de modestia (quebradiza e impostada). Y al entrar en Las maletas del viajero (que, por ser artículos de prensa, juzgué que podrían resultar diferentes) me he encontrado con el mismo vacío.

De ese viaje apenas rescataría dos breves citas (“La verdad es sólo medio camino, la otra mitad se llama credibilidad”, “Soy un buen hombre, con una sola y confesada flaqueza de mala vecindad: la ironía”); el resto sé que lo olvidaré muy pronto.

No me seduce Saramago. No me embriaga Saramago. En esas condiciones, se me antoja muy improbable que repita la operación de abrir de nuevo alguno de sus libros. Lo he intentado y no ha podido ser. Quizá la culpa sea mía, por qué no: lo admito, sonrío y cierro esta carpeta, quizá para siempre.