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martes, 26 de julio de 2022

A puerta cerrada

 


Vuelvo a mi época de lector universitario, cuando leí por primera vez la obra A puerta cerrada, de Jean-Paul Sartre, traducida por Aurora Bernárdez (Losada, 1974). Creo que entonces ni siquiera sabía que se trataba de la mujer que había compartido unos años de su vida con Julio Cortázar… Sus tres protagonistas son Garcin, Inés y Estelle, quienes han sido recluidos en una habitación del infierno; y ellos solos se dedican a hacerse daño entre sí. El filósofo francés apuesta por una misantropía radical, llevada a sus últimas consecuencias: los demás son nuestros verdugos, nos acechan, están ahí, nos torturan implacablemente, se burlan de nuestros fracasos. Son el más feroz de los inquisidores. Nuestro triste infierno, por tanto, consiste en soportarlos; y ellos deben hacer lo mismo con respecto a nosotros. O, para decirlo con una fórmula abrumadora que el pensador existencialista introduce en la obra: “No hay necesidad de parrillas: el infierno son los demás”.

Me parece muy reveladora la frase en la que Sartre dice que “los verdugos tienen cara de miedo”; y me parece muy lírica (y terrible) esa afirmación donde estipula que está muy vacío “un espejo donde no estoy”; y, sobre todo, me ha producido una elevada impresión la frase con la que cierro mi comentario: “Se muere siempre demasiado pronto (o demasiado tarde). Y, sin embargo, la vida está ahí, terminada; trazada la línea, hay que hacer la suma. No eres nada más que tu vida”.

La obra me impresionó más en mi juventud que ahora, pero sigue conservando (me parece) un buen aroma terrible, que me ha gustado recuperar.

sábado, 6 de febrero de 2021

Muertos sin sepultura

 


Recuerdo que, durante mi juventud universitaria, leí bastantes obras del francés Jean-Paul Sartre, que me impresionaba mucho. Luego, con el paso de los años, me di cuenta de que me gustaba más la literatura de Albert Camus, preferencia que aún mantengo. Eso no me ha impedido revisitar la pieza dramática Muertos sin sepultura, donde me he vuelto a encontrar con varios miembros de la Resistencia, que han sido encarcelados y que están sufriendo espantosas torturas para que confiesen el nombre y el paradero de su jefe.

La obra constituye un extraordinario alegato sobre la firmeza moral, el sentido de la justicia y el tejido del que está compuesto el interior del ser humano, y te deja en el estómago un regusto desasosegante.

Ya no me parece un autor imprescindible, pero sigo reconociendo en sus páginas los destellos de una prosa eficaz y con momentos brillantes.

lunes, 23 de marzo de 2020

Las moscas




Aprovechando estos días de cuarentena por el dichoso coronavirus vuelvo a libar en las páginas de Jean-Paul Sartre, al que hace bastante tiempo que no volvía (lo leí mucho durante mi época universitaria, antes de conocer a Albert Camus, que me parece superior). Y lo hago con su obra Las moscas, la célebre pieza de inspiración clásica en la que Orestes vuelve a Argos y, sin haberlo planificado de forma consciente, cumple su terrible destino de venganza, matando a su madre Clitemnestra y a su feroz padrastro Egisto. Humanamente solo, épicamente solo (ni siquiera su hermana Electra respalda su gesto, aunque lo incitó a ejecutarlo) se libera de los dioses al haber elegido su propio camino.
Pieza hermosa y desgarrada, que me devuelve la dicción existencial del filósofo francés y que me recuerda cuánto me gustan las recreaciones de los mitos clásicos en cualquier formato (novela, teatro, poesía).
Anoto dos frases que me parecen notables en la obra: “Nuestro deporte nacional: el juego de las confesiones públicas”. “Hay muertos que se adelantan a la cita”.