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domingo, 5 de enero de 2025

Viacrucis

 


Gerardo Diego fue un magnífico poeta, que resultó perjudicado por la notoriedad (muy justa) de otros compañeros suyos del 27 y por el azar de las circunstancias políticas, que lo dejaron, años después, bastante fuera de juego. Ya se sabe que, en España, por regla general, si somos del Real Madrid no somos capaces de aceptar las grandezas del Barça, y viceversa: una cerrilidad que nos impele a desdeñar a “los otros” para que “el mío” (que, por supuesto es el bueno, porque mi gusto es exclusivo e infalible) ocupe a solas el trono, rodeado de incienso y sonido de trompetas. Pero yo, que fui alumno de Francisco Javier Díez de Revenga en la universidad de Murcia, supe valorar desde el principio la brillantez humilde de sus libros, ni tan populares como los de García Lorca, ni tan mitificados como los de Alberti, ni tan elitistas como los de Cernuda. Y en mi interés por seguirme acercando a sus versos acabo de recalar en las páginas de Viacrucis, un breve poemario religioso que cuando se compuso (en 1931) se encontraba a contracorriente de las temáticas de moda; y que lo sigue estando en este comienzo de 2025, cuando lo visito. Gerardo Diego era también consciente de esa particularidad, así que en el “Propósito” con el que abre el tomo admite que adentrarse por los caminos de la poesía religiosa, después de que el siglo XVII casi agotara el tema, resulta arriesgado; pero eso no le impide tentar ese sendero, eligiendo como vehículo estrófico la décima y mostrándose dispuesto a “guardar a la vez el decoro religioso y el poético”.

El resultado, en mi opinión, es un trabajo muy digno y muy sólido, donde fulge la palabra poética de un creyente que no disimula (ni tendría por qué) sus hondas palpitaciones católicas, y donde el dominio de léxico y ritmo son evidentes por parte del santanderino. Mi aplauso, por supuesto, lo tiene.

domingo, 20 de junio de 2021

Manual de espumas

 


Vuelvo a la poesía de Gerardo Diego para deleitarme con su Manual de espumas, que visito en la edición de mi admirado Francisco Javier Díez de Revenga (Pre-Textos). Es un volumen que el vate cántabro dedicó con emoción “Sobre la tumba inesperada de José de Ciria Escalante, amigo indeleble” y que está lleno de unas luces candorosamente juveniles que empapan el ánimo del lector. No es una obra “de madurez”, como es lógico (Diego era un veinteañero cuando la redactó), pero sí un tomo sonriente, juguetón y lleno de intuiciones maravillosas, huérfano de puntuación y con algunas modernidades humorísticas casi desafiantes (“Mi grifo versifica mejor que el ruiseñor”). En sus páginas descubrimos una abundante mención de violines, pianos, flautas, guitarras y hasta pianolas, lo cual no es raro si recordamos la larguísima dedicación profesional de Gerardo Diego a la crítica y a la enseñanza musicales.

Embriagados por los juegos visuales, colorísticos y auditivos que el poeta nos deja, de vez en cuando descubrimos bellos juegos de intercambio lírico entre la naturaleza y la amada (“Tus ojos oxigenan los rizos de la lluvia / y cuando el sol se pone en tus mejillas / tus cabellos no mojan ni la tarde es ya rubia”), así como diapositivas de singular hermosura (“En su escenario nuevo ensaya el verano / y en un rincón del paisaje / la lluvia toca el piano”). Y siempre, de principio a fin del poemario, la alternancia entre rimas infantiles y rimas osadas, entre imágenes adolescentes y rupturas madurísimas, que provocan en nuestro ánimo un fuego (un juego) chispeante.

Y no quiero dejar sin apuntar un pareado que, bajo su sencillez, esconde todo un canto al carpe diem: “Es la hora decisiva / La única hora todavía viva”.

Un Gerardo Diego en pleno proceso de construcción, en el que burbujean muchas líneas que irían aquilatándose con los años. Sin duda memorable.

sábado, 10 de junio de 2017

Canciones a Violante



Gerardo Diego enamorado y escribiendo como enamorado. Gerardo Diego con versos que muchas veces parecen de Pedro Salinas. Gerardo Diego y sus Canciones a Violante. El nombre, claro está, enlaza con la misteriosa dama que exigió a Lope de Vega que improvisara en su presencia un soneto; de ahí que el poeta santanderino se pregunte, en la primera composición del tomo: “¿Quién es Violante, reina de decretos?”. También desde el principio descubrimos que la estructura de esta obra lírica (la primera parte se titula “Presente” y la segunda “Ausente”) es deudora de Francesco Petrarca, otro enamorado insigne.
Gerardo Diego sigue jugando en estas páginas con la polimetría y con la rima asonante, que maneja siempre con eficacia, y entrega a los lectores algunas metáforas hermosas (los paréntesis son “paredes curvas para la caricia”, la playa es un “sueño canela”, etc).
Aunque el libro mantiene un elevado tono general, se me antojan especialmente memorables tres poemas: “Qué curiosos tus ojos”, “Tú te llamabas isla” (donde explica que los nombres de los protagonistas no son importantes en una historia de amor, sino simples corrientes de ternura) y, sobre todo, “Querer querer”. No me resisto a copiar un fragmento de la primera estrofa: “Para quererte a ti, querer quererte. / Yo te quise querer, y ya te quise. / Cuando escribí “Te quiero”, / en la t todavía no sabía / si te quería o te querría, / pero al cerrar la o / ya me temblaba del estar queriéndote”.

Reconozco que Gerardo Diego me sorprende en cada libro suyo que recorro. De mi desdén juvenil (tan ignorante, tan soberbio) he pasado a sentir por él una admiración clara, diáfana, serena. A veces el tiempo hace justicia, incluso en el interior de uno.

sábado, 3 de junio de 2017

La sorpresa



En 1944 apareció en Madrid, en los Cuadernos de Literatura Contemporánea del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, el breve volumen poético La sorpresa (Cancionero de Sentaraille), de Gerardo Diego. Eran apenas cuarenta poemas que no volvieron a publicarse en libro y que constituyen una rareza dentro de la bibliografía del cántabro.
Se perciben en él muchos ecos italianos (hay composiciones ambientadas en Pisa o en Roma), así como reminiscencias de Miguel Hernández (en el poema Sí que quiero resulta imposible no pensar en el vate oriolano cuando Gerardo Diego repite una y otra vez el verso “Yo quiero ser hortelano”), pero sobre todo se observa la limpieza elegante con la que el santanderino se movía en el terreno de la métrica y la rima, obteniendo resultados siempre notables. En ese ámbito se permite muchas variantes (polimetría, rimas arriesgadas), sabedor de que su dominio técnico es elevado y que el lector no saldrá fatigado ni decepcionado de sus páginas.
Sobre tres de las composiciones del volumen me gustaría llamar la atención. La primera es Celos, donde Gerardo parafrasea a Gustavo Adolfo Bécquer para explicarle a su amada que ambas (la poesía y ella) se encuentran unidas en su corazón (“Poesía no eres tú. / Sois tú y tú, las dos distintas. / Os llevo una a cada lado. / No tengáis celos, mis vidas”); la segunda es el juguetón poema A, EME, O, ERRE, en el que se divierte urdiendo versos con las palabras que brotan de la permutación de esas letras (amor, Roma, ramo, Omar, mora); la tercera, en fin, es un socarrón texto humorístico donde el vate quiere referirse a cierta hortaliza famosa por sus capas verdes y lo comienza así: “Yo no me atrevo a nombrarla /por si estropeo la estrofa. / Tú sabes que el nombre es árabe / y que rima –es claro– en ofa”.

Incluso en sus volúmenes menores, como es el caso, Gerardo Diego consigue ser un poeta digno, serio y con destellos de calidad. Lo tenemos más olvidado de lo que merecía.

sábado, 6 de mayo de 2017

El romancero de la novia



Cuando se pregunta a lectores, estudiantes o incluso profesores, por los poetas del 27 el nombre que siempre sale a la primera línea de la memoria es Federico García Lorca. Después, en proporciones variables, surgen Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Pedro Salinas y Luis Cernuda. Pero el “patito feo” del grupo suele ser el santanderino Gerardo Diego, a quien se lee poco, se valora poco y se recuerda poco, ni siquiera por haber compartido premio Cervantes con Jorge Luis Borges.
Hoy traigo a esta página su producción inicial El romancero de la novia, que se completó con Iniciales y que constituye una buena muestra de sus primeros pasos líricos, donde trabajó con unas asonancias deliciosamente musicales y donde practicó unos frecuentes encabalgamientos rítmicos de gran elegancia (incluso cuando se antojan demasiado abruptos, como ocurre en “El retrato roto”). Temáticamente, el recorrido que siguen los poemas del volumen es muy claro: el vate se enamora de una chica, con alborozo casi adolescente (“Eres mi novia, mi novia... / palabra divina. Suenas / a música, a luz, a labios, / a corazón, a pureza”) y, después de algunos altibajos en los que incluso acarician la posibilidad de devolverse las cartas (“Nube de primavera”), se produce la ruptura definitiva. El poeta le agradece todo el tiempo que compartieron y anota que ahora todo es en su corazón “Frío... Soledad... Silencio...”.
El profundo dominio de los octosílabos se enriquece en Iniciales con una mayor variedad métrica (heptasílabos, endecasílabos) y se amplía también el abanico de temas: los atardeceres, con su esplendor de luces (“Fuego”), las peticiones a Dios para que le conceda el don de la voz lírica (“Poeta sin palabras”), etc. Gerardo Diego se ejercita aquí en los sonetos (“Era una vez”), sobrevive incluso a un experimento con la cuaderna vía (“La caravana de las lecheras”) y propone la desnudez, la sobriedad y la contención como formas poéticas (“Química”).

En suma, un volumen juvenil pero que ya evidencia al poeta estupendo que el cántabro siempre fue. No se merece la amnesia con la que tantos lo cubren.

domingo, 30 de abril de 2017

Versos humanos



Lo dice el santanderino Gerardo Diego en una de las primeras páginas de este poemario: “Regresa el pájaro a la jaula”. O, dicho de un modo menos lírico y más prosaico: abandona las aventuras métricas y rítmicas que lo habían ocupado en los meses anteriores y retorna a un espacio donde se siente mucho más cómodo y donde fluye con mayor naturalidad. Menudean los sonetos (que siempre cinceló con especial fortuna y donde consiguió monumentos como “El ciprés de Silos”), se detiene en los romances y, en general, demuestra su elevada musculatura lírica en todas aquellas estrofas donde el clasicismo de la forma no está reñido con la innovación temática.
Creo que el mejor Gerardo Diego estuve siempre en el ámbito apolíneo, y que en él obtuvo sus logros más memorables. Sabe escribir música con sus versos. Sabe conformar poliedros rítmicos donde todo está medido, equilibrado, orquestado. Y luego espolvorea esas composiciones con destellos notables, como cuando nos define a una cigüeña llamándola Hada madrina de los campanarios o cuando fija la mejor descripción de una pequeña plaza de pueblo diciendo que su esencia consiste en soledad de once meses / soñando con las fiestas.
Otras veces, el cántabro se detiene en poemas como “Carnaval de Soria” (retrato espléndido del ambiente que se respira en esa celebración castellana, tanto en las calles como en el casino. El ritmo musical, logradísimo gracias al manejo de los octosílabos, se adelgaza en el tramo último con el paso a hexasílabos) o como el celebérrimo “Brindis” (el poema que firmaría cualquier profesor vocacional). Además, en este volumen se ocupó de dedicar textos a algunos de sus amigos más profundos, como José María de Cossío, José del Río o Juan Larrea.

Se ha dicho (y la crítica es desde luego admisible, y hasta rigurosa) que Gerardo Diego resulta fatigoso si se leen muchas páginas seguidas de sus composiciones. Es verdad. Pero si somos justos convendremos en que ningún sonetista resiste que se lean treinta o cuarenta poemas suyos de un tirón. Ni don Francisco de Quevedo. Ni Lope de Vega. Ni Miguel Hernández. Eso, evidentemente, no resta calidad al autor, sino que nos indica que debemos acercarnos a él con lentitud y en pequeñas dosis. Aconsejo actuar así con Gerardo Diego, quizá nuestro premio Cervantes más incomprendido.

lunes, 24 de abril de 2017

Imagen



Tras unos primeros trabajos poéticos clásicos, canónicos, el cántabro Gerardo Diego se propuso en Imagen una aventura más arriesgada en el aspecto formal. O, como él mismo explicaba en el primer poema del libro, trató de “repudiar lo trillado / para ganar lo otro. / Y hozar gozoso el prado / con relinchos de potro”. En suma, se aprestó a ensayar procedimientos nuevos, para que sus versos circularan por caminos distintos y eso le permitiera comprobar qué resultados obtenía. Queda así tronzada la seriedad apolínea de El romancero de la novia y da paso a unas propuestas gráficas y conceptuales mucho más intrépidas.
Por ejemplo, introduce juegos semánticos y rítmicos de los que no está ausente el humor (“La luna en cuarto creciente / es como un huevo esplendente. / Todo el cielo se resiente / de su luz. / Los faroles en hilera / son estrellas de primera, / de segunda y de tercera / magnitud”, leemos en la composición titulada Nocturno funambulesco); o compone curiosas estrofas dedicadas a los signos del Zodíaco, llenas de rimas intrépidas y de alusiones mitológicas; o se deja llevar por delicias alígeras como la que rotula con el nombre de Apunte... Gerardo Diego se adentra por una línea arriesgada, en la que los lectores más convencionales pueden tener la sensación de que el poeta “se les ha ido”, se ha dejado embelesar por un arrebato dionisíaco, en el que extravía buena parte de su música, de su esencia. Pero lo cierto es que sigue encontrando imágenes de enorme poder intelectual (“El tiempo sabe a cloroformo”), ritmos juguetones que provocan sonrisas (“Los verbos irregulares / brincan como alegres escolares”) y perlas brillantes que siguen lanzándonos su luz entre la aparente hojarasca vanguardista...
Y en ocasiones ocurre también (negarlo resultaría absurdo) que el santanderino roza peligrosamente la ñoñería o el infantilismo lírico. Sirvan de ejemplo estos versos, que producen rubor incluso en un lector condescendiente: “Estribillo Estribillo Estribillo / El canto más perfecto es el canto del grillo / Paso a paso / se asciende hasta el Parnaso / Yo no quiero las alas de Pegaso”.

En síntesis, un experimento coyuntural y con algunos altibajos, del que Gerardo Diego salió airoso porque era un magnífico poeta.