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martes, 29 de octubre de 2024

El punto ciego

 


Me acerco hasta un volumen de título enigmático y cuyo contenido (lo fui constatando desde las primeras páginas) me ha resultado interesantísimo. El tomo contiene las cinco conferencias que Javier Cercas dictó hace unos años en la universidad de Oxford y en las cuales reflexionó sobre la idea del punto ciego, que es la zona ocular con la que no vemos (como bien saben las personas con conocimientos de óptica). Llevada al terreno novelístico, esta noción del punto ciego resulta enormemente plástica, porque permite aglutinar una serie de obras que… Pero dejemos que sea el propio Javier Cercas quien nos resuma la idea: “El mecanismo que rige las novelas del punto ciego es muy similar, si no idéntico: al principio de todas ellas, o en su corazón, hay siempre una pregunta, y toda la novela consiste en una búsqueda de respuesta a esa pregunta central; al terminar esa búsqueda, sin embargo, la respuesta es que no hay respuesta, es decir, la respuesta es la propia búsqueda de una respuesta, la propia pregunta, el propio libro. En otras palabras: al final no hay una respuesta clara, unívoca, taxativa: sólo una respuesta ambigua, equívoca, contradictoria, esencialmente irónica, que ni siquiera parece una respuesta y que sólo el lector puede dar”. Y remata el juicio: “Igual que el cerebro rellena el punto ciego del ojo, permitiéndole ver donde de hecho no ve, el lector rellena el punto ciego de la novela, permitiéndole conocer lo que de hecho no conoce, hasta llegar donde, por sí sola, nunca llegaría la novela”. La idea es tan ingeniosa como sugerente, y nos permite avanzar con él por un mundo de narraciones en las cuales la persona que está leyendo, lejos de recibir un relato cerrado, unívoco y claro, siente que se adentra en una historia llena de oscuridades y ambigüedad, en la que nada es, sino que parece. Es decir, que tendrá que incorporar su propio esfuerzo para interpretar la obra, sin que pueda nunca sentir que lo ha hecho de forma cerrada y definitiva. ¿Don Quijote está loco o no lo está? Punto ciego. ¿Qué significa realmente la ballena en la obra Moby Dick? Punto ciego. Regalándonos un enigma, el autor nos regala la riqueza de lo deslizante, de lo inestable, de lo mutable.

El volumen contiene además una excelente aproximación a la novela La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, que despierta las ganas de volverla a leer, con las nuevas claves que facilita; y explica (suscitando las mismas ganas de acercarse a ella) los impulsos que lo llevaron a escribir Anatomía de un instante de la forma en que lo hizo, mezclando ensayo y relato.

Imposible no discutir ante estas ideas. Imposible no aplaudirlas.

lunes, 24 de enero de 2022

Fármaco

 


Creo que resulta muy complicado (quizá imposible) tejer una reseña sobre el libro Fármaco, de Almudena Sánchez. Al menos, en el sentido tradicional del que esa palabra y esa actividad suelen revestirse: un análisis y una valoración sobre la obra que se ciña a sus aspectos literarios. Yo me confieso impotente para hacerlo. Y no porque la obra resulte quebradiza o defectuosa (al contrario, es magnífica y está bellamente redactada), sino porque es evidente que desborda el concepto de libro para convertirse en otra cosa: una mano tendida, una camisa abierta, unos ojos que te miran con lágrimas, una barbilla rozada por la manta en el sofá. Es una confesión, un vademécum de grutas, la crónica neblinosa de un tiempo aciago y, sobre todo, el desgarrado dietario de una mujer valiente, que nos explica lo que sintió durante la época angustiosa de su depresión. El resultado de ese esfuerzo titánico es un libro honesto, aguerrido, de búsqueda reflexiva (o de búsqueda en reflexivo, si ustedes prefieren). Un libro que tiene mucho de electroencefalograma y de electrocardiograma (dos palabras largas y feas para un dolor largo y feo). Un libro que sobrecoge. Una navegación valerosa, entrañada y entrañable en la que se nos invita a caminar por el interior de la escritora, de la persona, del ser desvalido.

En ese viaje a pie, silencioso y lleno de respeto, vemos a la niña cuyo pie se quedó atascado en el mecanismo de su bicicleta; a la niña que fue siempre mirada como una mallorquina “impura” por los talibanes de la genética; a la muchacha que sufrió una extirpación íntima en el quirófano; a la joven que se vio hundida en la fosa hondísima de la depresión y que necesitó manos, voces, pastillas, frutas de su tía Antonina y libros (“Los libros son mi antibiótico”, nos dice en la página 38) para salir trabajosamente de ella.

La depresión (nos dice en la página 24) “es la enfermedad más grande, invisible, inesperada, destructiva, egoísta, insana, paranoica, desaliñada, mugrienta y tendenciosa que he tenido”. La depresión (nos completa en la página 34) “es la enfermedad más inhóspita, sádica, repetitiva, pegajosa, tiránica, inmaterial y diabólica que he tenido”. Repásese con lentitud la lista de adjetivos y quizá nos acerquemos al borde de su caída vertiginosa y continua, que la autora nos resume, a veces, con cierto cargo de conciencia (“Sé que lo que cuento es una locura. Estoy encerrada en casa por eso. Sé que este párrafo no debería publicarse. Sé que no hago bien a nadie escribiéndolo. Sé que lo escribo con los ojos tapiados. Sé que es digno de ser lanzado desde una azotea. Lo dejo escrito aquí, no obstante, porque es lo que se piensa con la depresión, todo el rato”, página 119).

He dicho al principio que Almudena Sánchez se abre la camisa para mostrarnos su dolor, y he dicho mal: se abre la piel, para que contemplemos su interior y nos aproximemos (aunque sea tangencialmente) al pozo de sus heridas, de sus escozores, de sus lágrimas, de su pantano íntimo. Fármaco es un libro durísimo, que las personas que no hemos atravesado una depresión no podemos entender. Es así de terrible y así de humilde. Podemos leerlo, estudiarlo, sentirlo… pero no estamos en disposición de “entenderlo”. Por fortuna, aprendemos en sus páginas la lección de la paciencia y del acompañamiento incondicional. Que no es poco. Me pongo en pie y asiento con respeto: no me salen más palabras.

miércoles, 15 de enero de 2020

La hora violeta




Era sólo un bebé y se llamaba Pablo. Era hijo de Sergio y Cristina. Llegó sin ser invitada la leucemia y se adueñó del cuerpo de aquel niño. Cuando venció, tras mil arduos combates en los que sus padres, las enfermeras y las oncólogas se dejaron la piel, quedó un vacío lleno de fragancia, y un dibujo en la cama, y un Vaquero Gay en su habitación. Llegó entonces el momento de reconstruir la casa (arreglando luces y electrodomésticos que se habían ido averiando durante los largos meses de lucha hospitalaria), de reconstruir la vida… y de escribir.
Porque Sergio del Molino sintió que tenía que escribir la crónica de aquellas interminables y durísimas semanas para que quedaran conservados en tinta el amor, la unidad familiar, el reservorio en el pecho del niño, los abrazos, los nombres de los medicamentos, los rugidos juguetones de Pablo, la tenacidad llena de cariño de quienes lo atendieron, las visitas del tío Pedro, el huracán emocional que los zarandeó, Saskatoon, los paseos ensimismados por Barcelona o las estadísticas ilusionantes o adversas.
Es una historia terrible, delicada, desgarrada, entrañable, que el autor, más que escribirla (lo dice él mismo), la llora.
Y no hay más. No se puede ni se debe decir más. Hay que sumergirse en este libro aunque sabes que tu corazón va a sufrir, que el estómago se va a encoger, que la garganta se obturará y los ojos se llenarán muchas veces (muchas) de lágrimas. Te imaginas que puedes ser tú y te zarandea la congoja. Te imaginas que puede ocurrirle a tu hijo o a tu nieto y aprietas los párpados pensando en cómo obrarías. Es un libro de crónica, de aprendizaje, de dolor.
Creía que Mortal y rosa, de Francisco Umbral, era el libro más perturbador del mundo, pero hace unas semanas leí Los lagos de Norteamérica, de José Daniel Espejo, y ahora leo La hora violeta, de Sergio del Molino; y ambos me han dejado idéntica impronta.
Literalmente inolvidable.

martes, 27 de noviembre de 2018

Una mente prodigiosa




Durante varias semanas he ido entrando y saliendo del extenso libro Una mente prodigiosa, de Sylvia Nasar, en la traducción de Ricard Martínez i Muntada (Random House Mondadori, Barcelona, 2002). Es la historia de John Forbes Nash, el famoso premio Nobel cuya vida quedó popularizada (y desvirtuada) por la famosa película de Hollywood. Tengo que reconocer que acudí a biografía tras conocer la interpretación de Russell Crowe, pero luego he descubierto que la vida auténtica de Nash se parece al largometraje como una cebolla a un transistor. De todos modos, me ha encantado la experiencia, porque el volumen de Nasar es una maravilla: documentado hasta la paranoia, redactado con solvencia, acompañado por atinadas imágenes…
Me alegro mucho de haberlo leído y de haberme enterado de detalles tan llamativos como que la tesis doctoral de Nash (de donde arranca la Teoría de Juegos) tenía apenas 27 páginas, que el lenguaje Basic fue inventado por John Kemeny (ayudante de Einstein) o que en la existencia de John Nash hubo más desarreglos sexuales y creencias extraterrestres de las que sugiere la edulcorada versión hollywoodiense.
Una frase de la autora, que podría colocarse en los tablones de avisos de las aulas universitarias: “La época de los estudios universitarios es un período en el cual muchos patitos feos descubren que son cisnes”.

jueves, 20 de octubre de 2011

La maleta de mi padre



Sucede en ocasiones: un acontecimiento inesperado, un galardón, un azar, ponen ante nuestros ojos a un escritor del que no teníamos demasiadas noticias (o acaso ninguna), y nos descubren la brillantez de sus obras, la perfección imantada de sus libros. Fue lo que ocurrió en el año 2006 cuando el más famoso premio literario del mundo, el Nobel, recayó sobre el turco Orhan Pamuk. Desde aquel día, un buen número de lectores de todos los países nos hemos acercado con admiración y con reverencia curiosa a sus libros: Nieve, Me llamo Rojo o Estambul. Ciudad y recuerdos. Y hemos incorporado a Pamuk a esa nómina sentimental y cálida de escritores amados a la que algunos críticos pretenden darle categoría científica con el estúpido nombre de canon.
El sello Mondadori nos ofrece la traducción de Rafael Carpintero de la obra La maleta de mi padre, que reúne las conferencias redactadas por el narrador turco con motivo de la recepción de tres importantes premios: el Puterbaugh (que le fue concedido en EE.UU.), el Premio de la Paz de la Unión de Libreros Alemanes y las palabras que pronunció en la entrega oficial del premio Nobel. En las tres piezas, Orhan Pamuk insiste en un pequeño grupo de ideas elementales y cristalinas: que el ejercicio de la narrativa comporta una alta dosis de laboriosidad ("En mi opinión, el secreto de la escritura no reside en una inspiración que nunca se sabe de dónde va a venir, sino de la obstinación y la paciencia", p.16); que las letras no son un arte decorativo u ornamental, sino que sirven para curarnos "las heridas ocultas que llevamos en nuestro interior" (p.31); que la actividad literaria alcanza en él unos niveles mucho más amplios y hondos de lo que pudiera pensarse ("La escritura me es tan necesaria como una medicina", p.49); y que la felicidad que obtiene construyendo una buena historia es enorme, porque "las leyes del paraíso libre e ingrávido que alcanzo con mi novela me recuerdan a los juegos de mi infancia", p.60.
Orhan Pamuk nos desvela también algunos detalles de su asombroso ritmo de trabajo (dice que escribe una media de diez horas diarias y que su producción se suele situar en "menos de media página al día", p.50) y nos detalla sus ideas acerca de la necesaria incorporación de Turquía al mundo europeo y occidental, con el que tiene más conexiones que divergencias.
En suma, estamos ante un libro redactado por alguien que una vez recibió de su padre una maleta llena de manuscritos, y que ha hecho lo posible para merecerse su destino como escritor y conciencia viva de su país. Orhan Pamuk tiene la integridad de un caballero, la valentía de un héroe y la elegancia expresiva de un narrador excelso. Descúbranlo.