Después de haber leído no menos de cincuenta veces (no exagero) sus famosas Coplas (era uno de los temas que con más gusto explicaba en mis clases), dedico unas horas a recorrer la Poesía completa del autor, en la vieja, manoseada y adorable edición del profesor Giovanni Caravaggi. Entiendo que para un lector actual, acostumbrado a ciertos modos de pensamiento, a ciertos usos sociales y a cierto estado de lengua, el paseo por estos versos puede resultar dificultoso, pero si uno se sobrepone a esas trabas descubrirá interesantes juicios sobre la fragilidad de los mentirosos (“Que quien tantas vezes miente, / aunque ya diga verdad, / no es de creer”) o sobre la cálida presencialidad que exige el auténtico amor, en unos versos en los que Manrique introduce una inquietante coda de amenaza (“Quien quisiere ser amado / trabaje por ser presente, / que quan presto fuere ausente, / tan presto será olvidado”). Por supuesto, leo otra vez (y lo hago en voz alta, en la soledad de mi despacho), las Coplas a la muerte de su padre, que me vuelven a parecer un prodigio de intensidad, de sencillez y de sabiduría. Supongo que ahora, a mis sesenta años, percibo con más intensidad los matices crepusculares del poema, que quizá solamente eran un “tema” durante mis lecturas de juventud. Bien está. Quien no aprende algo nuevo cada día es porque tiende al despiste o porque está muerto.
lunes, 21 de septiembre de 2026
viernes, 27 de junio de 2025
Las hojas verdes
Entro
en Las hojas verdes, de Juan Ramón Jiménez, una obra que está fechada en
1909 y que nos invita a olvidarnos del mundo real para caminar por un espacio
de jardines, ríos de cristal, lunas resplandecientes y amores anhelados.
Aconsejo vivamente que el libro se lea despacio y en voz alta: yo lo he hecho
así y juzgo que se impregna uno mejor de las sonoridades juanrramonianas. Es un
volumen muy breve, donde llaman la atención los encabalgamientos léxicos que el
autor asperja por la obra, los cuales imprimen a los poemas una saltarina
musicalidad (“Luna blanca, pon / le el rosal abierto / de tu compasión!”).
Unida a esa condición juguetona se encuentra también la zigzagueante polimetría
que el poeta de Moguer maneja, para imprimir a sus versos un ritmo marcadísimo.
En
sus páginas nos explica que se encuentra solo, sin un amor que enjoye su vida
(véase, por ejemplo, el poema VI, titulado “Pastoral romántica”), pero que
sigue buscando a esa persona especial, única, que “me ayude a subir la colina”.
Apenas le faltaban cuatro años para conocer a la persona que mejor lo entendió
y lo acompañó, Zenobia Camprubí. Y nos sorprende también (es otro de los
grandes hallazgos del volumen) con formulaciones sencillísimas para problemas
hondos (“Qué pondrá fin a esta melancolía / de un día y otro día y otro día?”).
Un libro delicado, de transición, que se lee todavía con placer.


