Mostrando entradas con la etiqueta Diego Marín. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Diego Marín. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de abril de 2019

Noa




Solemos transitar por la vida prestando excesiva atención a las cosas insignificantes, quizá porque confundimos lo que brilla con lo que tiene luz. Y cuando la existencia coloca ante nuestros ojos un milagro, un milagro auténtico, de la textura que sea (un amor, un hijo, un nieto), se produce un fogonazo que nos deja tan embriagados como aturdidos. ¿Es posible que hayamos estado tan ciegos y que solamente ahora, cuando el prodigio acontece, abramos los ojos de verdad? Antonio Sánchez nos ofrece aquí, en estas páginas dedicadas a su nieta Noa, una demostración de que los milagros generan también a veces otros milagros. Quiso rellenar la espera y decorar su impaciencia de abuelo (de yayo) realizando la crónica de Noa, explicándonos cómo fue su viaje acuático, cómo sus células se fueron multiplicando, cómo creció y se enriqueció de órganos en el interior de su madre… En suma, quiso prestarle voz a una criatura que aún carecía de ella. Pero lo más embriagador del caso es que, para realizar ese hermoso ejercicio afectivo, Antonio Sánchez se desdobló en muchos seres: fue escritor, fue ginecólogo, fue testigo, fue pintor, fue mago, fue humorista, fue pedagogo, fue filósofo.
El experimento no necesita más explicaciones, porque es transparente y hermoso. El autor de estas páginas ha jugado con las palabras, ha creado un espacio de luz donde Noa se convierte en protagonista absoluta y ha puesto en nuestras manos un testimonio de enorme belleza, de enorme sensibilidad y de enorme ternura. No es frecuente que se consigan resultados tan espléndidos, pero aquí está este libro para demostrar que cuando el corazón habla la tinta es dulce.
Léanlo y conmuévanse, porque merece la pena.

jueves, 7 de junio de 2018

La isla de las ratas



Un jurado presidido por José Jorquera, y que contaba con miembros como Salvador Jiménez o Juan Bravo, concedió en octubre de 1983 el premio Ateneo de Albacete a la novela La isla de las ratas, que fue publicada al año siguiente en la Editora Regional de Murcia, con portada de Mariano Ballester y varios dibujos de Manuel Frutos Llamazares; y ahora, felizmente, el texto vuelve a estar en las manos de los lectores gracias al editor Diego Marín.
Santiago Delgado, utilizando la primera persona narrativa, nos entrega aquí una historia ágil, excelentemente ambientada, donde según propia confesión incluyó elementos autobiográficos, y donde retorna a los paisajes y vivencias de la infancia, sabedor de que “quien olvida lo pasado se olvida a sí mismo”, como se lee en Tirante el Blanco; o tal vez dándole la razón a Alemán Sainz, quien en su día nos dejó explicado que “hay cosas que parecen olvidadas cuando estamos lejos del lugar donde ocurrieron, pero al regresar a él nos damos cuenta de que podemos recordarlas hasta con los menores detalles” (Regreso al futuro). Santiago se asoma al brocal de un pozo (un pozo que es su propio ayer) y mira dentro: recuerda anécdotas, aventuras, rostros, formas de hablar, pequeñas vergüenzas, complejos, rebeldías, soles de mayo, descubrimientos y felicidades. Y elabora con ese arduo caudal anímico una novela deliciosa donde el humor y la tragedia se trenzan y se contagian.
Cuando el lector termina de recorrer la historia se da cuenta de que ha tenido ante los ojos un relato donde la ternura y la crueldad caminan al unísono; donde las mieles se combinan con los acíbares; y donde se demuestra por la vía narrativa que no siempre es cierto aquello que escribió una vez Juan Manuel de Prada acerca de que “los adultos se dedican a negar y traicionar al niño que fueron” (Animales de compañía). Hay adultos que, como Santiago Delgado, desmienten con fervor ese dictamen y tratan de mantener firmes en la memoria los territorios de la infancia. Lo hacen, desde luego, para entenderse mejor a sí mismos (sólo se entiende quien se recuerda), pero también para reflejar una época, unas costumbres, un lenguaje, un modo de estar en el mundo, que otros coetáneos suyos compartirían sin apenas vacilaciones.
Quien alcanza a condensar, en una novela de apenas cien páginas, el sentir de toda una generación de murcianos no ha escrito tan sólo una obra literaria: ha ingresado en la eternidad de los constructores de metáforas.

viernes, 3 de marzo de 2017

Mentula



La historia de los tratos diabólicos es, en el mundo de la literatura, tan larga como llamativa: desde el Libro del Buen Amor, del arcipreste de Hita, hasta el inmortal Fausto, de Goethe. Mil versiones en poesía, cuento, teatro, ópera y novela, que nos hablan de la pervivencia de un mito muy arraigado en el espíritu humano. La escritora Julia R. Robles se suma ahora a esta fecunda línea con su narración Mentula, donde sexo, humor y elementos diabólicos se unen a una serie de reflexiones interesantísimas sobre la condición femenina y sus problemas en un mundo dominado por el pensamiento patriarcal.
Comencemos por aclarar el sentido del título, en palabras de la propia autora: “Mentula era la forma más obscena de referirse al pene en latín, lo que vendría a ser la traducción literal de polla o cipote” (p.111). Establecida esa idea nos encontramos con Martina Bo, protagonista de la novela, una mujer divorciada y con un hijo, que está atravesando problemas económicos y que no termina de encontrar en su entorno los elementos suficientes de apoyo: su madre es más crítica que sostenedora; sus amigas Luisi y Cata mantienen con ella una relación muy poco estrecha... Sumergida en la desesperación, formula en voz baja un deseo que le pasa por la cabeza de vez en cuando: ojalá fuera un hombre. Y el día de su trigésimo tercer cumpleaños, al despertar, descubrirá con sorpresa y con horror que le está saliendo un bultito en los genitales. Un bultito que, con el paso de las horas y los días, se irá convirtiendo en un pene. En medio del desconcierto (o, para decirlo con un verso de Blas de Otero, “en medio del miedo”), Martina recibe la visita de un estrambótico diablo llamado Dantalian que es capaz de presentarse bajo aspectos físicos muy diferentes y le explicará lo que está sucediendo y por qué está sucediendo.
Pero no les adelanto más de la trama argumental, porque prefiero que sean ustedes quienes la recorran. Sí les diré que durante las páginas que quedan a partir de ahí se suceden situaciones de sexo (algunas de ellas realmente volcánicas), instantes de humor, arrebatos de rabia y, sobre todo, el curioso experimento de observar cómo se comporta esta mujer en la piel de un hombre y cómo su vida sufre una alteración radical con el cambio de genitales. Nos encontramos, pues, ante una novela poliédrica, que resulta complicado adscribir a un género concreto, pero donde sobre todo brilla una prosa muy dúctil, muy ingeniosa.
Julia R. Robles, que se había movido en volúmenes anteriores con gran solvencia por el territorio del relato breve (resulta difícil olvidarse de maravillas como “Concaritos” o “La pistola de Laura”, contenidos en Extrañas mujeres de azul, publicado en el año 2011), demuestra en este trabajo que se mueve con la misma eficacia en la narración larga. Háganse el favor de comprobarlo, porque les aseguro que esta novela les garantiza una buena cantidad de excitación, un aluvión de sonrisas sabiamente calculadas y colocadas y abundantes reflexiones sobre los detalles que muestran los roles masculinos y femeninos en el mundo actual, sobre los que pasamos de puntillas, sin fijarnos demasiado.

Julia R. Robles es una voz segura del panorama literario actual. Harían bien en acercarse a sus libros.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Murcia, secretos y leyendas



Este ameno, interesante y espléndido libro de Antonio Botías, cronista oficial de Murcia, comienza —no podía ser de otra forma tratándose de esta tierra— con una aproximación muy interesante a los sistemas de regadío tradicionales, al trasvase Tajo-Segura y a otros temas relacionados con el agua, como la curiosa noticia que apareció en la prensa local en 1954, donde se aseguraba que un científico llamado José Serrano Camarasa había descubierto el modo de que aumentaran las lluvias sin usar procedimientos químicos. En esa línea, la Hoja del Lunes del 20 de agosto de 1979 tituló: “Hay agua para todos”, con lo que se anticipaba al sintagma que tres décadas después se haría harto famoso en nuestra comunidad autónoma.
Después explica con amenidad las industrias de la seda y del pimentón (incluida aquí la curiosa guerra que se produjo en el último cuarto del siglo XIX para evitar los abusos y adulteraciones de este producto), así como los inventos curiosos que surgieron del magín de murcianos. Sirvan como muestra aquel inefable pañal para perros o el innovador “avisador de accidentes para coches” que se mencionan en la página 45 de este volumen.
¿Sabían ustedes que el pastel de carne, una de las cumbres de la gastronomía murciana, estaba ya regulado en las Ordenanzas de Pasteleros de 1695? ¿Y que el célebre pan tumaca catalán fue invento murciano? ¿Y que en Murcia se aprobó en 1889 un Reglamento Especial para la Organización y Vigilancia de la Prostitución? ¿Y que el bandolero Jaime el Barbudo fue despedazado en cinco trozos en la actual plaza de Santo Domingo de Murcia y que se frieron esos cinco trozos, antes de exponerlos en Hellín, Sax, Fortuna, Jumilla y Abanilla? ¿Y que al premio Nobel de Literatura Ernest Hemingway le robaron la cartera mientras asistía a una corrida de toros en La Condomina, en 1959? ¿Y que el mayor naufragio de la historia del Mediterráneo se produjo frente a las costas del Cabo de Palos, en 1906? ¿Y que Murcia registró en julio de 1876 una noche en que la temperatura se situó en los 34 grados, mientras que por el día rozó los 48? ¿Y que el mayor meteorito jamás registrado en España cayó en Molina de Segura la Nochebuena de 1858? ¿Y que los esfuerzos del ayuntamiento de Murcia para darle al Paseo del Malecón el nombre de Paseo de Menéndez Pelayo resultaron infructuosos? ¿Y que el palacio de los Saavedra tuvo que ser sometido a un exorcismo para liberarlo de un alma en pena o un duende que vagaba por allí? ¿Y qué me dicen de la calavera risueña de la catedral, cuya enigmática desaparición se cuenta entre las páginas 260 y 262, y que bien podría servir como base para una novela de Santiago Delgado?
No hay asunto de la realidad histórica murciana que escape a las indagaciones de este libro delicioso, útil e impagable: el entierro de la sardina, las procesiones de Semana Santa, las fiestas de san Blas, las riadas, la sequía, los aguinaldos, las ejecuciones públicas, los moriscos, los terremotos... Además, cuenta con un número elevadísimo de recortes de prensa y fotografías antiguas que se van incorporando al texto y que lo sazonan de riquísimos matices y poderío comunicativo.
Ya les digo: una obra admirable que dice mucho de la tierra donde vivimos. Y de su autor. Hagan por leerlo.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Viaje por el Sáhara Occidental



Reconoceré, como arranque, que jamás he sido una persona especialmente informada sobre el mundo saharahui. Tengo amigos que se mantienen mucho más cerca de ese ámbito (con el ejemplo conocido y alfaguárico de Luis Leante), que a mí me ha quedado más lejos. Por eso cuando cayó en mis manos esta obra del escritor e ingeniero Mariano Sanz Navarro me pareció que podría resultar poco interesante para mí. Pero me equivocaba; y aquí quiero declararlo. Viaje por el Sáhara Occidental ha sido finalmente un libro enriquecedor, en el que he descubierto paisajes, aprendido costumbres, constatado similitudes con nuestro país y apreciado diferencias culturales, que iban de lo curioso a lo intrigante. Las estupendas fotografías de Gonzalo Sánchez Álvarez-Castellanos han servido no poco para completar ese panorama de agrado.
Se nos cuenta en estas doscientas páginas cómo los citados Mariano Sanz Navarro y Gonzalo Sánchez se desplazaron hasta el desierto africano en compañía del profesor Alejandro García y cómo recorrieron un largo viaje para ir conociendo de cerca y en profundidad los problemas que aquejaban a esa cercana y en buena parte desconocida zona del globo terráqueo. Iniciaron así su particular Badía (el viaje continuo y tenaz de los beduinos), que queda aquí bien documentado.
Muchos son los elementos que integran el volumen: referencias históricas desde el siglo VIII hasta la actualidad (que nos permiten conocer mejor cómo se ha llegado a construir la realidad saharahui), notas semánticas para neófitos (nos explica que Gibraltar viene de Yabal Tarik, la montaña de Tarik), descripción de las pillerías habituales de los guías turísticos (p.34), aproximaciones lúcidas al fenómeno del Frente Polisario, algún desagradable incidente en el Instituto Cervantes de Rabat (p.52), la información de que es costumbre poner a los camellos un saquito colgante contra el mal de ojo (p.80), etc.
Algunos de los rasgos verbales de la obra también son muy notables, porque el autor recurre a los destellos de humor para adobar sus páginas. Así, cuando alude a la necesidad de ingerir vino “por si las dificultades de engrase” (p.21); cuando maneja ciertas hipérboles jocosas (al hablar de “dos guantazos capaces de nublarle la vista a un elefante”, p.52); cuando constata que un halconero saudita con el que se cruza en la recepción de un hotel “va un poco piripi” (p.106); o cuando, en fin, no duda a la hora de emplear fórmulas coloquiales para decirnos que una comida a la que está asistiendo “es de alto copete” (p.133). Por cierto, aquellos que quieran conocer una interesante opinión sobre el regateo (que se adentra más en interpretaciones psicológicas que en las económicas) haría muy bien en consultar la página 146, donde Mariano Sanz Navarro se lo explica con buen tino y buena prosa.

Únase a todo lo anterior un caudaloso torrente de datos culinarios, geográficos, arquitectónicos o funerarios, y tendremos una idea aproximada de las notables maravillas que este libro incorpora. Buen trabajo para conocer con más detalle a nuestros vecinos del sur.