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lunes, 7 de septiembre de 2026

Las troyanas


 

La historia la conocemos por Homero, por novelas y por el mundo del cine: tras el rapto de Helena (esposa de Menelao) por parte de Paris, ambos se encierran en la ciudad de Troya, de la que es príncipe el secuestrador (o seductor). Y ese ultraje moviliza a todos los pueblos griegos, que se unen para cercar la malhadada ciudad y exigir la entrega de la reina. Diez años de asedio y combates que se resuelven (también conocemos la imagen) con el episodio del gigantesco caballo de madera, que los incautos troyanos introducen en sus dominios suponiéndolo un regalo de despedida de los acampados. Troya fue arrasada. El rey Príamo halló la muerte; los príncipes Héctor y Paris encontraron la muerte; todas las defensas fueron quebradas. Y llega el momento en que los triunfadores, ávidos de botín, se reparten los tesoros de la ciudad… y se reparten a sus mujeres.

En ese punto comienza la terrible, escalofriante tragedia de Eurípides, quien nos explica que el rey Agamenón (hermano de Menelao) se ha pedido a la joven virgen Casandra; y que Ulises exige como esclava a Hécuba, esposa del difunto Príamo. Todas las protagonistas lloran su desgracia, sabiéndose condenadas al ultraje y la humillación. Casandra está convencida de que destruirá el hogar de Agamenón si él la posee; pero quizá las dos más atribuladas sean Andrómaca (esposa de Héctor) y Hécuba. La primera sufre el triple horror de haber perdido a su marido, de estar condenada a convertirse en esclava y de saber que su pequeño hijo Astianacte va a ser arrojado desde las murallas de Troya, para que no quede posibilidad de que ningún heredero reconstruya la ciudad; la segunda, anciana y con su mundo puesto patas arriba, tendrá que servir al pérfido Ulises, uno de los grandes culpables de la destrucción de su patria.

Mezclando épica y lírica, Eurípides consigue emocionarnos casi en cada página, con la contundencia de su composición dramática y con los sentimientos de sus protagonistas: el desgarro de Hécuba (las palabras que pronuncia ante el cuerpo sin vida de su nieto son estremecedoras), la hipocresía de Helena (quien culpa de todo lo ocurrido a los padres de Paris, por haberlo engendrado; e incluso a su marido, por haberle dado hospedaje en su casa) o el dolor lacerante de Andrómaca (la cual mientras viaja en el barco sabe que su hijo está siendo empujado desde las almenas, sin que pueda hacer nada para evitarlo). No se cansa uno de leer a los grandes: en ellos está el germen de casi todo.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Ficciones

 


Sé lo que voy a encontrarme cuando reabro las páginas de Ficciones, de Jorge Luis Borges (creo que es mi tercera visita), pero esa convicción no rebaja el placer de la lectura, que realizo esta vez con un lápiz rojo en la mano. Como quien señala mariposas mientras pasea por el campo, voy subrayando, sobre todo, algunos verbos, que me fascinan por su condición áurea (ese espejo que “inquietaba el fondo de un corredor”; ese hombre que “interrogó el volumen XLVI” de una enciclopedia; esos periódicos que, al hablar de un libro, “dispensaron su ditirambo”; esos alumnos que “fatigaban las gradas”; o ese museo y esa enorme biblioteca que “usurpaban la planta baja”). Como el propio Borges dijo, al hablar de las kenningar, yo también he experimentado un placer casi filatélico al identificar y alinear esos vocablos.

Por supuesto, también he recuperado la embriaguez de recordar los volúmenes (que pronto serán cien) que impondrán el mundo de Tlön sobre el mundo actual; los sinuosos y estimulantes acercamientos del narrador a cierta novela del abogado Mir Bahadur Alí; la experiencia casi metafísica de Pierre Menard, que se concentra en la escritura literal y necesaria del Quijote; los sueños del soñador que vertebra “Las ruinas circulares”; la inquietante lotería babilónica, que impregna o impugna la sociedad entera (acaso la vida entera) con sus azares ramificados e interminables; el pasmoso juego delirante de la biblioteca de Babel; la memoria sofocantemente angustiosa de Funes; la herida que publica la ignominia en la cara de Vincent Moon; el milagro secreto con el que Dios quiso galardonar o torturar a Jaromir Hladík; la elaborada revisión de la divinidad de Judas; el deleitoso secreto que envuelve a los integrantes de la Secta del Fénix; o ese cuchillo sobre el que se cierra la mano de Dahlmann en una llanura del sur, en el relato que Borges califica como su, posiblemente, mejor cuento.

Jorge Luis Borges y Antonio Muñoz Molina son los dos únicos autores, si la memoria no me traiciona, que jamás me han aburrido o defraudado con ninguno de sus libros. Es un espléndido balance, que me genera una enorme gratitud.

sábado, 20 de junio de 2026

El libro de arena

 


Podría invocar la magdalena de Proust e incluso la fragancia de un jabón que, siendo niño, usé de forma casual porque mi madre lo compraba y ahora, cuando he recuperado su aroma medio siglo después, me hace cerrar los ojos y rememorar la exacta decoración del cuarto de baño donde lo pasaba por mi piel. Ahora, con cuatro décadas de distancia, abro las páginas del volumen El libro de arena y recupero las sensaciones de 1986. Ni mejores ni peores: idénticas. Podría hablar de fascinación, de embrujo, de deslumbramiento. También, sin hipérbole, podría hablar de sorpresa, porque Borges sorprende siempre, aunque leamos cien veces el mismo texto. Creo haberlo dicho alguna vez: yo no releo a Borges, lo leo. Porque en cada ocasión sabe a la primera vez, como el beso de la persona a la que amas con locura, como la sonrisa infinitamente igual e infinitamente placentera de tu hijo o tu hija, como la arrugada plenitud de las manos acariciadas de tu madre o tu padre.

Me habla de la reunión fascinante entre el viejo Borges y el joven Borges, de la enigmática Ulrica, de la urdimbre de un Congreso que repite el mundo, del horror obtuso e innombrable que sube por la escalera de una casa antigua, del poeta que consigue capturar la Belleza y la elude con la resignación del suicidio, del magnicida que se aísla antes de la consumación de su crimen para no manchar a nadie con sus actos, de la codicia que genera un disco invisible con un solo lado, del libro cuyas páginas se desdoblan sin fin. Y en todas sus fabulaciones atiendo más a la voz que al contenido de su parlamento. Subrayo frases (“Lo que decimos no siempre se parece a nosotros”; “Hay un misterioso placer en la destrucción”; “El hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos”; “Todo viaje es espacial. Ir de un planeta a otro es como ir a la granja de enfrente”), me detengo ante adjetivos insospechados, abro los ojos ante verbos inauditos. Sé que estoy sentado en mi sillón, pero quizá debería estar de pie. O de rodillas. Es Jorge Luis Borges, por el amor de Dios. Qué regalo, sus libros.

domingo, 17 de mayo de 2026

La niña lectora


 

Puede parecer una historia infantil, pero su cargamento de lágrimas, de tesón y de denuncia social la convierten en algo más. En mucho más. Estamos en los meses posteriores a la Semana Trágica de 1909 y nos encontramos en la costa cantábrica, concretamente en los alrededores de una fábrica de tabaco de A Coruña. Allí trabaja, en condiciones insalubres, la cerillera Leonor, casada con el trapero Helenio y madre, entre otros, de Liberto y Nonó. Él es un muchacho que tiene ingenio, iniciativa y ganas de aprender. De hecho, acostumbra a leer en voz alta para su familia (“Las palabras estaban contentas en su boca”). También es reivindicativo: protesta públicamente contra la guerra de Marruecos, lo que ocasiona un intento de detención por parte de las autoridades. Ella es una niña despierta, que ha aprendido a leer y que, cortándose el pelo como un chico, logra asistir a la escuela. Muerta la madre por culpa de la tisis, Nonó decide superar el dolor acudiendo a la fábrica de tabaco. Y allí encuentra su destino.

Delicado en las descripciones, firme en la denuncia de las miserables condiciones de trabajo de las cigarreras, Manuel Rivas nos entrega una historia lírica, robusta y conmovedora (bellamente ilustrada por Susana Suniaga), que puede (y debe) ser leída en voz alta. A ser posible, mientras tus hijos escuchan.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Prosas profanas

 


Con Rubén Darío, las premisas están claras: sabes que sus versos van a estar henchidos de náyades, burbujeantes de cisnes, aromados de músicas sacras y brisas de oro, ahítos de princesas pálidas y altisonantes de púberes canéforas que ofrendan el acanto. O lo tomas o lo dejas. No hay posibilidad de pactar un término medio. Si consideras que es hermoso, pero te fatiga, léelo despacio y en dosis limitadas (puedes emplear una semana para acabar el libro). Si juzgas que es una pedantería insufrible, déjalo. El nicaragüense no te está engañando: muestra desde el principio sus cartas perfectamente nítidas (ebúrneas y esplendentes, diría él). Si decides entrar, te da la bienvenida; si decides ignorarlo, te ampara todo el derecho.

En estas Prosas profanas ocurre “tres cuarts de le prope”, como decía el gran Tip: Rubén se inventa vocablos (ese “pitagorizar” que alumbra el soneto ‘Ama tu ritmo’); reconoce sus admiraciones, introduciendo los nombres de poetas egregios en sus líneas (Verlaine, Heine, D’Annunzio, Horacio, Virgilio); ensaya rimas sorprendentes (lujurias / Asturias, extraterrestre / san Silvestre, Eulalia / Onfalia); construye aliteraciones de feliz recordación (“el ala aleve del leve abanico”, “la regia y pomposa rosa Pompadour”, “la libélula vaga de una vaga ilusión”); y, continua y fervorosamente, fragantiza (se me ha pegado) sus versos con templos, jardines, atardeceres, crisálidas, estrellas, tesoros, marfiles, abedules y labios orientales. Insisto: pueden ustedes tomarlo o dejarlo. Yo, desde luego, lo tomo.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Los silencios del Dr. Murke

 


Disfruto en este final de diciembre del volumen de relatos Los silencios del Dr. Murke, de Heinrich Böll, gracias a la traducción de Carmen Ituarte. Y me deja un buen sabor de boca (¿se podrá decir eso de un libro?), sobre todo en los tres primeros, que están aromados con un delicado sentido del humor. Se trata de “Los silencios del Dr. Murke” (donde conozco a un culto y solitario pensador, que trabaja en la radio y que tiene como afición la de guardar recortes magnetofónicos en los que se registran silencios), “No sólo en Navidad” (que me ha sorprendido con la delirante historia de la tía Milla, que enloquece cuando se retira del salón el abeto navideño y a la que toda la familia, piadosa y afectuosamente, decide engañar durante días, semanas, meses y por fin años haciéndole creer que todos los días es Nochebuena) y “Algo va a pasar” (con ese empleado que, refractario a toda forma de trabajo, encuentra en una funeraria el destino idóneo para su labor profesional).

Después, para completar el tomo, Böll incluye dos relatos más (“Diario en la capital” y “El destructor”), que tratan temas más agrios y más ríspidos (el retorno del nazismo, bajo disfraz democrático, en el primer caso; los desequilibrios mentales de un hombre obsesionado con el papel de envolver y con los folletos publicitarios, en el segundo). Creo que estas dos historias, al perder la especia del humor, resultan menos atractivas. O, al menos, así me ha parecido a mí.

Es la tercera vez que incluyo un libro de Heinrich Böll en este Librario íntimo; y me parece que no será la última.

sábado, 13 de diciembre de 2025

Calígula

 


Recuerdo perfectamente el deslumbramiento que me produjo, allá por 1985, mi primera lectura de Calígula, la pieza dramática de Albert Camus. Y recuerdo también perfectamente cómo le di vueltas a la razón que motivaba las acciones del desconcertante emperador. ¿Estaba loco? ¿Era un sádico? ¿Acaso un iluminado terrible? ¿Un lúcido tenebroso? Tras la muerte de su joven esposa (y hermana) Drusila, Cayo Julio César Augusto Germánico, más conocido como Calígula, comienza a comportarse de forma extraña: se queda con la mirada perdida, opta por vagabundear sin decir hacia dónde se encamina y, sobre todo, inicia una desenfrenada carrera hacia el absurdo. Ha bastado que uno de sus hombres le recuerde la importancia del Tesoro Público para que él, con los ojos en blanco, decida arbitrar una medida delirante y que genera inmediato escándalo: que todas las personas adineradas del imperio deshereden a sus hijos y estipulen que sus bienes pasen al Estado. Luego, será cuestión de irlos matando de forma aleatoria (“No es más inmoral robar directamente a los ciudadanos que gravar con impuestos indirectos los artículos de primera necesidad. Gobernar y robar son una misma cosa, eso es del dominio público. Pero cada cual lo hace a su manera”). Desde ese instante, utiliza el poder absoluto de forma atrabiliaria: son muchos los emperadores que han tenido poder ilimitado, pero él decide ser el primero que lo utilice para que lo irracional y el caos imperen.

A partir de ese instante, ordenará muertes (o las cometerá él mismo), urgirá a sus hombres de confianza para que le consigan la luna (literalmente), se disfrazará de bailarina y esperará el aplauso amedrentado de sus senadores o arbitrará unos perdones tan aleatorios como sus castigos. El Reino de la Locura parece su única meta, pero lo que sorprende es que cuando se queda a solas parezca regresar a la más cristalina lucidez. “¿Quién se atrevería a condenarme en este mundo sin juez, en el que nadie es inocente?”, pregona. Como es lógico, un cónclave de espadas enfurecidas tendrá que cercenar la amenaza delirante de su respiración.

Texto poliédrico e inquietante, creo que volveré a revisarlo dentro de unos años. Siempre le encuentro matices y ángulos que no había contemplado en la lectura anterior.

jueves, 7 de agosto de 2025

Niebla

 


No descarto que se trate de culpa mía, pero qué insufrible se me ha hecho releer la obra Niebla, de Miguel de Unamuno. Qué estilo tan descacharrado, tan débil, tan de ir amontonando teorías de humo y eslabonando juicios paradójicos, de los cuales pretende obtener oro narrativo o intelectual mediante el procedimiento (al principio original, pero pronto machacón) de dar la vuelta a frases o sentencias, para ver qué sale del experimento (“¡Mañana es de Dios! ¿Y ayer, de quién es?” / “Conocer es perdonar, dicen. No, perdonar es conocer”). Desatado y febril, el vasco coge las frases, las retuerce, les busca las costuras, juega con ellas, se recrea en la condición calidoscópica del azar. Y lo que resulta, finalmente, es un artefacto de palabras que, como novela, para qué vamos a mentir diciendo otra cosa, no se sostiene; y que, como motivo de reflexión, tampoco funciona demasiado bien, porque se agota y vuelve pesado tras diez páginas de geminación de los mismos recursos.

Alguien escribió una vez que el problema de Unamuno era que escribía a vuelapluma y, después, sin permitirse la humildad de corregir, servía todas esas páginas encuadernadas al lector, como si fuera altísima filosofía o pensamiento celestial. No hay filtro. No hay criba. No hay boutade que se desdeñe por quebradiza o por banal. Todo se le antoja mena, siendo bastantes veces ganga. Y, claro, sorprende que alguien de su altura dé por bueno ese mecanismo una y otra vez: es como si leyésemos un libro de Schopenhauer y, en cada párrafo, se nos deslizara una pirueta de Pinito del Oro o un chiste de Arévalo.

Si se ofrece un resumen del argumento de la obra o se subraya la famosa escena del personaje Augusto Pérez peleándose con el autor, los aplausos son justos. Pero si se desciende al texto concreto, a la estilística, la obra hace más aguas que el Titanic. No la recordaba tan floja, ciertamente. Se ve que cuando la leí (creo que fue en 1981) era demasiado joven como para permitirme una crítica al gran santón del 98. Pero en 2025 ya no. Seguiré leyendo en los próximos años a don Miguel de Unamuno, como siempre, para seguirme peleando con él y para ver si obtengo Jugo (perdón por el chiste) de sus restantes libros.

martes, 24 de junio de 2025

Dos tardes con Franz Kafka


 

“Yo no soy un lector de Franz Kafka, yo soy su enamorado”. Es la primera frase de este libro. Es la frase con la que, también, se abre el texto de contraportada. Eso significa muchas cosas, pero sobre todo una: que no estamos a punto de leer una obra de ensayo, ni una reflexión intelectual, sino una declaración de amor. Parece una bobada y desde luego no lo es, porque establece las normas esenciales del volumen: que no es discutible, que no es razonable. Si un amigo te habla con éxtasis de su amada no cabe señalarle después, ni siquiera con una sonrisa, que sus labios son inferiores a los de Angelina Jolie, que su pecho desmerece frente al de Mónica Bellucci o que sus ojos no admiten comparación con los de Elisabeth Taylor. Sus palabras de enamorado invalidan cualquier discrepancia y suspenden toda tu capacidad crítica. Lo tomas o lo dejas. Fin del asunto.

Manuel Vilas nos propone una confesión idéntica, que se vertebra sobre su amor hiperbólico por el checo Franz Kafka, al que define como “dueño de la literatura universal”, como “singularidad cósmica”, como “droga”, como creador de la única obra literaria que no sufre la oxidación del tiempo y, por supuesto, como el mejor escritor de la historia. Se permite además ciertas miradas condescendientes hacia quienes no compartan su éxtasis (“A mí me deprimen los lectores de Kafka que solo han leído La metamorfosis”) e incluso formula algunas profecías no menos arrebatadas (“La universalidad de Kafka solo acaba de comenzar. Tiene cien años. Será una universalidad más poderosa que la de Homero, Virgilio, Dante, Cervantes, Shakespeare, Flaubert o Tolstói”).

No hay que irritarse con estas aseveraciones, derivadas (insisto) del amor. Vilas es muy dueño de esmaltarlas en un libro y, limándoles algunos excesos, tampoco habría demasiados problemas para admitirlas como verdades, porque somos ciertamente muchos quienes hemos leído al atribulado escritor checo con fervor y sentimos “el consuelo de que Franz Kafka estuvo aquí, en la vida, y escribió”. Comparto también con Manuel Vilas la simpatía que experimenta por Max Brod, y coincido en las dimensiones de la gratitud que todos los kafkianos deberíamos tributarle (“Sin él, todos esos expertos no tendrían nada de qué ocuparse, estarían en el paro […]. Los lectores de Kafka somos todos descendientes de Max Brod. Descendientes de una fe, de una perseverancia, de una fuerte convulsión personal, de una admiración que va más allá de la admiración”).

Libro visceral, luminoso, dionisíaco y fértil, donde se nos ofrecen reflexiones de gran calado (“El mundo ofrece anestesia. Hay muchas: el sexo y el amor, por ejemplo. El alcohol. La familia. El café. El deporte. La vida es ir probando la anestesia que más te convenga. Franz Kafka encontró una que le aliviaba: escribir”) y donde, sobre todo, titila una continua invitación para que volvamos a las páginas del checo y busquemos en ellas otro ángulo, otro pliegue, que no advertimos en las lecturas anteriores. Hagámoslo.

viernes, 30 de mayo de 2025

El Aleph

 


Creo que es la tercera vez (quizá la cuarta) que leo El Aleph, de Jorge Luis Borges. No guardo anotación escrupulosa de la cronología de todas esas lecturas, pero sé que la primera fue durante el curso universitario 1988-89 y que la “culpa” directa hay que achacársela sin vacilación a Vicente Cervera Salinas, que entonces me explicaba Literatura Hispanoamericana y que, con un par de comentarios elogiosos y un par de citas provocó mi curiosidad por el autor argentino. Ahora, mucho tiempo después, vuelvo a fondear con idéntico placer y con idéntico fervor en la playa de antaño.

Me sabía de memoria (o casi) los “argumentos” de estas historias, pero en Borges ese detalle es ocioso, porque lo deslumbrante, lo que no se oxida ni erosiona, es su forma de contar, el léxico inaudito, el vuelo de la frase. Acompañas a Marco Flaminio Rufo en su viaje para descubrir el río cuyas aguas otorgan la rareza de la inmortalidad; recuerdas cómo muere Benjamín Otálora (“un triste compadrito sin más virtud que la infatuación del coraje”); te deslumbra la feroz polémica que se establece durante años entre Aureliano y Juan de Panonia; admiras el arrojo visionario de Tadeo Isidoro Cruz, que en los minutos finales de su vida descubre el esplendor noble de la traición; comprendes la laboriosa maquinación de Emma Zunz para ultimar su venganza; consultas el bol de monedas que tienes encima de la mesa del despacho, por si alguna de ellas recordara los perfiles del Zahir; te comienzas a fijar en la piel de todos los animales, como hizo el sacerdote Tzinacán dentro de su sofocante celda; te dejas seducir por la luminosa posibilidad de que otro Carlos Argentino Daneri te revele la ubicación exacta de un aleph; o pestañeas incrédulo ante el crimen de los Nielsen, que aúna barbarie y fraternidad.

Pero, como indiqué al principio, lo más asombroso, lo que embriaga y siempre encandila, es el decir borgiano, que nos transmite verdades quizá impensadas (“Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte”); que nos ilumina sobre ciertas paradojas sentimentales (“Hay quien busca el amor de una mujer para olvidarse de ella, para no pensar más en ella”) o sobre el sentido de nuestra existencia (“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”); que define a filósofos como Aristóteles de la manera más increíble y reverencial (“Había sido otorgado a los hombres para enseñarles todo lo que se puede saber”); o que nos retrata a una bella dama de forma inmejorable (“Sus retratos, hacia 1930, obstruían las revistas mundanas; esa plétora acaso contribuyó a que la juzgaran muy linda, aunque no todas las efigies apoyaran incondicionalmente esa hipótesis”).

Les traslado una última sugerencia: fíjense siempre en los adjetivos y en los verbos que Borges elige para construir sus frases. Raro serán que los descubran mejores (o más singulares, o más inesperados) en ningún otro autor.

Fue un maestro. Es un maestro. Sus libros quedarán.

lunes, 9 de septiembre de 2024

Ecce homo

 


Resulta muy complicado (a mí, al menos, me resulta muy complicado) decidir, tras la lectura de un libro de Friedrich Nietzsche, si lo amamos o lo odiamos, si nos parece deslumbrante por su fulgor o nos repele por su petulancia, porque el autor nos deja bien claro, en todas sus páginas, que él pensó eso antes que nadie, que él pensó eso mejor que nadie, que él pensó eso con implacable rigor y quien no lo comprenda es porque no merece dichas revelaciones. Arduo asunto, porque en cada párrafo sentimos la tensión casi insoportable de tener que profundizar en unas ideas cuya envoltura epidérmica, en ocasiones, produce rechazo por su radicalidad, su desdén, su altanería, su solipsismo. En Ecce homo, que leo en la traducción de Andrés Sánchez Pascual, vuelvo a encontrarme con dicha tensión, a la que me obligo a sobreponerme. Y cualquier lector del filósofo alemán sabe que no resulta nada fácil hacerlo, porque Nietzsche nunca se baja del pedestal, y desde allí nos vocifera con el ceño fruncido; o, en el mejor de los casos, nos contempla con acre escepticismo. Siempre hay en sus palabras una extremada agresividad, un temblor de crispaciones, como si le tuviera que recriminar con fiereza constante a la Humanidad que no esté a su altura (a lo que él juzgaba que era su altura) y que no advierta con nitidez la gloria renovadora de sus libros.

Aportemos algunos ejemplos. Cuando nos habla de Así habló Zaratustra no tiene empacho en dictaminar: “Con él he hecho a la humanidad el regalo más grande que hasta ahora esta ha recibido. Este libro, dotado de una voz que atraviesa milenios, no es sólo el libro más elevado que existe […], es también el libro más profundo” (p.17); cuando valora el conjunto de sus aportaciones al mundo de la filosofía nunca se deja embaucar por la timidez (“Tomar en las manos un libro mío me parece una de las más raras distinciones que alguien se puede conceder”, p.56); cuando reflexiona sobre el idioma en que escribe concluye sin rubor que “antes de mí no se sabe lo que es posible hacer con la lengua alemana” (p.61); cuando evalúa su aportación al mundo creativo literario no se arredra (“He volado miles de millas más allá de todo lo que hasta ahora se llamaba poesía”, p.62); cuando resume la aportación de otros filósofos al ámbito del pensamiento tampoco se deja amilanar por la templanza (“Schopenhauer se equivocó aquí, como se equivocó en todo”, p.68); cuando manifiesta el asco que siente ante las personas creyentes resulta de una contundencia malévola (“Las religiones son asuntos de la plebe, yo siento la necesidad de lavarme las manos después de haber estado en contacto con personas religiosas”, p.123)... En fin. Podría seguir apuntando ejemplos durante varias páginas porque, como bien dice el propio Nietzsche de sí mismo, “me gusta desenvainar la espada” (p.73), para dejar nítidamente establecido que “antes de mí, todo se hallaba cabeza abajo” (p.111).

Un libro intenso, de una musculatura hipertrofiada, por el que conviene avanzar con tiento, con cautela, con distancia.

jueves, 5 de septiembre de 2024

El mapa del tiempo


 

Llevo más de cuarenta y cinco años como lector, devorando todo tipo de obras: desde los iniciales tebeos y novelas de Enid Blyton y Agatha Christie hasta las más hondas reflexiones de Camus, Hrabal o Kundera. Y en esa dilatada experiencia (que espero prolongar hasta el último de mis días, si el infortunio no me acecha en forma de Alzheimer o ceguera) recuerdo pocas obras que hayan capturado tanto mi atención como El mapa del tiempo, de Félix J. Palma, de quien ya les he hablado anteriormente en su faceta de espléndido cuentista en este Librario íntimo (https://rubencastillo.blogspot.com/2010/10/el-menor-espectaculo-del-mundo.html). ¿Y a qué se debe esa fascinación que me ha provocado? Pues a un buen número de factores: primero, el prodigioso despliegue de su imaginación, que ha aplicado a una historia donde personajes reales y ficticios se unen para conformar un relato magnético, en el que resulta punto menos que imposible deslindar qué pertenece al ámbito de lo real y qué no; segundo, los ingeniosos mecanismos narrativos que utiliza (les ruego que, cuando se adentren en su lectura, presten especial atención a la ironía, la solidez y la multiplicación de sus voces, empezando por las del narrador omnisciente); tercero, la musculosa variedad de su léxico, delicado, firme y espléndido, que me produce el deleite de hallarme ante un festín verbal de primera magnitud; y cuarto, la excelencia de sus recursos literarios, que me han llevado a anotar docenas de comparaciones y de metáforas de primer orden. Y todo ello, conviene decirlo con rotundidad, sin incurrir en pedanterías o intelectualismos vanos: al contrario, Félix J. Palma deja que la intriga y la fluidez novelísticas ocupen siempre el centro de atención, pues es consciente de que quien se acerca hasta las páginas de una historia no es sino una persona que quiere ser seducida (o, aun mejor, un niño que quiere ser encandilado). Por eso, inclina ante sus ojos una cornucopia de trucos ingeniosos, de paradojas temporales, de reflexiones, de equívocos, de sorpresas, de retratos impagables, de situaciones taquicárdicas, de nieblas londinenses, de misterios que impregnan los ojos y el corazón. Y la persona que está leyendo va pasando las páginas con los ojos desorbitados y el aliento suspendido.

¿Resumen de la obra? Imposible. Como aquel mapa que comentó el argentino Jorge Luis Borges, la sinopsis tendría que extenderse, para ser justa, hasta las dimensiones exactas del libro. De lo contrario, nos abocaríamos a un texto ridículo, pálido, sin interés. Digamos tan sólo que quien decida sumergirse en este tomo (que nadie se deje intimidar por sus dimensiones: el océano también es vasto, sin dejar de ser fascinante) se encontrará con H. G. Wells, con Henry James, con Bram Stoker, con Jack el Destripador, con varios viajeros temporales, con agentes de Scotland Yard, con crímenes y suicidios, con el Hombre Elefante, con el Londres de finales del siglo XIX, con universos paralelos… Y todo ello (y mil cosas más, que me abstengo de anotar porque no quiero que la embriaguez me conduzca a la descortesía), condensado en un volumen de seiscientas páginas que constituye un prodigio novelístico.

Voy a ser tan claro como políticamente incorrecto: El mapa del tiempo es una puta maravilla, un escándalo de obra. Y ustedes harían gala de una anonadante insensatez si no se apresuraran a comprobarlo inmediatamente.

lunes, 17 de junio de 2024

Tres maestros ante el público

 


Tres ensayos, deliciosamente escritos y hondamente atinados, componen este volumen que, con la firma de Antonio Buero Vallejo, lleva por título Tres maestros ante el público. Lo conozco desde hace años por sus piezas dramáticas (es uno de los grandes del teatro español del siglo XX) y también por sus apuestas artísticas (quién no recuerda su retrato de Miguel Hernández), pero su faceta de ensayista aún no la había explorado. Y qué delicia, oigan. Admirable.

En el primero de los trabajos reflexiona sobre los modos que tiene Valle-Inclán para retratar a sus personajes: bien observándolos desde abajo (“De rodillas”), bien situándose a su altura (“En pie”), bien juzgándolos desde la altura (“En el aire”). Y, sobre todo, aborda la manera en que esa óptica influye en la percepción que los lectores tenemos de ellos, en función del retrato de don Ramón.

En el segundo, analiza (con una minuciosidad impresionante y con detalles técnicos que anonadan) el manejo de las perspectivas y las líneas de fuga en el cuadro Las Meninas, para demostrar (me parece muy evidente que lo demuestra) que el espejo del fondo no reproduce la imagen de unos reyes que miran a Velázquez mientras trabaja, sino que refleja lo que el sevillano está pintando en el lienzo.

En el tercero (su discurso de ingreso en la Real Academia Española), se centra en los dramas de Federico García Lorca, que siempre supo colocarse del lado de quienes sufren y, por eso, su teatro “se incendia de sinceridad” (p.108). Con un buen aparato de conexiones y discrepancias, Buero va perfilando la posición de Lorca con respecto al teatro esperpéntico del noventayochista Valle-Inclán (que juzga de “maravilloso y genial”, pese a que lo catalogara de “detestable como poeta y como prosista”), hasta que el granadino alcanzó la plenitud trágica y social con sus propias piezas.

Al final, se cierra el tomo (el delicioso tomo) con la sensación de que han sido cuatro, y no tres, los maestros que han desfilado por delante de mis ojos.

Qué grande era Buero Vallejo.

domingo, 21 de enero de 2024

Velázquez

 


Es posible que la línea más popularmente conocida de la pintura española sea la formada por Velázquez, Goya y Picasso. Se podrían añadir otros nombres, como es lógico. Pero resulta innegable que esa columna vertebral está ahí, con todos sus méritos y con todo su esplendor. Ahora, después de haber leído algunas páginas realmente luminosas sobre el pintor sevillano (estoy pensando sobre todo en Velázquez, pájaro solitario, de Ramón Gaya), me adentro en el intenso opúsculo escrito por Julián Gállego, donde he podido conocer el documento, tan comprensible como abusivo, que firmó el padre del futuro pintor para que don Francisco Pacheco lo contratase como aprendiz (septiembre de 1611) y donde, también, se me ha desmontado la idea que tenía sobre la estrecha relación del artista con el rey, derivada de alguna lectura anterior (¿Antonio Buero Vallejo?). Diego Velázquez era, en realidad, un simple pintor a los ojos del monarca. Brillante, sí; pero nada más. Gállego es contundente en este punto: “Aunque tenía aficiones pictóricas, como alumno de dibujo de Mayno, la amistad del Rey de medio Mundo con el ayuda de cámara que figuraba en nómina con los barberos de palacio es totalmente ilusoria” (pp.33-34). De hecho, se ha constatado que ni lo visitó cuando se encontraba enfermo, ni asistió (tampoco lo hizo nadie más de la familia real) al entierro de Velázquez, “oscuro y modesto en época de catafalcos”.

En el resto del tomo, como no podía ser de otra manera, muy inteligentes y muy ilustrativas aproximaciones a cuadros legendarios, como “La rendición de Breda”, “Las Meninas” o “La fragua de Vulcano”.

Una lectura delicada y hermosa.

martes, 26 de diciembre de 2023

El Greco

 


Continúo explorando pequeños libros de divulgación sobre pintores a los que he admirado a lo largo de mi vida, y en esta ocasión me acerco hasta las páginas de El Greco, maravillosamente compuestas por Francisco Calvo Serraller. Desde el inicio nos recuerda el crítico madrileño que este pintor (nacido en Creta en 1541 y perteneciente a una selecta familia católica de la isla) fue “considerado ya como un personaje extravagante por sus contemporáneos y tachado más tarde de simple lunático por aquellos pocos que recordaban su existencia”. Cultivó su arte pictórico en ciudades como Venecia y Roma (donde tuvo la osadía, largamente castigada, de criticar a Miguel Ángel) y terminó instalándose en España, lugar al que llegó en 1577 y donde pronto comenzó una aventura amorosa con Jerónima de las Cuevas, con la que tuvo a su hijo Jorge Manuel. Especial interés tiene, en mi opinión, la novedad de que este pintor “comenzó a discutir condiciones, precios, plazos y otras circunstancias que rodean los contratos por obras”. Es decir, que fue uno de los primeros en reivindicar la dignidad profesional de los pintores, exigiendo que su trabajo fuese valorado con justicia, rigor y rapidez, sin que los artistas se viesen obligados a insistir, suplicar o resignarse. Maestro en el “fatigoso arte de pleitear”, cobró fama de altivo, pendenciero y obstinado; pero la interpretación que sostiene Calvo Serraller es mucho más interesante: “Fuera lo arisco o desabrido que se quisiera El Greco, sus pleitos lo que delatan era la insoportable desconsideración práctica con que todavía se trataba a los artistas en nuestro país”. Y, en todo caso, el “conjunto de bienes bastante esmirriado” que se consigna en su testamento evidencia que el pintor disfrutó en vida, como buen hedonista, de sus ganancias.

Al final, entre críticas, desdenes e incomprensiones (también entre aplausos y discípulos fervorosos), tras exabruptos e interpretaciones indemostrables (que padecía astigmatismo), ahí quedan obras como El caballero de la mano en el pecho o El entierro del conde de Orgaz. Es lo que importa.

miércoles, 13 de diciembre de 2023

Murillo

 


Entre mis recuerdos de infancia se encuentra el delantal negro que siempre llevaba mi abuela, y en cuyo bolsillo guardaba un trozo de pan (esas previsiones tristes de quien ha pasado mucha hambre en la guerra) y una estampa con un Niño Jesús y un cordero. Esa imagen, que a mí me parecía muy hermosa y cuya paternidad artística ignoraba, era “El Buen Pastor”, de Bartolomé Esteban Murillo. Así que imagínense con qué orgullo y con qué ternura he leído la obra divulgativa que le tributa Enrique Valdivieso y que ahora traigo a mi Librario.

Para empezar a situarnos ante el panorama de la época, el profesor vallisoletano nos cuenta que la ciudad de Sevilla se encontraba, durante el reinado de Felipe II, en un período de decadencia económica, que se vio endurecida en 1649, cuando se extendió por ella una epidemia de peste que redujo a la mitad su población y sumió a los supervivientes en unos años de hambre y religiosidad. En ese ambiente surge la figura de nuestro pintor, que rellenó con sus imágenes sacras el corazón y los ojos de quienes necesitaban consuelo divino y esperanza para el porvenir. Casado en 1645 con Beatriz de Cabrera y padre de, al menos, diez hijos, Murillo desarrolló una enorme capacidad de trabajo, que permitió a los suyos llevar una vida desahogada. Viudo desde 1663, jamás consintió volver a casarse. En la actualidad, se ignora donde reposan sus restos.

Durante todos los años en que se mantuvo activo, el pintor sevillano recibió un elevado número de peticiones para pintar lienzos, aunque probablemente el contrato más espectacular fue el que recibió por parte de la iglesia de los Capuchinos, que le encargó no solamente el retablo del altar mayor, sino también los que adornaban las capillas laterales del templo. Otra de las egregias personas que requirieron sus servicios fue el famoso Miguel de Mañara (seguro que recuerdan los versos de Antonio Machado: “Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido”), que le encomendó la realización de seis pinturas alegóricas.

Igualmente nos informa Valdivieso con puntualidad de las dimensiones que llegó a adquirir la rapiña del mariscal napoleónico Jean-de-Dieu Soult, que arrambló avariciosamente con todo lo que pudo durante su paso por España, para mayor gloria de su enriquecimiento personal, bajo socorridas excusas bélicas.

Una obra útil y entretenida, en la que el profesor Enrique Valdivieso nos ofrece un admirable recorrido por la biografía y las obras del pintor andaluz.

Muy recomendable.

viernes, 1 de diciembre de 2023

Ribera

 


No he incorporado a este Librario, a lo largo del último quindenio, demasiados libros que versen sobre el mundo del arte, pero en este final de 2023 me he propuesto enmendar esa carencia leyendo al menos un par de obras divulgativas dedicadas a pintores de fama. Para empezar esa línea he acudido a Ribera, un breve recorrido por la obra del pintor valenciano (aunque permaneció casi toda su vida en Italia), que redacta el cartagenero Alfonso Emilio Pérez Sánchez, subdirector del Museo del Prado durante casi una década y posteriormente director del mismo durante casi otra década.

En esta obra, el lector descubre mucha más información sobre el arte riberesco que sobre los pormenores de su biografía, lo cual puede resultar un poco tedioso, salvo que se aborde la obra como yo lo he hecho: abriendo en Internet la imagen de cada cuadro mencionado, el cual observé durante unos minutos antes de leer las palabras, siempre exquisitas y brillantes, del autor. Actuando de esa forma, a mí el recorrido por la obra del “Españoleto” me ha resultado sumamente vivo y placentero: he conocido la protección que le dispensaron varios virreyes de España en Nápoles; la versatilidad de sus líneas creativas, que no se ciñeron al tenebrismo o al ámbito religioso (como una mirada superficial podría inferir); el esplendor económico que vivió durante unos años (y las zozobras finales que lo atenazaron, cuando la zona comenzó a sublevarse contra el gobierno español); e incluso la misteriosa, inexplicada, novelesca desaparición de uno de sus cuadros (pintado en 1646 y traído a España en 1672), cuya pista se pierde durante el incendio del convento madrileño de santa Isabel en la aciaga fecha de 1936.

Un paseo muy agradable por la obra artística de un pintor al que, lo reconozco, conocía solamente de manera superficial. Ahora ya dispongo de más noticias sobre su fulgurante producción.

domingo, 12 de noviembre de 2023

El cementerio marino

 


Aunque mi conocimiento de la lengua francesa es muy mediocre (o precisamente por ello), he elegido para leer El cementerio marino, de Paul Valéry, una edición bilingüe. Y he optado, cómo no, por la traducción de Jorge Guillén, poeta al que leí con fruición durante mi carrera de Filología Hispánica (y al que, vaya por Dios, no tengo en este Librario íntimo: habrá que remediarlo, más pronto que tarde).

Vayamos rápidamente al asunto: ¿he entendido la obra de Valéry? Yo creo que no. Pero, dándome un paseo por diferentes lecturas del poema, me parece que es una confesión que podríamos hacer muchos, sin desdoro ni vergüenza. No cabe duda de que un texto tan ambiguo, tan lírico, tan sinuoso, admite plurales y aun contrapuestas interpretaciones. De ahí que afirmar que yo lo he “entendido” se me antoja aventurado. Sí diré que lo he leído en voz alta, a solas, y que luego he ido deslizando mis ojos de cada verso francés a cada verso español. Creo haber sido muy respetuoso y muy humilde.

Veamos el primer verso del poema. Paul Valéry escribe: “Ce toit tranquille, où marchent des colombes”. O sea, “Ese techo tranquilo, por donde caminan palomas”. ¿Cómo lo vierte Jorge Guillén? “Ese techo, tranquilo de palomas”. Qué maravilla. Ese techo, tranquilo de palomas. Salvo que yo sea muy obtuso, el de Valladolid ha mejorado (y lo digo con todo el respeto) al de Sète. Desde ese instante, un lector ecuánime tendrá clarísimo que no se enfrenta al texto de un poeta, sino al de dos, el segundo de los cuales a veces alterará el orden de los hemistiquios, porque lo juzga necesario para el ritmo de la traducción (“La vie est vaste, étant ivre d’absence”, del fragmento XII, se convierte en “Ebria de esencia al fin, la vida es vasta”) o duplicará una exclamación de Valéry, por mor de la eufonía (“Ah! Le soleil… Quelle ombre de tortue”, del fragmento XXI, queda como “¡Oh sol, oh sol! ¡Qué sombra de tortuga!”).

No, no creo haber penetrado en el mensaje absoluto de Valéry, pero eso me obliga (gratamente me obliga) a un compromiso: volver a la obra dentro de unos años e intentarlo de nuevo. A veces, la poesía se recibe; a veces, se conquista. Yo no voy a darme por vencido con tanta rapidez.

miércoles, 6 de septiembre de 2023

Epistolario

 


Leo en la edición de Agustín Sánchez Vidal para Alianza Tres la Correspondencia de Miguel Hernández, que lleva un pequeño prólogo de Josefina Manresa. Me ha resultado muy emocionante leerlas, porque me ha permitido hacerme un dibujo mental de las situaciones vitales y poéticas por las que atravesó el poeta oriolano.

Al principio, produce mucha tristeza comprender el continuo “ejercicio de súplicas” que impregna sus misivas: pidiéndole a Juan Ramón Jiménez que lo reciba en su casa y que le permita leerle unos poemas inéditos; rogándole a Federico García Lorca que interceda por él en algunos ambientes (“Moléstate un poco más por mí, hazme el favor. No te escribo más: ésta es mi última carta; en ella me lo juego todo”, febrero de 1935); suplicando a Pablo Neruda o al alcalde de su pueblo que le consiga una colocación; instando a su amigo Gabriel Sijé para que le mande dinero a Madrid, con el fin de pagar deudas (el dinero es el gran tema sofocante, que recorre estas páginas de forma obsesiva)… Pero también advertimos en estas misivas el profundo orgullo (incluso cierta vanidad hiperbólica) que despliega con respecto a sus versos. Pese a la pregonada humildad de la que continuamente hace gala, no duda en dejar que brote la rabia cuando le escribe al poeta de Fuente Vaqueros: “Usted sabe bien que en este libro mío hay cosas que se superan difícilmente y que es un libro de formas resucitadas, renovadas, que es un primer libro y encierra en sus entrañas más personalidad, más valentía, más cojones (a pesar de su aire falso de Góngora) que todos los de casi todos los poetas consagrados” (abril de 1933).

Mucho más dulces y placenteras son las misivas que dirige a Carmen Conde, Antonio Oliver Belmás y María Cegarra, amigos de Cartagena y La Unión, cuyas amistades sí que se advierten (no así con García Lorca) recíprocas. Igualmente es emocionante leer las cartas que envía a los padres de Ramón Sijé tras la muerte de este, pidiéndoles que lo sigan considerando hijo suyo; o el modo triste (esa doble palabra temblorosa) en que pregunta en septiembre de 1936 a José María de Cossío: “¿Es cierto, cierto lo de Federico García Lorca?”; o el tono terrible en que, dirigiéndose también a Cossío en septiembre de 1939, le suplica: “Pienso en su tierra de Tudanca, y a estoy dispuesto a trabajar en ella, a pastorear sus vacas, a lo que sea un trabajo manual, con tal de sacar mi familia, numerosa y necesitada, adelante. Si puede enviarme algún anticipo, o como quiera llamarle, por mi futuro trabajo en su tierra, hágalo sin demora, porque el hambre apremia”.

Qué años más duros y penosos le tocaron vivir al gran poeta.

Estas cartas (que conviene leer con lentitud y en el mayor de los silencios) están empapadas de esa circunstancia triste.

Conmovedoras.

domingo, 12 de marzo de 2023

El amor de lejos

 


La Historia (también la Historia de la Literatura) está llena de episodios amorosos que, reales o ficticios, han alcanzado la fortuna de quedar en la memoria de los seres humanos, generación tras generación. Bastará con invocar los nombres de Romeo y Julieta, Dante y Beatriz, Paris y Helena, Hamlet y Ofelia o Elisabeth y Darcy. Pero existe una historia que, no menos impresionante (aunque sí algo menos célebre), conmocionó al escritor libanés Amin Maalouf y lo llevó a escribir El amor de lejos. Se trata del amor legendario y purísimo que prendió en el pecho del trovador medieval Jaufré Rudel de Blaye y que tenía como objeto de su adoración a la condesa de Trípoli, de la cual se enamoró sin haberla visto nunca: tan sólo por las descripciones que sobre ella le habían llegado. Preso de un éxtasis idealizado, compuso en su honor los más encendidos y platónicos poemas; y, alborotado por la posibilidad de contemplar su rostro antes de morir, partió hacia Tierra Santa con el objetivo de postrarse ante ella.

En esta delicada recreación de Maalouf, la dama es “graciosa y modesta y virtuosa y dulce, valerosa y tímida, resistente y frágil” (p.31); además de “hermosa, sin la arrogancia de la hermosura; noble, sin la arrogancia de la nobleza; piadosa, sin la arrogancia de la piedad” (p.33). Y Jaufré, rendido a la ensoñación, construye con esos elementos imaginarios el dibujo de una mujer insuperable, que constituye su “amor de lejos” y a la que rinde honores de diosa. Pero, ay, una debilidad de rango humano le sugerirá la conveniencia de embarcarse para ir a conocerla; y en ese instante comienza a abrirse la semilla de su desgracia, porque a los ideales no conviene contemplarlos de cerca, porque la realidad siempre es menos grata que la fantasía; y porque el corazón, cuando es sometido a tensiones demasiado altas, termina por quebrarse.

Un libro elegante, de aroma teatral y color lírico, que se lee con emoción y que me confirma la elevadísima estatura literaria de Maalouf.