Teniendo
aún relativamente cercana mi lectura del libro de relatos Los ojos de los
peces, de Rubén Abella (https://rubencastillo.blogspot.com/2025/05/los-ojos-de-los-peces.html), me
acerco hasta las páginas de su novela Un día de fiebre. Y salgo
totalmente deslumbrado. Qué maravilla. Por la densidad y la musculación de cada
historia, podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que estamos ante varias
novelas dentro de esta novela. No hablo de “cuentos conectados” (lo cual
también sería legítimo), sino de algo mucho más denso: un poderío de narraciones
que se sostienen novelescamente por sí mismas, como las admirables pistas de un
circo modélico, pero que multiplican su esplendor al unirse.
Como
es natural, no les voy a resumir las líneas de esas historias, porque
resultaría mezquino privarles de ese placer. Bastará decirles que la acción se
centra en un día en el que la ciudad de Madrid es zarandeada por un pequeño
terremoto y, a partir de ese punto, el escritor vallisoletano nos va mostrando
las líneas que trazan por la ciudad un bombero que está convaleciente de una
caída; otro bombero, que está a punto de ser padre y que vive sofocado por las
amenazas de un rufián al que debe dinero; una anciana que fallece mientras
estaba subida a una escalera; una chica que sufre las consecuencias de una
novatada brutal perpetrada en el colegio mayor; un juez que rehúye todo
compromiso sentimental y que vive un azar de amantes superpuestas; el propietario
de un restaurante al que todavía escuece una durísima herida sufrida años
atrás; o (y la enumeración no es exhaustiva) una profesora universitaria que
lamenta el deterioro de su labor, en un mundo de jóvenes caprichosos y reacios
al esfuerzo. Y es que Un día de fiebre se yergue no solamente como una
egregia narración, ya les digo, sino también como una espléndida radiografía
del ser humano, porque Rubén Abella indaga en los corazones y las mentes de sus
personajes con una exactitud que asombra y maravilla, consiguiendo dibujarnos
un cuadro inmejorable de los miedos, las flaquezas, las ilusiones, las miserias
y las decepciones que cada uno de ellos (cada uno de nosotros) almacena en el
sótano del alma.
Grandísima, preciosa novela. Que puede (y eso la hace más grande) ser releída con placer renovado, porque no importa tanto el argumento como el dibujo dulce y hermoso de sus personajes, los cruces (y conexiones, y divergencias) que la vida opera con ellos, al modo de un perfecto mecanismo de relojería. Créanme: memorable.

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