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lunes, 21 de septiembre de 2026

Poesía


 

Después de haber leído no menos de cincuenta veces (no exagero) sus famosas Coplas (era uno de los temas que con más gusto explicaba en mis clases), dedico unas horas a recorrer la Poesía completa del autor, en la vieja, manoseada y adorable edición del profesor Giovanni Caravaggi. Entiendo que para un lector actual, acostumbrado a ciertos modos de pensamiento, a ciertos usos sociales y a cierto estado de lengua, el paseo por estos versos puede resultar dificultoso, pero si uno se sobrepone a esas trabas descubrirá interesantes juicios sobre la fragilidad de los mentirosos (“Que quien tantas vezes miente, / aunque ya diga verdad, / no es de creer”) o sobre la cálida presencialidad que exige el auténtico amor, en unos versos en los que Manrique introduce una inquietante coda de amenaza (“Quien quisiere ser amado / trabaje por ser presente, / que quan presto fuere ausente, / tan presto será olvidado”). Por supuesto, leo otra vez (y lo hago en voz alta, en la soledad de mi despacho), las Coplas a la muerte de su padre, que me vuelven a parecer un prodigio de intensidad, de sencillez y de sabiduría. Supongo que ahora, a mis sesenta años, percibo con más intensidad los matices crepusculares del poema, que quizá solamente eran un “tema” durante mis lecturas de juventud. Bien está. Quien no aprende algo nuevo cada día es porque tiende al despiste o porque está muerto.

viernes, 27 de junio de 2025

Las hojas verdes


 

Entro en Las hojas verdes, de Juan Ramón Jiménez, una obra que está fechada en 1909 y que nos invita a olvidarnos del mundo real para caminar por un espacio de jardines, ríos de cristal, lunas resplandecientes y amores anhelados. Aconsejo vivamente que el libro se lea despacio y en voz alta: yo lo he hecho así y juzgo que se impregna uno mejor de las sonoridades juanrramonianas. Es un volumen muy breve, donde llaman la atención los encabalgamientos léxicos que el autor asperja por la obra, los cuales imprimen a los poemas una saltarina musicalidad (“Luna blanca, pon / le el rosal abierto / de tu compasión!”). Unida a esa condición juguetona se encuentra también la zigzagueante polimetría que el poeta de Moguer maneja, para imprimir a sus versos un ritmo marcadísimo.

En sus páginas nos explica que se encuentra solo, sin un amor que enjoye su vida (véase, por ejemplo, el poema VI, titulado “Pastoral romántica”), pero que sigue buscando a esa persona especial, única, que “me ayude a subir la colina”. Apenas le faltaban cuatro años para conocer a la persona que mejor lo entendió y lo acompañó, Zenobia Camprubí. Y nos sorprende también (es otro de los grandes hallazgos del volumen) con formulaciones sencillísimas para problemas hondos (“Qué pondrá fin a esta melancolía / de un día y otro día y otro día?”).

Un libro delicado, de transición, que se lee todavía con placer.

martes, 6 de agosto de 2019

Conversaciones con Juan Ramón




Termino el curioso volumen Conversaciones con Juan Ramón, de Ricardo Gullón (Taurus, 1958). Se trata de un libro difícil de etiquetar, porque oscila entre el ensayo, la poesía y la ficción biográfica. Pretende respetar el esquema de unas “charlas” mantenidas entre los dos autores; pero, en realidad, Gullón habla muy poco, e introduce demasiadas digresiones “líricas”. Es decir, que lo se planteó al principio como “crónicas conversacionales” se queda en monólogos (dignos de interés, eso sí) y en páginas poéticas de Gullón, que nos describe el paisaje que ve (contagio del poeta que tenía al lado, supongo).
Al final, aprendo una enorme cantidad de datos sobre la sensibilidad de JRJ… y llego al desconcierto, comparando la imagen ofrecida en este libro con la que yo tenía, fruto de mis lecturas de epistolarios del 27, donde el escritor de Moguer era presentado como un auténtico monstruo solipsista y egocéntrico. ¿Dónde está la verdad? Ni lo sé ni creo que pueda llegar a saberlo jamás con certeza.
Anoto algunos de mis subrayados del libro: “Borges (asegura Juan Ramón) es el escritor hispanoamericano más importante”. “La poesía pierde por la arquitectura; por el empeño de darle una forma determinada, una construcción. Así ocurre en Góngora”. “La exigencia del lector actual es tremenda. Unamuno tiene esparcida por su obra mayor cantidad de calidad que cualquier poeta clásico”.

martes, 23 de junio de 2015

Ejercicios negativos



Leer y entender a Emil Cioran siempre es un problema. Imagino que leer y entender a cualquier filósofo auténtico siempre lo es. Y escribir sobre lo leído, doble problema, porque notas el impulso de glosar sus argumentos, de explicarlos, de traducirlos a un léxico que no es el suyo y, por tanto, calibras la posibilidad de falsear sus ideas. La sensación que siempre me provoca Cioran es espesa, y mezcla unas nociones contradictorias o difícilmente sumables: lucidez, fiereza, nihilismo, insobornabilidad, amplitud, amargura, extremismo… Parece que se hubiera empeñado en desollarse a sí mismo y en abrir los ojos hasta unos límites inhumanos, para ver más allá. Siempre más allá. Más lejos y más hondo. Sin muletas, sin disfraces, sin subterfugios, sin resignaciones, sin misericordia. Es el suyo un escalpelo terrible, que acongoja por su imperturbabilidad. A partir de ahí, ponerle etiquetas es tan tentador como falso. No las admite. Ninguna lo traduce de forma completa o adecuada. Acabas sus textos y notas el acíbar en la garganta o en la boca del estómago. Y sientes que lo has entendido, aunque no en todas las ocasiones compartas sus análisis y aunque seas incapaz de verbalizar tus razones a favor o en contra. Cioran edifica y clausura su universo. Tú eres un invitado que contempla y traga saliva, leyendo sus frases.
En este volumen me ha llamado la atención, además, el modo duro y certero que despliega para acercarse a la figura de Jean-Paul Sartre, al que crucifica con una definición marmórea: “Ningún problema se le resiste, ningún fenómeno le es ajeno, ninguna tentación le deja indiferente: todo lo parece digno de ser abordado y vencido, desde la metafísica al cine. Es un empresario de la filosofía, de la literatura, de la política; su éxito sólo tiene una explicación y un secreto: la falta de emoción”.

Pero dejemos que sea Cioran quien se explique a sí mismo, con sus filigranas, sus paradojas y sus frases de amarga brillantez: “ No es tarea ardua estar loco: basta con una adhesión total a cualquier cosa” / “Tener una fe –cualquiera– es matar el conocimiento” / Sólo debemos sostener una opinión si no nos queda más remedio” / “El heroísmo sólo es desesperación que acaba en monumento público” / “Cuando asistimos, llegada la hora de las confesiones, a la de un amigo o cualquier otro desconocido, la revelación de sus secretos nos llena de estupor. ¿Debemos considerar sus tormentos drama o farsa? Depende únicamente de la benevolencia o la exasperación de nuestra fatiga” / “Jesús ha sido la víctima más vengada de todas las que conoce la historia” / “La hazaña más osada y la menos previsible del espíritu liberado de todo es su posición vertical, cuando el amasijo de incertidumbre con el que carga su osamenta debería llevarlo a soñar con todas las camas y todas las tumbas. Cuando todo invita a la caída, perseverar sobre dos piernas, obstinarse en la postura ordinaria, implica un esfuerzo que va más allá del heroísmo” / “Somos demasiado pequeños para nuestras llamas; no tenemos materia suficiente para nuestro infierno” / “Sólo Dios y el gusano tienen una posición clara: uno crea y el otro devora la creación. Escindidos entre ambos, carecemos de misión definida” / “Somos cadáveres que no quieren morir” / “Al hombre sólo le queda la necesidad de aniquilarse entre sollozos, de revolcarse en ellos presa de una demencia consciente y destructora” / “Ya no me queda fuerza para coaligarme con la vida contra la muerte” / “El aire ya no se renueva: ha pasado por todos los pulmones, ha quedado infectado para siempre por el tiempo, apesta a criatura” / “El mundo sólo es un subproducto de nuestra tristeza” / “Respecto a los demás, sólo me reconozco el deber de ironía. La soledad comienza con el desprecio y termina con la indiferencia” / “Nos vemos obligados a perseverar en la respiración, a sentir el aire quemar nuestros labios, a acumular pesares en el corazón de una realidad que no hemos deseado”.